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El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

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miércoles, 5 de agosto de 2015

VERANEANDO EN ALBERDI



Por Rafael Ielpi

Los rosarinos adinerados fueron los que dieron, si no origen, al menos sus características peculiares al pueblo de Alberdi, surgido en esencia para ser un escape, en la época veraniega, del centro de un Rosario cada vez más poblado. A orillas del Paraná, con barrancas que le daban un aire agreste que mantendría mucho tiempo y que incluso no ha perdido del todo en algunos trechos, se constituiría en ámbito de emplazamiento de las grandes mansiones de algunas familias de apellido notorio, que se trasladaban hacia el norte apenas los calores amenazaban con instalarse.


Aquel pueblito suburbano de Alberdi había nacido, en realidad, como promisorio proyecto inmobiliario de un miembro de la clase acomodada rosarina, José Nicolás Puccio, que en julio de 1876, con un almuerzo al que asistió incluso el gobernador santafesino Servando Bayo, dio por iniciada la epopeya de poblar esos terrenos cercanos al río, para entonces loteados y listos para recibir nuevos propietarios y vecinos. Buena parte de dichas tierras sería adquirida por muchas de las familias ilustres de la ciudad, que tomarían a la nueva urbanización como un lugar de descanso a orillas del Paraná, capaz de hacer sopor­tables los tórridos veranos, pero también por inmigrantes decididos a instalarse lejos del centro pero con casa y lote propio. A todos ellos se sumarían los que ya estaban radicados antes, en muchos casos modes­tos habitantes de una zona entonces aislada.
Puccio, que había nacido en Rosario el 30 de agosto de 1844 y había estudiado en Concepción del Uruguay, en el Colegio del Uruguay, había fortalecido en aquel establecimiento fundado por Urquiza su admiración por Juan Bautista Alberdi, compartida por la generación de jóvenes estudiantes, provincianos y porteños, que cur­saban allí sus estudios, algunos de los cuales serían luego destacados protagonistas de la vida institucional argentina, como Eduardo Wilde o Julio A. Roca.
Aquella admiración y coincidencia con la visión alberdiana de un proyecto de desarrollo futuro del país a través de su poblamiento mediante la inmigración (aunque ésta convenientemente seleccionada y, además, sajona) y de un fortalecimiento de las "provincias interio­res" que contrarrestara la hegemonía portuaria de Buenos Aires, iba a concretarla Puccio bautizando al pueblo que proyectaba con el nom­bre del autor de las Bases. Iría más allá: ofrecería al ya entonces viejo prohombre radicado en París, donde sobrellevaba una estoica pobreza, un terreno en el pueblo que comenzaba a ser realidad, que aquél acep­taría con gratitud pero que no llegaría a conocer a su regreso al país, donde estaría poco más de dos años.


Puccio, que frisaba los treinta y dos años, escribe a aquél el 6 de agosto de 1876, manifestándole su propósito y ofreciéndole la manzana número 23, donde Urquiza había instalado su cuartel general en la campaña contra Rosas. "Me he tomado la libertad contando el honor de su acep­tación, de dedicara usted en perpetuidad una manzana de que dejo men­ción y que ha de recordar siempre la figura notable del que fue soldado de la libertad e hizo plantar sobre él su carpa en 1851, y los aconteci­mientos que desde entonces cambiaron los destinos de la Nación. "Alberdi contestó el 18 de enero de 1877 desde Saint André de Fontenay, y tras explicarle las razones por las que demoró su respuesta expresa: "De tal valor es para mí el honor insigne que me ofrece usted de dar mi nombre al pueblo que ha determinado erigir a las puertas del Rosario, sobre el río Paraná, y el presente que usted me brinda de la manzana 23, situada en el punto en el que general Urquiza estableciera cuartel general en esa campaña memorable de nuestra historia. Siéndome imposible declinar un honor tan lisonjero, perdóneme usted si tengo el coraje de aceptarlo, como lo hago, con todo orgullo por su naturaleza, como agradecimiento por la inaudita generosidad de usted..
(Miguel AngelDe Marco: "José Nicolás Puccio y su admiración por Alberdi", en revista Rosario: la fuerza de su historia,
N° 4, abril de 2001)

El ofrecimiento de Puccio acordaba con la visión que, por entonces, tenía Alberdi no sólo de Rosario sino de su perfil de ciu­dad prototípica dentro del proyecto de país que él sustentaba. Francisco Cignoli, en su Centenario de la fundación del pueblo de Alberdi, incluye una carta de Alberdi a Juan María Gutiérrez en la que aque­lla lejana ciudad aparece como una expectativa de vida en esos años cercanos ya a la ancianidad: En Roma todo el mundo habita en la ciu­dad. En Inglaterra y Norteamérica, todo el mundo vive en el campo. Los cam­pos son más cultos y elegantes que las ciudades. En Inglaterra los grandes colegios, las célebres universidades, están en los campos.. Por mi parte, mi sueño dorado es habitar en algún lugar de nuestras campañas. Ojalá pudiera tener una bonita quinta cerca del Paraná o en el Rosario. Anhelo que Alberdi, como es sabido, no podría concretar.
Puccio debió esperar una década para que, ya asociado entonces con Elias Alvarado tras el rotundo fracaso del primer proyecto de urba­nización (entre otras razones por la carencia del apoyo oficial que esperara en vano de su amigo Servando Bayo), su perspicacia comer­cial recibiera recompensa al verse incrementada la demanda de terre­nos en la zona y elevarse, consecuentemente, el valor de los mismos, convirtiendo el proyecto inicial de consolidación de un reducto vera­niego en un formidable negocio inmobiliario. Lo sería, por ejemplo, para quienes, como Ciro Echesortu, se convirtieron en propietarios de grandes extensiones de terreno allí y las vendieron luego con ganancias considerables.
El nuevo socio de Puccio, que también era parte de la sociedad inmobiliaria "Barguña y Alvarado", aportaría en 1884, año de la cons­titución de la empresa, un conjunto de tierras en la zona norte de las que integraban hasta entonces el proyectado pueblo. La nueva socie­dad haría un pingüe negocio, además, con una de las actividades más usuales en el sector costero, que era al acarreo de arena, para el que impondrían el cobro de un peaje.
Un año antes, La Capital señalaba lo promisorio de aquellas tierras como enclave de un pueblo veraniego: El pueblo de Alberdi cada día toma mayor incremento, levantándose nuevos edificios de recreo. Es el punto más a propósito para pasar la estación canicular y será con el tiempo el punto obligado donde vayan las familias a tomar los aires. Hoy a las 3 de la tarde, los señores Barguña y Alvarado venderán en su casa y en público remate, varios lotes de terreno en ese pueblo. La ocasión —acon­sejaba el diario— no puede ser más propicia para hacerse de un buen terreno, más cuando la venta se hace a plazos. No tenía la misma visión optimista Crónica, otro de los diarios rosarinos de esos años, que en lebrero de 1885 consignaba: El gran pueblo consta de una docena de casas y ranchitos, y si no viene gente de Rosario o alguna familia de lejos, todo el contingente que va a misa puede llegar al crecidísimo número de una o dos docenas de familias...
Sin embargo, apenas dos años más tarde, La Capital parecía dar cuenta de una mejor disposición de los rosarinos a establecerse en la zona, aunque fuera por temporadas: La corta distancia que separa al pue­blo de Alberdi de esta ciudad y las ventajas que ofrece el tramway hace que muchos vecinos se resuelvan a establecerse allí, escapando de los altos alquile­res que aquí se pagan. Atenuando el interés crematístico consignado, añade el diario: Además, es aquel pueblo un punto de recreo...
Aquellos adinerados representantes de la burguesía rosarina no serían sin embargo los únicos "dueños de la tierra" en aquel bucó­lico sitio. Ana María Rigotti destaca que en realidad estuvo lejos de ser, exclusivamente, un idílico refugio de los "ensueños bellos". En él coexistie­ron tres mundos superpuestos relacionados por una compleja red de depen­dencias y rechazos que es posible descifrar tras los remanentes urbanos y las crónicas de la vida cotidiana. Se trata del mundo de los pioneros, mayormente inmigrantes, cuyo esfuerzo y cohesión comunitaria hicieron posible su subsis­tencia y la del propio pueblo. Luego, el mundo de una "aristocracia rosarina" que expandió sus dominios a un ámbito rural civilizado en el afán de forta­lecer su identidad y legitimidad mediante prácticas exclusivas relacionadas con el bucolismo y el sport. Finalmente, el mundo de los primitivos habi­tantes de la zona, que persistieron en la ribera junto a criollos y extranjeros marginados del nuevo orden.
El eje del pueblo lo constituía el Bulevar San Martín, conocido en sus comienzos como Calle Real, y luego Camino a San Lorenzo, que se convertiría luego en bulevar con la presencia de un arbolado de tipas, casuarinas, eucaliptos y uno que otro frondoso ombú, que le daban su encanto suburbano; el mismo serviría, además, de esce­nografía del paseo de las familias durante la temporada veraniega y en especial de los corsos de Carnaval, que se extendían desde calle Vila a Gallo.



Los destacados desfiles alberdinos se realizaban en el bulevar de tierra allá por la primera década del siglo. Una comisión de riego, dependiente de la Comisión de Fomento, debía evitar las molestias del polvo. Como decía la prensa "atraían a toda nuestra sociedad". Veo ahora, vuelto niño otra vez, la claridad muy viva, de variados colores, de las luces de Bengala, las copas encantadas, los volcanes, las ruedas, las lluvias de perlas, el sol de Oriente; veo y escucho restallar los cohetes voladores, los relámpagos con truenos; arrojo la serpentina, el agua florida de los pomos y los globitos franceses que papá nos compraba en gruesas, el papel picado —coriándoli, como decía el cartelito del astuto gringo Puppo— y contemplo en fin, embelesado, el desfile de disfraces, de carros y de grupos diversos, de murgas y comparsas, de aquellos negros, pintarrajeados saltarines escoberos...
(Julio Imbert: Las margaritas, Enrique Rueda Editor, 1983)

Tendidas en el medio del bulevar, las vías del Ferrocarril Francés, que unían a Rosario con Santa Fe, y las del tranvía N° 5 le otorgarían una dinámica especial hasta el levantamiento de las primeras recién en 1928 pese a los pedidos de los vecinos en tal sentido y la posibilidad, en el caso de los tranvías, de largos y por lo general accidentados y pin­torescos viajes al Rosario, en especial en la época de los tramways a caballo de la empresa Rosarino del Norte, cuyos viajes finalizaban en la calle Progreso (actual Gallo), a pocas cuadras de la Plaza Alberdi, y se extenderían, ya en el período del tranvía eléctrico, hasta el límite con el barrio La Florida.

Junto a la casa de Montserrat, "la casa de las cadenas", esperábamos a que el 5, procedente de La Florida, nos levantase... El traqueteante armatoste rodaba sobre sus rieles a lo largo de una zona de espaciada edi­ficación de casas quintas. Al llegar aArroyito, núcleo más densamente poblado, subía una ruidosa bandada de alumnos de la Escuela Normal, a las que les decían las batarazas, por el delantal de cuadrillé gris y blanco que usaban. Pasando el arroyo Ludueña y dejando atrás el villorrio al que éste daba nombre (hoy también barrio de la ciudad) se cubría un par de kilómetros en descampado, hasta que se topaba con las barreras de los suce­sivos pasos a nivel de la complicada red ferroviaria, que a menudo impo­nían interminables detenciones con las maniobras de los trenes cargueros. Cuando finalmente se lograba cruzar la última barrera, el tranvía doblaba una curva en la que la Avda. Alberdi, nombre que tomaba la de San Martín (hoy Rondeau) enArroyito, se convertía en calle Salta y avan­zaba ciudad adentro...

                                                (W. G. Weyland: El chalet de las ranas, Editorial Losada, 1968)

Sería sobre aquel Bulevar San Martín y sobre las barrancas de la costa, hacia el este (como en el caso de la mansión de los Mac Rouillón, cuyos terrenos lindaban prácticamente con el río), donde se levantarían las residencias de muchas de aquellas familias de la ciu­dad que elegían a Alberdi como lugar de veraneo y descanso. Allí, las consabidas quintas albergarían mansiones más o menos ostentosas, m.,s o menos pretenciosas o de mayor o menor buen gusto según los , casos, en general respondiendo al modelo de las "villas" italianas, con­testando con el paisaje de casas bajas de las calles laterales, escasamente pobladas por lo demás, y con  los modestos rancheríos de la costa, donde se  arracimaba el criollaje de la zona y mucha gente de escasos recur­sos y posibilidades, y donde  mis de una de esas familias veraneantes iba a buscar el personal de servicio que trabajara para ellos en aquellos meses de estadía en el pueblo.
Al pie de la barranca y en terraplenes levantados mediante el desmonte de la misma, para evitar los excesos de las periódicas crecientes del río, extendíase una multitud de ranchos de tierra y paja, habitados por crio­llos de ínfima y miserable laya, casi todos pescadores y nutrieros. Formaban una población marginal, una especie de submundo que el pueblo recha­zaba y en el que se veían mujeres harapientas y ociosas, gandules que tomaban mate todo el día y chicos desnutridos y desnudos. Era allí donde los que querían pagar poco reclutaban chinitas para el servicio doméstico, donde los delincuentes hallaban refugio, donde sucedían los más sórdidos dramas pasionales y donde el adulterio y los amores promiscuos e inces­tuosos constituían hechos triviales. Cada tanto, damas de las obras parro­quiales, corajudas y retempladas de fervor misionero, osaban en sus incur­siones llegar al rancherío, a persuadir a los que vivían en pecaminoso concubinato para que legitimaran su unión, hiciesen bautizar a los hijos y los mandasen a la escuela. Fracasaban en todos sus intentos, y tenían que poner los pies en polvorosa, rápidamente ahuyentadas por la repulsa de esa ralea feroz e incomprensiva.
(Weyland: Op. ci'f.)

    Rigotti puntualiza objetivamente la condición de aquellos gru­pos a los que se iría poco a poco confinando a las estrecheces de su asentamiento a orillas del Paraná:  


Su subsistencia estaba estrechamente ligada al río y las islas: pesca, cría de nutrias o de algún ganado. En los pri­meros tiempos compartieron con los pioneros un nivel semejante de preca­riedad y probablemente estuvieron diseminados por gran parte del pueblo fantasma. Pero lentamente —en la medida en que ¡as diferencias se acen­tuaban y la propiedad de la tierra se hacía efectiva—fueron empujados a las barrancas. Una marginalídad espacial que se correspondía con el aislamiento de los del bajo. Eran los otros, con pautas de subsistencia y convivencia fuer­temente diferenciadas de las de los puebleros civilizados, que despertaban casi siempre miedo y, a veces, caridad. Ejercida, seguramente, con buena fe por quienes formaban parte de la clase pudiente rosarina, aunque residie­ran ya en forma definitiva en Alberdi.



El relato de las empresas caritativas de los Coyenechea es sumamente ilustrativo de los modos de vida de los de la barranca y de cómo eran vistos por sus protectores. La madre "iba con los coches y el personal para hablarlos, para casarlos, porque vivían como animales". En tanto, su hijo "Pedro iba a los ranchos para compartir, educándolos, pagando sus entie­rros, dándoles una especie de crédito para que compraran vacas y las cria­ran en las islas. Se mezclaba en las peleas para separarlos y, mientras vivió, no quedaban borrachos en la zona... "
(Ana María Rigotti: "Villa veraniega y pueblo de trabajo. Alberdi 1876-1920", en Huelgas, habitat y salud en el Rosario del novecientos, UNR Editora, 2000)

El centro de la vida social en el Alberdi de entre 1900 y ya supe­rados los primeros años de la década del 20, era la plaza del mismo nombre (en cuyo predio se levanta hoy el Hospital Alberdi), rodeada a principios del siglo XX por el mercado, el edificio de la Comisión de Fomento, que servía de ámbito para todo tipo de actividades recreativas y de interés vecinal, y la modesta capilla. La Comisión fue, desde 1888, sucesora de la Comisión Higiene y Socorro creada para coordinar las acciones y medidas que demandaba la epidemia de cólera desatada el año anterior.

Lo que más me atraía era la plaza, espaciosa, un tanto descuidada, de sombría y vetusta arboleda, con el busto del prócer epónimo en el centro y el Palacio Echesortu como telón de fondo. Enfrente, del lado opuesto de la avenida, abríase una calle flanqueada de plazoletas y jar­dines arbolados, que conducía al río y que en las barrancas tomaba el nombre de Bajada Puccio, en homenaje al fundador del pueblo. Allí estaba la iglesia, de primitiva y muy humilde construcción, pintada de amarillo, con una torre de poca altura a un costado y la casa parroquial al otro, y un colegio de religiosas.
(Weyland: Op. Cit)
Los bailes de la Comisión de Fomento eran, junto a los del Rowing Club, conocidos éstos como "bailes blancos", verdaderos acon­tecimientos para la concurrencia. Esta se componía de quienes cons­tituían el centro del espectáculo, las familias importantes residentes en forma permanente o eventual en la zona, y de la comparsa, constituida por los vecinos afincados allí, que observaban aquellos eventos (bailes, corsos, kermesses) con mucho de asombro, un poco de envidia y bas­tante de complicidad, ya que la presencia de esas damas y caballeros era la que movilizaba y hacía dinámica la vida de Alberdi desde las últi­mas semanas de cada año hasta el fin del verano.

El surgimiento de la concepción sportiva de la pida, que contaba con la adhesión de los jóvenes, hizo florecer el club costero fundado por los ingleses. Conjuntamente, algunas costumbres tradicionales desaparecieron y el charleston reemplazó al país. Justamente en el Rowing Club se orga­nizaba el 5 de enero el Baile Blanco, otro de los puntos culminantes de la temporada, donde se hizo obligatorio el traje de etiqueta para los hom­bres y el vestido largo para las damas. Al respecto, la historia de la frag­mentación del club es altamente ilustrativa de la colisión entre la "villa aristocrática" y los residentes permanentes de Alberdi. La crisis sobrevino cuando se pretendió, y consiguió, instalar un garito en el club como sucur­sal veraniega de uno que funcionaba en la calle San Martín del ya céle­bre Rosario rufianesco. Fue en ese momento que algunas familias pione­ras y representantes del "pueblo campestre", se separaron fundando otros dos clubes en la costa.
(Rigotti: Op. cit.)



Una crónica de Caras y Caretas, de los años inmediatos al Centenario, dedica dos páginas de la revista a Alberdi, con fotografías de algunas de las residencias más notorias (las de Escauriza, Rouillón, Mazza, Gutiérrez, entre otras), describiendo ese paisaje suburbano que lo destacaba de otros de la ciudad: El pueblo de Alberdi que, en verdad, no es más que un apartado barrio rosarino, es tal vez el más pintoresco de todos y tiene el privilegio de ser el más aristocrático. Por la calle de Salta, ancha y larga, van y vienen los tranvías de la línea N° 5, que es la que conduce a ese barrio, pasando por Sorrento, paraje en el cual ya se descubren los primeros cha­lets de caprichosos estilos arquitectónicos, definiendo ¡a transición real entre la ciudad que queda atrás y el campestre panorama que brinda al viajero en una amable lontananza, la variada perspectiva de numerosos techos de cien formas distintas y que parecen empinar sobre la fronda espesa que los circunda, sus minaretes diseminados en el paisaje multicolor, se entusiasma el enviado porteño.

La quinta que fuera de don Manuel M. Sanguiuetti, "Villa Susanita", ubicada en José Hernández y Curruchaga, debe ser una de  las únicas (o la única) antiguas quintas de Alberdi que conserva el edificio original, sin modificaciones, y a la vez permanece en propiedad ¡le la misma familia. Fue construida en el año 1910 en un estilo característico de su época (italiano con influencia catalana, entiendo); su frente tiene dos plantas y en el contrafrente tres; además posee una torre que termina en un techo a cuatro aguas. En su mejor época ocupaba casi toda la man­zana, salvo un pequeño lote en el ángulo N.E. sobre José Hernández. Estas quintas no eran casas de fin de semana sino de veraneo. Los baños en el río eran la principal atracción, especialmente en el llamado Croting, palabra humorística, derivada de croto, por contraposición al Rowing, que quedaba en la bajada de calle Curruchaga, donde entonces había una arenera. Durante los inviernos, por lo general, las casas quedaban cerradas, con caseros. Solían tener breaks y sulkys, en los que los vera­neantes pascaban por el entonces pequeño pueblito; los proveedores (lechero, verdulero, plumerero, etc.) también circulaban en jardineras tira­das por caballos. Desde la zona céntrica, el acceso natural a Alberdi se daba por intermedio de tranvías que circulaban por el centro de la actual Avenida Alberdi y el Bvard. Rondeau. Este último tenía, también en su parte central, una frondosa arboleda de eucaliptus, derribada por el inten­dente Luis Carballo en la década del 60.
(Dr. Roque Sanguinetti Loza: Testimonio personal recogido el 21 de julio de 1998)


El anónimo cronista de la revista fundada por Fray Mocho, via­jero de uno de aquellos ruidosos tranvías de la época, matiza sus impresiones con una que otra pincelada pintoresca: Por las dobles vías del N" 5, el ir y venir de los tranvías es incesante y la multitud que en ellos se traslada de la ciudad al campo sorprende en el trayecto los cuadros más diversos. A veces, un tren se acerca al tranvía, paralelamente, siguiendo su misma dirección, y por las ventanillas de los vagones relucientes asoman sus cabecitas criaturas contentas que tienden los brazos y agitan pañuelos y se burlan de la solemnidad del tranvía que corriendo a todo correr se queda atrás... Un trozo del Paraná al fondo de una calle arbolada y solitaria; un automóvil que avanza a los brincos realizando prodigios para no estrellarse contra el tranvía; un enorme edificio en construcción: todas esas cosas se enca­denan en multitud de aspectos sugerentes, haciendo olvidar al espectador que se dirige a Alberdi las preocupaciones de la vida comercial, predisponiéndole al solaz, a la tranquilidad que le esperan en el barrio veraniego... Parecía haber quedado definitivamente atrás, en los años del Centenario a los umbra­les de las década del 20, la presencia de individuos armados que con sus asal­tos y robos tienen alarmados a los vecinos, que denunciara La Capital en 1893.
En la ya citada La novela social, publicada en 1904, se encuentra también una descripción del incipiente pueblo: Alberdi es un lugar vera­niego próximo a la ciudad de Rosario de Santa Fe, sitio de querencia para muchos, y muy especialmente para las familias muy acomodadas de la sociedad rosarina. En los días rigurosos de estío, este pueblo se ve invadido por un sin­número de familias que hacen la delicias de la villa con sus veladas nocturnas, bailes familiares, paseos por el Boulevard San Martín, por las cuestas de las barrancas, por las plazas, por los alrededores, con sus improvisadas cabalgatas y otras manifestaciones más de la vida holgada, de suerte que se espera la cru­deza del invierno para abandonar de buen talante la aldea y volver a la ciu­dad. Más allá del proverbial tono contestatario que tipificaba su única obra conocida, Suríguez y Acha señalaba sin embargo algunos aspec­tos positivos del Alberdi finisecular.

El pueblecito es un tanto pintoresco, pero no tanto para merecer los honores del veraniego, nada tiene de simpático, atrayente y hermoso, si se exceptúan los atractivos naturales que ofrece el caprichoso río Paraná con sus aguas tersas que bañan las orillas orientales del pueblo, surcado cons­tantemente por barcos que distraen la vista y el declive de sus quebradas barrancas. Fuera de ello, no hay nada que sustraiga el interés del paseante: no hay arboledas, a excepción de los altos eucaliptus que en línea paralela sirven de guarda a las vías del ferrocarril que atraviesan su amplia Avenida San Martín; no hay bosques, carpas de esparcimiento o caprichos de la naturaleza que encanten o conviden al deleite; es en fin infecundo en mani­festaciones poéticas que arroben el ánimo y conviden a la meditación. Lo único que se respira allí es salud y reposo. Lo elevado del terreno permite hacer de esta villa un lugar de habitación sano y fortificante.
                                                                                                           (Suríguez y Acha: Op. cit.)

En la Plaza Alberdi, por su lado, además de las retretas musicales animadas en los años finales del siglo pasado e inicios del presente por la banda del Regimiento 11 de Infantería, alojado por entonces en el edificio de la que fuera una fábrica de jabón de la zona (la de Wilmerth), se centraban los festejos de Carnaval, actividades todas que demanda­ban la presencia y la organización de los hombres y mujeres de respe­tables apellidos rosarinos, entre ellos pioneros del pueblo, como Pedro Goyenechea, ajeno a la ostentación excesiva de otros, con una menta­lidad vinculada más a lo rural que a lo urbano y hondamente arrai­gado en la zona.
Rigotti señala en su imprescindible Barrio Alberdi. Memorias urba­nas para su futuro, las peculiares características de Goyenechea, cuyos familiares siguen siendo todavía reconocidos habitantes del barrio de Alberdi: Poseía grandes estancias y amaba la vida del campo, pero temía lle­var a su mujer y a sus hijos tan lejos de la ciudad, exponiéndolos a peligros. A través de los recuerdos de su hija se perfila un exponente del estanciero hidalgo que ahora traslada sus afanes al progreso y supervivencia del pueblo. Considera que el porvenir de Alberdi es su responsabilidad y que depende de él. Desde la Comisión de Fomento logra reemplazar el tranvía de tracción a sangre por el eléctrico ("Por la vereda de enfrente para que no digan que lo haces por nosotros", le dice su mujer). Otras de sus preocupaciones son traer el agua y la luz al pueblo. Llega a temer que con su muerte desaparezca la aldea, por lo que realiza un plebiscito para que se decida la posible anexión a Rosario. Resulta positivo y muere tranquilo en 19 í 4 con el proyecto en las Cámaras. Los Echesortu, los Mazza y sobre todo los Rouillón, cuyo prestigio y estilo de vida eran poco menos que legendarios en el lugar, se contarían asimismo entre los promotores de aquellas lejanas recreaciones pueblerinas.

Cada año, el Día de Reyes, frente a los escalones de mármol que con­ducían al interior, asistíamos los vecinos, acomodados en amplias tribunas improvisadas, flanqueadas por corpulentos abetos, palmeras y araucarias, al espectáculo de los números circenses. La matinée concluía con el obse­quio de juguetes. Y con frecuencia asistíamos, por las noches, desde los can­teros de la plaza, al desfile de los lujosos automóviles y elegantes perso­najes que llegaban a la fiesta de los Rouillón. Eso pertenecía a la intimidad, que los interesados sabían conservar influyendo en las autori­dades municipales para que las calles que rodeaban a la villa continuaran de tierra cuando desde hacía varios años muchas de la zona habían sido pavimentadas con cemento hidráulico. Una manera de aislarse del mundo exterior: isla encantada a cuya vera podía accederse salvando, por los pasos, el yuyal y el agua de las zanjas...
(Imbert: Op. cit.)


Cierta actitud paternalista de aquellas familias adineradas les otor­gaba asimismo un prestigio adicional entre el vecindario permanente de Alberdi, aun cuando el progreso del pueblo estaría más ligado a los esfuerzos de esos pobladores estables y más humildes que a la decisión de aquellos que sólo pasaban allí los veranos, aunque en muchos casos tuvieran el suficiente peso político en la ciudad como para influir en la realización de algunas de las obras que reclamaba el lento pero seguro crecimiento del pueblo, que recién contaría con el progreso que impli­caba la luz eléctrica en 1915.
Estos "vecinos notables" buscaban más bien que el desarrollo que trae consigo el progreso no viniera a perturbar la tranquilidad de la zona, a hacer peligrar la privacidad de sus mansiones y a convertir al pueblito veraniego y casi privado, en un barrio más. En ese sentido, el ejemplo de Rouillón es válido: por su inserción en el lugar, a través del paternalismo que ejercía, por un lado, y por no haber aportado las grandes mejoras que Alberdi demandaba, desde su cargo de Intendente Municipal en los años 20, por el otro.
No es casual, entonces, la creación de una agrupación vecinal entre 1917 y 1918, para impulsar a través de la misma algunas obras que no se conseguían buscando el apoyo de los ilustres, más interesa­dos en todo caso en mantener el carácter de apacible villa de recreo de la zona.
Rigotti señala: En ese apacible cuadro evocativo compagina mal un virulento documento fechado en 1917 y firmado por el Comité Pro Saneamiento Comunal que denunciaba los manejos de la Comisión de Fomento, "que derrocha en música y masitas el dinero sustraído de los bolsi­llos de un pueblo pobre". En su lugar propone encarar un programa de refor­mas indispensables para los habitantes permanentes, los mismos que por su abrumadora mayoría habían optado por la anexión a Rosario en el plebiscito de 1913. Esta constituyó la medida más audaz contra "la deplorable situa­ción de abandono y desquicio en que se encontraba el importante pueblo de Alberdi y a la indiferencia proverbial de las comisiones vecinales que, salvo para las fiestas y carnavales, no dan señales de vida, contagiadas tal vez por el ambiente de este pueblo propicio al goce tranquilo y patriarcal de una exis­tencia sin preocupaciones, y la completa falta de iniciativas que signifiquen un mejoramiento y un progreso".
Un cuestionamiento sin medias tintas dirigido contra algunos de los expectables miembros de la burguesía rosarina, un año antes de la anexión de Alberdi a Rosario como uno más de los barrios de la misma. Aquellos notables, como Rouillón, ejercían la solidaridad hacia los vecinos de maneras distintas, cercanas todas ellas a la mencionada bene­ficencia paternalista.

El aporte más notorio de Rouillón al que ya por entonces era barrio rosarino fue, en 1922, la colocación de la piedra fundamental de la Plaza Santos Dumont, uno de los lugares atractivos, aún hoy, de la zona. El 5 de noviembre, a bordo de un pequeño vapor, el "Marie", de propiedad de la empresa del puerto rosarino, el célebre aviador bra­sileño arribó a la costa de Alberdi para asistir personalmente a la cere­monia de imposición de su nombre a aquel paseo público. Alberto Santos Dumont, pionero de la aviación mundial, que sobrevolara en globo la Ciudad Luz sobre los finales del siglo XIX, reunía las condi­ciones suficientes como para convertirse en un ídolo popular, lo cual movilizó a la casi totalidad de los vecinos, cerca del mediodía, para conocerlo y aplaudirlo.
El aviador llegó acompañado por el intendente Rouillón, auto­ridades provinciales y miembros de la embajada brasileña, como correspondía a un connacional tan ilustre. La comitiva ascendió las escaleras de la Bajada Puccio (la primitiva Avenida Sarmiento) y en el predio comprendido entre Superí, Freyre, Alvarez Thomas y las barrancas, que fuera antes el viejo corralón deTironi, se colocó la piedra fundamental de una plaza que tardaría un par de años en ter­minarse, aun cuando las nutridas cuadrillas municipales habían dejado el agreste predio, en sólo 48 horas previas a la llegada del ho­menajeado, convertido en un prolijo espacio verde. El discurso del intendente fue el prólogo al almuerzo en "Villa Hortensia", en honor de Santos Dumont, y a la recepción en el Jockey Club, por la noche, donde el brasileño pudo codearse con un premio Nobel de Litera­tura, el español Jacinto Benavente, que estaba en Rosario en tren de conferencista.
Algunos años antes, en 1914, Caras y Caretas había vuelto a ele­gir al pueblito veraniego como tema de una de sus "crónicas rosari­nas", con el título de "Impresiones de Alberdi" y fotografías de la Bajada Puccio, el Rosario Rowing Club y un par de escenas con ale­gres niñas viajando en automóviles y sulkys. El autor de la nota, Humberto Félix Castro, exaltaba tanto los celebrados jardines como los chalets alberdinos, con un estilo que no por detallista dejaba de ser menos enrevesado.
En un solo golpe de vista descubrís capiteles de exuberancias corintias, abacos exóticos, columnetas de hierro hueco y sonoro, de forma hexagonal, bajo entablamentos raros, luego claraboyas de arcos trebolados y encima de todo, los inevitables tetraedros truncos, de paramentos escamados color pizarra, a la manera norteamericana. Felizmente, las hábiles enredaderas exornan con sus caprichos espontáneos el conjunto de todas las enjalbegaduras de yeso, trepando hasta los techos audazmente; y es interesante así, ver a las niñas formales y a los papas dichosos, acogerse a su fresca sombra en los altos corredores, entre aji­meces complicados, o tras los pretiles lujosos, o en el centro del paréntesis que abren sus bronces destellantes frente a las escalinatas de albos mármoles alza­dos sobre el césped húmedo, se entusiasmaba Castro, nadando en una lite­ratura para arquitectos.
Menos pretencioso, el uruguayo (afincado en Rosario) Manuel Núñez Regueiro había pintado, en su novela Sonámbulos, de princi­pios de siglo, el paisaje costero de Alberdi, sin omitir la mención de otros habitantes que no eran precisamente miembros de la alta bur­guesía rosarina: Barrancas quebradas, casi rotas o hechas a tajo, de declives risueños orlados con plantas herbáceas y coposos arbustos, donde se ven en salvaje concierto desde la venenosa cicuta, la punzante ortiga y el feo cardo, hasta la blanca margarita, la rara begonia, la rastrera malva y la cárdena ver­bena. A veces, y como perdidas entre la maleza, se ven las lindas petunias y las rosadas ligulatas que hacen agradable riña con el "mal de ojo", la flor de sapo y alguno que otro mediano cactus. Y allí mismo, casi en la sombra que prodigan esos incultos matorrales, se destacan pobremente como puntos negros, una que otra casilla o ranchos que generalmente sirven de morada a la indi­gencia de seres pálidos, oscuros y enfermizos.
Aquella condición de "villa veraniega" se mantendría desde fina­les del siglo XIX hasta entrada la década del 20, con las quintas tra­dicionales que exhibían sus "castillos" o "palacios" y las residencias familiares de gran porte: las de Sotomayor, Pita, Clérice, Muzzio, Castagnino, Cánovas (luego Montserrat), Goyenechea o la de Puccio, que sería originariamente de éste y cuya construcción estuvo a cargo de la empresa de Juan Canals, en la época de la realización, también por el mismo, del palacio de los Tribunales de Justicia. La residencia de Puccio pasaría a ser luego Palacio Echesortu y finalmente "Villa Hortensia", a la que Weyland define como uno de esos pretenciosos monumentos afrancesados con que a fines del siglo anterior la oligarquía, asombrada y ensoberbecida de su súbita riqueza, significó el repudio de su raíz y tradición criollas. No sería sin embargo la única.

Frecuentábamos los alrededores de la casona de don Alfredo Castagnino. Toda la manzana, menos, naturalmente, la parte trasera que daba a las barrancas del río, estaba rodeada de anchos muros de algo más de un metro de altura, sobre los que se erguían gruesas verjas de lanza, como las de Villa Hortensia. Las veredas eran de tierra y hacia las orillas de las zanjas había viejos y elevados pinos que producían pinas escamosas. Allí podíamos trepar a las verjas impunemente, lejos de la mirada de nuestros padres, y los declives de la barranca —en la pro­nunciada bajada en que se convertía súbitamente la calle Vila, al cruzar Alvarez Thomas«05 permitían también subir y bajar por tortuosos y peligrosos senderos que nuestros zapatos habían trazado de tanto tran­sitarlos... El chalet de Rouillón, como lo llamábamos, en realidad nada tenía de tal, es decir de casita suiza, porque sus dimensiones no eran pre­cisamente reducidas ni su construcción se alejaba de la de una mansión solariega. Pero así nombrábamos al importante edificio cuya cúpula nos orientaba por encima de casas y árboles cuando nos alejábamos hacia otros barrios del Oeste, de características más humildes y que menos niños al ser el habitat de vagabundos y linyeras.
(Imbert: Op. cif.)


Superviviente, como Villa Hortensia, de aquel esplendor del pue­blo de Alberdi, la antigua residencia conocida entonces como "Casa de las cadenas" (hoy perdida en el medio de una manzana ocupada por un complejo educativo que la tiene como núcleo de la parte admi­nistrativa del establecimiento), testimonia con su presencia la perdu­ración de aquella época en que la zona era villa veraniega de los rosa­rinos adinerados.
La propiedad más importante de las inmediaciones era la casa de los Montserrat. Quedaba sobre la avenida y ocupaba toda la manzana. Perteneció a un señor Cánova y luego a la familia por cuyo nombre se la conoció posteriormente. Consistía en un caserón de paredes blanqueadas a la cal y edificado sin las pretensiones de dudoso buen gusto que aleaban las construcciones finiseculares. Su estilo respondía a los conceptos de sen­cillez y amplitud de la vieja arquitectura criolla, que tanta sugestión román­tica posee; un parque de tupida arboleda ocupaba el terreno, y en un rin­cón una glorieta en forma de gruta artificial, de cemento, ponía el único detalle barroco y desacorde. Al frente, hacia la avenida, verjas de hierro sustentadas por pilares de poca altura, y a los lados y al fondo, un tapial con vidrios de botella en el remate, circunscribían la manzana; cadenas de gniesos eslabones rodeaban las aceras, para impedir el paso a los animales sueltos y errabundos. Los postes de quebracho que las sostenían, distancia de tres metros uno del otro, dábanles una caída que muchas generaciones de chicos utilizaron para columpiarse. Las cadenas eran el atributo más saliente y curioso de la casa de Montserrat: en el pueblo la distinguían y mencionaban por ellas.
(Weylad: Op. cit.)

trastornos causaba al vecindario. Tratábase este juego de golpear con un palo de madera dura otro cilindrico de unos 20 o 25 centímetros para lanzarlo lo más lejos y alto posible.
(Imbert: Op. cit.)

El pionero Nicolás Puccio no asistiría al desarrollo y crecimiento de aquel pueblo que lo tuviera como uno de sus gestores principales, y al que, al contrario de muchos otros adinerados contemporáneos suyos, no impondría como nomenclatura su apellido. No contaría con la ayuda de la fortuna en algunos negocios ni podría responder a deu­das importantes, algunas de ellas contraídas con bancos con sede en Rosario, a lo que se sumaría el costo desmedido de la villa que hiciera construir y que nunca habitaría con su numerosa familia. Fue la impo­sibilidad de afrontar gastos finales de la hoy conocida como "Villa Hortensia" lo que lo obligó a vender la misma a Echesortu. Según confiables testimonios, su hidalguía lo llevó a la extrema decisión del suicidio (situación que se ocultó tras la justificación de una muerte inesperada) mientras quedaban poco menos que en la indigencia su esposa y los once hijos del matrimonio.
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones



A TRES AÑOS DE LA TRAGEDIA DE SALTA 2141

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