Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

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jueves, 19 de octubre de 2017

Clubes chicos, clubes grandes



En esos años iniciales de la década del 40, los clubes que pro-mocionaban sus bailes eran innumerables, pero pueden rastrearse en las publicidades de diarios y revistas los casos del Club Uría, Centro Asturiano, Centro Castilla, Centre Cátala, Club Social Zona Sur (anexo entonces a un parque de diversiones en San Martín 3256), Ba­rrio Parque, en La Paz 2927; Atalaya Club, en Buenos Aires 2255; Club Dock Sur, en Lamadrid 1031; Boxing Club, en San Martín 1570; Saladillo Club, en Hilarión de la Quintana 445; Sportmen Unidos, en Io de Mayo 2143; Olímpico Rosario, de Corrientes 1650, en una nómina que ad­mite sin duda muchos otros. Hacia 1945 la fiebre de ese ritmo posibilitaría los primeros campeonatos de boogie-boogie en la ciudad, los que se celebraban en el Club Horizonte, de Suipacha 1363. Para tentar suerte y algún premio en los mismos resultaba útil la enseñanza de bailes modernos que ofertaba el Studio Gaeta, en Mendoza 1046, dirigido por el dinámico y polifacé­tico Agustín Romano Gaeta, propietario de varietés en la ciudad y úl­timo empresario del Teatro Olimpo de calle Corrientes.

En el umbral de la década del 50, el Estadio Mu­nicipal de Ovidio Lagos y 27 de Febrero se convertiría tam­bién en monumental pista de baile, mezclando la música con atracciones de todo tipo, desde Los 5 Grandes del Buen Humor a la despampanante rumbera Blanquita Amaro y desde Antonio Tormo a Alfredo De Angelis, con una concurrencia que colmaba las instalaciones, lo que no era poco.

En ese afán por bailar, muchachas y muchachos, y parejas de toda edad, podían casi semanalmente -y mucho más en verano- elegir entre opciones de lo más diversas, desde La Rambla de Alberdi al Club Arizona, en Riobam-ba y Chacabuco; el Club Voluntad, en San Martín 4650; Defensores de River Píate, en Felipe Moré y La Paz; el tra­dicional Central Córdoba o el concurrido Club Provin­cial, pasando por Newell's Oíd Boys, donde en 1955 el animador era Raúl Granados.

El popular hombre de radio y televisión recuerda algunos mo­mentos de una larga carrera como animador de los bailes rosarinos: "En 1950, en los bailes donde actuaba Alberto Castillo, por ejem­plo, paraban el tránsito. Eran los bailes del Patio Mexicano, del Patio Romano, cuando yo todavía no tenía 20 años. Empecé a los 18 años y enseguida me llevan a trabajar a Nuls, aunque ya había comenzado en algunos clubes de barrio como animador y conductor. Trabajaba en la radio en la radio LT1 y animaba bailes y pic -nics en la Quinta La Nélida, que duraban todo el día, pero a las 4 de tarde tenía que rajar para mi casa a pegarme un baño y salir para la radio. Dejara como reemplazante en el pic -nic hasta la siete de la tarde a Javier Portales, que se llamaba Miguel Ángel Alvarez. Después me mandaron a llamar de Ñuls y me quedé allí.

Las características de esas reuniones no diferían mucho de las de Gimnasia y Esgrima, según el testimonio de Granados: "Los bailes que hacía Ñuls los domingos eran de gente elegante siempre, bailes de categoría. Las mesas que circundaban la pista se vendían con anticipa­ción y la gente las compraba para toda la temporada. Así que después de dos o tres domingos seguidos tenías que saludar a todo el mundo: eran reuniones sociales muy lindas. Eso era en verano; en invierno se hacían en el Centro Asturiano de ca­lle San Luis ".

Es en ese mismo club donde, en marzo de 1955, la orquesta de Osvaldo Pugliese protagoniza un hecho que ha entrado a la historia del espectáculo. Anun­ciada para uno de los grandes bailes, se presen­ta sin su director, que había sido encarcelado, sobre el final del segundo gobierno peronista. La silla inclinada sobre el piano, unas encendi­das palabras del "Negro" Mela, el presentador habitual de la orquesta y una actuación que en­ciende a un auditorio que más que bailar, escu­chaba, completan la descripción de ese baile memorable.

Como testigo de primera mano, Granados relata: "Terminó el baile y llevaron dos colec­tivos de tipos que fueron en cana, la orquesta con todos los músicos a la Jefatura, y como yo bajé del escenario me llevaron con ellos.
Cuando llegamos a Avda. Pellegrini les expliqué que no tenía nada que ver y que al otro día laburaba en el ferrocarril, y me largaron. Pero los músicos se la bancaron hasta el otro día... "
Muchos de aquellos bailes de los años transcurridos entre 1940 y 1950 tenían una ceremoniosidad a la medida de las convencio­nes de la época, que incluían toda una serie de códigos, des­de las madres acompañando a sus hijas como celosas can­cerberas al cabeceo del hombre a la mujer, que prologaba la aceptación o el rechazo al postulante a pareja de baile. Todo ello era mucho más perceptible en los bailes de ba­rrio, en los que algunas imágenes de esas veladas danzan­tes (como se anunciaban) parecían escapadas de los legen­darios dibujos de Medrano o de Calé, humoristas de esos años. Eran salones como el Centro Progresista, de San Juan al 3600, donde se citaba buena parte de la juventud de Barrio Echesortu, o el de la Sociedad Umberto 1º, en Jujuy al 2500, cuyos pisos de largas tablas de pinotea eran ideales para los cortes y quebra­das o las evoluciones del vals. Algunos lugares tenían inclu­so fama por la calidad de los bailarines, sobre todo cuando se trataba de tango, como Instituto Tráfico, en San Loren­zo al 2200; el Salón Cosmopolita, en Arroyito, donde se emplaza hoy el Cine Lumiere; o el Estadio Millia, de Bvard. Oroño y Jujuy.
En muchos de ellos, la versatilidad, la elegancia, la creatividad de los bailarines eran condiciones mucho más tenidas en cuenta que la misma apostura o la pinta de los mismos, y lo mismo valía para sus parejas, a las que se ce­lebraba más las cualidades para la danza que la propia be­lleza. Lo que no excluía el acicalamiento de hombres y mu­jeres, los primeros -sobre todo entre el 30 y el 50- impeca­blemente peinados a la gomina, o con Glostora, uno de los tantos pro­ductos arquetípicos de ese período.
Un fantástico Manual pergeñado por Gaeta enseñaría a los
rosarinos no sólo los pasos de la mayor parte de los bailes en boga en los años entre 1930 y 1945, sino también buena parte de esos códigos cuya observación era poco menos que imprescindible para entablar tanto una relación sentimental como para abandonar la ominosa le­gión de los "pataduras", en un tiempo en que los buenos bailarines te­nían asegurada buena parte de su éxito con las mujeres. Aunque su lec­tura hoy, además de cierta nostalgia, despierte también su buena cuo­ta de hilaridad...
Delia Rodríguez, que cantara en muchos de esos recintos bai­lables recuerda: "Los bailes de clubes eran muy lindos, muy familia­res. He actuado en ellos con José Sala, con los Caballeros del Tan­go. Con ellos estuvimos cuando vino a Gimnasia y Esgrima la cantante Silvie Varían junto a Johnny Halliday: había una can­tidad tremenda de gente... " Gra­nados tiene una visión un tanto di­símil: "En esos lugares donde yo animaba no recuerdo problemas de peleas o problemas de ese tipo, porque había bastante control. Pero tenía referencias de que en los clubes de barrio se armaban unos despelotes bárbaros. Calcu­la que una mina por ahí salía a bailar con un tipo que a lo mejor no era del barrio o no le caía bien a alguno y ya se armaba el lío... "
Lo de los grandes nombres internacionales sería posterior, y formaría parte del boom que alcanzarían, sobre todo, los bailes de Car­naval de los grandes clubes rosarinos como Gimnasia, Provincial, Newell's y Rosario Central, cuando sobre el final de los años 50 y princi­pios de los 60, Rosario recibiría a una constelación de artistas extranjeros, que iban desde Tito Rodríguez a Los Plateros o al extrovertido catalán Xavier Cugat, que despertaría admiración por su orquesta -que contaba con muchos instrumentistas de primer nivel-pero sobre todo por su joven esposa, la cantante y bailarina Abbe Lañe.
Es por la misma época cuando la aparición del rock enciende fervores y entusiasmos menos ceremoniosos. Granados evoca ese momento: "Cuando aparece el rock y los primeros conjuntos rockeros, elpetiso Gilberto Juchli contrata el Cine Mendoza para un festival, cosa que no se había hecho nunca en Rosario. Lleva dos orquestitas y pone música de rock de discos. ¡Destrozaron el cine y el pobre tuvo que hacerse cargo de todos los destrozos ! Así que el rock ya venía con violencia agregada, desde el primer momento. Puede haber sido el año 1957".
Pero todavía en 1955, existían otros reductos donde el baile era asimismo atracción principal, pero donde las grandes figuras llega­das del exterior no tenían cabida ni público. Eran los bailes donde im­peraba el chámame y la música del Litoral, como los que se realizaban en La Ranchada, de Emilio Chamorro o en los varios locales del mismo tipo instalados en la zona sur de la ciudad. Allí también, so­bre todo los fines de semana, el en­tusiasmo por aquella música entra­ñable para correntinos y litorale­ños los convertía en pistas concu­rridas, donde abundaba la cerveza, se escuchaba más de un sapukay y se bailaba casi hasta la salida del sol...
La de los animadores de esos encuentros danzantes era, por su parte, una tarea que demandaba profesionalidad, ingenio y una alta dosis de prudencia para enfrentar situaciones imprevistas. Granados es quien mejor puede retratar aquel oficio casi extinguido: "La particularidad nuestra en la animación de los bailes era hacer un chiste, contar un cuento, joder un poco. Había que hacer la sanata por­que había un solo escenario y cuando bajaba una orquesta, hasta que los otros se acomodaban, se producía un bache. Entonces, en esos años, el petiso Jorge Alberto Alvarado animaba los bailes del «Castel Rojo», en Pellegrini y la Costanera, y yo los de Gimnasia o Provincial. El me pasaba los cuentos que contaba allá y yo los que contaba acá..."
Fuente: Extraído de la Revista “ Vida Cotidiana Rosario 1930/1960” Fascículo Nº 5