Escudo de la ciudad

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El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

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jueves, 5 de julio de 2018

LOS CONVENTILLOS o INQUILINATOS LOS ASENTAMIENTOS IRREGULARES o VILLAS MISERIAS

Por Nicolás E. De Vita



Tanto en nuestros apuntes anteriores, como así también en el presente, hemos dicho que las primeras viviendas levantadas en sus orígenes dentro del perímetro del barrio Echesortu, cuando el mismo aún era considerado como un pueblo fueron, a no dudar, tan sólo míseros ranchos de adobe y/o modestas casillas de madera forradas con chapas y cubiertas con techo similar.

Pero, con el correr del tiempo, más precisamente al ser anexada esta zona al éjido municipal; producida la delineación de las manzanas y apertura de sus calles, y con ello el comienzo del parcelamiento de sus tierras por los grandes propietarios; esa situación, si bien muy lentamente, comienza a revertirse, pues no sólo se producen mutaciones en las ya existentes, sino también, en su mayor parte, las nuevas viviendas van siendo mejor construidas, es decir con ladrillos, asentados más en barro que en cal y arena, con techos de tirantes y cinc o ladrillos abovedados; en vez de simples y antigiénicos escusados de chapas se levantan water closet con ducha vecinos a las habitaciones principales; se le dotan de mejores pozos negros o ciegos, luego cámaras sépticas y finalmente cloacas, etc.; en una palabra, van produciéndose mejoras sustanciales y con ello, no sólo ganando una mejor calidad, sino que se va eliminando ese triste y deprimente espectáculo de antaño, enriqueciéndose la fisonomía de esta parte de la ciudad que, de esta manera va, tomando forma cierta de verdadero núcleo habitacional qué, con el tiempo, habría de ser un modelo en su género.

Entonces, salvo las construcciones que se levantaban sobre calle Mendoza, dada su importancia por ser una arteria netamente vinculante entre el Este (centro de la ciudad) y Oeste (el recientemente fundado pueblo Eloy Palacios, hoy Barrio Belgrano), donde a cada parcela se procuraba dotarle de un salón para su explotación como negocio, en su generalidad las demás viviendas respondían a un denominador común, es decir espacio descubierto al frente para jardín, una o dos habitaciones (una más grande que la otra), cocina y W.C.; tipo de construcción, a la que, por esa especial conformación, se le dio en llamar "casa de gringo"; viviendas que en su mayor parte fueron levantadas por sus mismos propietarios o por medio de albañiles dirigidos por constructores "hechos a dedo", es decir personas que por el sólo hecho de poseer tanto un espíritu emprendedor como una más eficiente aptitud en el oficio, tomaban a su cargo dicha tarea, a fuer de sinceros, en forma tal que lo hicieron con todo encomio como lo demuestran algunas de esas viejas construcciones que todavía existen y que han resistido a pie firme el paso del tiempo. Entre esos prestigiosos profesionales son dignos de ser recordados los nombres de Salvador Gazzo; Antonio Devito; Pedro Beati; Antonio Jiménez; Francisco y Gregorio Rizzo; Enrique, Eugenio y Pablo Novello; Fabio y Victorio Cicutti; A. Galatti, Salvador Castiglione; José María Iglesias; Santiago y Sebastián Navarro, padre e hijo, respectivamente; José Vittoria; Cayetano Maccarrone; Salvador Petronio; Antonio Pellegrino y sus hijos Juan, Enrique y Rafael; Biaggioni, etc; los que, sin haber pasado nunca por una escuela especializada, cumplieron con verdadero encomio y solvencia, la difícil y noble tarea de construir edificios.

Pero, con el correr de los años, si bien no en la forma por demás exagerada como lo fuera en otros radios de la ciudad, principalmente en la zona céntrica, nuestro barrio no pudo escapar a ese triste y cruel flagelo que durante muchos años, empobreció nuestra imagen ciudadana; es decir la proliferación de esa tristemente institución que se le conoció bajo los nombres de "INQUILINATO" o "CONVENTILLO".

Si bien en un principio su inclusión en la vida cotidiana pudo tener un pálido atenuante, propio de la afligente situación económica por la que entonces, como lo es ahora, estaba sumida una gran parte de la población de nuestro país, hecho que, para poder subsistir, llevó a muchos de sus habitantes a procurarse de cualquier manera posible, fuentes de ingresos heterogéneas, lo que, a posteriori y por el lamentable epílogo ocurrido en el campo de la vivienda sirvió para desnaturalizar cualquiera de aquellos justificados y bien intencionados deseos.

En un comienzo y como consecuencia de lo antedicho, algunos modestos propietarios debieron apelar al simple recurso de reducir sus espacios habitacionáles con el fin de dejar lugares libres dentro de sus viviendas para poder así arrendarlos a terceras personas. Pero, con el correr del tiempo, esos y otros desaprensivos propietarios que asimilaron prontamente la lección, engolosinados por la perspectiva de una fácil y segura ganancia, no sólo fueron agregando cuanto nuevo o pseudo local habitacional, pudiere caber dentro de su inmueble, sino qué, inescrupulosamente, hasta llegaron a la desvergüenza de achicar aún más los ya reducidos o agregar camas a los existentes, y con ello,

abusando de la imperiosa necesidad en que se encontraba inmersa la clase trabajadora, fue adentrándose en esos irresponsables propietarios un, desmedido y despreciable afán de lucro que dio lugar al nacimiento de un sistema repugnante de convivencia colectiva que habría finalmente de llegar a adquirir, dada su singular conformación, un hondo y doloroso dramatismo social.

Fue así como ese infame sistema fue adueñándose de la conciencia de una gran parte de los propietarios de bienes raíces, en mayor proporción de aquellos que, siendo dueños de viejos caserones con muchas piezas estaban en mejores condiciones de hacerlo; y con ello a proliferar en todo el ámbito de nuestra ciudad, aún dentro del mismo radio céntrico, inquilinatos o conventillos que hoy, por su pauperismo, harían llorar hasta los más insensibles; que repugnaban a toda conciencia humana; verdaderos ghettos donde sus ocupantes, pobres criaturas de Dios, ávidas de tener un lugar en donde poder cobijar a su familia, eran condenadas injusta e irremediablemente a tener que sobrellevar una vida llena de sinsabores y sacrificios, más aún "miserable e inhumana". Si no fuera por la falta de las alambradas electrificadas y vigilancia armada, esos antros de viviendas bien pudieron ser asimilados a los tristemente célebres campos de concentración nazis; y si bien aquí no existía la muerte por asfixia, cada uno de esos tétricos lugares, dada la promiscuidad en que vivían sus ocupantes, tampoco ella estuvo ausente, pues la falta de higiene indispensable, unida a la deficiente alimentación, tan necesarios para la salud humana, fueron un excelente caldo de cultivo de toda enfermedad infecto-contagiosa, las que, inevitablemente, resultaron fatales para muchos de esos infelices locatarios y familiares.

Quienes personalmente hemos llegado.a conocer como se desarrollaba la vida cotidiana dentro de esos antros, mal llamados viviendas, nunca podremos olvidar, con verdadera pena, la vía crucis que sus ocupantes llevaban en tan deficitarias condiciones. Dentro de cada una de esas comunidades habitaban gentes de las más variadas nacionalidades y, por ende de idiomas; de distintos quehaceres, sexos y edades; honestos y deshonestos; en la peor promiscuidad e inmundicias que la mente humana puede imaginar; rodeados de moscas que alternaban desde la olla del magro puchero o del pedazo de carne puesta sobre el brasero a la pestilente zanja de desagües al descubierto de aguas servidas existentes a la vera del patio mal enladrillado o simplemente de tierra. Las habitaciones, si es que así podían ser catalogadas, en su gran mayoría, lo eran de madera y chapas, mugrientas, sin pintura alguna, cuyas medidas perimetrales oscilaban entre el 2 x 2 y 5 x 5 metros, algunas de ellas divididas en dos por medio de un simple tabique de madera; ocupadas generalmente por una familia compuesta por el matrimonio con 4,5 y hasta 6 hijos, o por hombres sólos, a las que habían que agregar las camas de hierro o simples catres, una mesa, algunas sillas de paja, un baúl, un aparador o un cajón que hacía las veces del mismo, y la infaltable máquina de coser, elemento indispensable para que la esposa, actuando ya sea como modista o pantalonera, pudiera procurar con su trabajo una entrada extra para poder sobrellevarias necesidades más elementales de la familia, o para poder pagar el elevado costo del arrendamiento. Ese tétrico cuadro se completaba: Para el prepárado del sustento diario, una cocina colectiva, muy precaria, o el simple brasero o vieja palangana a carbón puestos en el patio, y para cumplir con las necesidades fisiológicas y poder higienizarse, tan sólo existía un escusado y con suerte, alguna ducha. En cuanto al lavado de la ropa se hacía generalmente en tinas de madera, resabios de media bordalesa, o de grandes piletones comunes construidos en el centro del mismo patio, receptáculos que desagüaban en la zanja a que hemos hecho referencia anteriormente, y el tendido de las ropas a secar se hacía en los mismos patios para lo cual, el mismo se cruzaba con sogas o alambres en todas direcciones. Hubo conventillos que llegaron a albergar hasta 100 personas. Ello da la pauta de como debían deslizarse los días en tan exagerada y extraña comunidad. Con los niños gritando y corriendo por todos lados; con las continuas peleas entre los inquilinos por tal o cual circunstancia; con las lógicas desconfianzas propias del lugar; con la moral en sus más bajos aspectos, etc., cada uno de esos antros comunitarios era un verdadero volcán siempre a punto de estallar y en donde la presencia de la policía era frecuentemente solicitada.

A no dudar que todo lo antedicho, podrá hacer suponer a muchos de los lectores que no vivieron esa época, que hemos exagerado la nota o que estamos tocados de un tremendismo barato; pero podemos asegurar a los incrédulos, que todo ello se ajusta a la más estricta y cruel realidad; tanto que para reforzar nuestra posición hemos considerado recordar una parte del artículo que el Diario La Capital publicara en su edición del día 29/1/1938, y que en sus partes pertinentes, dice así:
"...En uno de ellos, que consta de 14 habitaciones, todas con piso de tierra, con paredes semidestruídas y sin revoque, moran otras tantas familias, las que reúnen aproximadamente 100 personas, la mayoría menores. La suciedad es allí reina absoluta, pues alo miserable de las habitaciones debe agregarse que el inquilinato carece de toda otra comodidad complementaria, en especial bafios y W.C., lo que basta para dar una idea de las condiciones en que se desarrolla la vida de quienes el infortunio lleva a habitar tales tugurios...".



Años después, al mejorar las condiciones económicas de la población, ese triste y cruel flagelo fue paulatinamente desapareciendo y quedó casi relegado al olvido; pero ante la crítica y paupérrima situación que está atravesando actualmente gran parte de la clase menos pudiente de nuestro país, no sería exagerado vaticinar que el inquilinato o conventillo, como el Ave Fénix, intente otra vez resurgir de sus cenizas y con ello retrotraemos a un pasado al que todos, sin excepción, debemos procurar de evitar.

Los inquilinatos o conventillos, esos que fueron motivo de tantos hechos bochornosos de la vida real, como así también tema para la literatura, tal cómo hemos tratado de exponer en este capítulo, desgraciadamente ¡EXISTIERON Y, EN GRAN CANTIDAD!, algunos también dentro del barrio Echesortu; y, si aquí evitamos citarlos, lo es por el sólo hecho de no hacer pagar culpas ajenas a muchos vecinos descendientes de aquellos desaprensivos propietarios que, en determinada época, pudieron haber hecho aberración de tal sistema locativo.

Sólo queda rogar a Dios que nunca más, aún como simple metáfora, puedan otra vez a ser realidad ciudadana, pero, lamentablemente, ahora el antiguo inquilinato a pasado a manifestarse en otra forma, pues a raíz de la constante llegada de grandes contingentes de familias en condiciones de suma pobreza que desde el Norte del país y en busca de trabajo han venido emigrando desde hace más de 40 años hacia nuestra ciudad, se han ido incrementando desde entonces otros modernos conventillos tanto o más humillantes que los de antaño". Son ellos los llamados "asentamientos irregulares" que, ante la falta de trabajo y con ello impedidos de poder acceder a una vivienda digna, aquellos foráneos fueron levantando con materiales precarios en cuanta porción de terrenos ferroviarios, municipales, privados, etc., han encontrado desocupados, dando lugar con ello a la creación de numerosos barrios ilegítimos a los que se les han adjudicado pintorescos nombres, tales como Villa Banana, Villa Perejil, La Vincha y Vía Honda, Barrio Toba, etc.; en los cuales el total de sus ocupantes, calculados aproximadamente en cerca de 200.000 personas, viven en la mayoría de los casos en condiciones deplorables, sin los servicios más esenciales, pero despreocupados y sin abonar suma alguna por cualquier motivo que fuere y a la espera de un mejoramiento (?) en el nivel de vida de la clase pobre de la nación.

Para tener una idea cabal de la importancia adquirida por estos ilegítimos asentamientos, basta leer el estudio que la Fundación del Banco Municipal de Rosario hiciera efectuar en el año 1992, en cuya oportunidad, sobre 450 familias entrevistadas de una determinada Villa, se censaron 1133 mujeres (48,80%) y 1188 varones (51,20%).

Dentro del Barrio Echesortu propiamente dicho, existe tan sólo uno de esos asentamientos. Es el conocido como "Villa Modelo", que está ubicado dentro del perímetro formado por las calles Pascual Rosas, Montevideo, Servando Bayo y la Av. Pellegrini, que data desde hace 33 años y que alberga un total de 310 personas. No obstante, muy pegados al barrio se encuentran los llamados "Bella Vista Oeste", sito entre las calles Gutemberg, Pasco, Cerrito y las vías del F.C. Beigrano, con 1020 personas repartidas entre 205 familias, y el asentamiento PellegriniVera Mujica, que con frente a esta última calle y que se extiende desde la citada Avenida hasta la calle Ituzaingó, dando su contrafrente a las ex vías del F. C. Mitre, alberga a 61 familias con 254 personas. Todos los datos citados precedentemente provienen del estudio a que antes hemos hecho referencia.

Como podemos observar, el problema habitacional subsiste como antaño; las autoridades no hacen nada para revertir tal situación; los propietarios de los terrenos usurpados impotentes de poder disponer libremente de los mismos; y los asentamientos ilegítimos, las "VILLAS MISERIAS" como se les ha dado en llamar, sólo sirven para que sus pobladores vivan dentro de la mayor pobreza y promiscuidad y con ello en excelente caldo de cultivo para la procreación de mendigos, prostitutas, vagos, pedencieros, rateros, etc.; todo lo cual tiene a mal traer a los honestos vecinos de los alrededores que ante tal situación viven en continua sozobra, principalmente ante los reiterados robos y hurtos que los mantienen en vilo permanente.

Fuente: Extraído del Libro ¡Echesortu! ( Ciudad pequeña, metida en la ciudad) Apuntes para su futura historia ( ensayo) y Segunda Parte (Miscelaneas de la Ciudad). Editorial Amalevi. Agosto 1994.
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