Escudo de la ciudad

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El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

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viernes, 20 de mayo de 2016

EL SECUESTRO DE MARCELO MARTIN

Por Nicolás E. De Vita


Entre todas las familias de origen siciliano que desde un comienzo se.afincaron dentro del Barrio Echesortu, se encontraron las de Bue y Cacciatore. La primera, con domicilio en calle Mendoza 3253; y la segunda, en calle Vera Mujica 1260. La familia Bue estaba formada por los hermanos Bartolo, Carlos, Miguel, Santiago y Antonio, los que originariamente se dedicaron a diversas y variadas actividades en busca del sustento diario, entre ellas las de conductores de "victorias o mateos", taxistas, etc., para luego, al implantarse con éxito el servicio de ómnibus dentro de la ciudad, pasar a formar una sociedad para la explotaciónde una línea bajo el nombre de "Los 5 Hermanos". A su vez la familia Cacciatore, formada por los hermanos Luis, Carlos, José, Angel, Miguel, Francisca, Séptimo y Octavio, luego de ejercer independientemente distintas actividades, pasaron también a formar una sociedad para la explotación de una línea de ómnibus bajo el nombre de "La Carolina", como un homenaje a la madre de los mismos. Asimismo, como complemento de ambas familias, había un sujeto llamado Gerlando Vinciguerra, apodado "Gino" quién, al haberse criado desde su infancia en la casa de los Bue era considerado como un hermano más y, dado su oficio de mecánico, estaba al servicio incondicional de ambas sociedades vehiculares para la reparación de sus unidades de transporte; pero además, con un automóvil de su propiedad, se desempeñaba como taxista.

Tanto los nombrados como sus respectivos familiares, gozaban de la amistad y respeto de quienes los conocían y éllos, a su vez, reiteraban esos conceptos de la mejor forma posible; todo lo cual, ni remotamente, hacía presumir la triste derivación que a la postre habría de tener para alguno de los nombrados, pues es justo dejar perfectamente aclarado que, como más adelante se verá, no todas las personas anteriormente nombradas tuvieron directa vinculación con el hecho consumado, más aún, algunos ni relación alguna.

Como consecuencia del secuestro y posterior asesinato del joven Abel Ayerza, hecho ocurrido a fines del año 1932, comienza a descorrerse el espeso velo que cubría un sinnúmero de delitos con reminiscencias "mafiosi" cometidos no sólo en el país sino también dentro de nuestra ciudad; hechos que, hasta entonces, eran considerados poco menos que impunes.

Pero, a poco de ocurrido aquel desgraciado hecho, a principios de 1933 nuestra ciudad se vé de improviso convulsionada por el secuestro del jóven Marcelo Martín, hijo de un acaudalado comerciante; hecho que llegó extraoficialmente a conocimiento de la policía debido a un informe dado por un ocasional testigo anónimo, pues la familia, siguiendo expresas instrucciones de los raptores, no lo había denunciado.

Atenta la seriedad de la denuncia, la Jefatura de inmediato encomienda al Comisario de Ordenes Carreras, al Comisario Adscripto Martínez Bayo, y al Segundo Jefe de Investigaciones Hugo Barraco Mármol, abocarse al total esclarecimiento del hecho; y así, de inmediato los nombrados policías, conjuntamente con otros sagaces detectives, llevan a cabo múltiples gestiones, las que en definitiva habrían de dar sus frutos y con ellos la detención de la totalidad de los malhechores, quienes a pesar de sus negativas, es decir del clásico "non sacho niente", finalmente, ante las abrumadoras pruebas reunidas en su contra, terminarían por confesar ampliamente su participación y la forma en que fuera llevado a cabo el secuestro; el que en síntesis y para el debido conocimiento de quienes no lo conocieron, pasamos a recordar.

Una vez elegida la víctima y conocido sus movimientos, los secuestradores procedieron a esbozar el plan de acción a desarrollar; y para ello se reunieron varias veces en un café y bar que en ese entonces se encontraba instalado en la esquina de las calles Cafferata y San Juan. Una vez ultimados los detalles finales, resuelven llevar a cabo la acción el día 28 de enero del recordado año 1933. Mientras la víctima transitaba por calle Urquiza, pocos metros antes de llegar a la de Paraguay, es reducida e inmovilizada; se le aplica en su boca un pañuelo para que no gritase; y, de inmediato, se le coloca en su cabeza un capuchón; lo suben a un auto que estaba en marcha, el que arranca a toda velocidad y, después de andar un buen rato se detiene, lo hacen descender y lo encierran en una muy modesta habitación. Luego se sabría, en un todo de acuerdo a lo relatado por los protagonistas que esa temeraria acción fue llevada a cabo solamente por Santiago Bue, Carlos Cacciatore (h) y Gerlando Vinciguerra; que el vehículo empleado lo fue un automóvil marca Hudson, doble faeton, de propiedad del último de los nombrados que lo condujo en la oportunidad y que como lo hemos dicho dentro de este capítulo lo explotaba como taxímetro; que el lugar donde se lo llevó a Martín lo fue la casa sita en la Cortada Marcos Paz 5127, domicilio de un repartidor de leche llamado Francisco Gallo; y que los actores directos involucrados en el ilícito, además de los cuatro anteriormente nombrados, lo fueron los hermanos Antonio y Miguel Bue, un carnicero del Mercado Gral. Urquiza llamado Diego Romano y un sujeto llamado Felipe Campeone o D'Angelo; todos los cuales esperaron el resultado de la operación en casa de los Bue. Consumado el hecho, de inmediato se le requiere al padre del secuestrado, como pago del rescate, la suma de m$n 150.000, —a oblar en billetes de m$n 1.000—, como condición incondicional para que el jóven Marcelo fuera devuelto sano y salvo; exigencia que silenciosamente acepta y cumple el requerido, quien a tal efecto, siguiendo expresas instrucciones de los raptores, comisiona a otro hijo para que, portando un paquete con el dinero, se dirigiera por calle Salta hacia el Oeste y desde allí al cruce, para luego tomar al Norte de la ciudad. Así se hace y al llegar el comisionista a la Avenida Alberdi de improviso le sale a su encuentro una persona, la que luego de identificarse por medio de una contraseña convenida de antemano, exige al portador la entrega del dinero, lo que éste hace de inmediato. Con ello, al quedar cumplida la exigencia de los pseudos mafiosos, horas después, en un todo de acuerdo a lo prometido, proceden a liberar al jóven Martín dejándolo, con los ojos vendados, en la esquina formada por las calles Tucumán y Paraguay, desde donde éste se dirige a su domicilio particular sito entonces en calle Urquiza 1484, quedando con ello terminada la penosa experiencia vivida.

Nos permitimos insistir sobre nuestra modesta opinión con respecto a la o nó vigencia de la mafia dentro del Barrio Echesortu y aún mismo en la ciudad; y para ello nos aferramos a las siguientes conclusiones: Si bien algunos de los intervinientes en el recordado caso ya se encontraban prontuariados por la policía como presuntos mafiosos o por otros delitos menores, los hermanos Bue, con excepción de Santiago quien en un hecho ajeno a la mafia, en el año 1927 había matado a tiros a un sujeto llamado Domingo Fontana en el Garage Mr. Ros, lo que le valió una condena de 9 años, luego reducida a 3, los demás hermanos carecían de antecedentes delictivos. En cuanto a Carlos Cacciatore (h) recién, ya encontrándose detenido y procesado por el rapto a Martín, habría de comprobársele su intervención en el recordado asesinato del periodista Alzugaray, razón por la cual, al agravarse su situación penal, intentó poner fin a su existencia al tratar de ahorcarse con un echarpe, lo que no pudo lograr gracias a la rápida intervención de uno de sus custodios. Y, con respecto a Cenando Vinciguerra, hasta entonces se lo consideraba tan sólo como un insignificante traficante de estupefacientes. En cuanto al botín del secuestro, parte del cual fue recuperado, los hermanos Bue en sus declaraciones judiciales afirmaron que, de lo que a éllos correspondió, emplearon la suma de m$n 8.500.-, en abonar al señor Mateo S., Durando la hipoteca que gravaba el inmueble de calle Mendoza 3253, la que, por falta de recursos suficientes, les había sido imposible cumplir hasta ese entonces, y el resto repartido por partes iguales entre éllos.

Como anécdota cabe recordar que al descubrirse el referido ilícito, como es común en todos estos casos, se echaron a volar hechos fantansiosos e inverosímiles, que de haber sido ciertos hubieran a no dudarlo agravado la situación de los involucrados. Por ejemplo, entre otros supuestos delitos, se dijo entonces haberse descubierto la existencia de un túnel o vía de escape que comunicaba indistintamente las casas de las familias Bue y Cacciatore, como así también la de un señor llamado Juan Di Benedetto que tenía su frente sobre la calle 3 de Febrero; cuyas tres propiedades, por sus fondos, lindaban entre sí; como así también la existencia de diversos elementos que en su momento habían servido para intentar, con cheques lavados, una gran estafa en perjuicio del Banco de la Nación Argentina. Podemos asegurar, fehacientemente, tanto por haberlo comprobado personalmente en aquél entonces, como también por manifestaciones posteriores, de vecinos, que con respecto al mencionado túnel, salvo una fosa de las que conmunmente se usan para el engrase de automotores y que estaba construida en los fondos de la casa de los Bue, entre las 3 propiedades antes nombradas nunca existió otra perforación bajo tierra, razón por la cual esa fantástica e irreal vía de escape sólo existió en la imaginación de algunos irresponsables y qué, de boca en boca, en versión corregida y aumentada, pasó a ser tomada como cierta; y, con respecto a los elementos supuestamente usados para aquel intento de defraudación, tampoco pudo comprobarse efectivamente su existencia y menos aún la participación de los Bue, Cacciatore o Vinciguerra, pues quienes en realidad fueron los autores de tal intento, como así lo comprobó la policía, lo fueron los mafiosos Dainotto y Mancini. La verdad es que, entre las casas de los Búe, Cacciatore y Di Benedetto, tan sólo existió una puerta que servía entonces para que los dos primeros, a fin de ahorrar tiempo y dinero, las reparaciones y engrase de sus unidades de transporte las pudieran efectuar con herramientas y elementos que tenían en común; y, en cuanto al señor Di Benedetto, del cual cabe dejar debida constancia que en ningún momento estuvo involucrado en los hechos delictivos cometidos por sus vecinos, usaba esa puerta, abierta en los fondos de su propiedad, al solo efecto de tener una salida directa a la calle Mendoza pasando por la casa de los Bue. En una palabra, todo ello estaba así programado dada la gran amistad y solidaridad que existía entre las tres familias y no como un medio de escape a toda acción policial.
Fuente: Extraído del Libro ¡Echesortu! ( Ciudad pequeña, metida en la ciudad) Apuntes para su futura historia ( ensayo) y Segunda Parte (Miscelaneas de la Ciudad). Editorial Amalevi. Agosto 1994.