Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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miércoles, 10 de junio de 2015

Visitas ilustres



En ese mismo año, la ciudad se enorgullece con las visitas del aviador Pedro Zanni y, al año siguiente, la del piloto español Ramón Franco, futuro protagonis­ta del hazañoso cruce del océano con el avión Plus Ultra; asimismo la colectividad alemana recibe al príncipe Luis Fernando de Hohen-zollern. También pasan por aquí el embajador de Gran Bretaña, sir Maurice de Bunse, y los ministros de Francia y Bélgica, Henri Jullemier y Augusto Melot, durante 1918.
    En 1920 llegan el jurisconsul­to italiano Victorio Manuel Orlan­do y el embajador de España, Franco Rodríguez; al año siguien­te dicta conferencias el sociólogo hispano Adolfo Posada. Finalmen­te, en 1924, viene el príncipe Umberto Saboya, quien es reci­bido con gran júbilo, tanto en la ciudad, donde se multiplican los actos, agasajos e inauguraciones como a lo largo de las estación de ferrocarril en el tramo Buenos Aires-Rosario, en las que detenerse el tren especial dar satisfacción a los italianos allí residentes.
Fuente: Extraído de la Revista del diario “La Capital”  de los 125 años  de 1992

lunes, 8 de junio de 2015

Alvear en Rosario



La urbe festeja en octubre de 1925, durante diez días, el segun­do centenario de su fundación, establecido en forma arbitraria, rúes en Rosario, como es sabido, no se procedió a la instalación de la ciudad, según ocurrió con mu­chas otras que se alzaron durante el período hispánico. Se honra entonces a un tal Francisco Go-dov, cuya existencia real no ha podido ser documentada, quien, según el primer cronista de Rosa­rio, Pedro Tuella, habría llegado en 1725  al frente de un grupo de indios calchaquíes.
El cuatro de ese mes llega a nuestra ciudad el  presidente Mar­celo T. de Alvear. La urbe se viste de gala para recibir al ilustre el tren en la estación Rosario Central.
Un grueso cordón de personas se extiende por las calle Córdoba entre Buenos Aires y Corrientes, y por esta última hasta Wheelwright, aguardando el paso de la comitiva presidencial. Al llegar a la estación, Alvear y su esposa —Regina Pacini, quien fuera una brillante soprano— son recibidos con todos los honores por el gober­nador Ricardo Aldao y el intendente Manuel Pignetto, mientras la Banda de Música de la Policía ejecuta la marcha presidencial.
Al salir de la terminal ferro­viaria, Alvear manifiesta su inten­ción de desplazarse a pie, con objeto de estar más en contacto con la fervorosa muchedumbre, la que no deja de expresar su cariño al primer mandatario y su esposa. La caravana oficial parte por Co­rrientes y luego toma Córdoba; desde allí continúa hasta 1" de Mayo, donde se encuentra el Pala­cio Vasallo Quintana, lugar en el que se hospedará Alvear.
Desde allí, a pedido de la gente congregada en la puerta, pronuncia breves palabras de agra­decimiento por "invitarme Rosa­rio a participar de los actos del Segundo Centenario de su funda­ción".
"Rosario es un orgullo para toda la Argentina", dice el presi­dente con evidente emoción, y agrega: "Amigos, llevo el corazón puesto en esta ciudad", lo que arranca una ovación de la multi­tud.
En tanto, como parte de los agasajos al visitante, el goberna­dor Aldao organiza un almuerzo en los altos de la Jefatura Política, del que participan ciento sesenta comensales. Por la noche el presi­dente y su esposa asisten en el teatro Opera a la interpretación del poema "Raquel", por Alcira Bonazzola.

Fuente: Extraído de la Revista del diario “La Capital”  de los 125 años  de 1992

viernes, 5 de junio de 2015

ZENO, Artemio y Lelio – Médicos Cirujanos ( 1884-1935 y 1890-1968)



ARTISTAS DEL BISTURI

Mecenas, humanistas maestros de maestros dejaron una impronta imborrable y son uno de los orgullos de la medicina de la ciudad

Por Guillermo Zinni

¿Podrán  los hermanos  Zeno haber puesto su dinero en campos y va­cas, especulado en la Bolsa o compra­do ladrillos? Seguramente que sí, pero eligieran un mejor camino: invertir en conocimiento y ser mecenas de diver­sas instituciones y hombres de la cul­tura. Sin embargo, en una cálida siesta de verano la esposa de Lelio explotó:
 -¡No hay ningún derecho, Lelio! ¡Siem­pre estoy seca! ¡Nunca tengo un mango! ¡Vos te gastas toda la plata con tus amigos, que son unos punzones y que se la pasan viviéndote!
-Mira, Tina, no podes ser así -le con­testó serenamente su marido-. No podes ser tan injusta. Yo también soy un artista, un artista de la cirugía, y yo con mi arte gano plata y ellos no. Pero son mis herma­nos y estoy obligado a ayudarlos.
Portadora de un milenario apellido que estuvo emparentado con la realeza vene­ciana, la familia Zeno emigró de Verona, Italia, hacia el año 1885, y se estableció en San Fernando, en Buenos Aires, donde se dedicó al comercio de frutas y verduras. Aquí nacieron cuatro hijos: Artemio, Le­lio, Rogelio y Lisi, y aunque vivían en una pobreza franciscana, se las arreglaron para darles una buena educación.
Artemio y Lelio pudieron así estudiar medicina y pronto se destacaron como grandes cirujanos. Con el tiempo se instalaron en Rosario, donde jun­to a Oscar Carnes y con la ayuda de Miguel Monserrat -el creador del conocido banco que llevaba su nombre y al que sus amigos apodaron socarronamente "Corpiño" por­que, decían, "sostenía a los dos Zenos"-, en 1924 fundaron el Sanatorio Británico sobre la base del antiguo hospital homónimo.
Tanto Lelio como Artemio ocuparon una gran diversidad de cargos, recorrie­ron varios países donde se perfeccionaron y brindaron sus conocimientos, y contaron con innumerables discípulos, pero más allá de esto fueron dos grandes humanistas y reconocidos mecenas en pro de la cultura. Mucho de lo que ganaron lo emplearon para ayudar a otros, y así sostuvieron la naciente Mutualidad de Estudiantes y Artistas Plás­ticos junto a Antonio Berni. El escritor Elias Castelnuovo, del grupo de Boedo; el doctor Emilio Pizarro Crespo, uno de los primeros introductores del psicoanálisis en el país, y hasta el fisiólogo alemán Georg F. Nicolai, amigo de Einstein que debió abandonar Alemania ante la llegada del nazismo, se contaron entre sus protegidos.
Si bien ambos herma­nos fueron dos figuras de una gran cultura e inteligencia, algunos de quienes los conocieron sostienen que sus personalidades eran diferentes Un poco "teatral", Artemio fue un admirador de Inglaterra y era más seguro sí mismo. Cuentan que cuando en 1923 se presentó a concursar el cargo de de Clínica Quirúrgica en la Facultad de Medicina, apareció de galera, monóculo,  bastón, pantalones bombillas y con sobretodo muy elegante. Se sacó los guantes,  los dejó ostensiblemente sobre la r comenzó diciendo ceremoniosamente ante el estupor de los examinadores: “Esta tarde me recuerda los días neblinosos de  Londres...". Además, el único ante te que presentó fue el de miembros de la  Real Academia de Cirujanos de Lo porque suponía que si llegó a eso todo lo demás ya estaba dicho, y no se equivocó.
Por otro lado, Lelio se caracterizó sencillez; fue un "revolucionario" amante de  Rusia y defensor del comunismo. Así, por el  ejemplo, en su segundo viaje a Rusia de "colados" a Castelnuovo, Pizarro Crespo y Nicolai, tres hombres también allegados al pensamiento de izquierda, que cuando notaron el reloj de oro que portaba, galo de Monserrat, se le fueron al humo y  le dijeron despectivamente: "¿No te da vergüenza, burgués?". Y puesto a elegí: la mirada censora de sus amigos y ese objeto, Lelio no dudó un segundo: se lo sacó y en un abrir y cerrar de ojos lo tiró  al mar.
Humanistas, maestros de maestro, en  honor a la brevedad antes que repasar la interminable lista de sus logros quizás sea mejor recordarlos simplemente come fueron: dos fuera de serie o, más sencillamente, dos hombres brillantes.

Fuente: Extraído de  la Revista del diario La Capital de los 140 años.

jueves, 4 de junio de 2015

EL SUEÑO DEL ESTADIO PROPIO HECHO REALIDAD EN ESTA DECADA



El actual "Gigante de Arroyito", como lo bautizó un día la feliz ocurrencia del presidente Vesco, tiene antecedentes jugosísimos. Ya al editar el club la revista del cincuentenario, en 1939, un muy bien documentado articulo ("De: portón N? 4 al estadio de ce­mento"), del que hemos ex­tractado esta síntesis, daba cuenta de lo siguiente.
Desde su iniciación, por e apoyo que recibieron de dos ca­balleros de la empresa ferro­viaria —W. O. Lucas y T. G. Russell— los esforzados fun­dadores y propulsores de Cen­tral consiguieron un sector de terreno ubicado entre los por­tones 3 y 4, a la altura del ac­tual pasaje Celedonio Escala­da. Alrededor de 1896, a sie­te años de "andar", la cancha debió trasladarse a avenida Alberdi y Jorge Hárding, pero al ser luego esta esquina lo­teada y vendida debió afron­tarse un nuevo traslado, esta vez (ya se ha dicho ello) a la Quinta Sanguinetti, en la que fue denominada "la cancha del cruce", por su ubicación en el Cruce Alberdi. Hasta 1918 se escribieron allí páginas glorio­sas para el fútbol auriazul, en­tre las que se recuerdan las memorables campañas de 1915 y 16, pero un nuevo re­clamo de la empresa ferrovia­ria determinó otro traslado, mucho más cercano: hasta las proximidades de la estación Castellanos, a metros de la avenida Alberdi.
Ya por entonces (desde 1918, con una pequeña inte­rrupción en el 21 y 22 que ocupó la vicepresidencia) era titular de Rosario Central Fe­derico J. Flynn. El pujante y por entonces joven presi­dente desconocía la pala­bra "no". Para él todo era po­sible y con esa persistencia logró convencer a Míster M. F. Ryan, alto funcionario del Fe­rrocarril, para que facilitara . toda la madera que la empresa no utilizaba. Ocurría eso en 1923 y con la contratación de algunos peones especializados y cientos de socios y simpatizantes centralista que prestaron su desinteresada colaboración  se construyó una tribuna con cien metros de gradas de unos diez escalones, de cada lado de la cancha, con le que se dio comodidad a unos quin­ce mil espectadores. Fue un alarde extraordinario de auda­cia que bien pronto halló res­puesta en el público. Los dis­conformes de siempre tuvieron que callar ante esa fantástica obra, que bien valía la fabulo­sa suma invertida: nada más y nada menos que quince mil pe­sos ($ 15.000).
La visionaria actitud de Flynn y quienes le acompañaban en la comisión directiva comenzaría a dar sus frutos pronto: en 1924 el club cuen­ta con un capital propio de $,33.782,43, toda una fortu­na para aquella época. Pero un año después debe''afrontar un contratiempo" que, en principió, parecía insuperable: el fe­rrocarril necesitaba los terrenos donde se levantaba el es­tadio auriazul con sus modes­tas gradas de madera. Don Fe­derico Flynn aceptó el desafio que el inminente desalojo le impuso a la institución. Junto a Venancio Fuggini, Mariano Morales, Ré, Casagrande y Rossi, integrantes de una comisión especial designada al efecto, comienzan una tremen­da lucha para conseguir la nueva sede centralista. Van de un despacho a otro, entrevis­tan a cuanto gobernante y fun­cionario pueden. Finalmente, la titánica tarea se ve corona­da por el éxito. Gracias a los buenos oficios del ministro de Hacienda de la Provincia, doc­tor Félix Roca, del intendente de Rosario, doctor Manuel Pignetto, y de los concejales Ca­sas Duchenois, Bollero, Garavagnc, Nirich, Stoisa, Morcillo, Caramutti y Cepeda, en­tre otros, logran la concesión, a título precario, de un terreno ubicado en la intersección del boulevard Avellaneda y la ave­nida Central, actualmente ave­nida Génova, es decir, el mis­mo sitio donde se encuentra enclavado el monumental y co­queto "Gigante de Arroyito".
Mientras tanto, Central arrienda las instalaciones del desaparecido Club Bolsa de Comercio —donde juega al­gunos partidos oficiales—, cu­yo estadio se levantaba en la manzana formada por las ca­lles Ovidio Lagos, E. Zeballos, 9 de Julio y Callao
En tanto comienza la fami­lia centralista a trabajar febril­mente en el nuevo tiempo con­cedido por las autoridades mu­nicipales. La memoria del año siguiente 1926indicaría que todas las obras fueron eje­cutadas por administración, habiéndose logrado con ello importantes economías que —dice— si no fueron apreciables, en todos los casos representaron un aporte al caudal social. Es que —agregamos nosotros— cada peso en aque­llos años tenía un valor funda­mental. De allí que entre esas pequeñas economías y la ayu­da personal de socios y sim­patizantes, el estadio fue te­niendo poco a poco su campo de juego sembrado y sus tri­bunas se fueron levantando lenta pero inexorablemente, lo mismo que las instalaciones sanitarias y demás.
  Allá por noviembre de 1926 —el 14, para ser exactos— Centra! no pedía utilizar el es­tadio del club Bolsa de Comer­cio y había que jugar contra los tradicionales rivales. Febril­mente se pudo poner el nuevo escenario en condiciones minimas para que se jugara el fundamental encuentro, en lo que fue una especie de pre-inauguración: ganó Central por 4 a 2, recaudándose —nada más y nada menos— que 2.515 pesos. La inauguración oficial se produciría recién el 27 de octubre de 1929, oportunidad en que Rosario Central invitó a un club amigo de toda la vi­da: Peñarol de Montevideo, para cotejar fuerzas con el elen­co local.

Fuente: Bibliografía de la colección Rosario Central Autor : Andrés Bossio

miércoles, 3 de junio de 2015

El doctor Roque F. Coulin (1888-1945)



Por Sebastián Alonso
Roque Fabio Coulin nació en la ciudad de Buenos Aires el 16 de agosto de 1888 y fue bau­tizado en la Parroquia de la Piedad el 23 de enero de 1889. Era hijo de Fabio Coulin, procurador, y de Simona Quiroga.
Se recibió de bachiller en el Colegio Nacional de Buenos Aires en 1904 y se graduó de médico en 1909. Duran­te sus años de estudiante, fue un en­tusiasta remero y participó en varias regatas universitarias en el equipo de la Facultad de Medicina. Además fue jugador de rugby: jugó para "Aficio­nados Argentinos", un equipo de se­gunda categoría, que en 1910 enfren­tó, en el último partido, al combinado británico que nos visitó con motivo del Centenario.
Fue ayudante de Laboratorio de Anato­mía Patológica del Hospital San Roque entre 1904 y 1906, practicante menor interno de la Asistencia Pública (Casa Central) en 1906 y 1907 y ayudante del Laboratorio de Toxicología Expe­rimental de la Facultad de Ciencias Médicas, entre 1906 y 1907. Luego, fue practicante mayor del Dispensario de Nodrizas, entre 1906 y 1910; prac­ticante menor externo, menor y mayor interno del Hospital San Roque entre 1905 y 1906 y, finalmente fue nombra­do, en 1910, médico interno de ese hos­pital, cargo que ejerció hasta 1914. En 1911 fue allí mismo cirujano agregado al Servicio de Cirugía General. En 1912 presentó su tesis doctoral, titu­lada "Tratamiento de las Rupturas Ute­rinas, contribución a su estudio", la que mereció las máximas calificaciones.(l) En 1913 y 1914 fue jefe interino del Servicio de Clínica Quirúrgica de Mujeres del Hospital "Dr. Pedro Fiorito" de Avellaneda.
En 1914 se radicó en la localidad santafesina de Gálvez. Fue médico de la Comisión de Fomento y director el La­zareto Comunal durante la epidemia de peste bubónica en 1919. También atendía a los pobladores de la localidad de Cañada Rosquín.
En 1921 se radicó en nuestra ciudad y, al año siguiente, se adscribió a la Cá­tedra de Clínica Ginecológica. Pronto fue nombrado jefe de Trabajos Prác­ticos y luego jefe de Clínica de dicha cátedra. Ese mismo año ingresó al Servicio de Cirugía de Urgencia de la Asistencia Pública y fue jefe del Labo­ratorio de Bacteriología del Consejo de Higiene. Además, ese año fue director interino del Hospital Centenario y mé­dico concurrente del Hospital Español.
Entre 1923 y 1924, fue jefe del Servi­cio de Ginecología y Cirugía General de Mujeres del Hospital Rosario (hoy "Dr. Clemente Alvarez") y ocupó ese cargo también en 1929 en el Hospital Centenario.
Militante del radicalismo, participó de los movimientos revolucionarios de 1905. Fue ministro de Gobierno, Justi­cia y Culto de la Provincia de Santa Fe desde el Io de febrero de 1922 hasta el 9 de mayo de 1924. Asistió, como dele­gado oficial de la Provincia, a la Con­ferencia Sanitaria Nacional en 1923, al Segundo y Tercer Congreso Nacional de Medicina y al Primer Congreso Panamericano de Tuberculosis. Fue, además, médico del Hospital "Unione e Benevolenza" y entre 1924 y 1929, cirujano del "Hospital Damas de Cari­dad" de El Trébol.
Desde el 11 de junio de 1928 hasta el 30 de abril de 1932 fue diputado na­cional por Santa Fe, período durante el cual presentó numerosos proyectos sobre salud y asuntos sanitarios. Ingresó en 1928 por concurso a la Cá­tedra de Clínica Ginecológica de la Fa­cultad de Medicina de Rosario como profesor suplente y, por renuncia del titular, asumió la titularidad en 1929. En 1930 fue decano de la Facultad de Medicina hasta 1934 y más tarde, vice­rrector de la Universidad Nacional del Litoral.
En la madrugada del 29 de diciem­bre de 1933 participó de una rebelión yrigoyenista en Rosario que asaltó la Subprefectura y fue detenido junto a Arturo Abalos, Calixto Rodríguez, Agustín Gatti, Emilio Cardarelli, Elias de la Puente, Armando Chiodi y otros. Este movimiento tuvo carácter nacio­nal y generó la declaración del estado de sitio por parte del gobierno.
En 1939 fue elegido presidente del Par­tido Radical de Santa Fe. En 1942 fue fundador, junto a Amadeo Sabatini, del Movimiento de Intransigencia Radical (luego Movimiento de Intransigencia y Renovación), al cual se sumaron los jóvenes Arturo Illia, Ricardo Balbín y Crisólogo Larralde, entre otros. El 3 de julio de 1945 fue nombrado director del diario "La República" de Rosario. A lo largo de su carrera, es­cribió numerosos trabajos sobre Gine­cología.
Roque F. Coulin se casó con Agustina María Nowell, viuda de Romero, naci­da en 1888 y fallecida el 17 de junio de 1980, hija de Alfredo Eduardo Nowell, subdito inglés nacido en Montevideo y Dolores Gaudencio, nacida en Buenos Aires. El matrimonio no tuvo hijos, pero el Dr. Coulin quiso como propios a los hijos de su esposa: José Antonio y Guillermo Romero Nowell. La fami­lia vivía en Córdoba 1977, en el mismo edificio que el doctor Siquot.
Falleció en Rosario el 22 de noviembre de 1945. Sus restos fueron velados en la Casa Radical del Movimiento Intransi­gente en Buenos Aires 979. Dijeron los discursos fúnebres en el Cementerio El Salvador: Alberto Candioti, Ricar­do Rojas, Juan Espiro de Larrechea y Juan Del Matti, entre otros.
Sus discípulos fundaron el Centro de Estudios Políticos Argentinos, que fue bautizado como "Dr. Roque F. Coulin". El tango "El bisturí" le fue especialmente dedicado por el com­positor Roberto Firpo.(2) Una calle de Rosario lleva su nombre (corre de este a oeste a la altura de Uriburu al 1400 y Francia al 4500). Además, existe el Centro de Salud "Dr. Roque Coulin" en Humberto Primo 2033, en el Barrio Ludueña. Un calle en Gálvez con su nombre también recuerda su paso por esa localidad.
(1)Facultad de Ciencias Médicas de la Uni­versidad de Buenos Aires, Buenos Aires, ¡912. Fue su padrino de tesis el toxicólogo Dr. Juan B. Señorans, y se la dedicó a la memoria de su madre, a su padre, a sus hermanos, "a los míos "ya los médicos e internos del Hospital San Roque.
(2)Greco, Silvia, "Rosario y sus calles", "La Capital". 2008.

Fuente: Extraído de la Revista “ Rosario, su Historia y Región. Fascículo Nº 130 de Junio de 2014.-


martes, 2 de junio de 2015

LIBERTARIOS Y RANCHERÍOS



Por Rafael Ielpi
Algunos de aquellos pic-nics que eran recreación habitual en la ciudad finisecular, llevaban en cambio objetivos que iban bastante más allá de un paseo al campo y de un momento de música y baile. Eran los organizados por muchas de las colectividades extranjeras, que los realizaban a veces con fines benéficos, para sostener las acti­vidades de cada entidad o en conmemoración de fechas caras a la his­toria de sus países lejanos; o estaban marcados con la inconfundible impronta libertaria, bastante extendida en Rosario tanto como en Buenos Aires hasta el inicio de la "década infame". Aquellos pic-nics despertaban, pese a lo bucólico del paisaje, las naturales prevenciones que el anarquismo guardaba hacia el sistema. Claro que la reuniones, por razones obvias, no tenían como escenario lujosas quintas sino un espacio abierto que garantizara alguna mínima posibilidad de des­bande en caso necesario...


  Libertad Lamarque recordó en sus memorias aquellas lejanas reuniones campestres que siempre tenían la impronta solidaria de los libertarios: En los pic-nics que papá y sus colaboradores organizaban a total beneficio del Comité Pro Presos, mis padres se ocupaban de que todo estuviera en orden, que no faltaran los refrescos, los sándwichs y los kioscos con sus atrac­ciones: el tiro al blanco y sus premios, las marionetas, las golosinas y los chori­zos calientes. Se comenzaba con la tarea de alquilar la arboleda más cercana a la ciudad, la más frondosa y la más barata, además de los mejores medios de transporte. Se debían comprometer con tiempo dos carros, con un caballo cada uno, para transportar desde el amanecer del día fijado casi todos los enseres, seguido del segundo carro llevando el resto y a los organizadores. Más tarde lle­garía al lugar un pequeño conjunto de instrumentos de viento, especializado en los pasodobles y para turnarse con ellos, un reducido conjunto típico: bando­neón, guitarra, flauta y violín, para alegría de los bailarines
De pronto, sonaba una campana y la gente comenzaba a concen­trarse frente a un kiosco, ya adaptado con una pequeña mesa, una jarra de agua tapada con una servilleta, y un vaso. Por otro lado, yo me refres­caba la cara y trataba de alisar mi pelo, tieso de tierra. Nuevamente sonaba la campana y me dirigía al lugar indicado; esperaba allí en silen­cio un minuto, para que acudiera más gente y comenzaba mi actuación anunciando El batallón infantil de Ghiraldo: "Han pasado ante mi puerta al compás de sus tambores, / cuyas tristes notas dicen la canción de los dolores;/ avanzaban los pequeños en compacta formación, / y en sus frentes enfermizas, donde la anemia se advierte, / se diría que la idea de la guerra y de la muerte/ va invadiendo sus cerebros, anu­lando la razón". Al terminar los aplausos se hacía presente el orador de ese día, casi siempre proveniente de Buenos Aires, por intermedio del periódico "La Protesta". Anderson Pacheco, que era muy admi­rado por su palabra vibrante y de barricada, que estremecía a su audi­torio o Rodolfo González Pacheco, igualmente aplaudido por su pala­bra fácil, convincente. ..y prudente. Siempre la policía se hacía presente en esas reuniones.
(Libertad Lamarque: Autobiografía, Editorial Sudamericana, 1986)
 

Los pic-nics seguirían teniendo vigencia y escenarios diversos en esos primeros treinta años de la centuria. En enero de 1925, La Capital anuncia una reunión de esas características, bajo el auspicio del Centro Gallego en la que denomina como Quinta Ranchos deVélez, situada en Alberdi, consignando como servicio al lector, que el tranvía N" 5, en su punto terminal, deja a cuatro cuadras de la quinta, que se halla en la orilla del río Paraná.


La "Ranchada de Vélez", como se la denominara y conociera popularmente hasta ya bastante entrada la década del 60, no era otra cosa que una sucesión de ranchos, construcciones de adobes empla­zadas a unos metros una de otra, con sus paredes blanqueadas a la cal, con los clásicos techos de paja traída por lo general de las islas, a dos aguas y sostenidos por horcones de quebracho, con la presencia de un aljibe en el centro. Denominada originariamente "Villa Mangoré", pasó a ser conocida con el nombre definitivo al ser adquirido el con­junto de viviendas por Juan P. Vélez, un rosarino acomodado que la destinó a finca de descanso hasta que sus descalabros de fortuna lo obligaron a convertirla en su residencia habitual. El primitivo nom­bre respondía a la tradición que atribuyera la construcción de los ran­chos a un indio que se decía descendiente del jefe indígena cuya pasión por Lucía Miranda ingresó a la historia tanto como a la lite­ratura y decidió incluso, también de acuerdo a leyenda, la destruc­ción del fuerte de Sancti Spiritu erigido por Sebastián Gaboto.


En tanto duró la propiedad de Vélez, la ranchada fue escenario de continuas fiestas, sobre todo en el verano, al que concurrían muchas per­sonalidades del comercio, el periodismo, las letras y la política, no sólo de Rosario sino de otras partes del país. En ellas se daban cuenta de pan­tagruélicos asados y de cantidades fabulosas de empanadas y se bebían buenos vinos. Se jugaba a la taba y al monte, y al son de vihuelas se bai­laba el gato y el pericón y hábiles zapateadores se lucían en el malambo. Los payadores más famosos dirimían superioridades con agudeza retó­rica y rasguidos de guitarras. La tradición quiere que Gabino Ezeiza haya participado de estas justas y rendido a los asistentes el homenaje de sus improvisaciones...
(Weyland: Op. cit.)


    Los antiguos ranchos, por su condición de aislamiento, sobre todo en los finales del siglo XIX y comienzos del XX, sirvieron asimismo para reuniones de carácter mucho menos inofensivo y social, como que allí se guardó el secreto de algunas de las conspiraciones revolucionarias que, afines del siglo anterior, alteraron dramáticamente el apacible y laborioso vivir santafesino, como asevera Weyland en su hermoso libro de recuerdos El chalet de las ranas.
Sin embargo, la ranchada tenía un atractivo adicional (que el autor de este libro pudo constatar hacia 1960, cuando el cuidador y espontáneo cicerone del lugar era don José Ciro) que eran las pin­turas que cubrían prácticamente todas las paredes de las viviendas. Las mismas, que constituían un vasto y abigarrado muestrario de temas histórico-gauchescos, habían sido realizadas por un artista espontáneo y bastante rústico, a mitad de camino entre el pintores­quismo y lo náif (padre de Esteban Peyrano, quien fuera uno de los pioneros del cine en Rosario), lo que no quitaba sin embargo un in­terés curioso a ese insólito conjunto.


El interés turístico de este lugar residía en las pinturas que decoraban las paredes interiores de los ranchos, ejecutadas a principio de siglo por un tal Serafín Peyrano, pintor con más buena voluntad que arte, amigo del propietario de la ranchada. Había escenas de combates sugeridos por la historia patria que abarcaban todo un muro y retratos de próceres de la independencia, civiles y militares, de presidentes y de poetas: Echeverría, Hernández, Ascasubi, Gutiérrez, Guido Spano y otros, rodeados de lau­reles y frases alusivas. No faltaban los motivos populares y gauchescos: domas, duelos a facón, tabeadas, riñas de gallo y borracheras en la pul­pería, a menudo realizado con propósito grotesco o humorístico. Además, rebuscadas composiciones alegóricas tenían por tema tanto la libertad y la justicia como el mate y el asado, y apelaban de manera inverosímil a la fauna y la flora: jaguares, monos, yacarés, cóndores, serpientes, papaga­yos, ombúes, palmeras, ceibos, camalotes e irupés. A nosotros, de chicos, tales colorinches nos parecían obras magistrales...
                                                                                                                                (Weyland: Op. cit.)

Las pinturas de los ranchos de Vélez seguían siendo, superada ya la mitad del siglo XX y un poco antes de su demolición, dignas de ser fotografiadas como una nota pintoresca, y de seguro irrepetible, del Rosario de los primeros años de la centuria, que fueron los de su esplen­dor como sede de encuentros gastronómico-sociales que incluían la presencia de rosarinos notorios, ya lo fueran en el ámbito de la polí­tica lugareña o de la cultura.
    En plena década del 20, como se consignara, aquella ranchada que erguía su fisonomía campera sobre las barrancas del Paraná, fue lugar reiteradamente elegido para la concreción de muchos de los pic-nics y reuniones que eran parte de las obligadas recreaciones de los rosari­nos de entonces.


Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones



Lib

lunes, 1 de junio de 2015

SEFARADIES



Originariamente, los sefaradíes fueron los judíos de Espa­ña, de donde fueron expulsados en el siglo XV. Se establecieron en la cuenca del Mediterráneo y siguieron utilizando como idioma el "ladino", un dialecto español antiguo mechado de hebraísmos. Por extensión, se llama sefara­dles, a los judíos de los países árabes y de Oriente.
En Rosario se establecieron a partir de los primeros años del si­glo, formando parte de la emigra­ción de los países del Imperio Otomano. Venían de Marruecos, Siria, Turquía, Grecia y siguieron manteniendo sus ancestrales costumbres y tradiciones cultura­les y religiosas.
    Se agruparon en instituciones religiosas y de beneficencia que aún perduran. La. Sociedad "Etz Ajain” constituida en 1916, fun­ciona desde el año 1922 en la calle Catamarca 2032. En 1963 fusionó con una institución mana, "Confraternidad Israelita Latina Ahinu Ata", para la construcción de un nuevo templo.Los fundadores de estas instituciones eran inmigrantes que vinieron de Turquía, Marruecos y Grecia, mayoritariamente.
La Sociedad Israelita Sefaradi "Schebet Ahim" tiene su templo en la calle Dorrego; fue fundada el 16 de agosto de 1924 por inmi­grantes de los países árabes y de Palestina.
La historia de las comunidades sefaradíes de Rosario forman parte de una rica labor de mantenimiento y construcción de espiritual, que no estuvo da del resto de la colectividad
En las últimas décadas el mundo ha sufrido enormes trans­formaciones, y consecuentemente los judíos se encontraron inmer­sos en esos procesos de cambio.
Qué significa ser judío en el mundo contemporáneo es una pregunta que desvela a muchos y no logra tener respuestas definiti­vas.
Entre las nuevas corrientes que surgen, se sigue creyendo que "la expresión espiritual indi­vidual es una marca del judais­mo. A pesar de los intentos de grandes maestros judíos por arti­cular resúmenes de creencias ju­días, el judaismo no tiene dogma ni credo,...sin embargo, hay de­terminados eventos y temas de nuestros días que parecen afectar consistentemente a todos los ju­díos de una forma que podría ser llamada espiritual.
El Holocausto es uno. Otro es visitar el Muro Occidental en Jerusalem. El tercero es recitar la plegaria por los muertos, el kadish. Quizá haya otros, pero es­tos tres tienen un claro poder emocional sobre la mayoría de los judíos contemporáneos. (Silberman, Jeffery: "La herencia de la espiritualidad judía" en "Nuevas corrientes en el judaismo" O.S.M.-Uruguay).
Y de estos sentimientos parti­cipa la colectividad judía de Ro­sario.
En nueve décadas de vida or­ganizada, esta comunidad ha de­jado un legado muy importante porque su aporte a la vida cultu­ral, científica, social y económica ha sido significativo y no pasó de­sapercibido, a pesar de constituir un sector minoritario de la ciu­dad.
En su momento de mayor es­plendor, en los años '20 y '30, la colectividad no pasaba del 4% de la población de Rosario y actual­mente (comienzos de los '90), apenas llega al 1% del total. Co­mo parte integrada de la socie­dad, la colectividad ha sufrido to­dos los avatares de un país en crisis permanente.
Su composición social actual abarca un amplio abanico, donde el grado de proletarización y po­breza es cada vez mayor y en el otro extremo no hay más que pe­queños y medianos comerciantes e industriales, mientras una franja media está constituida por profesionales.
Siguiendo una tradición an­cestral, el estudio ocupa un lugar de privilegio para el judaismo, y nuestra ciudad fue un verdadero polo de atracción universitario: muchos jóvenes hicieron su ca­rrera profesional, y acá volcaron toda su capacidad científica y técnica, tanto en la docencia, co­mo en las profesiones "liberales", especialmente en el área de la sa­lud (médicos, dentistas, farma­céuticos, bioquímicos), en una proporción ampliamente superior al peso real que tuvieron en la población.
También su actividad en el campo artístico y cultural se de­sarrolla permanentemente y esta labor de difusión con un alto con­tenido humanista, es otra de las características distintivas de la colectividad judía en Rosario.

Fuente Bibliografía : Extraído la Publicación Rosario Historia de aquí a la vuelta,  Fascículo Nº 24  de la Ediciones de aquí a la vuelta de año 1993