Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

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viernes, 18 de agosto de 2017

El museo municipal.



Para los años del Centenario, ya consolidado el papel de Rosario en la economía nacional como puerto exportador de cereales, los miembros de la burguesía se mostraban satisfechos de sus logros, más aún por tratarse en su mayoría de “hombres nuevos”, es decir inmigrantes extranjeros o migrantes internos que, sin prosapia colonial, habían construido su prestigio social a través de las redes asociativas de carácter étnico, económico, filantrópico y cultural formadas durante la segunda mitad del siglo XIX.

Para deshacer la imagen establecida de Rosario como ciudad mercantilista, confirmada por los extranjeros que visitaron el país en 1910, algunos intelectuales y profesionales rosarinos abrieron los primeros espacios dedicados exclusivamente a las manifestaciones artísticas. Su acción se concentró en la creación de instituciones cuyo objetivo general era ilustrar a la sociedad por medio del arte, las letras, la música y la historia.

La primera de estas instituciones fue la Biblioteca Pública Municipal Argentina, fundada en 1910. El mismo grupo fundador, en cuyas acciones se vinculaban el ámbito privado y el público, creó dos años más tarde El Círculo de la Biblioteca, con el fin de “propender a la cultura intelectual y artística del Rosario”, según se expresa en su estatuto. Bajo el espíritu del Centenario, los miembros de El Círculo se propusieron revertir el aura mercantil de Rosario organizando conciertos, exposiciones y conferencias. Entre esos eventos sobresalió el Primer Salón de Bellas Artes, que contó con la presencia del presidente Roque Sáenz Peña el día de la inauguración, en agosto de 1913. La muestra se constituyó, como dice Juan Álvarez, “con sólo reunir obras de las colecciones particulares de los vecinos”, es decir de los primeros coleccionistas y amateurs de Rosario. De pronto la ciudad contaba entre sus habitantes con verdaderos conocedores y gustadores del arte, que exponían
sus adquisiciones al público con intención pedagógica. En mayor número, esas pinturas pertenecían a las escuelas española y francesa contemporáneas; las otras, más antiguas, se atribuían a las escuelas flamenca e italiana.

El coleccionismo y el consumo artístico se imponían por entonces como hábitos de clase y signos de distinción social, pero paralelamente comenzaban a formalizarse a través de sus prácticas y a definirse en el programa cultural de sus asociaciones. En el seno de El Círculo se formó Comisión de Bellas Artes, integrada por los pioneros del coleccionismo local. En mayo de 1917 esta comisión organizó el Primer Salón Nacional de Bellas Artes de Rosario, que obtuvo un éxito inesperado, a tal punto que el intendente municipal, Federico Remonda Mingrand, instituyó inmediatamente una Comisión Municipal de Bellas Artes, a la que se le encomendó la creación de “un museo, una academia y demás trabajos que tiendan a fomentar el arraigo y el crecimiento del espíritu”. Los editoriales de La Revista de El Círculo, ocupándose permanentemente de los salones de otoño, fueron generando consenso respecto a la necesidad de un museo de arte. Anualmente, los salones beneficiaban por un lado al “pueblo”, en tanto “escuela abierta de educación artística”, y por el otro a los artistas, como “un incentivo más para el desarrollo de sus nobles aptitudes”, pero principalmente a la ciudad, motivando “el orgullo de sentirse regenerada al amparar y nutrir con su savia potente, estas fuentes de vida espiritual”. De la retórica, el presidente de El Círculo, Rubén Vila Ortiz, pasaba al dramatismo, acusando a “los gobiernos con su incomprensible indiferencia” de alegar otras urgencias “cuando se les pide insignificancias, con fines de cultura”. En esa situación, que demoraba el desarrollo de sus objetivos, los miembros de El Círculo buscaron la salida solicitando la colaboración de las instituciones y los particulares. Si en las capitales extranjeras o en Buenos Aires los poderes públicos destinaban fondos para las adquisiciones, ¿cuánto más no valía la acción privada, se preguntaba Alejandro Berruti en 1919, en una ciudad “huérfana –o poco menos– de todo auxilio estatal”? Los “pudientes” debían concurrir al salón a comprar “las buenas obras de su gusto”, contribuyendo de su bolsillo al crecimiento del ambiente artístico y, con la posterior donación de esas obras al futuro Museo de Bellas Artes, vinculando su nombre a “una obra cultural tan importante y necesaria en todo pueblo civilizado”. En ese esquema,  las principales instituciones de Rosario deberían contribuir con algún premio, como el que patrocinaba el Jockey Club, o con adquisiciones como las de la Bolsa de Comercio y el Club Social.
 
Fuente: Ciudad de Rosario Museo de la Ciudad Editorial Municipal de Rosario Ciudad de Rosario / Agustina Prieto ... [et.al.]. - 1a ed. - Rosario : Municipal de Rosario, 2010.
228 p. ; 23x18 cm.
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