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martes, 14 de junio de 2016

La irrupción de Galiffi

Por Rafael Ielpi


La historia grande, sin embargo, había comenzado a gestarse dos décadas antes, en el puerto de Buenos Aires, abigarrado entonces de inmigrantes que descendían de los vapores provenientes de Europa, cuando ataviados a la usanza de los habitantes de la Italia meridional (pantalones y saco negro, camisas blanca, gorra o sombrero cubriendo sus cabezas) arriban siete hombres que se declaran cultivadores de olivas. La ocupación, usual en Sicilia, era ficticia en este caso pero no lo eran, al parecer, los contactos con la mafia en la Argentina, ya establecidos para los recién llegados Juan Galiffi, Filippo Dainotto, Luisino Andrea, Andrea Garccio, Benito Ferrarotti, Giuseppe Amorsetti y Pepe Anchoristi. Algunos de ellos serían figuras más o menos rele­vantes de un fugaz pero sangriento reinado.

Juan Galiffi protagonizaría parte esencial de esa cronología mafiosa en el país; radicado primero en la ciudad de Gálvez, por entonces un importante nudo ferroviario, instala allí según numerosos testimonios dos negocios habituales para muchos de sus paisanos: una fonda y una peluquería, que le permiten una cómoda y rápida inserción en la comu­nidad, convirtiéndose en poco tiempo en un próspero comerciante al que se reconoce como buen conversador y amigo generoso cuando se lo reclama.

Aquella apariencia escondía sin embargo otra vida, que Galiffi llevaba adelante en lugares distantes. De ese modo, en octubre de 1912 y noviembre de 1913, es detenido en Salta por asaltos; en 1 914 se lo condena por su participación en el ataque al ingenio jujeño "La Mendieta", y en 1928 se lo halla implicado en un proceso por estafa. Su presencia en Rosario, empero, si bien no con precisión puede situarse entre 1912 y 1920, cuando se lo encuentra instalado, otra vez con una peluquería ubicada en Mitre al 1300, de la que sería cliente habitual Cayetano Pendino, el "giúdice". Un título que por los mismos años ostentaba en Buenos Aires Juan Di Feo, "Fangulli", quien al igual que otros "capos" de la época como Donato Pizzalaruzzi, José del Vecchio o Antonio D'Amato morirían unos a manos de otros mediante el rápido y expeditivo método del puñal, el estilete, el alambre al cuello o los resonantes estampidos de la "lupara".

El periodista Justo Palacios evocaría en La Tribuna, en 1974, parte del periplo de Galiffi en esos años, aun con algunas disidencias respecto de la ocupación de quien pasaría después a ser conocido para siempre como Chicho Grande: Acá se dedicaba a manejar la quinela y todo eso. Era fondero de Gálvez, famoso y conocido por todos los ferroviarios. Viene un día a Rosario y se hace dueño de la mafia. Los lugarteniente. Juan fueron Curaba, que era el hombre fuerte, de familia tradicional ; los Dainotto, que actuaban en la zona de Echesortu, y los Pendino, que en la zona de Avenida Pellegrini. En el barrio Refinería, donde había conventillos como de cien piezas llenas de turcos y criollos, vivían también italianos mafiosos. Ellos empiezan a bancar el juego y a estar en la vida del Mercado de Abasto y del Mercado Central.

Aquellos años de Galiffi en Rosario, donde se lo conoce y llama casi devotamente "Don Juan" o "Don Chicho", aunque más tarde, para dimensionar su poderío, se lo aluda como Chicho. Grande, fueron los de la consolidación de sus negocios en la ciudad: según algunos a través del firme monopolio del comercio de verduras, zas y frutas en los mercados y del tradicional sistema de extorsiones y amenazas que en ocasiones lograban su efecto con una me tola y en otras con el secuestro de la víctima. Todo sin salir de perfil que impidiera que esos procedimientos se convirtieran en noticia, estrategia grata a Galiffi pero errónea para quien pretender sucederlo poco después.

Para 1930, al producirse el golpe militar de Uriburu, visto simpatía por algunos rosarinos como Lisandro de la Torre, quien reunió con el dictador poco después del 6 de septiembre, Galiffi está ya instalado en Buenos Aires. Allí, desde su nada ostentosa vivienda de Pringles 1255, maneja dos actividades disímiles, además del férreo control de la mafia: la de dueño de una fábrica de muebles de estilo, y la de reconocido "turfman", poseedor de algunos ejemplares que, como Fausto, ganarían numerosas carreras. Sus caballos corrían regularmente en La Plata pero no lo harían por mucho tiempo en Palermo, donde la comisión directiva del aristocrático Jockey Club porteño aplicó a su solicitud de admisión como socio la indeseada bolilla negra.

Ya por entonces Galiffi había establecido, sin duda, sólidas vinculaciones con políticos, jueces, policías y personajes cercanos al poder; había adquirido tierras en la provincia de San Juan por un total cercano a los 300 mil pesos, en las que explotaría viñedos y elaboraría sus propios vinos, y se confesaba un perseguido por la ley. Gustavo Germán González lo retrataría con un trazo que no deja de ser tolerante: Era un hombre fornido, bien parecido, siempre sonriente y que daba la impresión de un burgués que disfrutaba en paz de su fortuna. .El cronista policial de Crónica agrega otro recuerdo no menos significativo: Estuvo en Crítica con su ha Ágata, para quejarse de que lo hicieran aparecer en crónicas como vinculado a la mafia. Me lo presentó el poeta Carlos Muñoz, el Malevo de la Púa, que lo había conocido en Montevideo y no quería creer que fuera mala persona. Es un tipo macanudo, me dijo en esa oportunidad...

Pero el paulatino crecimiento de Don Juan dentro de la "honorable sociedad" le depararía ya entonces sus primeros sinsabores. Uno de ellos, el complot urdido por otros "capos" mafiosos presididos por Antonio Amato, celosos del poder alcanzado por Galiffi y de su permanente invasión en territorios y negocios ajenos. Si bien Amato y Galiffi habían tenido una relación de estrecha amistad que se remontaba a los años de infancia en Italia y habían estado incluso a punto de convertirse en consuegros hasta el fracaso del proyectado casamiento entre Ágata Galifli y Renzo Amato, el ascenso de Donjuan terminó por ser el causante de su condena.

Una reunión de hombres de la mafia (que aunque no era una organización formalmente instituida englobaba a cientos de integrantes), entre los que se contaría Ferrarotti, uno de los siete que llegara a la Argentina con Galiffi, decidió en marzo de 1929 la eliminación de éste.

La "ejecución" debía llevarse a cabo en el hipódromo de Palermo, aprovechando la concurrencia regular de Chicho Grande a las reuniones hípicas, y los elegidos para el "trabajo" fueron dos especialistas en esas macabras tareas: Ángelo D'Anunzzio y Francisco Dodero. El 30 de marzo, la perspicacia de Galiffi le hace presentir que algo no anda bien en el "paddock", que registra dos presencias desconocidas y sospechosas. Adivina entonces el peligro que las mismas encierran para su vida y ordena a sus custodios sicilianos que se ocupen de los designados para ultimarlo.

El episodio terminaría exactamente al revés de lo planeado por los mafiosos presididos por Amato: D'Anunzzio es acuchillado allí mismo, sacado del lugar simulando que es alguien que ha sufrido una indisposición y arrojado su cadáver al Río de la Plata. Dodero, en cambio, que es reducido sin resistencia, impresionado por el rápido fin de su cómplice, es llevado más tarde a presencia de Galiffi, quien quiere conocer si el atentado es obra de Amato. Como Dodero se en cierra en el clásico código de silencio, es ahorcado con un alambre y termina en las mismas oscuras aguas que su socio.Tampoco grata sería para Don Juan la aparición de un terrible competidor, empeñado en quedarse con la conducción absoluta de la mafia y cuya estrella sería tanto o más fugaz que el propio esplendor de algunas de ellas: Chicho Chico. Con él, comenzaría u de acciones mucho más notorias que tendrían a Rosario como centro, serían titulares de los diarios nacionales y culminarían con su muerte, decretada por aquel a quien había soñado suplantar. Todo ello matizado por una serie de episodios hasta entonces poco menos que inéditos en una organización que —bien lo sabía el astuto Galiffi –- podría sostenerse activa mucho tiempo si se mantenía fuera de las primeras planas de los diarios.
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo II  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones.

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