Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

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martes, 22 de abril de 2014

AGUSTÍN MAGALDI



Vigente aún después de muchos años de su desaparición, es Agustín Magaldi uno de los auténticos ídolos de la canción popular por los años veinte. Poco difundida está la historia de sus comienzos, incluidos en el que quizá fuera el más completo trabajo biográfico que, sobre el cantor, fuera publicado por la revista Cantando, ya desa­parecida, y cuyos ejemplares son hoy inencontrables. No obstante, con la ayuda para esta ocasión de un resumen publicado por Roberto Cassinelli en la presentación del RCA Stereo Camden CAS-6035-Coleccionista, titulado La Historia de Agustín Magaldi, así como con la colabo­ración de algunos valiosos testimonios proporcionados por varios entrevistados para la confección de este libro, acometo el intento de ofrecer al lector una imagen ajus­tada del cantor rosarino en su tremenda lucha por el éxito.
«Agustín Magaldi -dice Cassinelli- nació en la ciudad de Rosario (Santa Fe), el día Io de diciembre de 1898, según consta en el acta de bautismo de la parroquia Santa Rosa, de Rosario, registrada en el libro 13 (folio 342) fir­mada por el cura rector el 7 de agosto de 1967. El docu­mento afirma que el 27 de febrero de 1899 el sacerdote José Colángelo bautizó solemnemente a Agustín, hijo legítimo de don Carlos Magaldi, natural de Italia, de veinticinco años de edad, y de doña Carmen Coviello, natural de Italia, de veinte años de edad, domiciliados «en esta parroquia». Fueron sus padrinos don Emilio Magaldi, italiano de treinta y cinco años de edad, y doña Raquela Coviello, italiana, de veintiséis años.
«Posteriormente, la familia Magaldi abandonó duran­te cinco o seis años la ciudad de Rosario y se radicó en Casilda, en el sur de la provincia de Santa Fe. Allí surge la confusión posterior que se popularizó con el correr del tiempo, a medida que el cantor de Casilda (como le decí­an) iba creciendo artísticamente y consolidando una fama que llegaría a ser continental. Incluso, algunas bio­grafías antiguas consignan distintas fechas de nacimiento, tales como el 15 de agosto de 1901, 1904 y 1906. En otra aparece el 3 de diciembre de 1903. Sin embargo, en todos los documentos, figura como nacido en la ciudad de Rosario y no en Casilda.
«Con Agustín Magaldi ocurre algo similar que con sus famosos colegas Carlos Gardel e Ignacio Corsini. Se ignora realmente la fecha exacta del nacimiento de Gar­del en Toulouse (Francia) y se ocultó durante muchos años que Corsini era nativo de Catania (Italia), para ubi­car su nacimiento en el barrio de Boedo o en Carlos Teje­dor, provincia de Buenos Aires. Pero todas estas circuns­tancias contribuyen a determinar que, pese a su innega­ble sangre calabresa, Agustín Magaldi es el único cantor famoso genuinamente argentino, ya que Gardel y Corsi­ni lo fueron por adopción» (1).
«-¿Sabes dónde íbamos a tomar sopa de fideos municiones con Magaldi? En la calle San Martin y Deán Funes, donde había una pieza y después un campo donde Coviello hacía los fuegos artificiales y llevaba las yeguas de la Cochería Rossi y Simonetti a parir. Bueno, ahí íbamos nosotros con Baldizzone v mi primo Juan Cazón. Poníamos cinco o diez guitas cada uno y hacíamos un puchero de fideos municio­nes. En aquel entonces vivía un gringo, que era cloaquero, con su mujer que se llamaba Vitalia... el lugar es el mismo donde ahora hacen viguetas para el techo, en aquellos tiem­pos se llamaba La Quinta del Gallo. -¿Había muchas quintas por ahí?
-Sí que había. La madre de los padres de Vicente de la Mata, o sea la abuela del que fuera famoso jugador de fútbol, tenía una quinta que le llamábamos La Quinta de Juan Mentira. Por acá, cerca de casa, vive una mujer de 80 años, la madre de una rubia grandota, que todavía se acuerda de cuando íbamos a robar sandías a la quinta esa.
-¿Dónde estaba ubicada?
-Atrás de la cancha de Central Córdoba. En una ocasión nos bajaron de un escopetazo con sal. Yo solía ir con mi gran amigo El Rey de los Huesos, Jesús Pérez» (2).

Aprendiz en el taller de pirotecnia de sus tíos maternos Miguel, Antonio y Carmelo Coviello, Agustín Magaldi, que ha vuelto de Casilda con su familia, va también a la escuela primaria en Rosario. Sus largas permanencias al lado del fonógrafo del abuelo escuchando y aun cantan­do «con una rara facilidad para reproducir con su voz las partituras que surgían de los discos», hacen que pronto abandone esa ocupación. Mas tarde, lubrica las maquina­rias de la fábrica de botones y horquillas para el cabello que tiene su hermano mayor Blas. Pero Agustín desea más el canto que otra cosa.
Con el correr del tiempo integra la Troupe Volpi-Galdi que, partiendo de Rosario, realiza giras por los pueblos vecinos de Firmat, Casilda y Carcarañá, entre otros. Alguien más pasa a integrar luego el conjunto: se trata de don Manuel Pedro Eguía, virtuoso guitarrista, y su hijo Eloy Eguía Palacios quien, años más tarde, será Héctor Palacios «El cantor de Buenos Aires». ¿Qué canta Magaldi por ese entonces? Nada menos que un vas­tísimo repertorio de canzonetas clásicas que hacen evo­car con nostalgia la tierra lejana a los chacareros de las zonas que visitan.
Su amor por el «bel canto» lo lleva a integrar como comparsa el elenco con que Enrico Caruso hace su pre­sentación en Rosario. No obstante haber aprendido el manejo de la guitarra con don Manuel Eguía y de haber­se acercado a las canciones del folclore argentino, Agus­tín sigue soñando con ser cantante operístico. Estudia canto en el conservatorio del maestro Nicola Mignona -quien había abandonado su puesto de maestro sustituto en la compañía de Enrico Caruso para formar un hogar rosarino- y debuta, el 21 de septiembre de 1919, en un festival benéfico realizado en el teatro San Martin, ubica­do en la esquina de San Martín y San Luis.
Completados sus estudios comienza una odisea que terminará abruptamente. A instancias del maestro Mig­nona busca un padrino para que le consiga una beca con el fin de perfeccionarse en la Scala de Milán y cuando después de no pocos trabajos lo consigue, el benefactor fallece trágicamente camino a Buenos Aires.
Magaldi se vuelca al canto criollo. Nace así el dúo Yuvone-Caldi y consigue un contrato en el cine Modo no, para actuar después de la última película. En el coqueto cine, ubicado en las calles San Martín y Córdoba, pleno centro de Rosario, «el canto criollo no interesaba y el público se retiraba de la sala haciendo un ruido atronador».
«-Te voy a contar una anécdota de Magaldi, que viví Roussy todavía para atestiguarla. Resulta que levantaron un cine, muy lindo, que se llamaba Cine Moderno en calle San Martín, entre Córdoba y Santa Fe, donde hoy está la sucursal del Banco de la Nación Argentina, y... después de una gran película de George Walsh, me acuerdo hasta el nombre del artista, venía Magaldi con dos guitarreros muy buenos, Centeno y Ortiz, un muchacho de ojos azules que era de Arroyito y ya murió, muy lindo muchacho, muy buen amigo... también estaba Roussy. Magaldi, había estado \ i en lo de Alegrecchi...
—¿La célebre casa de compra v venta de ropas?
—Sí, la que estaba en Maipú y Rioja. El fue para alquilarse un smoking, que en ese entonces por diez pesos te lo vendían. Lo alquiló por dos pesos junto con unos zapatos de charol que eran 43 y fósforos... grandotes.
—¿Y se los puso?
—Agustín les metió como tres hojas de La Capital y... los calzó bien. Estábamos yo y Juan De Simone, me acuerdo, en el cine y, claro, la obligación de nosotros era aplaudirlo
cuando salía. Salió él y nosotros nos rompimos todos aplau­diendo, para arrancar, ¿te das cuenta? Y en eso que él cami­na y llega casi a la mitad del escenario, frente a los guitarre­ros, se le sale un zapato... ¡Pobrecito! -¿Y entonces...?
-...Se volvió para atrás, se metió el zapato en el pie y saludó... A mise me cayeron las lágrimas... Es que corríamos la liebre... no es que no... ¡Eran tiempos malos!» (3).

«Cantan antes de la última película y así consiguen inte­resar al auditorio, pero sin pena ni gloria. El intento duró una semana apenas y el dúo Yuvone-Galdi se disolvió. El esfuerzo había sido inútil porque el público no demostró ningún interés por el canto nativo. Agustín Magaldi se quedo solo y decepcionado. Pero ese no sería su último fracaso».
En 1921 es alentado por Gardel -quien ha venido a cantar al teatro La Bolsa, de la esquina de Santa Fe y San Martín-. Forma entonces un dúo con Juan Carlos Espi­nosa, se largan para Buenos Aires y... fracasan. De vuelta a Rosario, Magaldi, que ha participado en un billete, erra por un número al premio mayor de la lotería. Otra vez emprende viaje a Buenos Aires con Espinosa, la plata se acaba, Espinosa retorna y Agustín no... ¡Le faltaba cora­je para mostrarse vencido nuevamente! .

«-La primera vez que Magaldi se fue a Buenos Aires lo hizo conmigo, fuimos a parar a un conventillo donde yo alquilé una pieza. Con nosotros venía otro tenor que se llamaba Llovera y que era hijo de un panadero, y también venía otro que vivió un tiempito con nosotros, Agustín Ferrari, que fir­maba con el seudónimo Martin Pescador, ese era también de acá, era anarquista, amigo de la familia de Libertad Lamarque. Ibamos a una peña de la calle Carlos Calvo, donde había unos rusos y unos catalanes... gente extranjera, y yo los sentía hablar y me decía «Estos tiran una bomba cada tres minutos', medio rebelde era esa gente. Un catalán vino un día ahí y pidió la palabra: dijo, «¡Nu habrá tranquilidad en el munde, hasta que no se ahorque el último burgués con la tripa del último fraile!». ¡Me cago en diez! ¡Querían ama-sijar a todos estos locos!» (4).

El hecho cierto es que doña Carmen, la madre de Magal­di, logrará rescatarlo con la ayuda de Blas -el hermano mayor de Agustín- y traerlo nuevamente a Rosario.
«-Agustín, aparte de haber sido un buen cantor, tenía un poco de esa tartamudez cuando se enojaba algo en una con­versación, o estaba medio contrariado. Entonces se trababa un poco, pero en el escenario no. Porque no solamente can­tando, sino hablando, decía todo muy bien. Una vez hici­mos una gira de casi siete meses. Fue en 1922. Salimos de acá Tito Lapuente, una mujer que yo tenía llamada Josefina, Agustín y una rusita que bailaba clásico y se había enamora­do de él. También iba un tal Marianito, que era un mendoci-no que tocaba el armonio, porque en los pueblitos donde no había piano teníamos que defendernos así. Lo fuerte de Agustín en aquel tiempo eran Indiano, Amargura, algunos valses y canzonetas napolitanas. Un tango que se lo hacían bisar siempre era Buenos Aires.
-¿Y para dónde fueron en la gira?
-Bueno, estuvimos en Esperanza, Pilar, Rafaela, San Francisco, Santa Fe. En Pilar me pasó un caso a mí donde me jugué toda la plata al billar. Resulta que nos había aga­rrado un temporal que duró como veinte días, y quedamos apretados en la fonda donde había un billar... yo jugaba bien al billar. Empecé a jugar con un farmacéutico... pero ese coso... ¡después yo me di cuenta! Comenzamos con diez pesos, veinte pesos de aquel tiempo, y después me dije: «Pero, ¿dónde te viniste a meter vos?». ...Jugábamos a la carambola, y de la bronca que tenía seguí y me peló. Magal­di lloraba. «¿ Y ahora, que hacemos?», me decía. Mi mujer, que marcaba, había ratereado de cuatro a cinco carambolas, pero no había caso... el farmacéutico era capaz de hacerlas todas de un saque.
-Debe de haber perdido hasta la elegancia usted.
-Al otro día me dice el hombre: «Acuérdese que ha per­dido también unos pollos a la portuguesa», como para pollos estaba yo. ¿Pollos a la portuguesa? Vea, me daban ganas de sacar un cuchillo y hacer un destripe ahí nomás. Como el
Marianito este tenía unos mangos, me dije: «Ahora le voy a pedir el desquite al siete y medio u otro juego donde yo pueda meter la uña». -¿Y se lo dio?
-Nos tuvo sufriendo y nos devolvió todo. Eran sete­cientos ochenta pesos, toda la guita que teníamos en la com­pañía.
-¿Así que les devolvió todo el farmacéutico?
- ¡Claro!, y trajo un diploma de La Plata: era campeón de la provincia de Buenos Aires... con medalla de oro y todo. Estuvo bien el hombre. Nos dijo: «Esta es una broma que les hemos hecho con el fondero». Porque resulta que yo al fondero le había ganado no se cuántas botellas de vermut jugando al billar. Al fondero me lo pasaba al cuarto, ¡pero a este coso, Dios me libre! ¡Y la pinta de otario que tenía!»(5).

De estos áridos comienzos, de estos principios que pron­to pasan al olvido cuando llega la fama, se nutren a menu­do las biografías poco conocidas de muchos artistas que fueron y son famosos. Magaldi no es la excepción.
«-Durante aquella gira, en un pueblo había una kermes*, como a una legua, y Agustín me dice: «¿ Vamos a hacer una rascada, a ver qué pasa?».
-¿Usted qué hacía entonces?
-Yo tenía que decir dos o tres versos, nomás para darle soga a que el se acomodara... -¿Cantaba solo Magaldi?
-Sí, solo. En ese tiempo cantaba solo. Ya había hecho dúo acá con Espinosa, con Yuvone y con algún otro... Hací­amos unos sketches también, donde él componía a un taño... Más o menos nos defendíamos con la ayuda de Tito Lapuen­te; la rusita que andaba con Magaldi hacía unos bailecitos clásicos medio regulares, la mujer que andaba conmigo can­taba algo... y después se tiraba la manga. ¿Entrada? ¡Qué entrada iba a haber en ese tiempo, si todavía estaban las radios a galena!
-¿Y cómo fueron a la kermese?
-Fuimos en un sulky con un hombre que estaba en pedo. Averiguamos en la fonda, y un tipo con un sulky nos dijo: «/ Yo los llevo!». El coso tenía un pedo... que no se podía comparar al frío que hacía. Con el cuello levantado de los sobretodos subimos al sulky: Agustín con la viola ade­lante y yo atrás... y mientras íbamos, Agustín dele hablar en italiano con el del sulky, porque Magaldi era un taño cuan­do hablaba el italiano. Por ahí yo preguntaba «¿Cuándo lle­gamos?». «Y... falta poco», contestaba el gringo. ¿Ve aquella ¡omita...? Bué..., cuando lleguemos a la lomita, ¡allá nomás es!». Dale... dale... llegamos a la lomita... ¡Dios me libre!... ¡el frío que hacía!, ¡un ragú bárbaro teníamos...! -¿En qué edad andaría usted?
-Yo tenía veintitrés años, un año más que Agustín. El era de 1900 (sic). Cuando llegamos allá, la función esa no se había realizado... no había nada. Solamente una carpa con las luces apagadas y enfrente un boliche viejo, de esos que exis­ten en los cruces de caminos. De ahí salían las voces de un coro: «¿Y esto?», dijimos nosotros. Bajamos y entramos al boliche. El coro era de chacareros italianos.... nosotros tomamos una copa y ellos estaban cantando por allá, en una mesa larga. Había un viejo que tenía una voz de bajo tre­menda... era un trueno para entonar. «¡Qué voz de bajo tiene ese viejo!», decía Agustín. Entonces, él no pudo resis­tir... ycomo cantaban esas canciones conocidas... piamonte-sas, Agustín se levantó y cantó una canzoneta. «Vengan, vengan», nos llamaron y fuimos a la mesa esa. Moríamos... porque andábamos muertos de hambre..., unos salames esos de chacra, ¿sabe? El dueño del boliche nos hizo una catrera porque eran como las doce de la noche y había como tres leguas para volver. Agustín hacía cantar al viejo ese de la voz gruesa y él lo seguía... ¡se había enamorado de la voz de ese chacarero italiano, un hombre viejo que cantaba como los dioses! Al final, nos quedamos como hasta las dos de la mañana. Este sucedido, por la santa madre mía..., fue en un pueblito cerca de Esperanza, donde había una colonia italia­na. Después nos dijeron que dentro de tres días se iba a hacer la kermese, pero nosotros nos volvimos al otro día.
-A Magaldi se le llamaba el cantor de Casilda... pero había nacido en Rosario.
-¡Claro! El padre tenía un taller de armería, arreglaba máquinas de coser y todas esas cosas. Allí, en Casilda, falle­ció el padre. Unos hermanos nacieron allá, pero Blas, el mayor, todavía vive, el otro que era fotógrafo y Agustín, nacieron acá... Una hermana y Emilio creo que nacieron en
Casilda. Entonces, doña Carmen quedó viuda y se casó con un tal Tello en Rosario. Y al tiempo se vinieron a vivir a San Juan y Paraguay. Pero Agustín no vivió nunca ahí, aunque la iba a visitar todos los días. Él vivía acá, en la calle 9 de Julio entre San Martin y Sarmiento, en una casa vieja de este lado, con los Coviello, que son parientes.
-¿Usted sabe en qué lugar de Rosario nació Magaldi?
-En una casa de la calle San Martín, entre 9 de Julio y Estanislao Zeballos.
-¿Así que vive el hermano mayor?
-Sí, Blas vive en Buenos Aires. Agustín de grandecito solía ir a Casilda cuando estaba de intendente un tal Agustín Medina, que era escribano, nacido en Entre Ríos» (6).

En el mes de enero de 1924 se forma el dúo Rossi-Magal-di en Buenos Aires. «¡Pero no hay dos sin tres!...», dice Cassinelli, y agrega: «Nicolás Rossi -después de un tiem­po de actuación junto a Agustín- debe viajar a Europa siguiendo su destino de actor (Rossi era el hermano del malogrado Enrique De Rosas y padre de la cancionista Margarita Silvestre)». No obstante, el velo de oscuridad va descorriéndose poco a poco y en julio de ese año, más exactamente el 9 de julio de 1924, Agustín Magaldi cono­ce a Rosita Quiroga en los estudios LOY (Luego LR3 Radio Nacional y más tarde Belgrano) (7). Cinco meses después, el 9 de diciembre de aquel 1924, el dúo Quiroga-Magaldi graba su primer disco en RCA Víctor: El amor de los amores, de Juan M. Velich y Francisco Álvarez -79518 A-, y en el acople La jacballera, de Luis Conde -79518 B-. El 6 de enero de 1925, el dúo registra su segundo y último disco: Chilena ingrata -79518 A-, de Urruspurú y Rosita Quiroga, con el acople de Virgencita de Lujan -79537 B- de Francisco Álvarez v Juan M. Velich.
Rosita Quiroga sigue cantando sola, pero es por su gestión que a Magaldi se le han abierto todas las puertas, ahorrándole más frustraciones y amarguras al cantor rosarino. Por ese entonces, los directivos de RCA Víctor -Mr. León y el señor Bonaseña- le piden a Magaldi que busque una voz masculina para formar un nuevo dúo. Entre Francisco Brancatti y el guitarrista de color Enri­que Maciel encuentran al hombre: se trata de Pedro Noda, notable cantor y guitarrista del barrio Mataderos de Buenos Aires. Para Agustín Magaldi ha sonado la hora del triunfo. Diez años junto a Noda -hasta 1935- y tres años como solista terminan por consagrarlo rotun­damente.

«Vayanse de Buenos Aires, que se van a morir de hambre».
«Usted lo conoció a Magaldi, no es cierto?
-De vista. En el cine Rex iba a actuar Magaldi y la entra­da costaba setenta centavos, pero no tenía los setenta centa­vos en ese tiempo. Estábamos en la puerta, yo y otro mucha­cho. Magaldi actuaba con Noda todavía. Había un montón de gente afuera, y para un auto negro. «¡Ahí viene Magaldi!» dice la gente. Se baja un tipo de frac, todo de negro... y por ahí uno dice «No, ese no es Magaldi. Es Noda». Era Noda. Bueno...
-Era gordito Noda.
-SI, un gordito, morocho... y nos acercamos a un lustra­dor que estaba en el quiosco del gringo don Nicola ahí, del Rex veinte metros para allá. El lustrador era un morocho que estaba con el cajón... Y dice «che..., en el intervalo vamos a ver si nos colamos», y qué sé yo. En eso que está­bamos hablando de que el que había bajado del auto era Noda y no era Noda, para el tranvía, ¿vio? Para el tranvía y... veo que se baja un tipo por delante y el motorman le hacía así, saludándolo al tipo. Mira el lustrador y dice: «Ese es Magaldi».
-Bajaba del tranvía.
- ¡Del tranvía!... Yo lo miraba al tipo y, claro, por las fotos era Magaldi. Venía de traje marrón, me acuerdo. Yo siempre tengo un traje marrón igual que cuando se rompe me compro otro igual, porque yo soy hincha de Magaldi... Entonces pasa el tipo, y yo lo miraba y claro, era él. Venía de traje marrón, sin sombrero y sin corbata, con una camisa azulina.
-¿Y la gente lo vio?
-No había nadie, porque todos se habían corrido para el lado donde había entrado Noda. Y entonces el negro lustra­dor le dice «Adiós Agustín». El tipo se da vuelta y lo mira: «Hola, negro...» y lo abraza al lustrador. «¿Todavía andas de lustrín?». «Si», dice el otro y que patapín y que patapán. «Espérame a la salida, negro». La gente se apioló y se armó un revuelo bárbaro. Lo agarraron a Magaldi en el hall y nos metimos todos adentro... y había señoras, ¡un lío se armó! Claro, protestaban porque los que entraban de prepo eran todos vagos.
-¿Y después?
-Terminó la función y el lustrador se cruzó al café de enfrente. Me dice el otro «Vamonos...».Y yo, «esperemos, lo saludamos de nuevo y nos vamos». Entonces también nos cruzamos, pero el café valía diez guitas y teníamos cinco guitas cada uno. Le iba a pedir al gringo del quiosco que me conocía porque yo le vendía pelotas de golf, pero le pedí al negro. Y nos sentamos. Pedimos los cafés y empezó a pasar la hora. «Negro, no viene», decía yo; me dice, «sí, viene». Bueno, después de una hora y media cayó Magaldi con un guitarrista, Ortiz, que era de Arroyito, Centeno y otro que no sé quién era. Y resulta que tenían preparada comida ahí, había pollo y qué sé yo. Por ahí aparece el mozo, nos pone un mantel con los platos y yo me quería morir porque tenía un hambre bárbaro. Comieron ellos en una mesa y nosotros en la otra. Después fuimos a saludarlos y a darles las gracias. Nos fuimos. Nunca jamás volví a ver al negro lustrador. Cuando pasaba por el quiosco, le preguntaba al gringo: «Nicola, ¿y el negro?». «Ahí está el cajón...». No vino más.
-Y a Magaldi, ¿lo volvió a ver?
-Sí, en Buenos Aires. Fui con otro porque andábamos tirados y queríamos ver si Magaldi nos ayudaba: nos dio diez pesos a mí y diez pesos al otro, y nos dijo: «Vayanse de Buenos Aires que se van a morir de hambre. ¿Qué? ¿En Rosario no hay trabajo?». «Y... no hay». «¿Y qué van a hacer acá, tirar la manga? Vayanse a Rosario, que ustedes tienen familia...».
-¿Ustedes fueron a la propia casa de Magaldi?
-Estuvimos en la casa donde él vivía... Solís o Lamas 851, no me acuerdo bien. Tenía un gallego de sirviente que no nos quería dejar pasar. Magaldi ya estaba solo, se había sepa­rado. Claro, el tipo no se acordaba. Dice... «¿Quién me conoce de ustedes?». Digo «Yo». «¿Y de dónde me cono­ces?». Le digo «Del cine Rex, una noche con el negro lus­trador...». Me dice, «Aahh, sí, sí...», dice «Aaaahhh, ahora me acuerdo». Y yo le iba a preguntar por el negro lustrador, pero no me animaba. No me animaba porque iba a pensar que era un curioso, un entremetido... Bueno, nos dio un billete de diez verde, ¿vio? -¿De esos grandotes?
-De esos grandotes. Cuando llegamos a Rosario Norte nos compramos camisas y pantalones, y cuando caímos al barrio... ¡cómo nos cargaron los muchachos! Valía $ 3,50 un pantalón de fantasía...» (8).

De intento he dejado para el final de este capítulo el rechazo de una desafortunada apreciación valorativa que sobre el cantor volcó Blas Matamoro en el ejemplar N° 16 de La Historia Popular -Vida y Milagros de Nuestro Pueblo-, titulado Historia del Tango. Dice el autor en la página 75 de su trabajo: «A pesar de haber sido por pocos años (Magaldi), el cantor de tangos más exitoso y a pesar, también, de haberse especulado con su prematura muer­te para crear un culto melancólico similar al gardeliano, hoy Magaldi, con sus amaneramientos de falso senti­miento y sus arbitrariedades de cantor, aparece sólo como un documento de época, pintoresco y un tanto ridículo».
En ocasión de un aniversario de la muerte de Magaldi escribí con el seudónimo de Adrián Castro una nota acerca del cantor que publicó el diario La Tribuna, de Rosario. Era un trabajo breve, apenas una síntesis del incalculable valor que encierra la personalidad de Magal­di y que, de alguna manera, voy a tratar de reconstruir. Magaldi no es culpable -como tampoco lo fueron Carlos Gardel, Julio Sosa o Susy Leiva- de las especulaciones comerciales que se hicieron después de su muerte. Es más, en el caso de Magaldi no es válido lo afirmado por Matamoro ya que por más de dos décadas el sello RCA se vio restringido en la reproducción de placas impresas por el cantor rosarino debido a diferencias entre los here­deros de los derechos de Magaldi.
Subjetiva y audaz es la afirmación al voleo por la que se pretende dejar sentados «amaneramientos de falso sentimiento» en Magaldi y aun «arbitrariedades de can­tor» (?). Cuando me entero de que, para Matamoro, «Corsini, comparado con Gardel a nivel musical, resulta notoriamente inferior» y una sarta de disparates por el estilo, no puedo menos que lamentar la deficiente infor­mación, la falta de ecuanimidad, la calculada ética incisi­va y el rapto de suficiencia de este autor que desde la rosada esquina de «La ciudad del tango», otro trabajo que le pertenece, aspira a constituirse en un mentor de la «cultura de masas», en un intérprete de la «conducta de masas» y, hasta se lamente, de que «en la actualidad (1969), no haya empresa masiva para nadie». De todas formas, el señor Matamoro no pudo prosperar con su último trabajo, que le fue prohibido. Es que cuando las tendencias políticas entran a filtrar la materia historio -gráfica no siempre se arriba a resultados halagüeños.
Si el señor Matamoro hubiera hilado más fino, tal vez me hubiera ahorrado la necesidad de rellenar el agujero que dejó abierto. Porque si bien la filosofía que animaba ciertas letras interpretadas por Magaldi pueden parecer para el oyente actual y desprevenido, de factura derrotis­ta, no cabe la menor duda de que dichas canciones refle­jaban como ningunas el sufrimiento interior de muchos hombres y mujeres marginados anímica y socialmente de las posibilidades de una redención espiritual y material. Ellas eran el crudo reflejo de una realidad que la vía emo­cional del cantor ponía en evidencia, no para conmisera­ción del poderoso, no para el enciclopedismo social, ni para el regusto de ciertos espíritus sensacionalistas, impresionables e ingenuos. Magaldi fue, en este aspecto y con la sinceridad de los recursos que le proveyeron sus estudios de «bel canto» (Gardel también los hizo junto a Bonessi y de ahí salió más afiatado, si bien cambiando las >
Solamente él logró imantar e iluminar los intrincados senderos de las almas de una muchedumbre traspasada d e angustia, con un soplo de comprensión y de humani­dad. Fue su logro mayor desnudar lo que todavía estaba en labios de muchos payadores: las heridas de una parte de la sociedad y el desdén de los incrédulos de todas las tendencias. A Gardel no se le creyó sincero en este senti­do, a Magaldi sí. Porque, además, Magaldi supo tañer su lira romancesca con las vibraciones sentidas de sencillas canciones de amor que hicieron soñar a una generación que necesitaba imperiosamente elevarse por encima de la cruda realidad imperante.
Agustín Magaldi fue levantado en vilo por los hom­bres y mujeres de aquella realidad, que testimonian hoy sus canciones aparentemente inexplicables para el que desconoce los hitos fundamentales de nuestra historia ciudadana. Su voz es el vivo exponente de una queja que supo reproducir como nadie. Su estilo inconfundible nos vuelve por los caminos del ayer y nos emociona, porque proviene de las profundidades de un pasado, lejano para las nuevas generaciones, pero cargado de emotividad y sugerencias sinceras. Como el corazón de los hombres buenos. Como el espíritu de los hombres sufridos. Que al fin y al cabo eran el alma y el corazón de aquel jilgue­ro que enmudeció para siempre un 8 de septiembre de 1938.
Cuando el señor Matamoro dice que Magaldi «apare­ce como un documento de época, pintoresco y ridículo», no hace más que demostrar su falta de profundidad y su ligereza para valorar los testimonios del pasado. Magaldi, a pesar de haber estado enrolado en la corriente liberta­ria, como muchos artistas de su época, trasciende y alcan­za, por la virtud de su arte incomparable, otras alturas que son incomprensibles para quienes resuelven la espi­ritualidad como una ecuación matemática.

«-En 1925 o 1926 fue a visitarlo Abel Bedrune en el cine Belgrano y le dijo: «Tengo un baterista que te conoce». Yo estaba en el bar. «Siembre te nombra...», le dice. «¿Bateris­ta?», contestó Magaldi. «Sí, un pibe que descubrí yo...». «No sé». «Mantequita». «¡Ahí, ¡pero ese no es baterista, es un pobre muchacho, buen amigo, pero es un pobre muchachito... Sí, sí lo conozco. Buen pibe». Entonces viene Bedrune y me dice: «Ahí te quiere saludar un amigo», y yo voy y me encuentro que era él: «¡Cómo te va», le digo, «¡cómo te va hermano!». Y me dice: «Cómo me gusta que estés acá, bien...». Le digo: «Este hombre (por Abel) me trajo acá sin que yo sepa nada de música». «No te aflijas, ya vas a salir adelante», contestó. Y fue la última vez que lo vi.
¿No lo encontraste nunca más?
-Una vez hicimos una zamba, se la dedicamos, y cuando yo fui a verlo a Buenos Aires supe que estaba en el sur... Por­que le gustaba irse al sur. De allá la trajo a Eva Duarte, que le dio muchos dolores de cabeza porque era medio testaru­da... La zamba se llama Díganle que yo la quiero, que es mía y yo lo hice figurar al hermano de Cuffaro. Fuimos con Cuffaro al poco tiempo y resulta que él había ido de una planchadora a llevar una camisa de frac... de esas de plancha. Y no lo pude ver. En el año 38, yo estaba en Montevideo y me dijeron: «Alunó Magaldi». Yo no lo quise creer... y des­pués lo vi en los diarios y en las revistas» (9).

NOTAS
(1)  Consérvase una libreta de enrolamiento argentina N; 236.001, donde se verifica que Carlos Gardel nació el 11 de diciembre de 1887 en Tacua­rembó, R. O. del Uruguay (V. fotografía en Apéndice Carlos Gardel, Li verdad de una vida. Armando Defino. Fabril F.dit. S.A. Bs. Aires, 1968). El periodista Erasmo Silva Cabrera «Avlis», afirma con pruebas de importan­cia surgidas a raíz de una encuesta personal, que Gardel era uruguayo (V. Erasmo Silva Cablera. Carlos Gardel, el gran desconocido. Edic. Ciudadela. Montevideo, 1967). Por otra parte, sus legatarios sostuvieron, mediante pruebas documentales, que el gran cantor había nacido en Francia. En cuan­to a Ignacio Corsini, se sabe que «nació en Italia el 13 de febrero de 1891. No conoció a su padre, y su madre inscribió su nacimiento en el pueblo de Troina, provincia de Catania, Sicilia, pero se suponen su origen o su ascen­dencia de la Alta Italia, dados su figura muy rubia, ojos celestes y espigada estatura. Su nombre completo era Andrés Ignacio Corsini» (Historiando a Ignacio Corsini, caja Odeón N° 5234/6. Vol. 1. Bs. Aires, 1974).
(2) Julio Schiavone, id.id.
(3) Julio Schiavone, id.id
(4)Osvaldo Berrini, id.id.
(5)Osvaldo Berrini, id.id.
(6)Osvaldo Berrini, id.id.
(7)No se sabe si Magaldi tuvo influencia en ello, pero lo cierto es que el 12 de septiembre de 1924, Rosita Quiroga grabó en Víctor el tango de un autor rosarino, Eduardo Pereyra (El Chon) con letra de Celedonio Este­ban Flores: Nunca es tarde.
(8)Alfredo Franchi, id.id.
(9)Julio Schiavone, id.id.

Fuente: Extraído del Libro “El Rosario de Satanás del Autor Héctor Nicolás Zinni, el Capitulo 4, del Tomo 6 . Editorial Diario La Capital del año 2009, es la primera edición.