Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

LAS MÁQUINAS VOLADORAS NO CEJAN

por Rafael Ielpi

Aquel año, pródigo asimismo en acontecimientos deportivos, iba a incluir entre éstos otra hazaña aeronáutica: la de Eduardo Bradley y Angel Zuloaga, que el 24 de junio concretan su viejo sueño de cruzar la cordillera de los Andes en globo, entre Santiago de Chile y Mendoza, elevándose a una altura de 8000 metros sobre los altos picos nevados y sumando otro hecho casi heroico a la gesta de los pioneros de la aeronavegación en la Argentina. Dos muertes, por razones disímiles, consiguen también impacto en los rosarinos: la de Rubén Darío, numen del modernismo americano, y la del moreno Gabino Ezeiza, prototipo casi legendario del payador repentista, quien actuara en Rosario en circos y escenarios parecidos, entre 1890 y los años del Centenario.
Poco tiempo después, la inminencia del nuevo año haría que el asesinato de Netri pasara poco a poco a segundo plano, no obstante la impresión que su muerte causara en la ciudad. Con el inicio de 1917, los rosarinos iban a encontrar otros motivos de atención, como la for­midable ola de calor con que comenzara el año, con temperaturas que en enero oscilaban entre 33 y 42 grados, o la condecoración que, en febrero, otorgara el rey de España, Alfonso XIII, a José Arijón, que reci­biera la de Comendador de número, con placa de la real y distinguida Orden de Isabel la Católica, que ratificaba la notoriedad que alcanzara aquel inmigrante gallego en una ciudad donde sus connacionales se contaban por millares.
El mismo mes se reiterarían en Rosario las apariciones de los intrépidos aviadores de la época pionera. Al comenzar la segunda quincena, Virgilio Mira, uno de aquellos arriesgados, consigue levantar vuelo al alba desde el Parque Independencia, intentando llegar a Venado Tuerto. La travesía tuvo como aliado a un cielo límpido, con ausencia de vientos, lo que le permitió volar a una altura media de 600 metros y descender, por problemas en el aparato, en la localidad de Elortondo, después de casi una hora y media de viaje, con el consiguiente asom­bro y entusiasmo de sus habitantes, desprevenidos ante semejante e inesperado visitante que, además, llegaba volando...
Virgilio Mira (en realidad Carlos Virgilio Mira d'Ercole), nacido en Taino (Como) en septiembre de 1890, había llegado a Buenos Aires en 1915 y se convertiría en poco tiempo en un personaje apasionante: en su taller, diseñó y construyó su propio avión, el "Golondrina I", una máquina voladora "atada con alambres" literalmente, y que según expertos como Domenjoz, no sería capaz siquiera de levantar vuelo.
No sólo voló sino que, a partir de allí, ese aeroplano se conver­tiría en antecesor del "Golondrina II", con el que Mira ganó cuanta carrera aérea se organizara y con el que realiza acrobacias que asom­bran al público en Buenos Aires y en Rosario, llegando a rechazar el avión italiano que en 1919 le ofrece como regalo la misión militar que visitaba la Argentina. El aviador, conocido por sus vecinos de Témperley, donde vivió y murió, como "El hombre-pájaro", "El loco Mira" y "El de las bicicletas voladoras", abandonó la construcción de aviones al entrar en vigencia las normas nacionales que reglamenta­ban esa industria.
Los rosarinos, pasadas esas novedades, volverían a ocuparse de los problemas derivados del crecimiento de su ciudad, que demandaba, era visible, obras públicas acordes con ese desarrollo urbano. El cam­bio del entarugado de muchas calles, pavimentadas con madera, era una de las demandas ciudadanas, cansados como estaban los vecinos de que las lluvias copiosas lo destruyeran con regularidad. Sobre fines de marzo, un ingeniero agrega otros datos en una nota en La Capital al afirmar: También son causa de la destrucción del entarugado los malos materiales y el descuido en el trabajo: ordenan la reconstrucción de los ado­quinados de madera que se destruyen después de una tormenta y ¡a tarea es ejecutada sin tomar otra medida que reponer las cosas como estaban antes de la tempestad...
Para entonces, este tipo de pavimentación era aún mayoritario en la ciudad, y el levantamiento de los adoquines terminaba con los mis­mos en el río, aunque permitiendo además que los necesitados se provean de leña abundante para su cocina, como denuncia el mismo diario. El profe­sional quejoso propone, por lo menos, alguna salida, como la concre­ción de obras de desagüe suficientes para permitir el escurrimiento de las aguas luego de las grandes lluvias: A no ser así, (el adoquinado) flota y es desarticulado y trasladado; así se observa en calle Entre Ríos, de Tucumán hacia el río, donde el agua sube a las veredas, aunque generalmente la destruc­ción se produce frente a las bocas de desagüe, como en Catamarca y Mitre.
Ese año se reinician también las idas y venidas del finalmente frus­trado proyecto de monumento a la bandera, encargado a Lola Mora. El gobierno nacional gira en 1917, a la orden de la Municipalidad de Rosario, dieciocho mil pesos destinados al levantamiento del embargo que pesa sobre las distintas esculturas de la artista, depositadas en cau­ción en la Aduana rosarina, con lo que se renuevan las esperanzas de que luego de ese aporte no surjan más dificultades para concretar el famoso proyecto. Pero unas semanas después, en agosto, La Capital anuncia: El monumento a cargo de la escultora Lola Mora de Hernández sufre nuevas demoras. Nadie imaginaría entonces que aquellas estatuas no constituirían nunca el Monumento a la Bandera; que éste sería pro­yectado finalmente por Alejandro Bustillo y Angel Guido e inaugu­rado en junio de 1957 y que las obras de Lola Mora, después de pere­grinajes por distintas zonas de la ciudad y de sufrir el vandalismo de los propios rosarinos, terminarían formando parte, desde 1998, del Pasaje Juramento.
Si no faltaban quejosos por los vaivenes del proyecto de la artista, eran muchos más los que se irritaban por los incumplimientos del gobierno respecto de los jubilados, un tema recurrente en la Argentina. En julio de 1917, se advierte una fuerte inquietud en el sector de los pasivos municipales, a los que se les adeudan para entonces cuatro meses. No son los únicos postergados; en septiembre, un maestro jubilado escribe al diario de los Lagos: Si es verdad que la correspondencia llega a esta ciudad por vía fluvial, como asegura este diario, ¿cómo y por qué razón no llega la planilla para el pago de enero a los jubilados del Rosario. De enero a septiembre, según se sabe, median nada menos que nueve meses: todo un parto...
Por los mismos días, la prensa recoge denuncias sobre un nuevo modo de perpetrar robos en los comercios rosarinos: El ladrón pene­tra a un negocio y adquiere alguna mercadería y abona la misma con un billete de regular valor al que va adherido un pelo casi imperceptible o un hilo que sin poner atención no puede notarse mayormente. Al ponerse el billete en el cajón, por lo general dicho pelo o hilo queda afuera, y entonces el ladrón distrae al comerciante, y tirando de aquél vuelve a apropiarse del billete, que sale fácilmente por la abertura entre la tabla superior del mos­trador y el borde del cajón...
Pero la ciudad, más allá de las minucias de la vida diaria, crecía también en lo cultural ese año con la creación de la ya mencionada Comisión de Bellas Artes, que iba a tener relevancia en el apoyo a muchos artistas importantes surgidos en la ciudad en las dos primeras décadas del siglo. Su primer presidente, entre 1917 y 1919, sería uno de los infaltables hombres de la clase que Alicia Megías denomina de "notables-dirigentes", que manejaría el poder en Rosario: Fermín Lejarza (1917-1919,1925-1927 y 1930-1931), a quien sucederían otros no menos conocidos como Nicolás Amuchástegui (1919-1920), Magín Andrada (1921), Mario Goyenechea (1921), Juan B. Castagnino (1924-1925), Alfredo Guido (1927), Juvenal Machado Doncel (1928) y Antonio F. Cafferata (1928-1930). Otro de los prohombres, Calixto Lassaga, ocuparía la presidencia de una de las instituciones fundadas ese año, el Colegio de Abogados, cuya actividad se iniciara el 4 de junio de ese año.
Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “decada infame” Tomo II Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones.