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El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

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jueves, 25 de agosto de 2011

Violencia, ruptura y solidaridad


Cada cual tiene su sello futbolístico, la rivalidad aumenta, los arbitrajes poco ayudan, se denuncian sobornos, los roces se multiplican y el juego se torna fuerte, los hinchas se irritan con facilidad y aparece la violencia. Central y Newell's ingresan en una etapa de recurrentes discordias.
Y los dirigentes de la Liga entran en acción.
El clásico se disputaba en cancha de Central, que ganaba 2 a 0. El partido se dio vuelta y terminó 3 a 2 a favor de los rojinegros. Los simpatizantes locales no vacila­ron en culpar al referí Mariano Reyna y se armó una trifulca espectacular de la que participaron también los jugadores. Como corolario la Liga le clausuró la cancha a Central -hecho que ocurría por primera vez en la historia del fútbol rosarino-, obli­gándolo a jugar "en el field del bando contrario" y "a correr con los trámites para conseguir un terreno neutral" si aquél "no pudiera facilitarle el campo", según se resolvió en la reunión del 11 de agosto de 1909. Además apercibió al delantero Harry Hayes, dirigiéndole una nota: "... En caso de reincidencia y alguna nueva queja, sere­mos rigurosos con usted...".
En 1910, mientras en el país se celebraba el centenario de la Revolución de Mayo, volvió a agitarse el fútbol rosarino: denunciaron a Newell's de haber pretendido so­bornar al jugador de Central Lorenzo Hulme. La Liga consideró la situación "bastante delicada", citó a Hulme y aun delegado de Newell's. Finalmente, el Io de junio des­virtuó "oficial y públicamente las versiones circulantes" pues "ningún miembro de la comisión directiva, ni socio, ni jugador de Newell's Oíd Boys, ha intervenido en el caso L. Hulme". El ambiente entre los dos clubes se enrareció: en Central porque no se condenó a los rojinegros, y en Newell's porque se creyó ver una maniobra de la hinchada centralista.
Ese mismo año, a la finalización de un clásico jugado en Plaza Jewell, se produjo un gran desorden, se registraron varios heridos y la policía debió calmar los ánimos.
Un año después, en el mismo escenario y en una tarde de lluvia, paraguas y perramus, y bajo el arbitraje de otro porteño, Jordán, el altercado alcanzó connotacio­nes impensadas. Había vencido Newell's 2 a 1, se había jugado muy fuerte sobre todo en el segundo tiempo en el que Central buscaba el empate, y la violencia se trasladó a la gente: el arbitro fue atacado, muchos jugadores fueron apedreados, un policía lanzó tiros al aire, y la pelea entre los hinchas siguió hasta la noche.
La hostilidad no tema fin.
Enterados de los sucesos, los dirigentes de la Asociación Argentina pidieron un informe. Y los de la Liga local lo escribieron. En su texto afloraron no sólo los relatos de los hechos sino consideraciones que testimoniaban las dos Rosarios en que se dividía socialmente la ciudad, a partir de un desarrollo portuario y comercial que favorecía a unos y perjudicaba a otros.
Por ejemplo, en esa nota, fechada el 24 de julio de 1911. se dice que existe entre
os dos clubes "la consiguiente rivalidad de competencia, entre los que se han destaca­do los que acompañan a Rosario Central como los más exaltados y menos cultos, especialmente cuando juegan en su propia cancha en cuyas proximidades hay forma­do el centro donde habitan su mayoría (Barrio Talleres)".
Sobre el partido de 1909 recuerda que "el arbitro Mariano Reyna fue víctima de los desmanes cometidos por ese público peligroso" (el de Central), y sobre el de 1910 asegura que "el desorden mayúsculo lo provocó desde afuera del local una turba de muchachos groseros afectos al team Rosario Central".
La redacción de este informe provocó serias discrepancias entre los dirigentes de los distintos clubes nucleados en la Liga, y marcó la pertenencia social -más que futbolística- que cada uno llevaba en el orillo. Se convirtió en la antesala de la ruptu­ra.
En 1912 la Liga anuló el campeonato en una memorable y agitada sesión del 2 de octubre, con el voto en contra de Central. Se asistió al inicio de la descomposición que tuvo como eje a tres clubes de "los suburbios del norte": Sparta se retiró, a Tiro Federal lo expulsaron y Rosario Central se desafilió.
La gota que había colmado el vaso de los centralistas había sido la suspensión de sus jugadores Harry Hayes, Ignacio Rota y Pablo Molina, luego de que no se presen­taran a integrar el combinado rosarino que enfrentaría al de Uruguay. El motivo de sus ausencias, junto a la del arquero Serapio Acosta -también convocado pero inespera­damente no sancionado-, fue que la Liga no llamó a integrar el combinado a su com­pañero Zenón Díaz.
Los dirigentes de Central le remitieron una nota a la Liga Rosarina, contando las razones de la deserción: "... Ha sido eliminado del equipo el señor Zenón Díaz por causas que ellos no comprenden, siendo, como ha sido siempre, uno de los mejores defensores de ella, con resultados muchas veces glorioso y en más de una ocasión su principal apoyo...".
A la jornada lluviosa se sumó la rebeldía de los cuatro jugadores centralistas, y no hubo mucho público en las instalaciones. Los simpatizantes de Central no concurrie­ron. Y vencieron los uruguayos 4 a 1.
Por la noche, la Liga agasajó a los uruguayos con una cena en el restaurante "Ci­fré", esquina de Córdoba y San Martín, e invitó especialmente a Zenón Díaz. Zenón no asistió en solidaridad con sus compañeros que no jugaron porque a él no lo selec­cionaron.
A su vez, los socios de Rosario Central en solidaridad con sus jugadores resolvie­ron en asamblea extraordinaria la desafiliación del club.
La reacción de los dirigentes de Central, Sparta y Tiro no se hizo esperar. Se unieron, invitaron a los clubes Esperanza y Embarcaderos Córdoba y Rosario, y gestaron la Federación Rosarina de Fútbol.
El fútbol rosarino se había partido en dos. Central quedaba de un lado. Y Newell 's del otro.

Fuente: Artículo Publicado en el libreo “ De Rosario y de Central , Autor: Jorge Brisaboa Impreso en Noviembre 1996 por la Editorial Homo Sapiens.

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