Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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miércoles, 30 de mayo de 2018

¡Ultima llamada a escena!

Por Rafael Ielpi



La actividad teatral adquiriría relevancia (más allá de la dinámica intensa y conocida de las salas rosarinas en el período 1900-1930) a partir de la década del 50, con la irrupción del llamado teatro independiente o vocacional, adjetivos que definían con acierto dos actitudes primordiales de aquellos elencos: la profunda vocación por el quehacer teatral que los animaba, y el deseo de acercar el hecho teatral a la comunidad con independencia de los criterios y circuitos del "teatro comercial".

Esas experiencias reconocían antecedentes como los del Núcleo La Cortada y más lejos en el tiempo, los esforzados elencos filo-dramáticos de décadas anteriores, pero alcanzarían significación y repercusión en la ciudad a partir de mediados de los años 50 cuando gente de teatro de Buenos Aires como Pedro Asquini y Alejandra Boero promueven en Rosario la formación de elencos estables. Ese sería el caso del Centro Dramático del Litoral que con un empujón inicial de Asquini, dirigirían Jorge Garramuño y Carlos Luis Serrano.

Aquella experiencia inicial con la puesta de "El soldado de chocolate", de Bernard Shaw, fructificaría después de la disolución del Centro en dos elencos: La Ribera, de Garramuño, y el Teatro Escuela Los Comediantes, de Serrano, el primero en contar con una sala estable, en la que las ideas teatrales de su director -autor, escenógrafo y plástico- se materializarían en montajes como "El bosque petrificado", de Sherwood, o "El zoo de cristal", de Tennessee Williams.

Del mismo tronco se desprendería otro actor y director, luego premiado autor teatral de relevantes aptitudes: Mirko Buchin, cuyo grupo Meridiano 61 concretaría un repertorio ecléctico e importante, desde "Fiebre de heno" de Coward a "Arlequín, servidor de dos patrones", de Goldoni, pasando por el vanguardismo teatral de "Las sillas" de Ionesco, con una larga trayectoria ulterior al servicio de la escena independiente.

Distintas características vinculadas a un teatro mucho más comprometido en lo ideológico y con determinada estética teatral tendría otro de los elencos rosarinos fundamentales: el Teatro El Faro, en el que tendría inicial relevancia la tarea de Eugenio Filippelli, un real maestro teatral, fundador de elencos y apasionado difusor del hecho teatral en todo el país; el mismo valor tendría el aporte de Saulo Benavente, uno de los más grandes escenógrafos argentinos, cuya afinidad con las propuestas del grupo lo convirtieron en un colaborador tan permanente como desinteresado.

El "Tano" Filippelli tendría a su cargo algunas de las puestas más exitosas de El Faro, como "Un guapo del 900", de Eichelbaum, o "Una ardiente noche de verano", del inglés Ted Willis, quien viajaría especialmente a Rosario para asistir a la representación de su pieza. Otros montajes recordables del grupo serían "El pan de la locura", de Carlos Gorostiza; "Tres jueces para un largo silencio", de Andrés Lizarraga, "Nuestro fin de semana", de Roberto Cossa, y "Réquiem para un viernes a la noche", de Germán Rozenmacher. Héctor Tealdi, Marcelo Krass, Oscar Moreno, Antonio Postiglioni, Eduardo Ciiiquemaui, Ana María Buompadre, Ana María Sterkun, Félix Reinoso, Keño Bossi, Omar Tiberti, se contarían entre los integrantes de El Faro, que llegaría a construir su sala propia en calle San Lorenzo al 1000, antes de la disolución del mismo.

Con el inicio de la década del 60 surgiría el TIM (Teatro Independiente del Magisterio), otra experiencia rosarina que obtendría dimensión nacional a través de la trayectoria ulterior de su fundador Carlos Mathus, quien con "La lección de anatomía" lograría reconocimiento internacional. Con sus montajes de la vanguardia de Ionesco y Arthur Adamov, el TIM representaría una propuesta diferente que tendría a Ariel Bianco, actor y luego escenógrafo talentoso que llegaría a trabajar en el Teatro Colón porteño, y a Arnaldo Colombaroli como exponentes relevantes.

De la misma generación serían actores y actrices igualmente valiosos, muchos de los cuales mantendrían asimismo una apasionada y permanente actividad en las décadas msiguientes y hasta la actualidad, como Idilia Solari

, Haydée Balvé, Perla Trillas, David Eder Elena Goria, Hugo Herrera y muchos otros. De esa generación es también Héctor Barreiros, otro de los actores y directores que han sostenido hasta hoy, aun en tiempos difíciles, la pasión por el teatro en la ciudad.

Inevitable resulta, en otro aspecto del quehacer cultural rosarino del período, la mención a la música coral, que tendría a Cristián Hernández Larguía como su permanente animador. Desde el Coro Estable de Rosario y el Conjunto Pro Música, dos instituciones ejemplares, su tarea enaltecería a Rosario, obteniendo preciados galardones internacionales y protagonizando una extensa y valiosa discografia, elogiada por la crítica de todo el mundo.

Serían contemporáneos otras agrupaciones igualmente esforzadas en su tarea de difusión del canto coral, sin mayores apoyos económicos oficiales ni privados, como el Coro Mixto, de Juan Undersanter, o el Coro Lagun Onak, dirigido por Constantino Lusardi, verdaderos ejemplos de pasión vocacional.

Todo ello -artes plásticas, literatura, teatro, música- en el seno de una ciudad que entre 1930 y 1960 estaba, sin saberlo, y como lo imaginara Mateo Booz en su recordada novela, "cambiando de voz..."
Fuente: Extraído de la Revista del diario “La Capital” “ Vida Cotidiana” 1930/1960

martes, 29 de mayo de 2018

La poesía: una constante

Por Rafael Ielpi




Aun excluyendo a los antecesores más reconocidos como Ortiz Grognet, Lenzoni y Fontanarrosa, en las primeras tres décadas del siglo, Rosario reconocería tradicionalmente su condición de "ciudad de poetas", los que aun con diversidad de matices, estilos y calidades la haría reconocida en el país.

En una nómina necesariamente incompleta es inevitable la mención de poetas como Fausto Hernández (18971959), que además de sus incursiones por la historia con "Biografía de Rosario" y "El mito de Francisco de Godoy" o el teatro con "Pico verde" y "El inventor del saludo", dejó dos poemarios de indudable interés, ligados a los parámetros estéticos del 40: "Pampa", de 1938, y "Río", de 1943, que en su complejo estilo revelan una sensibilidad hasta entonces inédita en Rosario.

Irma Peirano (1917-1965), pese a su prematura desaparición y reducida obra, ocupa un lugar principal entre los exponentes de la Generación del 40, en su caso con influencias de Neruda y Rilke. "Despojando los elementos naturales de toda contingencia, procura obtener una voz propia e irrepetible", afirma D´Anna, quien rescata una definición de la propia poetisa: "La propia verdades lo único novedoso que puede permitirse el hombre si ha creado su mundo en base a ella" Ese despoja-miento estaría presente en sus dos libros editados en vida: "Cuerpo del canto" (1947) y "Dimensión del amor" (1951).

Alma Maritano señala: "Hay dos actitudes extremas en poesía que consisten esencialmente en mirar, por un lado; por otro, mirarse. La fluidez y los conmovidos acentos de la poesía de Irma Peirano pueden llevarnos a creer que se inclina hacia la segunda actitud pero una lectura más atenta nos advierte que su mirar es doble. Es un mirar y mirarse al mismo tiempo. Es penetrar en las cosas sintiéndose formar parte de ellas, intuyéndose un elemento natural más, no perdiendo vista a las cosas por mirarse, ni perdiéndose de vista a sí misma en su verso auscultador del mundo.

En la década del 40 al 50 la ciudad asiste al nacimiento de una instancia poética representada por poetas de gran sensibilidad, inscriptos en el vanguardismo. Arturo Fruttero (1909-1963), excelente traductor de poesía inglesa y francesa, cuyo único libro "Hallazgo de la roca" reuniría algunos de sus mejores poemas, es uno de esos exponentes. D´Anna consigna en varios de ellos la intención "de persuadir al lector de la consonancia de sus aspiraciones estéticas con los tiempos nuevos y de la bondad de su metodología artística para expresarlos".

Facundo Maruil (1915) se constituiría en cabal vanguardista con "Ciudad en sábado" (194 1) y luego con una obra lamentablemente casi desconocida; Beatriz Vallejos (1922), también una fina artista plástica, publica "Cerca pasa el río" (1952) y "La rama del ceibo" (1962), itinerario de paulatino despojamiento formal por un conciente proceso de síntesis y de aprehensión de la cotidianeidad de paisajes y ámbitos ciudadanos, que se continuaría en su obra posterior, hasta la actualidad.

Felipe Aldana (1922-1970), más allá de sus duras experiencias personales -que incluirían una internación temporaria en un centro para enfermos mentales- constituiría un caso especial de búsqueda poética que lo llevaría desde el tono social a la indagación de lo personal, todo ello sostenido por una vocación y un apasionamiento poco comunes. Su "Obra poética", publicada después de su muerte, serviría para revalorar a un poeta casi desconocido en su ciudad, a cuyo reconocimiento aportara mucho D'Anna, con su análisis en "La literatura de Rosario".

Hugo Padeletti (1926) comenzaría a publicar antes de 1960 y' aun cuando su obra alcanza recién en los 80 un reconocimiento unánime de la crítica, ya en los poemas de aquella época se encontraban presentes un sentido místico, un refinado trabajo con la palabra y una permanente indagación sobre el propio quehacer poético que signarían toda su valiosa obra posterior.

Aun con omisiones inevitables, no debe ser olvidada, en el período, la obra de poetas como Diógenes Hernández, José E. Peire, Angélica de Arcal, Ecio Rossi, Horacio Correas y muchos otros, ni la dramaturgia de Julio Imbert.

Tampoco el impulso que dieran a la literatura rosarina revistas como "Paraná" de R-E. Montes i Bradley o "Espiga", fundada por Amílcar Taborda, con sus dos etapas, la rosarina y la concretada en Buenos Aires, o ya al filo de los años 60, "Pausa", dirigida por Rubén Sevlever, y surgida en la Facultad de Filosofía y Letras, en la que publicarían algunos poetas que luego alcanzarían amplio reconocimiento como el santafesino Juan José Saer -consagrado después como uno de los mayores narradores argentinos- o el rosarino Aldo Oliva.

Todos ellos antecediendo el desarrollo de la literatura de la ciudad en las décadas inmediatas, con la aparición de narradores y poetas de relevancia nacional.
 
Fuente: Extraído de la Revista del diario “La Capital” “ Vida Cotidiana” 1930/1960

lunes, 28 de mayo de 2018

El oficio de escribir

Por Rafael Ielpi



Entre 1930 y 1960, la ciudad asistiría a la aparición de obras que la tendrían como protagonista en algunos casos o como fondo escenográfico, pero sobre todo vería intensificarse una actividad literaria que se tornaría sin duda más importante desde el último año en adelante, con la aparición de nuevos creadores como Angélica Gorodischer, Ada Donato o Alberto Lagunas, y la culminación creadora de los que provenían del período transcurrido entre las décadas aludidas, como el narrador Jorge Riestra.

En ese período, se producirían aportes literarios significativos como los de Miguel Angel Correa (1881), cuyo nombre quedaría oscurecido por su seudónimo literario Mateo Booz. Sería en "La ciudad cambió de voz", de 1938, donde Rosario aparece por primera vez como protagonista de una obra narrativa, si se exceptúa el casi desconocido antecedente de "La novela social" de Suríguez y Acha, de 1904. Booz se radicaría en Santa Fe hasta su muerte y trabajaría como funcionario público, tarea en la que se jubilaría.

Similar vocación por el reflejo de temáticas entrañablemente vinculadas a personajes e historias santafesinas tendría Alcides Greca (1889-1956), quien alternaría la literatura con la política (sería diputado y senador provincial y diputado nacional por Santa Fe), la docencia universitaria y el periodismo. Sus "Cuentos del comité" son un pintoresco fresco de costumbres y prácticas políticas provincianas, del mismo modo que "Viento norte" (1927) y "La Pampa Gringa" (1936) intentan una descripción realista de dos problemáticas diferentes pero igualmente relevantes: el problema indígena en el norte y la colonización inmigrante en el sur de la provincia. En el primero y el último de esos libros, Rosario aparece como una mención necesaria pero no protagónica.

Sin desconocer la presencia de muchos narradores del período como Hernán Gómez y Abel Rodríguez (en el caso del primero, también con obra poética), sería Rosa Wernicke, en 1943, quien con "Las colinas del hambre" introduciría -aun en una novela imperfecta- el tema social contemporáneo a su tiempo, con la irrupción de las "villas miseria" en la ciudad y el consecuente drama de la marginación social

Jorge Riestra (1926), ya en los finales de los años 50, sería quien incorporaría a la narrativa el paisaje urbano, sus personajes y el ámbito inconfundible de los cafés y los cafés con billares, luego de su primer libro "El espantapájaros", con influencia faulkneriana, en la que el contraste es la antinomia ciudad-campo. Eduardo D'Anna, en su imprescindible trabajo "La literatura de Rosario", apunta respecto de "Salón de billares" (1960) y "El taco de abano" (1962), el "ejercicio de narrar" que Riestra elige para sus novelas y relatos iniciales, convencido - según el propio narrador- de que "cuando el novelista se afinca en la vida del ambiente que lo rodea, sólo el idioma puede describir con la misma realidad y simbolismo el paisaje vital que elige".

"No es entonces en los diálogos donde -como se había hecho basta el momento- se localiza lo particular de un ámbito, sino en el ejercicio de narrar: en el estilo un tanto pachorriento y reiterativo, de humorismo agrio, del relato oral del rosarino de clase media, traído al texto por Riestra a través de algún personaje salido de un topos, si no típico, al menos tan característico como un condado sureño: el «salón de billares» de la novela homónima; del primer cuento de «El taco de Ébano» y de otros relatos” sostiene D'Anna.
Fuente: Extraído de la Revista del diario “La Capital” “ Vida Cotidiana” 1930/1960


viernes, 25 de mayo de 2018

El Grupo Litoral


Por Rafael Ielpi

Las transformaciones derivadas del desarrollo y consecuencias de la Segunda Guerra Mundial se visualizarían también en el ámbito de la plástica rosarina a partir de 1940, cuando se advierte el surgimiento de una independencia de los artistas en procura de su propio lenguaje y una profundización de su relación con el paisaje: el
río, el campo, los barrios de la ciudad. Entretanto, comienzan a concretarse importantes exposiciones, aparece una valiosa carnada de críticos de arte en el país y las ediciones de arte se convierten en algo menos inusual mientras se sigue enfatizando, en la obra de muchos artistas rosarinos, el reflejo de lo social.
En 1942, como una derivación de la Mutual de Berni, nace la Agrupación de Plásticos Independientes, que integrarían muchos de los miembros de aquélla, corno Grela, Gianzoni yGarrone, a los que se sumarían los escultores
Nicolás Antonio de San Luis y los hermanos Paino, Anselmo Píccoli, Gambartes, Julio Vanzo, López Armesto y otros. La agrupación se extinguiría sobre los finales de la década dejando abierto el camino para la aparición del Grupo Litoral, cuya impronta es, sin duda, la más importante de la primera mitad del siglo XX.
Es por los mismos años cuando se amplían las posibilidades para la enseñanza del arte a través de la creación del Profesorado de Dibujo en la Escuela Normal No 2, por iniciativa de Dolores Dabat, y en la que enseñarían Carlos E. Uriarte, Antoniadis, de San Luis (cuyo nombre real era Nicolás Antonio Russo) y Manuel Suero, entre otros. La misma pedagoga organizaría, a instancias de Alfredo Guido, la inicial Escuela de Bellas Artes, en la antigua Facultad de Filosofia y Letras de calle Entre Ríos. En ella, sobre los finales de los años 50 y comienzos de los 60, serían profesores artistas tan relevantes como Uriarte, Sívori, Onman, Herrero Miranda, Froilán Ludueña, de San Luis y otros.
El Grupo Litoral nacería como un intento de ruptura con lo que sus integrantes consideraban la apatía vigente, propiciando el abandono de la imitación de modas y modelos europeos tanto como del clasicismo, para inclinarse hacia la representación de lo cotidiano o la búsqueda por los caminos de la introspección, sin omitir -como en el caso de Gambar-tes- una notable recuperación de la imaginería indígena precolombina.
Los fundadores e integrantes iniciales del grupo serían Gambartes, Francisco García Carreras, Garrone, Grela, Alberto Pedrotti, Gutiérrez Almada, Herrero Miranda, Mirnturn Zerva, Hugo Ottman, Carlos E. Uriarte, Ricardo Warecki y posteriormente Pedro Giacaglia, Arturo Ventresca y Froilán Ludueña. La primera exposición colectiva en 1950 -se ha señalado- "fue recibida con notorio desagrado por la cultura oficial. Los motivos del rechazo eran sencillos: los cuadros exhibidos exigían un esfuerzo inusual de interpretación, ya que las formas que los artistas habían elaborado no tenían similitud alguna con el adocenamiento académico vigente. El tiempo transcurrido permite afirmar que el Grupo Litoral impuso formas originales y técnicas poco conocidas y logró sensibilizar a amplios sectores, posibilitando que el público, habituado a percibir obras descriptivas, respondiera adecuadamente a la nueva problemática.".
La novedosa temática de Gambartes (1909-1963) y el tratamiento del cromo al yeso que caracterizaría esa etapa valiosa de su producción; la alta capacidad de colorista de Uriarte (1910-1995), al servicio del río, la costa y sus hombres; la valiosa obra de Grela (1914-1992), desde sus inicios con una pintura al servicio del realismo y los ambientes suburbanos a las posteriores formas casi asilada con el agregado de su relevancia como eximio geometría y la intensidad cromática de Ottman: la personalidad  de Herrero Miranda (1918-1968) volcada en la abstracción y su etapa final neofigurativa, o las formas más libre de los años 60, constituirían parte upo Litoral a la plástica rosarina.
Luchas veces vinculados a los grupos también a través de una obra solitaria y valiosa transitarían el período otros artistas valiosos aporte del Grupo Litoral a la plástica rosarina.
Por otro caminos muchas veces vinculados a los grupos plásticos anteriores, pero también a través de una obra solitaria y valiosa transitarían en el periodo otros artistas valiosos como Gustavo Cochet  (1894-1979), iniciado con Caggiano en España, de donde regresaría en 1939, por firme republicanismo opuesto al fascismo franquista. Su obra pintor y como grabador -disciplina en la que sería un recordado maestro – sus apotres y sus aportes a la critica artística lo convertirían hasta su muerte, en  uno de los artistas más queridos  y valorados de su gereneración.
Lo mismo ocurriría con Luis Ouvard, que de un clasicismo de la alta solvencia técnica pasaría a formas más despojadas en sus años finales, con un tratamiento personal de la  técnica del pastel y con Julio Vanzo (1901-1984), un polifacético artista cuyo rango distintivo sería una lora, que del estilo naturalista inicial pasaría por influencia del cubismo que Emilio Pettorutti divulgara en Rosario a mediados de la década del  20 hasta llegar a los “acordes pláticos” ulteriores, como el mismo Vanzo calificara a las relaciones del color en sus obras. Una extensa producción difundida a través de más de medio centenar de exposiciones individuales en todo el país sumaría a su obra de escenografía y vestuario para teatro y su tarea como ilustrador, méritos que validarían su ingreso a la Academia Nacional de Bellas Artes.

Contemporánea del Grupo Litoral sería otra propuesta de investigación y creación: la del Grupo Síntesis, que nacería bajo el impulso de Ricardo Sivori y los integrantes de su taller: Alonso, Celia Barroso, Bertarelli, Bollero, Marta Bugnone, Cartegni, López, Magnani, Smidt, Yost y otros. Sívori -notable dibujante- cumpliría una larga tarea de enseñanza que, tal vez, junto a su acendrada exigencia personal, impidió que su obra plástica, sin duda valiosa, tuviera posibilidad de acceder a un conocimiento masivo.
Aquellas dos experiencias grupales serían, en buena medida, generadoras de la aparición de muchos de los artistas cuya obra y dimensión pertenecen sobre todo ya a la década del 60, como Jorge Vila Ortiz o Rubén de la Colina, o los nucleados en el Grupo Taller,  de 1964: Eduardo Serón, Rubén Naranjo, Jaime Rippa, Mele Bruniard, José María Lavarello,  Jorge Martínez Ramseyer, Osvaldo Boglione, y Marta Gaspar, que marcan el inicio de una etapa de experimentación plástica y desprendimiento de las influencias inmediatas; aunque ello sea parte ya de la historia contemporánea del arte en la ciudad.
Fuente: Extraído de la Revista del diario “La Capital” “ Vida Cotidiana” 1930/1960

viernes, 18 de mayo de 2018

La fuerza de las imágenes


Por Rafael Ielpi

Desde 1930 en adelante, la pintura rosarina iba a transitar por caminos de definitivas búsquedas tanto expresivas como ideológicas; entre dicho año y 1940 se fundan numerosas asociaciones que canalizan el inconformismo de muchos de los hombres de la cultura, a la vez que aparecen publicaciones vinculadas a las artes plásticas, en las que se proponen nuevas formas expresivas y la necesidad de hacer manifiestos los problemas sociales de la época a través de la representación plástica.
Una de aquellas instituciones sería la Agrupación de Artistas Plásticos Refugio, de 1932, que concretaría el Primer Salón de Barrio dos años después, en una convocatoria que contaría con el apoyo de la asociación cultural Solidaridad Social, denominación que implicaba toda una definición de objetivos. Es en los mismos años cuando Antonio Berni, arribado de su período de estudio y residencia en Francia, e imbuido de las ideas de izquierda que sostendría con ejemplar fidelidad durante toda su vida, funda una entidad decisiva en el desarrollo de las artes plásticas en Rosario: la Mutual de Estudiantes y Artistas Plásticos.
El grupo liderado por Berni, en el que se integrarían pintores como Berlengieri, Medardo Pantoja, Calabrese, Leonidas Gambartes, Juan Grela, Gianzone, Garrone, Sigfrido Maza, Ricardo Sívori, Tita Maldonado, Pereiro y otros, no sólo introduciría el debate sobre lo social en el arte y propiciaría un permanente diálogo sobre el tema sino que propondría acciones concretas a favor de la extensión de la enseñanza de las artes plásticas, como el proyecto de creación de una Escuela Provincial de Bellas Artes, en 1935.
Contemporáneo de "La Mutual", como se la reconocería para siempre, sería asimismo el llamado Grupo de los Nueve, cuyas actividades iniciales se realizan en 1936 con el auspicio de la Comisión Municipal de Bellas Artes. Dicho año se concreta la primera muestra pública del grupo integrado por Demetrio Antoniadis, Eugenio Fomelis, José Miguel Beltraniino, Nicolás Meffi, Manuel Musto, Luis Ouvrard, Félix Pascual, Pablo Pierre y Augusto Schiavoni.
Aquella generación de pintores tendría exponentes relevantes -más allá de la innegable valía de muchos de los mencionados- como Musto (1893-1940), alumno de Ferrucio Pagni y de Giovanni Costetti, en Italia, que de las tendencias impresionistas iniciales pasaría a una serena temática en la que las huertas y paisajes suburbanos de Rosario se unirían a naturalezas muertas y retratos, y Schiavoni (1893-1942), estricto contemporáneo del anterior y compañero dilecto, con quien compartiría el viaje a Europa y la amistad de condiscípulos como Alfredo Guido o
Domingo Candia. Verdadero rebelde, según sus biógrafos, uniría a la precisión del realismo inquietantes aportes fantásticos, casi mágicos, que hacen de su obra una de las más personales de la pintura rosarina.
Antonio Berni (1905-1981), sin duda el de mayor renombre internacional junto a Fontana, terminaría siendo considerado por la crítica como uno de los padres del arte moderno en la Argentina, con una ductilidad que signaría su constante proceso evolutivo, que lo llevaría de un depurado clasicismo inicial al barroco, para transitar asimismo las experiencias surrealistas, el realismo social, el expresionismo, el informalismo, la nueva figuración y el pop art, como afirma la crítica Rosa María Rayera. Así como la Mutual de los años 30 iba a congregar a su alrededor a muchos de los jóvenes creadores, también después de 1960 y hasta su muerte, sus ideas y convicciones tanto como su obra tendrían fuerte influencia sobre muchos integrantes de las nuevas generaciones de artistas plásticos.
Lucio Fontana (1899-1968), escultor y pintor, protagonizaría una inquieta indagación en la materia hasta la creación en 1946 de lo que llamaría -en su "Manifiesto blanco"- arte espacial, concepto que se reiteraría en una serie de obras agrupadas bajo el título de Concepto Espacial. Su ciudad natal cuenta con parte valiosa de su obra escultórica, entre la que se destaca "Niño del Paraná" -actualmente en el Museo Juan B. Castagnino- y el bajorrelieve "El sembrador", emplazado contra las barrancas de la Avenida Belgrano, frente a la zona portuaria.

Las rasgaduras y perforaciones que cortan y desgarran sus telas -característica que sería visible asimismo en sus obras escultóricas- constituirían un rasgo diferencial de su obra, según consignara Eleonora Traficante, en especial la producida tras su definitiva radicación en Italia, donde obtendría un amplio reconocimiento.
Contemporáneo de los anteriores, Alfredo Guido (1892-1967) pertenecería a una familia con profunda vinculación con la cultura de la ciudad, a través de su hermano Angel y su sobrina Beatriz. Sus estudios en la Academia Morelli lo acercarían a artistas muy cercanos generacionalmente, como Emilia Bertolé, Musto, César Caggiano y Schiavoni, aun cuando su perfeccionamiento se produciría en la Academia Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires con maestros como Pío Collivadino o Carlos Ripamonte. Rafael Sendra ha señalado su profundización en distintas técnicas así como la utilización de nuevos materiales y herramientas propias del industrialismo, y su experimentación con la pintura mural al fresco o las obras con cerámicas como las realizadas en el subterráneo porteño.
Cercano ya el comienzo de la década del 40 se constituyen nuevos grupos plásticos como la Agrupación Arte Nuevo de la Zona Norte, cuyos fundadores serían Juan Grela, Cayetano Aquilino, Juan Buttice, Francisco La Menza, Juan Tortá, Isidoro Mognol y Casimiro Iglesias, en 1936. Un año después, nace la filial rosarina de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, cuya primera reunión se celebraría en un local de San Lorenzo 1035 y cuyas autoridades iniciales serían Melfi, Fornells y Pierre, decididos impulsores desde la entidad de la postergada creación de una Escuela de Bellas Artes.
Casi inmediatamente se concreta el primer salón anual de artistas plásticos de Rosario (1938), con el auspicio de la Comisión Municipal de Cultura, en el flamante Museo 'Juan B. Castagnino", levantado en Avda. Pellegrini y Bvard. Oroño sobre un proyecto del arquitecto Hilarión Hernández Larguia, y el mismo año se inicia el "Salón de Otoño", que a partir de 1939 pasa a conocerse como "Salón Rosario".
Como se ha señalado, las influencias estilísticas predominantes proceden de París imponiendo concepciones artísticas que viran hacia fórmulas no académicas. Se discute y analiza el cubismo y el surrealismo, que amenazan con sacudir los cimientos del arte y la cultura en Europa, aunque el signo de esos tiempos sería el paulatino abordaje de los temas sociales a través de la plástica.
Fuente: Extraído de la Revista del diario “La Capital” “ Vida Cotidiana” 1930/1960

martes, 15 de mayo de 2018

"El negrito Faustino"

Por Felipe Demauro



Con gran placer y un guiño hacia la nostalgia recibí días pasados en mi programa de radio, llamado "Postales en la Vidriera", al actor Aldo Montene­gro, oriundo de nuestro querido barrio "Las Delicias".

Su idílico y recordado personaje "ne­grito Faustino", en todas las radionovelas de todas las emisoras de amplio prestigio de nuestra ciudad continúa persistiendo en el imaginario colecti­vo, y dicha figura giró en torno a la en­trevista ante la multiplicidad de los re­cuerdos que caían "como en cascada". En varios fragmentos del programa, Aldo Montenegro trajo a colación sus comienzos cantando folclore utilizan­do el apodo "El chango Santiagueño", en la legendaria emisora LT3.

Luego comenta que fue seducido por el Radioteatro, logrando su debut en la compañía de Norberto Blesio a través de LT8, difundiendo "Los Tigres" con los libretos de Armando Baielli y las actuaciones de Raúl Maliandi, Nancy Valdéz, Victoria Valli, Emilio Páyero y Salvador Giglio.

Recuerda esas vivencias hacia el año 1967. Luego convocado por Luis Jesús Prada en LT2 y Marcelo Miñosi nue­vamente en LT3.

Con Julio Adrián Almada ponen en escena nuevamente ese personaje ya comentado llamado "Negrito Fausti­no", en la obra titulada "Abel y Caín, hermanos del odio". Aldo Montenegro iba mostrando todo su esplendor interpretativo. En la dé­cada del 60 se unió entonces a la com­pañía de Ricardo Almirante para ser partícipe de la novela "Juan Barrientos, carrero del 900". En la misma se lucían junto a él, Vilma Langer, Ismael Echeverría e Ilda Gerard. Finalmente nos sugiere recordar a otros directores, actrices y actores, y entonces aparecen los nombres de Osvaldo Raúl Maliandi, Bernardo de Bustinza y Alfonso Amigo, junto a Héctor Bates, Lucy Dantés, Fernando Martín y Cely Morel.

Y nos retrotrae a la leyenda de las novelas tales como: "Con tus brazos abiertos en medio de la calle", "Filo­mena, la carnicera del abasto" y "El colectivero de mi barrio".

Por último le baja el telón a las instan­cias de sus recuerdos contando su paso por la emisora LT3, actuando en "La Estancia de los Del Valle", mencionan­do a Delia Rodríguez (La Chaqueñita). Osvaldo Copes y Juan Acosta. Así cerrábamos la entrevista con este actor, dando a conocer para la futuras generaciones, ciertas evocaciones de la radio con números "en v sus salones auditorios que ya jamás volverían a repetir.

Fuente: extraído de la “Revista, su Historia y su Región. Fascículo Nº 111 de Setiembre de  2012

lunes, 14 de mayo de 2018

PLANES Y PROYECTOS URBANOS PARA ROSARIO



A partir de 1890 y hasta mediados de este siglo, cuando se inicia la decadencia portua­ria local, la historia urbanís­tica de Rosario es, por una par­te, la historia de los conflictos jurisdiccionales por la posesión de las tierras de acceso al puer­to, y la continua demanda de nuevas áreas para colocar en el mercado inmobiliario; por otra, la historia de la dependencia con Buenos Aires, cuyas expe­riencias urbanísticas se reite­ran aquí más que en otras ciu­dades argentinas.

Entre 1898 y 1904 el inten­dente Lamas impulsa activa­mente proyectos para el "embe­llecimiento" urbano: apertura de la Avda. Belgrano hasta San Juan; bajadas de Salta, Cata-marca y Sarmiento; trazado de la Avda. San Martín a partir del Bvar. Rosarino (actual 27 de Fe­brero); apertura de la Avda. Godoy, siguiendo el antiguo cami­no a La Candelaria (Casilda); levantamiento de vías férreas que aún rodeaban al centro de la ciudad y apertura del pasaje Celedonio Escalada en el anti­guo "Paso de las Cadenas". Su obra más importante, el Parque Independencia, se inaugura en 1902.

En 1909 llega a Rosario el arquitecto Bouvard, invitado por el intendente Isidro Quiroga, para proponer "un plan regulador del Rosario", como el que realizara para Buenos Aires. Dos años después, Bouvard eleva una breve memoria descriptiva de su "Proyecto de embellecimiento de la villa del Rosario de Santa Fe", con "un plano de conjunto y vistas de la ciudad adentro de los límites del municipio". El excesivo for-
malismo del "Plan Bouvard"_ que no satisfacía las expecta­tivas de la burguesía rosarina interesada en el embellecimien­to de su ciudad— hizo que instrumentación no llegara si­quiera a debatirse.

En 1929, la Ordenanza Nº 58 dispuso la confección de otro plan regulador, encargado a los ingenieros Farengo y Della Paolera y al arquitecto Ángel Gui­do. Este plan incluía por prime­ra vez en un instrumento urba­nístico local los problemas fun­cionales de la ciudad, en parti­cular bajo tres aspectos: la rees­tructuración ferroviaria, la zonificación de los distintos usos en áreas diferenciadas y el re­diseño de las nuevas expansio­nes.

Además de la unificación del sistema ferroviario, el plan pro­ponía una serie de obras de transformación, algunas de ellas retomadas en planes pos­teriores: la construcción de grandes avenidas que atravie­san la ciudad en ambos sen­tidos, y de un sistema de cir­cunvalación; la definición de un sistema de parques a escala me­tropolitana y urbana, que con­templaba, entre otras obras, el sistema ribereño norte y la Isla del Espinillo; la recuperación de la ribera en la zona de Rodrí­guez, Rivadavia, Wheeuvright y Avda. Belgrano hasta Entre Ríos; la canalización del arroyo Ludueña y habilitación de su cuenca como zona verde (hoy Parque de los Constituyentes), la urbanización extensiva de la cuenca del Saladillo y su habi­litación también como zona ver­de, y la localización de una se­rie de conjuntos monumentales: el Monumento a la Bandera, Es­tación Central y Centro Cívico. Las condiciones del país en ma-teria ferroviaria y de política de transporte tornaron inviable la "estructura central y primor­dial del Plan", que era la reestructuración ferroviaria. Esta sólo seria factible a partir de la nacionalización del puerto y de los ferrocarriles en la década del 40.

En 1942 se crea una Comisión Nacional de estudios y proyec­tos para solucionar el problema ferroviario de Rosario. El secre­tario técnico de la misma, agri­mensor Alberto Montes, que asu­me su cargo luego de la nacio­nalización aludida, se convierte en el ideólogo de un nuevo plan, mas tarde conocido como "Plan Rosario". El mismo prevé la transformación substancial del sistema de las infraestructuras públicas (Avda. de Circunvala­ción, Avda. Costanera, Avda. de la Travesía, Puerto Nuevo) abriendo el camino a una defi­nitiva modernización de la ciu­dad, coincidente con la nueva infraestructura del territorio. Los cambios fundamentales que sostienen el nuevo plan son la nacionalización de los ferroca­rriles, la transformación de la economía regional, la aparición del transporte automotor y la crisis del sistema ferroviario.

La ordenanza 1030, de 1961, incorpora los lineamientos del "Plan Rosario" al trazado ofi­cial del municipio: reconstruc­ción de las instalaciones ferro­viarias; liberación de la barran­ca de todas aquellas instalacio­nes no específicamente portua­rias; habilitación de un sistema longitudinal carretero; sanea­miento de las cuencas del Sala­dillo y el Ludueña. Contemporá­neamente, se dicten ordenan­zas para control de la dis­persión urbana y se crean los distritos industriales. Con la re­volución militar de 1955 se anu­lan esos instrumentos y por una nueva ley nacional se aprueba, en 1958, un nuevo proyecto de reestructuración ferroviaria ba­sada en el plan Farengo de 1935.

El proceso recomienza recién durante el frondicismo, estimu­lado en la esfera municipal por la iniciativa del intendente Carballo (1959-1962), que impulsa una serie de obras de transfor­mación urbana comparables a las promovidas cincuenta años antes por Luis Lamas. Se recu­peran —por alquiler o expropia­ción— gran cantidad de terre­nos ferroviarios que dan lugar a obras como el Parque Rivadavia, la Avda. de la Libertad, la apertura de Uriburu desde Ayacucho hacia el Este, la transfe­rencia de la actual estación ter­minal de ómnibus "Mariano Mo­reno" y la cesión de terrenos para la Ciudad Universitaria. En 1959 se inicia la construc­ción de la Avda. de Circunvala­ción y en 1961 se ejecuta el primer plan integral de desa­files y pavimentación en los ba­rrios del sur del municipio, con la construcción del Emisario Sud. Ese mismo año se firma el contrato de canalización del arroyo Ludueña, todo ello dentro de las previsiones del "Plan Ro­sario".

Durante la gestión Carballo se eliminan definitivamente los tranvías de las calles rosari­nos, reemplazados por trolebuses, se construye el Bvar. Rondeau y se ensancha la Avda. Ovidio Lagos. En 1961, la ley nacional 16.052 institucionali­za los lincamientos generales de la Ordenanza 1030 y pro­mueve la creación de la Prefec­tura de Coordinación, encarga­da del cumplimiento del plan.

A partir de 1963 y durante el gobierno de Tessio se inicia la concreción, por parte de la pro­vincia, de algunas obras del plan tendientes a solucionar problemas endémicos como las inundaciones en Empalme Gra­neros, el congestionamiento del Cruce Alberdi y la estación úni­ca de pasajeros.

El Plan Regulador aprobado por decreto provincial en 1968, y su instrumento operativo, el Código Urbano, han permaneci­do vigentes durante más de 20 años. Su evidente desactualiza­ción promovió, en 1985, la for­mación de la Dirección General del Plan Director y la elabora­ción de un proyecto de ordenan­za para su revisión, ya sancio­nado.
Fuente. Extraído de revista “ Rosario aquí a la vuelta” Fascículo Nº 11. Autoras: Ana M. Rigotti – Isabel m. DE San Vicente. De abril 1991