Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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lunes, 7 de septiembre de 2015

De boticas y farmacias



Por Rafael Ielpi
Todo este arsenal medicinal, o seudo-medicinal en algunos casos, tenía a las boticas primero y a las farmacias después como su natural ámbito de expendio y, a veces, su laboratorio o lugar de preparación. Los boticarios, en el siglo XIX e inicios del siguiente, como los far­macéuticos en los años inmediatos, iban a ser personajes importantes para la vida cotidiana de los rosarinos; preparaban los sellos antigri­pales y muchos de los remedios pasibles de ser preparados en sus locales; aconsejaban y recetaban según su leal saber (que a veces era mucho) y entender, y contribuían a la salud general, todo envuelto en el clima peculiar propio de las primitivas boticas o en la rebotica de las farmacias.

Con sus tubos, pipetas y probetas, con su mechero de Bunsen siempre encendido y su delicadísima balanza y sus papelito; con sus frascos de vidrio y porcelana y sus impresionantes latines grabados donde se guar­daban las drogas puras para las legendarias recetas magistrales; con los enormes libracos donde se las copiaba, creaban en conjunto el singular clima, con algo de esotérico que a la rebotica envolvía. Siempre despertó en el vulgo esa misteriosa trastienda respetuosa curiosidad, admiración y su pizca de temor. Era el sanctasantorum donde por mágica conjura de fuerzas superiores, como en un hechizo (así lo creían) se elaboraban los preparados que calmarían las toses desgarrantes, aliviarían los dolores, devolverían la salud maltrecha o la perdida.
(Tenenbaum: Op. cit.)


Un recuento de las primeras farmacias rosarinas, por lo menos de las más conocidas e instaladas en la zona céntrica, con omisiones y olvidos, podría incluir, además de la "Farmacia del Águila", que venía como botica del siglo anterior y la "Farmacia del Cóndor", a muchas otras. En 1900 eran concurridas las farmacias "Del Pueblo", de Gutiérrez y Zamboni, en Santa Fe 1078; "Británica", de Tier y Cía., en Tucumán y Entre Ríos; "Del Mercado", de Julio Zacchi, en San Martín 1027; "Industrial", de Manuel Puccio, en San Martín 1073;"Clérici", en Bulevar Santafesino 130; "De los Graneros", de Roberto Day, en el mismo bulevar esquina Güemes; "Popular", de José Bianchi, en San Luis 1026; "De la Sociedad Italiana", de Andrés Guastavino, en San Juan 940; "Bruna", de Ludovico Bruna, en San Martín esquina General López; "Cantan", de Luis Sabatini, en Salta y Buen Orden (España);"Modelo", de Spilimbergo Hermanos, en Rioja e Independencia, y "Del Fénix", de los mismos propietai ¡os, en Rioja y Corrientes.
También del año inicial del siglo eran las farmacias Pagliano
de Juan Maza, en San Martín y 9 de Julio;"La Sirena", de Enrique Botta, en Mendoza esquina Progreso;"Inglesa", de H.J. Hamilton, en Libertad 632 (que aún existe en el mismo lugar);"De la Sociedad Garibaldi", de Paulino González, en Corrientes y Mendoza; "El Angel", de Ricardo Sívori, en Rioja y Mitre;"Argentina", de Enrique Orecchio, en Rioja y Comercio; otra "Farmacia Del Pueblo", de Pedro González, en Buenos Aires y Mendoza; "Del Rosario", de Figueiras Hermanos, en Buenos Aires y Rioja; "Milesi", de Juan Milesi, en Libertad 1083; "Del León", de Oscar Bárbaro, en Rioja 1381;"Europea", de Guillermo Muller, en Avenida Buenos Aires 265; "Americana", de Antonio Basueto, en San Juan 1290, y "Nacional", de Carlos Muller, en Comercio y 9 de Julio.
Ya en el primer Centenario, se podían agregar a la lista, entre otras, las farmacias "Alemana", en San Lorenzo 1215; "Buenos Aires", en la calle del mismo nombre y Avenida Pellegrini; "Central" en San Luis y Laprida;"Del Obrero", en pleno barrio Refinería, en Gorriti y Cafferata; "Estrella", en 3 de Febrero y Belgrano; "Liber­tad", en Mitre y Montevideo, y "Oriente", en Corrientes y Urquiza. En 1913, avisos de los diarios consignan otras más: "Belgrano", de Santa Fe 1080; "Bristol", de Entre Ríos y General López; "Colón", de Urquiza y Balcarce; "Del Plata", de Salta 1993; "Franco-Alemana", en 3 de Febrero 2129; "Modelo", en Córdoba e Independencia; "Pirovano", en Corrientes esquina Salta; "Progreso", en 9 de Julio y 25 de Diciembre;"San Martín", en Cochabamba y San Martín; "Palermo", en Rioja y Rodríguez, y "Española", en Avenida Alberdi 461, Arroyito.
Cerca de 1920, y camino a los años 30, Rosario contabilizaba nuevas farmacias en el registro de este tipo de comercios: "Dina­marquesa", en San Lorenzo 1215;"Lister", en Salta y Pichincha, en pleno barrio de la mala vida;"Pasteur", en Pte. Roca y Avenida Pelle­grini; "Platense", en Santa Fe y Pte. Roca, y "Tiscornia", en Maipú y San Juan.
De algunas de ellas, quedan sólo memorias; de otras, algún car­tel olvidado en un edificio destinado a otros fines o en vías de demo­lición; de algunas más, frascos que descansan en un Mercado de Pulgas o en algún local de anticuario; de otras, la milagrosa conti­nuidad en el rubro. Ellas, y los miles de remedios para todas las enfer­medades, formaban parte también de la vida cotidiana de la ciudad en las primeras tres décadas de un siglo, que para algunos recién comenzaría realmente en 1920.
Sin embargo, al margen de esa numerosa legión de remedios, pócimas, bálsamos, jarabes y grageas que, en muchos casos, tenían el respaldo científico que podía ofrecer la época, existía una medi­cina casera, empírica y cercana a lo mágico o supersticioso, una me­dicina popular proveniente tanto de la tradición de muchos de los pueblos cuyas costumbres llegaran a Rosario con la inmigración, como de los usos y prácticas de origen rural traídos por los provin­cianos afincados en la ciudad.
Muchas de las enfermedades, contratiempos o males de la salud demandaban inicialmente, sobre todo entre 1900 y 1930 (y aún supe­rando algunas décadas subsiguientes) y en especial en los estratos populares, la intervención no de un profesional de la salud sino de algunos de los "idóneos" o "dotados" para esas curas que parecían mágicas o milagrosas, gente capaz de remediar desde el mal de ojos a la culebrilla o desde la insolación al empacho. Curanderos y curan­deras diseminados en todos los barrios rosarinos, a los que se recurría con la misma fe y la misma esperanza con que se ingerían algu­nos de los remedios de dudosa eficacia que se promocionaban en los diarios y las revistas.

En los patios de malvones y glicinas de Buenos Aires o Rosario, la medicina popular reinaba tranquila. Sólo ante alguna falencia en el rece­tario familiar se permitía recurrir a ese profesional supletorio y temido llamado médico. "Que yo recuerde", nos confesaba un amigo rosarino, "en casa nunca entró ninguno. Mamá se daba maña". La mamá venía de Sicilia, pero había vivido en las chacras de la pampa gringa, donde su sabiduría adquirió el necesario color local.
(Hugo Ratier: La medicina popular. Centro Editor de América Latina, 1970)

De ese modo empírico se curaban entonces (y es posible que aún hoy, en algunos lugares de la vasta geografía argentina sin excluir a Rosario) afecciones como el popular "mal de ojo", a través de La división o no de una gota de aceite vertida en un plato de agua, o la insolación, muy habitual en los chicos que jugaban largas horas al rayo del sol veraniego, para la que se empleaba un paño colocado sobre la  cabeza del "paciente" sobre el que se invertía, en rápida maniobra que evitara el derramamiento del liquido, un vaso colmado de agua. Si ésta bur­bujeaba, como al hervirse, era señal de que la temida insolación se con­vertía en un mal recuerdo.

El parche poroso se vendía en las farmacias y se ponía para los dolo­res; se suponía que curaba. Se pegaba en la zona dolorida y se lo dejaba unos días. Otra costumbre era la purga. Por ahí, pasaba uno y el padre le decía: "A ver, vos: hace mucho que no te purgas, ¡vení para acá!" A veces a la mañana te despertabas con unos dolores de panza que te que­rías morir.Y te daban unos yuyitos purgantes que se llamaban "Té Josclín". Otro remedio casero común era la ventosa. A veces veías tipos en la pileta o en el río con las marcas de las ventosas en la espalda...
(Smaldone, testimonio citado)

Elementos tan heterogéneos como la recurrida barrita de azufre para la tortícolis o dolores en el cuello o la espalda; el ajo para repeler molestos insectos, la untura blanca o el alcohol con alcanfor para el "pecho tomado", las telarañas como cicatrizante, la mostaza que reme­diaba la excesiva presión sanguínea, y los yuyos o hierbas de distintas cualidades como la ruda o el palán (tan eficaces como parece serlo el aloe contemporáneo) constituían parte del arsenal de esa medicina casera y en muchos casos eran tan eficaces como la legendaria "tirada del cuerito", que sanaba los molestos empachos infantiles.

Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones

viernes, 4 de septiembre de 2015

Entre la tisis y el resfrío



Por Rafael Ielpi
La nutrida farmacopea de las primeras décadas del siglo se ocu paba asimismo de buscar remedio a las afecciones respiratorias y pulmonares de distinta magnitud, desde los catarros, resfríos, la gripe, la tos hasta la temida tuberculosis, hoy mucho menos difundida y entonces un flagelo de difícil curación en ciertas etapas. Los afectados por la "tisis", cuando podían pagarlo, encontraban alivio en las sierras cordobesas o las clínicas suizas. El resto, como Florencio Sánchez, poi ejemplo, terminaban en un hospital público, comidos por la enferme dad y, en muchos casos, la miseria.
Hacia 1901, el "Elixir Eadson" anunciaba la erradicación en tres días de tos y resfríos, mientras que un dramático aviso del mismo producto, en 1911, invitaba: ¡ Viva, viva todo el tiempo que usted pueda por que muerto estará por mucho tiempo, y con un resfrío puede sobrevenir una pulmonía! Para sugerir enseguida: Cúrese con este famoso remedio inglés. En este rubro, el uso de los jarabes era proverbial como lo es aún hoy, casi un siglo después, aunque los mismos provenían, lo que no ocurre ahora, en su mayor parte de Europa y Estados Unidos, hasta la apari­ción de los laboratorios nacionales.
Una nómina apretada, entre el 900 y 1930, incluiría los jarabes "Montegniet", Medalla de Oro de París 1897, elaborado por Fouris en la Rué Lebo parisina, también indicado contra males como la coqueluche y tos ferina; el "Lagasse", de savia de pino marítima; el "Pagliano"; el "Roche", fabricado en París por Hoffman, Laroche y Cía.; el "Tossana", cuyos avisos afirmaban: de gusto tan agradable que los chicos piden más; el jarabe de alquitrán "Parodi"; el "Negri", uno de los más antiguos por entonces; el "Uriz"; el "Guayacose", muy consumido entre 1910 y 1920, producido por Friedrich Bayer, en Elberfeld y el "Jarabe Esculapio", que las madres avisadas daban a sus hijos.
La tos rebelde se combatía también con pastillas de todo tipo, color y origen: las "Pastillas de Brown" (es cómodo y sensato llevar una cajita en el bolsillo, decían sus avisos en el Centenario); las del Dr. Puy, de las que se afirmaba: De los remedios que se hallan a la venta, es el único que publica su contenido y no incluye opio; las del Dr. Dentone; las "Pynehptus", las "Rin-Rin" (entre 1925/1930) y las "Catramina Bertelli", provenientes de los laboratorios Bertelli, de Milán. Y dos muy famosas: las "Pastillas Váida", elaboradas por H. Cannone en París (de célebre slogan publicitario que recomendaba: Entre pecho y espalda/ Pastillas Váida), o las "Pastillas del Dr. Andreu", también con su slogan a cuestas: Cada noche, tome una al acostarse.
A ese vasto catálogo, se agregaban por último remedios de diverso tipo: la "Solución Pautauburge" y el "Pectoral Legrain", de origen francés como las "Gouttes Livoniennes", de Trovette-Perret, de París, las "Cápsulas Cognet" o el "Papel Fayard", de la parisina Casa Fayard, que como el "Papel Wlinsi" del mismo origen tenían asimismo apli­cación para otras dolencias. La "Preparación de Walpole", procedente de Filadelfia, era un extracto que se obtiene de hígados puros de bacalao combinados con hiposulfitos y extracto fluido de cerezo silvestre y combatía la tos con dichos ingredientes. Que eran tan insólitos como los com­ponentes del "Sic", un suero animal, elaborado con extracto de las glándu­las suprarrenales del buey...
Más usual era el publicitado, hacia 1928, como "Método Bayer": ¿Principio de catarro? Córtelo inmediatamente: al acostarse, dos tabletas de "Fenaspirina" y una limonada caliente... La aspirina iba a ser, desde los años del Centenario, remedio indispensable para dolores de cabeza tanto como para fiebres, resfríos, etcétera. En marzo de 1914, aparecen ya avisos de "Aspirinas Bayer", que las publicitan indicando que hay que introducirlas en un vaso con agua donde al disolverse prueban su legi­timidad. .. Otra de las marcas de la misma firma sería, hacia los años 20, la también casi legendaria "Cafiaspirina".
Un aviso de este analgésico, en un ejemplar de Caras y Caretas, de 1925, contiene esta larga y fantástica parrafada publicitaria, que invita a gozar de la vida bajo el amparo de un remedio infalible: La alegría es fugaz. De pronto, cuando más queremos acercarnos a ella, huye y desaparece. Por eso, cuando pase por nuestra vida y se detenga en nosotros, hay que gozarla franca e intensamente. Si el vino o el baile o la tensión nerviosa o la vigilia nos causan al día siguiente ligeras consecuencias desagradables, ¡qué importa! La alegría viene pocas veces y la tristeza es compañera permanente. Además, con una dosis de Cafiaspirina no sólo desaparece, como por arte de encanto el dolor de cabeza, o el malestar o la depresión sino que el organismo recobra en pocos momentos su perfecto equilibrio...
De la misma época (1924/30) es el "Veramon", de Schering, para el dolor de cabeza y los dolores del período de la mujer; las tabletas "Krebbs", de cafeína y aspirina, de 1927 y el "Gardan", sucesores leja­nos de aquella "Neuralgine Merici" que, en 1900, anunciaba: hace desaparecer la jaqueca en Í0 minutos.
El muestrario incluye necesariamente a productos tan estram­bóticos como los "Glóbulos Secretan", que garantizaban la curación cierta en dos horas de la lombriz solitaria, como único remedio adop­tado en todos los hospitales de París, o la "Zarzaparrilla de Bristol", con­tra los vicios de la sangre y humores, quita inflamaciones y sana toda herida, a los que se pueden adjuntar los "Collares Royer", tesoro de la madre, providencia de los niños, electromagnéticos, contra las convulsiones y para faci­litar la dentición, que se importaban desde la Rué Saint Martin de París.
Algunos productos recurrían al apoyo de nombres célebres que si no garantizaban su infalibilidad por lo menos les aportaban el lus­tre adicional de su prestigio. Un ejemplo de ello es un aviso que anun­ciaba en La Prensa en abril de 1900: La célebre trágica francesa Sarah Bernhardt declara que el remedio más eficaz que ha conocido para calmar y curar las afecciones nerviosas es el "Compuesto de Apio de Paine" contra la neurastenia y la neuralgia.
Otros envolvían sus supuestas bondades en el ropaje de una perorata que prometía cura para todo pero sermoneando, como las "Pildoras Doradas del Dr. Williams": Los que por exceso de trabajo, indis­creciones juveniles u otras causas hayan perdido la facultad de reproducirse como Dios manda; los que sean víctimas de embrutecimiento, pérdida de la memoria, nerviosidad, falta de ambición, melancolía, miedo y demás síntomas que indican afecciones del sistema nervioso, debidas al desorden y desenfreno de la juventud; todos aquellos hombres que recogen ahora los frutos desgracia­dos de tiempos dedicados al libertinaje y malas prácticas, tienen el mejor reme­dio en nuestra preparación.
De los años entre 1915 y 1920 son anuncios que apelan a otros remedios, como la ducha a vapor "La Electa": ¿Sufre usted de enfer­medades? Y gasta su dinero inútilmente en remedios, sin conocer nuestro sis­tema sencillo, natural, por medio de la ducha. Sana cualquier clase de infla­maciones, resfríos, tos convulsa, neuralgia, etc. o los vibradores eléctricos, que ofrecían la vibración como agente curativo y tónico estimulante, a $ 10 cada aparatejo.
También los sordos o aquellos en vías de serlo contaban con sus aparatos, fáciles de obtener en las muchas farmacias rosarinas entre 1900 y 1930, desde los "Tímpanos artificiales del Dr. Plobner", cerca de 1910, al "Aparato eléctrico Phonette", superados luego por el "Phonol-Plastic", descubrimiento francés para la sordera, el zumbido de oídos, el vértigo, etc., o el llamado "Acusticón", de los años 20 al 30, con el que los sordos oyen enseguida, con toda claridad, cualquiera sea el grado de sordera...
Dos marcas usuales en la segunda mitad de los años 20 iban asi­mismo a sostener una vigencia que las ha mantenido como tales hasta nuestros días: el "Untisal", recomendado inicialmente para el dolorcito de barriga, cuando llora el nene o el no menos legendario "Linimento de Sloan", indicado, como el primero para torceduras, calambres o con­tusiones. Del mismo modo, llegarían a ser conocidas hasta no hace muchos años la "Sal de Frutas Eno", y la "Magnesia Erba", producida en Italia por Cario Erba.
Los avances de la medicina hicieron (como se mencionara) que la tuberculosis dejara de ser un mal bastante habitual para convertirse en una enfermedad para la que existen tratamientos y medicaciones eficaces. Era, sin embargo, un mal casi incurable hace ochenta, noventa años, aunque aparecieran remedios que intentaban reducir su peligro­sidad o, tal vez, lograr su curación.
Eso perseguían productos como el "Elixir Lágrimas de Pino", que justificaba sus virtudes de este modo: En todo el mundo los enfei mos de pulmones encuentran la salvación en las balsámicas florestas de pinos, pues la resina de los Pinos de los Andes combate y vence la tuberculosis; el jarabe "Tuberculicida Moura", llamado por su publicidad la salvación de los pulmones o el "Anistamian" de los años 20, producido por el Dr. Cario Marchesini, de la Universidad de Roma. Similares resultados buscaban para el asma el "Licor de la Estrella", de origen francés y el "Remedio de Himrod", así como el "Remedio de French" que garan­tizaba en un aviso de 1926, 30 años de éxito en su lucha por mitigar los efectos de la epilepsia.
Mucho menos graves, pero no por eso menos frecuentes, sobre­todo en la época invernal, en la que se constituían en un doloroso acompañante de los chicos y en especial de las mujeres, eran los saba­ñones, hoy otra curiosidad o casi. Contra los mismos, en los años del segundo centenario de 1916, se recomendaba la "Bujía de Ambrine", un aparato que se calentaba para luego ser pasado por el dedo o la parte afectada, ya que el calor (se decía) los hacía desaparecer. Mucho más rumbosa era la publicidad del "Ungüento Naftalán", el gran reme­dio de la Fuente Sagrada de Tiflis, que también aseguraba la cura de las dolorosas hinchazones.
Un capítulo aparte lo constituían, en el recuento de la farmaco­pea que conocían y consumían los rosarinos entre 1900 y 1930, los distintos tipos de aceites de hígado de bacalao, el "aceite castor", etcé­tera, cuya ingestión se tornara un suplicio para varias generaciones de impúberes a los que se obligaba a ese trance en la confianza de que el apestoso sabor no significara sino una anécdota ante su eficacia.
Desde 1900, eran usuales "La Holandesa", el champagne de los acei­tes de castor, aromatizado, efervescente, de acuerdo a su publicidad; el "Aceite de Hogg", uno de los tantos de ese tipo; la célebre "Emulsión de Scott", con la imagen del nórdico pescador (portando el bacalao/ de la Emulsión de Scott, como dijera el tango discepoliano), uno de cuyos avisos preguntaba: ¿A quién se le ocurre experimentar con medicinas nove­leras cuando sabe que la Emulsión de Scott ha probado su eficacia por tres generaciones?; el extracto de hígado de bacalao "Morubiline", un frasco del cual equivalía a 5 litros de aceite, o las "Pastillas McCoy", con el mismo componente.
Sobre aquel amargo brebaje una propaganda de La Franco Inglesa porteña,"la mayor farmacia del mundo", según Caras y Caretas, decía: Desde temprano hay que dar una robusta condición al nene para que cuando sea grande sea fuerte como un roble. Si su niño es flaco y débil, fortijiquelo. Lo mejor que existe es el aceite de hígado de bacalao. Opinión autorizada que, sin embargo, hubieran desmentido a grito pelado los miles de chicos rosarinos (y de todo el mundo) obligados a tragárselo sin chistar.

El aceite de hígado de bacalao era una de las cosas más asquerosas que he tomado en mi vida: no hay nada que pueda compararse con el gusto que tenía esa cosa. Era una tortura tomarlo pero en esa época, estoy hablando de ¡905, 1910 y unos años después también, a los pibes nos obligaban a tragar ese brebaje porque los padres tenían miedo a que los chicos fueran después débiles, flacuchos... Parecía aceite, de verdad, y yo trataba, cuando podía, de esquivarle a la cucharada que mi mamá tenía preparada antes de comer. Era peor: porque después la comida, por más rica que fuera, tenía un gusto a bacalao que mataba. Si era bueno o no, no sé, pero yo flacucho no salí...
(Julián Chandro: Testimonio personal recogido en agosto de 1985)


Hacia 1918, en muchas viviendas de la ciudad era de consulta periódica un libro que llegó a constituirse en popular, aun cuando proliferaban varios otros, algunos de ellos totalmente olvidados: El médico en casa, cuya publicidad resumía: Un remedio a tiempo evita en un 90 por ciento de los casos una enfermedad larga y costosa. "El médico en casa", del Dr. O'Gorman, es un libro que ustedes necesitan para prevenir todas las enfermedades; por sólo $ 1 usted tendrá Í000 recetas, 500grabados y 350 páginas
 
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones

jueves, 3 de septiembre de 2015

Para todo tipo de males



Por Rafael Ielpi
Pese a la discreción y el pudor con que se hablaba de sexo y de enfermedades del sexo, y también de los inconvenientes femeninos deri­vados de la menstruación o de algunos de los problemas relacionados con sus órganos reproductores, se publicitaban y utilizaban toda otra gama de medicinas para aliviar los dolores mensuales de las damas, para contener flujos y hemorragias y, en definitiva, paliar los desánimos y la incomodidad en esos días en que todo perturba y molesta
Ya entre 1900 y 1908 aproximadamente, se hablaba de la eficacia del "Sanatal Midy", del que casi crípticamente se afirmaba que suprime la cupáiba, la cubeba y las inyecciones; de la "Apiolina Chapoteaut", pro­veniente de la RueVivienne parisina, apta para suprimir dolores y cóli­cos que suelen coincidir con las "épocas"; las "Pildoras Doradas del Dr. Williams" neoyorquinas, cuyos avisos rezaban: Hijas de Eva, doncellas y matronas: la función mensual es de suma importancia. El menor desarreglo trae palidez al rostro, agitación al corazón, violentos dolores de cabeza, hinchazón en las piernas. La niña que pasa a ser mujer, la matrona que espera un hijo, todo el sexo bello tiene una medicina inmejorable en estas pastillas. Es claro que no podemos publicar testimonios de esta.clase de enfermedades, pero en todas partes hay testigos de lo que queda dicho.
Entre 1910 y 1925, las señoras podían apelar al "Apiol Jorey" y al "Homolle", para los dolores periódicos o al "Neuralgine Merici" del que se consignaba: No contiene antipirina, no ataca al corazón ni estraga el estómago, del mismo modo que se les prometía cura a dolen­cias, pérdidas o irregularidades de las funciones uterinas con las "Pildoras Heleniennes de Naud", el "Depurativo Munt", el "Elixir de Virginia Nyrdal", las "Sales Iodo-Brómicas de Castrocaro" o el "Scheid's Ovarin".
De larga permanencia en el uso popular sería, en cambio, el "Lysoform", que hacia 1928 publicitaba sus bondades de esta manera: Madre: este ojo la vigila. "Lysoform", el antiséptico moderno, lo hace constan­temente y si descuida usted la higiene de sus hijas, representa una acusación, pues debido a esa negligencia suya pueden adquirir alguna grave enfermedad naturalmente femenina.
La gota, las hemorroides, el reumatismo, el lumbago, eran enfer­medades que, en las tres primeras décadas del siglo, constituían dolo-rosas experiencias para muchos habitantes de la ciudad. A ellas estaba destinado otro grupo de remedios y medicinas importados y nacio­nales de todo tipo y procedencia geográfica, igualmente publicitados como infalibles y cuyo uso entraría en un inmediato olvido a medida que la ciencia y la investigación avanzaran.
Las "almorranas" encontraban entre 1900 y 1910 su específico en la "Cura Pagliano", de la que el distinguido Dr. Bareggi de Milán dice: Me es sumamente grato declarar que la Cura Pagliano es de indiscutible uti­lidad; es tan eficaz que un cliente mío, enfermo de años, sanó completamente con una sola caja; la "Hemorroidina Salvatore", vendida en la Farmacia Labor, de Mendoza y Dorrego, o el "606 Francés", que garantizaba la curación sin operación, mediante una inyección aplicada por el Dr. Virgilio Magnani, diplomado como especialista en enfermedades secretas en la Universidad de París, con consultorio en San Juan 1224.
La gota, que era enfermedad difundida y directamente relacio­nada con una alimentación que propiciaba el aumento del ácido úrico, su principal causa, era atacada desde varios flancos por una far­macopea también diversa, como la "Tintura de Cocheux", de Lyon (Francia), el "Linimento Lippold" y el "Licor del Dr. Laville", el "Específico Bejean", el "Traitement du Chartreaux", el "Antagra Bisleri" italiano, remedio soberano y sin rival, introducido en el país, como la mayor parte de estas medicinas, por José Peretti desde Buenos Aires. Productos para la disminución del ácido úrico eran, hacia 1920/25, el "Salvitae" y el "Atophan", cuya publicidad informaba: Sólo los dioses conocen el origen de la gota: así decían los antiguos. Hoy se sabe que el causante de esta enfermedad tan dolorosa, es el ácido úrico. Atophan lo disminuye...
    La mayor parte de estas marcas estaba recomendada asimismo contra el reumatismo, aun cuando éste contaba con sus específicos: La "Untura Mahometana", el "Rheumasan", el "Ester Dermasan", el "Cumbia", que en 1922 aseguraba haber curado a 5000 pacientes, o el "Omagil", capaz de convertir (como lo insinuaba el dibujo de sus avisos) a un individuo encorvado y con muletas en un sonriente caminante... Para la ciática o lumbago,además de algunos remedios caseros, las farmacias podían ofrecer otro remedio patentado: "Thermosine Larochette", que en realidad no era otra cosa que una" hoja de algodón que, aplicada a la parte afectada, daba calor a la misma, aliviando siquiera en forma momentánea el dolor.
Los males y enfermedades estomacales, de los intestinos, el hígado y los riñones encontraban cura, seguramente (cuando no eran incu­rables, por supuesto), con una visita al médico; de todos modos, tam­bién para esas afecciones se producían en el mundo productos que, como era usual, se promocionaban sin control ni medida. En 1901, se podían hallar avisos del "Elixir Digestivo de Trouette-Perret" para enfermedades estomacales, que se aliviaban con una copita al terminar de comer. Con un halo religioso que no garantizaba su infalibilidad, se vendían asimismo el "Sufficit", esencias vegetales del Reverendo Padre Sauveur, que honra a la religión y a la ciencia, que servían para males de estómago, hígado, ríñones, etcétera y se vendían en la Droguería Na­cional, de Laprida y 9 de Julio: las "Satis", gotas de San Francisco del Reverendo Padre Aquiles Blois, capellán del Pilar, en la Recoleta porteña, y el "Agua de Melisa de las Carmelitas Boyer", contra digestiones pe­sadas y calambres estomacales, que se adquirían en la Farmacia del Mercado, de San Martín 1031 y que si no curaban seguramente ex­tenderían bendiciones sobre sus esperanzados consumidores.
Raíces menos celestiales (en todo caso telúricas) tenía en cam­bio el "Tecobe", para cura radical de la colitis y todas las enfermedades del estómago e intestinos. Los avisos del remedio indicaban que el mismo es un invento del cacique y médico toba Damián Meléndez o Aba Marangatú, con extracto concentrado de plantas medicinales del Gran Chaco. Otras medicinas para iguales dolencias eran el "Elixir Japonés Elster", el "Elixir Giol", el "Alcohol de Menta de Ricqles", el "Jarabe de la Madre Seigel"y el "Stomalix Saiz de Carlos", a los que se podrían agregar el "Carbón de Belloc", para digestión, eructos, pesadez, migraña, etcétera, y las "Sales Montecatini". Ya cerca de 1930, apa­recen el "Lactopeptine", en polvo y tabletas, y la "Peptolysina".
Como un antídoto contra los males del alcoholismo, funcio­naba una serie más reducida de productos, encabezada, en el mismo inicio del siglo, por la "Preparación Antialcohólica del Dr. Pismar", que en un solo día hace aborrecer la bebida y está comprobado científicamente que es un tesoro medicinal, porque evita la congestión cerebral y el envenenamiento de la sangre a causa de beber demasiado alcohol. Para justifica] la eficacia del remedio se encuentran a disposición del público 500 comprobantes de particulares y 24 de soldados de un batallón que han conseguido aborrecer la bebida con sólo una caja del específico...
La Droguería del Aguila, hacia 1905, anunciaba que las borracheras se curan con el poderoso 'Licor del Dr. Fluck", de procedencia londinense, de componentes puramente vegetales; poco después, el "Revertitis" anunciaba el final de la embriaguez con un solo frasco, que lo cura de ese vicio fatal. Hacia 1920, los fabricantes del "Polvo Colza" afirmaban que el bebedor podía ingerirlo sin saberlo en una taza de café, leche, té o en un vaso de licor o cerveza. Produce el efecto maravilloso de disgustar al borracho con el alcohol. Obra tan silenciosamente y con tanta seguridad que la mujer, la hija o la hermana del bebedor pueden administrárselo sin saberlo él...

Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Las grandes tiendas

Por Rafael Ielpi

Angel García, un asturiano nacido en 1867, se había establecido en Rosario a los 14 años, trabajando en la ciudad junto a su hermano hasta lograr reunir el capital suficiente para la concreción de una tienda. "La Favorita", inaugurada en mayo de 1897, tendría nuevos edificios en 1905, siempre en esa tradicional esquina céntrica, en 1912 y final­mente en 1926/29.
En el año del Centenario, la mencionada firma ofrecía trajes tailleurs de corte y confecciones parisienne a $ 17.50, mientras que en 1912 otras ofertas ilustraban acerca de otros atuendos y costos: blusa de nan-souk a $3.50; traje de rico brin rayado, botones de nácar y puños de piqué a $26; elegante batán de broderie inglesa, adornado con valencianas y vai­nillas pasacintas a $ 35; sombrillas de tafeta de pura seda a $ 12.
Tienda tradicional de la ciudad, contaba, como muchas otras, con su casa de compras en París, en Rué Paradis, 34 (donde al parecer se concentraban las agencias parisinas de las casas importadoras de la lejana Rosario) y en los años del Centenario trabajaban en ella cerca de un centenar de personas. El edificio original fue reemplazado por un segundo local en la misma esquina en 1912 y luego por el actual, iniciado en 1926 y concluido en 1929, contemporáneo del vecino Palacio Fuentes, y concretado sobre proyecto de los arquitectos Presa y Arman, con Candía y Cía. como empresa constructora y Carlos Righetti como responsable de las esculturas y decoraciones interiores de la imponente construcción. La venta del paquete accionario de la familia García posibilitó que la tradicional esquina siguiera albergando a una gran tienda, al ser adquirido el mismo por la cadena chilena Falabella, cerca ya del final del siglo XX.
La tienda aparece mencionada en la primera novela escrita por un rosarino sobre su ciudad: ¡ Vencido!, de Jorge Sohle, publicada en 1901.

Llegaban a la esquina Libertad, donde, hasta hace poco tiempo se encon­traba la tienda "Buenos Aires" cuando Sanquet, interrumpiendo a su amigo que le hablaba de mandar en el próximo marzo a su hijo mayor a un Colegio Inglés, le dice: "—Quién es esa muchacha que viene con SaraCastillo? Acaban de salir de 'La Favorita'. Cómo se ríen, parece que fuera de nosotros. ¿Tendremos algo de ridículo?"
(Jorge Sohle; "Vencido! (Cuento de Rosario de Santa Fe)", Jacobo Peuser, Rosario, 1901)


Las vidrieras de "La Favorita" eran parada obligada del corso rosa­rino de los primeros años del siglo, como lo eran también las de otras tiendas emplazadas sobre la misma calle central. Sería el caso de la "Gran Tienda Buenos Aires", que comenzara como un negocio importante en la esquina suroeste de Córdoba y Entre Ríos, con die­ciséis vidrieras, aunque no se trata del edificio que aún se yergue en esa esquina, de construcción ulterior y donde la firma siguiera fun­cionando aún por muchos años.
Había sido fundada en 1868 por Antonio Gómez y Santiago Terán, pero en 1916 sus propietarios eran todos de esta última familia: Eleuteriojosé y Vicente Terán, que manejaban una dotación de medio centenar de empleados y un taller de confecciones con igual cantidad de operarías: cortadoras, costureras, etcétera. Como toda gran tienda de ese tiempo, "la Buenos Aires" tenía secciones de lencería, tejidos, sedería, artículos para señoras, novedades, tapicería, alfombras y su inevitable casa de compras parisina, que la abastecía de "lo último".
Similares características ostentó "Casa Gath & Chaves", primero en Córdoba entre San Martín y Maipú y luego en su edificio propio en la esquina suroeste de Córdoba y San Martín, filial de la casa porteña del mismo nombre, que rivalizaría durante más de cinco déca­das con "La Favorita" en las preferencias de la burguesía adinerada de principios de siglo, primero, y de la clase media después de 1930. Gath & Chaves, cuya central porteña estaba en Florida y Cangallo, había sido fundada en 1883 por Lorenzo Chaves y Alfredo Gath, original­mente en San Martín entre Piedad y Cangallo; tenía sucursales, ade­más, en La Plata, Mendoza, Bahía Blanca, Paraná y Mercedes (Pro­vincia de Buenos Aires) y dos casas de compras, una parisina, en Rué Richer IXme.,y otra neoyorkina en 13-25 Astor Place.
    Su denominación legal era S.A. Almacenes Argentinos Gath & Chaves Ltda., y su céntrico edificio, actualmente conocido como "Victoria Malí", fue construido en 1927 según proyecto de los arqui­tectos británicos Eustace Lauriston Conder, Sidney Follet y Augusto Farmer, al igual que los construidos en otras ciudades como Buenos Aires, Santa Fe y Paraná. La para esa época impresionante estructura de acero (realizada por la Compañía Británica de Acero Limitada, que también interviniera en la construcción de "La Favorita" y el Teatro Odeón), se levantó en 40 días, lapso de tiempo notable aún para la actualidad. El edificio, que contaba con una superficie de 8500 m2, con cinco plantas y dos subsuelos, y cuya construcción fue confiada a Alejandro Hume y Cía., una empresa porteña, quedó concluido en seis meses y fue inaugurado el Io de noviembre de 1927.
Sus catálogos llegaron a ser tradicionales y eran esperados con expectativa, como adelanto de la indumentaria que deberían lucir las mujeres para las que "vestir a la moda" era una obligación social o un imperativo de figuración social. Gath & Chaves era, en tiem­pos posteriores al Centenario de Mayo, permanente proveedora de atuendos femeninos, pero también masculinos en un espectro que iba desde la ropa de calle a la que se destinaba a las recepciones socia­les, la ida al teatro o a los agasajos. En 1912, ofrecía trajes de casimir fantasía a $ 29.50 pero también fracs a $ 100 y pantalones desde $ 8 junto a un sombrero Henry Heath importado a $25, una galera de felpa a un peso menos o camisas de París con pechera lisa con tablillas en la botonadura, como rezaban sus avisos, a $ 14.
Un buen ejemplo del status que otorgaban las grandes tiendas, y ésta en particular, la brinda un aviso aparecido en la revista P.B.T., en 1904. En el mismo se ve a una pareja en la calle y al caballero que dice a la mujer: ¿No te decía yo que vistiéndonos en Gath & Chaves nos iba a salu­dar la gente como apersonas de la crema? El dibujo incluía un tercer perso­naje: un niño que portaba un globo con las iniciales de la famosa tienda.
Aquella costumbre de remitir los impresos con las novedades de la temporada era común a la mayor parte de las grandes tiendas con sede en Buenos Aires, que publicaban sus avisos en las revistas que llegaban a Rosario y eran visitadas por buena parte de las seño­ras de la sociedad local que viajaban a la Capital Federal con ese fin. Era el caso, entre 1900 y 1920, de "A la Ciudad de México", de Cuyo y Florida, fundada en 1889, calificada por la prensa de la época como templo de la moda; la "Tienda San Juan", ubicada en Alsina y Piedras, de 1875, preferida por la clase acomodada porteña; la "Gran Tienda Buenos Aires", en Victoria 650; "El Siglo", de Rivadavia y Piedras frente a la "Confitería del Gas"; la distinguida "Harrods", de Florida al 800, inicialmente en calle Tucumán, filial de la prestigiosa casa lon­dinense de Sir W. Burbidge; la "Tienda Cabezas", en calle Cuyo entre Florida y San Martín, o "La Imperial", de Victoria esquina Piedras, todas ellas competencia nada desdeñable para las casas rosarinas.
La misma competencia que opondría, en los finales del siglo XIX la tienda "A la Ciudad de Londres", en Perú entre Rivadavia y Victoria, fundada por los hermanos Brun en 1878, una de las pione­ras en la denominación de "A la Ciudad de...", que imitarían muchas otras en años posteriores. Era, por lo demás, editora de La Elegancia, única publicación dedicada a la moda originada en esas grandes tien­das, cuyos ejemplares llegaban también al Rosario a calmar la avidez de novedades de las señoras de la alta clase social Las damas de las familias de mayor significación social y pode­río económico no desdeñaban, por lo demás, en los años iniciales del siglo y hasta 1916, la visita a la porteña "maison" de Madame Carrau, en el nacimiento de la tradicional calle Florida, que les garantizaba los modelos parisinos provenientes de los principales modistas franceses del momento.
    No menos importantes, pero mucho menos selectivas en su clientela, ya que en ella se mezclaban inicialmente las señoras de rancios apellidos con las que sólo portaban dignamente el suyo aunque tuviera resonancias criollas o europeas, eran tres grandes tiendas rosarinas :"A la Ciudad de Roma", en San Martín y San Juan, “Casa Zamboni” con cuatro locales céntricos concentrados en la misma manzana, y" Casa Cassini", en San Martín y Rioja.
La primera de ellas sería impulso inicial de la importancia económica y social de una rama de las familias destacadas de las ciudad, los Castagnino. Giovanni Battista Castagnino, que llega a la ciudad hacia 1852, se inicia con un pequeño negocio de tienda “Alla Cittá di Roma”  se inicia en 1852 , se inicia con un pequeño negocio de tienda hasta  1880, para radicarse definitivamente en el Rosario, funda al entonces Mercado Sud, luego Central, en la esquina suroeste de la calle Puerto ( actual San Martín) y San Juan. En el solar adquirido hace construir un importante edificio, reproducido en las tarjetas postales que la tienda imprimiera en los años del Centenario. La firma comercial se modifica y diversifica en 1893 y pasa a ser "Castagnino e Hijos y Sanguinetti", abriendo asimismo la importación de comestibles, con un negocio instalado en la céntrica calle Córdoba.
Al morir el fundador en 1899,1o suceden sus hijos Alfredo v Guido, que mantienen la sociedad anterior hasta la muerte de Nicolás Sanguinetti, en 1909, cuando la firma se constituye como "Castagnino Hermanos y Cía.". En 1905, los Castagnino adquieren un amplio terreno en Corrientes 351, donde levantan un monumental edificio 10 del que aún se conserva la planta alta y en el que se centraban sus negocios de importación de comestibles en gran escala, rubro al que se agregaría en 1916 el de venta de maquinarias agrícolas, provenientes de Estados Unidos. Otros dos hermanos de los anteriores se dedican, uno, Atilio, a la tienda, que era ya tradicional en la ciudad, y el otro, Héctor, a la atención de las oficinas de la, empresa en Genova, en cuyo puerto embarcaban las remesas de comestibles con rumbo a Rosario.
Hacia 1900,1a firma representaba, entre otros, a productos prestigiosos como el "Té Lipton" o el "Almidón Celluloil", utilizado para los puños y camisas de los hombres de la época. En 1910 había expandido la actividad a otra también redituable como el turismo publicando avisos como el que anunciaba: El vapor expreso "Príncipe di Udine" saldrá para Santos y Genova el 8 de enero a las 4 p.m. como ejemplo de los rápidos viajes a Europa, con las mejores comodidades; director de hotel a bordo, cocina excelente, novillos y pollos vivos. Los más amplio-, puentes de paseo, capellán a bordo. Cosa de pasarla bien y, de paso, poder confesar algún pecadillo cometido durante la travesía.
Las viejas tarjetas coloreadas con imágenes de edificios de la ciudad de 1910 (el Banco Francés, el Teatro La Opera, los Tribunales  de Justicia o la propia tienda), con la publicidad de "A la Ciudad di Roma" en su reverso, testimonian todavía hoy, aunque amarillenta por el paso del tiempo, el dinamismo de aquella gran tienda, una di las más populares.
José Castagnino (1853-1916), de la otra rama familiar, sería asi mismo comerciante notorio entre ambos siglos, y formaría parte de la clase poderosa de la ciudad. Se inicia en ella como propietario de un almacén de productos importados, bajo la firma "Berizzo y Castagnino", en 1853. Dos años más tarde, asociado con Luis Pinasco, integra durante más de dos décadas, entre 1875 y 1897, la firma "Pinasco y Castagnino", 1 n el mismo rubro, ya su desvinculación funda con su hermano Juan la"( Casa Castagnino Mérmanos", en la planta baja de la aún hoy esplén­dida residencia de la esquina suroeste de Maipú y San Juan.
Fue socio comanditario de "A. Cánepa y Compañía" e integró las comisiones de instituciones representativas de Rosario como la Sociedad Rural, que presidiera y entre cuyos fundadores se contara; el Banco Provincial de Santa Fe; la compañía de seguros "La Rosario”, de la que fuera también fundador, y la Compañía Sudamericana de Seguros; la comisión promotora del Hospital Italiano, a cuya  concreción contribuiría su familia y cuyo directorio presidió durante  ocho años. Padre de Juan Bautista, en cuya memoria se construirá  el museo de Bellas Artes que lleva su nombre, y de Guido, jurisconsulto nacido en 1894, fue como muchos otros hombres de su clase social, integrante del Concejo Deliberante, en su caso como representante de la Liga del Sur (a la que adhiriera desde su crea-
ion), durante siete períodos.
Su hermano y socio, Juan Castagnino, se había asociado a los 22 años a una agencia marítima ya establecida, la que giraría durante los siguientes ocho años bajo la razón social "Caffarena y Castagnino", hasta que con José y los hermanos Luis y Américo Cánepa se asocian            los Pinasco, primos suyos por lo demás y se dedican al comercio mayorista de comestibles.
"Casa Zamboni" tendría como antecedente inicial hacia 1891, Una modestísima sombrerería al lado del Teatro Politeama como recordara apital en 1914, al publicar la noticia del fallecimiento de Angel Zamboni, el fundador, ocurrido en Várese (Italia). El negocio tuvo un pronto y notable crecimiento, al punto de que en los primeros años «leí siglo, Zamboni decide asociar nuevos capitales, los de Emilio Rey.
En el Centenario la casa contaba con 197 empleados en sus cua-110 locales, ya como "Zamboni y Cía.", y un centenar de mujeres que . desempeñaban en los talleres de confección. Un gran motor a gas con su dínamo y una batería de acumuladores proveían electricidad  complejo comercial, a lo que se sumaba otro confort: 57 ventiladores de techo y un ascensor eléctrico, el segundo instalado en la ciudad y el primero en una casa de comercio. Los cuatro locales albergaban doce departamentos: despensa, sastrería, bonetería, sombrerería,
confección, modas, bazar, perfumería, camisería, zapatería, tienda y mercería: todo un "shopping"...
Las cuatro direcciones, Sarmiento 827, Córdoba 1035 y 1063 y San Martín 844, la convertían en un real emporio comercial, muy popular y concurrido. La porteña revista Fray Mocho, en 1913, en una nota sobre la tienda consigna: En el extranjero se cree que únicamente Buenos Aires puede tener tiendas a la europea como la Galería Lafayette de París. Rosario también tiene su Louvre. Es la Casa Zamboni, con oficinas de compras en Rué Paradis, 24, de París; 25 Broad Street, Nueva York; Piazza Borromeo, Milano y 33 Bow Lañe, de Londres. El malagueño Rey se haría cargo de la empresa al retiro de Zamboni en 1911, junto a los sucesores del empeñoso italiano que llegara a la ciudad en 1886 con la ilusión, concretada en su caso, de hacer fortuna.

Rosario no era como ahora, con tanto progreso. Era un poquito menos. "La Favorita" estaba. Estaban la "Casa Zamboni", la "Casa Cassini", la "Tienda Ideal de los Novios", y un montón de casas que faltan, como "Gath & Chaves".Tiendasgrandes, lindas. La Zamboni me parece que es la que se quemó, no me acuerdo bien. Estaba en la calle Sarmiento, por la cuadra de la "Casa Beige", por ahí. Se hizo una quemazón grande. Un hombre de Bella Vista se traía los rollos que­mados y adentro las telas estaban buenas. Trabajaba sacando las cosas del incendio y lo que se podía sacar, lo sacaba. La Favorita era como ahora, nada más que ahora han puesto la escalera mecánica que no tenía: la han hecho un poco más moderna.
(Marsegaglia: Testimonio citado).


La inauguración el 30 de noviembre de 1910 de la "Casa Cassini", fue un real evento social en un año de tantas celebraciones, en San Martín 898, esquina Rioja, y el comercio tendría un rápido crecimiento económico. Roque L. Cassini, italiano, sería, en poco tiempo, uno de los inmigrantes adinerados del Rosario y su tienda, una de las más con­curridas por los rosarinos de toda condición social. Entre septiembre y octubre de ese año se publicita en forma permanente la inminente apertura de la tienda, a la que se anunciaba como un establecimiento único. La firma funcionaría posteriormente en otro importante edificio en la esquina noreste de Córdoba y Sarmiento.
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones

martes, 1 de septiembre de 2015

Jorge y José Cura (Dos hermanos rosarinos en una misma medalla



Por Fernando L. Venier


Jorge Cura, (empresario - concejal -cónsul honorario), nació en el Líbano el 4 de agosto de 1897. Emigró a la Ar­gentina junto a sus padres cuando sólo tenía dos años de edad. Ya establecidos en nuestro medio falleció su padre, quedando su madre, doña Teresa Saade al fren­te del hogar con tres hijos menores.
Al cumplir la mayoría de edad, comenzó lo que po­dría llamarse su promiso­rio porvenir, desarrollando su actividad en el campo de la industria cooperan­do en fábricas establecidas o creándolas. A través del tiempo demostró su impulso prudente pero tenaz, con actividades de orden comercial y en el campo de la urbani­zación.
A partir de 1930 incursiona en política, luchando por los intereses de la ciudad desde una banca en el Concejo Delibe­rante de Rosario, militando en el par­tido Demócrata Progresista, actividad que realiza hasta 1935.
Hombre hecho desde abajo, en la lucha diaria, conocía y valoraba las necesi­dades del pueblo trabajador.
La colectividad árabe en general y la libanesa en particular, contaron con su ayuda generosa y espontánea. La So­ciedad Libanesa, en mérito a su con­ducta y hombría de bien, lo designó presidente honorario. Cuando el minis­tro plenipotenciario del Líbano doctor Adib Nabas, acreditado ante nuestro gobierno, pensó en la organización de consulados honorarios en las principa­les ciudades del país. Su nombre ocupó el primer puesto en el pensamiento del diplomático, alegrando a los libaneses de la provincia de Santa Fe, su designa­ción. La brillante fiesta que se realizó al ser impuesto en sus funciones como cónsul, contó con las más destacadas personalidades de la región.
Falleció el 15 de diciembre de 1951. Se dijo de él, que "fue arquitecto de su propio destino e hijo de su propio es­fuerzo".
Como homenaje a su memoria se resolvió dar su nombre a una avenida y i un barrio de la ciudad, al cumplirse e premier año de su muerte.
José Carlos Cura, (empresario - di­rigente del C. A. Provincial-Cónsul Honorario) Nació en Rosario el 27 de rosario de 1902. Hijo de Carlos Cura y Teresa Saade. Junto con su hermano Jorge estable­ció una sociedad que adquirí gran prestigio en la industria en el comercio de la zona. Su actividad estuvo vinculada . empresas importantes, entre ellas: "Rheinstahl Hannoniix* Se dedicó, también, a la ex -plotación agropecuaria v a parte de su labor la desarrolló logrando un establecimiento ganadero modelo. Apasionado por fomentar el de se incorporó al Club Atlético Provincial de Rosario, en el cual llegó a su presidencia en 1933, siéndolo  varios períodos, razón por la que logró desarrollar una actividad destacada ­que permitió ubicar a la institución del Parque Independencia, en un lugar sobresaliente en lo social y deportivo, en  el ámbito regional.
Comercialmente la firma Cura Hnos. tenía a su cargo los talleres de laminación, a los que se les incorporó el ramo de ferretería en genera y córralos maderas del país y extranjeras.
Por su ascendencia libanesa, fue cónsul de Líbano en Rosario. Tuvo asimismo inquietudes políticas: fue candidato a gobernador por su provin­cia en las elecciones de 1963, por el partido que presidía el General Aramburu. Falleció en Buenos Aires el 11 de agosto de 1965.

La medalla fue acuñada con motivo del cincuentenario de la empresa y en homenaje a sus fundadores.
 Anverso: En el campo, dentro de un borde perimetral, las cabezas de José Cura y Jorge C. Cura, ambas de perfil izquierdo (en un primer y segundo pla­no). Sobre el borde en letra manuscrita: "Traficante" (a las 4 hs.)
Reverso: 1922. 1972 / CURA HNOS IND. MET. - S.A.I.C.y F. /. CINCUEN­TENARIO, (en cuatro líneas - la 1 y la 4 semi-circulares).
Medidas: 30 mm. Circular con resalto - con aro y argolla
Metal: Alpaca Escultor: Traficante

Bibliografía
Rosario Biográfico-Cistoía S. R.L.
-Rosario 1955
La capital- Diario de Rosario ( Magazine)

FUENTE: Extraído de la Revista “ Rosario, su Historia y Región. Fascículo Nº 117 de Abril de 2013.