Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

Vistas de página en total

viernes, 10 de julio de 2015

CHAU, ARAGON( Cuento)



Autor Sebastián Sebastianelli. *  Primer Premio Municipalidad de Rosario 1982.

Temprano leí la noticia: "Ha muerto Alfonso Alonso Aragón, un personaje singular de la ciudad". La nota a tres columnas, reseñaba lo que la mayoría de los rosarinos conocían de él; y, además "que su muerte, a los 83 años, no significa de ninguna manera el olvido". Al final, agregaba el notero: "cabe señalar, por otra parte, que por resolución del titular del Departamento Ejecu­tivo, la Municipalidad se hizo cargo de los gastos del sepelio, habiéndose adquirido un nicho en El Salvador, donde hoy será sepultado. Era el 22 de diciembre de 1974.

Pobre Aragón. Algo se quebró en mi interior. Y la tris­teza antigua, manando mansamente, resucitó el brilla­zón de los años pequeños. Lloré por el loco artesano que desbarataba mi soledad con su muerte. Porque muchas cosas morían con él.

Consulté el reloj. Aún era temprano. Claro que lo acompañaría. Pedí a la secretaria que no me interrum­pieran. Y cerré los ojos para meterme en el pasado.
— ¡Ahí, viene el Rey Momo! ... Ahí, viene; papá, levántame para verlo...
Creo que la razón para evocar al poeta Aragón vagará por los recovecos de mi corazón mientras aliente un soplo de vida. No existe explicación para la ternura de recordar su figura de pequeñín travieso, aferrado a la a la estatura del sexto grado de la primaria. Su fascinación tiene la edad de mi infancia, cumple años conmigo. Aquel hombrecito está incorporado a mi cuerpo como lo están la mano o el pie derecho. Lleva siglos hurgo­neando en mi sangre. Sin embargo, solía abandonarme buscando proyectarse por los viejos lugares tras las co­sas que se fueron para siempre.

Ha pasado mucho, es cierto. Los rostros y los gestos perdieron sentido. Pero aún podemos conversar con el pasado que ya transpuso el olvido. Y vuelvo al hom­brecito de ojillos redondos, brillantes como bolitas de vidrio; melena negra, lacia, cayéndole sobre los hom­bros. Y trato de recrear su aire de melancólico irreme­diable, aquel halo de poeta funambulesco con mucho de loco, borroneador de cuartillas y adorador de los niños. Su magia conduce al país de la nostalgia.

¿Quién no conocía al poeta Aragón? El enigma del payasito inquieto, armonioso —no era un enano como Garay, por ejemplo, el que vendía loterías en Córdoba y San Martín— ganó su lugar en la mitología ciudada­na, merced, más que a su dudosa poesía, a lo insólito de su oficio: representar el Rey Momo en las carnesto­lendas rosarinas, con descolorida altivez. Las autorida­des municipales, los padres y los pibes, sabíamos que el corso fracasaría si no lo inauguraba el poeta Aragón. Y era un espectáculo verlo ataviado con su gran capa púrpura ribeteada de amarillos, la blonda peluca echa­da al viento, el enorme blusón, los verdes calzones, medias blancas hasta las rodillas, el cetro regio entre las manos y la corona de hojalata haciendo equilibrios en la testa saludadora. Así, lo conocieron generaciones de rosarinos; repartiendo saludos, desde su trono de utilería; otras, luchando por su verticalidad allá en lo alto de la pirámide inverosímil, de la que fatalmente —lo sabíamos— vendríase abajo en medio de las riso­tadas.

El tiempo de su reinado cabía en ocho noches del al­manaque. Ninguno hubiese tolerado fuera excluido del festejo popular. Simbolizaba la meta de los humildes y de la chiquilinada que invadía el corso. Y lo amaron intensamente aquellas legiones de pibes que aprisiona­ron la algarabía, cegados por los arcos multicolores, las comparsas y murgas inolvidables, que traqueteaban ser­pentinas cortejados por cabezudos, cocoliches, osos Carolina y mascaritas desopilantes. Y de pronto, en me-dio del asombro, avanzaba la carroza ornamentada con el Rey Momo en su cúspide, triunfal, entre los aplausos y chillidos de la gente menuda. Y el poeta Aragón nos saludaba como seguramente César saludaba a sus súbditos.

Menudo, gentil, reasumía cada año con igual fervor, fundiéndose en los vivas y la gritería, devolviendo salu­dos y sonrisas, a los que flanqueábamos el Boulevar Oroño o la Avenida Pellegrini, desde horas, tan solo pura verlo y maniatarlo en lo más profundo del corazón.

Naturalmente, jamás faltaban las groserías a su costa; pero, aparentemente, no le perturbaban. Ignoraba lo sucio; descreía las vilezas. Su vigilia quedaba por encima de la comprensión corriente. Quizás, de alguna ma­nera, supo que era la parte visible de un sueño vedado para la mayoría. Corporizaba la belleza de un sueño que ni siquiera nos prestarían por un momento.
—Papá, ahora a mí; me toca a mí... Levántame, quiero ver a tu amigo...
Cuando lo traté y charlamos, creí encontrar, desbor­dando su pequenez, esa sensación anonadante de acer­carme a lo inasible. Un amigo común nos presentó en el bar "Los Colonos"; era su lugar, su parada (hoy transformado en rotisería). Llegaba puntual para sen­tarse frente a la única vidriera, siempre en la misma mesa, hacía cuarenta años, para pedir el café y la copita de ginebra.

Por entonces yo era un vendedor que no vendía nada. Y en las caminatas con fantasmas de prostíbulos, cada dos por tres me daba de frente con Aragón cargando enormes paquetones. Lo saludaba emocionado. Por eso cuando estreché la mano pequeña, suave, del poeta rey, cumplía con la promesa que se hiciera un mocoso de diez años: llegar a ser su amigo, algún día. Cómo no emocionarse entonces ante el pergeñador de sueños inocentes. Sueños que se quedan flotando; nos circun­dan, nos inauguran la vida y la muerte; y pesan en nuestra mochila, cada vez más vacía. Su pequenez irradiaba encanto. El sortilegio nacía en los ojos renegridos. La risa repicaba como una cucharita dentro del vaso. Me envolvió en su misterio. Se ga­naba la vida haciendo de comisionista entre los comer­ciantes de la zona. Y hacía mandados para las trasno­chadas pensionistas del barrio. Ganaba para vivir y pa­gar el cuartucho en donde dormía, por calle Güemes. No hubiese servido para asalariado, él no. "Mira, cua­renta años que camino por Rosario Norte, sin horarios ni patrones, que hago poesía y vivo como quiero. Los chicos me quieren, aún al precio de crecer y hacerse hombres. ¿No dices, acaso, que soy un puente de pla­ta? Sé que muchos ríen del loco Aragón. ¿A quién le importa? ". Y largó su risa pequeña, mientras saludaba a las primeras coperas que desvestían la noche de Sún­chales.

Encontarme con Aragón, a las siete de la tarde, pasó a ser la más importante de mis obligaciones. No fallaba ni los domingos.

—¿Conoces la última de Aragón? ... Anoche saca­ron a la gorda Susana del "Kismet" con flor de borrachera. La tiraron en la vereda, con las polle­ras levantadas. Para matarse de risa, viejo. De pronto apareció Aragón, con un clavel en la ma­no... ¿Te lo imaginas cuando vio a la gorda? La miró un rato largo; después de bajarle las polleras, la arrastró hasta apoyarla en la pared... Y lo in­creíble, pibe; el clavel que traía lo depositó entre las piernas de la gorda. Y siguió lo más campan­te... ¡Mira que dejar claveles a una rea encurde­lada! ...
Por meses recogí sus confidencias. Trataba de entenderlo. Había nacido en la aldea de Fuendetodos, en laprovincia de Zaragoza, cuna de Francisco de Goya y Lucientes en 1891. Contaba entonces sesenta y dos años”. Perdió a su madre siendo muy pequeño. "La mía es tierra de labradíos cercados por montañas con capuchones y muselinas doradas". Su padre se le aparecía  como el rudo campesino que volvía cantando de la labranza, sobre un carro desvencijado, tironeado por un caballo viejo, siempre de chanzas con la gente del villorio. Y cómo olvidar la alegría en torno a la rústica me­sa, cantando romances y apurando la bota del vino rojo.

Un día de 1910, con el mayor de los hermanos, se ple­garon a la quimera de América y se anudaron al desti­no de los que llegaron antes. Allá quedaron la hermana soltera y el rudo campesino. Su hermano se perdió pa­ra siempre en Buenos Aires; él, se enquistó, para siem­pre, en Rosario Norte y su tiempo sin agujas.

Descubrió a "Los Colonos", como un faro en la no­che. En sus mesas borroneaba los poemas nunca publi­cados. Y si en verdad la mayoría eran indescifrables, algunos eran hermosos. Al pie les ponía su enorme fir­ma y los regalaba como se regalan los saludos por cor­tesía.

Frente al hombrecito que recitaba llamándome herma­no, revivía, tal vez absurdamente, mi propia niñez: las manos de mi madre, las fogatas de San Pedro y San Pablo, los caballitos de madera, las tocatas de timbres, las "chupinas" al Normal, la primera novia, la pelota de cuero y esa aleve fugacidad que dormita en el fon­do de las galeras encantadas. Estaba inmerso en la tela del pequeño enhebrador de recuerdos. Todo aparecía piadosamente remozado.
—Hay días en que llega con el pecho cubierto por medallas y cintas de colores. Pero lo gracioso es que algunas son de propaganda de aceite o de ver­mut, que cuelga junto a las de oro como si tal...

¿Qué quiere que le diga?... ¿Le traigo el cafecito? ...
El disfraz de Rey Momo era su obsesión, especialmen­te en vísperas de las noches de su reinado. Jamás acep­tó se lo regalara la Municipalidad. Prefería adornarlo a su gusto y entender. "Las que se encargan de la capa, los calzones de raso, de bordar alamares, teñir y peinar la peluca, coser las lentejuelas y poner cintas de seda a las zapatillas, son Chona y Pichina Semilla, días ¿las conocés? . Son esas dos rubiecitas que atienden el kiosco por Ovidio Lagos; son primas carnales de Emilia Bertolé. Muy buenas chicas. Un par de ángeles de vacaciones por Súnchales". Al escucharlo hablar, líricamente loco, feliz, con su irreprimible alegría, mi carga de nostalgia se trastocaba en sincero cariño.

Le encantaba ser reconocido a través de la vidriera. Sus gestos más tiernos los destinaba a los niños. Vivía solo, sin mujer. Al mencionarle el tema, sonreía enig­mático. "Pues crees tú seriamente que alguna puede enamorarse de mí? Yo, únicamente yo, soy el que ama".

Me gustaba el lugar y ponderaba su pintoresquismo. "Puede ser —contestaba—, sin embargo prefiero como fue hace veinticinco años, cuando allá arriba tocaban orquestas de señoritas y caían los amanecidos en Pichincha, a ponerle broche a la fiesta escuchando tan­gos desafinados, tristones. Esos tiempos fueron buenos. Vida fácil, menos complicada y romántica. Hoy llegan sombras deslucidas y politiqueros tramposos-, esta mesa  no es puerto para Vicente Medina o Diógenes Her­nández'; no quedan cafiolos guapos como el paisano Díaz; o polacas lloronas y francesas aniñadas, a refu­giar el cansancio en el pernot importado. Eso se fue. Claro, los que pasan como turistas ignoran estas cosas".


Frecuentemente mencionaba que la hermana y el pa­dre quedaron en la aldea esperándolos, a él y al herma­no perdido en Buenos Aires. Por años les prometió que ambos regresarían: "Te envío una fotografía en la que me veo con el traje de Rey Momo. Quiero que la muestres a todos para que a mi regreso me aguarden en la plaza mayor, atronando por los aires la banda del pueblo". Josefa nunca le contestó. Y un día recibió al­gunas líneas del párroco comunicándole la muerte del viejo campesino. Se cansó de esperarlos. "Mira, él duerme ahora bajo los olivares y las vides reventonas, despertándose sólo para espiar entre los tallos de las azaleas las piernas desnudas de las mozuelas danzando en la gramilla".

—Los muertos se quedan definitivamente muertos, cuando tú los dejas morirse...
Mis visitas diarias se fueron espaciando. Cada vez más. Finalmente olvidé las citas de cada tarde. El poeta Aragón fue relegado al desván de las fantasías, al anecdotario para los hijos que bullían en mi sangre. Me convertí en uno más de los turistas de Súnchales; que pasó, sin pena y sin sombra, por sus atardeceres, sus mesas trasnochadas, sus borrachos y perdidos incurables, robando, como un ladrón, el cariño de aquel hombrecito legendario cuya necrológica sostenía entre las manos.

Estaba próxima la hora de acompañar al poeta. Saqué los ojos del techo y eché a caminar sin despedirme. En el interior del taxi experimenté un desasosiego angus­tiante. Llegamos casi juntos. Y fui a su encuentro.

El cortejo se puso en marcha, lentamente, alineando a los humildes, a las tristes muchachas de Súnchales. Cuando llegamos al lugar que le tenían destinado, alguno un figurón, esgrimió el discurso. Me fui sin saludar ni volverme para nada. Le dejé mi rezo... Chau, Aragón. Mi asustaron los hombres con pala de albañil que lo .empardaron. No aguanté, lo juro, saber que en más tendría por delante un horizonte de ladrillos.

Chona y Pichina Semilla, lloraban inconsolables.

Fuente:  Extraído del libro "La venta de la casona" ( cuentos que sucedieron antes) Editorial UNR. Publicado en Diciembre 1985.-

miércoles, 8 de julio de 2015

EL POETA ARAGON




No lo conocí y lo lamento. Dicen que era un personaje querible. El «Rey del carnaval.»

Es que cada ciudad tiene su «loco». El que todos elegimos para ese rol y en el que vol­camos, tal vez, la necesidad de poner en otro, nuestra dudosa cordura y nuestra sinrazón, olvidando que el mundo está lleno de «lo­cos» mansos y soñadores y de «cuerdos» si­mulados y peligrosos.





Tal vez, fue un error inmenso

y no eras lo que todos creían. Tal vez, en este largo corso

desde enero a diciembre,

en este manicomio

que habitamos nosotros,

eras un legítimo rey

y tu locura era sólo cordura,

disfrazada de sueños.

Fuente: Extraído el poema del Libro “Rosario Intimo de la Autora María Esther Mirad Editorial Gótica de noviembre 2007.

martes, 7 de julio de 2015

DIOS MOMO



( A la memoria de Alfonso Alonso Aragón )
Dios Momo de la calle, atrapado en la fina
 maraña de la frágil y vivaz serpentina,
señor de ese dominio caduco de la noche,
disfraz del hombre simple, vestido de fantoche.
Desde tu alto trono, en carroza triunfal
presidías sonriendo el viejo Carnaval,
con deslucido armiño y gastado oropel
ceñías la corona de un reino de papel.
La gente te miraba y alegre te aplaudía
y así, hora tras hora, la farsa proseguía . . .
£ Qué sentías entonces, qué bullía en la inquieta
raíz de tu bohemia, oh pequeño poeta ?
£ Qué sueño atravesaba la inestable frontera
de la verdad desnuda y la bella quimera ?
No lo sabremos nunca, Dios Momo, ya has partido
hacia un reino lejano con rumbo indefinido,
queda sólo el recuerdo, del viejo Carnaval
y de un trono vacante, que fuera tu sitial.

Fuente: Extraído del Libro “16 de Escritores de Rosario” Autora: Natividad Parodi. Libro Manuscrito S.A.D.E. de año 1979.

lunes, 6 de julio de 2015

COMPARSAS, MURGAS Y JUEGOS DE AGUA



 Por: Rafael Ielpi
Las comparsas rosarinas estaban constituidas en forma mayoritaria por gente modesta de la clase menos pudiente y de la incipiente clase media, y se organizaban en los barrios conjugando ingenio para las canciones picarescas o humorísticas e imaginación para el vestua­rio. En ellas, ya a comienzos de siglo, se mezclaban los criollos con los inmigrantes extranjeros para muchos de los cuales aquellos festejos alegres y participativos no dejaban de ser una novedad. No hay cons­tancias de grandes desmanes ni de incidentes mayúsculos en aquellos años iniciales del siglo XX en Rosario. Otra cosa parece haber ocu­rrido en Buenos Aires donde, dice Carretero, lo que antes era gentileza se había transformado en grosería, no sólo en los gestos y las palabras, sino también en los desplantes. Si antes las comparsas estaban formadas por hom­bres y mujeres de buenos modales, en los inicios del siglo XX la mayoría eran marginales y delincuentes.
Aquellas agrupaciones eran, sin duda, junto con las "murgas", que en todo caso constituían sólo una versión más desprolija y ato­rrante de las comparsas, las que aportaban la cuota de animación a una fiesta que, comenzando como un festejo rodeado de un hálito de cierto romanticismo de fin de siglo (lanzaperfumes, serpentinas cru­zándose en el aire, saludos de carruaje a carruaje) fue degenerando hacia el bullicioso y agresivo juego con agua, a los baldazos y manguerazos; los bailes se fueron encerrando en clubes, y los corsos man­tuvieron mientras pudieron su condición de evento barrial con parti­cipación del vecindario. No obstante, la idea de "adecentar" todo lo posible aquella verdadera fiesta popular nunca dejó de estar presente en algunas mentalidades moralistas y en las propias autoridades.

El Carnaval fue durante mucho tiempo una preocupación central, tanto para los sectores populares como para la élite. Para los primeros se trataba de un momento corto pero intenso de jolgorio. Para la élite era también un momento de diversión, pero aprovechaban la fiesta para autoafirmarse, para exhibir su poderío económico a través de sus carrua­jes, vestidos, ornamentos, fiestas y espacios exclusivos. Además, estaba presente en ella la preocupación, repetida año a año en la prensa y en las peticiones a las autoridades, de evitar los excesos del Carnaval. En la prensa, en los archivos gubernamentales y en el conjunto de la literatura de la época no se registra ninguna tentativa de suprimir el Carnaval. Por el contrario, se lo considera una necesidad, una verdadera válvula de escape. De lo que se habla es de civilizarlo. El 17 de febrero de 1901 decía La Capital: "El pueblo puede y debe divertirse, ya que trabaja y produce. Pero de la diversión que agrada y no ofende al abuso que daña y molesta, hay un gran paso".
(Ricardo Falcón: "La ciudad de Rosario", en Historias de nuestra región, N° 8, Subsecretaría de Cultura de la Provincia
de Santa Fe, 1998)

Ya a comienzos de siglo, Jules Huret había dejado escrita su impresión de las celebraciones de Carnaval entre nosotros: La verda­dera originalidad del carnaval argentino, que cae, como se sabe, en pleno verano, consiste en regarse mutuamente.-Este modo de refrescarse un poco brutal va desapareciendo, pero en otro tiempo, cuando el amueblado de las casas era rudi­mentario, esos juegos de agua invadían hasta el interior de ellas, y en el campo o en los barrios populares las gentes sienten todavía durante el Carnaval, ver­dadera locura por el agua. Emboscados detrás de las puertas esperan a los veci­nos y a los amigos para hacerlos tomar duchas. Los cubos, mangas de riego, marmitas, cacerolas, bañeras, todas las variedades de recipientes son confisca­dos. Desde los balcones son regados los transeúntes, que se ponen esos días sus impermeables. Los muchachos están muy atareados las vísperas hinchando los globos que arrojarán, que estallan como un proyectil al tocar al adversario.
Hasta se llegó a llenar de agua huevos vaciados cuidadosamente, pero su lan­zamiento no dejaba de ofrecer algún peligro. Hubo accidentes y se prohibió arro­jarlos, por lo que hoy se contentan con juegos de niños, que consisten en regar a la gente con tubos de agua perfumada...


Aquellos tubos eran en realidad los llamados "pomos", con los que se lanzaba líquido por aspersión a las mujeres que deambulaban por el corso, los bailes o pasaban en sus carruajes, coches o automó­viles. En las últimas décadas del siglo XIX, se jugaba ingenuamente con esos pomos perfumados y hacia 1883, las marcas más famosas y acreditadas de éstos eran Pider y Glover, cuya representante era la firma Echesortu y Casas, mientras que para 1910, campeaban los pomos "Bellas Porteñas", traídos por la casa importadora de Ignacio Granados.


¿Cómo olvidar en esta instancia al objeto protagonista, el pomo "Bellas Porteñas", tan popular como difundido en los Carnavales desde el final del siglo pasado hasta promediado el que corre? Era el pomo un envase de delgado plomo que cabía en la palma de la mano, similar a los tubos de dentífrico actuales. Venían en varios tamaños, desde el gigante N" 1 al minúsculo número 8 bis. Los envolvía un papel patoso en el que pre­dominaba el color verde. Guirnaldas de flores ascendían por los lados de la etiqueta muy art-nouveau hasta alcanzar lo alto donde aleteaban dos golondrinas. En el centro se veía una fuente de fino eje y dos platos superpuestos en cuyo borde inferior jugaban los infaltables niños desnu­dos, propios de toda alegoría finisecular. Al pie, entre laureles, las entre­lazadas iniciales del fabricante: M.A.S.
(León Tenenbaum: Olores de Buenos Aires, Corregidor, 1994)


Estos lanzaperfumes habían sustituido ventajosamente a las cas­caras de huevo rellenadas con agua perfumada, utilizadas tradicionalmente. El uso de esas cascaras de huevos, de gallina en general pero que podían ser incluso de ñandú, fue prohibido por un edicto policial del 11 de febrero de 1871. La medida originó sus buenas quejas, en especial de parte de las familias modestas, que durante el año habían ido juntándolas para negociarlas en las carnestolendas, pero satisfizo a la mayoría, que daría la bienvenida a la llamada "agua florida".
En realidad, las cascaras de huevo rellenas cayeron en desuso en 1870, con la instalación, en Paseo Colón y Humberto I, de la fábrica
de pomos del farmacéutico inglés Guillermo Cronwell, cuyo éxito fue inmediato, llegando un año más tarde a producir 6 millones de aque­llos lanzaperfumes. Lamentablemente estos pomos se podían recargar, lo que degeneró su uso, pues no faltaban los que los rellenaban con líquidos infectos que, además de tener mal olor, ensuciaban la ropa o irritaban la piel, los ojos y las fosas nasales, anota Andrés Carretero.

"Vino al mundo el Siglo XX / oliendo al Agua Florida. .."La breve letrilla basta para ubicarnos en el tiempo al par que dice de la difusión y popularidad de esa Agua. Su aroma era algo que estaba en el aire. Nadie lo desconocía. Tenía la sencilla y estimulante frescura de un prado, de las modestas flores con que se la elaboraba. Era limpia y pura, sin complicados misterios ni fatales hechizos, como la ingenua transparen­cia de su nombre. Las palabras para el recuerdo las pusieron los poetas y las registró puntualmente, aquereciándolas, la gente común. Por sobre su manifiesta difusión dominguera y festiva, tuvo el Agua Florida su marco más adecuado y lucido en los exultantes días del Carnaval. Y con los viejos Carnavales quedó identificada pues con ella perfumaban el agua de los popularísimos pomos, tan importantes para los festejos como los mismos disfraces.
(Tenenbaum: Op. cit.)

En el Centenario, Rosario Industrial describe unos carnavales que, al parecer, motivaban una activa participación de la gente: El Carnaval se presenta este año antes de lo generalmente acostumbrado en mitad del verano puede decirse, y toma a la gente con el etrain suficiente para que lo galvanice y le preste un concurso decidido. Excluido de la ciudad por completo, se refugia en los últimos reductos y toma el carácter más que de una fiesta tradicional, de uno de los tantos expedientes veraniegos a que recurre nuestra sociedad aislada en el campo... Tendremos que apuntar un cuadro de animación digno del pin­cel y de la pluma, consistente en el trasiego ferrocarrilero que lleva de la ciudad el contingente que participa de los bailes de disfraz y de fantasía. Los trenes volcando la población, una mascarada alegre y bulliciosa que se derrama en medio de expansiones de estruendo y conmueve a la sociedad y el silencio con sus voces mientras llega a destino.
El bullicio y ciertas libertades que se tomaban los disfrazados en Carnaval dieron lugar más de una vez a reacciones de las autori­dades, que intentaban, como podían, que hubiera cierta racionali­dad en medio de tanto jolgorio. El 2 de febrero de 1912 un decreto municipal permite el juego de Carnaval con flores y serpentinas, quedando absolutamente prohibido arrojar cualquier líquido, petardo u objeto que no sean los enunciados. A los infractores se les amenaza con una pena de 100 a 200 pesos mientras el dueño de casa quedaba como responsa­ble del hecho si no se identificaba a aquéllos. El decreto expresaba por último: Se prohiben los disfraces que ofendan la moral, trajes militares y ecle­siásticos de la época, como asimismo usar las insignias de la Cruz Roja, dan­zas y discursos indecorosos, con multas de 50 pesos.
Lo cierto es que la ciudad adquiría, en los días de Carnaval, entre principios del siglo XX y ya cercano el inicio de la década del '30, un clima de animación que se hacía mayor por la noche, cuando comen­zaban los distintos corsos, se iniciaba el desfile de carrozas, comparsas y murgas y se escuchaba por doquier la música proveniente de los muchos salones y clubes donde se organizaban bailes.
Después, como lo describiera Ramón Zapata en Monos y Monadas, en 1910, con las primeras horas de la madrugada, cada uno tornaba a lo suyo y Rosario volvía a ser la misma de siempre: Por ahí se oía el chiste burlesco, desabrido y picante que hacía colorear las mejillas de algunos mirones apostados en las aceras apiñadas de gentes que iban a matar el tiempo, mal empleado por cierto en una diversión de raras incongruencias; más allá, el burdo payaso diciendo bobadas en su grotesco lenguaje; en otro sitio, el oso mugriento, sudoroso y fatigado, bailando al son de la pandereta tocada por el mal improvisado gitano que le guiaba con su tosco palo y la cadena al cuello. El estridente estampido de la bomba de estruendo anunció en definitiva la terminación del bullicio. La inmensa y larga culebra formada por los vehículos se desarticuló: deshecha la hilera, marchóse cada cual por cami­nos opuestos, cabizbajos y pensativos...
   En febrero de 1923, sin embargo, el periódico Semana Gráfica, hacía un balance bastante negativo del futuro de las carnestolendas en la ciudad: El Carnaval —afirmaba— lleva miras de desaparecer. Tal se desprende de lo que ha ocurrido entre nosotros, donde el poco brillo de otros años ha venido a menos para concretarse en una celebración sin ruido, sin atractivos y sin partidarios. Hasta las autoridades han contribuido para depre­ciarlo, desfigurando la verdadera significación de esta fecha, que ha servido para esparcimiento y alegría, confundiendo clases, estrechándolas en la festi­vidad con el sincero deseo de divertirse. Era en el corso donde se reunía la población para lograr un momento de distracción poco a poco.
Antiguamente se la consideraba como a una de las festividades dignas de celebración, mas en la forma en que se ha calificado y dispuesto el cobro de derechos, se ha privado a la mayor parte de los habitantes la concurrencia a ese sitio, llevándolos a buscar otras expansiones de acuerdo a la modestia de sus recursos. Ahora —reflexionaba el cronista—, poco a poco, se extingue el entusiasmo y ese poco ánimo, reducido a las breves horas de un corso sin ori­ginalidad ni brillo, que distancia definitivamente al pueblo, que lo conceptúa, con razón, un pretexto para especular...

Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones

viernes, 3 de julio de 2015

¿CARNAVALES?. ¡LOS DE ANTES!




"Y si no lo toma a mal y quiere amarme, colijo que la amaré a plazo fijo mientras dure Carnaval".                                                                                                                          Salvador Alfredo Gomis.
Y arriban los carnavales de 1911 nomás. En Buenos Aires y en Rosa­rio, sin olvidar al resto del país, se festejan como Dios manda. Los porte­ños y los no porteños que han sido sorprendidos imprevistamente por la llegada de Momo, pueden remediar el descuido utilizando el servicio de Correos y Telégrafos. En efecto, previo envío de 10 nacionales la revista "Caras y Caretas "mandará al domicilio del solicitante El Paquete de Mo­mo. ¿Y que es lo que contiene el misterioso bulto?. Pues, nada menos que un traje de Dominó o Pierrot para "señoras u hombres", con la va­riante de que, en lugar de los señalados disfraces pueden incluirse para ni­ños o niñas —a elección—, atuendos de Colombina, Pierrot, Arlequín, Pa­yaso, Diablo, etcétera. Y como si esto fuera poco, van, junto al disfraz elegido, 100 serpentinas; un kilo de confetti; una careta, antifaz o nariz (a gusto del comprador); un sombrero de disfraz; un juguete sorpresa de Carnaval; un paquete de globos; un adorno o emblema de Momo; un pito, flauta o corneta y un abanico. ¡Todo por diez pesos!.
Los mas memoriosos recuerdan cuando, en 1871, fueron prohibidos en los carnavales rosarinos el uso de huevos rellenos con agua, disposición que, al ser implantada por primera vez en esa oportunidad, dio motivo a las protestas de familias pobres quienes durante todo el año, como lo ve­nían haciendo anteriormente, habían acumulado cáscaras de huevos para venderlas en los días de Carnaval. " ¡Ah, los carnavales de antes!", reme­moran los viejos rosarinos de los tiempos del agua limpia, flores y confi­tes ... Pero, en 1871 había estado brava la cosa. Con la prohibición de ti­rar huevos, se vino la de no mojar a las máscaras y comparsas y a los agen­tes de la autoridad "siempre que éstos estuvieran de servicio", y algunos días después, ni eso, porque en vista de las noticias inquietantes sobre el desarrollo de la epidemia de fiebre amarilla en Corrientes y en Buenos Ai­res, debieron suspenderse del todo los juegos con agua. Esta medida pre­visora, que se anunció a la población con bandos fijados en las paredes, fue, ¡cuando no!, blanco de las críticas, pues se la consideró como "re­gresiva a los tiempos de opresión".
No obstante, en la azarosa temporada carnavalesca de 1871 se habían podido realizar en total 18 bailes: dos en la "Juventud", tres "en lo de Peirano", otros dos organizados por la sociedad coral "El Fénix", cuatro en el teatro "El Litoral", tres en el "Teatro Nuevo" —luego llamado "Olimpo"— y cuatro "en la Cancha". A pesar de la prohibición, los edic­tos y ordenanzas con respecto al juego de agua no fueron muy respeta­dos, que digamos. Saldo trágico: un cigarrero mata a un vecino francés a causa de haberle reprochado que le arrojara un huevo con agua a la cara de la esposa de éste. El escandaloso criminal fue remitido sin contempla­ciones a la isla de Martín García. Condena: cinco años "de trabajos pú­blicos".
Otras sorpresas depararon aquellos recordados carnavales del 71: entre las comparsas denominadas La Salamanquina, Olimpo e Iniciadora apare­ció el primer conjunto oficial de disfrazados de gauchos en Rosario: Los Gauchos del Plata. Además, se acusó a Momo de haber provocado 18 di­vorcios, de ¡a desaparición de numerosas fámulas que dejaron a sus patro­nes sin servicio doméstico y del despido de numerosos empleados de sus ocupaciones.1 ¡Ah, tiempos!. ¿Y los carnavales de 1873?. Para este año era notoria la principal intervención de los italianos en las comparsas, con participación de las sociedades Campidoglio, Imposible y otras con nom­bres tales como Los Piratas, Los Pastores, Los Suavos, Los Operarios Ita­lianos y La Comparsa Estrambótica. Entonces los corsos se realizaban en horas del día porque la noche se reservaba para la "aristocracia" que con­curría en coches descubiertos. El alumbrado de los corsos se hacía a gas y el trayecto era ornado con arcos triunfales.

"Se jugaba con agua —recordaba Calixto Lassaga 2 en 1938—, la serpentina y el pomito aparecieron muchos años después. Sobre el juego con agua se produjo una evolución acorde con el progreso: entonces las familias pre­paraban el juego con agua con mucha anticipación, llenándose con líqui­do perfumado una enorme cantidad de huevos de gallina previamente va­ciados, los que eran tapados con redondeles de tafetán de distintos colo­res. Estos huevos se distribuían en canastillas, cajas y bolsas a los hom­bres de la casa. Escuadrones de jinetes u hombres de a pie, recorrían las calles disparando huevazos a la aparición de una dama, con las consiguien­tes incidencias que solían suscitarse.
"En las calles se veían grupos de chiquillos, con especies de jeringas empe­ñados en empapar a quienes transitaban entre la mañana y las 6 de la tar­de que era cuando el juego se Interrumpía hasta el día siguiente. Alrede­dor de 1875 comenzó a mojarse con agua depositada en tinas —pipas d« vino, cortadas por el medio a serrucho— que se volcaban sobre los tran­seúntes, sucediéndole el balde y luego el jarro. Luego apareció el "agua­do", chaleco de goma relleno de agua, con un canuto que se manejaba con las manos: apretando el chaleco salían gruesos chorros de agua. Al "aguado", siguió el pomo que en un principio contenía finas esencias. La aparición de la serpentina y las flores fue posterior . .."

Todavía, hacia 1911, recuerdan hombres y mujeres la ceremonia que j se realizaba entre los años 1870 y 1881 cuando para la octava de Carna­val se quemaba un muñeco relleno de paja y bombas que simbolizaba ni entierro de las carnestolendas. La quema de Judas, asiera denominado «I muñeco, tenía lugar en una de las plazoletas que existieron al norte y ni sud del primitivo Mercado Central —antes de) Sud- y hacia donde se en­caminaban para presenciar la ceremonia, máscaras y comparsas que durante la quema hacían demostraciones de duelo.
Otra prohibición se rememora: la del 27 de enero de 1888. Ese día, la Comisión Municipal Administrativa sancionó una ordenanza reglamentan­do el juego del Carnaval. Por la misma se prohibió el uso del agua, las bombas, aguacendos y cualquier otro instrumento para arrojar líquido. También se prohibió el uso de confites, almidón "y otros elementos que pudieran dañar la salud", así como los disfraces de sacerdotes y militares. Los Infractores a la ordenanza se hicieron pasibles de multas que oscila­ron entre veinte y cincuenta pesos y, a quienes no pudieron o no quisie­ron pagar, se les condenó con prisión de ocho a veinte días "según la gra­vedad de la falta".
Los carnavales rosarinos van alcanzando un esplendor inusitado. Desfi­lan los gremios con sus participantes uniformados enarbolando estandar­tes y banderas al frente. La costumbre data del año 1878 y los obreros, al visitar distintos domicilios reciben ofrendas florales y son aplaudidos.
Vienen también los Negros Candomberos y Negros Gramilla, socieda­des corales carnavalescas de negros fundadas en 1888; \os Hijos de la No­bleza y los Hijos del Plata, esta última con secretaría en la esquina de las calles Catamarca y Entre Ríos. Desde 1890 desfilan las comparsas Negros Esclavos, Negros del Plata, Pobres Negros Africanos, Hijos de América, Los Tres Clavos ó Los Esclavos, Dandys Rosarinos, Los Prudentes, Los Estudiantes, Unión Argentina y otras varias. Pero no vaya a creerse que la alta sociedad no participa: hay una formada por jóvenes de la más rancia estirpe rosarina, que vaya a saber uno por qué han puesto por nombre Los Desesperados.3.
Un lúcido testigo de los carnavales de 1911 testimonia:
"—El Negro Gabriel paraba en la plaza Pringles y era uno de los que se disfrazaba de negro escobero . . . ¡para colmo de negro! .. ., la vieja Mazzini de negra escobera, y nosotros, los más chicos, de esclavos . . . ¡Mi viejo me daba cada garrotazo!. Yo tenía un traje de esclavo que era como de diablito y me vestía en el Conventillo de La Paloma 4, que estaba en la calle Córdoba entre Paraguay y Presidente Roca, que se llamaba Indepen­dencia en ese tiempo. En ese conventillo vivía El Negro Gabriel. Un día nos juntamos todos los de la comparsa, grandes y chicos, para Ir a pelear al barrio Los Cotos. Nos reunimos en la plaza López, que era el reducto, y se nos unieron los del barrio Las Monjas y los del barrio de Güemes. — ¿Qué nombre tenían ustedes, los de la plaza Pringles? —Nos llamábamos La Banda del Once. Ahí andaban entreverados, El Lo­co Patricio; los dos hermanos Anca —uno de los cuales tocaba bien el ban­doneón—; El Amarillo; el finado Negrachi .. . había varios guaperolas".5.

Lo cierto es que los carnavales no son nada pacíficos. Los Negros Es­coberos con el cuerpo pintarrajeado de betún, llenos de aros, colgajos de todas clases y hasta espejitos, se contorsionan en multitud por las calles agitando el palo de sus escobas enjaezadas carnavalescamente, ocultando cuidadosamente entre la paja del extremo alguna que otra hoja de cuchi­llo bien afilada y cantando ininteligibles melopeas de ritmo africano que, ante la presencia de alguna otra comparsa de similares características transfórmase en provocación abierta: "Tumba que tumba I que tumba, que lá / que este negro quiere peliá". El diario La Nación de Buenos Aires informa, por su parte, en la edición correspondiente al 20 de febrero de 1890 que, corno lo había previsto el corresponsal, en Rosario, "el Carna­val ha rayado aquí en escandaloso por la gran cantidad de excesos come­tidos durante los tres días. Han caído sin cesar de azoteas y balcones so­bre cuanto bicho viviente pasaba por las calles, torrentes de agua, no siempre limpia, arrojada con baldes y otros recipientes. También se arro­jaba sobre el público, barro, harina, tomates, huevos naturales y muchas otras cosas que impedían la salida a la calle. Este desenfreno que la auto­ridad no se preocupó de reprimir, fue causa de un sinnúmero de desórde­nes, algunos de los cuales fueron sangrientos.
"El corso estuvo concurrido por numeroso pueblo, pero las familias bien se abstuvieron de ir, temiendo los desmanes del populacho. Las dos o tres manzanas que recorrió el corso estaban alumbradas con un gas que daba menos luz que vela de sebo, no contándose ni una bandera o adorno que alegrara la vista. Lo que ha contribuido a no hacer del Carnaval un hambre completo han sido las numerosas comparsas que se pasearon por las calles y visitaron varias casas, distinguiéndose, entre otras, la de Los Negros Candomberos y la de Los Desesperados. Los bailes han estado muy lucidos —sigue diciendo La Nación—, pudiéndose asegurar que a eso han quedado reducidas las fiestas para la buena sociedad. El Club Social, El Campidoglio, El Fénix y Lago di Como, han estado espléndidos.
"El final de tanto desorden ha quedado reducido a un considerable número de detenidos en la policía y a tres duelos entre personas conoci­das, duelos que es seguro no se verificarán. El único tema ha sido hoy los escándalos habidos durante los tres días, que es de desear no vuelvan para tranquilidad de la gente. El comercio ha estado paralizado durante el car­naval. Los bancos recién hoy abrieron sus puertas".
Ya en los finales del siglo, según lo refiriera Arturo Suárez Pinto, loi carnavales comenzaban el sábado de la víspera continuando toda la sema­na y terminaban el domingo de la octava. En ese lapso se alternaban las tertulias familiares con los bailes de clubes sociales. Las comparsas, compuestas de músicos y coristas de ambos sexos concurrían a las casas de familia como era costumbre, previo aviso o por invitación de sus dueños, llevando el bullicio y el entusiasmo por los juegos. Estos mismos con ¡un tos corales — musicales animaban los corsos compitiendo en concursos
"—Recuerdo que muchas personas de buena posición, como los Caststagnino y otros, pagaban para tener un conjunto de músicos, una compro m que saliera a competir en los corsos. Mi padre, Cayetano Silva, era muy buscado para armar y dirigir conjuntos.
En una oportunidad dieron mal un premio a una comparsa. Entoncés, al año siguiente le encomendaron a mi papá que armara uno. Fue el más  grande y el mejor: "Los Descontentos" se llamó y obtuvo el premio Para los  que financiaban la cosa , era, además, un honor salir con la comparsa a recorrer las calles. 6

"—Tenía la calle Córdoba —pues aún no había instalaciones de luz eléc­trica— los característicos arcos para sostener los mecheros, con sus tulipas de vidrios de colores, blancas y azules —colores argentinos—, que se en­cendían en las grandes fiestas y aniversarios, especialmente durante los corsos de Carnaval, en los cuales la familias acostumbraban desfilar con sus carruajes. Mi padre, José Ramón Clusellas y Marull, conducía un break, acompañado de mi madre y de sus amigas, y desfilaba ufanamente con el coche descubierto y sin capota".7

Es la época en que Ismael Dozo escribe aquel diáfano poema que titula:


Canción de la Serpentina



Soy algo alado .. . Soy mariposa


para las manos de raso y rosa

que, tras mi vuelo, me harán caer.

Soy la que a veces —tal es mi empeño-

abro el camino de algún ensueño

desde los dedos de una mujer.



Mi imperio dura sólo un momento:


Cuando en el mundo vibra el contento.

Se van las farsas y me voy yo . . .

llevando en mi alma de serpentina

la indiferencia de Colombina

y la tristeza del buen Pierrot.



Mal me rotulan con la Alegría,


que entre la burla y la algarabía

al distenderme suelo llorar ...

Callo mi cuita que es vieja y buena;

tengo una pena ..., tengo una pena ...

cerca muy nadie sabe de mi penar!



Cuando la fiesta ríe en la noche


¡oh, cuántas veces de coche en coche,

soy la cadena de la ilusión!.

Y cuántas veces caigo muy leve

sobre un divino seno de nieve,

cerca, muy cerca del corazón.



Soy algo alado . . . Soy mariposa


entre las manos de raso y rosa

que me aprisionan para mi mal.

Y cuando Momo se va en su caja,

soy el olvido .. . ¡Soy la mortaja

del Carnaval!



El Carnaval de 1911 coincide en Rosario con la proclamación de los candidatos del Partido Constitucional. En los altos de la sucursal del Ban­co de la Nación Argentina ubicado en la esquina de las calles Córdoba y San Martín, dicho partido ha colocado un cartel bien visible que dice:



EL PARTIDO CONSTITUCIONAL PROXIMAMENTE PROCLAMARA


SUS CANDIDATOS A DIPUTADOS, LOS QUE LLENAN LAS

ASPIRACIONES DEL PUEBLO.

Más abajo, otro puesto por la Liga del Sur, tan bien visible como el an­terior replica en un tono socarrón

¡NO TE CREO RUBIO!. LIGA DEL SUR. ELECCIONES DEL 5 DE MARZO DE 1911.

En un tramo de la calle Córdoba se destaca un cartelón primorosamen­te pintado que proclama a quien quiera leerlo:

ARGENTINOS. PATRIOTAS DEL ROSARIO. ARROJAD TU ANATEMA SOBRE EL

PARTIDO QUE PRETENDE MATAR UNA CIUDAD ARGENTINA SACANDOLE SU

CAPITAL. VOTEN POR LOS CANDIDATOS DEL P. CONSTITUCIONAL.

Más directa, es la leyenda de la Liga del Sur que campea en los altos de la casa del vicepresidente de esta agrupación, Fernando Pessán:
LIGA DEL SUR. MENOS GARITOS Y MAS ESCUELAS.
En la provincia de Santa Fe, las fuerzas oficialistas se encuentran divi­didas en dos bandos, uno que rodea al gobernador Ignacio Crespo y otro que sigue a Rodolfo Freiré. La oposición está representada por la Liga del Sur, que acaudilla Lisandro de la Torre, su fundador.
La publicidad política no se detiene ni ante las carnestolendas. Por el contrario, se mete en ellas. Así es como en el corso de bulevar Oroño la Liga del Sur levanta un palco ornamentado con banderas argentinas y un gran escudo nacional. Instaladas en dicho palco, catorce niñas simboli­zando a las provincias argentinas y ataviadas con largas túnicas y respecti­vos gorros frigios, miran a la muchedumbre inmutables, como los princi­pios que sustenta el partido patrocinante.
El gobierno de la Nación representado por el doctor Roque Sáenz Pe­ña ha enviado a pedido de la Liga del Sur un veedor para verificar la bon­dad de los comicios. Llega entonces, procedente de Buenos Aires el doc­tor Salas en calidad de comisionado, quien arriba a Rosario en compañía de sus secretarios Madero, Livingston y ocho personas más. Por el Partido Constitucional soncandidatoslos doctores P. M. Olcese, Laureano Araya, Néstor Fernández y Agustín Repetto, en tanto que la Liga del Sur sostie­ne a los doctores Carlos Seligman, Enrique Thedy, Gerardo Constanti y el señor Joaquín Lagos.
Por fin adviene la jornada electoral, en la que no faltan barullos. A no ra temprana un grupo de asaltantes cambia disparos de revólver con militantes de la Liga en el comité de avenida Pellegrini 451. Pero, el comicio sigue adelante. De como fue el resultado, se ocupa, entre otros medios periodísticos, "Caras y Caretas".
"El domingo último se realizaron las elecciones para renovar parcialmente la legislatura santafesina. A disputarse el triunfo comicial concurrieron la Liga del Sur y el Partido Constitucional, éste sosteniendo candidatos de credo oficialista. La designación de un comisionado nacional para fiscali­zar las elecciones no fue del agrado del gobernador, señor Crespo, quien, oportunamente, protestó de lo que a su entender era un atropello a la au­tonomía de la provincia.
El triunfo correspondió al Partido Constitucional. En Rosario la lucha fue reñida, y la Liga del Sur consiguió 1926 votos contra 2323 del adversario. La jornada del último domingo importa el restablecimiento del imperio del sufragio en la segunda ciudad argentina. Y algo es algo".8

Sin embargo, a poco se sabe que los comicios han sido ganados frau­dulentamente por el oficialismo, no obstante la presencia del veedor con toda su comitiva y las vestiduras rasgadas de Crespo. Los de la Liga del Sur se quedan, como dirá la letra de un tango muchos años después "arrojando débilmente serpentinas de aflicción". Pero no será por mucho tiempo. En mayo, inaugurado el período legislativo, los parlamentarios freiristas plantean el juicio político al gobernador, quien responde clausu­rando la Legislatura. Los freiristas piden al gobierno nacional la interven­ción federal e igual solicitud formula el gobernador Crespo que, por lo visto, no quiere perderse una, y desea bajar del podio con todos los hono­res posibles. Sáenz Peña accede y designa comisionado a Anacleto Gil, quien anuncia su propósito de convocar a elecciones para elegir goberna­dor.
Los radicales santafesinos, alentados por el proyecto de ley electoral en debate, realizan asambleas y en ellas se impone la tendencia partidaria de abandonar la abstención. En mayo se reúne en Buenos Aires la con­vención nacional del radicalismo e Hipólito Yrigoyen plantea la necesidad de entrevistar a Sáenz Peña a efectos de plantearle las condiciones que el partido exige para concurrir a los comicios de Santa Fe. Producida la en­trevista, el presidente accede al pedido radical de usar en dichos comicios el padrón militar y el voto secreto y obligatorio, de colocar la policía a las órdenes de la justicia y de constituirse el presidente en juez de even­tuales reclamos.
En mayo la tendencia concurrencista triunfa en la convención nacio­nal de la U. C. R. En vísperas de los comicios Yrigoyen pide a de la Torre que asuma la jefatura del radicalismo de Santa Fe y disuelva la Liga del Sur; pero de la Torre no acepta. El 30 de enero de 1912, el Poder Ejecuti­vo Nacional acuerda adoptar para los comicios santafesinos el padrón de 1911, pedido por los partidos opositores. El 8 de febrero, días antes de la promulgación de la ley Sáenz Peña, el interventor de Santa Fe convoca a comicios de gobernador y vice para el 31 de marzo.
A las elecciones concurren, aparte del oficialismo, la Liga del Sur -que sostiene la fórmula Lisandro de la Torre — Cornelio Casablanca—, y la U. C. R. que vota por sus candidatos Manuel Menchaca — Ricardo Caballero. Triunfa el radicalismo, que obtiene 25.000 votos y 34electo-res.9
NOTAS
1     La Capital. lo.3.1871.
2     Calixto Lassaga. Jurisconsulto y político, n. en Rosario en 1857;m. en la mis­ma ciudad el 31 de mayo de 1954. Cursó estudios profesionales en la Universi­dad de Buenos Aires, iniciándose en la vida pública en 1889. Fue profesor de geografía é historia en el Colegio Nacional Nro. 1 de Rosario; se incorporó lue­go a la magistratura y llegó a ser presidente de la Cámara de Apelaciones de Rosario. Desempeñó la cartera de gobierno, justicia y culto de la provincia de Santa Fe durante la administración de Echagüe (1906); fue diputado ala con­vención provincial reformadora de la Constitución en 1907 y diputado nacio­nal (1910—16); primer presidente del Colegio de Abogados de Rosario; inten­dente municipal (1939); presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano y de la Junta de Historia y Numismática. Obras: Estudio sobre los orígenes de Ro­sario; La bandera argentina; El convento de San Lorenzo; Curupaitt; Los már­tires de San Nicolás, etc. Diego A. de Santillán. Gran Enciclopedia de la pro­vincia de Santa Fe. Tomo I. EDIAR.Bs. Aires. 1967.
3     Wladimir C. Mikielievich. Diccionario de Rosario (en preparación).
4     Paloma, Conventillo de La. Hist. Vivienda de numerosas habitaciones ocupadas por familias distintas que existió desde la penúltima década del siglo anterior hasta la tercera década del actual en la calle Córdoba Nro. 1629, anteriormente numerado 1229.
Perteneció a Ramón González y muchos años después un autor porteño de saínetes, Alberto Vacarezza utilizó su nombre —posiblemente a instancias del rosarino Juan Francisco Palermo de quien había recibido otras sugerencias cos­tumbristas— para denominar a una de sus producciones de mayor éxito. Wladi­mir C. Mikielievich. Diccionario de Rosario (en preparación).
5     Osvaldo Berrini, entrevista realizada en el Club Nueva Aurora el 13.1.1976.
6     Luis Gilberto Silva, entrevista llevada a cabo el 2.1.1976.
7     Rodolfo J. Clusellas. La ciudad de Rosario. Pág. 67. Edit.Sudamericana. Bs.Ai-res. 1967.
8     Caras y Caretas. Año XIV. No 649. Bs.Aires. 11.3.1911.
9     Crónica Histórica Argentina. Tomo V. Pág.238. Ed.Códex. Bs.Aires. 1968.

Fuente: Extraído del Libro “El Rosario de Satanás del Autor Héctor Nicolás Zinni, el Capitulo 6, del Tomo II . Editorial Fundación Ross. Año 2000.

jueves, 2 de julio de 2015

FESTEJOS POPULARES Y ESPLENDOROSOS



Durante el siglo XX los bailes y corsos de Carnaval se extendieron cada vez más por las arterias de la ciudad: Cór­doba, Pellegrini, Alberdi, Avellaneda, y San Martín. Son aún muy recordados los realizados durante la intendencia de Luis Cándido Carballo, en el Parque Independencia, pero en verdad se ini­ciaron con anterioridad y continuaron con posterioridad a aquella gestión. Además, los
clubes rivalizaban entre sí para contar con las figuras y artistas de mayor convocatoria, y fue en el marco de la actuación de figuras internaciona­les. "Los Carnavales de Rosario" fue­ron un motivo de atracción turística y por lo tanto de ingresos, porque su fama nacional así lo posibilitaba. Vistosas, tradicionales y renombradas comparsas locales estuvieron presentes especial­mente invitadas en los Corsos de Avenida de Mayo, en la ciudad de Buenos Aires y poblaciones del interior del país.
Fuente: Extraído de la Revista “ Rosario, su Historia y Región” Fascículo Nº 115 de Febrero 2013

miércoles, 1 de julio de 2015

EL POETA ARAGÓN, EL REY MOMO DE LOS CARNAVALES



“SU INGENUIDAD Y CORTO ENTENDI­MIENTO LO HICIERON
PRONTO BLANCO DE LAS BROMAS DE ESA COFRADÍA. LA MAYOR DE ELLAS FUE CONVEN­CERLO DE ENCARNAR AL LEGENDARIO REY MOMO DE LOS CARNA­VALES EN LOS CORSOS QUE HACIA 1930 ALEGRABAN LA CIUDAD".


Por Juan P. Robledo

Alfonso Alonso Aragón nació en 1891 en Monzón, España y llegó a Rosario en 1921, después de haber trabajado en Buenos Aires en diversos oficios y actividades.
Esta persona con un carisma y per­sonalidad única, dotado de cierta fa­cilidad para la poesía y la expresión en público, se convirtió en "el Rey del Carnaval" durante más de 30 años en los cuales su pequeña figura, vestida con manto real y portando el cetro de rigor sobre una carroza, fue captada por innumerables fotografías y cróni­cas periodísticas de la época. Sus ver­sos fueron una sumatoria de ironías y metáforas que provocaban risas y bur­las piadosas.
Según Vladimir Mikielievich, Aragón se mezclaba en el ambiente nocturno rosarino con periodistas, actores y es­critores. "Su ingenuidad y corto enten­dimiento lo hicieron pronto blanco de las bromas de esa cofradía. La mayor de ellas fue convencerlo de encarar el legendario Rey Momo de los carnava­les en los corsos que hacia 1930 ale­graban la ciudad".
Mientras tanto que para el escritor Ra­fael Ielpi: "Su credulidad inocente, su paso rápido y cortito que lo llevó casi hasta su muerte por las calles de la ciu­dad de Rosario, ejerciendo el oficio de mandadero de una agencia de loterías del barrio Pichincha, lo salvaron de mayores agresiones, pero no del olvido de las nuevas generaciones, antesala del olvido total", escribió en el diario "La Capital".
El poeta Aragón murió en 1974, a los 83 años de edad, "era un hombrecito, es decir pequeño, y simpático, escri­biendo largos poemas, laberínticos, rubricados por una enorme firma. Firma llena de adornos y lenguajes secretos que aún no se han descifrado. Este poeta perteneciente a la cultura urbano de Rosario conoció sus momentos d gloria, como cuando por voluntad popular, aquí en esta ciudad tan particular, se lo declaró el Rey del Carnaval el único auténtico que debemos ha" tenido. Murió en un cuarto cercano Rosario Norte, en la zona de Pichincha" escribió el periodista Gary Vila Ortiz en una necrológica que recordaba a este mítico personaje de la cultura urbana de la ciudad.
Fuente: Extraído de la Revista “ Rosario, su Historia y Región” Fascículo Nº 115 de Febrero 2013