Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

Vistas de página en total

martes, 7 de abril de 2015

LA MENUDA VIDA DIARIA



Por Rafael Ielpi
 
  Pero 1927 tendría otras noticias cotidianas igualmente impac­tantes para los lectores de diarios más allá de los raids, las hazañas de la aviación y la notoriedad alcanzada por un deportista argentino, el nadador Alberto Zorrilla, que el 19 de mayo establece en Estados Unidos el récord mundial de 400 metros espalda. Un comentario de La Capital, en el mes de marzo, es buen ejemplo: No pasa un día sin que aparezcan uno o dos casos de suicidio: es realmente increíble.
El diario, en realidad, no hacía otra cosa que consignar una serie de episodios de ese tipo, algunos de ellos fatales, que se sucederían con extraña frecuencia en la ciudad en dicho mes, en una especie de epidemia. El día 10 una mujer casada de 42 años se suicida con cia­nuro de potasio, una de las soluciones más usuales para esos tétricos fines, mientras simultáneamente una ama de casa casi adolescente ingiere ácido nítrico con la misma intención, aunque al quedar fuera de peligro afirma que fue por error, y un policía de 27 años hace la prueba (felizmente fallida) de dejar este mundo bebiendo una buena dosis de creolina.
La racha no cesa sino bastante después, sirviendo de botón de muestra un resumen casi telegráfico que el diario mencionado incluye en sus páginas policiales, bajo el título de "Tres suicidios de mujeres", siempre en marzo de 1927: A una empleada doméstica de 22 años se le rompió una tulipa mientras la limpiaba. Dejó una nota: "Como he roto la luz del comedor, prefiero la muerte a recibir un reto" y se disparó un balazo en la cabeza. Otra mujer de 20 años tomó cianuro de potasio y dejó una carta diciendo estar cansada de la vida. Otra, desconocida, también de 20 años, se suicidó con cianuro.
Una noticia del mismo año suma otro caso: En el almacén de Necochea y Gaboto, Carmen Pucheta, de Í8 años, se sentó en una mesa del despacho de bebidas contiguo y pidió un vaso de vino blanco, al que le agregó un frasco entero de tintura de yodo, ingiriéndolo sin que nadie pudiera impedirlo. Fue llevada al Hospital Rosario y salvada de la muerte, que había buscado por despecho a su amante, que la expulsara del rancho en que coha­bitaran. Sin embargo, La Capital agregaba un dato alentador y una razonable sugerencia: La Dirección de Higiene de la provincia de Buenos Aires ha resuelto prohibir la venta libre de cianuro de potasio; se solicita que Santa Fe la imite...
Pero las palmas en materia de noticias policiales se las llevarían, a comienzos del año, las andanzas de un ladrón al que por su habilidad para escapar de las rejas la prensa y la gente terminaron por bautizar como "El Fantasma", mote con el que se lo designaba incluso en los partes policiales. Durante una semana, desde el 22 al 29 de enero, el delincuente consiguió sembrar el pánico en la ciudad con sus incur­siones, que terminaban con la substracción de joyas, dinero y cuanta cosa de valor caía en sus manos. El primero de esos días entra en dos casas y roba, y el 24 queda a un paso de ser detenido al ingresar en una vivienda céntrica, mientras dos días después, un par de desocupados contribuyen al temor generalizado: Se han entretenido durante todo el día en molestar por teléfono a numerosas familias titulándose El Fantasma, se lee en los diarios. Mientras aquellos desconocidos se hacían pasar por él, el ladrón seguía entrando y saliendo a su antojo de casas ajenas.
El escurridizo terminaría, como era previsible, en un calabozo el 29 de enero. Francisco Ortells, alias "Gorra Overa" o" Fifí", un pro­fesional del saqueo domiciliario, se confesó entonces autor de cerca de treinta robos en la ciudad, a la que llegaría huyendo de una orden de captura que la policía porteña mantenía infructuosamente vigente desde 1915. La especialidad de saltar tapias y violentar celosías sin agredir a los moradores, a los que en general trataba de encontrai dormidos, le permitió ganarse más de una simpatía popular, aumentada por comentarios periodísticos que daban cuenta de su picardía: Cuenta Ortells que para conocer a los empleados de Investigaciones, concurría los días de retreta a la Plaza San Martín y confundido entre los paseantes, observaba a los pesquisas ya que sabía que éstos salían por el portón de la calle Moreno.
Todavía en febrero, las acciones del singular personaje del hampa no había decaído sino todo lo contrario: El Fantasma cuenta en nuestra  ciudad con muchos admiradores y no pasa día sin que alguien lo visite para conocerlo y cambiar algunas palabras con él. Un empresario le mandó un colchón nuevo de regalo, precisaba La Capital. Con la remisión del preso .1 Buenos Aires, su leyenda se diluiría rápidamente hasta desaparecer (li­la memoria de los rosarinos. Como un verdadero fantasma.
Otro episodio policial merece ser exhumado del olvido, aunque más no sea por el nombre del comercio en el que ocurrieran los hechos, el "Almacén de los 51 gauchos", en Alem casi esquina Mendoza, al que lo han bautizado así los criollos que concurren allí, todos los cuales se consideran hombres de ley y buenos camaradas. Aquel año 1927, y siguiendo el relato periodístico, parco y con cierto aire de tragedia del suburbio, por la falta de saludo de uno de ellos, otro se sintió ofendido y salieron a la vereda a las 5 de la tarde y uno disparó tres veces apoyando el caño de su revól­ver 38 sobre su brazo izquierdo. Cuando llegó el agente de facción que estaba a una cuadra, encontró al asesino fumando un cigarrillo, el revólver en la mano y mirando fijamente el cadáver, entregándose sin resistencia.
Mucho menos olvidables resultarían otros hechos, como la inau­guración del edificio de la Federación Agraria Argentina, levantado en la esquina noreste de Mendoza y Sarmiento (hoy ocupado por la sala teatral "Manuel José de Lavardén" y dependencias oficiales), sobre una superficie de 1200 m2 y con un costo de $1.600.000 El inmue­ble, habilitado el 3 de marzo de 1927, serviría para la instalación de la redacción y oficinas del diario La Tierra, órgano oficial hasta hoy de la entidad nacida como consecuencia directa del "Grito de Alcorta" en 1912, que ocuparía el subsuelo, y contaría con un espacioso salón-teatro para congresos y conferencias, un ala de alojamiento para via­jeros y un comedor.
Otra inauguración de campanillas, casi contemporánea a la ante­rior, sería la del Stadium Municipal, en Ovidio Lagos y Bvard. 27 de Febrero, el 3 de abril, con una fiesta deportiva que incluiría encuen­tros de foot-ball, lawn-tenis, carreras ciclísticas y pedestres, partidas de pelota y un curioso y seguramente irrepetible resultado en el partido de básquet, que según La Capital fue de 17 a 0...
Un día después, el progreso llega también a la zona norte de la ciudad, con la entrega de una obra pública largamente esperada: la pavimentación del Bvard. Rondeau desde el puente del arroyo Ludueña, Arroyito, hasta el límite del municipio, faja oeste del boulevard, que acaba de ser pavimentada con granitullo. Los trabajos, realizados por la empresa Guida & Bugnone, sufrieron retrasos y suspensiones ese año por una causa digna de ser rescatada: la partida de 3 mil toneladas de granitullo, que había sido traída a Rosario por el buque escuela ruso "Tovarich", fue desembarcada y trasladada para su colocación hasta el mencio­nado bulevar. La piedra, sin embargo, por efecto de la carga y descarga y otros zarándeos en el traslado en carros, había sufrido desgaste en sus aristas, lo que no la hacía apta para su colocación. La demora hizo que los trabajos, que debían terminarse a finales del año anterior, concluyeran ya avanzado 1927.
El barco soviético era uno de los muchos que atracarían en el puerto ese año, en cuyo primer mes ingresaron 180 buques de ultra­mar. El aumento del movimiento portuario tenía mucho que ver, para alguna prensa como La Capital, con la influencia que los britá­nicos seguían manteniendo en el país: Esta intensificación de las activi­dades se debe a las buenas referencias dadas por el cónsul británico en esta ciudad al ministro inglés, quien a su vez informó al gobierno de Londres res­pecto de las grandes ventajas que ofrece el puerto de Rosario a la navegación de ultramar por sus condiciones técnicas, la buena organización de la autori­dad marítima que mantiene en perfecto orden la zona portuaria y recibe y despacha a los buques con rapidez y precisión y otros factores más que no pueden hacerse extensivos a otros puertos de la República, inclusive el de la Capital Federal.
Un reclamo final tendría vigencia hasta casi finalizado el siglo XX, cuando recién se diera respuesta oficial a lo que se demandaba hace casi ocho décadas atrás: ¿Qué hacen los poderes públicos en beneficio de nuestro puerto? El dragado de los pasos principales del río Paraná y del Río de la Plata debe ser motivo de preocupación permanente para las autori­dades nacionales...
La ola de habilitaciones e inauguraciones que se produciría ese año, a la que aludía Álvarez, incluiría la de la fuente de la Plaza Sar­miento, entregada a la ciudad el 14 de agosto por la colectividad belga, una hermosa obra cuyos gansos de bronce patinados de verde for­maron parte de la escenografía de ese paseo público hasta casi mediada la década del 90, cerca ya del fin del segundo milenio, cuando la desaprensión de las autoridades y el vandalismo de los inadaptados terminaron por destruirla, y cuando ya los surtidores de agua, los gan­sos y el gesto de los belgas había quedado definitivamente converti­dos en melancólico recuerdo. Un poco antes, sobre fines de junio, se coloca la piedra fundamental de la Capilla Nuestra Señora de La Piedad, proyectada por tres profesionales de larga y perdurable obra en la ciudad: Gerbino, Schwartz y De Lorenzi, complemento del cementerio inaugurado en 1889 sobre una superficie de 33 hectáreas, en el oeste de la ciudad.
El 13 de julio, los rosarinos se enteran de un hecho ocurrido del otro lado del océano que tenía, sin embargo, profunda relación con la ciudad: El 14 de mayo pasado se llevó a cabo en Ñapóles la fundición del bronce en las dos estatuas ecuestres del general Belgrano que los ítalo-argentinos regalan a las autoridades de Genova y Rosario. Este bronce es originario de uno de los cañones tomados al enemigo por Belgrano en la batalla de Salta y que se encontraban en el Museo de Arsenales de Buenos Aires.
La fundición del cañón, construido en España en 1775, dio como resultado 42 lingotes de bronce que servirían de materia prima al escul­tor Arnaldo Zocchi, autor de las estatuas. El monumento al creador de la bandera nacional se inauguraría ese mismo año, emplazado sobre el Bvard. Oroño, frente al Parque Independencia, culminándose de ese modo las gestiones que se encargaran en el Viejo Mundo a uno de los "prohombres" rosarinos, el ex intendente Santiago Pinasco. Otros apellidos destacados como el de éste darían origen, el 12 de octubre del mismo año, al diario La Tribuna, entre cuyos primeros directores se contarían Mario Antelo, Enzo Bordabehere y Vicente Pomponio, todos ellos bajo la sombra protectora de Lisandro de la Torre y de los hom­bres del Partido Demócrata Progresista, al que respondería política­mente el nuevo órgano de prensa.
Otra noticia proveniente también de fuera de las fronteras del país iba a provocar reacciones solidarias tanto en Rosario como en todo el mundo. Los primeros días de mayo, se movilizan por las calles de la ciudad los trabajadores de distintos gremios, indignados al conocerse la sentencia a muerte de Sacco y Vanzetti, luego de un largo e indigno proceso. Hubo enfrentamientos, muchas vidrieras céntricas rotas y pedreas reiteradas contra aquellos ómnibus y tranvías cuyo personal no se había sumado a la protesta.


Durante la campaña por Sacco y Vanzetti salíamos a fijar carteles: le dediqué largas horas de la noche y de allí me dirigía al trabajo, pasando una jornada bochornosa. Otras veces nos vimos en apuros porque nos interrumpían la tarea los vigilantes a caballo o policías. Una vez fui dete­nido por repartir volantes y conducido a la comisaría; después de una gol piza que me dio el agente, el comisario me amenazó con hacerme violas por un negro; terminé siendo trasladado al departamento central de poli­cía. Este maltrato de obra y palabra es causa de odio y resentimiento con­tra la policía; en aquellas circunstancias me hubiera alegrado tener noticias de la muerte de algún agente o autoridad de esa repartición o de cualquier sector armado...
(Grunfeld: Op. cit.)



Grunfeld revive en Memorias de un anarquista el clima de Rosario en los días previos a la ejecución de Nicola Sacco y Bartolomé Vanzetti: Las noticias daban cuenta de febriles actividades a lograr la parti­cipación del presidente de los Estados Unidos para salvar sus vidas. Creo que fue Calvin Coolidge quien no osó asumir esa actitud. En la noche del 23 de agosto de Í921 se congregaron millares de personas ante las pizarras de los diarios para escuchar los detalles de la ejecución. En Rosario se congregó una enorme multitud frente a La Capital y otros diarios. Allí estábamos cuando se supo el trágico desenlace y la multitud salió furiosa a romper vidrios de los tranvías para mostrar su repudio. Mi reacción también se manifestó rompiendo a puñetazos algunos vidrios de los mencionados vehículos, de tal suerte que durante varios días estuve extrayendo pequeñas esquirlas de vidrio de los cos­tados de mis manos...
En Buenos Aires, ante los rumores de que en Rosario podía enra­recerse el clima obrero, el Ministerio de Guerra ordenó a varios regi­mientos de caballería con asiento en la Capital Federal, que estuviesen listos para "bajar" a la ciudad, en la que el Regimiento 11 ya estaba acuartelado y listo para la represión. Las marchas y manifestaciones pro­seguirían sin enfrentamientos graves por casi cuatro meses más, alcan­zando su mayor efervescencia en los días previos a la ejecución de los dos obreros italianos, que se produciría el 23 de agosto, en el mismo año en que los periódicos locales y nacionales comenzaban a incluir en las noticias provenientes del continente americano el nombre de Augusto César Sandino, que iniciaba entonces su lucha contra la dic­tadura somozista en Nicaragua
Un tercer episodio tan luctuoso como el anterior y también ocurrido en el exterior completaría un año de resonancias trágicas: el hundimiento del transatlántico "Principessa Mafalda", frente a las costas de Brasil el 25 de octubre pasadas las diez de la noche. El terri­ble saldo del naufragio (295 personas) impactaría de modo visible en la ciudad, donde la colectividad italiana era mayoritaria, ya que el buque italiano transportaba, además de los 62 pasajeros de primera clase y los 83 de segunda, más de 1000 de tercera clase, casi todos ellos inmigrantes, en general trabajadores "golondrinas" que llegaban para trabajar en la recolección de la cosecha y retornaban luego a Italia. Muchos eran parientes, amigos o paisanos de compatriotas que habían elegido a Rosario y Buenos Aires como sus residencias permanentes, y la búsqueda de noticias sobre los desaparecidos empujaría hacia los diarios y las agencias marítimas a cientos de italianos ansiosos por cono­cer las listas de desaparecidos en la tragedia, que sumaron 300.
El "Principessa Mafalda" había zarpado de Genova con proble­mas en su sala de máquinas que al parecer no pudieron ser soluciona­dos del todo pero que no impidieron su salida. El buque realizaba su última travesía oceánica ya que iba a ser raleado del servicio, superado por las nuevas concepciones y adelantos de la industria naviera que se habían producido desde 1908, fecha de la botadura de la nave a la que Guillermo Marconi había utilizado como sede para sus experimentos con la radiotelegrafía.
Fue el primer transatlántico de lujo que uniría Buenos Aires con el Mediterráneo y uno de los más veloces de su tiempo. Con sus 9210 toneladas, 485 pies de eslora y 55 metros de manga había sido, desde su viaje inicial, el elegido para el cruce hacia Europa de las familias de las clases adineradas de Argentina, Uruguay y Brasil, del mismo modo que colmaría su tercera clase con inmigrantes que emprendían desde Genova la aventura de radicarse en el país.
El rescate, encarado por las embarcaciones que se hallaban en condiciones de llegar rápidamente al lugar del naufragio, permitió el salvataje de 996 hombres y mujeres, que se distribuyeron en los buques "Formosa", "Alhena", "Empire Star", "Mosella" y "Rosetti". El arribo del primero de ellos a Buenos Aires, el 2 de noviembre, movilizó a buena parte de la ciudad hacia el puerto y desató una ola solidaria que tendría su episodio disonante: la orden de Mussolini al embajador italiano en Argentina, de no aceptar donaciones ni apoyar las suscrip­ciones que se organizaban espontáneamente en la Capital Federal tanto como en Rosario.
Otro hecho tremendo conmovería en julio de 1927 a argentinos y chilenos al producirse la llamada "Tragedia de Alpacatal", en la que morirían 21 cadetes militares chilenos que viajaban hacia Buenos Aires para participar en los actos y desfiles de conmemoración del Día de la Independencia. El tren que los conducía desde Mendoza chocó de frente con otro convoy, en las cercanías de la localidad cordillerana mencionada, provocando el incendio de los vagones y las escenas de espanto previsibles. La juventud de los caídos en el accidente ferrovia­rio, el motivo de su viaje a la Argentina y lo absurdo de sus muertes hizo que el nombre del remoto y desconocido poblado estuviera por mucho tiempo en boca de todos. Los cadetes supervivientes (hubo además 6 de ellos heridos en el choque) prosiguieron el viaje a la Capital Federal y desfilaron por sus calles ante el aplauso, las lágrimas y la emoción de todos.
Como una necesaria distensión de tantos sucesos luctuosos, la ciudad se refugiaba cada vez más en el deporte, en especial en el fútbol y el automovilismo. En el primer caso, el año ofrecería satis­facciones legítimas a los rosarinos futboleros. El 25 de mayo, con el triunfo de la selección rosarina sobre la de la Asociación Argentina de Fútbol, por la Copa Rosario, en el estadio de River Plate, con lleno completo de 25 mil personas. El equipo ganador reunía nombres incor­porados a la historia del fútbol: Díaz, Sarasívar y Bearzotti; F. Sarasívar, Fioroni y Conti; De Muri, Medina, Gabino Sosa, Indaco e Indaco, y lo mismo ocurría con el rival, derrotado por 2 a 0: Botasso, Bidoglio y Reccanattini; Evaristo, Monti y Orlandini; Carricaberry, Benítez, Seoane, Alfieri y Orsi. La revancha, en la cancha de Newell's Oíd Boys, terminaría igual.
La llegada del poderoso Real Madrid español, que en Buenos Aires había vencido a Boca 2 a 1 dejando una grata impresión, colmó también el estadio del Parque Independencia, donde el dueño de casa se encargaría de demostrar la existencia de una supremacía rosarina cada vez más visible, con un 4 a 0 inapelable, producto de los goles de Aguirre (2), Libonatti y el "Mono" Francia.
Pero la primera noticia del año 1927 relacionada con el fultbol estaría vinculada a uno de los más notables jugadores de todos los tiem­pos en Rosario y, se asegura, en el país, el "Negro" Gabino Sosa, a quien su club, Central Córdoba, homenajea el 1o de febrero, como recono­cimiento a sus espléndidas perfomances en los campos de juego de Chile, donde brillara como una de las figuras del Campeonato Sudamericano de 1926.

Gabino Sosa no sólo era un gran jugador. Fue un gran hombre. Ni siquiera los excesos del alcohol que muchos le achacaban, le hacían perder su línea de conducta; dentro o fuera de la cancha jamás se com­portó de otra manera que lo que realmente era: un hombre bueno, pací­fico, retraído, como si fuera ajeno a la enorme admiración que su solo nombre despertaba. Contaba un viejo dirigente charrúa que a comien­zos de la década del 30 fue Central Córdoba a jugar un encuentro amistoso en Buenos Aires. La idea era "mostrar" a algunos jugadores del equipo a ver si despertaban el interés de los clubes porteños. Era el comienzo del profesionalismo y todos estaban a la caza de los cracks. Gabino, ya en los últimos años de su carrera, hacía maravillas con la pelota pero ninguno de sus compañeros acertaba siquiera una. En el entretiempo (ya perdían por goleada) el directivo reconvino seriamente a los futbolistas, explicándoles que así ninguno sería contratado para jugar en la Capital. Gabino rompió su mutismo habitual y respon­dió más o menos esto: No les hable de plata. Hábleles de fútbol. Esto es un juego, no un negocio: y nosotros sólo venimos a jugar, no a negociar...
(Andrés Bossio: "El nacimiento de los clubes deportivos", en Historias de aquí a la vuelta, Rosario, 1991)


El mismo año (el 7 de enero) Domingo Bucci gana por tercera vez la carrera Rosario-Santa Fe, con un tiempo récord de poco menos de 3 horas, aventajando a otro participante famoso: Raúl Riganti. Los diez automóviles inscriptos eran casi mayoritariamente de marcas dife­rentes: Ford, Hudson (con los que corrieron Bucci y Riganti), Hupmobile, Bugatti, Packard, Chevrolet, Rugby y Alfa Romeo. Por los mismos días, aparece en La Capital una publicidad de "Energina", la marca de nafta perfecta, que da seguridad al motorista y permite al motor desarrollar toda su potencia. El combustible era producido por la Anglo Mexican Petroleum Co. Ltd. y sus avisos mostraban un auto de carrera luciendo una enorme cruz svástica del tamaño del radiador...
Tres días después y con un calor sofocante se larga la compe­tencia Rosario-Santa Fe de ciclismo, que gana otro de los deportis­tas legendarios, Cosme Saavedra, después que muchos competido­res quedaran fuera de carrera en los arenales de Coronda. El 12 de enero, la expectativa corresponde a los entusiastas del cricket, mayori­tariamente británicos, con la llegada a la ciudad de sus compatriotas del Marylebone Cricket Team que juega en el "field" de Atlético del Rosario, en Plaza Jewell, contra un equipo rosarino.
La radiodifusión, mientras tanto, tenía cada vez más adeptos en la ciudad y los rosarinos amantes del tango y del jazz se solazaban en enero de 1927 escuchando por la "broadcasting" F.2 Rosario de la Sociedad Rural de Cerealistas a la orquesta típica y jazz band de Abel Bedrune, según anunciaba La Capital, que agregaba: En esta audición el celebrado cantor nacional Agustín Magaldi, del dúo Magaldi-Noda de la metró­poli, cantará en compañía de la orquesta Bedrune algunas de sus producciones y estrenará el tango de Ruiz "Carne de pecado".
Los rosarinos se enterarían, con el retraso que corresponde a una ciudad tan alejada, en el extremo austral del continente, de dos nove­dades que se vinculaban con los avances de la tecnología: la aparición del Ford A, en Estados Unidos, que dejaba atrás al Ford T, que inun­dara el mundo en la década del 10 al 20, y la irrupción del cine sonoro con "El cantor de jazz", que se convirtió en tumba de muchos de los divos y divas del cine mudo a quienes sus voces, metálicas, chillonas o directamente desagradables, condenarían al más cruel ostracismo. También desde el exterior, en noviembre, llega una mala nueva: la muerte de Ricardo Güiraldes en París, lejos de la pampa donde galo­para don Segundo Sombra.
Entre abril de 1917 y agosto de 1928, la ciudad iba a protagoni­zar un hecho insólito: una seguidilla de cinco intendentes, uno de ellos muerto en un accidente, que no tendrían tiempo ni siquiera para hacer perdurable su paso por el palacio custodiado por los leones donados por Mazza: Antonio Reynares Solari, Isaías R. Coronado, Leónidas Loza, Angel Enghel y Tobías Arribillaga.
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo II  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones









lunes, 6 de abril de 2015

De esponsales y mansiones



Por. Rafael Ielpi 
 El casamiento de Alfredo J. Rouillón con María Hortensia Echesortu, hija de Ciro Echesortu (quien cedería a la pareja su man­sión en Alberdi, la hoy restaurada "Villa Hortensia"), celebrado el 21 de abril de 1901, es un buen ejemplo de otro de los aspectos de la vida social, aunque no el único, como se verá. El lustre social de ambos hizo que su boda se convirtiera en un acontecimiento que congregó, por lo demás, a casi toda la hígh socíety rosarina y a una concurrencia impor­tante de curiosos, ávidos por ver de cerca a la que las revistas sociales del momento describían como una de las jóvenes cuya belleza y cuya dis­tinción tan pregonadas han sido en el Rosario, adorno de los salones elegantes, que a sus gracias físicas une los mayores encantos morales e intelectuales.
      Los esponsales tuvieron todo lo que marcaba la etiqueta y los ape­llidos: ceremonia en la Catedral, conducida por el padre Grenón; orquesta para la Marcha Nupcial de Mendelsohnn, que sonó en cuanto la pareja puso los pies en el templo, y el Ave María de Gounod, que novios y cortejo escucharon de rodillas mientras los invitados se ocu­paban de cogotear para contabilizar presencias del mismo abolengo y  el resto de los espectadores se conformaba con esperar la salida de los recién casados, que no tendrían la tradicional fiesta posterior, pues el luto del novio impidió efectuar en la casa de los Echesortu otra cosa que un té, según puntualizaba La Idea.
El ajuar de la novia colmó las expectativas de las damas de su clase e hizo suspirar a más de una de las mujeres que "bichaban" el acontecimiento desde la Plaza 25 de Mayo: Vestía la señorita Echesortu un espléndido traje, maravilla de confección, formando túnica pricesse sobre raso blanco recogido de un lado, chattelaine mogen age de azahares y cola lila de raso. Llevaba en la mano un ramo de azahares en un cartucho del mismo encaje del vestido; el peinado alto imitaba el antiguo chignon suje­tando en la parte posterior el tenue velo de punto de Inglaterra, debajo del cual una pequeña corona de flores se prendía a los negros cabellos, porme­norizaba La Idea para satisfacer a las interesadas lectoras.
En la casa de los Echesortu, dispuesta con toda magnificencia, se agrupaban los elementos propios de las mansiones de la haute: luces, tapices, obras de arte, objetos de marfil, moblaje europeo, matiza­dos por los ramos de flores que llegaban, mientras el capítulo de los regalos constituía un maravilloso bazar de joyas, de objetos valiosísimos, de ramos caprichosos de orquídea. Toda la flora de los jardines e inver­náculos de la ciudad, que hacia 1900 tenía al "Jardín del Ferrocarril", de Entre Ríos 239 como uno de los proveedores de orquídeas del Rosario. Entre 1910 y 1923 aproximadamente, arreglos florales, plantas, arbustos, etcétera, podían adquirirse en "Au Printemps", de Córdoba 850, especialistas en parques y jardines; "El Jardín Japonés", de Falip Hermanos, en Mitre 955; la "Semillena Inglesa", de Robert Brownig, y "Al Jardinero Moderno", de J. Catherine, de Sarmiento 882, a los que se sumarían muchos otros, algunos en barrios como Echesortu o Alberdi, que atendían las necesidades de las respectivas zonas de la ciudad.


También los presentes k entonces eran distintos de los regalos de hoy. Figuraban m primer término alhajas, collares, anillos, diademas, aderezos, caravanas, piochas, flores k piedras. Entre los objetos no faltaba nunca el juego de lambo ie plata, que tenía un lugar destacado en los cuartos de vestir de las casas de entonces. Estoy viendo esas habitaciones alhajadas con la moda de fines de siglo, cuando imperaba el estilo Luis XV, en los muebles de nogal de Italia, con sus curvas y adornos característicos y sus espejos y guardas doradas. Aquellos roperos inmensos de tres cuerpos, aquellas toilletes y aquellos lavabos, también de nogal con tapa de mármol donde el juego de plata lucía primorosamente sus piezas. Entre los dentar objetos de moda, contábanse infinidad de fuentes, lámparas de pie, a mecha y querosene, y mesitas de todos los tamaños, piezas de Sevres, bibelots, terracotas, negros venecianos o estatuas, que irían a acrecentar la amonto­nada copia de adornos que lucían las amplias salas de entonces.

(Gastón Federico Tobar: Evocaciones porteños, Guillermo Kraft, 1949)


En octubre de 1903, la misma revista menciona como la nota social más alta del año a una suntuosa fiesta ofrecida a sus relaciones, que eran numerosas, por Víctor Recagno y su esposa, Gilda Zenoglio de Recagno. El ámbito sería su elegante y regia morada de la calle Buenos Aires. El mismo año, a mediados de diciembre, el casamiento de Saturnino Funes dio lugar al inevitable banquete en la Confitería "Los Dos Chinos", donde los invitados debieron firmar la tarjeta-menú de rigor, agregando un pensamiento acerca del matrimonio. La anécdota sirve para ejemplificar costumbres pero también con­vicciones de la época.
El elegido para redactar la primera frase fue el abogado Perfecto Araya, uno de los intelectuales más distinguidos de nuestros círculos sociales y que por sus antecedentes amorísticos (sic) era el más indicado para llenar satisfactoriamente la misión que se le confiaba, dice La Idea. Araya los decepciona al declararse partidario del celibato junto a otros cuan­tos caballeros, quienes rubrican el siguiente mensaje al novio: ¡Vete! Que encuentres en el cielo de sus ojos místicos, placeres y halagos infinitos: esos son nuestros deseos. Nosotros no arriamos la bandera: seremos mártires de la libertad, pero nunca mártires del amor que encadena; firmaban Araya, Modesto Cabrera, Otorino Costa, Jorge Doncel, Juan Aliau, Francisco Netri, Arturo Gámez y dos o tres más.
Los que no quisieron adherir escribieron "profundidades" como éstas: Las cadenas de la libertad son peores que las del matrimonio (Antonio Cafferata José A. Campos); ¡Ojalá todas las cadenas fueran como las del matrimonio! (Antonio López Zamora, Eduardo López, Artemio Sánchez, Alfredo Goytía), mientras hubo quien, como Oscar C. Meyer, se lavó las manos en forma olímpica: Es un homenaje pero no me com­prometo al respecto...
  La Idea, que en su afán de detallar cuanto episodio ocurriera en aquellas veladas sociales de principios de siglo era capaz de Ile­gal ,1 la minucia, lograba a veces que sus notas tuvieran aciertos de humor impensados, como cuando describe a Otto Grieben, uno de los adinerados rosarinos de entonces, como un distinguido caballero, comer­ciante él, rubio tirando a canario, y conocido por sus exquisitas espiritualida­des, que aunque muchas veces las dice en inglés, es tan amable que enseguida las traduce a nuestra lengua para que las gocen aquellos que no comprenden el idioma de la rubia Albion...
Las convenciones sociales en lo que respecta a noviazgos, com­promisos y matrimonios eran inamovibles entonces, como lo demues­tra, por ejemplo, la breve noticia periodística que a mitades de 1910 daba cuenta (por tratarse de apellidos a los que valía la pena distin­guir) que el señor Juan Marull ha solicitado y obtenido la mano de la seño­rita Silvia OrtizVivanco para el señor Juan Ramón Marull, no habién­dose aún fijado la fecha de la boda, pero los festejos ya están empezando. No menor difusión tenían los casamientos de hombres y mujeres vinculados con el sector social más relevante.
En octubre del mismo año, La Capital informa del enlace Eduardo Ortiz-Augusta Burger, que, ya se adelanta, constituirá una de las notas sociales más salientes del año, a la vez que anuncia que los desposados par­tirían de inmediato a Europa para la ritual luna de miel. También en ese caso se mencionan los habituales apellidos de muchos de aquellos inmigrantes o hijos de inmigrantes enriquecidos en la ciudad, princi­palmente con la actividad comercial: Guillermo Heindenreich, Otto Grieben, José Arijón, Enrique Herwig, Pablo Wiedenburg, etcétera.
    La relevancia de estos eventos sociales perduraría casi las tres primeras décadas del siglo: en 1916 se destaca como evento social des­collante el compromiso matrimonial de María Susana Recagno con el doctor Juan V. Gil, que incluíala obligada recepción en la casa paterna de la novia, con invitación a las familias de la sociedad rosarina. Sobre finales del mismo año, el casamiento de Amalia Gollán con el inge­niero Manuel J. Cafferata motiva otro revuelo en la sociedad local: por las vastas vinculaciones de los contrayentes, este enlace dará margen a una brillante fiesta social, adelanta la prensa.
Los casamientos "de campanillas", como se los llamaba, eran capaces de ocupar la atención del Rosario de entonces un par de semanas, ya que se convertían en la comidilla social de una ciudad atenta a ese tipo de acontecimientos que, de algún modo, la sacaban de la rutina cotidiana, de la misma manera que lo hacían las grandes divas del teatro o de la ópera, los grandes tenores y trágicos italianos y las novedades que, como el cine o la fonografía, venían a traer sacu­dones de progreso a la ciudad.
Uno de aquellos casamientos fue el de Lucrecia De Elía con Matías MacKinley Zapiola, en noviembre de 1913, con el Dr. Nicanor De Elía como padrino, que lo era tanto de bodas como de duelos. Los esponsales fueron bendecidos por el presbítero Nicolás Grenón en la Catedral, un privilegio otorgado por lo general sólo a los grandes apellidos, con orquesta y coro dirigidos por el maestro italiano Pasquale Romano, que se lució con la marcha nupcial de Tanhauser de Wagner. La fiesta, en el llamado "Palacio De Elía", de Bulevar Oroño y Men­doza, derivó, entre champagne francés y exquisiteces diversas, en un "afile" entre Ciro Echesortu (h) y María Susana Recagno ambos jóvenes exponentes de la high rosarina, según lo consigna al pie de una fotografía de ambos la revista Monos y Monadas de esa fecha.
De Elía era un próspero abogado, de origen porteño, nacido en 1864 y arribado al Rosario treinta años más tarde. Aquí, sería asesor legal de algunas de las más importantes empresas e instituciones de la época, como el Banco de Londres y Río de la Plata, el Banco Inglés de Sudamérica, las compañías de teléfonos, aguas corrientes y electri­cidad. Fue parte en juicios resonantes y también empresario, lo que le permitiría consolidar una importante fortuna.
Unos años más tarde, en septiembre de 1915, una revista porteña hacía la crónica social de otro de esos casamientos "de campanillas", el de María Elena Castilla con Carlos Firmat Lamas, cuyos testigos portaban también apellidos notorios como Lorenzo Larguía, el ubicuo De Elía, Francisco R. Güeña y el ex intendente Luis Lamas, pariente del novio. La publicación consigna: El templo de Nuestra Señora del Rosario había sido artísticamente arreglado, especialmente el altar mayor, que resplandecía de luces, tules y guirnaldas de rosas y camelias blancas.
La puntillosa descripción de los vestidos de la novia y sus invi­tadas sirve asimismo como manual de la moda de ese tiempo: Lucía elegantísima toilette de tul de ilusión con manto de charmesse, guía de aza­hares y muguet en el peinado, que realzaba notablemente su delicada belleza,  dice de la joven desposada, pasando x enumerar después: Seguíanle doña Sara Rozas de Lamas, con taffetas negro y azabache, loca de fantasía; Elrmira Sohn de Castilla, de encaje negro con adornos chantilly, lo, a negra de tul; Carolina del Campo de De Elía, de seda floreada, encajes y toca negra; María Susana Recagno, de encaje blanco, malinas fondo rosa y sombrero negro con aigrette. Toda una mini-guía social.
Lo ulterior no escaparía a lo usual en fiestas de ese núcleo so< i.d recepción a los invitados en los salones de la "Rottiserie Cifré", donde el salón principal había sido habilitado para el baile y el hall y los demás salo nes contiguos fueron ocupados por pequeñas mesas dispuestas con todo buen gusto y adornadas con preciosas corbeilles de flores naturales. Dentro de ese marco de lujo y distinción es de imaginarse el cuadro encantador que ofrecería esta fiesta que señala el enlace más aristocrático del año, se entusiasmaba la añeja publicación.
    Aquella parafernalia social no iba a ser sin embargo privativa de los primeros años del siglo ni del Centenario. Casi sobre el filo de las tres décadas que abarca este libro, en 1929, las revistas porteñas como El Hogar, Para Ti, Atlántida e incluso Caras y Caretas, ya en sus últimos años de aparición, incluían a veces con gran despliegue gráfico, los acontecimientos sociales de Rosario, como el casamiento Rouillón-Tietjen, realizado en el por entonces llamado "Palacio Rouillón", actualmente conocido como "Villa Hortensia", con frente sobre calle Warnes entre Superí y Herrera, mirando a la Plaza Alberdi.

Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones





jueves, 2 de abril de 2015

Paisanos y gauchos en los orígenes de los barrios ribereños de Rosario. -Arroyito y el Puente Ludueña



Por Jorge Tomasini Freyre

La ribera occidental del Paraná desde la desembocadura del Carcarañá hacia el sur, es un sector de la cuenca del Plata donde corren múltiples arroyos grandes y pequeños.
Sus tierras forman parte del sur de la provincia de Santa Fe y el norte de la de Buenos Aires, región tempra­namente denominada "Pago de los Arroyos", y recordado hasta hoy por la ciudad de San Nicolás de los Arro­yos, como lo fuera alguna vez nuestra ciudad: Capilla de Nuestra Señora del Rosario de los Arroyos. Los conquistadores introdujeron en la fauna de la región los yeguarizos y los vacunos que procreándose en libertad dieron lugar a riquezas antes inexis­tentes.
A fines del siglo XVII erraban los ga­nados sin dueño conocido, dispersos al sur del Carcarañá en el extenso pago de los arroyos, donde muchos años después se levantarían poblaciones y ciudades, hoy importantes centros in­dustriales y agroexportadores del país.
Durante aquel siglo la demanda eu­ropea de cueros y ganado vacuno en pie con destino a los mercados altoperuanos, igualmente de mulares, deter­minó a los hacendados santafesinos a concentrar sus principales actividades en la cacería del ganado cimarrón con fines comerciales.
Al igual que en muchas sociedades coloniales americanas, en Santa Fe se conformó un grupo de poder cuyo ob­jetivo común fue el control de los re­cursos y el manejo de la política local. Las familias de Fernández Montiel, Santuchos, Aguilera, López Pintado, Gayoso, Jiménez Navarro, Ramírez Gaete, Márquez Montiel, Gómez Re­cio, Romero de Pineda, entre otras, fueron al mismo tiempo cabildantes, estancieros, criadores de muías, accioneros de vaquerías y comerciantes. El arroyito vertía sus aguas en el Para­ná en tierras que por entonces pertene­cían a Antonio de Vera Mujica, tierras que, en 1719, fueron adquiridas por los Jesuitas de Santa Fe que fundaron la célebre estancia de San Miguel del Carcarañá.
Desde una frustrada y discutida merced real otorgada en 1656, Vera Mujica fue adquiriendo tierras que se extendieron de la desembocadura del río Carcarañá al norte, hasta el "Sanjón de Salinas" o el "Paraje de Salinas" al sur con una profundidad aproximada y variable de seis a diez leguas hacia el oeste. El arroyito denominado en los docu­mentos como "de Salinas", fue el lími­te de dichas propiedades que las sepa­raron a partir de 1689 de la merced real concedida a Luis Romero de Pineda, que se extendía desde ese punto hasta la Matanza, entre lo que hoy es arroyo Frías y Arroyo Seco. Según los historiadores Ricardo Orta Nadal y Bernardo Alemán, el arroyito fue así nominado, en virtud de haber establecido en ese sitio su campamen­to Bartolomé de Salinas que adquirió derechos de acción sobre el ganado ci­marrón en el pago o bajada de "Don Lorenzo" hasta el arroyo que tomó su nombre.
Según Cervera, en 1681, Romero de Pineda había otorgado a Salinas su de­recho de acción a los ganados en dicha región, en garantía de un préstamo en dinero. Pocos datos hemos obtenido acerca de la personalidad y activida­des de Bartolomé de Salinas, pero lo cierto es que la región del Valle Cal-chaqui y el Pago de los Arroyos eran objeto de indiscriminadas cacerías de ganado cimarrón, muchas de ellas clandestinas, practicadas por vaqueros provenientes de Santiago del Estero, Córdoba y San Luis.
En noviembre de 1673 el Cabildo de Santa Fe prohibió vaquear y hacer fae­nas de sebo y cueros en la otra banda del río Carcarañá hacia el sur, a solici­tud de los vecinos de Santa Fe y Bue­nos Aires, accioneros de ganado cima­ rrón de la zona. A los infractores se les daría por perdidos los animales reco­gidos, cabalgaduras, carretas y bueyes, pena que se aplicaría por mitades a la Cámara de su Majestad y construcción de la Iglesia y Convento de San Fran­cisco.
A los indios, negros, mestizos y mula­tos que intervinieran les serían aplica­dos 200 azotes. Hernandarias, nuestro primer gobernador criollo, había pro­hibido la participación de estos últi­mos en las mencionadas funciones.
En todo caso, los accioneros debían justificar sus derechos ante el Cabil­do para hacer recogidas o matanzas.
Para las concepciones jurídicas de la época, la propiedad de dichos ganados correspondía a los sucesores de los ve­cinos y familias fundadoras de Santa Fe, Asunción o Buenos Aires que ha­bían poblado sus campos de ganados, y que luego se dispersaron debido a negligencias, ataques de los naturales o epidemias diversas.
El derecho de recogida o faenamiento de animales se denominaba "acción de ganado" y sus titulares "acción de ganador" que eran los personajes que en definitiva organizaban las vaquerías. 
Según Emilio Coni, el primer permiso que se conoce fue concedido por el Cabildo de Buenos Aires al portugués Melchor Maciel en 1608, permiso que sentó las bases de la doctrina que men­cionamos. Sin embargo, otros autores sostienen que dichas funciones fueron practicadas en Santa Fe en fechas muy anteriores. Se fundamentan en las ins­trucciones que el Cabildo de Santa Fe entregó al procurador de la ciudad Fe­liciano Rodríguez en febrero de 1594, en el sentido de solicitar al Goberna­dor de Asunción autorización para va­quear en jurisdicción de la ciudad de la Santísima Trinidad y puerto de Santa María de Buenos Aires, en virtud de la ayuda que Santa Fe prestó para la fundación de aquella ciudad. Apunta Bernardo Alemán, que el origen de los ancestros del gaucho se en­cuentra en las vaquerías santafesinas, ya que sus protagonistas naturales fueron los "mancebos de la tierra", al­tivos mestizos hijos en su mayoría de conquistadores y guaraníes. Paisanos muchos de ellos, otros "mozos perdi­dos", nombrados así por Hernandarias en 1617 en carta dirigida al Rey de España, quienes tenían por costum­bre aquerenciarse en campos ajenos viviendo en total libertad lejos de la autoridad de los accioneros y funcio­narios reales.
Santa Fe por obra de Hernandarias, pobló de estancias y ganados el litoral rioplatense, naturalmente los "mozos perdidos" que más tarde serían llama­dos "changadores","camiluchos","gauderios o gauchos", siguieron la ruta de la expansión pobladora santafesina. Estas últimas denominaciones utiliza­das peyorativamente como adjetivos o sustantivos, eran aplicadas a persona­jes trashumantes contrabandistas de cueros y ganados, ladrones de caballos sin domicilio y oficio conocido, y al igual que los paisanos eran expertos en el manejo del caballo, el lazo, las boleadoras y el cuchillo. Cuestión distinta fue la consagración literaria del gaucho como paradigma de la nacionalidad argentina, que pre­tendía Leopoldo Lugones en sus escri­tos, especialmente en "El Payador" (1916), donde confunde las virtudes naturales de los paisanos habitantes de la campaña, atribuyéndolas sin mayor análisis al gaucho. No tuvo en cuenta los documentos depositados en nues­tros archivos y tampoco las observa­ciones históricas de Félix de Azara, Martín de Moussy, Francisco Muñíz o Lucio V. Mansilla, donde queda claro que el gauderio o el gaucho, era el pai­sano marginado por infractor a leyes humanas y positivas necesarias para una convivencia más o menos civili­zada.
Mal podía ser considerado como el protagonista principal de una epopeya nacional, pero la creación literaria se impuso a la realidad histórica, y hoy en el uso coloquial de nuestra lengua el paisano y el gaucho pueden conside­rarse como sinónimos. El paisano era el habitante de la cam­paña con trabajo y residencia determi­nada, que tanto podía desempeñarse como agricultor, estanciero, capataz o peón de campo en sus diversas va­riedades, arreador, tropero, puestero o conductor de carretas. En oportuni­dades el paisano fue también, milico, comisario de campaña, comandante militar, Alcalde de la Hermandad y Juez de Paz.
Además muchos de ellos poseían ofi­cios diversos como albañiles, zapa­teros, carpinteros, herreros, pero el denominador común es que en su ma­yoría eran hábiles en las tareas cam­peras. Las vaquerías requerían una fuerte inversión de capital, representa­do por el valor de numerosas carretas, bueyes, caballos y recursos financieros para pagar anticipadamente los víveres de la expedición, los salarios de los desjarretadores, cuereadores, sebeadores, capataces y peones en general. Según Emilio Coni, estas expedicio­nes requerían entre cuarenta y cien paisanos, que incluyendo vicios había que mantener por espacio de tres a seis meses, que es el tiempo medio que de­mandaba una excursión con provecho económico.
El derecho de acción en general estaba asociado a la herencia y a la propiedad de la tierra, pero fue un derecho inde­pendiente otorgado por los gobernado­res o los cabildos con valor propio que podía donarse o enajenarse. En la década de 1670, Luis Romero de Pineda defendió ante la justicia contra Tomás Gayoso, su derecho de acción de ganado en el rincón del Carcarañá y la bajada de Don Lorenzo (San Lo­renzo). Gayoso se consideraba titular de esos derechos por haber heredado una estancia de su abuelo macano Cristóbal Martín de Betancourt casado con Isabel Arias Montiel, que abarca­ba desde la Matanza al paraje de los "Tres Arroyos" hoy Pavón, del Medio y Ramallo. que conformaba parte de la merced real otorgada por Hernanda­rias a Alonso Fernández Montiel.
Esta estancia fue poblada de vacunos por Betancourt en 1645, que luego se esparcieron por todo el territorio del Pago de los Arroyos. Sin embargo, An­tonio Vera Mujica informó que el título de principal accionero de ganado ci­marrón en el espacio comprendido en­tre el Carcarañá y la Matanza (Arroyo Seco), correspondía a Martín de Vera y Aragón. Romero de Pineda que obtuvo un amparo del gobernador de Buenos Aires, acreditó con documentos feha­cientes ante el Cabildo haber adquirido esos derechos de manos del capitán Pe­dro de Vega y Aragón, hijo del antiguo titular mencionado por Vera Mujica.
No caben dudas que el origen del poblamiento de Rosario en el paraje del Saladillo estuvo íntimamente vincula­do con la actividad de las vaquerías. Romero de Pineda vecino de Santa Fe fue Alcalde de la Hermandad en 1665, procurador general de la ciudad en 1679, y Alcalde de segundo voto en 1681, pero sus ocupaciones habituales e intereses estaban en el campo. Dicen algunos autores, que su esposa Anto­nia Alvarez de la Vega por escritura de abril de 1651, aportó como dote al matrimonio una media legua de tierras en el Cululu.
En 1674 celebró un contrato de fletamento por el cual se obligó a transpor­tar hacia el Tucumán 24.000 cabezas de ganado, y años después, lo encon­tramos vaqueando en la "otra banda del Paraná" (Entre Ríos) junto a su yerno Juan Gómez Recio. Cuando obtuvo la merced real de 1689, su elección no fue casual, conocía las ventajas de estas tierras para la reco­gida, cría de vacunos y mulares. Dicen diversos autores, que en 1719 se esta­bleció en el arroyo Salinas Antonio Ludueña, propietario de tierras en el paraje Ascochingas las que tuvo que abandonar debido a los reiterados ata­ques de los naturales, emigrando como otras familias al Pago de los Arroyos. Según Alberto Montes, su residencia en la región se prolongó por muchos años, otorgando testamento ante el Alcalde de la Hermandad José Bene-gas en 1643. Construyó su vivienda y corrales en las inmediaciones del arroyo, cuya permanencia en el lugar determinó que el sitio en adelante, fuera conocido como "de Ludueña" trastocando el original "de Salinas". Ludueña se estableció como agregado en la porción de campo perteneciente a Luis Gómez Recio, nieto de Romero de Pineda.
Vino acompañado de sus yernos Luis Farías, José Villarruel y su nieto polí­tico Santiago Montenegro casado con Bernarda Farías, al parecer todos ellos se afincaron en estos pagos según apre­ciaciones de Augusto Fernández Díaz. Montenegro era propietario de carretas y bueyes e intervenía en las faenas de los vaqueros, en junio de 1726 aunque no fue sancionado, el procurador de la ciudad de Santa Fe lo denunció por haber extraído dos carretadas de sebos en tiempos que dichas faenas estaban prohibidas.
Se estableció en la Capilla del Rosario, criador de ganados, agricultor, dueño de una atahona y pulpería. Prosperó en sus negocios, ocupó el cargo de Al­calde de la Hermandad en los arroyos, pudo adquirir una lonja de terreno en lo que hoy constituye el centro de la ciudad, construyó el edificio de la Ca­pilla ya que la primitiva de Gómez Re­cio estaba en ruinas, y en 1757 donó los terrenos en el sitio donde hoy se encuentra la Basílica y el Palacio Mu­nicipal.
Es posible que a partir del poblamiento de Ludueña en el arroyito, otros paisa­nos se radicaran en la zona. En el pa­drón levantado por el Alcalde Bernar-dino Moreno en 1815 de las personas que habitaban las inmediaciones del Ludueña y San Lorenzo, reveló la exis­tencia de unos 536 moradores entre va­rones, mujeres y menores, incluyendo agregados, esclavos, libertos, pardos y morenos.
La mayoría nativos de la Capilla, otros paisanos provenían de Córdoba, San­tiago del Estero, Corrientes, Paraguay, Santa Fe, Buenos Aires, Coronda y San Nicolás, registrándose algunos europeos generalmente españoles. En cuanto a ocupaciones y oficios, se ad­vierte un grupo numeroso de labrado­res, hacendados y estancieros, sin dis­tinguir quiénes eran propietarios de las tierras que trabajaban.
Los padrones muestran hacia mitad  del siglo XVIII un alto porcentaje de familias radicadas en campos ajenos con viviendas, vacunos, yeguarizos y sementeras, en virtud de lazos de pa­rentesco, arrendamiento, amistad o relaciones de trabajo con los propieta­rios. En otros casos eran simplemente intrusos. También existían capataces y peones de chacras, maestros de posta y postillones, sargentos, cabos y solda­dos, pulperos, albañiles, carpinteros, zapateros y sastres. El Cabildo de Santa Fe fue suprimido en octubre de 1832, y con él las funcio­nes judiciales, de modo que la Junta de Representantes sancionó el Reglamento Provisorio de administración de Justicia en enero de 1833, creando un Juez de pri­mera instancia en lo civil y criminal con jurisdicción en toda la Provincia.
 Por el artículo sexto se creaba un Juez de Paz con jurisdicción en el depar­tamento Rosario, acompañado de dos comisarios para la Villa, y en la cam­paña se designarían los que fuesen ne­cesarios, unos y otros a propuesta del juez de paz y sin sueldo alguno.
No sabemos quién fue el primer comi­sario de Arroyo Ludueña designado en diciembre de 1836, suponemos que se trató de Mariano Alcacer, quien fue nombrado o reelecto a principios de 1838 que tenía bajo su mando una par­tida celadora compuesta de un cabo y ocho soldados.
Desde antiguo aparecen las pulperías, algunos nombres de sus titulares han llegado hasta nosotros. En el padrón de 1815 se registra a José Díaz, puntano de 31 años, casado, y Vicente Ugarreta, vizcaíno de 67 años, solte­ro. En otros documentos de la Jefatura política (1854-60) se mencionan: Juan Caro natural de Santiago del Estero, Francisco Farías natural de San Lo­renzo, José de la Cruz Ríos natural de Córdoba, Pantaleón Urraco, José Alvarado, Felipe Pereyra, Juan Santos Rodríguez, Isidoro García y Lino Ibáñez naturales de Santa Fe. En 1858 Urquiza estableció el saladero "Once de Setiembre" alarde de tecno­logía industrial para la época, ubicado un cuarto de legua hacia el sur del Lu­dueña. Poseía un ferrocarril interno y un muelle sobre el Paraná desde don­de se exportaban sus productos hacia Brasil, Cuba y mercados de ultramar. Fuente importante de trabajo para los lugareños, sobre una liquidación de salarios de artesanos y operarios per­manentes del saladero encontramos las siguientes denominaciones: des-nucadores, desolladores, desmarcado­res, cuereadores, cabeceros y paleros, hachadores, charqueadores, zorreros, limpiadores de playa, conductores de carretas a Rosario, carreteros de playa, saladores de cueros, cargadore de cueros en el muelle, desgrasados fogoneros, herreros, toneleros, capatces y troperos.

Un puente sobre el Ludueña
Fue justamente Samuel Navarra administrador del saladero, que conjuntamente con otros vecinos presentó un proyecto para tender un puente sobre el Ludueña. Se hizo cargo de la iniciativa Nicasio Oroño Jefe Político y Presidente de la Muni­cipalidad, tomando en cuenta el nuevo camino que unía en línea recta Rosario con San Lorenzo, marginando en este tramo el camino real y la célebre posta del Espinillo (hoy ciudad de Capitán Bermúdez), donde el coronel de Gra­naderos José de San Martín se detuvo la noche anterior al glorioso combate de San Lorenzo.
Oroño llamó a licitación pública me­diante avisos en los periódicos loca­les, presentándose como postulante el vecino de Rosario y subdito del Reino de Prusia, Tomás Fuhr, propietario de la mueblería alemana ubicada en calle Rioja N° 142.
La propuesta redactada en seis artícu­los en términos generales establecía: El constructor se comprometía a ten­der un puente sobre el Ludueña de 16 varas de largo por cinco de ancho de madera de pino de Rusia, afirmado con durmientes de pinotea para darle la solidez y fuerza necesaria para resis­tir el peso de las carretas cargadas, y de los vehículos que acostumbraban a transitar por el camino a San Lorenzo. El costo se estimaba en unos mil pesos plata, valor de los materiales y mano de obra.
El Gobierno de la Provincia se obli­gaba a conceder al proponente en propiedad perpetua, una manzana de terreno a cada costado del puente, y en ambas márgenes del arroyo. Igual­mente concedería autorización para cobrar el derecho de "pontazgo", cuya tarifa se proponía de la siguiente for­ma: Por cada carreta vacía, medio real; por cada carreta cargada, un real; por volanta vacía, medio real; por volanta cargada, dos reales; por animal carga­do, un cuarto real. Las personas de a pie, los animales sueltos, los pasajeros a caballo, como todos los militares y empleados en el servicio público no pagarían peaje. Dicho derecho se re­servaba el contratista por el término de seis años, a cuyo fin pasaría en propie­dad a la Municipalidad. El 24 de mayo de 1863, Oroño aceptó la propuesta, elevando los anteceden­tes al Gobierno de la Provincia que la aprobó el 9 de abril de aquel año y for­malizó el convenio por escritura públi­ca. Tomás Fuhr transfirió sus derechos sobre el puente y la finca que constru­yó en una de las manzanas cedidas por el gobierno, a Nicolás Sotomayor por escritura de compraventa fechada el 23 de enero de 1867 y pasada ante el es­cribano Luis María Arzac, estipulán­dose el precio en cuatro mil quinientos pesos bolivianos.
Según el historiador Wladimir Mikielievich, Sotomayor construyó un nuevo puente de madera de veinte varas de largo por diez de ancho, con herrajes y barandas de hierro, que según su opi­nión debió ser una construcción muy sólida, ya que desde 1886 circulaba el "tramway" arrastrado por una yunta de caballos, que partiendo de la plaza 25 de Mayo llegaba hasta el Pueblo Alberdi.
Años más tarde, Fuhr instaló en Punta Barrancas la primera fábrica de tierra romana del país, desde el río podían observarse hasta hace poco tiempo las una especie de galena excava­da para extraer la tosca.
En octubre de 1855, por iniciativa de Nicasio Oroño, se emplazó en la pla­za principal la piedra fundamental del proyectado monumento a la Constitu­ción, que terminada la obra, consistía en un pedestal sobre el que se asentaba una columna de estilo jónico que re­mataba con una estatua alegórica de la Libertad. En sus ángulos se colocaron cuatro columnas menores, que soste­nían vasos de mármol a guisa de lám­paras votivas, rodeándose el conjunto con una alta verja de hierro. Demetrio Isola construyó la columna, Tomás Fuhr la estatua alegórica, por la que cobró cien pesos plata como consta en un recibo firmado el 19 de noviembre de aquel año. (1)
Fuhr casó con Ignacia Laborda, tuvo una hija llamada Ana, nacida y bauti­zada en Rosario el 23 de julio de 1868. Radicado en Buenos Aires, su capaci­dad e inventiva no declinó, se dice que en 1885 inventó el afirmado doble de madera, que patentó denominándolo "Pavimento Argentino".

Nota

(I) Museo Histórico Provincial "Dr. Julio Marc"
Archivo de la Jefatura Política-Año 1855-Recibos varios.
Bibliografía:

Cervera Manuel M. "Historia de la Ciudad y Provincia de Santa Fe". 2da. edición. Univer­sidad Nacional del Litoral. Santa Fe de la Vera Cruz, 1980

Fernández Díaz Augusto. "Rosario desde lo más remoto de su Historia 1650 a 1750". Esta­blecimiento gráfico Pomponio. Rosario. 1941. Montes Alberto. "Santiago Montenegro Funda­dor de la Ciudad de Rosario". Instituto de Estu­dios Nacionales. Rosario, 1977.
Coni Emilio A. "Historia de las vaquerías del Río de la Plata 1555-1750". Editorial Platero, Buenos Aires, 1979.
Viglione de Arrastia Hebe M.Ly Alonso Sebas­tián. Padrón de habitantes del Arroyo Ludueña y San Lorenzo en 1815.
Centro de Estudios Genealógicos e Históricos de Rosario. Boletín N" 3. Rosario, 2005.
Mikielievich Wladimir. "Memorias de Rosa­rio". Secretaría de Cultura, Municipalidad de Rosario, 1986

Fuente: extraído de la Revista “Rosario y su historia y región” Fascículo N• 137 de Febrero de 2015.

miércoles, 1 de abril de 2015

El Puente Arroyito



A pesar que oficialmente se lo deno­mina barrio Lisandro de la Torre, este populoso sector del norte de la ciudad, es conocido por todos con el nombre de Arroyito. Hace referencia este nom­bre al arroyo Ludueña que en su época separaba a Rosario del Pueblo de Alberdi. Para cruzar dicho arroyo exis­tía hacia finales del S. XIX un viejo puente de madera que fuera escenario en 1905, del enfrentamiento entre los revolucionarios radicales, comanda­da entre otros por Ricardo Núñez (en homenaje hay una calle de barrio la Florida con su nombre) y las fuerzas leales al oficialismo encabezada por el Coronel Hernández. También en 1888 se realizó a la margen de este puente, la primera Exposición Industrial de­cretándose por tal motivo, un feriado de tres días. El arroyo fue entubado varias décadas después, (página 31)
"Historia de los Barrios de Rosario" - Alberto Campa

Fuente: extraído de la Revista “Rosario y su historia y región” Fascículo N• 135 de noviembre de 2014.