Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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viernes, 19 de octubre de 2012

LOS HIJOS DE LA "IBERIA FECUNDA


Los españoles constituirían la otra colectividad fundamental las grandes oleadas inmigratorias de 1870 a 1930 y serían parte esencial del crecimiento y progreso de Rosario en las primeras décadas del siglo XX, de la mano de comerciantes de diversos rubros, sembré todo, y de los cientos de almaceneros de ese origen que instalaron sus negocios en todos los rincones de la por entonces apacible ciudad. Aquellos inmigrantes provenían en su mayor parte de tierras asturiana, gallegas y vascongadas, pero vinieron también andaluces, canarios, catalanes y castellanos, sobre todo a partir de los años del Centenario, cuando la guerra con Marruecos hizo que muchos españoles, en especial los jóvenes y otros que habían dejado de serlo no hacía mucho, Prefirieron emigrar a integrarse a los ejércitos que pelearían con los moros.
Tres millones y medio de españoles, en su mayoría galleaos, cruzaron el mar con la gran migración. Ya contábamos entre nosotros con los vascos, pastores y lecheros, arribados durante el auge lanar en el Siglo XIX. Este grupo creciente convocó luego a otros paisanos, incluyendo a no parientes. Así se agruparon en determinados puntos geográficos personas origen común. Vizcaínos y asturianos fueron los primeros eslabones esa cadena; igualmente los gallegos. La presencia galaica dio origen a que el gentilicio gallego se aplicara popular e indiscriminadamente los nativos ibéricos. Un millón y medio de españoles eligieron nuestro país para migrar, lo que constituyó un verdadero récord, pues en cetras naciones apenas superaron el medio millón. En Í9Í4, la décima parte de la población nacional era española.
( Ratier Op. cit.)

    Carina Frid consigna que la población española que eligió a  la Argentina como país de destino conformó uno de los núcleos mas numerosos de los españoles en el exterior, constituyendo la mayor colectividad hispana de toda América  del Sur. Desde fines del ochocientos y a lo largo del siglo XX, la colectividad hispana de la Argentina contó con una extensa red institucional(sociedades de ayuda mutua, asociaciones regionales, sociedades recreativas y culturales); económica (bancos, empresas);periodística e intelectual (prensa periódica, revistas, editoriales), de incuestionable impacto en la construcción de la íi dad argentina contemporánea.
 
La  investigadora citada señala acerca de la procedencia regional de los nutridos  contingentes llegados de la península ibérica: Los españoles que arribaron al país lo hicieron desde un arco regional plural: al concierto mayoritario de emigrantes procedentes de la cornisa cantábrica (entre los cuales  Galicia ha liderado el mayor aporte numérico, seguida por Asturias y las provincias vascongadas) se ha sumado un contingente relevante de castellanos-leoneses,  catalanes y andaluces, configurando un universo diversificado y visible en la vida institucional y social de la Argentina.
Catalán y empeñoso, Modesto Canut, que emigrara de su país y se radicara en Rosario en 1888, trabajó como capataz en un pequeño establecimiento confitero hasta contar con ahorros suficientes para independizarse. Poco después, con un préstamo bancario, abre una casa en sociedad  "Canut y Audet", para la fabricación de confites, grageas, pastillas, caramelos, dulces y bombones bajo la marca "La Mariposa", I n un local de San Juan y Moreno.
Disuelta la firma, rebautiza a ésta como "La Industrial" y entre 1 195 y 1904 incrementa su capital en forma notable; adquiere entonces un gran terreno en calle Pueyrredón entre Jujuy y Brown donde 1 1 instruye un importante edificio para su fábrica, importando a la vez maquinarias de Europa. En 1909, constituye una nueva sociedad. “Canut& Pujol”, aportando este último un importante capital a la empresa."La Industrial" tenía como especialidades las ya mencionadas, además de frutas en almíbar, turrones y barquillos al estilo español.  De estos dos últimos productos, se lee en La Nación, en 1910, la fábrica vende grandes cantidades.

También español, Víctor Echeverría tendría significación en el comercio rosarino desde la fundación, en 1902, junto a Pedro Eguina, de la "Ferretería El Gigante", en un pequeño local de calle San Juan, donde se vendían asimismo pinturas, armas y artículos navales. En 1908, con la incorporación de Esteban Morcillo, la firma pasa a ser "Echeverría &Morcillo", en el amplio local de San Martín 1058, con salida a calle Maipú, que subsistiría hasta ya iniciada la década del 70. Morcillo, nacido en Rosario en 1878 y muerto en 1951, tuvo asimismo destacada actuación política en la ciudad: concejal entre 1923 y 1930, ocuparía también la Intendencia Municipal, gestión durante la cual se encaró un plan general de pavimentos, se amplió el Parque Independencia y se habilitaron distintas plazas como la Bélgica, Saavedra y La República. Entre 1934 y 1935 sería senador provincial santafesino.
Venidos asimismo de España serían hombres cuyos apellidos tendrían sólida vinculación con el comercio y la riqueza, como los García, fundadores de "La Favorita" y los Cabanellas, cuya panadería y confitería "Europea", en San Luis al 1100, fuera durante décadas un comercio tradicional en la ciudad.
El iniciador de la empresa, Juan Cabanellas, nacido en Pollenza, un puerto de Mallorca, había trabajado en Uruguay como maestro primario, título obtenido en España, y llegó a Rosario en 1888, instalando la panadería y confitería que haría escuela en la ciudad, ya que de ella salieron muchos panaderos y reposteros que a su vez abrieron otros comercios del rubro; Bialet Massé ratifica en su informe que la panadería tipo del Rosario es la de don Juan Cabanellas, que tiene 50 operarios y 8 empleados y es al mismo tiempo la más importante fábrica de masas del interior. En 1898 pasa a ser propietario de un molino harinero en Maciel, de modesta producción, al que logra convertir en importante empresa en poco tiempo y un año más tarde se cuenta entre los fun­dadores del Banco Popular de Rosario y luego, de la compañía de seguros "La Unión Gremial", junto a otros empresarios de la industria molinera.
Los Terán, propietarios de la "Tienda Buenos Aires", y los Casas, que tuvieron a través de uno de ellos, Casiano, muerto en 1925, un importante papel en el desarrollo de las explotaciones agropecuarias, industriales y el negocio inmobiliario, constituyen nombres igualmente insoslayables de la colectividad inmigratoria hispánica. Casiano Casas presidió la comisión del Hospital Centenario, ocupó también una banca en el Concejo Deliberante rosarino, y fue uno de los directivos de la Sociedad Rural y el Banco Municipal de Préstamos.
Caso similar sería el de Juan Fuentes, cuyas rentas anuales en 1910, por las ganancias de la producción de sus campos y estancias, alcanzaban a la friolera de 3 millones y medio de pesos moneda nacional y cuyo "Palacio" homónimo se alza aún en la esquina de Santa Fe y Sarmiento como símbolo de su solvencia económica, obtenida en la ciudad que eligiera como residencia.
Este español, que había llegado a Rosario en 1872, luego de vivir un tiempo en Paraná, se dedicaría inicialmente a la cría de ovejas y luego a la adquisición de campos, terminando hacia 1912 como dueño de varias estancias en Santa Fe: "Estancia Fuentes", "Las Mercedes","San Tiburcio", “ San Justo","VillaVista","La Sepultura". Se asoció asimismo a firmas comerciales, y fue propietario de valiosos inmuebles en Rosario del mismo modo que lo hiciera su compatriota Juan Canals.
Notorio en el comercio de la ciudad sería asimismo otro español, de las Islas Baleares, Miguel Montserrat, nacido en 1868 y arribado hacia 1880, fundador, con Pedro Remonda, de otra de las grandes empresas dedicadas a la venta de madera y maquinarias agrícolas: "Remonda, Monserrat y Cía.", instalada en 1898 como sucesora en realidad de la antigua firma británica "Glover,Temple y Cía.", y de su continuadora "Pritchard y Cía."
El establecimiento comercial de la firma y los depósitos de Catamarca y Dorrego, ocupaban a más de 300 operarios y empleados, contando con muelle propio en el llamado Embarcadero Arijón, en el que podían atracar los grandes barcos que transportaban maderas y máquinas para el establecimiento. A mediados de la década del 20, manteniendo la actividad importadora de maderas, hierros y artículos de ferretería, la empresa había expandido sus rubros a la fabricación de sogas, hilo sisal y clavos (para cuyos respectivos productos patentaría las marcas "La Paloma" y "La Victoria"), y de bolsas y lonas a través de La Victoria S.A.
Monserrat, muerto en 1943, formaría parte de la mayoría de las instituciones tradicionales de la ciudad y presidiría el Banco Montserrat, símbolo del poderío económico de la familia, fundadora del mismo.
 
Podría citar otros muchos nombres de españoles, de fuerte y respetada consideración, como los hermanos García, con su espléndido comercio de telas; los Rey con su gran bazar, o don Toribio Sánchez, médico, ex diputado en las Cortes españolas, que dirige, muy cerca de Rosario, magníficas estancias, y el señor Montserrat con sus grandes comercios de ferretería, que mueven millones de pesos por año, su corralón, sus fábricas de clavos y sacos. Parecióme el señor Monserrat uno de los motores principales de la vida comercial de Rosario.
(Adolfo Posada: Pueblos y campos argentinos, Editorial Caro Raggio, Madrid, 1926)
 
Significativa relevancia tendría asimismo "Colombres y Cía.", otra de las firmas reconocidas de la ciudad en las primeras décadas del siglo XX, fundada por Lástenes Colombres; la empresa tuvo corta vida, pero en 1902 su hijo Gervasio la reactivó, en sociedad con Augusto Otero, constituyendo la firma definitiva, en cuyos escritorios, en Córdoba 1221, se concretaban los negocios de la empresa con algunos de los grandes ingenios azucareros de la Argentina, como "San Juan" y "La Esperanza". Colombres tendría, asimismo, destacada actividad en la industria licorera, con la fábrica instalada en Bvard. Oroño 740, donde se elaboraba, por ejemplo, la caña "El Colono", una de las más popu­lares de los primeros años del siglo XX, consumida preferentemente por carreros, cocheros y estibadores en los bodegones y despachos de bebida de la ciudad.
Gervasio Colombres protagonizaría una notoria actividad en la ciudad tanto en el marco de la vida de instituciones como el selecto Club Social, que presidiría entre 1904 y 1905, y de 1918 a 1924, como en el escenario político local, a través de su participación en la revo­lución radical de 1893, llevado por sus simpatías de entonces hacia la figura de Leandro Alem, y luego en la creación de la Liga del Sur, que lo llevaría a representar al ulterior PDP como diputado constituyente en 1921, cuatro años antes de su muerte, ocurrida en Córdoba en enero de 1925.
El ya mencionado libro editado por Lloyd's de Londres en 1911, incluye entre los rosarinos expectables y adinerados a otro hijo de inmigrantes españoles, Luis P. Suárez, un escribano nacido en abril de 1864 y muerto en 1931, quien se dedicó también a la política y que en 1903 presidió el Banco Provincial, cargo que ya había ejercido entre 1898 y 1902, siendo uno de los responsables de su saneamiento; estuvo entre los fundadores del Jockey Club y de la Sociedad Rural, fue dueño de una gran estancia, "La Ernestina", en Villa Constitución, concejal y presidente del Concejo Deliberante de Rosario en 1909 y senador en el Centenario por el departamento General López.
Profesional exitoso, había levantado su mansión, un chalet "estilo inglés", en la esquina de Bvard. Oroño y Rioja, que da mucho aspecto a la ciudad, según la aludida publicación.
De origen familiar ibérico, aunque él había nacido en Rosario, sería también una de las grandes firmas comerciales del Rosario finisecular, la de Ignacio Granados, quien abre su comercio de importación en 1895 en Córdoba 943 y se convierte en representante de productos nacionales y extranjeros, algunos de primer nivel, y de firmas de fuerte movimiento económico como H. Guillot y Cía, productora del popular "Chocolate Godet"; Bagley; Seeber Hermanos, fabricantes de jabones; Destilería de Buenos Aires, elaboradora de la también conocida línea de licores "Cusenier"; Polledo,Torres y Cía., que distribuía en todo el país su sidra "El Gaitero", y otras.


Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “década infame” Tomo I  Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones  

jueves, 18 de octubre de 2012

LA VIVIENDA POPULAR


Mucho menos pretenciosas serían, a partir del 900 y hasta 1930, las viviendas populares que invadirían pacíficamente la ciudad y sus barrios y que tendrían en muchos casos la señalada característica de la  casa-chorizo", cuya construcción se extendería hasta cerca del ( entenado de la Independencia e incluso un poco más, como ámbito unifamiliary urbano por lo general, y con una distribución que incluía, con: ingreso por el zaguán proverbial, una o dos salas a la calle, seguidas le dos, tres o más habitaciones enfiladas con salida al vasto patio principal, las que se utilizaban como dormitorios y comedor, seguidas por la cocina, los baños, un segundo patio secundario y el "fondo" donde de generalmente se daban la mano la huerta y el gallinero, espacios caros en especial a los inmigrantes.
En ellas, con sus ventanas protegidas por rejas hacia la calle, sus altas puertas de madera molduradas, sus pisos de pinotea, sus techos de madera o chapa, vivirían miles de rosarinos en las tres primeras década-, del siglo e incluso algunas más, mientras se iban extendiendo en forma incesante las viviendas populares, más modestas, aparecían algunos de los llamados "barrios obreros" y las urbanizaciones (con su sistema de venta de lotes en cuotas) facilitaban el surgimiento de distintos núcleos urbanos.
Allí serían protagonistas principales cientos de olvidados o anónimos constructores, maestros mayores de obra y albañiles, italianos sobre todo, que se encargarían de la tarea de levantar las decenas de miles de casas que poblarían en todas direcciones la ciudad; las "casas del gringo” que siempre dejaban abierta la posibilidad de ampliaciones futuras, con sus balcones sobre el techo y las puertas tapiadas que podían dar paso a  una escalera ulterior.
A esos anónimos artífices de la cuchara y la media cuchara venidos desde ciudades y pequeños poblados de Italia dedicaría Gustavo Riccio, uno de los poetas proletarios cercanos al anarquismo, su "Elogio de los albañiles italianos": Más líricos que el pájaro / son estos que yo elogio: / el nido que construyen / no es para su reposo, / el techo que levantan / no es para sus retoños. / ¡Ellos hacen cantando / la casa de los otros! Una bella expresión del sencillismo poético que poco después aparecería en buena parte de la obra de Fernández Moreno o José Pedroni.

Los frentes tenían escasas aberturas, pero la estructura interior daba iluminación y ventilación a través de los patios. Las casas con patios y habitaciones corridas seguían el modelo del sur de España, que a su vez fue un legado de la arquitectura romano-pompeyana: los urbanistas en general coinciden en que los romanos desarrollaron ese tipo de fincas. Los árabes conservaron el estilo durante su dominio en España. El mismo esquema fue recuperado a fines del siglo XIX y comienzos de este siglo. Los maestros de obra de esta época no tenían problemas en continuar la tradición porque casi todos ellos eran italianos inmigrantes.
(Roxana Fernández: "La casa se hizo chorizo", en diario Clarín, 18 de junio de 1998)


Hardoy y Armus en Mundo urbano y cultura popular señalan que en Rosario y casi con seguridad en las otras grandes ciudades-puertos vinculadas con la expansión agroexportadora, es posible pensar la vivienda familiar en relación con tres modos de habitat: el conventillo, la vivienda unifamiliar y un conjunto de soluciones muchas veces ocasionales, que incluirían desde el alquiler de un cuarto en una casa de familia al dormir en el mismo lugar donde se trabaja.
Sin embargo, sería la apropiación privada del suelo la que dominaría el funcionamiento del mercado inmobiliario y, por ende, la vivienda popular sería blanco de las orientaciones de los propietarios, de las compañías de tierras y de los capitales invertidos en la red tranviaria. En los años del Centenario, el auge del "casapropismo" se vincularía en forma estrecha con las legítimas aspiraciones de ascenso social de los inmigrantes y también de sus hijos, ya argentinos en el entorno urbano rosarino. Para algunos, apuntan Hardoy y Armus, fue sólo una etapa de una escalada mayor en sus historias personales; para muchos el punto terminal que acotaba la difundida imagen de una sociedad móvil y abierta.
Mayores problemas habían tenido, sin duda, aquellos que llegaron  a la ciudad desde el interior de la Argentina, para desempeñar tareas rudimentarias pero que no excluían una importante dosis de habilidad y especialización como las del Matadero, a cuyo alrededor se instalaría entre 1880 y 1910 un núcleo de ranchos y casillas precarias que constituían otra de las formas de vivienda existentes en el Rosario finisecular.
Ya el tercer censo municipal había dejado constancia de las precariedades que encontraban a su arribo los inmigrantes: Los recién llegados han tenido que alojarse, provisoriamente, de cualquier modo y en cualquier parte, armando con barro o cajones de lata vieja un reparo contra la intemperie. La edificación, con ser intensísima, no basta para cubrir las necesidades de la inmensa ola inmigratoria. Ese mismo censo consignaba, para 1910, unos 3.800 ranchos más que en 1906.
Como ocurriera en Buenos Ares desde 1905 e incluso hasta superada ya la década del 30, muchos de los habitantes más humildes de Rosario eligieron antes que la promiscuidad del conventillo la solución individual de levantar su vivienda propia en algunos de los barrios ya constituidos o en terrenos que comenzaban a poblarse de construcciones igualmente humildes. La raíz de esta libertad domiciliaria quizá te encontraba en los lugares de origen. La mayoría de los inmigrantes provenía de zonas rurales donde la casa constituía el centro, no sólo de la familia, sino también de la actividad que otorgaba el sustento. Ese factor contribuyó a que muchos habitantes de casas precarias o conventillos, respetando la tradición familiar instalaran el taller en el que trabajaban dentro de los límites de la vivienda, consigna Andrés Carretero.
A pesar de las limitaciones que imponían la pobreza y la improvisa­ción, estas casas significaban el alejamiento del conventillo. La prioridad residía en, por un lado, separar la pieza destinada a los padres de aquella asignada a los hijos, y por otro, reemplazar los retretes externos (excusados) por los baños internos. Por lo general, los propietarios intentaban dar a los frentes un sello personal, a veces mediante pequeños detalles que los distinguieran de los demás frentes de la cuadra. Acostumbrados a vivir en continuo y hasta necesario contacto con los vecinos, es imaginable que se manifestara, en la medida de lo posible, una tendencia a resguardar la privacidad hogareña.
(Andrés Carretero: Vida cotidiana en Buenos Aires, Planeta, 2001)

En aquellas "casas de barrio", la vida cotidiana de las familias desarrollaba su rutina inmutable con la cocina como un ámbito humoso y por lo general oscuro, donde se emplazaba la cocina económica como elemento fundamental, cuando la había en su defecto, el fogón, donde las mujeres de la casa cocinaban con leña o carbón, o los braseros de leña, de hierro fundido y con las tres patas tradicionales.

La cocina, el lugar de estar y de reunión permanente de toda la fami­lia, era el menos confortable. Con las chapas desnudas y ahumadas, eran una heladera en invierno y un horno en verano, por su poca altura y falta de aislación, con el piso de tierra o cemento alisado. En algunos casos se le construía un fogón de mampostería, con una o dos hornallas de hierro fundido para colocar el carbón encendido, cuya humareda y gases de anhídrido carbónico invadían el ambiente haciendo llorar a todos los presentes. En estas condiciones la sufrida ama de casa tenía que arreglarse para cocinar, lavar la vajilla, servir la comida y además planchar la ropa con planchas a carbón o macizas de hierro, calentadas sobre el brasero.
(Enrique S. Inda: "La vivienda social en la Argentina", en revista Todo es Historia, N° 151)

Las cocinas económicas, construidas también en el mismo material, con sus hornallas graduables, su horno y la plancha sobre la que podían calentarse ollas, pavas y cacerolas y también cocinarse sabrosos bifes, tuvieron popularidad y uso a partir del principio mismo del siglo. En 1905 se las podía adquirir importadas de Europa o Estados Unidos, o de fabricación rosarina, como las producidas por Juan Mazzolini en su establecimiento de Tucumán 1563, por T. Muneratti y Rho, establecido en Urquiza 1940 o por Nava e Invaldi, fabricantes de las cocinas "La Porteña", en calle Tucumán 1563, cuya actividad se extendería incluso hasta entrada la década del 20.
Hacia el Centenario, la "Ferretería El Ancla", antiguo comercio fundado por Enrique Menth en 1881, en San Martín 955 vendía las cocinas económicas "Gracia", mientras que en otros comercios del mismo tipo era posible adquirir marcas inglesas, alemanas y nacionales como "Stella,"Star", Imperial","Express", "Primus", "Furze","Poli" o "Dompé", a carbón o leña, o las cocinas "Casells", de nutrida publicidad, con sus marcas "La Favorita", "La Argentina", "La Doméstica", etc.
Leña, carbón y querosén serían, antes de la utilización masiva del gas natural como combustible de las cocinas, elementos habituales en las casas rosarinas, como lo serían en la mayor parte de las grandes ciudades argentinas. El querosén se utilizaba asimismo para alimentar las lámparas que iluminaban ambientes humildes y familiares del Rosario de las tres primeras décadas del siglo XX.
El querosén merece un párrafo aparte. Grande y significativa fue la gravitación que tuvo en la vida hogareña durante el prolongado lapso de su vigencia. Simplificó tareas, mejoró otras y liberó a la mujer de penosas esclavitudes. Hoy se ignora que antes de él era necesario madrugar, alguien debía levantarse mucho antes que el resto de la familia (obvio, la madre, vestal de hogar) para hacer el fuego. El querosén era acopiado en botellas, bidones o latas, pues su necesidad era mucha y permanente, para alimentar el heroico y legendario Primus que casi como milagro ofrecía su poderosa llama en un instante. Después fue reemplazado lentamente por las cocinas, que no eran sino una multiplicación de ese ingenioso aparato fundado en la gasificación del querosén. Las lámparas de mesa y las cálidas estufas cilíndricas y de grueso mechero graduable fueron otra resultante eficaz y práctica del novedoso sistema.
(León Tenenbaum, Olores de Buenos Aires, Corregidor, 1994)

En la cocina se ubicaba asimismo la heladera a hielo, que no dejaba de ser inclusive inalcanzable para una gran mayoría de rosarinos, obligados para la conservación y cierta dosis de higiene de algunos alimentos al uso de la "fiambrera", que con su tejido de ceñida malla servía para evitar el  contacto de la carne y otros productos con moscas y demás insectos.
Antes de la aparición de las eléctricas, las heladeras "a hielo” ( muebles de  sólida madera, con su puerta-tapa superior y su puerta frontal), servían  para enfriar bebidas y alimentos y para garantizar una indudable mejor calidad de vida en muchos hogares, mientras marcas como "Imperial" o "Star", esta última promocionando sus nueve murallas aisladoras para economizar hielo, competían en el mercado.

El hielo, elemento esencial de las mismas, tenía ya en los primeros años del período analizado, posibilidades de ser producido "en casa”. En 1900, por ejemplo, La Capital publica un aviso de la firma A. Keinhold, de Belgrano 511, Buenos Aires, que ofrece máquinas de hacer hielo a mano; en 20 minutos fabrica medio kilo de hielo, todo por 40 pesos el artefacto. Esa posibilidad agotadora era reemplazada por la compra del producto en alguna de las fábricas que ya entonces se dedicaban a producir las "barras" heladas, imprescindibles para garantizar el frío de las bebidas en cumpleaños, casamientos, festejos, Navidades y otros jolgorios familiares o sociales:"La Moderna", de M. y L. Arichulaga, en Catamarca 1152; el "Frigorífico Central", en Cortada Rivas 44, frente al Mercado Central, que vendía hielo cristalino con reparto a domicilio en 1911; la fábrica de hielo de la "Cervecería Quilmes", emplazada en Avda. Francia y Brown hacia el Centenario, etc.
La llegada de las heladeras eléctricas (los "refrigeradores" que por su costo convivirían largo tiempo con las de hielo) terminó a partir de la década del 20 con la imperfección de aquella cadena de frío elemental que intentaba garantizar el gabinete de madera y zinc. Se hicieron conocidas entonces marcas como "Crescent", "McCray", "Excellent", las refrigeradoras "General Electric", "Kelvinator", "Harrod's" y muchas otras, en su mayoría importadas inicialmente de los Estados Unidos y cuyos introductores en Rosario fueran Juan y José Drysdale, en San Lorenzo 1150.
Parte del equipamiento hogareño lo conformarían asimismo los elementos para dotar de calefacción a las viviendas, según su jerarquía: hogares a leña en las grandes residencias, formando parte inevitable de la construcción "a la europea"; estufas a carbón o leña como la que P. Marquet, con negocio en Paraguay 464, ofrecía en 1910 como "La Salamandre", que según el aviso de La Capital era conocida hace 23 años en Europa.
Un poco más adelante, en el inicio de los años 20, se utilizaban estufas a gas de petróleo o nafta marca "Krondiamant", con un consumo de 8 litros por hora y un precio de 45 pesos. En las casas humildes, mientras tanto, el brasero servía para un doble uso: el de cocina precaria y el de calefactor, más allá del peligro que significaría siempre el anhídrido carbónico producido por la combustión. Las estufas eléctricas, por su parte, surgidas a partir de la invención, por Albert Marsh en 1906, del alambre de cromo-níquel que podía calentarse sin romperse, iban a tardar en ser adoptadas, lo que ocurriría asimismo superada la década del 20, luego de la aparición del sistema radiante, patentado por la Belling Company americana en 1912.
La presencia del baño, una instalación sanitaria que durante casi las dos primeras décadas del siglo XX no formó parte de la vivienda y la comodidad familiar, se iría haciendo más regular a partir de 1920 en adelante, desplazando de ese modo a los retretes y letrinas y contribuyendo a lo que hoy se llama "calidad de vida".

La primera instalación sanitaria era la lejana garita del retrete, distante de la casa y de la bomba. Armada habitualmente con materiales viejos, a veces sin puerta, con sólo una cortina de arpillera estrecha, apenas con un techo para protegerse de la lluvia, tenía un piso de tablas con un hueco circular por donde subían los olores del pozo. Durante décadas la letrina fue el único WC disponible. Por consiguiente, para evitar salir fuera de la casa durante la noche, en los dormitorios se usaban las bacinillas o tazas de noche, disimuladas bajo la cama, que se vaciaban y limpiaban todas las mañanas. Eran tiempos tan duros que la clase obrera no podía gastar ni siquiera en papel higiénico, usando en su reemplazo periódicos recortados o trapos especiales, diariamente lavados. Recién a fines de la década del 20 y principios de la del 30, a medida que mejoraban las condiciones económicas por el aporte de los hijos con edad para trabajar y ayudar al hogar, las viviendas obreras fueron adoptando los baños de material, cercanos a la casa y aun en su interior, con instalación de agua bom­beada para la ducha y el inodoro
(Inda:Op.cit)

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “década infame” Tomo I  Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones

miércoles, 17 de octubre de 2012

GRANDES NOMBRES, GRANDES OBRAS


La inmigración iba a traer también a la ciudad a decenas de arquitectos, ingenieros, agrimensores, constructores y artesanos italianos, muchos de ellos provenientes del Piemonte, que tendrían que ver, como se dijo, con la construcción de los grandes edificios oficiales y privados y con las mansiones burguesas.
Matamoro, al recordar que recién en 1904 egresarían los primeros profesionales de la flamante Escuela de Arquitectura porteña, consigna que en 1900, como en toda la Argentina, la profesión de arquitecto es potenciada ante las exigencias de mayor calidad técnica de las obras. No obstante, la inmensa mayoría de los profesionales es todavía europea. Entre los pocos nacionales menudean los apellidos de la oligarquía, dado que la carrera tolo puede cursarse en Europa y resulta, por lo tanto, costosa.
Entre esa pléyade de profesionales italianos pueden citarse casos como el de Gaetano Rezzara, un ingeniero de Vicenza, nacido en 1857, de firme adhesión al garibaldismo, que trabajaría profesionalmente en la ciudad desde finales del siglo XIX, a quien se reconoce como autor del proyecto de ampliación del Palacio Municipal de Rosario 1890/96), mérito que también reclamara para sí, por lo menos en parte, Cario Giuliani, quien en sociedad con Rezzara tuviera participación en la construcción del inicialmente denominado teatro "Gran Politeama", luego "Teatro Colón". Rezzara, que falleció en Rosario en 1915 y a quien se le otorgara el contrato de construcción de la sede municipal, delegaría dichos trabajos en los constructores Cremoni y Conti. Algunas de sus obras importantes fueron, entre otras, las residencias de la esquina sureste de Córdoba y Balcarce, Bvard. Oroño 1341 y  Urquiza 1285.
Igual prestigio tendría Italo Meliga, un piamontés nacido en 1859, graduado en la Universidad deTurín como arquitecto e ingeniero, autor de algunas obras perdurables como las residencias de Enrique Astengo, en Córdoba 1864 y la de la familia Castagnino, en la esquina suroeste de Maipú y San Juan, y a quien se da asimismo como autor del proyecto definitivo del "Hotel Italia", en 1890. Junto a otro compatriota, el ingeniero Juan Bosco, con quien se asociaría en una compañía constructora, Meliga había proyectado el llamado Palacio Pinasco, de (Córdoba y Oroño.  A Bosco, de origen genovés y nacido en 1852, se debió a su vez el proyecto de una construcción arquetípica de la segunda mitad del siglo XIX: la llamada "Casa de Comas", y el de Otra ligada de igual modo a la historia de la ciudad, el edificio de la "Logia Masónica Unión", en calle Laprida, subsistente hasta avanzada la década del 50, cuando "masonería" era una palabra que poco o nada decía ya a las nuevas generaciones de rosarinos.
Rezzara y Meliga habían tenido participación asimismo en la construcción del Hospital Italiano Garibaldi, en la década del 90, cuyo proyecto fuera realizado (y donado a la institución) por otro arquitecto italiano, Francisco Tamburini, llegado a la Argentina en 1881 y radicado en Buenos Aires, donde realizara obras relevantes como la Casa Rosada, sede del gobierno nacional, y el actual "Teatro Colón" porteño. Igualmente reconocido sería Abraham Pozzo, otro piamontés que arribara a Rosario en 1887 y que colaborara también en las obras del Hospital Italiano y del Mercado Modelo, dejando muestras de su capacidad en el complejo de viviendas de calle Salta entre Moreno y Dorrego.
Coincidentemente con las últimas décadas del siglo XIX, profe­sionales italianos como Demetrio Isola tenían ya predicamento en la ciudad desde bastante antes; el mencionado arquitecto proyectaría el edificio del Mercado del Sud o Mercado Sud, en 1855, luego sucedido por el Mercado Central (actual Plaza Santiago Montenegro), proyectado por el arquitecto José Hortal, con Zacarías Manoni como constructor. Isola había integrado el mismo año una comisión municipal encargada de zanjar arduos problemas catastrales en la ciudad y su nom­bre está unido además a la creación del Monumento a la Constitución de 1853, que estuviera emplazado en la Plaza 25 de Mayo.
Nombre importante sería asimismo el de Felipe Censi, otro egresado de la universidad turinesa, quien residió en Rosario a partir de 1886 y es autor de obras significativas en la ciudad en las primeras décadas del siglo: el edificio de la Bolsa de Comercio (1907), en calle San Lorenzo al 1067; el edificio del Hospital Español y el Banco Español del Río de la Plata; el Colegio del Sagrado Corazón, en Mendoza 1951; la actual sede del Obispado de Rosario, construida originalmente como residencia de Alejandro Moreno, y dos construcciones aún subsistentes: la de Santa Fe 1076 y su propia vivienda, emplazada en la calle Santa Fe y Entre Ríos, esquina noreste, con su cúpula verde Nilo que señala aún en el tercer milenio, enhiesta y pese al abandono de la planta alta del hermoso edificio, su condición de sobreviviente a tanta piqueta demoledora y a tanta Imprevisión colectiva para la preservación del patrimonio urbano y arquitectónico de Rosario.
Censi, que murió en Rosario en diciembre de 1935, proyectaría asimismo las recordadas mansiones de José Arijón, levantada en la esquina noreste de Laprida (entonces calle Comercio) y Santa Fe, y de Camilo Aldao, en Córdoba entre Buenos Aires y 25 de Diciembre, en la que de 1889 funcionó el "Grand Hotel Americano".Igualmente destacados en los años finales del siglo XIX e inicios de. fueron otros profesionales italianos como Francisco Petrarca, quien a partir de 1888 trabajaría en la ciudad, con proyectos relevantes como el del convento e iglesia de San Francisco Solano, en Córdoba y Bvard. Avellaneda, o el genovés Adelqui Di Francesco Ballestrero, instalado hacia 1870.
A esa nómina meramente enunciativa, debe agregarse asimismo al arquitecto Juan Bautista Arnaldi, nacido en la actual Imperia (entonces Porto Mauricio) en 1841, quien proyectaría en la ciudad la actual Iglesia Catedral, y los ingenieros-arquitectos Víctor Cremona y Silvio Contri, autores del proyecto del teatro La Opera (actual Teatro El Círculo). Contri tendría a su cargo más de una década después de su propuesta arquitectónica para el teatro La Opera, elevada en 1889, otro proyecto perdurable: el del edificio originalmente ocupado por la Secretaría de Comunicaciones de México DF, que hoy alberga al magnífico o Museo Nacional de Arte, frente a uno de los paseos públicos mis bellos de la capital mexicana, la Plaza Manuel Tolsá, a la que también enfrenta otra joya arquitectónica: el Palacio de la Minería. Contri fue uno de los arquitectos italianos de renombre contratados por el presidente Porfirio Díaz, en el marco del proyecto del dictador vitalicio de integrar a México a la modernidad que acarreaba el nuevo siglo.
Al lado de arquitectos e ingenieros tuvieron su espacio, y muy Amplio, los constructores, también oriundos de la península itálica, como Alessandro Máspoli, a cuya empresa se deben el "Savoy Hotel"; el Hinco Francés; el edificio de "La Bola de Nieve", proyectado por Le Monnier; el de la empresa Chiesa y Compañía, sobre calle San Lorenzo, con su torre erguida hasta casi la década del 70; la todavía subsistente residencia de José Firpo, en Córdoba al 1900, en el mencionado Paseo del Siglo; las construcciones de Buenos Aires 1038; San Martín 364/72, que fuera residencia de José Arijón, Santa Fe 1857 y Santa Fe esquina Pte. Roca (esquina noreste), donde estuviera emplazado el "Hotel Rex".
A esa nómina de constructores debe sumarse en forma especial a Enrique y Segundo Taiana, italianos, con una serie de viviendas pertenecientes a familias de notoria capacidad económica como la de Copello, en Córdoba al 1700, y las de José y Arnolfo Calvo, en 25 de Diciembre 848 y 847 respectivamente y las residencias emplaza­das originariamente en calle San Lorenzo 1045 (hoy sede de una ins­titución oficial), 1121 y 1383, y la de Santa Fe 1045.
Constructores y profesionales relevantes serían asimismo los Candia y los Micheletti. Rafael Candía, italiano, llegó a Rosario en 1890, siendo reconocido cuatro años más tarde por la Municipalidad como "maestro de obra" e iniciando entonces la actividad de su empresa constructora. Con ella, realiza edificios reconocidos como el de la "Farmacia y Droguería del Águila", en San Martín 850, construido en 1895 y demolido en 1954 y el llamado Palacio Basualdo, en Avenida Pellegrini y Santiago. En 1909 incorpora a la firma a su hijo Rafael, nacido en Aieta (Cosenza) en 1885 y como "Candia e Hijo" construyen edificios como el de la esquina suroeste de Córdoba e Italia, proyectado por Christophersen, en 1911; el de "La Inmobiliaria", de Córdoba y Corrientes, levantado entre 1914y 1916, sobre proyecto de Juan Antonio Buschiazzo (1846-1917), y el del Jockey Club de Rosario (1913/16), del francés Le Monnier.
Luego de su retiro en 1915, el segundo Candia de esta dinastía de constructores encara obras relevantes como las del "Palace Hotel", de 1920 y la tienda "La Favorita". En 1925 se asocia con el ingeniero Carlos Isella, vínculo que perduraría hasta 1928; en ese lapso, la empresa, que pasa a denominarse "Candia e Isella", es responsable de algunas obras de relevancia en Rosario, en estilos diversos, como el Banco Montserrat, en San Lorenzo al 1300, de 1926, y el edificio de la empresa Bunge & Born, en la esquina suroeste de Santa Fe y Corrientes, pro­yectado por el arquitecto F. Naeff, de 1928.
Al producirse la desvinculación de Isella y el ingreso de Armando Delannoy, y como "Candia y Cía.", la firma constructora prosigue la ejecución de obras significativas en la ciudad, como las de "La Unión Gremial", en la esquina noreste de Santa Fe y Mitre; el Palacio Minetti, en Córdoba al 1400 y el Sanatorio Británico. Deben consignarse asimismo algunas residencias particulares importantes, varias de las cuales subsisten gallardamente en el siglo XXI: Córdoba 617, Santa Fe 880, Santa Fe 1372, Entre Ríos 756, esquina suroeste de Mitre y Tucumán , etc. Al morir su titular, en 1964, un tercer Rafael, arqui-tei 10, asumiría la conducción de la empresa familiar.
Antonio G. Micheletti, un ingeniero paduano nacido en 1871 y muerto en 1940, sería el iniciador de otra gran empresa constructora en la ciudad, continuada por sus hijos José Agustín (ingeniero) y Tito Carlos  los (arquitecto), ambos rosarinos. El primero (1896-1940) estudió en Buenos Aires y ejerció asimismo la docencia universitaria, mientras el segundo, nacido en 1894 y también graduado en la capital argentina, compartiría la dirección de la empresa que tendría a su cargo la construcción de edificios relevantes desde los mismos inicios del siglo XX. Entre éstos pueden mencionarse el Hospicio de Huérfanos, el Asilo de Mendigos, el Hospital de Caridad, el Círculo de Obreros Católicos, en Entre Ríos al 1200; el anexo del Banco de la Nación, en San Martín casi esquina Córdoba, aún de pie; el Teatro Odeón (1926), actual Auditorio Fundación Héctor I. Astengo, y algunas obras vinculadas a lo eclesiástico, como la capilla de Nuestra Señora de la Misericordia y otras en importantes ciudades argentinas, así como las residencias de Italia 909 esquina Rioja, San Martín 750, Mitre 738/54, Entre Ríos 1254 y Sgto. Cabral 156, entre otras.
A esa legión de constructores, mayoritariamente italianos, que ni 1 ha ron a la ciudad en las décadas finales del siglo XIX y comienzos del XX, deben agregarse nombres y apellidos como los de Ludovico Cicotti, Antonio Brindisi, Giambattista Gaggero. José Badini, Pedro Pinazzo, Pesinetto, Pontiggia, Castiglioni y otros
También tendría significación en la ciudad entre ambos siglos, la obra de arquitectos europeos: ingleses, franceses, alemanes. El más reconocido de los primeros sería sin duda Herbert Boyd Walker, nacido en Huddersfield en 1865, quien había estudiado en Leicestershire y traillado en Liverpool junto a prestigiosos arquitectos. Arribado a la ciudad en 1886 para hacerse cargo del proyecto de construcción de los talleres del Ferrocarril Central Argentino, de capitales británicos, en Avenida Alberdi y Junín, viajaría luego a Canadá para regresar en 1893 al país y radicarse en forma definitiva en la ciudad en 1910
Tuvo a su cargo también el proyecto del Palacio de Justicia, frente a la Plaza San Martín, junto a su compatriota y colega John Currie, con el empresario catalán Juan Canals como financista del para entonces monumental emprendimiento arquitectónico. Abandonado por la desidia oficial, cobijaría finalmente a la Facultad de Derecho y el Museo de Ciencias Naturales "Angel Gallardo", hasta que un incendio (fruto del lanzamiento de bombas de estruendo por una manifestación de protesta) afectó, en junio de 2003, parte de la hermosa estructura proyectada por Walker, desnudando la imprevisión y el desprecio oficiales acerca de la preservación de patrimonios como el antiguo edificio y avivando, recién entonces, el interés comunitario por su recuperación.
Le pertenecen asimismo otras dos construcciones aún subsistentes: la entonces llamada cárcel penitenciaria, en Ovidio Lagos y Montevideo, y el "Hotel Savoy", en la esquina noroeste de San Lorenzo y Sarmiento, habiendo proyectado contemporáneamente la monumental estructura de la Jefatura de Policía y Cuartel de Bomberos, en Santa Fe al 2100 frente a la Plaza San Martín y algunas viviendas sobresalientes para su tiempo, como las que construyera en Bvard. Oroño 973,1340 y 1359; Entre Ríos 566, Sarmiento 633, esquina noroeste de Urquiza y Mitre, Mitre 473, Corrientes 299 y la emplazada en la esquina noreste de San Lorenzo y Paraguay, proyectada con Juan B. Soler, con quien estuvo asociado, y cuyos tejados verdes presiden todavía esa céntrica ochava. Vivió en calle Salta 1840 y fue miembro de la London Architectural Association y de la Asociación Central de Arquitectos de la Argentina. Falleció en la ciudad en diciembre de 1910.
Del mismo origen eran Charles Evans Thomas, a quien se debe la mansión que Nicanor De Elía mandara levantar en el entonces Bvard. Santafesino (hoy Oroño) y Mendoza, demolida en 1967/68; Percy Clarke, nacido en 1862 y muerto en 1930, autor del proyecto de la estación conocida como Sunchales, del Ferrocarril Central Argentino, y Arthur Hernet Inglis, a quien se debe el del Colegio de la Santa Unión de los Sagrados Corazones, todavía subsistente en Salta y Ovidio Lagos, y la vivienda de Entre Ríos 750.
El llamado "academicismo francés" en la arquitectura, que imperara en el país entre 1880 y el Centenario aproximadamente, llegaría con retraso a Rosario y perduraría unos años más. Esta arquitectura, en realidad, había sido introducida en el país a través de la poderosa porteña de origen terrateniente, adherida, en lo cultural, a parámetros,  modas y estilos franceses, como lo preconizara la Generación del 80. El habitual retraso de su imposición en la ciudad debemos atribuirlo por un lado al inevitable efecto de mimetización de las burguesía de   interior, es decir, que es una aceptación meramente superficial. Quizás ,el elemento esencial debe buscarse en el hecho de que el Rosario cosmopolita carecía de una oligarquía tradicional que pudiera apoyarse en un aparato cultural francés y que más aún, aceptara y deseara vivir a lo francés, tal cual sucedía con la élite porteña, señalan Gutiérrez y Viñuales en su pionero estudio Evolución de la arquitectura en Rosario 1850-1930.
En esta etapa es donde sobresale la obra de Eduardo Le Monnier, un parisino nacido en 1873, que se radicó en Buenos Aires y que en Rosario pondría su sello a obras como los edificios del Jockey Club, en la esquina sureste de Maipú y Córdoba y "La Bola de Nieve", en Laprida y Córdoba. Se le deben asimismo construcciones valiosas la subsistente en la esquina sureste de Entre Ríos y San Lorenzo, cuya parte superior, aun con supresiones, sigue conservando mucho de sus características originales; la que fuera casa central de la firma Castagnino Hermanos, en Corrientes al 300, aunque en este caso sufriendo los irreparables daños que conllevaron reformas arbitrarias cuando no irresponsables.
También le pertenecen los edificios de Córdoba 1560; la primitiva sede de "La Unión Gremial" (actual Banco de Boston), en la esquina sureste de Córdoba y Mitre, construida por Mazuchelli e Isellan el Centenario; la residencia de Alberto J. Paz, en Córdoba al 1500; la de San Lorenzo 1055, cuya construcción estuvo a cargo de Máspoli; la de la esquina noreste de San Lorenzo y Sarmiento, entre otras, o originalmente ocupado por la empresa Federico Meiners, en San Martín 1269, todavía subsistente. Algunas de las muchas construcciones de Le Monnier, pese a su formación académica, exhiben sin embargo rasgos del "art nouveau" o "modernismo", cuya influencia se hiciera visible en Rosario, desde los finales del siglo XIX hasta el une 10 de los años 20.
No menos significativa sería su labor porteña, con obras como el Palacio de los Fernández Anchorena, en la esquina noroeste de Avenida Alvear y Montevideo, de 1909, luego perteneciente a María Adelia Harilaos de Olmos, quien la donaría para sede de la Nunciatura, que la ocupa aún hoy; el Yatch Club Argentino; la sede central de "La Bola de Nieve" en la Capital Federal y algunas residencias particulares de significativa vigencia.
Emile Hughé, muerto en 1912, proyectaría el Banco Francés del Río de la Plata, en la esquina noreste de San Lorenzo y Sarmiento, otra de las interesantes construcciones que aún conserva la ciudad, aunque sometida al desinterés oficial y general por su conservación y mantenimiento; Augusto Plou, otro destacado profesional de ascendencia francesa, tendría a su cargo, en 1905, el proyecto de la Escuela Gobernador Freyre, luego Escuela Normal N° 2, en Córdoba y Balcarce. Plou sería responsable asimismo de la propuesta de reformas en el Teatro Colón de Urquiza y Corrientes en 1910, contando con el antecedente de ser el autor del Teatro Municipal de Santa Fe; proyectaría también algunas residencias de la alta burguesía rosarina, como la de Díaz de Fernández, en Córdoba 1547, frente a la actual Plaza Pringles, y la de Córdoba 2084, construida por Ferrari. Francés era asimismo Rene Barba, a quien pertenece el proyecto del Hospital Nacional del Centenario, una de las grandes obras surgidas en el fervor que despertaran en 1910 los cien años de la Revolución de Mayo.
Otro profesional recordable por sus obras es Juan B. Durand (1888-1934), un descendiente de inmigrantes franceses, autor de los proyectos del monumental Palacio Fuentes (1926), en la esquina noroeste de Sarmiento y Santa Fe, con sus puertas igualmente emblemáticas, procedentes de A. G.Wunsiedel, de Baviera (Alemania); del edificio de la esquina sureste de Mendoza y Sarmiento, ocupado originariamente por la Federación Agraria Argentina; el Club Rosarino de Pelota, en San Luis esquina Alem; la residencia de Leopoldo Uranga, en Santa Fe 730, actualmente sede del Consejo de Ingenieros; la vivienda de Santa Fe 880/82, construida por Candia e Isella; o su propia residencia, en la esquina noreste de Santa Fe y Dorrego, entre otras.
Destacadas entre las de la ciudad y, además, entre las del propio ed­ficio, las reconocidas puertas plafonadas del Palacio Fuentes, ubicadas en su ochava, representan un distintivo estético de alto contenido simbólico, constituyendo en sí mismas una verdadera obra de arte. Su "singular” similitud compositiva, así como la "evidente" licencia que se tomó su autor en el empleo de determinados elementos figurativos, que se hallan emplados con un ritmo definido, la vinculan ineludiblemente con las famosas "Puertas del Paraíso" (Baptisterio de Florencia, Italia, de Lorenzo Ghiberti), orientando a quien las diseñó, el artista Manuel Ocampo, en una búsqueda estética en fuentes europeas. Con tres metros de ancho por lineo metros de altura se representan en ellas "los cuatro vientos, las cua­tro estaciones, la ganadería, la agricultura y las razas humanas. Símbolos todos que definen los elementos que engendran el progreso y magnitud de este maravilloso joven pueblo".
(Viviana Marini: "Puertas de Rosario", primera parte, en revista Una mano, septiembre de 2003).

Meneen ser mencionados asimismo los alemanes Ernesto Sackmann, , autor del Palacio Recagno, actual Liceo "Bernardino Rivadavia", en Bvard. Oroño 1163, una de las construcciones notables de comienzos de siglo, con vitraux traídos desde Alemania, y de la residencia  N° 1045 del mismo bulevar, y George Goldammer, que tuviera a su cargo la finalización del proyecto del teatro La Ópera ( 1904) modificando parcialmente el proyecto original de los italianos Cremona y Contri; Raúl Zapata, un ingeniero nacido en Bolivia, que fuera proyectista  de la "Tienda Buenos Aires", edificio que subsiste con modificaciones en  la esquina noroeste de Córdoba y Entre Ríos y dictara cátedras en la Facultad de Ciencia Matemáticas; Alejo Infante, también ingeniero y docente universitario como el anterior, que proyectara el  Palacio Vasallo, residencia del prestigioso cirujano Bartolomé Vasallo en la esquina noroeste de Córdoba y 1o de Mayo, actual sede .del Concejo Municipal de Rosario.
Alejandro Christophersen, nacido en Cádiz en 1866 y muerto . en Buenos Aires setenta años después, otro de los nombres relevantes de. la arquitectura en la Argentina, sería responsable en la ciudad de edificios  que han perdurado en el tiempo, como los de la residencia de Pinasco en la esquina noroeste de Córdoba e Italia, actualmente ocupada por la Universidad Nacional de Rosario, el edificio de Italia y Santa Fe (esquina noroeste) o el de Pasaje Álvarez al 1500, sede hacia 1995 de una delegación del Senado santafesino. Ninguno de ellos  alcanzó sin embargo la magnificencia arquitectónica de algunas de sus obras porteñas, como el imponente Palacio de los Anchorena (1908), actual Palacio San Martín, frente a la plaza homónima, sede tradicional de la Cancillería argentina, en calle Arenales, el Hospital de Niños (1888), con Ernesto Bunge, o el Banco de la Nación Argentina (1923) en Rivadavia al 2800.
También inmigrante, aunque temporario y por razones distintas a las de cientos de miles de españoles que llegaron en busca de mejores horizontes, sería otro de los grandes arquitectos europeos que dejaron en Rosario la impronta de su obra y, en este caso, de su personalidad, el barcelonés Antonio Roca i Simó (graduado en 1906 y arribado a Rosario poco después), cuyo parentesco con la familia Cabanellas, una de las "de fortuna" en el Rosario de comienzos de siglo, le facilitaría concretar en la ciudad un puñado de proyectos de real valor.

A Roca, exponente del llamado "modernismo catalán", una de las formas del "art nouveau" europeo, deben los rosarinos parte de su valioso patrimonio urbano sobreviviente: el Club Español, en Rioja 1052, cuya solución, señala el también arquitecto Mario Bonacci, es de especial impacto por lo atrevida y deslumbrante, con el vacío central gigantesco en función del desarrollo de la escalera principal; para plantear un espacio así, no sólo es necesario ser inteligente: también se necesita valentía; el llamado "Palacio Cabanellas", en la esquina noroeste de Sarmiento y San Luis; el edificio de la firma "Remonda, Monserrat y Cía.", en la esquina de San Lorenzo y Sarmiento (ochava noreste); el Banco de Castilla y Río de la Plata, en Rioja y Mitre, y el de la Asociación Española de Socorros Mutuos, en Entre Ríos y Santa Fe, frente a la que fuera residencia de Felipe Censi, todos ellos edificios absolutamente reconocibles, como lo es el de la antigua "Panadería Europea", en San Luis al 1100, propiedad también de la familia Cabanellas.

Todos éstos presentan una riquísima utilización de recursos afines al Modernisme Catalán, una formidable capacidad artesanal en el trabajo del hierro, el uso de azulejos, mosaicos, vitrales con una ornamentación que aprovecha motivos zoomorfos, antropomorfos y heráldicos. Una de las obras más significativas es el edificio del Club Español, con un espacio interior y un tratamiento del exterior, donde los tres vanos flanqueados por conjuntos escultóricos y ornamentaciones de hierro, acentúan la fuerza plástica del conjunto. Es notable la oposición entre el modo de producción artesanal del escultor Diego Masana y la ejecución industrial de la puerta de acceso en hierro, encargada a W. MacFarlane & Co. de Glasgow. La notable capacidad de Roca traducida en la calidad de su obra hace de estos cinco edificios buenos exponentes de una corriente que interesa en el panorama de la arquitectura argentina.
(Viviana Mesanich - Carolina Rainero - Graciela Schmidt Guy Van Beck - Claudia Chiarito: "Francisco Roca y el art nouveau", en Recorridos de arquitectura en Rosario, Centro de Arquitectos de Rosario, 1986)

Su obra, llevada a cabo en un lapso de tiempo que apenas supera un lustro (el período de su residencia en Rosario, única ciudad del país en la que se levantarían edificios proyectados por él), se concretaría en los primeros diez años del siglo XX, constituyendo sus obras, casi cien  después, ejemplos vigentes (y subsistentes por suerte) de un verdadero creador.
Roca trabajaría en la ciudad junto a un escultor sin duda también relelevante, su compatriota Diego Masana, un catalán nacido en octubre y muerto en Rosario en 1939, quien viajara a la Argentina en 1911 con su título de egresado de la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y estudios inconclusos de arquitectura y medicina, además de algunos premios por sus trabajos escultóricos, como los de Viena, en 1904  y Zaragoza, en 1908.
En Buenos Aires, Masana ganaría el concurso para la decoración ornamental de la fachada del Banco Castilla y Río de la Plata. Dos años después, sus obras eran parte relevante de los edificios del Club Español y del Palacio Cabanellas, dos de los proyectos ambiciosos de Roca i Simó Fue autor asimismo del valioso pulpito de la Iglesia de San Cayetano, de trabajos en madera, y ejerció la docencia en el Círculo Artístico de Rosario entre los dos centenarios.
Otro colaborador de Roca sería uno de los miembros de una impar familia de artesanos, Salvador Buxadera (también compatriota, inicialmente asociado al pintor Eugenio Fornells en "Buxadera, Fornells y Cía.", con taller en Mitre 435, donde aún existe su casa familiar), cuyos vitraux, verdaderas obras de arte enmarcadas en el dominio impecables de la técnica del plomo y los cristales de colores, embellecerían también muchas de las mansiones y residencias rosarinas e iglesias, desde comienzos de siglo y hasta su retiro de la actividad.
Contemporánea de la obra modernista de Roca es la aparición en la ciudad de otras expresiones arquitectónicas del "art nouveau", realizadas entre 1900 y 1920, especialmente verificables en la fachada de algunos edificios de la zona céntrica rosarina, en muchos casos realizados y proyectados por constructores cuyos nombres no han quedado registrados. Otras viviendas que ostentan, aun con un visible eclecticismo, rasgos distintivos del "art nouveau", reconocen la autoría de arquitectos y constructores de cierta notoriedad en Rosario en el período aludido, como Amador y Rosendo Soler, Torcuato Nale, José Mompel,Virgili y Cisa, Crexell e Hijo, Perla y Rezzara y otros.
Algunas de esas construcciones sobreviven aún (en algunos casos lozanamente) en los primeros años del siglo XXI, como en los casos de las de Presidente Roca 455/59 y Moreno 840, realizadas por Nale y Mompel, respectivamente; Entre Ríos 368, construida por Amador Soler en 1909; Santa Fe 1290, de Felipe Censi; San Luis 653, de Crexell e Hijo, de 1911; Urquiza 1772/74/76 y 1623, construidas por Rosendo Soler las primeras y por Pedro Pinazo la segunda; Presidente Roca 1576, realizada por Perla y Rezzara; o las de Mitre 431, Rioja 1260 y Laprida 841, cuyos constructores no están identificados, realizadas todas en el período 1900-1920.
La presencia importante del "art nouveau" en Rosario reconoce varias razones, desde la frecuentación personal de buena parte de la clase adinerada de las capitales europeas en sus viajes en los grandes vapores de la travesía oceánica, al acceso a revistas y publicaciones en las que era posible conocer las novedades de aquel movimiento que constituía una "modernidad" casi transgresora frente a los criterios cul­turales y estéticos del siglo XIX.
No menos relevancia en la aparición de edificios y viviendas con fachadas y detalles "art nouveau" tuvo la consolidación de una clase media inmigratoria, con posibilidades económicas apreciables (y con una vocación menos tradicionalista que buena parte del sector social cuya fortuna se había amasado ya en la segunda mitad del siglo ante­rior), deseosa de ser partícipe también, a través de la vivienda, del mobiliario, de las joyas o de los objetos, de las novedades de ese "arte nuevo".

La evolución arquitectónica de Rosario en las dos primeras décadas del siglo XX acompaña a la del país en el mismo lapso. El Art Nouveau aparece casi simultáneamente aquí y en Buenos Aires, siendo adoptado en nuestra ciudad por la floreciente burguesía comerciante de origen inmigratorio. Este sector social busca, a través de la diferenciación e indivi­dualización de sus obras, expresar su creciente autonomía. A este fenómeno no es ajena la búsqueda de identificación y de proyección hacia la ciudad, cuyo objetivo se evidencia tanto en la creación de espacios societarios, como a través de edificios símbolos, aptos para permitir la perduración de su nombre o la visualización del poder económico y obviamente también en la vivienda.
(Mesanich y otros: Op. cit.)

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “decada infame” Tomo I. Autor Rafael Ielpi Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones