Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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viernes, 10 de junio de 2016

Nuevo intermezzo mafioso

Por Rafael Ielpi


En el período 1920-1930 la ciudad iba a asistir al crecimiento y apogeo de la que muchos definen como una real organización delic­tiva nacida en los finales del siglo XIX y que bajo la denominación de la mafia no hacía otra cosa que trasplantar, desde el nombre mismo, antiguos códigos y procedimientos delictivos que formaban parte de la tradición siciliana. Los episodios de Mártire, Zapater y el asalto al tren en 1916 eran antecedentes que no fueron valorados en su justa medida por la policía rosarina.

En una Memoria anual de 1923, el Jefe de Investigaciones Félix de la Fuente se ufanaba: Tampoco se han hecho sentir los crímenes de la mafia y recién a la terminación del año empezaron a circular anónimos exigiendo entrega de determinadas sumas de dinero. Un cuadro de situación con el que coincidía el mismo año el informe de otro jefe, el de Seguridad Personal, Hilario Albarracín. Un policía más, el comisario Miguel Pinazo, escribe en su libro Delitos y delincuentes, publicado en 1918, entusiasmado por la resolución de algunos de los episodios pro­tagonizados por los mañosos rosarinos: Desaparecidas las causas genera doras de los "misterios" anteriores, eliminados los factores que facilitaban la impunidad, la delincuencia asociada ha quedado descubierta, y no teniendo razón de existir por otras circunstancias, desaparecerá para siempre el tras­plante siniestro.

Sin embargo en julio de 1923, en 9 de Julio y Santiago, Luis Dainotto, emparentado con uno de los sicilianos que llegara al país junto a Juan Galiffi, comenzaría a protagonizar una serie de episo­dios en los que sería sucesivamente víctima y victimario, siempre en relación con la mafia rosarina. Ese día es atacado a tiros, aunque logia salvar su vida milagrosamente y al ser interrogado por la policía se encierra en el código de silencio. A los pocos días, en el mismo barrio, un italiano de apellido Tuttolomondo cae acribillado a balazos, se supone que en represalia por el atentado aludido, sin que tampoco esta vez los investigadores logren penetrar mucho más allá del proverbial Non saccio niente de todo interrogado.

Poco antes, Dainotto, repartidor de leche a domicilio, había denunciado a la policía la matanza a cuchilladas de dos vacas de su tambo instalado en 3 de Febrero al 2100, y la recepción de mensajes extorsivos en los que se le reclamaba la entrega de mil pesos por cada uno de sus hijos, que eran cuatro. El 23 de ese mismo mes, el lechero coincide en un almacén de 9 de Julio y Santiago con Francisco Cuffaro, con quien se enfrenta a tiros seguramente por enemistades o negocios anteriores, y lo hiere de seis balazos.

El agredido (que era un modesto obrero de un horno de ladrillos y había llegado a Rosario en 1912, a los 21 años) sobrevivió hasta el 2 de agosto, muriendo sin transgredir el código de silencio de la mafia, llegando incluso a afirmar que no conocía a su agresor ni las razones de su ataque. Dainotto, por su lado, no sería menos elusivo y aunque terminara procesado por homicidio lograría la revocatoria de la sen­tencia y su libertad.

Los cuidados y previsiones que adoptara ante el temor a alguna represalia por la muerte de Cuffaro (Dainotto estuvo confinado prác­ticamente en su vivienda, habiendo abandonado incluso el reparto de leche) no fueron suficientes. El 19 de noviembre de 1923, al pasar con sus vacas por un conventillo de Balcarce al 1200, es atacado a bala­zos y salva su vida huyendo, mientras la policía detiene a los habitan­tes del inquilinato que no saben nada del asunto. El 7 de enero del año siguiente, una escena casi rutinaria se reitera en el tambo de calle 3 de Febrero, cuando Dainotto recibe la imprevista visita de tres individuos que le exigen la entrega de una fuerte suma de dinero.

Los visitantes no contaban sin embargo con las agallas del ame­nazado, que con la excusa de buscar el dinero en su casa, penetra en la vivienda contigua a los pesebres de sus vacas y regresa armado con la infalible "lupara" de dos caños y un revólver, con los que la em­prende a tiros contra los sorprendidos mañosos que, aunque armados, entienden que una fuga a la carrera es lo aconsejable. Segundo y fatí­dico error: los disparos de Dainotto terminan matando a uno de los prófugos,Tomasso Tarallo, otro siciliano de poco más de 30 años, que vivía a doscientos metros de su matador, mientras la policía logra detener a un segundo, Nicolás Ballestreri, ya mencionado como cabe­cilla del secuestro del menor Antonio Bevacqua pero que había logrado, hasta entonces, librarse de condena alguna. Un tercer mafioso, Santos Castagno, también vecino de Dainotto, conseguiría escapar de la policía.

El muerto, por su parte, también tenía antecedentes que lo sin­dicaban como miembro de la "honorable sociedad", como su denun­ciada participación en el asesinato de Cayetano Pó, dueño de una cha­cra de la zona de Alberdi, en enero de 1912, muerto al resistirse a balazos a las demandas de extorsión recibidas de la mafia, y su prota­gonismo, en marzo de 1918, en el robo de un carruaje de propiedad de Pedro Luraschi y en el asesinato casi simultáneo de Raimundo Luraschi, hermano del anterior, y de José Ancaroni, cuñado del pri­mero, quienes al hallar el carruaje robado en poder de dos hombres desconocidos, pretendieron su devolución recibiendo como única respuesta una descarga cerrada. Luraschi moriría en el acto, pero Ancaroni, que lo haría en la Asistencia Pública a los pocos días, alcan­zaría a describir a sus agresores, Antonio Lupilatto y el aludido Tarallo, que fueron detenidos en una carbonería en la que habían escondido el carruaje robado.

Apenas unos días después del tiroteo de Dainotto con los maño­sos y la consecuente muerte de Tarallo, se produce otro episodio más de esa saga de "vendettas", cuando es asesinado de un balazo de esco­peta, disparado desde un Ford sin patente, otro italiano joven, Nicolás Cipolla, de 29 años, habitante de un conventillo de Pueyrredón 1282, que la policía tenía sindicado como reducto de la mafia, y en el que se reunían regularmente una decena de integrantes de la organización para planear sus golpes.

Cipolla no era un desconocido para la justicia, ya que se lo incluía en la nómina de miembros de la mafia rosarina, con prontuario impor­tante. En 1912, había sido apresado por su participación en el asesinato de su connacional Rafael Zamudio, en Barrio Belgrano, por un ajuste de cuentas; con él, serían detenidos otros dos italianos arribados hacia poco al país, Juan D'Agostini y Esteban Curaba, este último vinculado en poco tiempo a dos hechos resonantes como el asalto al tren N° 20 del Central Argentino y el secuestro del hijo del cochero Zapater.

Aquella verdadera sucesión de crímenes al mejor estilo mafioso no terminaría sin embargo allí, aun cuando la policía rosarina sospe­chara seguras vinculaciones entre todos ellos, a través del hilo con­ductor del código siciliano de ojo por ojo y diente por diente, que la mafia tenía como paradigma. Tres meses después del asesinato de Cipolla, se produce en otro conventillo, el de San Nicolás 1270, un nuevo capí­tulo sangriento, la muerte a balazos de uno sus inquilinos, el ya men­cionado mafioso Antonio Lupilatto, a manos de dos muchachones que se presentaron buscándolo. Pese a estar armado por sospechar algún ataque, recibió un balazo en la cabeza que le causaría la muerte recién al día siguiente en la Asistencia Pública.

La policía, avisada por los vecinos, conseguiría la detención de los dos matadores, Ángel Cacci y Salvador Parla, luego cié una persecución que llegaría hasta Barrio Triángulo; su juzgamiento por la justicia condenaría a ambos sicilianos, en 1925, a veinte años de cárcel. Los hilos, esta vez, pudieron ser desenredados con mayor suerte: Lupilatto, amigo de Tarallo, había jurado vengar su muerte matando a su vez a Cipolla. Cacci, sobrino de este último, haría a su vez el mismo juramento de "vendetta" contra Lupilatto, y lo cumpli­ría al pie de la letra...

A Dainotto, el lechero siciliano, dejaría de acompañarlo la buena estrella años después, pese a su innegable sangre fría y valor para enfren­tarse con otros mañosos, cuando una orden de Chicho Chico, que ya había ingresado a la escena en la mafia rosarina, lo condena a muerte junto a otros dos amigos de Juan Galiffi: Pendino y Curaba. Para ese entonces, este tipo de enfrentamientos mafiosos se había convertido en moneda corriente en las calles de la ciudad.

Un buen ejemplo de ello es la serie de atentados contra José Farandella, conocido como "Pepino", un siciliano de 34 años, a quien la mafia embosca el 26 de agosto de 1923 en la esquina de 3 de Febrero y Alvear. Dos italianos, Diego Ulino y Juan Micheli son dete­nidos en las proximidades y la policía los acusa de la autoría de los disparos que hirieran de gravedad a su connacional. Las teorías sobre el intento de homicidio iban desde la complicidad de Farandella con Nicolás Ballestreri, a quien se detuviera antes como implicado en el atentado contra Luis Dainotto, a una "vendetta" mafiosa por razones ignoradas.

Farandella no iba a dormir tranquilo, sin embargo: poco más de un mes después, el 3 de octubre, dos hombres lo esperan esa noche en las proximidades de su casa y lo hieren de tres balazos que tampoco esta vez consiguen ser mortales. La policía, con inusual diligencia, detiene en la zona del hecho a dos sicilianos arribados poco tiempo antes: Calógero Storni y Carlos Médici, a los que acusa de ser partíci­pes del atentado, recibiendo como respuesta el habitual silencio pres­crito por el código de "omertá".

"Pepino" gozaría apenas de un año y medio de tranquilidad, ya que el 20 de febrero de 1925, cuando transitaba por calle Ituzaingó al 1800, es atacado a balazos por dos hombres que le disparan las doce balas de sus revólveres. Farandella recibe dos de ellas pero salva su vida una vez más, mientras son perseguidos y reducidos por la policía Alfonso Nachera, casi un recién llegado a la ciudad desde Italia y el ya conocido Juan Micheli, que en 1932 se contará entre los asesinos del periodista Silvio Alzogaray.

A los nombres conocidos de Cuffaro, Pendino, Micheli, los Curaba y Avena, entre otros, comenzaron a sumarse algunos más como los de Romeo Capuani y Santos Gerardi, quienes en 1929 trabajaban como choferes de dos de los muchos taxis con parada en la zona del Mercado Central, en el que Juan Avena, ya conocido como "Senza Pavura", se desempeñaba como peón de uno de los puestos de ver­dura. Los tres estarán ligados en julio de 1930 a uno de los crímenes más resonantes de la época, el del procurador Domingo Romano, cul­minación de una conjura en la que se mezclarían vínculos de familia, una herencia millonada capaz de movilizar pasiones y ambición por igual, y los expeditivos métodos de la mafia.

Esta interminable saga de "vendettas", correspondientes ritos de un código de honor de características muy peculiares y métodos drásticos era, como se dijo, muy difícil de erradicar desde el momento que era también complicado demostrar la autoría de muchos de estos episodios y castigar consecuentemente a sus autores. El famoso código de silencio de todos los implicados (también consignado antes) con­tribuía a que aquellos hechos se reiteraran insolubles desde el inicio mismo del siglo XX.

En 1908, un dramático tiroteo que epilogó una cena familiar tuvo como saldo la muerte de cuatro hombres, dos de ellos sicilianos. Lí7 Capital, al comentar el suceso se preguntaba ya entonces: ¿Será una ven­detta?, lo que pareció confirmarse luego de la investigación policial que constató que dos de los ultimados a balazos, los hermanos Carlos y José Cacciabaudo, dueños de una carbonería ubicada en la esquina de Alem y General López (hoy calle Estanislao Zeballos), habían sido víctimas de una venganza concretada por algunos de sus "paesanos" vinculados al comercio del carbón en la ciudad.

La detención inmediata de muchos de ellos no arrojaría dema­siada luz sobre el hecho pero sí lo haría el apresamiento de Carmelo Prioli, a quien la policía detuvo cuando se disponía a viajar a Europa, y la captura de Vittorio Speciale y Nicola Stalone, todos ellos sindicados como participantes de la cena compartida con las víctimas en su negocio y autores directos de los disparos que matarían también a Juan Arce, un agente policial que atraído por el intenso tiroteo (los Cacciabaudo se habían defendido también a balazos) quiso intervenir, y a un inocente testigo, Mariano González Ramos, vecino también del barrio del viejo Hospital de Caridad.

No deja de ser un dato relevante el hecho de que uno de los dete­nidos iniciales, Felipe Scilabra, quien recuperara su libertad por consi­derárselo ajeno a este episodio, estuviera en cambio estrechamente rela­cionado con otro sangriento hecho mafioso, el asesinato de Dainotto, Curaba y Pendino, en abril de 1931, por orden de Chicho Chico.
 
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo II  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones.

jueves, 9 de junio de 2016

Un malogrado aprendiz de capo

Por Rafael Ielpi


Es durante el período de mayor firmeza de Galiffi como jefe máxi­mo cuando aparece en Rosario el que pretendería ser su sucesor, reformulando métodos y estrategias de la sociedad delictiva para pasar de la mera extor­sión y el monopolio en los mercados de la ciudad al crimen, el secuestro y el implacable ajuste de cuentas con los viejos capos.

Aquel personaje ostentoso irrumpiría bajo el exótico nombre de Alí Ben Amar de Sharpe, aunque el verdadero fuera Francisco Morrone y se tratara de otro italiano más ganado por la subyugante seducción de integrar la honorable sociedad. Su ambición sería sin embargo desmedida: conver­tirse en capo di capi de una organización que, para él, estaba ya a contrape­lo de su similar en Estados Unidos, cuyos métodos le parecían más contun­dentes, con mayores y más rápidos réditos económicos.

Una personalidad extravagante, desde el atuendo elegante y a la mo­da a los anillos con exagerados brillantes en sus manos; la apropiación de un título de ingeniero argelino, con chapa de tal en el frente de su residencia en Avda. Arijón al 1000, en Barrio Saladillo; su presencia habitual en los restau­rantes de moda, la ostentación -en suma- de una riqueza que nadie podía constatar como real entonces, iban a posibilitarle algo más: su casamiento en febrero de 1932 con María Esther Amato, una joven de la sociedad rosarina. En la cere­monia civil, el aprendiz de capo aportaría otros datos igualmente improbables: su condición de soltero, su nacionalidad fran­cesa y dos padres de origen árabe, Niyima Bazis, siria, y Elias de Sharpe, egip­cio, a los que declara como fallecidos.

Héctor Zinni pinta con perdurable colorido su figura: "Desde su cuartel general partía a distintos lugares propicios para hacer conocer su personalidad; estacionando un automóvil de precio por la mañana y otro distinto por la tarde en la puerta de las confiterías de lujo, donde bebía su aperitivo o del restaurante de categoría, donde almorzaba y cenaba. Al hacerse el ser­vicio de peluquería en los mejores clubes y es­tablecimientos rosarinos, abonaba con un billete de 10 pesos, suma ele­vada entonces, dejando el resto al oficial como propina..."

Aquella rumbosidad, aquella ostentación, ocultaban el lado oscuro de Morrone: sus vinculaciones directas con la mafia, a la que pretendía co­mandar. Antes de eso, entre 1930 y 1932, el presunto ingeniero iba a estar detrás de algunos de los golpes más resonantes de la organización, que serían a la vez el umbral de su derrumbe,

Esa seguidilla tendría sus puntos máximos en agosto de 1931 con el secuestro de un poderoso empresario de Venado Tuerto, Florencio Andueza, al que los mafiosos trasladan al llamado Barrio 5 Esquinas rosarino y por quien la familia paga un fabuloso rescate de 100 mil pesos. La negativa del propio secuestrado a brindar información a la policía (Andueza llegó incluso a radicarse largo tiempo en Chile) y los clásicos códigos de silencio de la ma­fia parecieron dejar el caso en el misterio.

Es en ese momento cuando aparece la mención de un invisible Don Pepe, que es quien ha planeado la operación del secuestro, y que no es otro que el mundano Ben Amar de Sharpe o Chicho Chico, empeñado en su ba­talla por el control de la societá. Fue él quien convocó a algunos mafiosos con probada experiencia, como Gerardi y Capuani (involucrados poco antes en dos asesinatos, el del procurador Romano y el del hijo del millonario Vivet) y a Antonio y Víctor Michelli, Celestino Fernández, Miguel Cruzetti y Segundo Busillatto.

Sin embargo, el descubrimiento un año más tarde -el 12 de enero de 1932- del cadáver de José Amato, abandonado en un camino rural entre Estación Gould y Venado Tuerto, conduciría a la policía hacia la punta del ovillo. El muerto, un árabe partícipe del secuestro de Andueza, había sido acribillado a balazos por reclamar su parte del botín por el propio Don Pepe. Santos Gerardi, que cae a su vez en prisión en 1938, daría los detalles faltan-tes del caso, involucrando no sólo a Chicho Chico sino develando también la intrincada trama de otro crimen mafioso, el del procurador Domingo Ro­mano, en 1930, en el que tendrían participación (como se verá) otros noto­rios como Dainotto y Avena, el famoso Senza Pavura.

El hecho, ocurrido el 28 de junio de ese año en Corrientes y Mon­tevideo, constituyó una sórdida historia de codicia y de lazos familiares que incluía a Luis Vivet, hijo del multimillonario José Luis Vivet -que había muerto en Francia tres años antes-, cuya herencia discutía con sus hermanos Luis, Pedro Marcelo (declarado heredero pero que muere al poco tiempo de locura senil), María Luisa y Alicia. El procurador Romano, que había mane­jado los intereses del millonario, es convocado por los Vivet para viajar a Fran­cia para solucionar el entredicho sucesorio, y regresa con la anulación del tes­tamento a favor del fallecido Pedro Marcelo Vivet, lo que constituía un prin­cipio de solución.




Sin embargo, los Vivet lo desautorizan -empeñados en la pugna fa­miliar-, dando comienzo de ese modo a una disputa generalizada ya que Ro­mano pleitea a su vez contra ellos por lo que considera una herencia vacante, opinión que comparte alguna institución interesada en quedarse con la mis­ma. En diciembre de 1929, el procurador inicia el juicio y dos meses después recibe el primer anónimo, seguido de amenazas telefónicas: todo indicaba que se había puesto en marcha contra él un típico operativo mañoso.

En el mismo tendrían protagonismo tanto Luis Vivet como su apo­derado Salvador Lara -casado con Georgina Solari Vivet, nieta del millona­rio-, a quien se sindicaría, con endebles pruebas, como el mata­dor de Romano. La absolución de ambos pareció condenar el ca­so al cajón de los asuntos irresueltos. Pero faltaba un inesperado ingrediente: el asesinato de Luis Vivet, en 1931, apuñalado mientras caminaba por calle Córdoba rumbo a su vivienda de la esquina de Laprida y Santa Fe. La detención de Santos Gerardi, en 1938, permitiría armar el rompecabezas, del mismo modo que lo hiciera con el secuestro de Andueza.

El asesinato de Romano había sido instigado por Vivet, quien encargó a su amigo Ernesto David la contratación de los "ejecutores". Estos eran conocidos miembros de la mafia rosarina: el capo Luis Dainotto, Capuani, Gerardi, Nuncio Cannarozzo (que elije marginarse del hecho) y Juan Avena, el famoso Senza Pavura, cerebro de la operación, quien sería el encargado de repartir los cerca de 18 mil pesos pagados por David por el "trabajo" y de quedarse con una parte jugosa de ese monto, convirtiéndose de peón del Mercado Central en próspero mayorista.

Osvaldo Aguirre, en una investigación periodística en "La Capital", incluye un testimonio revelador: "Gabriel de Toma comprobó con asombro que en agosto de 1930, un mes después de cometido el asesinato de Ro­mano, su peón se convirtió en dueño de dos puestos de verduras. Y en di­ciembre del mismo año, Senza Pavura vendió esos puestos y se transfor­mó en mayorista de pescadería. En forma repentina se lo empezó a ver bien vestido, cambiándose de traje dos veces por día y llevando encima muchas alhajas..."

Al poco tiempo, todos ellos -instigadores, cómplices y el autor ma­terial de los disparos contra Romano, que unos suponen fue Gerardi y otros Capuani- habían caído bajo la propia violencia mafiosa, o muerto en la cár­cel. La honorable sociedad consumía su tiempo y sus hombres empeñada en una frenética escalada delictiva. Detrás de todo ello estaba la mano de Chi­cho Chico, Alí Ben Amar de Sharpe o Francisco Morrone, creyéndose insta­lado cada vez más alto en la pirámide del poder mañoso.
 
Fuente: Extraído de la colección “Vida Cotidiana – Rosario ( 1930-1960) Editada por diario la “La Capital

miércoles, 8 de junio de 2016

MAFIOSOS- Ágata Cruz Galiffi



Hija del pistolero Juan Galiffi conocido como Chicho Grande ambos lideraron la mafia argentina originada en Rosario. ésta mujer de particular belleza e inteligencia, manejó la mafia en la Argentina, radicada por entonces en Rosario, dedicada a la prostitución y la extendió a nivel internacional. Con tan sólo veintiún años esta jovencita se volvió más importante para la Scotland Yard que el mismísimo Al Capone, que limitaba sus acciones a Chicago. Entre sus muchas hazañas se encuentra la construcción de un túnel de 94 metros que daba a la caja de caudales del Banco de la Provincia de Tucumán, para cambiar billetes verdaderos por los falsos. También coordinaba la falsificación de la moneda nacional y extranjera a gran escala, mantenía vinculación con anarquistas y altos mandatarios políticos y controlaba una red de espionaje internacional que permitía la falsificación de acciones.Fué condenada en Tucumán, encerrada en una jaula de alambre durante 7 años en un establecimiento para enfermos mentales porque no había cárcel para mujeres. Aporte de ADRIANA FELICIA




En una casa que ya demolieron en mitre casi esquina 9 de julio vivía la madre de Chicho grande, abuela de agata me conto mamá que vivía enfrente y los veía llegar de visita. Aporte de Silvia Weissman


Personaje de la mafia rosarina, hija de Juan Galiffi. Me llegó la historia de una conocida que decía haber sido amiga de la hija. Me contó que la madre era un personaje que le había resultado misterioso. No sabía su nombre, pero se rumoreaba que era Agata Galiffi. Vivía en una casa con un fondo enorme, llena de antiguos y valiosos objetos de arte. Se decía de ella que nunca salía de su casa. También se decía que hacía "retiros espirituales" en los que se encerraba en su cuarto por días enteros (quizás semanas) comiendo sólo fruta. Rara vez se la veía cuando se iba a su casa. Era la esposa de un abogado que le llevaba muchos años, de apellido Luchini, con quien su padre había arreglado el casamiento cuando ella era muy joven. A partir de ese momento, comencé a investigar un poco más sobre la historia de Agata, que es bastante interesante.No se si habrá sido realmente ella la madre de la amiga de mi conocida, pero la historia me llama mucho la atención.  Aporte de Lucía Parma

 
Agatha Galiffi . la leyenda de su fantasma esto es lo que se , vieron contra el rio, en la Belgrano , donde esta el paredón del sembrador si creo que era un sembrador ,fíjense hay un hueco se comentaba que de ahí salían y se escuchaban llantos de una mujer supuestamente la Gata Galiffi así se decía.. era la que estaba ahi dentro y que los que se metían allí no volvían es una especie de tubería de desagüe se contaba que aveces para escapar de la policia, la gata y sus amigos usaban estos lugares .. son historias de infancia leyendas que contaban los viejos ...   Aporte de Claudio Maridon

martes, 7 de junio de 2016

Agata: el último resplandor

Por Rafael Ielpi


El abogado Lucchini protagonizaría otra historia vinculada aún más estrechamente con la moribunda organización al casarse -casi simultánea-menge con su defensa de Chicho Grande- con Agata Cruz Galiffi, "la flor de la mafia", que es quien cerraría ese ciclo violento y vengativo que entre 1930 y 1938, con sus coletazos de delaciones y resolución de viejos casos pen­dientes tendría en vilo a los argentinos en general y a los rosarinos en parti­cular. Es este último año cuando el apellido Galiffi vuelve a resurgir de la ma­no de su hija, ya separada de Lucchini y relacionada sentimentalmente con un pistolero de fuste, Antonio Placeres, alias "El Gallego". A ellos se suma un tercer hombre, Cayetano Morano, "El Pibe Morano", ex integrante de la famosa banda de El Pibe Cabeza, y sindicado como uno de los custodios de Chicho Grande.

El trío protagoniza el 30 de diciembre de 1938 un confuso pero san­griento episodio en Rosario, donde se habían reunido con un propósito que algunos suponen relacionado con la reorganización de la mafia. Reconocidos por dos pesquisas que los descubren en el bar de Aguiló, en Santa Fe y Maipú, son invitados a acompañarlos para averiguación de antecedentes. Los de­lincuentes les piden pasar primero por la pensión donde se alojan, en San Lo­renzo al 700, para buscar sus documentos, y allí atacan a balazos a sus capto­res, hiriendo a Domingo Ferreyra y matando a Juan Espinoza. Una huida espectacular permite a Morano esquivar a sus persegui­dores, pero es finalmente acorralado y herido de gravedad, no sin antes ulti­mar a otro agente policial, Marcos Cordero. En la Asistencia Pública, el Pi­be Morano pide hablar con el juez del crimen doctor Cantadore van Straat, a quien dice que puede confesarle ramificaciones y contactos de gente de al­to rango socioeconómico de Rosario con el mundo del delito. El juez orde­na se lo remita a la Jefatura de Policía en lugar de la Asistencia Pública, pero es finalmente llevado a la misma al agravarse su estado.

Al presentir su muerte, Morano pide otra vez la presencia del juez, pero ante la inexplicable demora de éste, fallece sin haber podido hacer pú­blicos sus secretos, en la medianoche del 4 de enero de 1938. Agata, su pri­mer marido Lucchini y el "Gallego" Placeres son detenidos y remitidos a Tu­cumán acusados de distribución de dinero falso en esa provincia y de haber planeado el robo a un banco tras la excavación de un túnel.

Comienza allí lo que Zinni llamara con metafórico acierto la cruz de Agata, una odisea que la lleva a un encierro en una jaula de 1.20x1.80 me­tros en un hospital para alienados en la capital tucumana, donde permanece encerrada siete años; a la traición de Lucchini, que después de haber purga­do una condena de ocho años le entabla un juicio de divorcio por "abando­no malicioso del hogar", aduciendo ignorar su paradero; a su libertad, en 1948, luego de 9 años y 3 meses de prisión, y a sus posteriores penurias físi­cas y morales, hasta la recuperación de una de las fincas de Galiffi, en Caucete, donde se radica definitivamente y donde vive.

En 1972, la revista Gente logra entrevistar a Agata en su propiedad cuyana. La magnética personalidad de "la flor de la mafia" estaba entonces enhiesta, tanto como sus códigos: "¿Chicho Chico?No lo conocí. Nunca su­pe quién era: ni siquiera sé si existió ". Su balance de vida era entonces tan escueto como firme: "Toda mi vida es lucha y reveses y ahora, a los 56 años, sé que puedo volver a perderlo todo. Sin embargo, estoy dispuesta a empezar de nuevo. Pero esta fuerza no es mía sino de mis amigos. Porque lo único que cuenta en la vida son los amigos... "Una aseveración que -tal vez sin pensarlo- remitía a aquellos sólidos vínculos de amistad que la mafia tenía como los únicos valederos.
Fuente: Extraído de la colección “Vida Cotidiana – Rosario ( 1930-1960) Editada por diario la “La Capital

lunes, 6 de junio de 2016

Con la misma medicina

Por Rafael Ielpi



Es en esa fecha cuando Juan Galiffi, cansado de los arrebatos y ambición de Chicho Chico, le prepara una celada con un pretexto similar a la que éste utilizara para asesinar a su paisano y amigo de la juventud Dainotto, al fiel Curaba y al viejo "giúdice" Pendino: la promesa de un armisticio que terminara con los celos y enfrentamientos entre ambos.

La soberbia, la imprevisión o la estupidez le tendieron una trampa al aprendiz de capo, que concurrió sin tomar precaución alguna ya que en realidad su trato con donjuan y su familia era permanente e incluso cordial. Según algunos testimonios fue recibido por Galiffi en persona, mientras otros afirman (versión que parece ser la correcta) que éste se había marchado a su finca de San Juan para aventar toda sospecha, dejando en calidad de anfitrionas a su esposa y su hija Ágata.

Alojado en la vivienda y después de haber cenado esa noche en un restaurante de la Avda. de Mayo con dos de los hombres de Galiffi, Marrone vuelva a la casa y allí es ajusticiado por tres incondicionales de Chicho Grande:Juan Glorioso, Antonio Montagna y Juan Rubino, con el chofer Luis Corrado como cómplice necesario. El frustrado aspirante a jefe de la mafia fue enterrado en una quinta de Ituzaingó y recién en febrero de 1938 la policía encontraría su esqueleto descarnado, con un alambre atado en cuatro vueltas a la altura del cuello y las piernas dobladas casi hasta tocar la espalda.

El dato había sido aportado por Simón Samburgo desde la cárcel, donde se lo confinara por su participación en el secuestro de Favalukes. Su declaración involucraría asimismo a José Ciotta, Pedro Larrusa y Nicolás Trama, quienes si bien no fueron ejecutores de Chicho Chico estaban en la vivienda donde se produjo el ajusticiamiento.

El hallazgo, entonces, no sería casual: A pocos metros del lugar, recogido debajo de un árbol, decía la nota de Crítica del 11 de febrero de 1938, esposado y vigilado estrechamente, Luis Corrado, ex chofer de Galiffi, contempla la macabra tarea. Él, que intervino en el "trabajo" buscando el alambre para ahogar a Chicho Chico y que condujo después el Fiat de Don Chicho Grande hasta la quinta, llevando a los mafiosos Juan Rubino y Juan Glorioso custodiando el cadáver escondido en la parte posterior del vehículo, se mantenía sereno. El hallazgo de los restos confirmaba sus declaraciones hechas ante la policía.

En efecto: Corrado había sido mencionado por otros dos mafiosos, Luis Buttera y José Muratore (también encarcelados), como vinculado con la misteriosa desaparición de Chicho Chico, y ello llegó a conocimiento deViancarlos,jefe de Policía porteño, que ordenó se los entrevistara para lograr ampliar sus dichos. De allí a la confesión de los mafiosos y al macabro hallazgo de los restos, había solo un paso. Un par de zapatos de charol con polainas blancas y botones de nácar y un sombrero que ostentaba aún la etiqueta de la tienda rosarina "The Lasting", bastarían a la policía y a la familia de Esther Amato, la viuda, para establecer, que esos huesos y cráneo eran lo que quedaba de Alí Ben Amar de Sharpe o Francisco Marrone o Morrone, alias Chicho Chico.

Juan Galiffi no quedaría al margen de la cárcel, sin embargo. En el verano de 1933, y en la búsqueda policial de las conexiones de la mafia, cuya exterminación había sido decretada por el propio presidente de la Nación, una sucesión de redadas determina la detención, en distintas ciudades, de una serie de implicados en hechos mafiosos: Vicente Caselli, José Curaba, Giovano Rappiello, otro de los sindicados como entregador de Ayerza, y Mauro y Andrés Alfano, parientes de Galiffi. Este es detenido el 16 de marzo en su casa de calle Pringles, en Buenos Aires, por una comisión especial de la policía rosarina cuyos jefes Barraco Mármol y Martínez Bayo habían bregado durante años (o habían hecho lo posible por parecer que lo hacían) por concretar esa captura.

Éste motivo de su apresamiento no estaba relacionado con ninguna de las muchas muertes decretadas por la mafia, de las que había sido sin duda responsable, sino con un secuestro incruento: el de Marcelo Martin. Sobre fines de enero de 1933, la estrategia de golpes espectaculares planificada por Chicho Chico parecía seguir su marcha, aunque se tratara del golpe postrero.
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo II  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones

viernes, 3 de junio de 2016

El secuestro de Ayerza

Por Rafael Ielpi





El secuestro y ulterior asesinato de Abel Ayerza, un estudiante de 25 años, miembro de una acaudalada familia porteña, propietaria de la estancia "Calchaquí" en la provincia de Córdoba, iniciaría ya entrada la noche del 23 de octubre de 1932, el capítulo final del ascenso de Chicho Chico y del poder de la mafia e iba a tener a Rosario como escenario de parte del sangriento episodio.

La operación, planeada por el ascendente De Sharpe, contaría con un nutrido grupo de partícipes: los cinco secuestradores que interceptaron el automóvil en que viajaban Ayerza y sus amigos Santiago Hueyo (hijo del ministro de Hacienda de Justo) y Alberto Malaver junto a Juan Bonetto, mayordomo de la estancia, y que un eran los previsibles Romeo Capuani y Santos Gerardi,junto a Juan José Prenda, que oficiaría como jefe aparente del secuestro, Juan Vinti y Salvador Rinaldi; los cómplices como Anselmo D'Allera, en cuya chacra de Corral de Bustos fueron alojados inicialmente Ayerza y Hueyo antes de la liberación de éste, que se haría cargo de la gestión del pago de los 120 mil pesos exigidos por los mafiosos; Vicente Di Grado, que vigilaría a Ayerza junto aVinti, y su hermano Pablo Di Grado, encargado de traer las provisiones desde el pueblo cercano; Carmelo Prenda, Carmelo Vinti, José La Torre, José Pizzala, Pedro Gianni y también algunas de las esposas de varios de ellos.

Al ser liberado en las proximidades de la localidad de Pérez, Hueyo pone en marcha, de acuerdo con los Ayerza, el pago del jugoso rescate, que es entregado por un amigo de Abel, el también estudiante Horacio Zorraquín Lynch, miembro de otra familia de la alta sociedad porteña, a Salvador Rinaldi Según algunos, y a una mujer no identificada según otros, el 30 de octubre, en plena calle San Martín de Rosario, en las proximidades del Mercado Central. Los mafiosos tranquilizan a los familiares prometiendo la liberación del estudiante, pero la misma no se produciría nunca.
Realizado el secuestro el domingo 23 de octubre del año pasado, tuvimos las primeras noticias del hecho por intermedio del señor Santiago Hueyo. Inmediatamente procuramos hacer llegar el dinero al lugar que aquellos indicaron, pero la actividad desplegada por la policía nos obligo' a desistir de nuestro propósito. Esperamos que nos transmitieran nuevas indicaciones y el sábado 29 de octubre recibimos una carta escrita por mi hijo y fechada dos días antes. En ella anunciaba el pago perentorio de 120 mil pesos bajo pena de muerte, y nos suplicaba que nos apresurásemos, por nuestra parte, a satisfacer esa exigencia a la mayor brevedad.Al día siguiente, domingo 30, se hizo en la ciudad de Rosario el recorrido de la calle San Martín que indicaba el itinerario encontrando a dos personas que dieron el santo y señala convenido y ajustaron en un todo su actitud a lo que en aquella carta se expresaba. Esas dos personas recibieron, pues, el precio del rescate y manifestaron que nuestra familia podía estar tranquila, porque dentro de uno o dos días, a más tardar,Abel estaría en casa.
(Reportaje a Adela Arning de Ayerza, en La Nación,
24 de octubre de 1933)


En los primeros días de noviembre, Juan Vinti, intranquilo por la falta de noticias de la banda, decide trasladar a Ayerza hasta un paraje conocido como Campo Carlitos, ignorando la simultánea recepción por la mujer de Anselmo D'Allera de un telegrama.

La existencia del mismo forma parte de una de las suposiciones acerca del motivo real del asesinato de Ayerza, aun cuando el mismo, según otros, bien pudo haberse producido por la nerviosidad de Vinti (de por sí un hombre de reacciones violentas) ante la falta de noticias o por una presunta venganza de uno de los Di Grado, a quien Vinti señalara hasta su muerte como el autor del crimen. Mientras tanto, y siguiendo la primera versión, el escueto texto Maten el chancho urgente del telegrama no le pareció a Alcira D'Allera acorde con el plan original.

La mujer viajó entonces a Rosario para recabar aclaraciones enterándose allí no sólo de que el rescate había sido cobrado sino que el texto correcto, que se refería obviamente al infortunado estudiante, debió haber sido Manden el chancho urgente; al regresar a la chacra de los D'Allera no encontró a Vinti ni a Abel Ayerza. Los hechos se habían precipitado hacia un final sangriento: incomunicados del resto del grupo y sin saber el resultado del pedido de rescate, que había sido pagado hacía ya 48 horas, Vinti y Pablo Di Grado llevan al joven a una zona de maizales cercana a Corral de Bustos y uno de ellos lo mata de un balazo por la espalda el l de noviembre, cumpliendo, sin saberlo, lo ordenado en el primer telegrama del que nunca tuvieran noticias.

El avance de la investigación atemorizó tres semanas después a los hermanos Di Grado, quienes recurrieron a la colaboración de D'Allera para una macabra operación: desenterraron el cuerpo de Ayerza y lo trasladaron a un campo de la Colonia Carlitos, cercana a Chañar Ladeado, donde volvieron a sepultarlo tras eliminar las ropas de la víctima. El texto del telegrama, por su lado, tenía otra conexión adicional con la realidad, ya que a D'Allera se lo conocía, por dedicarse eventualmente a la cría de cerdos, como el chanchero.

Su protagonismo y autoría serían tenazmente negados por Vinti, quien atribuyó el disparo mortal a Pablo Di Grado, como venganza de éste por la relación sentimental de uno de los estudiantes con una jovencita de su familia, siguiendo el rígido código de honor siciliano.

Incluso el diario Crítica dudaría de la versión de la muerte de Ayerza a manos deVinti por cuanto éste y Otros mafiosos se habrían encontrado durante esos días viviendo en Rosario, en la casa del "aguantador" de la organización, José Ruggienini, quien terminaría delatándolos a la policía y facilitando la detención de la mayoría de ellos.

El episodio no aparece como insólito si se tiene en cuenta que Ruggienini, al que algunos diarios apodaban el hombre de la nariz colorada, también estaba señalado, desde hacía tiempo, como confidente policial, en realidad uno de los muchos que utilizaba la Jefatura de Investigaciones comandada por De la Fuente, cuyos métodos no excluían además de una permanente autopromoción mediática, la tortura disfrazada tras la metáfora de "hábiles interrogatorios".Vinti sería sindicado como el matador de Ayerza por José Frenda y haría pagar caro a éste la delación: en 1936, estando ambos en la cárcel,Vinti le clava un estilete en el pecho y lo mata.

El rango social de los Ayerza, la condición de hijo de un altísimo funcionario nacional del joven Hueyo y la pertenencia de ambos a la Legión Cívica nacionalista, desataron una furibunda campaña contra la mafia, encabezada por la Policía Federal, que tomó cartas en el asunto aun sobre la jurisdicción de las policías provinciales de Santa Fe y Córdoba.Algunos de sus jefes como Miguel Viancarlos oVíctor Fernández Bazán, en Buenos Aires, y buena parte de la plana mayor rosarina, como De la Fuente, José Martínez Bayo, Hugo Barraco Mármol, Américo Facciutto, Adolfo Mascheroni, Eduardo Paganini, Juan Carlos Bernard, Arturo Palenque, Alfredo Nimo y otros, tendrían asimismo un decidido protagonismo en esa lucha, que por otra parte era esta vez motorizada desde el propio corazón del poder.

La mutua desconfianza hizo que más de una vez la investigación se demorara, tomara rumbos equívocos o llevara a la detención de personas que resultarían ajenas al caso. En un punto coincidirían tanto las huestes de Fernández Bazán como las de De la Fuente: cualquier método era bueno para lograr una confesión, una delación o un dato revelador, más allá de la desconfianza que inspiraban a los federales las relaciones de la policía rosarina con los mafiosos.

G. G. González apunta en sus recuerdos:Jamás hubo en la Argentina una movilización tan grande de policías. Desde Buenos Aires viajó para intervenir en la pesquisa Víctor Fernández Bazán, sin duda uno de los más eficientes policías de esos tiempos; desde Rosario se movilizó mucho personal, pero el Jefe de Investigaciones De la Fuente no inspiraba confianza, ya que se le sabía estrechamente vinculado a los mafiosos. Cronistas y fotógrafos de todos los diarios metropolitanos se habían instalado en Rosario, lo que desesperaba a De la Fuente. Para librarse de ellos, organizó una gran batida que abarcó Marcos Juárez, Corral de Bustos y Cañada de Gómez. Más de 150 chacras fueron inspeccionadas en presencia de los periodistas. Secuestraron buenos salames y salamines, pero del raptado no hubo rastros... Quedaba pendiente sin embargo apresar a Chicho Chico, algo que no lograrían, y a Chicho Grande, algo que lograrían pero por poco tiempo.

Al expedirse la justicia, siete años después del crimen del estudiante, las condenas fueron la culminación de un largo proceso judicial, dilatado por los hábiles abogados de los acusados.JuanVinti, los hermanos Di Grado, Capuani y La Torre fueron condenados a prisión perpetua.A Pedro Gianni le correspondieron diez años de cárcel, uno más que a Salvador Rinaldi. En el camino habían quedado Carmelo Rampello, que había orientado la pesquisa delatando (aunque mediante la tortura policial) a algunos de los implicados, y que resultaría finalmente absuelto; Domingo Catera, un joven comisionista italiano a quien Rampello había acusado de entregador y que fuera liberado por su desvinculación del hecho; Carmelo Vinti, que moriría a consecuencia de la golpiza policial en Buenos Aires, un método caro a Fernández Bazán, y Alcira D' Allera, que moriría por enfermedad durante su período de detención en el Asilo El Buen Pastor de Rosario.

Dos de las mujeres participantes en el secuestro de Ayerza recibieron asimismo su condena: Graciela Marino, siete años, y nueve su madre María Fabella de Marino, suegra de Rinaldi, mientras quedaría al margen Pabla Dazzo de Di Grado. Anselmo D'Allera, por su parte, desaparecería sin dejar rastro alguno, evadiendo de ese modo cualquier castigo judicial.
Al producirse el secuestro de Ayerza, la búsqueda del mundano y ambicioso Marrone o de Sharpe, a quien se suponía con fundamentos instigador y cerebro de toda esa cadena de delitos, se tomó poco menos que frenética. La policía realizaba casi a diario verdaderos raids de allanamientos, detenciones, interrogatorios y tiroteos en procura de su paradero, aun cuando es licito hoy, a la luz de las conexiones entre la mafia y la policía rosarina, albergar legítimas dudas acerca de la diligencia y veracidad de esos procedimientos. Lo que sí puede conjeturarse con total certeza es que los policías ignoraban entonces que el ascendente aprendiz de capo había sufrido ya en carne propia el fatídico abrazo del alambre en el cuello entre el 3 y 4 de abril de 1932.
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo II  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones

jueves, 2 de junio de 2016

Misterio escrito con sangre

Por Osvaldo Agüirre


La investigación comenzó a resentirse por fricciones entre las policías de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe El enfrentamiento co­menzó cuando Vinti y Frenda escaparon de un aguantadero en Rosario, poco antes de que llegaran Fernández Bazán y Leónidas Homo, jefe político de Marcos Juárez Los mañosos, se sospecha, habían sido puestos sobre aviso des .le la División de Investigaciones do la policía local. Félix de la Fuente mantenía relaciones cordiales con miembros conocidos de la ma­fia, entre ellos el propio Vinti y en especial su hermano mayor, Carmelo Vinti, antiguo matón de comité y luego custodio del ex juez Claudio Newell, quien más tarde asumiría la defensa de Juan Vinti y de Romeo Capuani.




Cuando el misterio parecía cerrarse, el 1o de febrero de 1933, en Rosario, un grupo ma­ñoso liderado por Diego Radduzzo liberó sano y salvo a otro secuestrado, Marcelo Martin, hijo del empresario Julio U. Martin, dueño de la Yerbatera. La causa de Ayerza se reactivó, y trascendió otro sospechoso error de la po­licía rosarina: dos meses antes la policía de Neuquén le había informado la detención de Santos Gerardi, pero Investigaciones reportó que no tema antecedentes delictivos y en con­secuencia el mañoso había sido liberado.




Por orden del Ministerio del Interior, un grupo de investigadores viajó entonces de incógnito a Rosario. Lo integraban Fernán­dez Bazán, uno de sus auxiliares, Cayetano Bruno, y Miguel Angel Tenlorio. un civil que conocía bajos fondos do la ciudad, donde había reclutado gente para integrar piquetes (le crumiros. como se llamada en la época a los rompehuelgas. Después de hacer algunos contactos en Pichincha, se entrevistaron con Carmelo Vinti y José La Torre.




La entrevista con La Torre tuvo como me­diador a Ricardo Carreras, hermano del comi­sario Ernesto Carreras, de la policía rosarina, y se realizó con la presencia de Horacio Ayer­za, hermano de Abel. Horacio Ayerza le pidió a La Torre que intercediera ante los secuestra­dores y que, si su hermano estaba muerto, le revelaran dónde estaba el cadáver.




La Torre prometió ocuparse del asunto, como si él fuera ajeno a los hechos, y unos días después le dijo a Ayerza que no había podido averiguar nada. Poco después, el 11 de febrero de 1933, el equipo de Fernández Bazán secuestró a La Torre y Vinti y los condujo al Departamento Central de Policía, en Buenos Aires, donde los sometió a lo que si llamaba "hábiles interrogatorios", eufemismo de la tortura. A partir de sus declaraciones, detuvieron —también de manera ilegal control judicial— a Salvador Rinaldi —que se había gastado su parte del botín en el hipódro­mo— y su ex esposa, Concepción Marino. Vinti murió a causa de los apremios y la Torre, meses después, todavía no podía caminar cuando lo llevaron a la cárcel de Villa María.




Antes de morir, Cinti reveló que Ayerza había sido asesinado y estaba enterrado cerca de Corral de Bustos La policía detuvo a los hermanos Di Grado y el 22 de febrero de 1933.




Ayerza había sido asesinado el 1 de noviembre de 1932, después del pago del res­cate. Cuando llegó el telegrama pidiendo su liberación, Bordone estaba aún preso. Lo re­cibió su mujer, Alcira Medina, que no entendió el significado del mensaje y se lo llevó a los Di Grado, quienes no le dieron importancia.




Según la sentencia del juez Luis Agüero Pinero (1937), Ayerza fue asesinado en el só­tano donde pasó su cautiverio y conducido a un campo cercano, desde donde después: trasladado al lugar de su hallazgo. El grupo mafioso que estaba en Corral de Bustos era inminente su descubrimiento después de la captura de Bordone (quien, sin embargo, no habló, y se perdió de vista tras ser liberan manteniéndose prófugo para siempre). Del expediente surge que "el crimen fue largamente meditado por Vicente Di Grado, como una forma de evitar el reconocimiento de s casa, ya que el colchón donde dormía Ayerza estaba apoyado en unos cajones de fruta que identificaban a la verdulería.




La unidad de los secuestradores comenzó resquebrajarse durante el cautiverio de Ayerza. Vicente Di Grado se enojó porque Vinti alcanzó a Ayerza ejemplares de Crítica y de La Capital que hablaban del secuestro y prohibió bajar al sótano, donde tenían al secuestrado a oscuras.

—Menos se sabe, menos se responde —dijo Di Grado cuando Vinti le preguntó cuál era recorrido para el pago del rescate.

Toda una lección mafiosa. Apenas do dos, los Di Grado le atribuyeron la muerte de Ayerza a Vinti y trataron de reducir -de simples custodios. La ruptura del grupo profundizó durante los careos que ordenó la Justicia. "Miente ese desgraciado de mierda. Jesuíta, patriada (sic), si a mí me lo dejaron suelto a éste le haría decir la verdad", dijo Juan Vinti ante Pablo Di Grado. Y éste a su , vez, le espetó: "Si a mí me lo dejaran solo le chuparía la sangre y le comería el alma. Ten­go ardor en el corazón, porque (Vinti) es un traicionero que con engaños ha desgraciado a toda una familia". Los tuvo que separar la policía, y lo mismo pasó después cuando Vi­ente Di Grado le recordó a Vinti que "se le uncía el culo por temor a caer preso". En otro incidente derivado de la división del grupo, Vinti asesinó a cuchilladas a José Frenda n la cárcel de Córdoba, en 1936.

Gianni, La Torre, los Di Grado, Vinti y Capuani fueron condenados por el juez Águero Piñero a perpetua en un paraje de los territorios del sur, por secuestro extorsivo y homicidio; María Sabella y Salvador Rinaldi (expulsado del país en 1939), a 20 años, por cómplices; Carlos Rampello, a 16 (fue absuelto por la Cámara de Apelaciones, en 1939); Graciela Marino, a 12; Pabla Dasso, esposa de ente Di Grado, a 10 (absuelta por la Cámara de Apelaciones). Quedó abierto el pro-contra Bordone (nunca fue localizado) y detenido en 1934 por otros delitos, por los que terminaría condenado en 1945.-reclusión perpetua por la Cámara de Apelacio­nes de Rosario. Todos los procesados, además, fueron condenados a pagar solidariamente, en concepto de daño material y moral, 300 mil pesos moneda nacional a la madre de Ayerza. las últimas actuaciones del expediente son los informes semestrales de la cárcel de Ushuaia, donde fueron a parar los condenados, dando cuenta del embargo de sus peculios, sumas irrisorias pero significativas de la implacable persecución judicial, que embargó también to­dos los bienes de los condenados, empezando por la chacra de los Di Grado.

El velatorio de Ayerza, en el cementerio de La Recoleta, congregó a una multitud, y a los dirigentes más conspicuos del fascismo criollo. Los oradores se pronunciaron por la expulsión de extranjeros indeseables—un rótulo que in­cluía tanto a delincuentes como a militantes anarquistas y socialistas— y el endurecimiento de las penas, y sus palabras no tardarían -verse traducidas en muertes y deportar nuevas extensiones de la violencia que signaba a una época. La tolerancia policial que favoreció durante muchos años la existencia de lo grupos mañosos en Rosario, en cambio, nunca fue investigada.
Fuente: Extraído del diario “La Capital” del 21 julio de 2013.-