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jueves, 10 de diciembre de 2015

Folletines de aquí (y de allá)

por Rafael Ielpi

    Aquellos folletines que se incluían en diarios y revistas como Monos y Monadas, Leoplán, Caras y Caretas y otras, fueron pronto publi­caciones independientes que los desgajaron de aquéllos, en los que se habían publicado desde un comienzo, entre 1880 y 1900, aun cuando en muchos casos una que otra de esas novelas subsistiría en sus páginas. Estos libros "folletinescos" llegaban desde España, sobre todo, conteniendo obras de autores absolutamente desconocidos o muy poco conocidos entre los que se mezclaban, a veces, otros nombres mucho menos oscuros como los de Martínez Sierra, Benavente o el propio Pérez Galdós, cuya Fortunata y Jacinta, por ejemplo, podría haber enca­jado perfectamente en una de esas colecciones de novelas por entre­gas, levantando de paso la calidad literaria del género.
De aquellos autores menores pero populares, ninguno alcanza­ría la fama de la florentina Carolina Invernizzio, la "folletinera" más renombrada. En febrero de 1914, La Capital publica un aviso de la "Imprenta Inglesa", de Santa Fe 1176, en el que junto a la promoción de una oferta de librería y papelería y venta de figurines europeos, se ofrecen como novedades Amores trágicos, Maridos infieles, Las esclavas blancas y La resurrección del ángel, entre otras, algunas de ellas en dos tomos, añadiendo: Está de más que recomendemos a esta insigne escritora pues ya se sabe que cada obra de ella es un éxito resonante. Lo que era, por lo demás, rigurosamente cierto.
Entre 1910 y 1915, la librería "Cantaclaro", de la porteña Avenida Corrientes al 1200, aún angosta, servía de puntual proveedora de los seguidores de la Invernizzio cuando sus nuevos libros no llegaban prestamente a Rosario. En esas estanterías de Buenos Aires se acu­mulaban folletines del tipo de El calvario de una madre, La hija de la portera, La mujer fatal, El tren de la muerte, Los 60 millones de la condesa Delga o La amante del ladrón, todos ellos con la habitual cuota de sacri­ficios, amores castos, traiciones, infamias y redenciones propias del género en especial y de la autora italiana en particular.

¿Las novelas por entregas? Había gente que vendía eso por semana. En mi casa éramos seis personas: cinco leíamos. Menos mi mamá, los demás leíamos todos, mi papa leía. Había revistas que compraba mi papá que no
sólo traían ilustraciones, sino también cuentos, novelas: eso leíamos. Los cuatro hermanos éramos muy de leer. Yo fui hasta cuarto grado nomás. Si no hubiera leído, no podría estar hablándole como le hablo...
(Smaldone: Testimonio citado)


Las librerías rosarinas se poblaban semanalmente con toda una serie de colecciones de novelas por entrega, cuando ya la moda del género se había impuesto definitivamente entre nosotros. Series diver­sas como La novela semanal, iniciada en 1917; El cuento ilustrado, La novela de hoy, La novela para todos y La novela del día, las cuatro de 1918; La novela de la juventud y La novela nacional, ambas de 1920; La novela argentina y La novela universitaria, las dos de 1921; La novela porteña, de 1922 o El cuento semanal, entre otras, albergaban gran cantidad de (ítulos que tenían suspensas a sus lectoras (y lectores) durante sema­nas enteras, como Fueros de la carne, La maldita culpa o Cómo delinquen los viejos, al lado de los cuales, de cuando en cuando, se colaban algu­nas firmas notorias, con mayor nivel literario.
La inclusión simultánea de muestras de este género como "sepa­rata" de alguno de los grandes diarios de distribución nacional de entonces, daría lugar a la instauración del "magazine" como un pro­ducto de consumo masivo, lo que se facilitaba por el hecho de que su adquisición no demandaba la frecuentación de las librerías, ámbi­tos no habituales para vastos sectores de la sociedad rosarina entre 1910 y 1930.
Estos magazines contenían, junto a una información heterogé­nea que iba desde notas sociales referidas tanto a la nobleza europea como a la "high life" argentina, relatos de corte gauchesco, viñetas de "color local", fotografías y avisos de publicidad, etc., junto a algunos de los folletines que entre 1910 y 1930 gozarían de su momento de esplendor y popularidad.
Beatriz Sarlo apunta en El imperio de los sentimientos, publicado en 1970: El circuito del magazine puede prescindir del aparato intimidatorio de la librería tradicional. El nuevo lector podía, cobijado en la necesidad que da el anonimato o la familiaridad con el vendedor, adquirir su material de lectura semanal en el kiosco, junto con el diario. El sistema misceláneo del magazine, por su variedad retórica y temática, podía combinarse de manera múltiple con las necesidades de consumidores medios y populares. Su precio, por otra parte, era entre diez y quince veces inferior al del libro (considerados los precios de catálogo de una editorial tan masiva como Tor); en consecuencia, por el número de páginas y la variedad de la oferta, significaban una opción tan atractiva que el magazine, de "Caras y Caretas" a "Leoplán", diseña uno de los perfiles literario-periodísticos de la primera mitad del siglo XX.
El folletín posibilitó, de todas maneras, una enorme populari­dad a un puñado de escritores argentinos, algunos de los cuales son recordados hoy con valoraciones dispares por la crítica literaria, desde César Duayen a Hugo Wast, dos seudónimos famosos de la literatura nacional, pasando por Héctor Pedro Blomberg, Eduardo Zamacois o Juan José de Soiza Reilly, este último un periodista que alcanzaría insospechada popularidad con sus crónicas en Caras y Caretas y tam­bién con novelas como La muerte blanca sobre la droga en Buenos Aires entre la "gente bien". Sarlo recuerda que en las listas de auto­res se mezclan escritores que pertenecen al registro de la literatura alta con profesionales de estas ficciones. En este último grupo, pue­den señalarse un conjunto de firmas de individuos relativamente exi­tosos, a juzgar por el número de reediciones de sus relatos. Los prín­cipes de esta cofradía son Josué Quesada, Alejo Peyret y el triunfal Hugo Wast.
Tampoco, como se ha dicho, se libraban del folletín de consumo semanal las revistas masivas de las décadas iniciales del siglo como Caras y Caretas, Fray Mocho e incluso la rosarina Monos y Monadas, El Hogar y Para Ti, en todas las cuales el género ingresó para radicarse largo tiempo. Por los años del Centenario, personajes folletinescos como Raffles,"el rey de los ladrones", iban a alcanzar asimismo altos picos de popularidad y de lectores.
En agosto de ese año, por ejemplo, la librería de Hoyos, en Santa Fe al 1100, ofrecía cuadernos con los emocionantes episodios de Raffles, enu­merando una larga serie de títulos de la serie como Los cuatro padres, El presidente de las colonias, Raffles y el jefe de la policía china, Entre los apaches de París, El misterio de los niños mutilados, etcétera. El negocio, establecido como "The English Book Exchangue", tenía además una importante clientela, atraída tanto por las publicaciones en lengua inglesa como por las novedades en materia de revistas de modas.
Otro de los grandes personajes de ese género por entregas iba a tener su cuarto de hora en los mismos años. En 1911, "El siglo ilustrado", la librería de SerapioVidaurreta, en Córdoba 1272, publi­citaba las aventuras de Sherlock Holmes, en una revista semanal de literatura policial del mismo nombre, cuya suscripción trimestral era ofertada a $3.50 el ejemplar. Antecesores en el tiempo de Holmes, también Arsenio Lupin y Fantomas se convertirían en grandes prota­gonistas de verdaderas sagas folletinescas que se leían en Rosario a comienzos del siglo pasado.
El folletín iba a tener también (como no podía ser de otro modo tratándose de una moda) sus cultores locales, como Carlota Garrido de la Peña, una mendocina que viviría en Rosario a partir de la década del 20 y que había publicado ya sus primeros libros del género en los últimos años del siglo XIX, en La Unión Provincial, de Santa Fe, y La Capital, de Rosario. Aquellos títulos: Mar sin riberas, Entre dos amores, Un momento de locura y otros, se matizaban de cuando en cuando con títulos como Corazón argentino, un libro de lectura muy ameno y muy nacional, infaltable en las escuelas de la República, según aseguraba un aviso de 1918, que agregaba: La autora atiende los pedidos de la obra en Coronda, Santa Fe. De la Peña, que era docente, vivía efectivamente en esa ciudad, desde la que se trasladaría a Rosario en 1920.
Otro de aquellos escritores incursos en esa popular "literatura del folletín" es Dermidio T. González, ensayista sobre temas históri­cos, poeta y periodista que dirigiera la revista Rosario Ilustrado en 1913, nacido en Corrientes y que vivió en Rosario hasta su prematura muerte en 1919. Aunque siguiendo las inevitables huellas naturalis­tas del género, la mayor parte de sus novelas no tenían sin embargo por escenario al Rosario de entonces sino a otras ciudades argenti­nas como Mar del Plata, Córdoba o las sierras, que eran por otra parte, como se ha visto, lugares predilectos para los veraneos de las clases acomodadas de la ciudad.
El peso de los criterios morales de la burguesía local, que se su­maba al decisivo peso de su poderío económico, provocó en Der­midio González lo que Eduardo D'Anna en su valiosa Historia de la literatura de Rosario llama acertadamente la degradación obligatoria del modelo. Que se vuelve más notoria —afirma— cuando Rosario aparece como referente. En Iris, de 1908, subtitulada "novela de costumbres rosarinas", la acción nos pasea por el Parque Independencia, los salones particulares y el Jockey Club, sin dar señal de ninguna particularidad especial.
Aunque las escabrosas relaciones sentimentales de los persona­jes de González suelen tener un final feliz, aquí en Iris, por acaecer en Rosario, exigen uno trágico: el autOl comprende que las nuevas cla­ses medias no se resignarán a ver tenidas de inmoralidad las trincheras tan recientemente ocupadas, señala D'Anna: a diferencia entonces de los natura­listas porteños, González debe desincriminar a la sociedad que describe y por ello las causas del adulterio de Iris (una mujer casada con un hombre mucho mayor que ella) con el aristocrático y joven abogado Fuentes Olmos, no cons­tituyen ninguna imputación a las costumbres locales...
Dermidio no era solamente un urdidor de historias folletinescas. También la poesía lo tentaría muchas veces y publicaría poemas muy al gusto modernista de esos años augúrales del siglo XX, como aquel "A la luna", que Monos y Monadas incluyera en sus páginas: Blanca luna, cuando asciendes triunfadora por la esfera, / en tu barca plateada de divina mensajera, / saludando a las estrellas con tu luz crepuscular, / los espíritus, las hadas, los misterios de la noche, / los encantos de las flores que a esa hora abren su broche, / con los ángeles se unen, tus bellezas a cantar.
Los folletines constituirían una real costumbre para un vasto número de lectores de los sectores populares y de clase media. Eran efectivamente, como lo señala Beatriz Sarlo, literatura de barrio y también literatura predominantemente para mujeres o adolescentes y jóvenes de secto­res medios y populares. La prestigiosa crítica e investigadora argentina destaca en el folletín y la novela por entregas su economía discursiva y narrativa ajustada a la trama sentimental; claras y económicas, demandaban muy poco de su lector y le dieron en cambio bastante: el placer de la repetición, del reconocimiento, del trabajo sobre matrices conocidas.
Aquellas historias centradas casi exclusivamente en los senti­mientos, con predominio del amor, el deseo y la pasión, que presen­taban a un ideal femenino grato a miles de mujeres que vivían una existencia diametralmente opuesta, cercada por los parámetros del trabajo, la familia, la rutina, iban a constituirse en infaltables en los modestos hogares populares o de la clase media de Rosario (como ocurría en Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Santa Fe,Tucumán, Bahía Blanca, Paraná, La Plata o Salta, ciudades donde se distribuía, por ejemplo, La novela semanal), en los que amas de casa, costureras, empleadas de tiendas y comercios, madres e hijas, compartían la periódica llegada de aquellas publicaciones que reiteraban una trama
que iba desde el flechazo a la consumación del amor o su frustración, señala Sarlo: fueron textos de la felicidad (aunque narraran la desdicha) y les dieron felicidad a sus lectores.
Esa literatura "folletinesca" iba a merecer sin embargo el juicio despiadado cuando no el desprecio de la crítica de su tiempo y de los representantes de la literatura "culta" de Buenos Aires. La recordada revista Martin Fierro, expresión del grupo de Florida, la llamaría lite­ratura de barrio, de pizzería y de milonguitas y un columnista del diario La Razón sostendría ácidamente: Bastante sentimentalismo mórbido, bas­tante dramón y truculencia y adulterio y escatología nos ha venido de Europa como para desear ahora que también aquí progrese y se desarrolle la explota­ción sistemática del gusto plebeyo...
En la misma década del 20, algunas publicaciones rosarinas "cul­tas", como la Revista de El Círculo, dirigida por Lemmerich Muñoz y Guido, se sumaban también al coro de los detractores de esas his­torias semanales, con una contundente comparación: El género se está explotando de manera escandalosa para indigesto alimento de modistillas, esco­lares, adolescentes ávidos de escenas filmadas en papel de imprenta por 0.10. Pequeña literatura, ironiza la publicación, con un poder análogo al de las diastasas, que produce morbosas fermentaciones en los espíritus despreveni­dos, vírgenes de cultura, intoxicando en sus fuentes el alma colectiva...
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones

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