Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

Páginas vistas en total

jueves, 10 de octubre de 2013

LOS VERANEOS DE LA SOCIEDAD


Los rosarinos adinerados fueron los que darían origen al pueblo de Alberdi, nacido para ser, en esencia, la posibilidad de escapar  -en la época veraniega- del centro de un Rosario cada vez más po­blado. A orillas del Paraná, con barrancas que le daban un aire agreste que  mantendría mucho tiempo, se constituiría en  ámbito de emplazamiento de las grandes mansiones de algunas familias de apellido notorio, que se trasladaban hacia el norte apenas los calores amenazaban con instalarse en la ciudad.
El pueblito había nacido en realidad como promisorio proyec­to de un miembro de la clase acó modada rosarina. José Nicolás Puccio. que en julio de 1876 dio por iniciada la epopeya de poblar esos terrenos cercanos al Paraná, para entonces loteados y listos para recibir a nuevos vecinos. Los  mismos serían adquiridos por muchas de las familias ilustres de la ciudad, que tomarían a la nueva urbanización como lugar de descanso, capaz de hacer soportables los tórridos veranos pero también por in­migrantes decididos a instalarse lejos del centro, pero con casa y lote propio.
Puccio debió esperar una década para que -va aso­ciado entonces con Alvarado- su perspicacia comercial recibiera recompensa al incrementarse la demanda de terrenos en la zona y elevarse consecuentemente" el valor de los mismos, convirtiendo el proyecto inicial de consolidación de un reducto veraniego en un formidable negocio in­mobiliario. Lo sería, por ejemplo, para quienes, como Ciro Echesortu, se convirtieron en propietarios de grandes extensiones de terreno a las que vendieron luego con ganancias considerables.
Sería sobre el Bvard. San Martín (actual Rondeau) y sobre las barrancas de la costa, hacia el este, donde se levantarían las residencias de muchas de aquellas familias de la ciudad que elegían a Alberdi como su descanso. Allí, las quintas albergarían mansiones más o menos ostentosas. más o me­nos pretenciosas o de mayor o menor buen gusto según los casos, contras­tando con el paisaje de casas bajas de las calles laterales, escasamente pobladas por lo demás, y con los modestos rancheríos del la costa, donde se arracimaba el criollaje de la zona y mucha gente de escasos recursos y posibilidades, y donde más de una de esas familias veraneantes iba a bus­car el personal de servicio para los meses de verano...
El centro de la vida social era la Plaza Alberdi, rodeada a principios de siglo por el mercado, el edificio de la Comisión de Fomento -que servía de ámbito para todo tipo de actividades recreativas y de interés vecinal, y en cuyo predio se levanta hoy el Hospital Alberdi- y la modesta capilla. Los bailes de la Comisión de Fomento eran, junto a los del Rowing Club (los famosos bailes blancos), verdaderos acontecimientos para una concurren­cia que mezclaba a las familias de pro con los vecinos afincados en la zona.
Aquella condición de "villa veraniega" se mantendría desde finales del siglo XIX hasta superada la década del 30, con las quintas tradicionales que exhibían sus "castillos" o "palacios" y las residencias familiares de gran porte: las de Sotomayor, Pi­ta. Clérice, Muzzio. Castagnino. la de. Cánovas (propiedad luego de la familia Montserrat). Goyenechea. Escauriza o la de Puc­cio, que sería originariamente de éste y cuya construcción estuvo a cargo de Juan Canals, en la época de la construcción también por el mismo de los Tribunales de Justicia.

La residencia de Puccio, ubicada con entra­da sobre calle Warnes frente a la Plaza Alberdi, que pasaría a ser luego Palacio Echesortu y finalmente Villa Hortensia, propiedad de la familia Rouillón, hoy adquirida por la Munici­palidad de Rosario para una de sus dependen­cias descentralizadas, rivalizaba con otras construcciones notorias, como la citada de los Montserrat -conocida mayoritariamente como Casa de las Cadenas, en Bvard. Rondeau al 1400, de la que sobrevive un sector- o la de Alfredo Castagnino, rodeada de altos muros coronados de verjas de hie­rro, cuya parte trasera daba a las barrancas del Paraná.

Otra opción veraniega, desde finales del siglo pasado, estaría dada por Carcarañá, entonces pueblito cercano, al que la llegada y radicación de suizos primero e ingleses después, pertenecientes a la empresa británica de ferrocarriles, transformaría de modo importante. Estos nuevos vecinos se instalaron allí y construyeron sus grandes mansiones, la mayor parte de ellas con extensos parques, canchas de tenis y amplias cocheras, como la que perteneciera a sir Thomas Thomas, con sus 24 habitaciones y sus 10 Has. de parquización, cuyos terrenos pertenecen hoy a la familia Goytía, o las de Hall o Coffin
Coincidentemente al alejamiento de varios de ellos, seguramente por traslados de destino por sus tareas en la empresa ferroviaria, Carcarañá fue elegido como lugar de veraneo por muchas de las familias de la burguesía rosarina. quienes entre 1880 y 1890 aproximadamente comienzan a edifi­car sus residencias -de distintas dimensiones y estilos- y se mudan al pue­blo durante los tres o cuatro meses estivales, desde noviembre a marzo por lo general, trasladando consigo la vida social de Rosario a esos agres­tes pero serenos paisajes.
Pioneras en ese traslado y edificación de viviendas en el lugar serían fa­milias como la de Fernando Pessán, cuya mansión de aspecto señorial es recordada aún por sus jardines, su amplia recepción con balaustradas de mármoles blancos y negros e in­cluso por una jaula donde -se dice-supo haber leones encerrados. Pes-sán, educado en Londres y París, integró la empresa familiar dedica­da al comercio de granos y como muchos miembros de su ciase social (Pinasco, Sugasti, Castagnino) fue concejal e integró las comisiones directivas, en altos cargos, del Banco Pro­vincial, la compañía de seguros "La Tercera" y la Bolsa de Comercio, lo que no era obstáculo para que lo recordaran en una publicación también como "un buen motorista..."

Veraneaban asimismo en sus viviendas carcarañenses las familias Munuce, Pinasco, Censi, Larrechea (cuya casa es una de las escasas sobrevivientes), Berlin-gieri. de la Torre. Carranza. Se­mino. Guiñazú. Delpino y otras. Los hombres -la mayor par­te de ellos ocupados en negocios y en el comercio rosarino- viajaban a la ciudad de cuando en cuando en ferroca­rril, mientras señoras y señoritas tomaban ba­ños en el Carcarañá -cuya greda tenía, según se afirmaba, propiedades curativas para enfermedades de tipo reumático- o se entretenían en la lec­tura, la charla, los juegos de sociedad o el baile.
El Prado Español - como la Sociedad Española- congregaba a la colec­tividad, muy numerosa, en las verbenas, fiestas populares en las que se mezclaban más de una vez los rosarinos y rosarinas residentes en el pueblo. El hotel de Monsieur Mercenac. también constando en el siglo XIX, era uno de los ambientes más notorios del pueblito veraniego y a menudo centro de reuniones sociales y agasajos.
La Capital cita, en 1910, algunos de los lugares de veraneo de los rosa­rinos de la alta sociedad, que eran los únicos que podían hacerlo: Miramar, Quequén, Necochea, Mar del Plata, el Tigre, Morón, Temperley, Quilmes, las sierras de Córdoba y la propia provincia de Santa Fe, "con sus hermosas estancias y las grandes comarcas donde la vista se prolonga..." Sin tanta pretensión, otros rosarinos -consigna el diario- eligen lugares menos sofisticados: "Un numeroso grupo de familias veranea en San Lorenzo, donde a diario se  efectúan tertulias y reuniones muy amenas. Para mañana se I proyecta una cabalgata organizada por un núcleo de familias veraneantes a uno de los pueblitos cercanos".

En 1911, Monos y Monadas da noticias de las familias del Rosario que parten de vacaciones y en la información se advierte la predilección por los paisajes serranos y la fascinación que ya ejerce Mar del Plata sobre los sectores más pudientes. De ese modo, no extraña que familias como las de Casablanca, Albarracín y Hernández García en­filen hacia "la perla del Atlántico", para usar un calificati­vo en boga; que Martín de Sarratea viajara a Punta del Este, los Tiscornia a la Playa Ramírez montevideana y los Melián a Pocitos, mientras Odilo Estévez elegía Capilla del Monte, los Colombo Berra la ciudad de Córdoba. Nicanor de Elía las
afueras de Ascochinga.
Excepción sería un conspicuo, que de todos modos había cruzado ya varias veces el Atlántico y ocupado cargos de todo ti­po, desde concejal a diputado: Santiago Pinasco, que ese verano "se traslada a su lujosa mansión del Saladillo, donde pasará la temporada de verano". Sobre el final de ese mismo verano, sin embargo, la revista fotografía a don Luis y a su familia en la Rambla marplatense, del mismo modo a los Pellerano, acompa­ñados por Ciro Echesortu, en la Avenida Marítima.
Mientras tanto, la imponencia del Hotel Bristol, construido en el siglo pasado, era un imán para quienes, como muchos miembros de la burgue­sía rosarina, tenían a la figuración como una imposición social. Alojarse en él, como lo hacían los Pinasco, los Echesortu y otros, era visible mues­tra del status social; los altos precios del hotel hacían las veces de "filtro" para impedir cualquier posibilidad de promiscuidad social y su arquitectu­ra europea y su confort eran tentadores para las familias de pro del Rosa­rio de comienzos de siglo.
Jules Huret, siempre presto a opinar sobre lo que veía en el país, anota respecto a Mar del Plata: "Se va allí para exhibirse y hacer ostentación de las riquezas, para divertir a las jóvenes y anudar las primeras intrigas, que tendrán como resultado los esponsales del próximo verano. Las jóvenes de Rosario o de Córdoba que quieren lanzarse no necesitan menos de un mes para lucir sus vestidos", agregando respecto del otro atractivo de la ciudad: "No es costumbre bañarse, las mujeres por  lo menos. Por pudor, según me dicen..."
Un pudor difícil de comprender hoy, aun teniendo en cuenta que el primer código de baños vigente se iniciaba con estas dos tranquilizadoras disposiciones de estricto cumplimiento y penalización consecuente en caso de transgresión: "1º) Es prohibido bañarse desnudo. 2º) El traje de baño admitido es todo aquel que         cubra el cuerpo desde el cuello hasta la rodilla..."
Una vez habilitado el tendido ferroviario que la uniría con las grandes ciudades del país, Mar del Plata comenzó a convertirse de inmediato en el lugar de veraneo por exce­lencia tanto de la oligarquía porteña y bonaerense como de los ricos burgueses del Litoral fluvial y en especial de Rosario. Es en ese momento de irrupción de las nuevas riquezas en el balneario aristocrático cuando la burguesía rosarina comienza a ser presencia habitual en Mar del Plata. Entre 1910 y 1915, pueden detectarse en la prensa rosarina avi­sos de este tenor: "Es sabido que las familias más eminen­tes se alojan en el Bristol Hotel", mientras en el mismo período se anuncia la construcción y se promociona como un gran centro turístico al Balneario Hotel La Perla.

En la Capital Federal, mientras tanto, lo chic para los rosarinos de buen pasar lo constituía el Hotel Plaza, de Florida y Charcas, publicitado hacia 1915 como "el hotel más lujoso de Buenos AL es" y sobre el que Huret opina: "El más elegante, el mejor insta­lado y el más agradable a pesar de sus precios elevados, a los cuales acaba uno por acostumbrarse en es­ta atmósfera embriagadora".
Entre 1900 y 1930, algunas de las localidades cordobesas de la zona serrana tenían ofertas de confort que atraían asimismo a las familias nota­bles de Rosario. En La Falda, el Edén Hotel, con su imponencia y el encanto de su entorno, publicitaba sus servicios en los del Centenario con tarifas desde $ 10 diarios. El establecimiento, emplazado en lo que hacia 1890 era una zona agreste de la serranía, con sus magníficos salones con espejos, su pileta climatizada, los bosques aledaños aptos para organizar cacerías y su concurrencia se­lecta, era ámbito ideal para aquellos rosarinos acostumbrados a "lo mejor". Convertido en poco menos que una ruina hoy, sigue ad­mirando sin embargo su estructura, cus­todiada por dos leones testigos de su decadencia.
El verano era para todos -aun los que no veraneaban, que aprovechaban como podían otros placeres bucólicos menos onerosos y en la propia ciudad-una posibilidad de recreación compartida, con matices que iban desde las playas atlán­ticas a las más modestas pero no menos entra­ñables zambullidas en las aguas del Saladillo

Extraído la Bibliografía usada de la Colección “Vida Cotidiana de 1900-1930 del Autor Rafael Ielpi del fascículo N• 5