Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

PREVENCION DEL DENGUE

HOMENAJE A FONTANAROSA POR ARTISTAS ROSARINOS

Rosario, mi ciudad - 1º parte

Rosario, mi ciudad - 2º parte

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MARIANO AVILA EL RUMBERO ASI ES MI HISTORIA

MARIANO AVILA EL RUMBERO algo de su historia

MARIANO AVILA EL RUMBERO ROSARINO - EN EL ANFITEATRO EN EL COMIENZO DE LOS CARNAVALES 2014

MARIANO AVILA EL RUMBERO ROSARIO

MARIANO AVILA EL RUMBERO ROSARIO
Esta con el visitante iluste el Director de Cine español de la Iglesias

MARIANO AVILA EL RUMBERO EN EL MONUMENTO Festejando la primavera 2013

miércoles, 10 de julio de 2013

LA CONQUISTA DEL OESTE


  El oeste rosarino se incorporó tardíamente a la urbanización de aquella originaria Villa del Rosario que asentara sus reales, Inicialmente, en lo que hoy es el radio céntrico de la ciudad, alrededor de la capilla mencionada en forma rei­terada como el núcleo de aquellas primeras viviendas precarias, ran­chos en realidad, en las que se instalarían, como protagonistas de una gesta nacida en pleno desierto, españoles y criollos.

  Hacia finales del siglo XIX toda­vía esa zona del oeste era un
despoblado con las características cerriles de todo ámbito parecido, pero donde ya se habían producido parcelamientos, donde existían propietarios de la tierra y donde, también, ya algunos verdaderos pioneros, cuando no visionarios, avizoraban en aquellos predios de­solados una futura concentración urbana que el transcurrir del tiem­po tomaría tan cierta como inevi­table.

  Quien recorra hoy el viejo barrio Echesortu —que conserva orgullosamente su antigua nomenclatu­ra, hoy modificada por una regla­mentación municipal pero no por uso de la gente—, Belgrano o Fis­herton que son los tres grandes conglomerados del oeste rosarino, no imaginará seguramente que de­trás del movimiento comercial del primero, del lento progreso y del paulatino aumento demográfico del segundo y de la apariencia re­sidencial aún visible del último, se esconde una parte poco conocida de la historia del crecimiento de la ciudad.
  Es que, en esencia, en aquellos barrios del Oeste faltó el protago­nismo que sólo se concede, gene­ralmente, a determinados lugares, a determinados períodos de tiempo y a determinados personajes. La historia de Rosario, o por lo menos lo que de ella han recogido pun­tualmente los cronistas e historia­dores, desde Tuella a Juan Álvarez o Mikielevlch, ocurrió fuera de ese ámbito: revoluciones, grandes mí­tines, construcciones oficiales re­levantes (el Correo, el Palacio Mu­nicipal, la Jefatura política, la Asistencia Pública), el puerto, los parques, los boulevares "a la fran­cesa", se concretaron lejos del oes­te.
  Por la zona quedó, sin embargo, la otra historia: la de su propio nacimiento, la del desenvolvimien­to de barriadas populares, de pe­queñas industrias a veces artesanales, de comercio, de clubes mu­cho más modestos que los que se levantarían en otros barrios rosarinos: de vida de trabajo...
En esa historia es que entran, entonces, todos los hechos de una larga crónica que relata la forma­ción de esos barrios, de los prime­ros pobladores, de los olvidados paisajes iniciales ahora convertí­dos en memoria por el tiempo. Una parte todavía considerable de todo eso puede advertirse aún en mu­chos rincones del oeste rosarino: en calles que se mantienen como hace treinta, cuarenta años; en construcciones que exhiben orgullosamente criterios avanzados pa­ra su época y en otras que sólo pueden mostrar —con humildad— cómo los anos han deteriorado sus muros pero no su encanto, palpa­ble en una enredadera, en un teja­do, en una ventana solitaria.
   La periferia, el allá lejos de una ciudad que empezaba a crecer con ritmo sostenido de la mano de su puerto y de su propia pujanza co­mercial e inmigrante, tal vez hubie­ran sido los arrabales de una no­velada relación urbana que nadie escribió hasta ahora. Sin embargo, quedaron sólo en nuevos barrios, surgidos cuando ya Rosario había consolidado su condición de ciu­dad, aportando a su progreso nue­vos paisajes, mayor desarrollo y la posibilidad de una expansión que. en los planos sucesivos que dibu­jaba el mapa rosarino, aparecía como indetenible.
Baldíos interminables, vizca­cheras que convertían en peligrosa la travesía de caballos y carruajes, altos yuyales, constituían hacia 1880 el paisaje de ese sector de la ciudad.  
 Alguna curtiembre, algún almacén de ramos generales, alguna antigua capilla como la de San Francisquito —en el actual barrio Bella Vista— y alguno que otro adelantado que plantara allí su vi­vienda, completaban una esceno­grafía que, en apenas medio siglo, se tornaría como casi inimaginable por lo distinta.
Pero eso ocurriría después de la conquista del oeste. Cuyas tierras, por lo demás, tenían también una historia común...
Fuente: extraído de la revista “Rosario, Historia de aquí a la vuelta  Fascículo Nº 18 .  De Enero 1992. Autor: Alberto Campazas