Escudo de la ciudad

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El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

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miércoles, 22 de junio de 2016

EL FUSILAMIENTO DE PENINA



"Con el golpe militar de 1930 se inician, también en Rosario, años de zozobra para el movimiento obrero—escribe Plácido Grela en "La actividad sindical y el cooperativismo"—, caracterizados por la priva­ción de las libertades gremia­les, públicas y sociales. Dos semanas después de la revolu­ción comandada por Uriburu, el 27 de setiembre, se unifican la Confederación Obrera Ar­gentina y la Unión Obrera Ar­gentina constituyendo de ese modo la Confederación Gene­ral del Trabajo de la Repúbli­ca Argentina. Pero las medi­das del nuevo gobierno no eran ciertamente una garan­tía para la clase obrera: se implantan el estado de sitio y la ley marcial en Rosario y son clausurados los sindicatos. La Federación Universitaria apoya a los trabajadores, pro­testa contra la restricción de las libertades gremiales y cen­sura la actividad dictatorial del gobierno nacional. Poco después principian las deten­ciones de estudiantes univer­sitarios. En setiembre de 1930 es detenido el obrero Joaquín Penina".

"Penina —consigna Héctor A. Sebastianelli en Cronistas y visitantes, era catalán, de 29 años, albañil, llegado de Gironella, trabajaba en la empre­sa constructora de Gabriel Pi­nol y el 9 de setiembre de 1930 —tres dios después del golpe militar— el jefe de Orden So­cial de la policía rosarina,

Marcelino Calambé, allanó su domicilio, en Santa Fe 1581 y lo detuvo. A la noche del día siguiente fue fusilado. De ese modo, el hecho doloroso e in­creíble del primer obrero fusi­lado en la Argentina fue pro­tagonizado por un inmigrante español, junto al viejo puente Saladillo, cerca de Pueblo Nuevo, hoy Villa Gobernador Gálvez".
 
Fuente. Extraído de revista “ Rosario aquí a la vuelta” Fascículo Nº 11. Autoras: Ana M. Rigotti – Isabel m. DE San Vicente. De abril 1991.-

martes, 21 de junio de 2016

El fusilamiento de Penina

Por Rafael Ielpi



El año final de la década sería también el cierre abrupto de la tercera experiencia del radicalismo en el poder hasta entonces, con el golpe militar del 6 de septiembre. Juan Alvarez señala: Rosario, ajeno al movimiento, recibió la noticia sin agitarse, admitiendo enseguida y con una sensación de alivio al nuevo orden de cosas, que daba asimismo en tierra con el gobierno local. Algunas tentativas de reacción provocadas por los grupos anarco-sindicalistas fueron severamente reprimidas. Más allá de la percep­ción de Alvarez, que era por otra parte la de la sociedad conserva­dora, los episodios porteños de esos días repercutirían en Rosario de modo inmediato, en especial a partir del día 4, cuando continuaba la agitación en las calles de Buenos Aires y se producían los primeros enfrentamientos, en uno de los cuales es muerto ese día el estudiante Juvencio Aguilar.

La irrupción del general Uriburu en la Casa de Gobierno y el derrocamiento de Yrigoyen, a quien el mismo Alvarez llama el presi­dente amigo de los pobres, daría inicio a la "década infame" y a la perse­cución de dirigentes políticos y gremiales, y en especial de los anar­quistas, que serían el blanco predilecto del nuevo gobierno y sus esbirros de la Liga Patriótica, todo ello bajo el amparo ideológico de colabo­racionistas intelectuales, como lo fuera Leopoldo Lugones.

El presidente de facto, que no era otra cosa en definitiva que un vulgar golpista, iba a cosechar sin embargo adhesiones tan disímiles como la de un militar llamado Juan Domingo Perón, que en un informe escrito en 1930 afirmaba sobre el jefe de la revolución triunfante: Es un perfecto caballero, hasta conspirando... Su palabra, un tanto campechana y su franqueza evidente me habían impresionado bien. Veía en él a un hombre puro, bien inspirado y decidido a jugarse, en la última etapa, la carta más brava de su vida, según la cita de Ibarguren en su autobiografía.

En el momento en que llegaba con mi automóvil blindado a la expla­nada de Rivadavia y 25 de Mayo (decía el entonces capitán Perón), en el balcón del primer piso había numerosos ciudadanos que tenían un busto de mármol blanco y que lo lanzaron a la calle, donde se rompió en mil pedazos, uno de los cuales me entregó un ciudadano que me dijo: Tome, mi capitán: guárdelo de recuerdo, para que mientras la patria tenga soldados como ustedes, no entre ningún peludo más en esta casa... A las Í0 de la noche, esa misma multitud descontrolada elegía como blanco la humilde casa de Brasil Í0Í9 de la que serían sacados a la calle los muebles y algunos cacharros de Yrigoyen, hasta hacer una pira con ellos y tratar de reducir su recuerdo a ceniza...
("La revolución del 6 de septiembre de 1930", en serie La Argentina de los años 30, en revista Panorama, 23 de junio de 1970)


Mucho más grave, sin embargo, sería la complacencia de algunos partidos como el PDP, enemigo original del radicalismo, cuya actitud describiría el mismo Ibarguren algunos años después: En Santa Fe, los demócratas progresistas, que eran adversarios de la revolución, actuaban sin embargo, al calor del Gobierno Provisional, especulando con su apoyo. Así, los que más tarde combatieron con tanta saña a la revolución de septiembre y al general Uriburu, los aprovecharon en Santa Fe, sacándoles el jugo en beneficio de sus intereses políticos locales, donde obtuvieron el único triunfo de su exis­tencia partidaria.

Durante la visita del general Uriburu a esa provincia, se exhibió profusamente la fotografía de éste al lado de su acompañante, el doctor Lisandro de la Torre, ante multitud de concurrentes a un partido de fútbol que aclamaba al jefe de la revolución, recuerda asimismo el autor de La historia que he vivido.

El ejército se volcó decididamente a la conspiración debido a la ineficiencia del gobierno y a la prédica de la prensa opositora. También cons­piraban ciertos grupos conservadores que comenzaban a asimilar los prin­cipios del fascismo italiano de Mussolini; desde algunos periódicos como La Fronda y La Nneva República se propiciaban ideas y principios antiliberales '¡ue fueron aceptadas por los altos mandos del ejército así como por los sectores juveniles del conservadurismo. Pero lo más grave eran las amenazas económicas y sociales que había provocado la crisis de 1929 en el mundo y que se empezaban a notar en el país. Los grupos ganade­ros y la industria frigorífica sintieron peligrar sus intereses y comenzaron a buscar in'a salida para sus dificultades. En cierto momento, todos los factores coincidieron en levantamiento militar y en el derrocamiento del 'gobierno de Yrigoyen.
(Carlos Gispert y otros: Historia de la Argentina, Editorial Océano, 1998)



En Rosario se produciría, a muy pocos días del golpe, uno de los hechos más graves de la flamante dictadura: el fusilamiento de Joaquín Ruina, un modesto obrero catalán al que se acusaría sin pruebas feha­cientes de la distribución de panfletos contra el nuevo régimen y al que las llamadas "fuerzas del orden" fusilarían, sin juicio ni defensa, en las barrancas del arroyo Saladillo.

Penina, azulejista de profesión, había llegado a Rosario en 1923 desde su pueblo natal de Gironella, imbuido ya de las ideas anarquis­tas de las que era un propagandista respetuoso pero consecuente. Según una versión, el 9 de septiembre, a tres días de la revolución, es citado por la policía, lo qu^ ocurre asimismo con Pablo Porta, quedando los dos detenidos y condados en la Jefatura; según otra, Penina fue dete­nido en su modesto cuarto de la vivienda de Salta 1581, que compar­tía convictorio Constantini, un obrero italiano que es también apre­sado en la madrugada del 9 de septiembre, y allí le fueron confiscados libros, escritos y un mimeógrafo.

De acuerdo a la segunda versión, que es la más verosímil, Penina es llevado hasta la Jefatura de Policía, donde se encuentra con Porta, que también había sido apresado bajo la acusación de ser autor y distribuidor de panfletos contra Uriburu y su régimen, cargos que también se harían a Penina y Constantini en los duros interrogato­rios a que fueron sometidos por el jefe de División Orden Social, Marcelino Calambé un policía "duro" propenso a las prácticas más brutales. Pese a haberse constatado que el mimeógrafo secuestrado en la casa de Penina estaba en desuso desde hacía meses, por lo que nial podría haber sido usado para imprimir panfletos, la suerte de éste ya estaba echada.

El 26, a instancias de algunos compañeros de los detenidos, aso­ciados a la FORA, el abogado Salvador Arteabaro inicia su búsqueda a través de un recurso de hábeas corpus ante la justicia, señalando que se carece de noticias de los dos obreros, que se sabe de su citación y posterior detención y que se teme hayan sido fusilados por la vigencia de un bando militar que posibilitaba esa extrema medida.

La respuesta policial, ante el requerimiento del juez, sería tic un absoluto cinismo al indicar que Penina había sido liberado, como Porta, el 10 de septiembre, agregando en una comunicación firmada por el comisario Calambé y rubricada por el Jefe de Investigaciones Félix De La Fuente, que actualmente se ignora su paradero. Una nueva denuncia del abogado, que acusa ahora a la policía del secuestro de Penina, ter­mina con una respuesta que insiste en que se desconoce el paradero del infortunado trabajador catalán, que hasta su desaparición trabajaba en la empresa de construcciones de Gabriel Pinol.

Constantini y Porta (quien quedaría con graves secuelas psíqui­cas luego de las sesiones de interrogatorio y las amenazas de muerte y fusilamiento, y retornaría España, donde moriría no mucho después) son finalmente liberados. Penina, en cambio, sin haber sido ni dirigente conspicuo ni agitador reconocido ni activista de frondoso prontuario, es conducido la noche del 11 de septiembre desde la Jefatura hasta las cercanías del puente del Saladillo, en un operativo de traslado coman­dado por el capitán Luis Sarmiento y el mayor Carlos Ricchieri, y fusi­lado por orden del Comandante de la 5ta. Compañía del Regimiento 11 de Infantería, por un pelotón comandado por el subteniente Jorge Rodríguez, quien en 1932 narraría los dramáticos momentos finales de ese episodio en el diario La Provincia, de Santa Fe.

Venía con las manos esposadas atrás y cuando sus humildes bolines de caña tocaron la tierra que iba a besar su cadáver, halló frente a si a aquellos a quienes habían dicho: ¡Maten! Sintió el ruido de la carga de las pistolas, y entonces yo, que lo tenía a un paso, lo vi abrir los ojos con mirada de asombro y rápidamente comprender. El suboficial acompañaba apoyándole suavemente la mano sobre el hombro izquierdo; se dejó conducir. No dijo una palabra... El oficial se retiró hacia el pelo­tón; antes de que llegara a mí, yo ordené: ¡Apunten! Entonces, el reo giró la cabeza hacia la izquierda y mirando con odio al grupo que pre­senciaba la ejecución, y que estaba a unos quince metros de él, gritó: ¡Viva la anarquía, con un pronunciado acento catalán. Su voz era tem­plada.Yo no vi temor en él. ¡Fuego!, ordené sin ver ya nada. Tres tiros. Doblando las rodillas, se inclinó lentamente hacia delante, entre gemi­dos sordos y comenzó a girar sobre sí mismo y hacia el lado derecho. No caía, y no quise prolongar su segunda agonía de la carne y, sin mirar ni apuntar, hice fuego hacia él. Dos soldados más, sin saber, hicieron fuego también. Por apresurar el instante, y acortar el dolor de ese hom­bre, yo hice las cosas tan nerviosamente que me olvidé de mandar: ¡Alto el fuego!
(Diario La Provincia, Santa Fe, 1932)


La dictadura de Uriburu, autora del bando que condenaba a muerte a quienes se supusiera, con pruebas o sin ellas, autores de actos contra el flamante régimen golpista, sería la principal responsable del asesinato de Penina, aun cuando tanto un primer y contemporáneo documento de la FORA, de 1932, como algunas investigaciones ulte­riores permitirían conocer a los responsables de la detención arbitra­ria, juicio sumarísimo e ilegal y posterior fusilamiento del obrero: el Jefe de Policía, teniente coronel Rodolfo Lebrero y los ya menciona­dos De la Fuente, Calambé, Ricchieri y Sarmiento, a los que se agre­gan el comisario Ángel Benavídez y algunos comisarios y militares de menores jerarquías.


En 1932, con el PDP en el gobierno provincial y el general Justo en la presidencia, el fusilamiento de Penina llegó a conocimiento de los rosarinos y se ordenó una investigación que terminaría, como tan­tas veces, exonerando a algunos policías del escalafón mientras se exi­mía de condenas a los jefes. El diario Democracia, dirigido por José Guillermo Bertotto, inició por su parte una campaña tan valiente como agresiva contra los mencionados, pidiendo su condigno castigo e incluso abochornando a aquellos militares que, como Lebrero, habían sido cómplices de la muerte de Penina.
Conmueve el alma la idea de que se asesinó a Penina porque era un obrero desvalido. El teniente coronel Lebrero nos dijo que lo mandó
fusilar por comunista y resulta que no pertenecía a esa ideología. Los demás oficiales, el mayor Ricchieri, el capitán Sarmiento, el subte­niente Rodríguez y el cabo Díaz, que intervinieron, no podrán justi­ficar ante el pueblo el odioso e inútil acto militar. Lo mataron sencilla­mente porque los usurpadores del gobierno tenían miedo. Y el terror que vivían lo extendieron a la clase proletaria con sus arbitrariedades. Desgraciadamente, no abrigamos fe en las autoridades, en ninguna, por la misma gravedad e importancia de la cuestión. La solidaridad entre los puntales de la burguesía es mucho más segura y grande que entre los obreros. Mientras éstos no se decidan a protestar, ni a reclamar jus­ticia, ni siquiera a que se esclarezca el miserable crimen, aquellos manio­bran en silencio, convencidos de que un mitin no es una sanción que afecte realmente a los culpables... Penina, el obrero asesinado, debe ser bandera roja nacional. Extendida la protesta, y la demanda de sanción a toda la República, será más fácil alcanzar el anhelo proletario: la baja de los comprometidos y su encarcelamiento.
(Diario Democracia, Rosario, 27 de febrero de 1932)

El fusilamiento del obrero catalán derivaría asimismo en una secuela de aberraciones cometidas por los esbirros de la dictadura: el cadáver fue enterrado como NN en el cementerio La Piedad, la noche del mismo 11 de septiembre, y los cientos de libros que Penina tenía en su casa, junto a sus pertenencias, fueron quemados.

Dicen que vivía una vida modesta, activa y ordenada, que trabajaba bien, mucho y siempre por su cuenta, que gastaba lo mínimo y enviaba el resto a su familia; que su única expansión eran las lecturas intermina­bles, los paseos dominicales por la costa y la contemplación del río. Nunca se le conocieron romances. Su última vivienda fue un altillo de pensión en Salta 1581. Penina guardaba en su cuarto 600 pesos para pagar deu­das con editoriales libertarias argentinas y españolas. La Policía se quedó con ese dinero y quemó sus libros y papeles. La madrugada del 11 de sep­tiembre, los represores se pasearon con el cadáver por las dos sedes de la Asistencia Pública. Ningún médico quiso firmar los certificados de defun­ción. Al fin, cuatro conscriptos amenazados de muerte cavaron una fosa en La Piedad y sepultaron a Joaquín Penina.
(Jorge Benazar: "La muerte de Joaquín Penina, anarquista y fusilado en Rosario", en La Capital, 9 de junio de 2002


La nota escrita por Rodríguez en La Provincia, en 1932, señala otras miserabilidades: No sé quién de los del grupo ordenó que se le revisara De sus bolsillos le sacaron dos o tres galletas marineras muy duras y en parte comidas; un trozo de papel de diario sin ninguna importancia y un giro de anco pesetas para un hermano de Barcelona, en España. El giro no llegó a mis manos, ni sé tampoco quién se lo llevó... El mismo año de esas confesiones, en un ignoto camino provincial de San Juan, el capitán Sarmiento, ya alejado del Regimiento 11 de Infantería y de Rosario, donde orde­nara la ejecución del obrero, sería interceptado por dos desconocidos y ultimado a balazos. Las versiones sobre el episodio, recogidas por Fernando Quesada, señalan que los disparos fueron efectuados al grito vindicatorio de ¡Acordate de Penina!

Me acuerdo del fusilamiento de Joaquín Penina. Yo tenía once o doce años y mi padre me llevó a verlo. En realidad no estábamos solos: había un montón de vecinos mirando la escena a distancia. Alejados, pero escu­chando todo lo que se decía y viendo todo lo que pasaba. Era en las barran­cas del Saladillo, cerca de mi casa. Lo habían traído desde la Jefatura de Policía, donde lo tenían detenido y venía con una pequeña tropa de sol­dados, que había salido por calle Moreno hasta Uriburu y desde allí hasta el lugar donde lo iban a matar. Me acuerdo que estaba en camisa y que era un hombre joven. Cuando iban a dispararle, pegó un grito: ¡Viva la anarquía!, que nosotros escuchamos bien clarito. El capitán Rodríguez le pegó un tiro en la cabeza, para rematarlo. Yo, aunque era un chico, tenía ganas de gritar viendo cómo mataban a ese pobre muchacho, pero mi padre me dijo que no teníamos que meternos, porque era inútil. Era una escena tremenda: los vecinos como espectadores, viendo cómo se cometía un ase­sinato. Cuando le revisaron, le encontraron unos pedazos de galleta en los bolsillos y un giro de correos para la familia en España... 
 (Julio Oksanich, testimonio personal recogido el 12 de julio de 2001)

El golpe de Estado iba a sumar al fusilamiento de Penina una drástica represión a toda oposición al régimen, especialmente dirigida hacia los anarquistas y en especial al grupo de los llamados "expropia-dores", cuya actividad había comenzado a intensificarse en la década de los años 20. Aquellos métodos violentos que incluían asaltos a mano armada y atentados con explosivos por igual, provocaron un agudiza-miento de las luchas internas en el seno del anarquismo en la Argentina, visible por ejemplo en las posiciones de dos de sus publicaciones más importantes, La Protesta y La Antorcha, vocero éste de los grupos que propiciaban la acción directa.

En ese periódico escribiría Rodolfo González Pacheco su defensa de los "anarquistas expropiadores", a los que tanto la FORA del IX Congreso y La Protesta llamaban "anarcobanditismo", por la condición mayoritaria de italianos que integraban esos grupos: Desde que se com­probó que la propiedad es un robo no hay más ladrones que los propietarios; lo único que está por verse es si los que les roban a ellos no son de la misma data, de una auténtica moral ladrona. Apropiadora. Pero, a pesar de todo esto y aunque todos son ladrones, estamos más con los ilegales que con los otros. Con los ladroncitos que con los ladronazos.

Como consignara Osvaldo Bayer en su valioso Los anarquis­tas expropiadores, algunos de aquellos militantes como Severino Di Giovanni y Paulino Scarfó, fueron fusilados, mientras otros como Miguel Arcángel Roscigna, Andrés Vázquez Paredes, Emilio Uriondo, el "Capitán" Paz, Elíseo Rodríguez eran condenados a prisión, y ter­minaban ultimados a tiros Braulio Rojas y Juan Márquez, mientras Silvio Astolfi sufría graves heridas.

Otros hombres enrolados en el ideario libertario, algunos de los cuales eran rosarinos o habían vivido en la ciudad, eran condu­cidos a la cárcel de Villa Devoto, al llamado Cuadro 3 bis, en el que se hacinaban hasta 250 detenidos cuando la capacidad era de sólo un centenar y donde un testimonio citado por Oscar Troncoso con­signa: Algunos contrajeron tisis galopante a fuerza de frío, hambre, man­gueras y palos. Villa Devoto es el lugar del oscuro horror silencioso. Muchos de aquellos militantes, en su mayoría obreros y estudiantes, fueron conducidos después al tristemente célebre penal de Ushuaia, bajo un sistema carcelario tan brutal como ignorado por la mayoría de los argentinos.

Grunfeld, quien militara consecuentemente por las ideas liber­tarias en Rosario y otras ciudades del país, describe en sus Memorias de un anarquista aquellas instancias dramáticas: Poco tiempo después fueron trasladados a Ushuaia varios compañeros, entre ellos mi hermano David, que aún no había cumplido 18 años. Fue una tanda bastante amplia de compañeros, la tercera. La deportación a la cárcel del sur se realizaba en un barco de la marina de guerra. Ubicados en la estiba interna del barco se mantenían hacinados unos 200 detenidos sociales y comunes. Dentro de un reducido espacio soportaron crueles tratos e incomodidades desde la comida hasta sus necesidades fisiológicas elementales. Los presos comunes, constituidos por no pocos disminuidos mentales, histéricos y maníacos, eran propensos a estallidos de violencia irresponsable, por cuyo motivo como represalia se castigaba a todos con chorros de vapor que afectaban la salud y quemaban la piel.

La vida en el penal, que durante su utilización corno tal alberga­ría a criminales de la calaña del "Petiso Orejudo" tanto como a inte­lectuales como Ricardo Rojas, uno de los tantos dirigentes radicales encarcelados por los golpistas del 6 de septiembre, aunque no difería demasiado de la que soportaban los reclusos en otros ámbitos pareci­dos en la Argentina, tenía un rigor y una crueldad que serían parte de una crónica histórica particular y de las razones de su desmantelamiento una década después, en 1947.

Cuando llegaron a tierra y se encaminaban a la entrada de la cárcel, se extremó la golpiza con alambres retorcidos, palos de escoba y pateaduras. David, a raíz de un golpe, cayó al suelo y siguieron pateándolo. Había un muchacho que se había dejado la barba, al que lo desmayaron a golpes y lo arrastraron de la barba al calabozo. Con esa sensación de horror fueron encerrados en celdas individuales a las que luego entraban dos o tres de esos guardianes, casi todos leoneses, que repetían la golpiza. Se hallaban allí personas como Berenger, que había sido administrador de La Protesta; Mario Anderson Pacheco, un orador de masas famoso y un gran conjunto de compañeros que ya llevaban más de un año de encierro en condiciones terribles. Todos coincidían en admirar la resis­tencia que tuvo Radowitzky para aguantar 20 años en aquel infernal lugar, recuerda Grunfeld en sus memorias.

La construcción del célebre penal había sido demandada como consecuencia de la ley nacional 3335 que determinaba que los reinci­dentes condenados debían cumplir su reclusión en los territorios del sur argentino. En 1896, se designa a Tierra del Fuego como sede de la cárcel de reincidentes, que se construiría sobre el proyecte del inge­niero Catello Muratgia; en la obra trabajarían penados trasladados desde la Penitenciaría Nacional porteña y el edificio se inauguraría con pompa y música de bandas el 15 de septiembre de 1902. La lobre­guez del penal iría de la mano, con el tiempo, de su inexpugnabilidad, que hacía prácticamente quiméricos todos los intentos de fuga pro­yectados en cuatro décadas por los reclusos para quienes la ilusión de llegar sanos y salvos a Navarino, el pueblito chileno más próximo, cons­tituía una verdadera obsesión.
La Cárcel del Fin del Mundo quedó en el imaginario argentino como el presidio más impiadoso y lejano del país. Su construcción, sin embargo, fue por "razones humanitarias": en 1902 (ese año se colocó la piedra fundamental del penal) ya resultaba insostenible mantener en funciones la aún más cruel penitenciaría de Puerto Cook, ubicada en la solitaria Isla de los Estados. Cuarenta y cinco años después el presidente Juan Domingo Perón ordenó el cierre del penal. ¿Su argumento? "Razones humanitarias". La idea de construir la cárcel en cercanías de l Ishuaia tuvo dos propósitos. Por un lado, mandar al fin del mundo a los condenados por delitos más graves. Por el otro, "poblar la región para asegura] la soberanía". Para asegurarla, además, se necesitaba levantar toda una ciudad. Y los propios presos fueron usados para la construcción de varios edificios públicos. Primero se buscó a presos de todas las cárceles argén tinas que quisieran mudarse voluntariamente ai penal de Ushuaia. La idea duró menos que un suspiro. Ante la falta de voluntarios, se los comenzó a trasladar compulsivamente.
("Un penal que se hizo célebre por su rigor". en diario Clarín, 23 de marzo de 2004)

La narración de los maltratos a que eran sometidos los presos, que el propio médico del penal doctor Guillermo Kelly hiciera en una carta privada a un amigo, la que llegó a manos del Ministerio de Justn ta en 1932, desató una investigación que dos años más tarde condenó .1 prisión a las autoridades de la cárcel y a los guardiacárceles involucra dos en todo tipo de agresiones a los penados. En pleno siglo XX, en el segundo establecimiento penal de la progresista República, se han roto huesos, se han retorcido testículos, se ha castigado a los presos con tremendas cachipo­rras de alambre y con preferencia en las espaldas, para volverlos tuberculosos, y mil salvajadas más, escribía el indignado Kelly. No era extraño enton ees que la idea de escapar de aquel infierno pasara a formar parte del proyecto de vida de quienes ingresaban al mismo.

Desde el primer momento que entré a la cárcel sentí la necesidad de escapar. Sólo tenia que esperar la oportunidad. Esa oportunidad llegó un año y medio después. A mí y a un grupo nos mandaron a cortar lena al monte. Ante un descuido de los guardianes, con Cáceres, el compa ñero de pabellón con el que habíamos planificado la fuga, ganamos el monte y escapamos. Queríamos llegar a la frontera con Chile. A los seis días encontramos a un indio que iba al pueblo, según él, a buscar vicios.
Le pedimos que no contara a nadie que nos había pisto y nos mostró un camino para llegar a la frontera. Al otro día nos atraparon con perros. El indio nos había vendido.
(Testimonio de Santiago Vaca (1914) en "El último preso sobreviviente volvió de visita a la ex Cárcel del Fin del Mundo", de Wilmar Caballero, diario Clarín, 23 de marzo de 2004)



Federico A. Ritsche, director en 1930 de una de las publicacio­nes anarquistas, Voluntad, editada en la ciudad de Mendoza, relataría al investigador Oscar A.Troncoso en 1971: A partir del 8 de septiembre de 1930, con Uriburu o con Justo, con ley marcial o estado de sitiojuimos cons­tantemente las víctimas propiciatorias. Por la sola razón de ser anarquistas sufríamos injustificadas y prolongadas reclusiones en las cárceles de Buenos Aires, Rosario, Córdoba y otras ciudades. Nuestros militantes fueron fusilados, confinados en el Sur si eran argentinos, deportados si eran extranjeros; siempre vejados y torturados. Fueron clausuradas todas nuestras publicaciones, incluidas La Antorcha y La Protesta y los caminos más seguros para nosotros eran las mazmorras policiales o la isla Demarchi, mientras esperábamos al buque que condujera a los anarquistas extranjeros a sus países de origen. Así recuerdo barcos como el Cap Arcona, Conté Verde, Campana, Cabo Palos, Wuttemberg, Duilio, Belgrano, Infanta Isabel y Conté Rosso, que zarpaban con una lista de pasajeros y otra de deportados libertarios. El destino era generalmente España o Italia, con el agravante de que a este último se enviaba a militantes antifas­cistas en pleno apogeo del régimen de Mussolini...


En ese marco de salvaje e indiscriminada represión contra el anar­quismo se inscribiría asimismo el aberrante "Proceso de Bragado", que en 1931 determinaría la condena por asesinato de tres anarquistas: Pascual Vuotto, Reclús de Diago y Santiago Mainini, a quienes se endilgó injustamente el mismo. La sentencia los determinó como auto­res del envío y fabricación de la bomba que, oculta en el interior de una encomienda, causó la muerte de dos mujeres, María Enriqueta Blanch y Paula Arruabarrena, hija la primera de ellas y cuñada la segunda, del político conservador bonaerense José M. Blanch.


La detención de los tres obreros, el ferroviario Vuotto y los ladri­lleros De Diago y Mainini, concretada por una comisión policial enca­bezada por el comisario Enrique Williman, fue consecuencia de una denuncia anónima que los involucró (arteramente, como se compro­baría mucho después) en el atentado. Pese a la defensa asumida por Carlos Sánchez Viamonte y Enrique Corona Martínez, dos profesio­nales que después serían vastamente reconocidos, el proceso careció de toda garantía y los acusados fueron condenados a cadena perpetua por el juez Juan Carlos Díaz Cisneros.


El protagonismo del mencionado (junto al del fiscal Juan Auge, que los acusó sin pruebas fehacientes) no fue menor si se piensa que rechazó, por ejemplo, la digna declaración del médico policial Francisco Macaya, quien reconociera en los tribunales las salvajes torturas poli­ciales a que fueran sometidos "los presos de Bragado", bajo la figura del falso testimonio. Pasaría una década del atentado (cuyos motivos habían sido de índole pasional y cuyo autor había sido un hombre desequilibrado y despechado, según se comprobara mucho después) para que la visible injusticia de la condena y una permanente campaña que alcanzara incluso nivel internacional, lograran la libertad de los tres detenidos.


La misma llegaría a través de la gestión del entonces ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, el conservadorVicente Solano Lima, quien promovió el indulto que finalmente firmara el gobernador Rodolfo Moreno en 1942. PascualVuotto sostuvo, desde entonces, una firme lucha por la reivindicación de su nombre y el de sus compañeros, que llegaría demasiado tarde para él, en 1993, al promulgarse la Ley Nacional 24233, basada en el proyecto del dipu­tado socialista Guillermo Estévez Boero, que materializaba el justo desagravio.


Casi otra década transcurriría para que se concretara el último acto de justicia en el ya por muchos olvidado proceso de Bragado: la aprobación, en octubre de 2002, por la Legislatura bonaerense, de una pensión especial para una pobre y enferma mujer de 72 años llamada Themis Vuotto, nacida el mismo año en que su padre, un honesto obrero anarquista (como el infortunado Joaquín Penina) era conde­nado por la justicia de la dictadura de Uriburu a pasar su vida en la cárcel, donde ella lo visitaría durante sus años de infancia.


El recuerdo del fusilamiento de Di Giovanni y Scarfó un año antes del atentado de Bragado, y la todavía vigente conmoción por la condena a la silla eléctrica de Sacco y Vanzetti, dieron al episodio una dimensión que no alcanzó, sin embargo, a impedir un fallo tan injusto como previsible por la ideología de los tres obreros, habida cuenta que los anarquistas eran considerados por el régimen golpista de Uriburu, como sus" enemigos naturales".


Una coincidencia dramática ligaría, por último, a Penina con uno de los escasos trabajos de investigación que le fueran dedicados. A mediados de 1973, la Editorial Biblioteca, de Rosario, comenzó a encargar a numerosos autores una serie de trabajos para una colección que, con el nombre de "Testimonios", se lanzaría al mercado nacio­nal. Susana Fiorito, Otelo Borroni, Norberto Galasso, León Pomer, Roberto Vacca, Gladys Onega, entre otros, se contaron entre los con­vocados; los primeros títulos, todos ellos vinculados al período de la denominada "década infame", estuvieron impresos en los meses fina­les de 1975, postergándose su lanzamiento para marzo-abril del año siguiente.


De ese modo, La década infame, de Norberto Galasso; La revo­lución del 6 de septiembre, de Gladys Onega; Las revoluciones radica­les, de María Luisa Arocena y El fusilamiento de Penina, de Aldo F. Oliva, quedaron almacenados en un sótano de la Biblioteca Popular Constancio C.Vigil a la espera de su presentación y distribución en las librerías del país. Producido el golpe de marzo de 1976 y la ulte­rior y denigrante intervención de la institución, los 20 mil ejemplares que constituían aquella primera entrega de la colección "Testimonios" fueron quemados por orden de quienes ejercían la representación de la dictadura militar en la institución rosarina.

Milagrosamente, veintisiete años más tarde, un ejemplar del libro de Oliva, sin sus tapas, salvado de la quema dispuesta por los militares, apareció en Rosario y llegó a manos de los hijos de su autor, muerto tres años antes, permitiendo de ese modo que aquella pionera inves­tigación, pese a la obstinación del autoritarismo de turno en contra­rio, pudiera ser conocida y valorada.Tanto como el nombre y la figura del humilde obrero asesinado por otra dictadura, casi tras décadas atrás
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo II  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones.

viernes, 17 de junio de 2016

CONCLUSIONES



Por Nicolás E De Vita


En definitiva, ya transcurridas casi seis décadas del referido rapto, si nos proponemos en forma imparcial proceder a efectuar un severo y concienzudo análisis de los motivos ciertos que llevaron a aquéllos pseudos-mafiosos a involucrarse en tan delicada situación penal sin evaluar previamente las graves consecuencias finales, como realmente ocurrió, que los llevaría finalmente al descrédito y a purgar largos años de cárcel, hipotéticamente llegaremos a la conclusión que si bien no todos, en su mayor parte, ello lo hicieron ya sea no sólo por su manifiesta ignorancias sino por la desesperación que pudo apoderarse de los mismos al no poder revertir, mediante el trabajo honrado, la agobiante situación que por igual apremiaba a todos en la década del 40, sin desechar tampoco el irrefrenable deseo de un rápido, fácil e ilegítimo enriquecimiento; pero nunca como mafia en sí.

Queremos dejar perfectamente en claro, para evitar falsas interpretaciones y críticas innecesarias, que nuestra modesta opinión no pretende en modo alguno exculpar o reivindicar a los que, como pseudos mafiosos, delinquieron en aquella oportunidad. Solo nos guía el propósito de dejar expresamente demostrado que la "mafia", como tal, nunca existió dentro de nuestra ciudad y que el recordado hecho delictivo, que puso una mancha a la honradez general del Barrio Echesortu, fue evidentemente efectuado no por la secreta sociedad, sino tan solo por un núcleo, accidental de delincuentes, más comunes que reales mafiosos, ya que para esto a ninguno de los involucrados se les pudo constatar la existencia de una pálida e indirecta conexión con aquélla.

Para robustecer nuestra modesta opinión, nos permitimos aquí recordar lo expresado por un ex-policía de nuestra ciudad, Don Miguel Pinazo, quien en su libro titulado "Delitos y delincuentes" y con el aval del amplio conocimiento en la materia que al mismo le otorgara su paso por la fuerza del órden, afirma: :"Que la mafia, tal y como es considerada en Sicilia y en otras regiones de Italia, nunca existió en Rosario ni en ninguna otra ciudad de la República Argentina". Por eso, insistimos una vez más: Todo lo que en la Argentina pudo ser conocido como mafia no resulta nada más que una vinculación de simples delincuentes asociados accidentalmente, con fines netamente tenebrosos y solo obligados por la falsa premisa de no decir palabra alguna sobre las acciones por ellos realizadas; el "non sacho niente" de la ormetá o silencio; obligación a la que, evidentemente, tampoco hicieron mucho honor estos falsos mafiosos, pues en su momento ello fue completamente olvidado por la mayoria de los obligados ya que, por conveniencia o venganza personal, no tuvieron ningún empacho en "cantar a toda voz" el o los delitos cometidos, la forma realizada y los nombres de quienes estuvieron involucrados en los mismos.

Yá, a punto de dar por finalizado este capítulo, al efectuar un rápido repaso mental a todos aquellos hechos delictivos catalogados como "mafiosi" y al compararlos con los que en los últimos años se han llevado a cabo dentro de las más altas esferas de nuestro país, habremos de convenir que, frente a los grandes negociados, peculados, crímenes, asaltos, raptos, acciones terroristas, etc., perpetrados, que nos han llevado a un total grado de corruptela, estos últimos adquieren una mayor dimensión, no sólo por la larga lista de hechos consumados y de su gravedad, sino porque los mismos no fueron realizados por simples, pobres e ignorantes sicilianos como lo fueran los de aquel entonces, sino por personas instruídas, profesionales, políticos, etc., todos con pretensiones de decentes, enquistados en las más altas esferas de la vida política, económica y social de la República; todo lo cual nos lleva a efectuar la siguiente reflexión: En realidad, ¿quienes se aproximan más a los cánones mafiosos, los de antes o los de ahora?

En definitiva, la mafia, la onorávole societá, la cosa nostra, la Yakusa4, etc. o como quiera llamársele, nunca existió dentro de nuestro Barrio, de la ciudad, ni aún dentro del país, en razón de que en ningún momento la secreta sociedad siciliana debió tener, por razones desconocidas, mayor interés en sentar sus reales como lo hiciera en muchos lugares de Italia, en Norteamérica o en otras partes del mundo, donde sus actividades delictivas, a pesar de los enormes esfuerzos realizados por los respectivos gobiernos, no han podido en modo alguno ser erradicadas o medianamente controladas, es decir que se mantienen vigentes y con toda su fuerza y vigor.

1.ACEITE DE RICINO: Es un purgante muy potente y de desagradable sabor. Fue muy usado durante la época fascista por sus "squadre" contra los enemigos del régimen y en operaciones de represalias. Asimismo se lo empleó contra los mafiosos durante la represión que Mussolini emprendiera contra los mismos. El procedimiento Consistía en hacer tragar una abundante cantidad de ricino a la persona elegida con el fin de dejarla bloqueada durante varios días en el inodoro; pero, en la mayoría de los casos y en razón de la cuantía ingerida llegó a producir en las víctimas daños físicos irreparables y hasta la muerte.
2. Salva tore (Totó) Riina, fue detenido en Palermo el 15/1/1993; y su posible sucesor en el mando, Giuseppe Montalto, el 5 de febrero del mismo año.
3. Con respecto a la manquedad que sufría Carmelo Vinti, la misma provenía de un altercado que por cuestiones ignoradas el mismo había sostenido con un connacional llamado Vicente Plano. En determinado momento, el último de los nombrados, exasperado, sacó un revólver con el cual hizo dos disparos que impactaron en uno de los brazos de Vinti, por lo que, dada la gravedad de las heridas producidas, debió serle amputado la mayor parte de ese miembro.
4. Mafia japonesa.

Fuente: Extraído del Libro ¡Echesortu! ( Ciudad pequeña, metida en la ciudad) Apuntes para su futura historia ( ensayo) y Segunda Parte (Miscelaneas de la Ciudad). Editorial Amalevi. Agosto 1994.

jueves, 16 de junio de 2016

El principio del fin

por Rafael Ielpi


El secuestro y ulterior asesinato de Abel Ayerza, un estudiante de 25 años, miembro de una acaudalada familia porteña, propietaria de la estancia "Calchaquí", en la provincia de Córdoba, iniciaría ya entrada la noche del 23 de octubre de 1932 el capítulo final del ascenso de Chicho Chico y del po­der de la mafia.

La operación, planeada por el ascendente mañoso, contaría con un numeroso grupo de participantes: los cinco secuestradores que interceptaron el automóvil en que viajaban Ayerza y sus amigos Santiago Hueyo, hijo del ministro de Hacienda de Justo, y Alberto Malaver, junto a Juan Bonetto, mayordomo de la estancia, y que eran los infaltables Capuani y Gerardi, jun­to a Juan José Frenda, Juan Vinti y Salvador Rinaldi; los cómplices como Anselmo D'AUera, en cuya chacra de Corral de Bustos fueran alojados ini-cialmente Ayerza y Hueyo, antes de la liberación de éste, que serviría de ges­tor del pago de los 120 mil pesos exigidos por los mafiosos; Pablo y Vicente Di Grado, quien custodiaría a Ayerza junto a Vinti; Carmelo Frenda, Car­melo Vinti, José La Torre, Pedro Gianni y también algunas de las esposas de varios de ellos.

Al ser liberado, Hueyo pone en marcha en acuerdo con los Ayerza el pago del jugoso rescate, que es entregado en mano a Rinaldi el 30 de octu­bre, en plena calle San Martín. El mañoso tranquiliza a los familiares prome­tiendo la liberación del estudiante en un par de días, pero la misma no se pro­duciría nunca. En los primeros días de noviembre Juan Vinti, intranquilo por la falta de noticias de la banda, decide trasladar a Ayerza hasta un paraje co­nocido como Campo Carritos, en tanto la mujer de Anselmo D'Allera reci­bía un telegrama cuyo texto Maten el chancho, urgente no le pareció acor­de con lo planeado.

La mujer viajó entonces a Rosario para recibir explicaciones, ente­rándose no sólo de que el rescate había sido cobrado sino que el texto correc­to -que se refería obviamente al secuestrado- debió ser Manden el chancho, urgente. Al regresar a la chacra no encontraría a Vinti, que ya había mudado a su rehén al que, ofuscado y asustado por la falta de noticias, termina matan­do por la espalda de un escopetazo, cumpliendo sin saberlo lo ordenado en el primer telegrama.

El rango social de los Ayerza, la condición de hijo de un ministro del joven Hueyo, la pertenencia de ambos a la Legión Cívica nacionalista de Manuel Caries, desataron una furibunda campaña generalizada contra la ma­fia, encabezada por la propia Policía Federal que fue la que romo cartas en el asunto, aun sobre la jurisdicción de las fuerzas provinciales de Santa Fe y Cór­doba. Algunos de sus jefes como Miguel Viancarlos, Víctor Fernández Bazán o policías como José Martínez Bayo, Barraco Mármol, Faciutto, Mascheroni y otros, en Rosario, tendrían un decidido protagonismo en esa lu­cha. Quedaba sin embargo por apresar a Chicho Chico, algo que no logra­rían, y a Chicho Grande, algo que lograrían, pero por muy poco tiempo.

Al producirse el secuestro de Ayerza, la búsqueda de Chicho Chico, a quien se suponía con fundamento instigador de toda esa cadena de delitos, se tornó casi frenética, y la policía realizaba verdaderos raids de allanamien­tos, detenciones, interrogatorios y tiroteos en procura de su paradero. Ignora­ban que el ascendente aprendiz de capo había sufrido ya en carne propia el fatídico abrazo del alambre en el cuello en una imprecisa fecha del otoño de 1932.

Juan Galiffi, cansado de los arrebatos y ambición de Ben Amar de Sharpe, le prepara una celada similar a la que éste utilizara para asesinar a Curaba, Pendino y Dainotto: lo invita a su casa porteña con la excusa de un armisticio. La soberbia, o la imprevisión le tienden otra trampa al aprendiz, que concurre sin tomar precaución alguna. No lo recibe Galiffi, que se ha marcha­do a su finca en San Juan para alejar toda sospecha, sino su espo­sa y su hija, con quienes Chicho Chico tenía amistosa relación social.

Alojado en la vivienda, el aspirante a capo es ajusticia­do por tres incondicionales de don Juan: Juan Glorioso, Antonio Montagnay Juan Rubino, con el chofer Luis Corrado como cómplice necesario. La confesión de éste, en febrero de 1938, permitiría a Viancarlos desentrañar los pormenores del crimen y desenterrar, en una quinta de Ituzaingó donde fue­ra sepultado, los restos óseos del mafioso y un par de elementos que asevera­ban su filiación: el calzado de charol con cañas blancas y borones de nácar que usaba habitualmente, y una etiqueta de The Lasting -la tienda rosarina don­de Chicho Chico adquiría las prendas para su cuidado vestuario- en el forro del sombrero.

Galiffi es finalmente detenido el 16 de marzo de 1933 y trasladado a Rosario, acusado no de la muerte de su rival sino de haber recibido dinero del rescate de Marcelo Martín, de acuerdo a la confesión de su paisano Fran­cisco Gallo. No sólo niega ser el jefe de la mafia sino que se presenta ante la opinión pública como un perseguido, a través de una prensa que parece incluso admirarlo. La falta de pruebas, y la brillante defensa que hace de su caso un joven abogado rosarino llamado Ro­lando Lucchini, le permiten salir en libertad. Regresa a Buenos Aires, a su casa de calle Pringles, para radicarse luego en Uruguay, en el balneario de Po-citos, al ser deportado por el gobierno argentino.

Desde Montevideo, al arreciar los rumores acerca de un pedido de extradición, Don Chicho viaja a Sicilia, en pleno fascismo. Allí ejerce un car­go público hasta su muerte en enero de 1944, al sufrir un síncope cardíaco durante un toque de alarma de bombardeo aéreo.
Fuente: Extraído de la colección “Vida Cotidiana – Rosario ( 1930-1960) Editada por diario la “La Capital

miércoles, 15 de junio de 2016

Conexiones entre la mafia y la policía

Por Osvaldo Agüirre


El expediente del caso Ayerza aporta nuevos datos para seguir las relaciones entre las organizaciones mañosas y la po­licía rosarina de la época. La declaración de José Ruggenini, un informante policial que dio refugio a tres de los acusados por el secuestro, es particularmente signifi­cativa en ese aspecto.

Ruggenini reveló los enfrentamientos internos que atravesaban a la policía de la época a partir de que el Partido De­mócrata Progresista se hizo cargo de la Intendencia. Las designaciones de Eduardo Paganini De la Torre, como jefe de policía, y de José Martínez Bayo, como comisario de órdenes, supusieron restar autoridad al hasta entonces hombre fuerte de la policía, Félix de la Fuente, quien desde 1917 dirigía la División de Investigaciones.

De la Fuente dio rienda suelta a su despecho ante Ruggenini. "Sus superio­res lo tenían maniatado", le confesó; el comisario Carreras "era un infeliz"; Pa­ganini, "otro caído del catre"; Martínez Bayo "había sido nombrado con proceso abierto por homicidio"; Hugo Barraco Mármol, subjefe de Investigaciones, "era un pichicatero".

Las relaciones de De la Fuente con José La Torre quedaron documentadas en otro expediente, el de la investiga­ción de los secuestros de Julio Nannini y Carlos Gironacci. De la Fuente sugirió al padre de Nannini —comerciante de Arroyo Seco— que pagara el rescate y luego habló con La Torre supuestamente para que mediara ante los secuestrado­res. Según declaraciones de Ruggenini y de Romeo Capuani, fue el jefe de In­vestigaciones quien puso sobre alerta a los mañosos cuando la policía cordobesa estaba a punto de descubrirlos.

Capuani también sostuvo que Juan Galiffi y Diego Radduzzo hacían sus nego­cios bajo protección policial. La policía se aseguraba de que no tuvieran competen­cia. "Galiffi hace lo que quiere en Rosario y no hay peligro de que les ocurra nada a los de su bando —dijo—. Diego Radduzzo no ha figurado nunca en la policía como mañoso y siempre tres o cuatro metidos en su casa; en el sótano tiene toda clase de ar­mas, pero De la Fuente nunca ha encontra­do nada (...) Senza Pavura (Juan Avena) es el alcahuete que tiene De la Fuente para que le averigüe los domicilios de los contrarios de Galiffi y Radduzzo. Felipe Campeone era nuestro; lo llevaron preso, se hizo del bando de Radduzzo y no lo molestaron más".
Fuente: Extraído del diario “La Capital” del 21 julio de 2013.-

martes, 14 de junio de 2016

La irrupción de Galiffi

Por Rafael Ielpi


La historia grande, sin embargo, había comenzado a gestarse dos décadas antes, en el puerto de Buenos Aires, abigarrado entonces de inmigrantes que descendían de los vapores provenientes de Europa, cuando ataviados a la usanza de los habitantes de la Italia meridional (pantalones y saco negro, camisas blanca, gorra o sombrero cubriendo sus cabezas) arriban siete hombres que se declaran cultivadores de olivas. La ocupación, usual en Sicilia, era ficticia en este caso pero no lo eran, al parecer, los contactos con la mafia en la Argentina, ya establecidos para los recién llegados Juan Galiffi, Filippo Dainotto, Luisino Andrea, Andrea Garccio, Benito Ferrarotti, Giuseppe Amorsetti y Pepe Anchoristi. Algunos de ellos serían figuras más o menos rele­vantes de un fugaz pero sangriento reinado.

Juan Galiffi protagonizaría parte esencial de esa cronología mafiosa en el país; radicado primero en la ciudad de Gálvez, por entonces un importante nudo ferroviario, instala allí según numerosos testimonios dos negocios habituales para muchos de sus paisanos: una fonda y una peluquería, que le permiten una cómoda y rápida inserción en la comu­nidad, convirtiéndose en poco tiempo en un próspero comerciante al que se reconoce como buen conversador y amigo generoso cuando se lo reclama.

Aquella apariencia escondía sin embargo otra vida, que Galiffi llevaba adelante en lugares distantes. De ese modo, en octubre de 1912 y noviembre de 1913, es detenido en Salta por asaltos; en 1 914 se lo condena por su participación en el ataque al ingenio jujeño "La Mendieta", y en 1928 se lo halla implicado en un proceso por estafa. Su presencia en Rosario, empero, si bien no con precisión puede situarse entre 1912 y 1920, cuando se lo encuentra instalado, otra vez con una peluquería ubicada en Mitre al 1300, de la que sería cliente habitual Cayetano Pendino, el "giúdice". Un título que por los mismos años ostentaba en Buenos Aires Juan Di Feo, "Fangulli", quien al igual que otros "capos" de la época como Donato Pizzalaruzzi, José del Vecchio o Antonio D'Amato morirían unos a manos de otros mediante el rápido y expeditivo método del puñal, el estilete, el alambre al cuello o los resonantes estampidos de la "lupara".

El periodista Justo Palacios evocaría en La Tribuna, en 1974, parte del periplo de Galiffi en esos años, aun con algunas disidencias respecto de la ocupación de quien pasaría después a ser conocido para siempre como Chicho Grande: Acá se dedicaba a manejar la quinela y todo eso. Era fondero de Gálvez, famoso y conocido por todos los ferroviarios. Viene un día a Rosario y se hace dueño de la mafia. Los lugarteniente. Juan fueron Curaba, que era el hombre fuerte, de familia tradicional ; los Dainotto, que actuaban en la zona de Echesortu, y los Pendino, que en la zona de Avenida Pellegrini. En el barrio Refinería, donde había conventillos como de cien piezas llenas de turcos y criollos, vivían también italianos mafiosos. Ellos empiezan a bancar el juego y a estar en la vida del Mercado de Abasto y del Mercado Central.

Aquellos años de Galiffi en Rosario, donde se lo conoce y llama casi devotamente "Don Juan" o "Don Chicho", aunque más tarde, para dimensionar su poderío, se lo aluda como Chicho. Grande, fueron los de la consolidación de sus negocios en la ciudad: según algunos a través del firme monopolio del comercio de verduras, zas y frutas en los mercados y del tradicional sistema de extorsiones y amenazas que en ocasiones lograban su efecto con una me tola y en otras con el secuestro de la víctima. Todo sin salir de perfil que impidiera que esos procedimientos se convirtieran en noticia, estrategia grata a Galiffi pero errónea para quien pretender sucederlo poco después.

Para 1930, al producirse el golpe militar de Uriburu, visto simpatía por algunos rosarinos como Lisandro de la Torre, quien reunió con el dictador poco después del 6 de septiembre, Galiffi está ya instalado en Buenos Aires. Allí, desde su nada ostentosa vivienda de Pringles 1255, maneja dos actividades disímiles, además del férreo control de la mafia: la de dueño de una fábrica de muebles de estilo, y la de reconocido "turfman", poseedor de algunos ejemplares que, como Fausto, ganarían numerosas carreras. Sus caballos corrían regularmente en La Plata pero no lo harían por mucho tiempo en Palermo, donde la comisión directiva del aristocrático Jockey Club porteño aplicó a su solicitud de admisión como socio la indeseada bolilla negra.

Ya por entonces Galiffi había establecido, sin duda, sólidas vinculaciones con políticos, jueces, policías y personajes cercanos al poder; había adquirido tierras en la provincia de San Juan por un total cercano a los 300 mil pesos, en las que explotaría viñedos y elaboraría sus propios vinos, y se confesaba un perseguido por la ley. Gustavo Germán González lo retrataría con un trazo que no deja de ser tolerante: Era un hombre fornido, bien parecido, siempre sonriente y que daba la impresión de un burgués que disfrutaba en paz de su fortuna. .El cronista policial de Crónica agrega otro recuerdo no menos significativo: Estuvo en Crítica con su ha Ágata, para quejarse de que lo hicieran aparecer en crónicas como vinculado a la mafia. Me lo presentó el poeta Carlos Muñoz, el Malevo de la Púa, que lo había conocido en Montevideo y no quería creer que fuera mala persona. Es un tipo macanudo, me dijo en esa oportunidad...

Pero el paulatino crecimiento de Don Juan dentro de la "honorable sociedad" le depararía ya entonces sus primeros sinsabores. Uno de ellos, el complot urdido por otros "capos" mafiosos presididos por Antonio Amato, celosos del poder alcanzado por Galiffi y de su permanente invasión en territorios y negocios ajenos. Si bien Amato y Galiffi habían tenido una relación de estrecha amistad que se remontaba a los años de infancia en Italia y habían estado incluso a punto de convertirse en consuegros hasta el fracaso del proyectado casamiento entre Ágata Galifli y Renzo Amato, el ascenso de Donjuan terminó por ser el causante de su condena.

Una reunión de hombres de la mafia (que aunque no era una organización formalmente instituida englobaba a cientos de integrantes), entre los que se contaría Ferrarotti, uno de los siete que llegara a la Argentina con Galiffi, decidió en marzo de 1929 la eliminación de éste.

La "ejecución" debía llevarse a cabo en el hipódromo de Palermo, aprovechando la concurrencia regular de Chicho Grande a las reuniones hípicas, y los elegidos para el "trabajo" fueron dos especialistas en esas macabras tareas: Ángelo D'Anunzzio y Francisco Dodero. El 30 de marzo, la perspicacia de Galiffi le hace presentir que algo no anda bien en el "paddock", que registra dos presencias desconocidas y sospechosas. Adivina entonces el peligro que las mismas encierran para su vida y ordena a sus custodios sicilianos que se ocupen de los designados para ultimarlo.

El episodio terminaría exactamente al revés de lo planeado por los mafiosos presididos por Amato: D'Anunzzio es acuchillado allí mismo, sacado del lugar simulando que es alguien que ha sufrido una indisposición y arrojado su cadáver al Río de la Plata. Dodero, en cambio, que es reducido sin resistencia, impresionado por el rápido fin de su cómplice, es llevado más tarde a presencia de Galiffi, quien quiere conocer si el atentado es obra de Amato. Como Dodero se en cierra en el clásico código de silencio, es ahorcado con un alambre y termina en las mismas oscuras aguas que su socio.Tampoco grata sería para Don Juan la aparición de un terrible competidor, empeñado en quedarse con la conducción absoluta de la mafia y cuya estrella sería tanto o más fugaz que el propio esplendor de algunas de ellas: Chicho Chico. Con él, comenzaría u de acciones mucho más notorias que tendrían a Rosario como centro, serían titulares de los diarios nacionales y culminarían con su muerte, decretada por aquel a quien había soñado suplantar. Todo ello matizado por una serie de episodios hasta entonces poco menos que inéditos en una organización que —bien lo sabía el astuto Galiffi –- podría sostenerse activa mucho tiempo si se mantenía fuera de las primeras planas de los diarios.
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo II  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones.

lunes, 13 de junio de 2016

Rosario y la Mafia



El secuestro de Marcelo Martin, hijo del principal accionista de la yerbatera Martin & Cía. y ex presidente de la Bolsa de Comercio local, sucedió poco después del caso Ayerza. El mismo se produjo durante la noche del 29 de enero de 1933, cuando Martin transitaba la esquina de Urquiza y Paraguay, donde se halla la iglesia anglicana San Bartolomé. El joven había dejado minutos antes su voiturette en el garage "El Volante" (Tucumán al 1800) y desde allí iba caminando hacia su casa (Urquiza al 1400). En la esquina citada fue interceptado por varias personas, introducido en un auto, amordazado y encapuchado. Los secuestradores exigieron un rescate de 150 mil pesos a la familia de la víctima, la cual mantuvo el hecho en secreto para evitar represalias. El 31 de enero Alberto Martin, hermano del cautivo, entregó el dinero en el Cruce Alberdi. A las pocas horas fue liberado el secuestrado.

El caso no tardó en esclarecerse debido a la importancia de la víctima y al fuerte clima antimafia que se registraba en la ciudad. Un testigo del secuestro declaró que el auto empleado por los delincuentes era un Hudson color verde aceituna, con capota clara y chapa colorada, detalles que distinguían a los autos de alquiler. Así la policía pudo determinar que se trataba del vehículo de Gerlando Vinciguerra, con parada en Tucumán y Corrientes, es decir, cerca de donde se perpetró el secuestro. Vinciguerra había desaparecido de la ciudad poco después del hecho delictivo y había encargado a un taller mecánico de Mendoza al 2600 que modificara el color de la pintura. El 2 de marzo Vinciguerra y otros dos mafiosos locales, Santiago Bué y Carlos Cacciattore, fueron detenidos en Salta. Los dos últimos eran primos hermanos. Además, Cacciatore conducía un colectivo que era propiedad de Bué. Este colectivo había sido motivo de una sangrienta disputa entre Bué y el pintor Domingo Fontana, quien reclamaba el pago de una deuda y obtuvo por pago una puñalada que le ocasionó la muerte. Eso había sucedido en marzo de 1927, y aunque Bué había sido condenado a quince años de prisión obtuvo su libertad poco tiempo después gracias a varias conmutaciones de penas.

Los secuestradores habían escondido a su víctima en la casa de un humilde lechero, Francisco Gallo, domiciliado en la cortada Marcos Paz al 5100. Gallo no era un mafioso activo, sino que se había visto obligado bajo amenazas o por obediencia a los capos-protectores, como tantos otros sicilianos, a facilitar su casa.

Las investigaciones terminaron implicando a Juan Galiffi, alias Chicho (o "Ciccio", como se escribe en italiano) Grande, aquel campesino que se había convertido en un floreciente empresario dueño de varios caballos de carreras. Galiffi se había radicado por entonces en Montevideo, desde donde fue extraditado a la Argentina. Algunos viejos rosarinos recuerdan su llegada a la estación Rosario Norte, en calidad de detenido, durante una noche calurosa (16 de marzo de 1933). Estaba esposado y escoltado por dos famosos policías de la época: José Martínez Bayo y Hugo Barraco Mármol.
Javier Etcheverríay