Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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lunes, 7 de septiembre de 2020

TIRATE UN LANCE



Por Héctor N. Zinni 


Las argentinas tenían -y tienen- fama de lindas, pero ninguna ha roto hasta ahora la barrera de los concursos caseros. La primera que escapa de las fronteras vernáculas es Norma Beatriz Nolan, que corta el aliento de los jurados en Londres y se ciñe corona, banda y cetro de Miss Universo. Además es morocha -bien Argentine Stjie- lo que para muchos es un doble truinfo. 

Lo vernáculo es defendido a guitarra y espada. La fiebre por el folklore cunde por barrio Norte, sigue por San Isidro y después no deja rincón sin tocar: las guitarreadas, la recuperación de la zamba, la baguala y la chacarera hacen marco en las peñas porteñas y rosarinas. Las de acá se llaman 7 d Línea, en la cortada Ricardone; La Tasca, en la cortada Zabala, La Bodeguita, en Alvear y Córdoba, El Mangruyo en Buenos Aries y La Paz y El Chancho Rengo por San Juan, entre San Martín y Sarmiento. 

Cuenta Hugo Bustos para este libro, que él tenía un amigo que era dueño de una peña folklórica: "S1 y para que los clientes consumieran mucho vino le echaba pimienta a las damajuanas". El folklore tiene, además, una singular difusión en la radio, de la mano de las compañías grabadoras y con clara hegemonía salteña. Juan Carlos Saravia, integrante de uno de los grupos predominantes en esta época: Los Chalchaleros, sostiene que "si en Salta hay algún opa, le ponen un poncho y lo mandan a Buenos Aires'. 

Aparecen los Huanca Hua y Los Trovadores del Norte. Los primeros con una renovada forma de interpretación, con gran acento en los arreglos vocales, y los segundos con la incorporación de ritmos y melodías de toda la geografía argentina, donde la zamba es una foma más, pero no la principal. Se empieza a perfilar lo que despues ha de llamarse proyección folkklórica. 

Otras peñas se abren en Rosario: Cacique, La Nochera, La Viruta, Los Caudillos, Los Yuyos, La Casa de la Abuela, Los Caños, La Criollita, La Bordona, La Semifusa, Mapuche, La Reja, La Posta del Rosario, Casapueblo. "La guitarra circula y eso es importantísimo -asegura un peñero- si hay algún bache por ahí es cubierto por el dueño de la peña, no hay cantores pagados.1 

Pero, mientras aquí los muchachos tocan la guitarra y cantan para las chicas, los soviéticos vuelven a ganar el espacio, esta vez con los vuelos de Nicolayev y Popovich, en tanto los norteamericanos envían una serie de artefactos, entre los que sobresalen el Testar -de comunicaciones- el Mariner y el Relay. 

La isla de Cuba es el asunto principal en la reunión que realiza la OEA, la que resuelve, en este 1962, excluírla de su seno. El Papa Juan XXIII inaugura el Concilio Ecuménico Vaticano II, hecho que se considera importancia fundamental. Fracasa una sublevación que estalla en Puerto Cabello, contra el gobierno de Venezuela2, en tanto Juan Bosch es elegido ello presidente de la República Dominicana. 

Las mujeres están de moda -como en casi todos los siglos- y entre las más destacadas del año, aparte de nuestra Miss Universo Norma Beatriz Nolan, se elige en Europa a Jacqueline Kennedy, Soraya y a Isabel de Inglaterra. La parte ingrata: cuando intenta cruzar el Muro de Berlín e muerto a balazos el 17 de agosto, un muchacho de 18 años, Peter Fechtor. Triunfa en Buenos Aires el Cantante rosarino Siro San Román Se ha presentado durante los meses de junio y julio en Radio Belgrano en el horario de las 21, los miércoles y domingos, acompañado por la orquesta estable de la emisora. San Román, que en Rosario ha cantado con el apellido Yanel, ha sido premiado en Mar del Plata durante el Festival Internacional del Disco. 

Y hablando de discos, sigue mandando desde Madrid instrucciones a sus partidarios el ex presidente Juan Domingo Perón, pero lo hace en forma de cintas grabadas que sus enlaces y los correos se encargan de entrar al país. Entretanto un todavía oscuro personaje, policía para más datos, logra el traslado de la Guardia de Infantería en comisión al Palacio de Justicia porteño. Allí es custodio de varios jueces en lo criminal. Ya tiene 46 años y jinetas de sargento. Con veinte años en la institución policial, pide y obtiene su retiro José López Rega. 

El Carnaval en Rosario obtiene su máximo esplendor cuando la Municipalidad organiza los festejos del Carnaval Internacional, que en el recuerdo de la gente quedará como los Corsos de Carballo, ya que este intendente, de nombre Luis Cándido, pero que no tiene nada de cándido, ha hecho renacer una fiesta que estaba cayendo en el olvido y la monotonía. 

Durante una semana, los rosarinos se han volcado a las calles, mostrando su espíritu de diversión, al que se han sumado personas provenientes de otros lugares del país. En el parque Independencia, centro de las fiestas, un Dios Momo gigante, una pirámide incaica y un rincón tropical, han sido escenario para conjuntos carnavalescos y americanos, mientras que distintas colectividades extranjeras han presentado espectáculos en la zona del laguito, decorado con estilo veneciano. 

La iniciativa pretende crear una corriente de turismo hacia la ciudad a la vez que proporcionar solaz y sana alegría a la población en un ámbito de animación cordial. Distintos clubes rosarinos han servido de marco para la presentación de figuras del espectáculo, como las orquestas de Juan D´Arienzo, Varela Varelita, Domingo Federico, Osvaldo Pugliese, Luis Chera, el cantor Raúl Lavié y el ídolo del momento, BiIIy Caffaro. En lo que a lo internacional atañe, ha venido Xavier Cugat con su orquesta y la cantante, actriz de cine y esposa de turno de Cugat, Abbe Lane. Asimismo han podido apreciarse las actuaciones de Yuyú da Silva y los Lecuona Cuban Boys.3 

En esta época de la nueva ola y el twist, es riada menos que la actriz cómica Nini Marshall quien responde a una serie de interrogantes que le formula una publicación de las Ligas de Padres y Madres de Familia.
El boom de renovación generacional a contramano de las normas impuestas desde siempre, tiene su expresividad en las artes a través del Instituto Di Tella. Y mientras se proyecta la sombra de un censor que habrá de ser repudiado por muchos: Paulino Tato, ex cronista de cine y funcionario intolerante, los militares argentinos están en su salsa: En 52 meses han desafilado en el ejército por los tres altos cargos, 25 uniformados.


Un cantor nacional que hace capote es Edmundo Rivero. Hace 12 años que se ha separado amistosamente de Aníbal Troilo e iniciado su carrera de solista. En el café, en el barrio, los receptores de radio transmiten programas donde se escucha el misterio de la voz esperada, cuando canta aquello de


De gusto andás yugando por cuatro cobres, 

cinchando como un burro de sol a sol... 

Si todos los domingos, salís del sobre 

y yo ya tengo el dato de un marcador. 

Palermo...San Isidro... Los eucaliptos... 

vení que está la papa... vas a saber 

lo que es un biromista...y un arbolito 

Lo que es prenderse a un pingo ... con cien y cien. 

Tirate un lance...? qué hacés en casa?... 

mirando fútbol... televisión... 

Legui... Saurito...El Tano, y Chafa... 

te fortifican el corazón... 

Tirate un lance, hoy corre La Gringa, 

ponele el paco, no va a perder.. 

La avena aléctrica y la jeringa 

son las virtudes de su entrenier 

Tirate un lance...la suerte es loca, 

como la boca de una mujer... 

El mundo ya está frito como un tocino, 

los yankis tiran bombas...chiya el Japón, 

del Golfo se rajaron los submarinos... 

y vos seguís cinchando como un león... 

No ves che Policarpo, que hoy el que pierde 

es el que bronca y suda para vivir: 

Jugate en un final de bandera, verde, 

si no te salva un pingo..? quién va a venir?.. 



Las dos líneas militares antiperonistas -dura y blanda- se enfrentan y cruzan las armas. Triunfan los blancos -azules- sobre los duros -colorados-, pero el.resultado de la lucha poco importa para el resto de los ciudadanos que son los verdaderos derrotados. Las Fuerzas Armadas pasan sobre la Constitución, toman decisiones a espaldas de los poderes públicos y establecen La Patria Militar.6 

El país enferma de una cruel epidemia: el mesianismo militar, la creencia de algunos sectores en un catecismo que enuncian así: "Los militares, patriotas, honestos y hombres de orden, arreglarán con la autoridad y la fuerza de la espada lo que desarreglaron los políticos, que solo atienden a sus mezquinos intereses electorales, son ineptos y llevan al país a la ruina". Esta visión maniquea de la realidad arrastra muchas veces a los civiles a golpear las puertas de los cuarteles y buscar al general providencial. Después, la Historia se encargará de manejar la balanza con doloroso resultado. 

Los conflictos mellan el ánimo argentino y una encuesta que realiza el diario La Razón a fin de este año, trata de determinar cómo han visto algunas de las figuras más representativas, a 1962. Brevemente, ésta es la opinión. Para el empresario Carlos Mihanovich "la culminación de un proceso de mala conducta" para el jurista Carlos Sánchez Viamonte, "un año nefasto" para la escritora Silvina Bullrich, "un año con el espíritu por el suelo". 

Pero, para el humorista Landrú -Juan Carlos Colombres- es "el año del optimismo" Da las razones, entre ellas, el haber sido año de récords: "en golpes de estado (12), en suba del dólar, en posesión de presidentes depuestos (único país en el mundo que posee dos): récord en la construcción de un edificio (98 años para hacer el Mercado del Plata) y récord absoluto de juramento de ministros" 

Ante estas afirmaciones, 22.000.000 de argentinos sonríen, pero con tristeza. Cunde el escepticismo y se trabaja con voluntad, para seguir, pese a todo. El dólar vuela alto y el peso es muy pobre. "¿Iremos a la Luna en 1963", es uno de los interrogantes que cierran el período.


NOTAS 

1.Vasto Mundo. 3ra. Época. Nro. 12. Guitarras de mano en mano. Pág. 13 y sigs. Y además, del autor, Rosario era un Espectáculo. Tomo 2. Rosario 1996. 

2.A fines de este año, el ex dictador de Venezuela, Marcos Pérez Jlménes, es conducido a la cárcel de Miami, obligado a abandonar la suntuosa morada en que vivió hasta ahora. El gobierno de Venezuela ha reclamado su extradición para ser juzgado, según se dice, por graves delitos. Pérez Jiménez apela pero sin mucho resultado, que digamos. 

3.La Capital. Rosario. 22.2.1998. 

4.Vivir en Familia. Bs. Aires. 1962. 

5.Tirale un lance, tango con letra y música de Héctor Marcó. 

6.En Rosario, tanques y vehículos transitan las calles provocando durante el conflicto inquietud en la población. El coronel Roberto Fonseca, leal al general Juan Carlos Onganía se rebela contra el coronel Luis Folkland, Comandante del II Cuerpo de Ejército identificado con los colorados o antiperonistas. Se producen escaramuzas que habrán de causar la muerte de un suboficial del Regimiento 11 de Infantería. 


Fuente: Extraído “ El Rosario de Satanas III- Editorial Fundación Ross. 

viernes, 4 de septiembre de 2020

PRIMERAS IMAGENES



Por Héctor N. Zinni 


Nací (¡cómo no voy a nacer!) nueve meses después que se pusieran de acuerdo mi papá y mi mamá. Fue en octubre de 1934, el día 9 para dar más detalles: fue a las 8 de la noche y durante una gran lluvia. El día de mi nacimiento, pero en 1547, había recibido las aguas bautismales en Alcalá de Henares, nada menos que don Miguel Cervantes Saavedra, inmortal autor de Don Quijote. Además, hubo de nacer en este mismo día y mes, en 1821 y en Gibraltar, el célebre historiógrafo Antonio Zinny a quien le debemos, entre otras obras, su Historia de los Gobernadores de las Provincias Argentinas. 

Este día, mes y año fue sancionada la Ley de Parques Nacionales, creándose automáticamente el de Nahuel Huapi. Pero no termina aquí la cosa. Como que también este día, mes y año, fue fusilado en España el sacerdote argentino Héctor Valdivieso Sáez, canonizado por el Papa Juan Pablo II el 21.11.1999 como primer santo argentino, cuyo nombre —primero y único en el santoral católico— es conmemorado desde esta última fecha. Por ende, quien esto escribe ha tenido que esperar 65 años para conmemorar, bajo el nombre de dicho santo, que es el suyo propio, el 9 de octubre.1 

Pero, dejemos las coincidencias y sigamos adelante. Los recuerdos de mi infancia empiezan temprano, a los cuatro años yendo con mi progenitor al Cine Real para escucharlo cantar a Agustín Magaldi. A los cinco, enterrado en la arena con sólo la cabeza afuera, mientras los otros chicos bailaban alrededor, como si fueran indios. Resultado: un enfriamiento y descompostura de estómago. Me salvó la vida un conocido médico rosarino de apellido Celoria. 

A los seis y a los siete, los juegos a baldazos de agua en Carnaval. La escuela particular primaria en la Iglesia de la Inmaculada Concepción. Con ocho cumplidos mi ingreso a la escuela Nacional Nro. 56 "Almafuerte" donde cursé los seis años correspondientes, siempre con la misma maestra, la señorita Sofía. Recuerdo el aroma del picadillo que hacía mi mamá cuando preparaba sus inolvidables empanadas y el sabor de aquel turrón que me hizo con pepitas de damascos que yo junté en General Pico—La Pampa—en uno de los tantos viajes que hicimos para visitar a mis abuelos maternos: don Cayetano Dómina y doña Providencia Sottile. 

Mi abuelo tenía en Pico un quiosco de golosinas y cigarrillos que estaba en el extremo de una avenida céntrica. Era de esos redondos, con ventanas alrededor. Yo salía temprano por las mañanas con mi abuelo rumbo al quiosco, caminando o trotando a su lado con mis nueve años y de pantalón corto, por aquellas calles de tierra que hoy no existen más. 

Una vez llegados, mi nono retiraba los postigos, que se cerraban desde adentro con las consabidas mariposas y la barra de afuera. Nos instalábamos. El sitio era más bien estrecho y no ofrecía más variantes que mirar por cada una de las ventanas, yo ya leía, pero mi abuelo tenía solo ejemplares del famoso "Qué le dijo?", que ya me había leído varias docenas de veces. En lo alto, entre cajas de caramelos, algunos ejemplares de Las Mil Una Noches de la editorial TOR a la que no tenía acceso porque mi abuelo me decía que esa obra no era para chicos. Con los años la leí. Era una versión completamente expurgada. 

El pasar en aquel quiosco era para mi bastante aburrido, y eso que era yo quien quería estar allí. Tal vez lo que más me gustara era trotar junto a mi abuelo por las mañanas hasta llegar a aquella construcción circular que parecía más bien un oasis en medio del desierto que significaba aquella avenida por donde no pasaba nadie, al menos en horas tempranas. Por ahí se arrimaba algún comprador y adquiría un paquete de cigarrillos o de pastillas Biliken que en Rosario no se conocían porque aquí imperaban las de fabricación local: Anta o Meterete. Cuando no daba más de tan aburrido que estaba, me volvía a casa, previo acuerdo con mi nono. Yo me sabía de memoria las calles y no me perdí nunca. 

De aquellas visitas a la casa de mis abuelos en Pico, recuerdo muchas cosas, entre ellas la mesa larga en la cocina para dar cabida a todos mis tíos, que, aunque casados y con vivienda, venían los fines de semana a comer con los viejos. Recuerdo también la bolsa, que colgada detrás de la puerta de la cocina, guardaba un pan crepitante y calentito, lo mismo que la galleta criolla de exquisito sabor que servía para mi desayuno en aquella mesa. Colación que consistía en un enorme café con leche servido por mi abuela en una taza grande, enlozada, acompañada con galleta criolla o pan casero y manteca. 

En aquellos años 40 mi espíritu ya era inquieto e investigador. Recuerdo cuando vestido impecablemente de blanco, mientras llegaba el momento de salir con mis padres y mis tíos Salvador y María, me fui acercando a una laguna que se había formado en el terreno que estaba frente a la vivienda de mis abuelos. Entré en contacto con el agua, primero fueron los zapatos hasta que el barro los cubrió. Luego fui avanzando y me embarré los pantalones también. Llegué hasta la mitad de la laguna. Así, todo embarrado me sacó mi madre quien no solamente me lavó y me cambió de ropa sino que me llevó de paseo con la paliza puesta.2 

Mis abuelos paternos, al igual que los otros, también eran italianos. Y eran igualmente pobres. Vivían como caseros de la Escuela Técnica de Maquinistas Carlos Gallini, en la cortada José Martín, ubicada en la calle Tucumán entre las de Vera Mujica y Crespo. Cortada, por otra parte, que los vio llegar de recién casados y donde ocuparon una casilla de madera bajo unas higueras en el fondo de la calle que terminaba abruptamente en un paredón lindante con los fondos de los Garassino. 

Cuando mis tíos partieron hacia sus destinos y quedaron los dos más chicos _Felipe El Pibe, y Emma —doña Carolina— que era mi abuela—al llegar la época de las brevas mandaba al varón a vender higos con una canastita a Pichincha, y sin nombrar el famoso barrio le decía: "iAndá a vender los higos allá!"... Ella lavaba ropa y mi abuelo, que había sido carnicero con poca fortuna, la oficiaba de peón estibador en la firma Castagnino Hermanos. Triste destino, en verdad, el de aquel matrimonio de gringos que no hicieron la América. 

Desde que mi abuelo —don Felipe— se cayó de una estiba en el depósito de los Castagnino, no pudo trabajar más. Caminaba apoyando en un bastón su pierna rota y recordaría, sin duda, la carta elogiosa que le mandó la firma al despedirlo sin ningún tipo de indemnización. Doña Carolína, de gruesa voz y tono bajo, era la matrona indiscutida. Don Felipe, como contrafigura, un santo. Ella oriunda a Alessandria, en el Piamonte, él abruces, de Casalbordino provincia de Chieti. El norte y el sur de Italia representado por una pareja que se conoció y se casó aquí. 

Mi bisabuelo, que, al parecer, tenía como oficio pasado el haber sido contrabandista entre Italia y Yugoeslavia, había prohibido el matrimonio: "No habrás de casarte con ese negro", habría expresado más o menos a su hija Carolina, de dieciséis años entonces. Pero ella, heredera de las mismas agallas del padre, fue a visitar a una tía y le dijo: "Si no me dejan casar, me escapo con Felipe". Se hicieron los arreglos y el matrimonio tuvo lugar. En el acta correspondiente, el oficiante y los testigos dejarán aclarado que el novio o sabe leer ni escribir". La novia, en cambio, estampará su firma en forma trabajosa, con infantil caligrafía. 

Y vinieron los hijos. Mi padre, nacido el 22 de octubre de 1903, será el mayor de un total de nueve. Dos morirán pequeños: Pedro y Héctor, de ahí que tenga un primo de nombre Pedro y a mi me hayan puesto Héctor por aquel tío fallecido, así como Nicolás por mi padre. Los otros hermanos: José, Adela, Rosa, Ramón —Satanás—, Emma y Felipe que aún vive, pasarán por la vida con sus aciertos y con sus errores, como todo el mundo. 

Yo recuerdo a estos nonos con cariño, pese a que eran de no mucho hablar y poco demostrativos. Cuando enfermó mi abuela de cáncer y recién a último momento dijo que se sentía mal, yo creí curarla con una pequeña pieza del 'pan de la salud" que me habían dado en la Iglesia de la Inmaculada Concepción donde me mandaban a aprender catecismo. Mi nona estaba en la cama (la estoy viendo) arropada y boca abajo. Yo me presenté y le di de comer el pancito aquel, que parecía un bollito con anís. 

Ella masticó un trozo yme lo agradeció mirándome con aquellos enormes ojos azules que tenía. Una semana después era operada por el doctor Rafael Babbini en el Hospital Roque Sáenz Peña, de Rosario. Apenas si sobrevivió a la operación. Corría 1943. Un día me dijo mi tio Ramón - Satanás— que yo no iba a ir a la escuela porque había fallecido la nona. Recuerdo todo aquello. El velatorio en la casa de la Escuela Carlos Gallini. Mis tías Adela y Ema repartiendo corbatas negras y cosiendo los lutos en las mangas de los sacos. El impresionante ruido de los caballos del servi0 fúnebre golpeando con sus cascos el empedrado. Y los llantos. Los propio y los ajenos como los de las vecinas, entre ellas, el de Doña Felisa vecina amiga y comadrona de Carolina. Se habían ayudado entre ellas a parir 10 hijos. Por eso todos estaban cortados por la misma tijera. 

NOTAS 

1. El 5 de marzo de 1934 cantaba Gardel desde la NBC de Nueva York mientras sus guitarristas Barbieri, Riverol y Vivas lo acompañaban auriculares mediante— desde los estudios de la porteña Radio Rivadavia, aunque salen al aire por Splendid, repitiéndose la experiencia el 17 de agosto, y el año siguiente el 15- de marzo. El 15 de abril del mentado 34, ya desvinculado de julio De Caro, debuta el bandoneonlsta Pedro Uurenz —Blanco en los papeles— al frente de su propia orquesta y se suma otro bandoneonista, pero además cantor: Francisco Florentino, a la orquesta de Roberto Zerrillo. El 14 de julio fallece, camino a su casa, el famoso músico porteño de la Guardia Vieja, Juan Maglio, Pacho. este año el cine nacional da a conocer la película idolos de la Radio, con Ignacio Corsmi y Ada Falcón en los papeles estelares. 

El 30 de julio graba Gardel el tango que le pertenece, con letra de Alfredo Le Pera: Mi Buenos Aires Querido. De este mismo año son los tangos El arranque, con letra de Gomila y música de julio De Caro, quien lo lleva al disco con su orquesta el 4 de enero; No aflojes, de Batistella, Maffia y Piana; Vidanía, de Emilio y Osvaldo Fresedo; El Pescante, de Manzi y Piana, y Cambalache, de Enrique Santos Discepolo. Además este año cuenta con dos sucesos notables: la llegada del Graf Zeppelln y el Congreso Eucarístico, cuya descripción puede encontrarse en el libro del autor El Rosario de Satanás, Tomo II. 

2. De que, tempranamente, yo serviría para llamar la atención, dan cuenta los siguientes sucesos. A los cinco años había tomado por costumbre doblarme ambas orejas hacia adentro, retorciéndolas y metiéndomelas cada una en sus pabellones auditivos. Una vez, mi madre me puso de punta en blanco —como acostumbraba— y me llevó de paseo. Caminaba yo junto a ella, cuando se me ocurrió aquello de las orejas. Sial espectáculo que ofrecía, le añadimos que me iba chupando el dedo, no cabe ninguna duda de que tendría que ofrecer el aspecto de un niño deforme y diferenciado, cosa de la que era yo consciente y me regocijaba por ello. Iba, como decía, muy orondo marchando de la mano de ml mamá, cuando pasaron dos mujeres a nuestra vera, mirándome una mientras codeaba a la otra. Mi madre se percató de ello y adoptó un aire de orgullo, como diciendo: "Ven que bonito es mi hijo?". 

La que la completó fue otra mujer, que al yerme con tamañas orejeras chupándome el índice de paso, dijo que lo bajo 'Pobrecito!". Ahí mi madre me miró bien de frente y de un sopapo hizo que mis orejas volvieran a ocupar su lugar. Pero no terminó ahí la cosa. Cuando volvía a salir con las mangas de los sacos. El impresionante ruido de los caballos del servi0 fúnebre golpeando con sus cascos el empedrado. Y los llantos. Los propio y los ajenos como los de las vecinas, entre ellas, el de Doña Felisa vecina amiga y comadrona de Carolina. Se habían ayudado entre ellas a parir los hijos. Por eso todos estaban cortados por la misma tijera. 


Fuente: Extraído “ El Rosario de Satanas III- Editorial Fundación Ross.

jueves, 3 de septiembre de 2020

LA NOCHE DE ROSARIO NORTE



Por Héctor N. Zinni 

Las noches del fin de semana suelen presenciar inacabables colas frente a los cines de estreno, y la entrada y salida de cada sección, configuran dos flujos definidos de paseantes, que en contados minutos, dejan en la calle una extraña sensación de soledad. Esta decidida inclinación por el cine, ha determinado la existencia de diversos cine clubes, que compiten en sus espectáculos con las trasnoches de las empresas comerciales, y que, en algunos casos, como en la cola para la trasnoche del cine Imperial, configuran un hecho singular que llama poderosamente la atención de los que a esa hora transitan pausadamente por Corrientes entre Tucumán y Urquiza: una larga y paciente fila de tres y hasta cuatro personas de ancho, que aguarda rumorosa y alegre, llegando hasta la esquina de la última calle, para ver alguna película que no ha logrado transitar por los circuitos comerciales, o que ha desaparecido rápidamente de carteleras por su condición de no taquillera. 

La noche de Rosario, curiosamente, no se limita a recorrer obsesivamente la calle Córdoba, a instalarse en los bares con mesas en las veredas, a incursionar, los fines de semana, por los atiborrados restaurantes o, en última instancia, asistir a una función de cine. Por el contrario, también ofrece costados inverosímiles cuando se trata de adentrarse en los cabarets, en los nightclubes o en las wiskerías: un submundo que alcanza contornos alienantes y que coloca a Rosario a la altura de las grandes ciudades. 

Y es, precisamente alrededor de la estación Rosario Norte (un residuo de la época de la trata de blancas, de los prostíbulos, de la legendaria Madame Safo, todo con olor a permanganato) donde la sordidez se identifica con el delirio y los hechos nocturnos con gags de películas cómicas. amos, a guisa de ejemplo, los avatares de este sucedido: 

El ginecólogo atraviesa la espesa nube de humo que flota en el cabaret abriéndose paso entre las mesas tratando de no inhalar los efluvios de perfume barato y, por último, ubicándose cerca de un desfalleciente escenario a la espera del "show de medianoche" que proponen algunos locales nocturnos en la avenida Ovidio Lagos, cerca de la estación Rosario Norte, también llamada Sunchales, porque cuando se inauguró, el tren iba hasta esta localidad santafesina. 

Poco después un guitarrista se instala sobre las tablas, dispuesto a estremecer a los asistentes con tangos de la "guardia vieja", un anticipo del plato fuerte de la noche, que promete la actuación exclusiva de Zoraima Rey, La Reina del Mambo. Antes de intentar los primeros rasguidos, el guitarrista reconoce, en una mesa, al médico que atiende gratis nada menos que a su mujer. "Quiero dedicaresta canción —proclama— a migran amigo, el doctor González, que hoy nos honra con su visita". La respuesta, insólitamente, no se hace esperar: un espectador ubicado en la primera fila se encarga de transmitirla: "Si es amigo tuyo —irrumpe sarcásticamente— buena porquería debe ser el doctor González ese". 

El guitarrista, presionado por motivaciones áticas, sólo atina a incrustarle la guitarra en la cabeza al del comentario poco feliz. Poco después, una gresca descomunal, alentada por los chillidos de la mambera Zoraima (algo frustrada por la interrupción de su debut estelar) deja como resultado varios contusos, una fractura de clavícula, una herida cortante en el parietal izquierdo, tres pares de medias corridas y un vertiginoso éxodo de cinco coperas que trabajan de contrabando. 

Aventurarse en el Panamericano Dancing, que de él se trata, un reducto de la avenida Ovidio Lagos al 100, equivale a recorrer todas las formas de lo grotesco: la típica-jazz band (un acordeón a piano, un bandoneón y una batería) entretiene, en la mayoría de los casos, a los provincianos que abundan en los aledaños de la estación ferroviaria. "Lo bueno de este lugar—confiesa Sebastián Zabala, un santiagueño de paso por Rosario—es que uno hasta puede traerse la comida' 

En efecto, cualquier habitué que atraviese el umbral ornamentado con luces de neón, es solícitamente atendido por disimuladas virtuosas de la profesión; además, puede ingresar con una pizza, un pollo asado o una lata de caballa La Campagnola, y pedir allí mismo una botella de vino, que, generalmente es marca Pirámide. "Estamos bastante cansadas del show —suspira Esmeralda Negri (Beba, para los amigos), mientras bate el aire con un dudoso abanico japonés—; las figuras son demasiado descangalladas". 

Y no es sorprendente: los que abonan 300 pesos por una copa de whisky —la de damas cuesta 400 pesos— deben soportar las dificultuosas piruetas de una entrada en años bailarina española, un strip-tease que solo descubre opulentas redondeces, o algún cantor melódico en la línea de Pedro Vargas o Fernando Albuerne. También hay cantores de tangos con visos de exclusividad, como el veterano Amour Naya y Carlitos Duval quien caerá muerto de un síncope al pie del mostrador. 

Pero eso no es todo: las paredes pintadas al aceite en color verde conservan algunos vestigios de !as últimas fiestas de Navidad. "Con toda seguridad—ha ironizado un concurrente días pasados—, Papá Noel se olvidó las guirnaldas y los papeles de forrar carpetas en su última visita. 

La ausencia de contertulios foráneos, a raíz del largo conflicto ferroviario, que habrá de concluir ante la mediación del cardenal Caggiano, ha mermado por estos días no sólo clientes al Panamericano sino también a todos los cafés, bares, confiterías y restaurantes ubicados dentro de los hoteles de la zona. Caggiano emplea para solucionar el problema de los trabajadores del riel, cinco difíciles días de tratativas, jornadas en las que parece que Frondizi, en la India, no quiere bajarse del elefante. 

A las catástrofes aéreas se agrega, sobre el fin de año, una tragedia que ocurre en el barrio porteño de Floresta. Se derrumban siete pisos de un edificio de la calle San Blas y causan la muerte de dieciséis personas. Una ola de pesar e indignación estremece al país. Motivo: el desastre radica en los malos materiales usados y en lo improvisado de la construcción. Avellaneda sigue orgullosa con su fútbol: esta vez es Rácing quién se lleva el Campeonato. 

Austeridad es una palabra de moda, pero por lo menos los porteños, no le hacen caso: En un año gastan 147 millones de pesos en teatro, 17 en boxeo, 1.035 a las 193 salas de cine de la ciudad y en carreras de caballos, una suma que inspira más respeto: 1.875 millones. Se analiza y determina que la Argentina está en el décimo lugar —aventajando a los Estados Unidos— entre los países que tienen mayor número de médicos en relación con su población: uno por cada 760 de sus habitantes.3 

Desciende en Ezeiza —junto con su delegación de 128 personas - el presidente Frondizi. Oriente ha quedado muy atrás y en la Casa Rosada lo esperan algunos problemas. Una tonelada de problemas. 


NOTAS 

2. Boom Año l Nro. 4 íd. Id. 

3. La Razón. Historia Viva. Id. Id. 




Fuente: Extraído Fragmento de segunda parte del Capitulo 11 “ La noche de Rosario Norte” de libro “ El Rosario de Satanas III- Editorial Fundación Ross.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

EL NEGRO OLMEDO - INFANCIA

 




Por Marcelo Olmedo 




Mi viejo se separó de mamá cuando yo tenía unos tres años, por lo que no tengo recuerdos de vida en la misma casa con él. Sí recuerdo algunas imágenes de él viniendo a la casa a buscamos para salir un rato, nos entregaba mi abuela porque mi vieja no quería verlo. 

Mamá, muy herida por la separación, le inició juicio de divorcio, en esa época no existía el divorcio vincular. Sólo había lo que se llamaba "separación de cuerpos y bienes". Mamá obtuvo un fallo favorable en el juicio y se dictó sentencia de divorcio " por culpa del esposo", causa: adulterio. Obtuvo una suma de unos doce mil pesos de la época (año 1968) y una cuota alimentaria baja. Mi viejo hacía dos programas en Canal Once y cobraba unos cuatro millones de pesos por mes. El Canal protegió a su estrella, ocultó las cifras reales que recibía mi viejo y mamá luchó como una leona contra todos. Mandó al canal una intervención contable pero no fue suficiente para probar la verdad sobre los ingresos del viejo. Respecto a los hijos, su señoría fijó un día de visita, los sábados. Ese era el único día que mi viejo nos venía a buscar. El abogado le dijo a mi vieja: 

-¡Ganamos! 

Curiosa interpretación la del letrado. Tres chicos, uno de un año, otro de tres para cuatro y el mayor de seis años, habían sido condenados a ver a su padre sólo una vez a la semana; mi vieja obtuvo un dinero que apenas alcanzaba para pagar las cuentas y, como si fuera poco, fue despedida por Héctor Ricardo García de Canal Once donde trabajaba. Al gallego García no le gustó que la justicia le revisara sus papeles. 

Fueron tiempos difíciles en lo económico y, aunque entre mi vieja, mi abuela y mi tía con las que vivíamos, hacían lo imposible para que no nos faltara nada, no nos dábamos grandes gustos, pero éramos felices. 

Mi viejo se limitaba a cumplir con la cuota y venir a buscarnos los sábados. Mamá quería que nos viera más seguido, pero los compromisos laborales de él no se lo permitían. No tenía tiempo. 

Desde el momento en que me despertaba el sábado me ganaba la ansiedad, sabía que salíamos a pasear con papá. Llamaba al mediodía y nos venía a buscar. A veces llegaba una hora tarde y por eso lo odié muchas veces pero cuando llegaba, la alegría de verlo era superior a todo. Llegaba con la simpatía y ese carisma increíble que conoció el público. El enojo se me pasaba casi al instante de ver llegar el auto. 

Íbamos jugar a la pelota a un lugar en Palermo (al lado del Club Alemán de equitación) que llamábamos "nuestro lugar". jugábamos partidos interminables de dos contra dos, mi viejo se mandaba dos, tres y hasta cuatro piques impresionantes y después se fundía y decía: 

-¡¡¡Traéme un pulmotor!!! 

No podíamos creer que se cansara tan rápido, tampoco sabíamos que tal vez se había acostado a las cuatro o cinco de la mañana después de hacer teatro de revistas, cenar con un vinito y quizás un trago con los amigos al final de la noche. 

Aveces participaba de nuestras salidas Coquito (Humberto Ortiz), su compañero de trabajo y mejor amigo hasta su muerte el 11 de octubre de 1982. 

Una tarde jugábamos al fútbol en " nuestro lugar" con Coquito, a los diez minutos de estar jugando Coco pega un puntinazo como para hacer el gol de su vida en una final del mundo, la pelota, una número cinco de cuero que estaba buenisima, que papá nos había comprado recientemente, queda inmóvil, clavada en las enormes púas de un palo borracho. El tiempo se detuvo por un instante, mi viejo, Fernando, Mariano y yo, observábamos cómo la pelota se desinflaba lenta e inexorablemente con el clásico sonido "pfffffffff" del aire que se escapa dando por finalizado el partido. El viejo, de reacción rápida, corre hacia el árbol y le dice a Coco que lo alce para tratar de salvar la pelota, ya que encima había quedado clavada bastante alto. 

No lo lograron y terminamos comiendo asado en el restaurante La Tranquera de Figueroa Alcorta 

La salida sabatina terminaba generalmente en el kiosco donde comprábamos figuritas para el álbum "Pirata" o para alguno de fútbol. Nos compraba varios paquetes a cada uno, lo que nos aseguraba entretenimiento para toda la semana. 

Nuestra infancia fue de clase media baja, la de él fue de clase baja o pobre. 

Alberto Olmedo nació en un conventillo de Rosario y transcurrió toda su infancia en el Barrio de Pichincha. Un lugar bravo plagado de prostíbulos y gente pesada por algo en aquella época a Rosario la llamaban la Chicago argentina, nombre que mi viejo citaría con orgullo en sus sketchs de fines de los años ochenta. 

Vivía con mi abuela Matilde (se hacía llamar así porque su verdadero nombre era Plácida Isidora) y mi tía Pelusa (menor que él). Mi abuela hacía tareas domésticas en casas de la zona, y las carencias y el hambre lo hicieron crecer de golpe. Tuvo que salir a trabajar a los siete años para ayudar a la vieja, siendo muy chico se tuvo que convertir en el hombre de la casa. Su primer trabajo fue haciendo el reparto de una verdulería, más tarde vendría la carnicería donde hizo de todo, hacía el reparto en bicicleta, se caía de la bici, la carne terminaba en el suelo, la levantaba, la envolvía y seguía entregándola como si nada. Y aprendió a manejar el cuchillo con maestría a la hora de cortar las medías reses. Cada cosa que aprendió en su infancia, adolescencia o juventud, después la aplicó en el espectáculo. El manejo del cuchillo lo perfeccionó años después cuando trabajó en un circo y ese aprendizaje le sirvió para arrojarle los cuchillos a Moira (Dorys del Valle), la secretaria del personaje El Mago Ucraniano en el programa El Chupete. También como El Capitán Piluso le arrojó cuchillos a Coquito en vivo en televisión y más tarde El manosanta le arrojó cuchillos al Enano Polvorita. 

A la mañana trabajaba en la carnicería, paraba para almorzar en la casa, a la tarde iba a la escuela y al salir y hasta la nochecita seguía en la carnicería. Como alguna vez contó, para él no era ninguna tragedia tener que trabajar tanto. Le gustaba, era un juego. Claro que el frío de algunas mañanas y ver a otros chicos jugando a la pelota a veces lo hacían sentir mal pero no mucho, tenía una clientela sensacional, era flaquito, alegre, simpático. La gente lo quería mucho. 

Otra salida que compartíamos y disfrutábamos era ir al cine. Vimos toda la saga de james Bond desde Dedos de Oro hasta las últimas protagonizadas por Roger Moore. Con el viejo éramos fanáticos de la pelis d e acción y especialmente de las comedias de un actor francés llamado Louis De Funes. No sé si alguie'n en la vida hizo reír a mi viejo tanto como las actuaciones de este actor. A veces nos ensartábamos con algunos bodrios y él aprovechaba para dormir la siesta en el cine. 

Hasta acá era la parte divertida, lo malo de ir al cine es que íbamos a los cines de la calle Lavalle, dejábamos el auto a una o dos cuadras y para llegar al cine caminando esas cuadras podíamos tardar unos quince minutos. ¿El motivo?: La gente que no paraba de saludarlo, pedirle autógrafos, tocarlo (para ¿quééé???) mientras una pequeña muchedumbre lo iba rodeando. En general recuerdo que se trataba de señoras gordas de culos grandes y feos, con chicos algunas y con papeles y biromes en la mano. No dudaban en acariciarnos la cabeza y, personalmente, recuerdo la impunidad con que me tomaban de los cachetes hasta que me quedaban rojos. Era insoportable, injusto, el precio de la fama ajena era demasiado alto para un chico de siete u ocho años. Él no dejaba de avanzar con la sonrisa en la cara, una mano que nos tomaba a Mariano y a mí para que no nos perdiéramos en el tumulto y Femando cerca. Él agradecía, saludaba y explicaba que se nos hacía tarde para el cine. A veces salíamos corriendo para llegar a tiempo, pero debo confesar que no recuerdo haber visto ninguna película desde el principio. Por eso el viejo siempre elegía las que eran en continuado para, al final, ver el principio en la próxima función. 

Mi rechazo por la popularidad se inicia en esa época. 

La previa del cine era casi siempre un almuerzo en el restaurante El Parque en Uruguay Viamonte, un lugar enorme con entrada por ambas calles, la de Viamonte al lado de la APA. Generalmente nos atendía un mozo viejito, tano, que se llamaba o le decían Porto o Portofino. 

Disfrutábamos esos almuerzos, nos reíamos mucho, el viejo, siendo él mismo, nos hacia descostillar de risa. En la vida privada podía ser diez veces más gracioso que actuando. 

Algunas veces nos pasaba a buscar por el departamento donde vivíamos en Boulogne Sur Mer y Corrientes e íbamos a visitar a Fidel Pintos que vivía en la esquina sobre Comentes, en un primer piso arriba de la heladería Alviyak. Fidel fue como un padre para mi viejo. Se amaban. 

Para el año mil novecientos sesenta y siete, papá ya estaba en pareja con Tita, su segunda esposa, y en el sesenta y ocho nació Javier. La carrera artística de mi viejo iba en meteórico ascenso. En mil novecientos sesenta y dos ganó su primer Martín Fierro al mejor programa infantil por El Capitán Piluso, después vino el enorme éxito de Operación Jaja y El Botón ambos con los hermanos Sofovich. Empezó como uno más en un elenco de figuras,pero, rápidamente, junto con Porcel y Juan Carlos Altavista como Minguito, se destacó quedando a cargo de la presentación de los programas como un maestro de ceremonias interpretando al célebre Rucucu. El personaje hablaba de manera extraña, haciendo una especie de tonada rusa que a veces mezclaba con el rosarigasino (dialecto que dominaba y que se hablaba en las cárceles de Rosario). Rucucu nace en un juego que papá hacía con mi hermano Javier, le acercaba la mano abierta a la cara y la alejaba diciendo ¡ ¡Rucucu!! o  ¡Rupeta!!! Rucucu es el primer personaje popular que interpreta que empieza a mostrar el detrás de cámara de la televisión, es con este personaje que empieza a cambiar la manera de hacer TV La desacartona, muestra los decorados rotos, la ropa en mal estado de los actores y actrices, pasa detrás de cámara y muestra a los camarógrafos, derriba "la cuarta pared" y se hace cómplice del telespectador. No lo planifica, no hay guión, es pura intuición. La luz roja encendida de la cámara lo transformaba. 

Sus años de técnico detrás de cámara en el Canal Siete desde el año cincuenta Y cinco (era switcher, el encargado de mandar la cámara al aire tocando un botón) le habían dado un dominio absoluto de lo que se estaba viendo. Fue en esa época donde alguien dijo: - El negro tiene que estar delante de cámara. 

El hecho que lo sacaría de detrás de cámaras sucedió durante una cena donde estaba todo el personal, directivos y artistas del canal. Cuenta Pedro Voiro (ya fallecido), quien fue director y guionista de mi viejo en las primeras épocas, que el clima en la cena era denso, había hablado un locutor muy conocido de la época ylo que dijo no le cayó bien a los directivos entre los que estaba Augusto Bonardo y Julio Bringuer Ayala. Había mucha bronca y también mucho vino, la gente se empezaba a ir. Después de unas cuantas botellas, Voio se puso a escribir un texto en un pedazo del mantel de papel, lo cortó y se lo pasó ami viejo, él se subió a una mesa y empezó a leer, después empezó a improvisar, ventiló todos los conflictos que se hablaban en voz baja de una manera graciosísima, imitando las voces de cada uno que mencionaba. Habló de las internas del canal como si friera un guión televisivo, la gente se revolcaba de la risa El éxito de esa "actuación" hizo que Bringuer Ayala le ofreciera hacer un monólogo en el programa La Troupe de TV que iba en horario central y lo dirigía Pancho Guerrero. El switcher comenzó a trabajar de actor sin dejar de ser técnico. A veces operaba la consola de switcher disfrazado y maquifl0 para salir al aire en cualquier momento. Después de actuar, volvía a su Puesto en el control. 

En Operación Jaja y El Botón después, interpretó otros personajes que trascendieron como El Guapo Piolín que se batía a duelo de facón por el amor de "La China" de turno con el Guapo Portones (interpretado por Javier Portales) a quien siempre acuchillaba por la espalda (el vivo argentino, traicionero y desleal). También participó en el sketch de La Peluquería de Don Mateo, la primera, con Fidel Pintos, el original peluquero Don Mateo, y el cliente era Porcel. Mi viejo hacía de policía o de bombero, cuando alguien decía "fuego" entraba con extinguidor abierto en mano tirándole el gas frío a Porcel en la bolas ya los pies de Fidel, creando un momento de caos y locura en el sketch ya que salía de cámara y con el extinguidor atacaba a los actores que miraban la grabación, a los técnicos o cualquiera que pasara por ahí. 

Como cómico, su figura se agigantaba cada día, como amigo era muy querido y buen amigo de sus amigos. Como padre hacía lo que podía. Se tenía que repartir con dos casas, una esposa, una ex esposa y cinco hijos. 

Con Tita ya tenía a Javier y Sabrina, y Tita, adelantada a los tiempos y con buen criterio, le sugería que nos llevara a Femando, Mariano ya mía la casa o que compartiéramos tiempo juntos los cinco hijos. 

Mi viejo se resistía y el único argumento que daba era decirle: -j Dejámeamí! ¡Yo soy Escardó 1 !- 

1-Famoso medico pediatra de la época. Escribió Enciclopedia para padres en la década del '60. 




Tal vez papá no terminó de leerla Enciclopedia para padres del Dr. Escardó y para muestra basta un botón. 

Cuando yo estaba en segundo grado, falté unos días por estar enfermo. Cuando volví a la escuela la maestra me hizo pasar al frente para hacer unas divisiones. El tema había sido explicado durante mi ausencia, por lo tanto, no tenía idea cómo se hacía la división. La maestra (a quien no voy a juzgar ahora) me dejó parado frente al pizarrón lo que para mi fueron varias horas humillante sin resolver ni una cuenta. Cuando terminó el martirio y volví a casa, le avisé a mamá que a la escuela no iba más. No se me dio la más mínima bola. Al día siguiente, berrinche de por medio, falté. Y también falté los días subsiguientes. Cada día era una batalla en casa para que yo fuera a la escuela. 

Finalmente mi vieja, cansada y sin saber qué hacer, lo llamó a mi viejo y le explicó la situación. 

-Marcelo no quiere ir a la escuela!, ... ¿podés hablar con él? 

-Sí, claro ... l sábado le hablo - respondió el viejo. 

Cuando el sábado nos pasó a buscar, fuimos a jugar al fútbol y a almorzar; cuando llegamos de vuelta a casa, antes de bajarme del auto, Olmedo, el autodenominado discípulo de Escardó, me encaró con cara muy seria: 

.-Así que no querés ir más a la escuela? 

-No ... - respondí con cierto temor reverencial. 

-Y por qué? - preguntó el viejo. 

Porque la maestra me gritó - dije casi con lágrimas en los ojos. 

Mi viejo percibió mi angustia. 

-Te gritó? 

Sí. 

-Entonces ... ¡¡no vayas más!! 

Me dio un beso, me bajé del auto y entré en casa. 

En diciembre de mil novecientos sesenta y nueve, rendí libre segundo grado y pasé a tercero. 

Después de aquella conversación tengo recuerdos borrosos donde mi vie- 

ja le gritaba a mi viejo por teléfono cosas como: ¡ ¡Irresponsable! ly ¡ ¡boludo!! 




Fuente: Extraído del Libro” El Negro Olmedo- Mi viejo- Estatica Editori

martes, 1 de septiembre de 2020

Buenos Aires- La Plata (Olmedo)

 




Por Juan Becerra 



Al principio, Buenos Aires fue para Alberto Olmedo lo que es para todo el mundo, en especial para los jóvenes atravesados por la ambición de dar el gran salto en el menor tiempo posible: un foco de resistencia que frenaba sus impulsos y difería los aplausos que buscaba a cambió de cada uno de sus gestos. La gran capital, la ciudad noctámbula, las mujeres más lindas y menos virtuosas, la obtención fácil de lo más preciado, la oportunidad: nada de eso era cierto, al menos por el momento. Lo verdadero de ese hervidero urbano era la dificultad, vieja conocida de Olmedo. 

Buenos Aires era -en cierto modo lo sigue siendo- una ciudad para ver, un paisaje heterogéneo e imponente como la Naturaleza. La imponencia de ese paisaje era suficiente para darle a Olmedo una idea aproximada de su medida. Era, como todo habitante de la capital, poca cosa. 

La razón social siguió su curso inestable, su racha adversa. Sus fantasías de boy -bailarín de revista en cuyo horizonte arreciaban los cuerpos femeninos más codiciados- se dieron de bruces contra la superficie árida de una realidad que le tenía reservada otra de sus trampas. Los ahorros se gastan, se escurren; así ocurre cuando no son gran cosa; así se cumple el ciclo de la economía del pobre: se ahorra, se pierde. La emergencia no le trae ninguna novedad, al menos no le trae la que espera. De un día para el otro, Alberto Olmedo es empleado como peón raso en una fábrica de carteras: peor imposible. Luego cobra unos pocos pesos por limpiar negocios en el centro: “era lo más fácil, un trabajo en el que no se requiere ser diplomado en nada y en el que tenía alguna experiencia”. Todas las mañanas sale de la pensión de Jujuy y Humberto I sin otra esperanza que la de esperar que mañana sea otro día. Por las noches se sienta a las mesas del “Café Paulista” y cuenta seis pocillos para catorce parroquianos; luego trasnocha en “Los 36 billares” de Avenida de Mayo -en una mesa con vistas al Teatro Avenida-, en medio de comentarios sobre la vida, las mujeres y -en forma velada- el fracaso de los hombres de bien. 

Francisco Guerrero lo rescata un día de la rutina proletaria y anónima y le ofrece un trabajo técnico en el viejo Canal 7 de Posadas y Ayacucho, la estación televisiva oficial que aún no ha consolidado su su lenguaje ni su staff. El trabajo consiste en seleccionar imágenes en un artefacto que realiza el montaje de los programas emitidos al aire en directo. Olmedo, como siempre, no sabe pero aprende y se convierte en uno de los primeros switchers de la televisión argentina. Ese trabajo, en principio, le pareció una changa que no debía rechazar. Guerrero había convencido a los ejecutivos del canal, aunque Olmedo le jurara que nunca había visto un televisor en su vida: “En realidad, no sé de dónde saqué tanto interés por dominar un oficio técnico; creo que, ahí comprendí que el hombre se adecua a las situaciones, de acuerdo a cómo le pique el bagre”. 

El trabajo de Olmedo fue anterior al video tape y por ese motivo el resultado del producto emitido dependía de la improvisación, su sistema. Todos los domingos escuchaba la misma música: el tango “Adios”, por la orquesta de Mariano Mores, como la cortina de “De lo muestro, lo mejor”, un ciclo de cinc nacional por el que destilan las figuras del star-system argentino. “Cada vez que escucho esa música -recordaba Olmedo-, cierro los ojos y me veo en el control haciendo de switcher, viendo pasar en la pantalla las ovejitas de la publicidad de Textil Oeste”. 

Las tareas que cumple tienen el aspecto de una actividad mecánica, pero en realidad es una labor de montaje artesanal que le enseña los secretos del medio. El encuadre, el fuera de campo, el primer plano, el ráccord; cada uno de los elementos que componen el lenguaje cinematográlico es asimilado por Olmedo en un sentido profundo. Sin advertirlo, adquiere un saber novedoso e inédito para la época y tal vez va formando en su cabeza una idea sobre el carácter preciso del espacio televisivo. Las cosas empliezan a cambiar. Ahora cuenta con novecientos pesos por mes y ciertos lujos que la gente de su clase por lo general ignora: casa, ropa, comida; un pasar discreto, una vida tranquila. 

Los dedos de Olmedo recorren con pericia el instrumental y, en la medida en que acumula experiencia para realizarlo, monta un pequeño número para sus amigos, en el que maneja los controles con los pies. Durante un tiempo sólo come un emparedado por día -algo es algo-, controla la emisión de programas familiares en las siestas de verano y cac exhausto sobre los bordes de la mesa de fórmica. Un director del canal lo llama cada tanto para tenerlo en vilo e interrumpir esas siestas inoportunas, pero Olmedo vuelve a hacer funcionar su teatro de la excusa. Argumenta que se ha roto el cable del teléfono y, finalmente, toma unas pastillas que lo rescatan de la somnolencia 

El 31 de diciembre de 1956 es un día de suerte. Pero a la suerte hay que ayudarla y Olmedo lo hace tomando una decisión en apariencia banal, pero que decide su futuro. Las vísperas de fin de año lo deprimen y la idea de regresar a Rosario a reunirse con su familia no termina de convencerlo. Su elección, finalmente, toma la misma dirección que las que ha venido tomando desde que abandonó su ciudad, la que consiste en dejar atrás el pasado, reprimirlo y colocar en el lugar del recuerdo melancólico una vida nueva. Lo invitan a despedir el año junto al personal de Canal 7 y una de las nulos de moda. La ceremonia es formal y, en cierto sentido, también es burocrática. Las estrellas de la noche son Augusto Bonardo y Julio Bringuer Wvala, todo corrección y autoridad. Hay más de ochocientas personas en imo de los estudios. Son comensales concentrados en el menú y tratando de aventar el avance del aburrimiento con chistes de sobremesa. 

De pronto, dos invitados comienzan a tomarse a golpes de puño. La escaramuza -bien regada con vino de la casa- lejos de apaciguarse, se generaliza. Alberto Olmedo trepa a una mesa y sobre ella improvisa un número de extraña comicidad. Los gestos, las onomatopeyas y esa voz. canyengue detienen la batahola y atraen las miradas de la concurrencia. Tiene saco azul y pantalón gris, y con ese uniforme escolar comienza a desplegar su repertorio, el que ha venido practicando a diario en su intimidad o en su conciencia. Imita a los agresores, reproduce su jerga técnica, el alfabeto que sólo conoce la gente de la televisión, cita los lugares comunes de sus jefes y colegas. Se le ha presentado la oportunidad y ha sabido aprovecharla; en el lugar adecuado, en el momento justo: “no sé -dijo cierta vez- , me salió de repente”, A eso ha venido de Rosario. Á los pocos días pasa a lormar parte de “La troupe en TV”, junto a María Esther Gamas, Noemí Laserre y Rodolfo Crespi. Pero entre él y su futuro se ha instalado una duda. Ha cumplido el primer sueño y lo asalta la tentación de retroceder. 

Alberto Olmedo nunca fue de abandonar una cosa por otra; más bien era un adicto a las superposiciones. El temor de quedarse con las manos vacías -su temor rosarino- lo empujaba a enfrentar grandes exigencias a las que respondía con su talento y su cuerpo. Nuevamente se enfrenta, esta vez con gusto, a una sensación que conoce de sobra: la de la sucesión de acontecimientos que parecen poner en crisis cualquier idea de la cronología. Aparece en “La revista de los sábados”, donde realiza un sketch llamado “Escuela de locutores” y produce su primer gran efecto popular como cómico; y llega a tener tres intervenciones semanales en diferentes programas: “Yo era un fresco que hacía de todo. Había menos de cien mil televisores en todo el país; a lo mejor por eso me dejaban hacer la parte técnica y actuar a la vez”. 

Aquel sufrimiento, de ver actuar y no hacerlo, “frente a un enorme tablero de botones y con los ojos puestos en ocho grandes monitores”, comenzaba a disminuir poco a poco. Olmedo sabía que algún día “iba a dar el gran golpe como cómico”, y lo estaba dando, aunque paso a paso y -sobre todo- sin renunciar a los novecientos pesos por mes que ganaba como switcher. Volvía a hacer de todo, pero esta vez la sarna tenía gusto: “Me pintaba la cara, me disfrazaba, actuaba, mezclaba las imágenes, dormía sobre los botones, sostenía decorados, llevaba paquetes, conocía todos los secretos y los recovecos del canal. Eran los tiempos de Guerrero, Colasurdo, Fontanals, Luperena, Musacchio, Borda... De todos aprendí algo”. 

Entre 1954 y 1960, la vida de Alberto Olmedo tiene la forma de una suma, una acumulación de propuestas laborales que prefiere no descartar. A Seguro se lo llevaron preso, y Olmedo ha experimentado ese refrán -ese y otros tantos- en carne propia. 

En 1957 debuta en “La Troupe de la TV” y, junto a César Bertrand, compone su primer personaje importante de la televisión: Joe Bazooka. El héroe infantil -que representó entre 1958 y 1960- se alimentaba a base de chicles, y ese alimento producía el mismo efecto que la ingestión de espinaca provocaba en Popeye, el marino. Olmedo, imbuido en su rol y en la credulidad de los niños, masca una pequeña goma y liquida a las fuerzas del mal, puntualmente, todos los sábados por la tarde. Su arma -letal, infalible- es su dedo índice, con el cual apunta y distribuye sobre los enemigos su poder misterioso. A Bazooka le seguirán una cantidad de personajes varia- dos, de distinto género, en “La revista de Jean Cartier” y otros programas con los que corrió diferente suerte pero gracias a los cuales fue incorporándose definitivamente al medio. 

En esos años, además de trabajo y reconocimiento, ha ido buscan- do una compañía. La búsqueda da sus frutos. Conoce a Judith Jaroslavsky, secretaria de Jesús Lorenzo, gerente de operaciones de Canal 7. El mucha- cho desprotegido, solitario y castigado por la mala fortuna conquista la confianza de Judith. Almuerzan o cenan en restaurantes de segunda categoría y Olmedo le narra, como en un folletín, la historia de su vida. También le solicita pequeños préstamos, que ella puntualmente le concede. En 1957 se casan y en cuatro años tiene tres hijos: Fernando, Marcelo y Mariano. El deseo de familia -algo escondido o relegado por la urgencia- se había cumplido. 

Durante esos años no cesa de aprender, como sea, de cualquier modo. Admira a los actores formados en conservatorios y a través de ellos adquieere un saber de segundo grado pero efectivo. Julio de Grazia, con ion traba amistad, le regala “El arte escénico”, de Stanislavsky, un nombre que habría de reaparecer como parodia en un sketch donde se ridiculizaba la formación dramática de dos actores de pacotilla. “No sé si leí todo Stanislavsky, pero aprendí muy pronto lo que quería decir”, decía Olmedo. 

En 1960, por primera vez, está en condiciones de elegir y esta vez. No selecciona en virtud de la necesidad sino de la conveniencia. 1960 es el que comienza su verdadera carrera de actor cómico. Manuel Alba – periodista y gerente de canal 9- le ofrece un personaje. Olmedo simpatiza con su imaginario pero no con su nombre: Piluso. Por otra parte, puede elegir pera no manda, de modo que acepta y solicita que se le agregue el grado capitán. A partir de entonces comienza a construir su primer gran éxito individual. Su partenaire y libretista es Humberto Ortiz, cuyo personaje- Coquito- es un marinero bonachón y algo lunático. Piluso está armado, pero su armamento -dos revólveres que nunca usa- son sólo el pretexto para insinuar una violencia virtual que nunca tiene lugar. De su cuello cuelga una gomera, el fetiche de cualquier reo de plaza, que le da cierto aspecto punk y tal vez se distinga como elemento de clase. De algún modo sigue siendo el niño pobre de Pichincha, pero a ese mal recuerdo ha podido introducirle un poco de humor. 

El uniforme de Piluso, como muchas cosas en la vida de Olmedo, fue obra de la casualidad: una vieja camiseta a rayas perdida en un rincón de su casa, un sombrero de señora olvidado en un cine. El interior del atuendo lo por una particular combinación en la que aparece algo de Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia -el personaje de historieta de Lino Palacios- y su modelo: Peter Pan. El humor y cierto tufillo melancólico invaden al personaje, un antihéroe que dosifica el ingenio y la torpeza para construir un mito infantil. Piluso es, quizás, el primer personaje de la televisión concebido para los niños que funciona como su par, un cómplice rebelde, revoltoso y holgazán que a cierta hora del día debe cumplir con la ley familiar. La resistencia al deber y al mismo tiempo una concesión simbólica hacia él -el momento de tomar la leche- le dieron forma humana al unto televisivo, generalmente banalizado en una media lengua artificial y en un peyorativo. 

Piluso era capitán y Coquito, marinero, y ambos debían enfrentar a “los temibles forajidos” Se trataba e un juego de roles. en que la autoridad no se establecía como suele suceder en alía mar Visto de un modo más profundo, el verdadero juego de Olmedo era “Una Vez muis- el de hacer teatro; es decir: no ser él. Alberto Olmedo era un actor que representaba un personaje que, a su vez, representaba otro. Pero como siempre que hay teatro, hay un principio de verdad. La voz que llamaba a los niños a tomar la leche no era la voz de la madre o del padre, sino la de una abuela, un sustituto que también ordena en representación de los ausentes. Ante los gritos de la voz en off, Olmedo mira a la cámara y se resigna: “No hay más remedio, tenés que tomar la leche”. 

Con el tiempo, se dijo -exageradamente- que Alberto Omedo se había inspirado, en su primera etapa de actor, en la obra de Buster Keaton. La coincidencia era más bien forzada, y tenía sus puntos fuertes en algunas cuestiones comunes: el rostro lívido de uno y otro, cierta morfología ligada al gesto atlético, las caídas antológicas, el semblante de antihéroe. Sin embargo, dado las limitaciones técnicas de la época, por cierto muy posterio- res a Keaton, Olmedo incursiona por la imagen en movimiento sin audio, una versión más moderna del cinc mudo pero que lograba en el espectador un efecto similar 

Entre 1960 y 1963, actúa en veimticinco cortometrajes mudos. Piluso y Coquito habían empezado con intervenciones de tres minutos de duración, que luego se extendieron a cinco y al cabo de un mes y medio a una hora. Los guiones de esos prodigios televisivos los escribía el mismo Olmedo, “a la noche, y salían bastante bien. Llegué a filmar una película de diez minutos en medio día. Iran épocas de éxito y mucho trabajo”. 

“En realidad -recuerda Olmedo-, fueron unos años fabulosos. Laburábamos pero nos dábamos los gustos. Eramos muy jóvenes: viajábamos, hacíamos festivales. Me acuerdo que los domingos a la mañana tenía- nos a mil doscientas personas viendo el espectáculo. Yo me peleaba con mi representante porque cobrábamos veinte pesos la entrada, y él quería que la subiéramos a treinta. ¿Me querés decir para qué?, sí siempre teníamos más de mil personas. Era una cosa de locos. Hacíamos Quilmes, Berazategui, toda la zona sur, y Jamás le llevé el apunte al representante. Yo veía que venía a vernos un padre obrero con tres chicos colgando, y no podíamos hacerle pagar treinta pesos. ¿Acaso no queríamos ser populares?” 

El nuevo héroe enfrenta al Hombre de la Bolsa, al Cuco, al Pirata Pata de Palo y una tarde, ante miles de Personas -en el Luna Park- a Martín Karadagián, un ex campeón mundial infantil de lucha, un malechor simpático y popular quien derrota con menos violencia que ingenio. Luego vencedor .y vencido, recogen juguetes con fines benéficos a lo largo de Buenos Aires. 

Piluso ya es alguien en el imaginario popular, pero cuando a Olmedo le preguntaban si se identifica con su personaje, lo invade la resistencia y la sorpresa. "No sé qué quiere decir eso de “identificado”. Me gusta mucho, contribuyó a mi formación artística y a ganar soltura ante las cámaras. Es decir me proporcionó un oficio especializado”. Sin embargo, reservado para el análisis y la explicación, Alberto Olmedo reconstruye la mitología de Piluso en base a una descripción en la que pareciera estar viendo a alguien conocido “Piluso -dice- es la encarnación del mundo lleno de fantasía de los niños., Es el hombre que ellos imaginan, un héroe de ficción íntimamente ligado a su razonamiento especialísimo y a su universo singular lleno de hallazgos. La clave de su éxito se debe a que a los niños les encanta que sea tan fácil de comprender. Lo consideran un muchachón que piensa como ellos, que sabe entender sus problemas y que dice, exactamente , lo que a ellos les gustaría decir”. les gustaría decir”. 

El dúo integrado por Piluso y Coquito también funcionaba fuera de la pantalla, en un circo de la calle Rivadavia: el circo de “Estevanovich”. Allí continua venida asimilando conocimientos sobre las disciplinas más variadas y bizarras.“Recuerdo que trabajaba con una elefanta llamada Quina , que tono no me hacía caso al bajar. Subía facilmente, pero a la hora de bajar no había manera de convencerla para que se agachara: me tenía que tirar desde la cabeza. También aprendí a tirar cuchillos. Al principio el unico que se animaba a pararse frente a mí era Coquito; después se animó Dorys del Valle, que se unió a nosotros”. 

Piluso fue luce el primer personaje exitoso -junto con Joe Bazzoka, Bo antihéroe infantil., el que le posibilitó cumplir, al menos, dos sueños: lograr conocimiento masivo y comprar su primer departamento, en Malabia y Libertador. 

Su personaje estaba dirigido a un segmento restringido público. Pero en forma simultánea, Olmedo ya aparecía en Operación Já Já”. El programa de los hermanos Gerardo y Hugo Sofovich. Su personaje consistía en un presentador de televisión, quien trataba de mostrar los secretos del medio. Lo que los libretistas le daban eran instrucciones generales, a partir de la cuales Alberto Olmedo improvisaba: “Yo trataba de hacerme compinche del publico y mostrarle cómo eran las cosas detrás de las cámaras. Su personaje – Ruqueta o Rucucu- comenzó a ganar espacio y adeptos. Vestía levita y galera y tenía un bigote chaplinesco a la altura del conjunto. Pero no era Chaplin el modelo de su humor, sino algo que lo volvía ligera- mente extranjero, como si fuera un infiltrado del medio dispuesto a sabo- tear su lógica y sus códigos. En Rucucu, Olmedo tal vez vio la posibilidad de actuar a medias, de comportarse -impunemente- como un elefante en un bazar, alguien difícil de adaptar pero con el suficiente genio para darle a ese problema de adaptación una forma artística. 

La primera vez que Olmedo fantasea con un rol cinamatográfico -ya había actuado en 1959, en “Gringalet”- es en 1961. Sueña con represen- tar a Enrique Santos Discépolo en una película sobre su vida. De algún modo hay un destino común de sufrimiento en ambos y sobre todo, un parecido físico sorprendente. Una de las bromas preferidas de Olmedo en esos tiempos, consistía en asegurar que él no era flaco: se hacía. Esa figura esmirriada del acróbata de Newell's todavía lo acompaña y con ella se so- mete a una sesión de fotos para una revista que cubre noticias del espectá- culo. Olmedo es “un muchacho rosarino” dueño de un “talento ágil”. Toda- vía es switcher en Canal 7, pero ya ha debutado como actor. No es lo que dice Olmedo lo que habla por él, sino lo que parece. Su ambición de ser Discélopo, de algún modo lo convierten en aquel personaje taciturno -aun- que vestido con ropas de dandy- que recorría la calle Corrientes en los años cuarenta. Olmedo no cita sus tangos, simplemente parace imitarlo de un modo profundo. “Guardo por Don Enrique un gran amor”, dice. 

Es evidente que hay algo personal en esa empresa frustrada. Olmedo visita a Tania, viuda de Discépolo; recoge anécdotas del escritor César Bruto; se entrevista con el apuntador de “Blum”, donde Discépolo -según se refiere de modo exagerado- dice “¡Qué cosa!” en varios registros, todos ellos cargados de ese dramatismo biográfico que acompañaba cada uno de sus gestos e incluso sus chistes. Canta a capella “Uno”, su tango preferido, y no pierde oportunidad de estudiar la filmografía de Discépolo. “El hin- cha” es la película que más lo impresiona: “Ahí hace un gran trabajo. Real- mente es un desorbitado perfecto”. 

En las fotos, excepto en una en la que abraza a su hijo Marcelo, Alberto Olmedo es Discépolo: el perfil rapaz, las orejas en asa y los labios finos, parecen responder a una copia de carne y hueso. Pero hay algo más: el gesto displicente de una mano y su mirada profunda que encierra una tristeza imposible de expresar del todo. No obtiene ese papel, pero tampoco desaprovecha su oportunidad de ingresar al cine, una oportunidad que ha- bía empezado en “Gringalet”, dirigida por Rubén Cavallotti y seguido en “ Una Jaula no tiene secretos”, de Agustín Navarro Sus intervenciones son breves sin parlamento,, pero le granjean cierto respeto y le aseguran su ascenso un protagónico 

En 1962, debido al éxito logrado con Piluso, Román Vignol y Barreto lo contrata para “Barcos de papel”, Posteriormente logra una de sus actuaciones más ambiciosas y logradas de su carrera, fuera del humor y acaso también de la improvisación, en “La herencia”, dirigida por Ricardo Aventosa y basada en un relato de Guy de Maupassant. Sin embargo, su primera película, de esas que luego serían consideradas dentro de un subgénero nacional llamado “película de Olmedo”, iba a aparecer recién en pato con “Las aventuras del Capitán Piluso”, de Francis Lauric, Primer Primer del Instituto de Cinematografía en el género Película Infantil. 

Por obra y gracia de la cinematografía, las figuras de Olmedo y Martín Karadagian -el mítico campeón de lucha al que Olmedo introduciría en la televisión- se reunieron en esa película. La bonhomía del capitán enfrentó entonces, la maldad del propietario de una casa embrujada, quien tenía vilo a todo un pueblo al que, por supuesto, salvaría el héroe con el incondicional apoyo de su compañero y de otro conocido luchador El Indio Comanche. 

Sin embargo, ya en 1963, el ascenso de Olmedo se detiene y su maratónica carrera de conquistas -al cabo de la cual su nombre termina de instalarse en la memoria de los argentinos- sufre su primera depresión. Es el primer aprendizaje que le reporta el medio: el del funcionamiento cíclico de la fama y el reconocimiento. Estar arriba significa que se estará abajo en el futuro, así es la mecánica voraz de la televisión, el cine y los lugares en ha ne los actores se exponen para ser devorados por un monstruo anónimo. 

Ell golpe sufrido por su vida pública le acarrea problemas en la vida privada, ese espacio que se reservaba para sí y a simple vista parecía indestructible EL olvido produce su primera gran crisis de adulto, originada por estructura que había tenido lugar en el circuito donde era reconocido: niños televidentes, productores, gente de la calle. Le dieron y le quitaron, y vi cosas sucedieron en base a reglas misteriosas que Olmedo no podía desentrañar. Muchos años después, tal vez recordando ese momento de zobra diría: “A mí no me digan que éste es mi mejor momento. Yo soy capaz de tener muchos buenos momentos, porque acepto la caída y me siento en condiciones de levantarme varias veces”. Pero es posible que no hubiera vanidad en sus palabras. ¿Qué otra cosa se puede hacer con una caída si no aceptarla? 

Vende su auto y subasta una vieja motoneta italiana en las puertas del Palais de Glace -donde alguna vez funcionó Canal 7-, entre el personal técnico de la emisora. Con el dinero obtenido, compra un pequeño vehículo alemán, con una puerta que se abría por el frente y las ruedas traseras separadas por pocos centímetros; una especie de triciclo al revés cuyo motor debe detener para conectar la marcha atrás. El bólido deforme atraviesa las calles del centro a gran velocidad y termina bajo la carrocería de un camión. No hay muertos, no hay heridos, sólo menos capital para el actor en baja. 

Se terminan los contratos y su matrimonio con Judith Jaroslavsky. No tiene ahorros ni propuestas y se ha gastado cada peso que ganó. En 1964 se muda a un hotel de la calle Posadas y planea una estrategia para volver a empezar. Lo primero que se le ocurre es reincidir con Piluso, un personaje que ha cumplido su primer ciclo y es rechazado por los canales de Buenos Aires. Pero el remedo de aquel éxito se lleva a cabo, a una escala menor, en el Canal 2 de La Plata. Durante largos meses Alberto Olmedo y Humberto Ortiz toman el tren Constitución-La Plata del Ferrocarril General Roca y regresan a las 19, A veces su escaso presupuesto los obliga a viajar de polizones. De regreso, envueltos en el aroma del coche comedor, sueñan con cenas a bordo a la altura de su hambre. Pero son sueños, nada más; lo real es la grasa impregnada en sus ropas. La realidad de La Plata ubica a Olmedo y su socio en el lugar que parecen tener dentro del mundo del espectáculo. Canal 2 no paga en dinero, sino en especies. En vísperas de un año nuevo, Olmedo recibe una cantidad de panes dulces que debe distribuir en las despensas de su barrio si es que quiere convertirlos en dinero. 

Tiempo después, Olmedo recordaría esos años: “Se comenta que una de las peores cosas que le pueden pasar a los artistas es la de ser y después no ser nada. A mí me sucedió. Fui el Capitan Piluso. Hasta que el público se cansó. Estuvo tres años sin conseguir ni siquiera un bolo en la televisión. En Canal 2 recibía mercadería de canje. Me cansé de vender los zapatos berretas que me daban a cambio de publicidad. Recuerdo que una Vez nos mandaron un montón de cajas de vino bueno. No sabíamos qué hacer, pero al final decidimos venderlo. Era preferible comer con vino común antes que tomar vino bueno y no comer absolutamente nada”. 

“Con Coquito hicimos esa vida durante un año y medio -continúa recordando Olmedo. Después empezamos a sentar cabeza. Hasta coche lle- Samos a tener, gracias a que supimos comercializar lo que nos daban. Fue linda época, jamás nos amargamos. Teníamos esperanzas de que íbamos volver a ser alguien en el espectáculo. Este negocio es así. Un día estás otro día yo. Siempre lo mismo”, lo dos veces por semana, Olmedo y Ortiz realizaban la travesía ferroviaria. Llegaban a los estudios por la mañana y grababan varios programas. Pera lo mejor de esas jornadas fueron las comilonas criollas en los galpones de utilería, junto a locutores y técnicos, en las que Piluso abandonaba sus parlamentos infantiles e incursionaba por el humor adulto. Sus compañeros de trabajo esperaban el acontecimiento semanal para verlo en acción y atestiguar su prehistoria de actor pícaro. 

Los chicos se agolpan en los estudios de calle 36, entre 3 y 4. Son cientos y van a ver, en vivo y en directo, el regreso del Capitán Piluso, la compañía de sus meriendas y aquel héroe de la barrita de la esquina en quienes pueden inspirarse para enfrentar la arbitrariedad de los adultos. En las tandas comerciales, los niños invaden el piso, lo tocan, le dan vueltas alrededor sin dar crédito al hecho de que ese personaje que da rayas blancas y negras en su televisor sea, en el fondo, un hombre. Pero el capitán no está de humor -nadie es perfecto- y en el pequeño estudio, por encima del murmullo infantil, se oye su reclamo a voz en cuello: 

¡Sáquenme a estos pibes de acá! 

Fuente: Extraído del Libro “Olmedo Negro Querido” Biografia de Alberto Olmedo. Homo Sapiens. Edicciones. Año 1997 -