Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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viernes, 14 de febrero de 2014

LA UNIVERSIDAD DEL REFORMISMO EN LA CIUDAD DE LAS INNOVACIONES



Hacia 1920, en el que abrían sus aulas las Facultades rosarinas de la UNL, ferrocarriles, rutas, caminos, vía fluviales y marítimas, un poco más tarde las líneas aéreas, el telégrafo, los teléfonos y servicios postales, convetiendose en un puerto de ultramar.
La reforma de 1918  en la Argentina, había tres universidades: Córdoba, Buenos Aires y La Plata. Los títulos de la ciudad de Santa fe, que abrió sus puertas por decisión del gobierno provincial en 1890, y la de la ciudad de Tucumán, creada en 1912.
Este mapa de influencia no se había alterado al momento de crearse la Universidad Nacional de Rosario en 1968.
En sus orígenes Ciudad Puerto y Universidad tributaron a la misma lógica de expansión capitalista pero el pensamiento reformista que intervino en el nacimiento de la UNL, se hizo realidad y en un altísimo porcentaje de la comunidad académica del estudiantado y cada vez más profesores constituyéndose en un limite  para las aspiraciones hegemónicas del sistema.

Bibliografía:
De Marco, Miguel Angel Leopoldo Gabriel  “Libro Ciudad Puerto – Universidad y Desarrollo Regional – Rosario 191-1968” de noviembre 2013.

martes, 11 de febrero de 2014

UN ALBERDI INCONCLUSO / Estampas del pasado rosarino



Por Federico Dunger
El monumento a Alberdi en la plaza homónima se inauguró en 1918. Actualmente uno puede contemplarla pero aún sin conocimientos artísticos, puede sacar la conclusión que a lo sumo no está bien terminada. Efectivamente. Su creador fue uno de los más importantes y reconocidos artistas que tuvo nuestra ciudad: Erminio Blotta. Este consagrado maestro de la escultura, nació en Rosario( algunos afirman que nació en Italia) en 1896 y con tan sólo 19 años comenzó la obra del busto de Juan Bautista Alberdi. Pero a los dos años de estar trabajando en ella, un fragmento del mármol le lastimó el ojo derecho y con el tiempo, perdió la visión del mismo. La obra quedó inclusa pero aún así se inauguró cuando el Pueblo Alberdi quedó anexada a la ciudad. Blotta fue también el creador del busto de Beethoven en el Parque Independencia que fue el primer monumento dedicado a este genial compositor en alguna ciudad latina en el mundo. Fallece el 23 de enero de 1976. Hoy un pasaje de Alberdi lleva su nombre y en 2006 fue declarado como Artista Distinguido Post-mortem de Rosario.
“Rosario bibliográfico” Tomo I – 1955 . Pag. 191

Fuente: extraído de la revista “Rosario,  su Historia y Región  Fascículo Nº 123  de Octubre de 2013

jueves, 6 de febrero de 2014

EL ESTANCAMIENTO ECONOMICO Y LA AGITACION SOCIAL (1910-1930)



Este período ha sido carac­terizado por la dificultad en la transferencia de los capitales de la producción agropecuaria a la In­dustrial, la falta de movilidad de los recursos y la resistencia social, política y económica de la oligar­quía a cualquier alteración de un sistema que, aunque con claros signos de agotamiento, había posi­bilitado su hegemonía.
A esto se agrega. la “sociedad”  con empresas extranjeras, cuyos posibles beneficios habían merma­do notoriamente y que persistían como una remora para gran parte de los proyectos de transforma­ción. Estas circunstancias se hi­cieron sentir en la ciudad, cuya impotencia política y administrativa  ha sido ocultada tras el di­fundido mito de su espíritu tra­bajador.

Este había estado también pre­sente en el modo de celebrar el Centenario, "en forma digna y exenta de despilfarro", dejando obras concretas. Una comisión en­cabezada por Cornelio Casablanca resolvió conmemorarlo constru­yendo un gran hospital de acuerdo a los criterios más avanzados en la materia. En pocos días recaudaron cifras altísimas y fueron muchos los que ofertaron su trabajo volun­tario. Las obras, paralizadas du­rante la Primera Guerra, se exten­dieron de 1911 a 1929.
La Biblioteca Argentina fue otro de esos emprendimientos, en los terrenos de la antigua caballeriza municipal. Se construyó en un año y frente a ella se habilitó la plaza General Paz, hoy plaza Pringles.
En 1926, la ciudad contaba con 407.000 habitantes, el 47 por cien­to de los cuales eran extranjeros. Se sucedían las huelgas y ollas populares y la escasez de produc­tos de primera necesidad, la deso­cupación, las reivindicaciones la­borales, desencadenaban conflic­tos obreros y universitarios. De las crónicas se destaca aquel día de febrero de 1921 en que estudian­tes y obreros tomaron el Palacio Municipal y enarbolaron por una hora y media un capote rojo...
Hacia fines del período había más de 14.000 desocupados y 326 conventillos con 2800 habitacio­nes. Las perturbaciones y choques callejeros a raíz del empobreci­miento y la falta de trabajo culmi­naron con un fusilamiento en 1930, el del obrero Joaquín Penina. Abundaban los sabotajes, los tranvías incendiados, los asaltos a las comisarías y las bombas. La asociación entre dirigencia obrera-agitadores extranjeros explica una creciente xenofobia de la que hay testimonios en la ciudad como lo demuestra la aparición de una fi­lial de la Liga Patriótica Argentina.
Los inmigrantes son acusados de la crisis "moral", del materialis­mo dominante, de la falta de idea­les, de la indiferencia cívica y de un afán que, algunos años antes, era entendido como laboriosidad y es­píritu emprendedor. Para muchos resultaba irritante su ascenso so­cial en base al ahorro y la coopera­ción familiar y étnica. El censo de 1926 vuelve a ilustrar su predomi­nio en las áreas productivas y comerciales, e inclusive de renta. De­bemos recordar que constituían el 45% de la de la población y que en una importante proporción ya alcanza­ba la segunda generación rosarina.
Paralelamente, se ha consolida­do una clase media caracterizada por un crecimiento incesante que la hace muy heterogénea, con el disconformismo como único rasgo en común. Al tiempo que la bur­guesía mercantil rosarina, más se­gura en su posición, buscará nue­vos campos de población y que en una legitimación en la valoración de la inteligencia y de las preocupaciones del espíritu, o de temas tan altisonantes como la identidad nacional

Fuente: Extraído de la Revista Rosario, Historia de aquí a la vuelta fascículo N• 11 Autores: Ana M. Rigotti y Isabel M de San Vicente.

martes, 4 de febrero de 2014

Entre murgas y antifaces



Pero la fiesta del pueblo -aunque en ella participara también el res­to del espectro social- era sin duda la de los días de Carnaval, cuya celebración ruidosa, agresiva, pintoresca y colorinche iba a mantenerse durante décadas para ir perdiendo en forma paulatina aquel carácter participativo y alegre hasta convertirse en otra cosa. Las Carnesto­lendas, con sus corsos de carruajes, sus serpentinas, papeles picados y jue­gos de agua eran patrimonio de la ciudad hacia finales del siglo XIX e inicios del XX.
Ya en 1900, las sociedades carnavalescas, muchas de ellas dedicadas a homenajear a los negros -la Sociedad de Negros Africanos, la llamada Pobres negros africanos, que recorrían el centro rosarino con sus cantos y bailes- se movilizaban bajo la forma de comparsas, troupes o murgas, invadiendo las calles, los salones donde se llevaban a cabo los bailes y los corsos callejeros, en una especie de contagiosa exaltación colectiva.
Algunas de ellas tenían nombres realmente insólitos entre 1900 y 1920. en los que se mezclaban el humor, el lunfardo y el gauchismo: Los rantifusos decentes, Qué haces, desgracia sin suerte, Batifondo, batuque y compañía; La flor campera o Apretáme, te doy cinco. Por lo general se constituían en distintos ba­rrios, en alguno gestos o notorios clu­bes, según el caso, pero también las había conformadas por jóvenes de ambos sexos, de la sociedad rosarina como No me gusta tanto o Gripi, grupo, grapa y Cía Otras de esas troupes carnavalescas buscaban destacarse con denomi­naciones variadas que iban desde Elegancia, fantasía y originalidad a Los clasificadores de chicas u otros como Las mimosas rosarinas. El cicutal de la pampa o Kerosén con soda y Los tarugos eléctricos... Aquellas agrupaciones eran, sin duda, junto a las murgas -que en todo ca­so serían sólo una versión más desprolija y atorrante de las comparsas- las que aportaban la cuota de animación desenfadada a una fiesta que, co­menzando como un festejo rodeado de un hálito de cierto romanticismo fin de siglo (lanzaperfumes, serpentinas cruzándose en el aire, salu­dos de carruaje a carruaje) fue degenerando hacia el bullicioso y agresivo juego con agua, a baldazos y manguerazos. hasta que los bailes se fueron encerrando en clubes, y los corsos mantenían, mientras pudieron, su condición de evento barrial con participación del vecindario El juego de agua tenía, desde el siglo pasado, sus elementos esenciales en los pomos, con los que se lanzaba líquido por aspersión a las mujeres que deambulaban por el corso, los bailes, o pasaban en sus carruajes, coches o automóviles. Hacia fines del siglo XIX las marcas más famosos y acreditadas de estos tubos lanzadores de agua eran Pider y Glover, mientras que para 1910 campeaban los pomos Bellas Porteñas, importados por Ignacio Granados.
El ajetreo que producía la llegada del Carnaval era enorme e iba desde la preparación de los disfraces -disfrazarse era por esos años una costumbre general, que nadie encontraba ridícula ya que incluso se rivalizaba en los atuendos- a los ensayos de las murgas y compar­sas, y la preparación y decoración de las carrozas, carros y vehículos utilizados en el desfile de los corsos barriales. Abundaban los disfraces tradicionales, desde las damas antiguas al Oso Caroli­na y desde los caballeros cortesanos a los Pierrots y gauchos ele utilería. En muchas casas de barrio se cosía afanosamente du­rante algunas semanas, para que los chicos, y los grandes tam­bién, estuvieran en condiciones de no desentonar en los días de Carnaval.
Otros, recurrían a Gath & Chaves, La Favorita, La Platense, de Rioja y Sarmiento, y otras tiendas donde se vendían dis­fraces de todo tipo mientras los que gustaban de estruendos mayores podían proveerse de bombas y fuegos artificiales en el negocio de Leonardo Moris, en 9 de Julio al 700, o en el de Miguel Coviello. en la misma calle a la altura del 1000.
Desde comienzos de siglo, los corsos iban a ser una atracción del Car­naval, con su desfile de carrozas, máscaras y mascaritas que transitaba sin descanso por la calle, arrojándose serpentinas, agua florida, papel picado, rivalizando en la originalidad de los atuendos tanto como en la música y los cánticos de las comparsas. Entre 1910 y 1916, uno de esos corsos ocu­paba el sector norte del Bvard. Oroño, con un recorrido que iba de Salta a Brown, de ésta hasta Alvear y desde allí hasta Salta y Rivadavia.
Igualmente concurrido era el corso de Alberdi, con sus palcos instala­dos sobre la vía de desfile, que era el Bvard. San Martín, actual Rondeau, por el que se pavoneaban tanto las carrozas como "las familias de este aristocrático pueblo vecino", como comentaba "Monos y Monadas". Saladillo, pese a su lejanía del centro rosarino, no se privaba de organizar también su corso, junto al baile de disfraz y fantasía organizado por el Saladillo Club. Los carros alegóricos y comparsas desfilaban por la Actual Avda. Lucero y el trayecto mostraba "calle* adornadas a todo lujo por la empresa Tortella y Llusá", la que también se encargaba de la construcción de los palcos -cerca de cin­cuenta- que flanqueaban el paseo, instala­dos sobre las avenidas Arijón, Schiffner y del Rosario.
Fuente : Bibliografía usada de la Colección “Vida Cotidiana de 1900-1930 del Autor Rafael Ielpi del fascículo N• 5.

martes, 14 de enero de 2014

Cuando un pobre se divierte



Consignadas algunas de las variantes que encontraban los miem­bros de la sociedad rosarina para hacer vida social y mantener fir-0 mes los vínculos de clase que los igualaban, es lícito preguntarse cómo se entretenía el resto de la ciudad: la incipiente clase media, los in­migrantes, el pueblo, cuál era la sociabilidad que ejercitaban esos sectores. Mediado el Centenario y aún antes, ciertas reuniones alcanzaban ribetes menos exclusivos que las que organizaba la clase pudiente.
Eran, por ejemplo, las romerías españolas, que convoca­ban en forma masiva a la colectividad para compartir, sobre todo, el baile -pasodobles, jotas y otras danzas- y la gastronomía regional, como la asturiana con la típica fabada o la valenciana y afines, en las que reinaba la paella, platos ambos poco recomendables para los encuentros veraniegos. Eran en general fiestas llenas de animación, de jolgorio, de música y danzas ininterrumpidas, cuya organización ocupaba semanas y cuyo éxito estaba siempre garantizado por la presencia de entusiastas connacionales.
Romerías de magnitud eran las organizadas por el Centro Navarro, en el Recreo Echesortu, hacia 1915, animadas por una rondalla propia y "una banda de música de dulzainas y clarines". Del mismo modo lo eran las que tenían como ámbito el Prado Asturiano, en Fisherton, donde pic-nics y romerías eran moneda corriente y donde, siquiera por unas horas, los españoles de las distintas regiones se sentían de nuevo en sus ciudades, en sus pueblos, en las pe­queñas aldeas de Galicia, Asturias, Andalucía de las que partieran.
Desde finales del siglo pasado y hasta 1930. existieron en Rosario dece­nas si no centenares de las llamadas asociaciones o centros recreativos, organizaciones de vida efímera en muchos casos, que se creaban al sólo efecto de ejercitar la sociabilidad entre vecinos, entre compatriotas, entre amantes del teatro, seguidores del anarquismo o entusiastas del baile, sin otra lectura. Todas ellas empeñadas en competir en la organización de bai­les, reuniones, veladas, kermesses, comparsas y cualquier cosa que sacase de la rutina a quienes las integraban, aunque sólo fuera por los breves días de un efímero Carnaval.
Los nombres de aquellas asociaciones y centros eran un compendio de anarquismo, gauchismo y, a veces, hasta de surrealismo. Se pueden citar cientos de ellos, entre los que elegimos al azar unos cuantos como Nuevo horizonte, Unión y Armonía, Vigor y Vida, Juventud Alegre. Corona de laureles, Cultivo del arte. Templanza del Rosario, La constante, Los desamparados, El churrasco, Almas gauchas, Lluvia de flores, Orden y alegría. Amantes del placer, Los que luchan por el arte, etc.
Algunos de estos centros contaban con su propio sa­lón social -los menos- o, por lo general, realizaban sus reuniones en muchos de los salones de instituciones que los alquilaban para ese tipo de actividades. Podían ser el Salón de la Operaría Italiana; el Salón Ariossi, en ba­rrio Talleres o los del Círculo Democrático Italiano, mientras que otras reuniones tenían como escenario los altos del Hotel Savoy y el Café Biltz. de Sarmiento y 3 de Febrero.
De larga tradición en la materia sería el Salón Umberto Primo, cuyo edificio original se alza aún en Jujuy 2551, donde las sociedades que no tenían local encontraban pista para sus tenidas bailables, como "Sol Na­ciente", "Amigos Intimos" y "La flor del desierto". Otros centros organiza­ban sus reuniones en el Salón Roma, en Pasco al 1100; en el Recreo El Rosedal, de Mendoza al 4100 ; en el Salón Garibaldi, de Paraguay 461; en el Salón Obreros Albañiles, de Mendoza al 1700, o en el Recreo El Aguilucho, en San Martín 1798. Por último, otra serie de locales pertene­cientes a colectividades amparaban asimismo a estas sociedades recreativas a la hora de sus encuentros: el Club Francés, Centre Cátala, Orfeón Galle­go, Centro Regional Andaluz, Zazpirak-Bat, Agrupación Andaluza, Centro Castellano, Centro Aragonés. Centro Asturiano, Unión Española y otros.
Otro marco otorgaban en cambio a los bailes los clubes de colectivida­des extranjeras afincadas en la ciudad, entre los que destacaba, en el pe­ríodo finisecular, el Club de Residentes Extranjeros, con amplia sede en Córdoba y Maipú. Asimismo destacables eran el Club Español, fundado en octubre 1882; el Club Alemán, de 1885, con sede social, entonces, en Corrientes 672; el Círculo Italiano, de 1891 y cuya sede en la esquina de Mitre y Córdoba convocaría en forma permanente a una parte importante de la colectividad itálica en Rosario.
Aquellas veladas bailables, como se advierte en las viejas fotografías de las revistas de entre 1900 y 1930, no eran otra cosa que la posi­bilidad de contacto social, en su nivel, para una multitud de hombres y mujeres de condición modesta, que iban desde empleados de comercio a bancarios. domésticas, mucamas, estibadores, obreras, cocheros, operarios, para quienes la posibilidad de intimar con el sexo opuesto estaba regido por códigos tan difíciles de transgredir como los de la clase social económicamente poderosa.
En esas fotos amarillentas se puede advertir la compacta cantidad de gente que, después de mirar con ojos atentos al fotógrafo, retornaba al fra­gor del baile, en esos salones que, como el Humberto P, lucían brillosos pisos de pinotea que hacían las veces de fantásticas pistas, en las que las parejas se trenzaban en las danzas de moda, entre las que el tango ocupa­ba un lugar preferencial después de 1920. Hombres de ajustado saco, algu­nos con pañuelo al cuello, mujeres de vestidos sencillos, chicos y chicas que se mezclaban en la fiesta como asomando la nariz L\ a una vida distinta de la rutinaria...
Aquellos bailes, aquellas reuniones familiares de las clases populares e incluso de la clase media iban a tener un agregado fundamental a partir de los pri­meros años del siglo XX: la posibilidad traída por el fonógrafo y la inmediata difusión de la otra novedad: el disco. Ambos iban a hacer casi innecesarios los pequeños conjuntos musicales, las orquestas -que siempre eran un gasto-, reemplazados por aquel aparato casi maravilloso y por aquellos redondeles negros capaces de encerrar desde las voces de los divos de la lírica, como Caruso, Melba, Ruffo o Tetrazzini, a los incipientes balbuceos del tango.
Las casas de música iban a ser protagonistas así de una inusitada afluencia de clientes en esos años, cuando la adquisición de un grafófono, un gramófono, una victrola según corría el progreso, y de los discos de pasta, hicie­ron imprescindibles a comercios como Casa Víctor, en San Martín al 1000; Casa Ferrari, en la misma cuadra; la Antigua Casa Maroky, en San Martín al 900; Casa Cas tromil, en Rioja y San Martín: Casa Era, en San Martín al 800; Casa Lepage, de Max Glucksmann, en Córdoba 860; Antonio Meschieri e Hijos, de Sarmiento al 1000, o Breyer y Porfirio, en Córdoba al 900.
La presencia en las casas familiares de comienzos de siglo de un piano, o la habilidad de alguno de sus habitantes, sobre todo si eran inmi­grantes, para ejecutar un instrumento musical de viento, un acordeón, una mandolina o una guitarra, hizo que ya entonces comenzaran a aparecer las primeras ofertas de enseñanza de música, sobre todo a través de los muchos músicos italianos que -habiendo arribado en algunos casos como integrantes de una compañía lírica de las que llegaban a la ciudad- se radica­ron aquí.
Ya por los años del Centenario comienzan a abundar los conservatorios, dirigidos por excelentes instrumentistas. De ese modo se establecería Alberto Santángelo, que hacia 1870 dirigía el primer conser­vatorio existente, algo que imitaría poco después Alfredo Bernardelli, desembarcado años antes como músico del Ballet Thiers. A sus nombres pueden agregarse algunos imborrables como Sebastián Grignolo y Do­mingo Sáenz, que constituyeron la primera agrupación sinfónica, de efí­mera existencia; Alfredo Donizetti, Luis Provesi y Pascual Romano, cuyo "Conservatorio Mozart" se emplazaba en la esquina del Teatro Colón, en Corrientes y Urquiza.

Bibliografía usada de la Colección “Vida Cotidiana de 1900-1930 del Autor Rafael Ielpi del fascículo N• 5

jueves, 28 de noviembre de 2013

De Titta Ruffo al burlesco



El Politeama tenía un atractivo adicional y próximo, que poco se relacionaba con el escenario teatral pero que de alguna manera no dejaba de ser una comedia: la vecindad de Francisco Schiavone, un peluquero con negocio ubicado frente a la vieja sala, que hacia 1913 era una especie de espontáneo seudo vate ciudadano, antecesor de otro personaje rosarino posterior, el "poeta" Alfonso Alonso Aragón. Schiavone, como Aragón, era un rimador espontáneo, más que ripioso y a veces surrealista a su pesar, que se había convertido en uno de los tantos "típicos" que toda ciudad del mundo alberga, tal vez en aten­ción al viejo refrán que garantiza que "de poeta y de loco todos tene­mos un poco".
Gestos y Muecas le dedica ese año una extensa nota, con fotos del bardo peluquero y reproduce algunos de sus "poemas", dedica­dos muchos de ellos a conspicuos integrantes de la sociedad y la bur­guesía rosarina, dislates que no tienen mucho que envidiar a los de su sucesor Aragón. Botones de muestra pueden ser éstos: El águila marcha y se eleva con más facilidad que el aeroplano. / No olvidarse que se necesita mucha bencina, por si acaso, dedicado al doctor Bartolomé Sívori. O El mundo es un fandango: / unos bailan mazurca/ y otros el tango, a Germán López, o el dedicado al molinero Juan Semino: La vida son cantares/ que todos no sabemos cantar./Yo vendo la harina/ y los panade­ros pataliando...
Schiavone era, con su pintoresca manía de rimador, parte de un folklore ciudadano que lo contaba como insustituible a la hora de demostrar que Rosario tenía de todo, como cualquier gran ciudad del mundo, incluso sus lunáticos propios. El posterior "Cachilo" de la década del 70, con sus "graffiti" insólitos en las paredes rosarinas, muchos de los cuales recordaban los aforismos de Schiavone, sería otro de esos ejemplos, aun cuando su condición de "outsider" y más de una de sus frases escritas con tizas de colores o ceritas permitieran tal vez una lectura distinta a su caso, por lo menos según más de un semiólogo contemporáneo.
Pero como no era cuestión de perder terreno sin pelea, La Opera seguía levantando religiosamente su telón aquel año. Primero, con una compañía italiana de ópera cómica, operetas y "feries", de Ettore Vítale, y luego con la Compañía Casas, que anunciaba como tentador anzuelo para los caballeros los couplets y danzas de la Fornarina, una agraciada artista española que excitaba por entonces la imaginación (y segura­mente los sentidos) del auditorio masculino en Buenos Aires, donde actuaba, aunque el mismo programa anunciara, con letra menos visi­ble, que serían cantados por Blanca Suárez, que seguramente no era lo mismo pero que, por lo menos no engañaba al consumidor.
Aquella Fornarina que también llegaría a su turno a Rosario, tuvo sus vates locales, como un tal J. Fernández del Villar que le dedi­cara en 1912, en las páginas de Monos y Monada, un soneto con oficio y conocimientos literarios: Más gallarda y gentil que la de Urbino/ es esta diosa frivola y coqueta, / alma de chula en cuerpo de griseta/ y ojos reidores de mirar felino. / Sensual como la musa de Aretino/ y como las mujeres del profeta, / en sus labios la alegre canzonetal tiene un sabor galante y parisino./ Y en su rostro de nítida blancura, / que corona la mágica hermosura/ de su admirable cabellera blonda, / ella tiene ¡agracia venusina/ y el plácido candor de Fornarina/ y la mortal sonrisa de Gioconda...
La cupletista se llamaba en realidad Consuelo Bello, y había sur­gido del madrileño "Salón Japonés", uno de los muchos locales apa­recidos luego de la imposición del varíete en el teatro de la Alhambra, arrendado por el francés Banquarel, que lo convertiría en templo del music-hall. La Fornarina fue intérprete reconocida, y admirada, del lla­mado entonces "género ínfimo", que no era otro que el cuplé.
Pronunciar este nombre es como arrojar una cascada de alegría desbor­dante, de fino buen humor, de belleza juvenil y espléndida. La Fornarina, que en sus primeros tiempos no pudo librarse del ambiente general, se con­virtió con el paso de los años (muy pocos, porque murió en plena juven­tud) en una de las grandes renovadoras del género, al que dio triunfales jornadas. De muchacha humildísima, de extracción popular (dícese que era hija de una lavandera y que ella misma lo fue en los primeros años), ha llegó ¡i ser una mujercita culta, elegante, cosmopolita, que dignificó noblemente la escena y a quien se consideró como una de las primeras diseuses de su tiempo. La popularidad de la Fornarina se ha propagado mucho más allá de su muerte y es una de las artistas que más eco guarda en el corazón del público madrileño, a quien conmueve todavía el recuerdo de aquel picaresco "Polichinela": Mi Polichinela se me ha puesto malo;/ tiene pulmonía, dolor de costado...
(Matilde Muñoz: Historia de la zarzuela y género chico, Editorial Tesoro, Madrid, 1946)

El Colón, en tren de triunfar en la puja de ese año (1911), trae Una compañía lírica encabezada por Ada Giachetti, la soprano que hasta 1908 había sido la pareja de Enrico Caruso y madre de los dos hijos . del tenor napolitano. La Giachetti, bien recibida por los rosarinos, tendría sin embargo un destino mucho menos resonante que el divo, ya que terminaría, según testimonios, como regenta de una casa de tole-rancia porteña, lejos para siempre de las arias y los escenarios de la ópera y mucho más cerca, en todo caso, del "mundanal ruido".
En tren de servir de ámbito a todo tipo de hechos artísticos o culturales, el Colón hace de tribuna el mismo año para un breve ciclo de conferencias de Belisario Roldan. Este, poeta y dramaturgo exitoso en las primeras décadas del siglo con El rosal de las ruinas y El puñal de los troveros, teatro en verso que gozara de fidelísimos adeptos, era sobre todo un reputado orador, célebre por una oratoria que si bien hoy se lee como retórica, ampulosa y hasta vacía, era entonces el desideratum, al punto que Roldan se había ganado el admirativo mote I» "Pico de Oro".
Pese a la fama del personaje y a los éxitos de sus discursos más famosos (el que pronunciara en Boulogne-Sur-Mer en homenaje a San Martín, con su comienzo de Padre nuestro que estás en el bronce... es uno de ellos), la concurrencia a la primera conferencia estuvo |i jos del gentío previsto. Roldan, irritado seguramente, canceló la segunda aduciendo una indisposición inesperada y se fue dejando Una Irase lapidaria: ¡Qué solos están y se quedan los intelectuales rosarinos!, que Monos y Monadas se encargaría de difundir al otro día...-
Roldán, que había publicado asimismo libros de poemas adscriptos el decadentismo de finales del siglo XIX y había ocupado una banca in la Cámara de Diputados de la Nación por el conservadurismo, se suicidaría en las sierras de Córdoba en 1922, afectado por una graví­sima dolencia en la garganta.
El anuncio de la llegada, para la segunda mitad de ese año, de Titta RufFo, ya por entonces una de las voces legendarias, como la de Caruso o Chaliapin, volvió a generar la expectativa de los gran­des eventos, aunque el Colón, como correspondía a la semana de Carnaval, estaba entonces copado por los bailes y los concursos de tango y de disfraces. La promoción anunciaba como acicate: El renombrado bailarín Delfor Robrero ha donado una medalla de oro para la mejor pareja de tango.
El teatro vuelve a la carga en julio, reiterando el aviso de la con­tratación del célebre Titta Ruffo y del divo Alessandro Bonci en tres funciones para septiembre, con entradas que no eran nada baratas para ese tiempo: 60 pesos la platea y 10 el paraíso. El gran barítono había llegado al país a bordo del vapor "París" y cantó, como se mencionara antes, con la Barrientos y el tenor Pintucci, reemplazante obligado del famoso y enfermo Bonci.
Los juicios estuvieron a la altura del personaje y de la admiración legítima que solía ganar a los privilegiados que llegaron a escucharlo "en vivo": "¿Qué podemos decir del gran Titta Ruffo, el príncipe de los barí­tonos? Cantó como sólo él sabe hacerlo. Sería pálido todo lo que quisiéramos decir de este gran cantante: ha sido todo un acontecimiento. Y es necesario un talento como el suyo para que una obra como ésta pueda tener éxito. Y es lo que pasó anoche: el célebre barítono estuvo colosal y fue llamado ocho veces a la ribbolta... La obra a la que alude despectivamente La Capital era Hamlet, con música de Charles-LouisThomas.
RufFo, que entre otros detalles que escapaban a su vida sobre el escenario, compraba sin ostentación los periódicos anarquistas y socia­listas de las ciudades donde estuviese actuando, lo que ocurriría tam­bién en Rosario, no era sólo un excepcional cantante: cuñado de Giacomo Mateotti (el líder socialista italiano asesinado por el fascismo), abandonó una gira americana para asistir a su entierro; en 1931, en Marsella, fue atacado y golpeado duramente por adictos a Mussolini, y su oposición al Duce lo llevó a la prisión de Regina Coeli, al con­finamiento posterior y a la pérdida de su pasaporte italiano. El gran barí­tono, que se retiró de los escenarios poco después de los 50 años, en pleno apogeo de su carrera y moriría en 1953, resumía su adhesión inclaudicable a los ideales democráticos con ocho palabras: Se vive una tola vez: hagámoslo con dignidad.
El viejo Teatro Olimpo, en aquellos días de 1911, sentía por su Lulo soplar algunos vientos de renovación. El 14 de marzo, una compañia de liliputienses (algo ya anacrónico e inusual hoy pero no a co­mienzos de siglo) debió postergar su presentación por reforma, empapelamiento y cambio de felpa de las butacas. Los arreglos aludidos se realizan y lo ponen en competencia nuevamente, con la previsible "ola espa­ñola", esta vez de Mariano Díaz de Mendoza-Josefina Roca y Claveles tojos y El abolengo.
El Olimpo iba a tener (como ocurriera con La Comedia a principios de siglo) un mutis transitorio en diciembre de 1913, cuando se hace el intento de convertirlo en el "Royal Theatre", para albergar,.u desde la misma Nochebuena de ese año a una compañía de revis­tas y burlesco que con Tout Rosario au Royal trata de sacar de la rutina a la ciudad.
Gestos y Muecas consigna: La muchachada y también los viejos están que arden y comenta, refiriéndose a la obra a estrenarse: El título es peco sugestivo, pero lo que lo es, y mucho, es el anuncio de que al viejo coli-tto hoy rejuvenecido vendrán nada menos que 75 mujeres, sin contar las aco­pladas. ¿Os imagináis bien, lector, lo que esto signiftca? ¡Setenta y cinco fran-ttsas, bonitas, elegantes y de buen humor! No seamos más papistas que el Papa, pide la revista, y confesemos que un poco de animación nocturna, de vida alegre, hace falta en el Rosario, y que el Royal Theatre nos va a traer todo eso con beneficios para muchos gremios: cocheros, modistas, cafés, res­taurantes, hoteles, tiendas, etc., etc.
Y se pregunta, no sin razón, algo que muchos rosarinos escandalizados pensaban a esa altura: ¿Quién hubiera dicho que el Olimpo, teatro Anteo durante 30 años para toda la sociedad rosarina, por cuyo escenario desfilaron  tantos artistas de renombre, se convertiría hoy, impulsado por el progreso, en el sitio del bullicio y de la risa?
En diciembre de 1913, la misma revista da cuenta de que la nueva propuesta "picante" ha hallado eco en la ciudad: Un exitazo estupendo resultó la inauguración del Royal Theatre: el Rosario nunca ha presenciado Un espectáculo tan cuidadosamente presentado, tanto por las lujosas decoraciones cono por la cantidad y la calidad de los artistas. Por las dudas dejaba constancia  de un hecho: El espectáculo nada tiene de pecaminoso. De aquella "troupe" de francesas quedó como recuerdo una figura: Jane Marny, que parece haber arrasado con los corazones masculinos.
Aunque en el verano de 1914 se publica que según noticias que hemos recogido, volverá a abrir sus puertas con el acreditado nombre de Olimpo y se anuncia a la compañía de Amparo Garrido, que se suicidaría al tiempo, la sala seguía en marzo de ese año siendo escenario de espectáculos poco usuales, hasta entonces, en la ciudad. La Capital comenta, el 18 de ese mes: Ante un nutrido público dio comienzo el espectáculo de damas luchadoras. Se inició la función con interesantes encuentros en los que tomaron parte la ale­mana Beck, la brasileña Waslavich, la belga Sremlav, la francesa Dazelle y la argentina Rodríguez. El público se divirtió y engrande, y aplaudió entusiasmado.
Dos días después, el diario informa y critica por el mismo pre­cio: El espectáculo de actualidad en ese teatro es la lucha entre damas campeo­nas que se disputan el triunfo. Con motivo de las situaciones cómicas que se producen en los incidentes de cada encuentro, el entusiasmo de los espectadores suele desbordarse... En realidad, el "Royal Theatre" aquél no pasaba de cobijar a una audiencia compuesta por hombres, maduros y jóvenes, para los que la posibilidad de ser espectadores de una lucha femenina (por los atuendos ceñidos que exigía la lucha, por las robustas conten­dientes, etc.) no dejaba de ser una excitante experiencia.
En el amplio lugar poblado de humo, entre gritos de aliento, burlas y alguna que otra grosería festejada por todos, el campeonato se desarrolló como uno de los sucesos de aquel año del inicio de la Gran Guerra, aunque en las contorsiones peculiares del esfuerzo que requiere cada trance, la estética femenina resulta a menudo burlada, lo mismo que la ética poco recomendable y nada edificante del cuadro, opinaba lapidario el diario de Lagos. En el recinto donde resonara límpida y entrañable la música de Verdi, de Bellini o Donizetti, campeaba entonces el esten­tóreo aliento de los espectadores a aquellas luchadoras cuya fuerza no invitaba seguramente a galanteo alguno...
En cuanto a La Opera, entre 1912 y 1914, provoca también con­mociones entre los "belcantistas" y en la puja por ganar el sitial de pri­mer coliseo rosarino, al responder trayendo nuevamente a Mascagni, que estrena su Isabeu, buscando emular siquiera a aquella lejana Cavallería rusticana, juvenil e irrepetible. En 1913, se representan allí Parsifal y La Walkyria wagnerianos y en 1914 La fanciulla del West, de Puccini, ala que algunos críticos califican de "FarWest pucciniano", l miada por otro elenco envidiable: la española Elvira de Hidalgo, una exquisita cantante que sería, muchos años después, maestra dilecta de María Callas; Tito Schippa e Hipólito Lázaro.
Este último sería famoso por sus duelos artísticos y enfrenta-mientos personales con Schippa (a quien se dice pretendió arrojar por la horda de un vapor en el que coincidían), con Miguel Fleta, con Giácomo Lauri-Volpi y en rigor de verdad con cuanto tenor se le cru­zase en el camino, convencido como estaba, sin modestia de ninguna clase, que él era el más grande tenor de todos. Lo que no era así, pese a sus cualidades vocales, que las tuvo y muchas.
Lázaro, nacido en 1887, había debutado en 1910 en el Teatro Novedades de Barcelona, y se perfeccionó y estudió en Milán. En 1922 sería condecorado por el gobierno español con las insignias de la Cruz de Alfonso XII, contemporáneamente con sus triunfos en el Metropolitan de Nueva York, donde se lo contaría entre los cantantes lamosos y como un especialista en Mascagni. Muchos de sus lapidarios juicios, de sus enconos y peleas con otros colegas serían narrados por él mismo en su autobiografía Libro de mi vida, editado en 1949.

Hacia 191 1 su voz era, realmente, una de las mejores del mundo por calidad, dulzura y extensión. No tenía límites de flexibilidad ni ampli­tud. Deplorablemente su personalidad sí los tenía. Maravillado ante sus propios medios naturales, anheloso de afirmar su personalidad Jactándose de ser mejor que Caruso, bramó desaforadamente un repertorio des­tructivo que aniquiló su órgano excepcional. Lázaro cantó sin embargo hasta edad avanzada y aún hoy, a los ochenta y cinco, presume que no se ha retirado todavía. Después del éxito inicial y tras algunos años de intensa actividad (llegó a cantar cerca de cuarenta noches seguidas), su calidad de antaño se tornó despareja. Esos rendimientos irregulares llevaban a que el público lo meneara y ovacionara en la misma función. Pero él no aceptaba críticas, ensayaba desplantes, reñía a los espectadores, increpaba al director. Lo mismo interrumpía la ejecución para recordar a los pre­sentes que estaban oyendo al mejor tenor del mundo, como para beber un vaso de agua o para contestar con enérgicos gestos obscenos las dia­tribas populares.
(Raúl Sanguinetti: "Cantantes españoles en Buenos Aires", en revista Todo es Historia, N° 64)

Hipólito Lázaro había actuado por primera vez en la Argentina en aquel año de 1914, en Buenos Aires, en el teatro Coliseo, aloján­dose en una casa de Cerrito 333, que dedicó a aventuras non sanctas por­que se tenía por impenitente Don Juan, según Sanguinetti. Actuaría luego en Rosario, Tucumán y Córdoba, como preámbulo a una gira que lle­varía a la compañía a Montevideo, Río de Janeiro, San Pablo y Santos. Su nombre, pese a todo, es imprescindible en toda historia de la lírica y su lugar está, también, entre los grandes, más allá de sus continuos desplantes y arbitrariedades.
Que La Opera era considerado un "teatro selecto", tal vez el más selecto de todos, no cabe duda. En agosto de 1917, por ejemplo, al anunciarse el debut de la Compañía Española del Teatro Lara de Madrid, se publica la nómina de los abonados a esas seis funciones, la mayoría de ellos miembros de las familias distinguidas de la ciudad, según los tradicionales parámetro socioeconómicos, caros a los rosa­rinos de entonces: María de Uranga, Casiano Casas, Constantino RafFo, Camilo Aldao, José Arijón, Rouillón, Pratts,Vila Ortiz, Ortiz de Guinea, Julio Marc, etc.
Para esa época, y cada vez más cerca de su mutis final, el Poli­teama se despide en febrero de 1917 con un anuncio que, si bien no está relacionado con el espectáculo teatral en sentido estricto, sí lo hace con el baile y el Carnaval y, sobre todo, con el tango. Convertido pos­treramente en salón de bailes, avisa: Ha sido contratada una Orquesta Típica Criolla que será dirigida por Juan Maglio (a) "Pacho", autor de varios tangos populares. A fin de añadir un atractivo más a los bailes ha sido contra­tado el profesor de bailes nacionales Benito Bianquet (a) "El Cachafaz", quien bailará todas las noches dos tangos. Para tranquilidad de los milon­gueros locales la aludida publicidad aclaraba: Fuera de concurso...
Una información de enero de 1918 consignaba la actuación en el teatro de un circo, el "Shippy Fetus", lo que indicaba que efectiva­mente el Politeama había dejado de existir como sala para convertirse en espacio abierto y disponible para otro tipo de espectáculos, como los circenses.
El viejo ámbito de la calle Progreso, ya entonces General Mitre, entraba de ese modo en el recuerdo, con sus funciones familiares y rui­dosas, sus esporádicos espectáculos líricos y su impronta "galponera" pero entrañable, como la quiso su fundador, el forzudo Rafetto.
la que entraría también en ese territorio sería la temporada de 1915 de La Ópera, año en que Rosario recibe al más grande y famoso de todos los grandes y famosos nombrados hasta ahora: Enrico Caruso.
Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “decada infame”  Tomo IV Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones

 







jueves, 21 de noviembre de 2013

Miguel Angel Llanos ( Médico Rosarino)



Por Sebastián Alonso

El doctor Miguel A. Llanos nació en 1889 en la ciudad de Santiago del Es­tero. Era hijo de Agustín Llanos y de Segunda Peralta. Se graduó de mé­dico en la Universidad de Córdoba y en 1905 recibió el título de Doctor en Medicina y Cirugía con su tesis sobre la apendicitis "enfermedad que viene causando tantos estragos en la humanidad"(l). Se radicó en Rosario donde llegó a ser jefe de la Sala de Cirugía del Hospital de Caridad, del Hospital Rosario, del Hospital Español y del Hospital Italiano. Fue además Jefe de Urología en el Hospital Centenario; docente, vicedecano y consejero de la Facultad de Medicina, profesor titular de Urología, miembro y presidente de la Sociedad Argentina de Urología, y fundador y presidente del Círculo Mé­dico entre 1924 y 1926. Desde 1913 a 1928 fue médico del "Centro Unión Dependientes" y luego continuó aten­diendo a sus asociados en su sanatorio particular. Fue además presidente del Colegio Médico de Rosario. Fue direc­tor-médico del "Sanatorio Rosario" del doctor Francisco Ahumada Bernádez en avenida Pellegrini 247/251, cuya publicidad ofrecía "pensiones de 10, 7
y 5 pesos diarios-Pensiones especiales para obreros y sociedades. Rayos X y electricidad médica, calefacción a va­por y lavadero propio". Fue fundador del "Sanatorio de los Dres. Llanos y Premoli" y más tarde creó el "Gran Sanatorio del Dr. Llanos" en Italia 763, especializado en "cirugía general para hombres, mujeres y niños. Vías génito-urinarias de ambos sexos. En­fermedades del Rinón, Vejiga, Prósta­ta, Uretra, Matriz, Ovario, Trompas, etc.". Fue miembro correspondiente de la Sociedad de Vías Urinarias de Pa Autor de numerosos trabajos científicos , entre ellos "Mirando hacia el p venir de la humanidad" (1942), don desarrolló una particular teoría so' la ley de la herencia en la procreaciación  y la eugenesia (2). Fue además estuvo de la Comisión Directiva del Jockey Club en 1911 y 1912, 1919 y 1920, 1930 a 1932 y en 1945 (3). Casó con Hilda Delia Alvarado hija de Saturnino Adolfo del Ros Alvarado y María Luisa Day y fue padres de Miguel Ángel Llanos, c do con Nelly Schellhas; Dora Raque Llanos, casada con Henry P. Fe son; María Luisa Llanos, casada Mariano Alvarado Guanes y Re Llanos, casada con Germán Sesto- todos con descendencia. Falleció en Rosario el 19 de septiembre de 1945 y sus restos descansan el panteón familiar del Cementerio Salvador.
Bibliografia
 (!) La Voz del Interior". "Hace cien años Voz del Interior", 29 de mayo de 2005.
(2)  Colegio Médico de Rosario, conferem pronunciada el 22 de octubre de ¡941.
(3)  "La Capital", 21 de septiembre de 194


Fuente: Extraído de la revista “Rosario , su Historia y su Región” Fascículo Nº 117 de Abril de 2013