Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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miércoles, 21 de agosto de 2013

NACIMIENTO DEL SALADILLO


En el año 1903, los herederos de Manuel Arijón, venden los campos a una compañía inmobiliaria que se llamó Sociedad Anónima "El Saladillo". Esta inmobiliaria estaba integrada por las siguientes personas: Alberto J. Paz
(quien fuera intendente de la ciudad;  presidente de la Bolsa de Comercio; miembro del Club Social;  vicepresidente  del Banco Hipotecario;   Ministro de Hacienda; diputado y senador nacional); Bartolomé Vasallo  (médico cirujano;
presidente de la Sociedad Rural y de la Confederación de Sociedades Rurales) (en la que fuera su residencia,
hoy funciona el Honorable Consejo Municipal de Rosario);   Esteban Segundo Frugoni (comerciante, concejal, miembro fundador de la Bolsa de Comercio y de la compañía de seguros La Rosario, miembro del directorio del puerto y del Banco  Popular de Rosario); Oscar  C. Meyer (intendente de la ciudad, ministro de Educación y Justicia, diputado nacional, vicepresidente
de la Cámara de Negocios Extranjeros, abogado de la empresa del puerto y de la Compañía General de Tranvías); José Ignacio Llobet (diputado nacional y comisionado general de Buenos Aires) además de, y con análogos antecedentes políticos y empresariales; Emilio O. Schiffner, Ángel Muzzio, Constantino Raffo, Fernando Pessan, Huberto Guerzoni, José García González, Abel Pagnard, Ovidio Rodríguez, Manuel Echeverría, Américo Cánepa, Tomás Lynch, Leopoldo Bellando, Juan B. Castagnino, Rufino Escudero, Arturo Zinny, Julián Paz, Tomás G. Berlegieri, G. J. Columbres, Manuel N. Paz, Julián Martínez, Pío Díaz Valdez, Eudoro Gallo, Carlos Herfst y la compañía Pessan.
Esta sociedad anónima "El Saladillo" se encargó de los loteos y el trazado de las calles, poniendo a la venta los terrenos y propiedades. Para tal fin tenía sus oficinas en calle Laprida 1231 de Rosario y también ha­bían instalado una oficina en el balnea­rio, aprovechando la gran afluencia de público al mismo. Los terrenos se vendían en 72 mensualidades de $10 sin intereses, con un descuen-'*     ¡i    to del 20% si se pagaba al contado, además, por dispo­sición municipal, se eximía del pago de impuestos por 5 años para la edificación. Como ya dijimos, los loteos y el trazado de las calles se efectuaron en la zona delimi­tada por: Lamadrid al Norte, San Martín al Oeste, el arro­yo Saladillo al Sur y el ca­nal artificial del Saladillo al Este. El sector comprendido por San Martín, Lamadrid, Ovidio Lagos y el arroyo Sa­ladillo, fue destinado como"Zona de quintas".
Es importante destacar que el sector conocido como "La Isleta"(se lo llama así porque está delimitado por los dos brazos del arroyo Saladillo, el natural y el artificial y además su con­torno se parece a una isla), recién se empezó a poblar a partir del año 1924, coincidente con la instalación del fri­gorífico Swift.
Esto se debió a que la gran cantidad de personas que vinieron a trabajar a este establecimiento, buscaran un lu­gar cercano a la fuente de trabajo para instalar sus hogares
Fuente: extraído de la revista “Rosario, su Historia y Región. Fascículo N• 112 de Octubre 2012.-

martes, 20 de agosto de 2013

HISTORIA ( Saladillo)


Rosario fue declarada ciudad en 1852, pero el cambio radical de la misma no se produciría hasta  después de la batalla de Caseros,  al proclamarse la libre navegación de los ríos Interiores, lo que In­crementaría notablemente la acti­vidad portuaria, que se con­vertiría en la llave de su crecimien­to e importancia ulterior.
Otro cambio, no menos impor­tante, fue el advenimiento del fe­rrocarril, nuevo medio de trans­porte que reducía las distancias y permitía mayores cargas. Entre 1880 y 1890 se produjo una ex­pansión de la red ferroviaria, acompañada por inversiones de capitales, en especial de origen bri­tánico.
En Rosario, el crecimiento de la población y el desarrollo urbano crearon, a poco, una demanda que permitió la instalación de indus­trias de consumo. A ello se sumó el aporte inmigratorio, que produjo a su vez cambios en la composición ciudadana.  Aparecieron nuevos pueblos en territorio santafesino, con el paralelo incremento de la producción agropecuaria y la ins­talación en la ciudad de diversas industrias. En la periferia, mien­tras tanto, se fundaban centros poblados, incorporados más tarde como barrios (sobre finales del si­glo XIX y primeros años del XX se los denominaba aldeas), entre ellos Fisherton y el Saladillo.
El barrio Saladillo —hoy Roque Saenz Peña en la nomenclatura oficial, aunque se siga utilizando mayoritariamente la antigua de­nominación para mencionarlo en la conversación cotidiana de los rosarinos— se halla limitado por las calles San Martín y Lamadrid, el río Paraná y el arroyo Saladillo.
Su historia puede enmarcarse claramente en tres momentos: el de su fundación, que definiría el sitio poblacional; el de su expan­sión, de carácter residencial y ve­raniego, y el del entrecruzamiento de su historia con la del frigorífico Swift.
Durante la primera etapa, el Sa­ladillo se vinculó con los orígenes mismos de Rosario, si se recuerda que las tierras que abarcan la ma­yor parte de la ciudad fueron ce­didas en merced real al capitán Luís Romero de Pineda, tratándose de las comprendidas entre el arro­yo Salinas —hoy Ludueña— y el paraje de La Matanza, siendo su frente al este "el río Paraná y su fondo, todo lo que estuviera va­cío..."
Pero referencias de la zona del Saladillo como tal aparecen recién a mediados del siglo pasado cuan do la Municipalidad crea las aldeas de Saladillo, en el sur, la de Lu dueña en el norte y la de San Fran cisquito, en el oeste. El pueblo Sa­ladillo, con esa denominación, da­ta en cambio de 1880, cuando Ma­nuel Arijón funda el pequeño po­blado en lo que constituye la parte más densamente poblada del ba­rrio Roque Sáenz Peña. Arijón era propietario, además, de las tierras aledañas al río Paraná, con una extensión realmente importante.
Wladimir C. Mikielievich, en su inédito y valiosísimo Diccionario enciclopédico de Rosario, aporta otros datos referidos a la zona, al mencionar que en 1886 se ins­talaron sobre una de las márgenes del brazo norte del arroyo Saladillo unos baños públicos, aprovechan­do la creencia popular en las pro­piedades supuestamente curati­vas de sus aguas. "En 1887 —con­signa Mikielievich— los baños fue­ron ampliados, se construyó una pileta revestida de cemento portland de 100 varas de extensión por 30 de ancho, la que recibía el agua por una compuerta del arroyo y una vez llena se desbordaba con estrépito de una cascada en la con­tinuación del arroyo. También se construyeron 51 camarotes con pi­so de cemento, con galerías en su frente, y al otro lado de la pileta se levantó un murallón que la dividía formando un segundo depósito de agua para alimentar dos departa­mentos de baños de Inmersión".
Mientras las tierras aledañas eran cultivadas con alfalfa y di­vididas en potreros para la inver­nada de ganado vacuno, el em­prendedor Arijón continuaba em­peñado en la promoción de su es­tablecimiento de baños, logrando la habilitación de un transporte desde el matadero, hasta donde llegaba el tranvía que unía a éste con el centro de la ciudad.
Una nota evocativa publicada en el diario Rosario en 1984, men­ciona vivencias donde Saladillo tie­ne un protagonismo con sabor a pasado lejano: "Ir en el tranvía 17 era ir a la Luna; tomar el 5 era una aventura en las pampas, tomar el 8 era despedirse llorando porque se iba al Saladillo, o a otro mundo. Salías vos de la calle Ayolas —a la que ahora le han puesto otro nom­bre— y ya se acababa la tierra... Después de aquello, venía el mar, el mar con alas. Navegaba el tran­vía, subía, bajaba, hasta que lle­gaba a la calle Lamadrid y enton­ces embalaba por entre un empe­drado viejo y entraba ya en las tierras donde los señores capitos-tes tenían los grandes chalets... y entonces se llegaba al lugar de la ilusión. Era como llegar a otro país, porque el lugar de la ilusión era el balneario del Saladillo..."
Fuente: extraído de la revista “Rosario, Historia de aquí a la vuelta  Fascículo Nº 15 .  De Julio 1991. Autores: Sandra A: Bembo – Nelly I. Sander de Foster – Marisa Rocha

viernes, 16 de agosto de 2013

BARRIO SALADILLO pasado y presente


EL PAISAJE ACTUAL

 A veces mansas, a veces turbu­lentas, las aguas del arroyo Sa­ladillo desembocan en el caudalo­so Paraná después de haber reco­rrido muchos kilómetros desde su nacimiento, en las proximidades de la localidad de Fuentes, en el departamento San Lorenzo.
Las instalaciones de astilleros que otrora tuvieron intensa acti­vidad, un destacamento de la Pre­fectura Naval Marítima, el atra­cadero del frigorífico Swift y algu­nas embarcaciones de reducido calado pegadas al murallón de pro­tección levantado en las orillas del arroyo, definen un punto preciso en la cambiante geografía del ba­rrio que alguna vez fue "atracción turística", por el reconocimiento de sus aguas supuestamente yoda­das, a las que se otorgaban propie­dades medicinales.
El curso del arroyo es típica­mente de llanura, pero una ca­racterística lo particularizó: su tra­mo final descubría una formación de toscas sumamente irregular que determinaba la presencia de pequeñas cascadas, refulgentes bajo un sol sin atenuantes por la carencia, en el paraje, de vegeta­ción de altura. Esta circunstancia agregaba un motivo de interés más: bandadas de benteveos se posaban en las toscas para saltar desde ellas sobre los pequeños pe­ces que se movían en aguas trans­parentes por la poca profundidad del agua. Los vecinos bautizaron al lugar con el nombre de "Las que­bradas del Saladillo", y fue un lu­gar de atracción porque, efectiva­mente, constituyó un paisaje in­sólito en la geografía del Litoral.

Los proyectos urbanos, sin em­bargo, le asignaron otro destino. El curso del Saladillo fue rectificado para proyectarse una absurda cancha de remo que convirtió en recuerdo a las "quebradas", de las que hoy se conserva únicamente la cascada mayor en el Parque Sur —un salto de más de tres metros— que reúne a vecinos, ocasionales pescadores y bulliciosos niños que con mucha cautela se acercan pa­ra ver la "olla" formada por la caída abrupta del agua.

A pocos metros del actual puen­te ubicado en el nacimiento de la Avenida del Rosario, sobre el Sa­ladillo mismo, y por el cual se ac­cede al frigorífico Swift y a Villa Diego, próximo al antiguo puente llevado por la creciente de 1966. se abre la cortada El Mangrullo, que salvando el brazo norte del arroyo (en el reducido trayecto de pocos metros que conserva aún) ingresa al Bajo Saladillo, donde tienen sus instalaciones el Club del Ministerio de Obras Públicas, el Club de Pes­cadores Rosarinos, astilleros, y donde levantan sus precarias vi­viendas pescadores que alternan esa actividad con la confección de tramallos y la reparación de botes y chinchorros.
Se trata de una Granja por el paredón del Club del Ministerío y el descampado que lo se­para del Paseo Ribereño Sur y que en su tramo inicial trepa una ba­rranca que sabe de árboles y exhibe la modestia de su «en los carteles que ofertan la magra  mercancía que ocupa a  los niños de la costa: Se venden caracoles. Aquí lombrices… Niños. mujeres y hombres habitantes del  lugar —tí­pica vüla miserta— saben de angustias y dolores porque las perió­dicas crecientes del Saladillo y del Paraná los castigan por igual.
Aguas arriba, el barrio tiene otra fisonomía. En calles trazadas de acuerdo a los dameros clásicos, se ubican viviendas de una a dos plantas prolijamente cuidadas que suelen custodiar antiguas casonas hoy apretadas entre medianeras. No todas estas añejas construcciones se muestran así ya que algu­nas han mantenido los parques originales o parte de ellos, como acontece en la ubicada en Gral. Paz al 5400 o la que aún muestra su esplendor en   Av. del Rosario y Castro Barros. La mayoría fue construida para albergar a los funcionarios Ingleses del Ferrocarril Central Argentino, que en las úl­timas décadas del siglo pasado unió Rosario con Córdoba; otras estuvieron destinadas a los prós­peros hombres de negocios que en esa época fundaban la burguesía local. Sus descendientes —mucho más impiadosos que el tiempo mis­mo— las demolieron y son muy pocas las que se conservan.
Fuente: extraído de la revista “Rosario, Historia de aquí a la vuelta  Fascículo Nº 15 .  De Julio 1991. Autores: Sandra A: Bembo – Nelly I. Sander de Foster – Marisa Rocha

jueves, 15 de agosto de 2013

UNA ZONA FLORIDA


Estrecha relación con otro de los barrios del norte de la ciudad tendría, como se dijo, el apellido Escauriza, perteneciente a una de las familias tradicionales de La Florida, continuación del barrio de Alberdi, aun cuando no tuvo, como éste, condición previa de pueblo consti­tuido. Comenzó a organizarse hacia mediados de 1889 al aprobar el gobierno santafesino el proyecto de urbanización elevado entre otros por Castagnino, Papaglioni y Frugoni.
El inicial pequeño poblado tenía su centro geográfico en el pre­dio ocupado hoy por la plaza Ovidio Lagos y comprendía los terrenos que iban desde la Avenida San Martín, actual Bvard. Rondeau, a la costa del río Paraná, de oeste a este, y desde calle Buchanan a Buenos Aires (actual Martín Fierro). Hacia el sur, desde Buchanan a la actual Ricardo Núñez, se sucedían predios agrestes sobre los que se emplazarían rudi­mentarios hornos de ladrillos, como en los barrios del oeste rosarino. Era, en verdad, un conglomerado que abarcaba unas pocas manzanas urbanizadas, a cuyas dieciséis calles se les daría el nombre de las catorce provincias argentinas, a las que se agregaron dos con connotaciones patrióticas: 25 de Mayo y 9 de Julio, actual calle Ingeniero Laporte.
Una segunda urbanización en 1924 posibilita nuevos loteos de terrenos que habían pertenecido a uno de los pioneros, Esteban Frugoni, cuya sucesión optó por la venta de los mismos. La casa de remates de Fernando Pessan, encargada del loteo, publicitaba en 1924 la venta de predios en La Florida como propicia para casas-quinta, cha­lets, especuladores, etc., en la zona más pintoresca del municipio, sobre las admi­rables barrancas del río Paraná. Los carteles del loteo advertían a los inte­resados que La Florida tiene sus calles perfectamente trazadas y abovedadas, lo mismo que luz eléctrica, debiendo dentro de breve tiempo recibir los benefi­cios del adoquinado en el camino principal, lo mismo que las aguas corrientes.
Pessan, en su entusiasmo por convencer a posibles compradores, consignaba que la zona sería incluso punto terminal de una avenida costanera, incomparable por su extensión y hermosura, que bordeando el Paraná uniría el centro de Rosario con el norte de la ciudad, de acuerdo a un proyecto que, por entonces, había ingresado en el Congreso Nacional, donde dormiría el sueño de los justos.
Ya en el plano confeccionado por el ingeniero Lucio Bernard luego de esa división de tierras, puede constatarse como propietarios de viviendas en La Florida a algunos rosarinos de apellidos reconoci­dos como Isaac Newell, quien había construido una vivienda en un antiguo casco de estancia sobre las barrancas. Un hecho relevante en la cronología del barrio lo constituye, en 1927, la conformación de una de las asociaciones vecinales pioneras de la ciudad, responsable del primer operativo de forestación en la zona.
Ese año se plantaron cerca de 1.000 árboles, y aquella sucesión de verdes, sumado al de las quintas que poblaban el sector y a la flora que naturalmente coloreaba el sitio, puede muy bien ser el origen de la denominación "La Florida" que llevaría hasta nuestros días. Contemporánea a ello sería la construcción de la primera escuela, en un solar especialmente asignado a ese fin: la "Escuela Gobernación de La Pampa", actual Escuela Ovidio Lagos, en Martín Fierro 461, que al ser inaugurada en 1929 contaba con sólo dos maestros.
En realidad, fue a partir del comienzo mismo del siglo XX cuando el incipiente núcleo urbano comenzó un poblamiento intensivo que modificaría sus características iniciales al sumarse poco a poco a las modestas viviendas construidas por trabajadores y obreros, algunos de los importantes chalets que familias inglesas, alemanas y francesas (más algunas de la burguesía rosarina) levantaron en esa zona suburbana que ofrecía algunos rasgos similares a los del pueblo de Alberdi.
Aquellas construcciones, varias de las cuales sobreviven aún, se alzarían entre 1910 y 1930, otorgando una fisonomía peculiar a esa zona en la que tampoco faltaban extensas plantaciones de frutales de vigente recuerdo, como la que perteneciera al ex vicegobernador y caudillo radical santafesino Juan Cepeda.

En el año 30, cuando La Florida era un barrio de quintas y extensos jardines que aromaban el aire en época de floración, ya había un chalet que tenía un portero eléctrico; era de propiedad del señor Werner, un industrial alemán conectado a los Molinos Fénix. También tenía en su chalet, que aún perdura, un observatorio astronómico, ubicado en la actual calle David Peña (antes Santa Fe) y la barranca del Paraná. En el límite norte del barrio, una ancha y extensa franja de tierra era propiedad del político Juan Cepeda, quien vivía allí en una opulenta vivienda. Tenía en toda la superficie de su terreno, desde el río hasta el Bvard. Rondeau, una plantación de mandari­neros. Cuando la fruta maduraba, una gran cantidad de personas, hombres y mujeres, eran empleados para la cosecha. Camiones cargados con doradas frutas salían de allí hacia el mercado. A esa quinta se la conocía como La Quinta de Cepeda. La construcción de la Avda. de Circunvalación dio lugar a la demolición del edificio de la casa y el desmonte de los frutales, (Nelia Dora Muñoz: Testimonio personal recogido en Ilistonas del barrio La Florida, Ediciones Vivir el barrio, Rosario, Algunos de aquellos habitantes pioneros quedarían incluso liga­dos al barrio a través de la misma nomenclatura urbana, como en los casos de Escauriza o de Buchanan, cuyos apellidos se ligarían para siem­pre a la historia del barrio, tanto como los de otros vecinos, algunos ingleses como los Gotling o los Brownie, franceses como Battier, ita­lianos como los Intelisano y criollos como los Villalba, los Roldan o los Córdoba, antiguos habitantes del lugar y estos últimos también liga­dos al tambo y hombres de a caballo, como los británicos que cabal­gaban las entonces despobladas calles del pueblo.

Cuando La Florida era casi toda terrenos baldíos, el inglés Mr. Buchanan hizo construir un chalet con vista al río, donde vivía con su familia. Los terrenos del mismo eran una franja desde la barranca hasta el Bvard. Rondeau. En esa espaciosa área pastaban sus caballos de silla y las vacas que proveían de leche a su familia y personas de servicio. El inglés Buchanan, que era gerente de Aguas Corrientes, hizo asfaltar la calle que unía el portal de su casa, sobre la barranca, con el Bvard. Rondeau; aunque regresó a su patria después de años, su nombre per­dura en la primera calle asfaltada que hubo en La Florida y el chalet sigue mirando al río... En los atardeceres de los inviernos y las maña­nas veraniegas los ingleses, hombres y mujeres, salían a cabalgar por las calles del barrio luciendo sus trajes auténticos de jinetes. Las amazonas cabalgaban con las riendas en una mano y la fusta en la otra. Era una nota pintoresca que ha de perdurar en el recuerdo de todos los que la presenciábamos...
(Muñoz: Op. cit.)

Otra de las atracciones permanentes del barrio, el hoy Balneario Municipal, tuvo también origen sobre los finales de la década del 30, cuando Carlos Escauriza proyectó en terrenos de su propiedad la ins­talación de "La Peña", un emprendimiento recreativo a orillas del Paraná, emplazado en la actual Bajada Escauriza. Posteriormente, el propietario donó dichas tierras para la construcción de un balnea­rio de grandes proporciones que pudiera ser aprovechado por toda la población, acompañando incluso un proyecto propio de obra en reemplazo de la modesta construcción original. Recién en 1933, la Municipalidad concretó un proyecto de balneario que no tenía vincu­lación alguna con la propuesta de Escauriza, que había gozado de la aprobación y el apoyo de sus vecinos.
La conexión de La Florida con el centro rosarino era posible a través del tranvía y de lanchas que salían de lo que es hoy la zona de Estación Fluvial con punto de arribo en el paraje denominado "Punta Barrancas", actual finalización de la calle Martín Fierro, la primera en abrirse en el barrio. La idea de la formación del pueblo inicial había surgido como consecuencia de la legislación santafesina que en el 80 eximía de impuestos a quienes donaran terrenos para urbanizar. Era el caso de La Florida, donde se habían cedido tierras para una plaza, la comuna, una iglesia y una escuela, aunque sólo dos de ellos cum­plieron el destino prefijado: los destinados a la plaza y al estableci­miento escolar.
A partir de 1930, y en las dos décadas siguientes sobre todo, el barrio consolidaría su trazado, aumentaría la población regular, se cons­truirían viviendas populares que le darían características urbanas dis­tintas a la de Alberdi, sin perder por ello el encanto de su proximidad al río, sus espacios verdes y jardines que siguen haciendo honor a la nomenclatura original del barrio y de uno que otro chalet, testimo­nio de esplendores y nostalgias del pasado.

Uno de los primeros chalets, que data de los años 20, está situado en la esquina de Gutiérrez e Marte (antiguamente Entre Ríos y Santiago). En él vivía la familia Gotling, un matrimonio de ingleses de edad madura, cuya hija era profesora del Colegio Inglés. Tenía su caballo de silla y cuando éste llegó a viejo lo llevaba a dormir a la galería cubierta para que no tome el rocío de la noche. Juntamente con el chalet de la fami­lia Gotling se constniyó el de Brownie, en calle Santiago entre Buchanan y Entre Ríos (actualmente Marte entre Gutiérrez y Buchanan), sobre la barranca, y el chalet El Refugio, en la esquina. Eran todas familias de ingleses que tenían una compleja servidumbre y sus autos con chofer. Eran los únicos autos que había en La Florida, además del de Battier, un francés cuyo chalet estaba situado en calle San Luis (hoy Galicia) y las barrancas del Paraná...
(Muñoz: Op. cit.)
Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “decada infame”  Tomo I Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones

miércoles, 14 de agosto de 2013

EL ABUELO


Es difícil que en la zona de barrio Azcuénaga la gente de edad no recuerde la figura de El Abuelo. De baja estatura, noble rostro, vivió más de 90 años en una casa cedida gene­rosamente por la familia Renom, en Mendoza al 5100, con salida por los fondos hacia el Club Libertad, donde desarro­llaría, por años, una acción de proselitismo ideológico cultu­ral inclaudicable.
Con datos de identificación desconocidos (su apellido era al parecer Alonso), había sido militante ácrata, con funcio­nes para la Primera Interna­cional de Trabajadores en dis­tintos lugares del mundo. Ha­bía nacido en Málaga, de ofi­cio albañil .fue compañero del maestro Francisco Ferrer, fusi­lado en España, y conoció car celes en distintos países, in­cluida una larga reclusión en África. Llegó a la Argentina en tarea militante y se radicó en Rosario, enamorado de la ciu­dad donde concluirían sus pe­regrinaciones.
Simpático, bondadoso, que­rido por el vecindario, se lo veía detenerse con algún veci­no y leerle y explicarle párra­fos de libros de amarillentas páginas, ajadas por el uso: el Quijote, textos de Elíseo Reclus, Emilio Zola, Kropotkine o el periódico anarquista La Protesta. Esa labor de incentivación cultural fue de real im­portancia y de no desprecia­bles frutos. Mucha gente de la zona le agradece hoy su inte­rés por la lectura, el conoci­miento de libros y autores, la interpretación de los hechos de la historia, el amor a la naturaleza, la inquietud por la ciencia, el valor de la inte­ligencia humana, la necesi­dad del estudio, el amor al semejante y la defensa de las libertades individuales...-
 
Fuente: extraído de la revista “Rosario, Historia de aquí a la vuelta  Fascículo Nº 18 .  De Enero 1992. Autor: Alberto Campazas

martes, 13 de agosto de 2013

EL OESTE PRECARIO



El oeste tiene, sin embargo, también su caracterización de pre­cariedad y marginación social. Prototipica de un tipo de concentra­ción urbana del subdesarrollo, la villa miseria (versión argentina de las favelas brasileñas o los cantegriles uruguayos), Villa Banana forma parte asimismo del paisaje de esa extensa zona del poniente rosarino.

Parte de un crecimiento margi­nal que en Rosario alcanza propor­ciones alarmantes (el censo de 1991 señaló más de 200.000 per­sonas viviendo en condiciones de marginalidad), Villa Banana toma su nombre de la característica geo­gráfica que otorga al lugar la curva del ferrocarril donde se halla em­plazado este verdadero dédalo de construcciones precarias: desde Avda. Godoy y Felipe Moré, cur­vándose hacia el este, paralela­mente a las vías del Ferrocarril
Belgrano, en la línea a Buenos Ai­res.

Mayoritamente paraguayos, con aporte de bolivianos y en me­nor medida chilenos, se calcula que viven allí aproximadamente unas 15 mil personas. Utilizan luz eléctrica tomada clandestinamen­te del alumbrado público y carecen de servicios sanitarios y de agua corriente, sirviéndose de canillas públicas. El interior de la villa, pe­se a su amplitud, no cuenta con calles internas, circulándose por pasillos que son reales laberintos sin conformación lineal, con late­rales de cercos de madera y alam­bres.

Se conforma así una población heterogénea, en real promiscui­dad, en la que conviven por igual obreros y jornaleros con cirujas. vendedores ambulantes y desocu­pados, y elementos pertenecientes a la marginalia de la prostitución y a actividades muchas veces ilega­les. El oeste de la ciudad se puebla así de imágenes que poco tiene que ver con aquella bucólica aunque agrestre geografía de hace un siglo, cuando el "Bajo Hondo", las vizca­cheras, los altos matorrales y algu­nas viviendas pioneras constituían las márgenes —hacia el poniente— de la ciudad que quería y necesita­ba mayor expansión. Queda una certeza: quienes habitan en esas condiciones actuales de marginación y precariedad no son, por cier­to, los culpables de ese dramático contraste...
Nada de aquellos paisajes que­da hoy en toda la extensa zona de estos barrios. Apenas algunas vie­jas casas, unas calles de tierra que pronto dejarán de serlo, algunos vecinos memoriosos que viven allí desde hace 70, 80 ó 90 artos y resguardan del olvido, como un te­soro familiar compartido por hijos y nietos, la historia del lugar, con­tada —como quería José Portogalo— a la sombra de los barrios amados.
Una historia cuyos protagonis­tas más notorios no están en las páginas de la historia de Rosario, o por lo menos con la relevancia que merecen, pero sí en la memoria de quienes, un siglo después o más, habitan en los mismos luga­res.
Fueron esos anónimos poblado­res, extranjeros, criollos, trabaja­dores, jornaleros, los que concreta­ron la epopeya de la consolidación y la fisonomía de esta vasta zona rosarina. Ellos hicieron, en reali­dad, la verdadera conquista del oeste...
Fuente: extraído de la revista “Rosario, Historia de aquí a la vuelta  Fascículo Nº 18 .  De Enero 1992. Autor: Alberto Campazas

lunes, 12 de agosto de 2013

EPOCA DE OLLAS



La zona del oeste tampoco escapó —pese a su alejamien­to del centro poblado y progre­sista de la ciudad— a algunas de las graves crisis que azota­ron a Rosario en las dos pri­meras décadas de este siglo. A comienzos de la Primera Gue­rra Mundial, por ejemplo, cuando la falta de trabajo ha­bía originado creciente males­tar y carencias en vastos sec­tores de la población, Echesor­tu fue escenario de las prime­ras "ollas populares".
Las organizó el siempre ac­tivo J. Daniel Infante, bajo la forma de un gran campamento de desocupados, como lo define Juan Alvares, donde las coci­nas populares paliaban las necesidades de miles de veci­nos del barrio. Otro tanto hizo la Sociedad Protectora de la Mu­jer, señalándose también la venta de pan barato en de­pendencias municipales y la habilitación de algunas salas y sótanos del Hospital Cente­nario recientemente construi­do como albergue nocturno, en
1915.
Fuente: extraído de la revista “Rosario, Historia de aquí a la vuelta  Fascículo Nº 18 .  De Enero 1992. Autor: Alberto Campazas