Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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miércoles, 8 de mayo de 2013

EL ORGULLO DE SER ROSARINO


Por Rafael Ielpi
La venida del presidente Roque Sáenz Peña, ese mismo año, se iba a constituir en el acontecimiento social por excelencia, con la secuela de agasajos, banquetes, veladas teatrales, discursos, que for­maban parte del protocolo de la época, rigurosamente respetado por todos.
La revista Fray Mocho dedica muchas páginas ese año a Rosario, con una visión positiva de su empuje económico y del pragmatismo de sus hombres de negocios. Una encuesta que demanda opiniones acerca de una crisis en la economía nacional revela respuestas como ésta: ¿Qué crisis? En Rosario no existe crisis de ninguna especie, dada por Luis Colombo, del que la revista consigna que maneja los hilos de más de 20 empresas, ocupa la presidencia de la Bolsa de Comercio y sonríe cuando se le formula la pregunta de la crisis. Lo mismo hace Guillermo de la Riestra, con su cortesía habitual y lo mismo responde el señor Nicanor De Elía, espíritu fino y cerebro sólido: todos son optimistas, señala la revista.
La coincidencia de opiniones engloba a otros rosarinos "de pro" como Lisandro de la Torre, Thedy, Francisco Correa: Aquí no se tira el dinero, nos ha dicho uno de ellos: aquí se lo aprovecha; se lo guarda, se lo utiliza en la ampliación de los negocios. La nuestra es, hasta cierto punto, una provincia económica.Y siendo rica, ¡imagínese usted las fortunas que habrá!, remata Fray Mocho. Esta visión optimista de la burguesía encontraba a menudo un sólido apoyo en el periodismo, aunque muchas veces estuviera teñido de cierta dosis de humor.
Monos y Monadas, por ejemplo, ese mismo año, aprovecha su sec­ción "Monerías" para hablar de una presunta controversia por la com­paración entre Rosario y Buenos Aires. La nota no tiene desperdi­cios: Mira: ándate a la Metrópoli y no volvás a pisar estos pagos donde las piedras protestan de su pretendida superioridad. Aquí no nos falta nada de lo que hay allí; tenemos lindas mujeres, casas confortables, espléndidos tea­tros y un comercio robusto que nos surte de lo necesario y de lo superfino. Aquí todo el mundo trabaja y hay trabajo para todo el mundo: aquí no hay pobres ni vagos ni aventureros dudosos... Si en Buenos Aires tenéis una calle Florida también tenéis una Boca depósito de todas las inmundicias; si tenéis espectáculos teatrales, tenéis también atentados anarquistas; vuestras casas son iguales a las nuestras pero más caras.


Vuestro lujo, concluye la nota, supera en mucho al nuestro pero en  igualdad de condiciones y por exceso de competencia, de congestión profesional, la clase media trabajadora no puede, como aquí, equilibrar sus excesos cada vez más exiguos y sus gastos cada vez más desproporcionados. Conque vayase lo uno con lo otro y quédate en buena hora con vuestra lla­mante capital, que aquí vivimos muy tranquilos sin acordarnos de ella para nada. ¡Ah! Y cuando necesiten plata, no la busquéis allá, porque anda medio escaso el negocio; acordáte de las provincias, que son la única América que va quedando...
La orgullosa perorata de la revista revela de modo ejemplar la mentalidad de aquel sector socioeconómico dominante, que manejaba desde las importaciones y exportaciones a los usos y costumbres, que sentaba a sus hombres en el Concejo Deliberante, pero que no lograba, pese a todo, disimular cierto sentimiento de minusvalía respecto de la oligarquía porteña, y en especial del patriciado santafesino, capaz de manejar por sí solo el poder político provincial.
Fray Mocho, también ese año, intentaba tranquilizar cualquier incertidumbre cuando mencionaba: Hay ciudades sobre las que el público se forma juicios muy erróneos. Afirmar que el Rosario es una simple ciudad de comerciantes, una ciudad de gente de negocios, es por cierto un error. Pero a condición de agregar enseguida: es una ciudad moderna construida para vivir en paz. Tiene parajes, calles, paseos y edificios cuya belleza llama la atención del viajero. En efecto : Jules Huret, Clemenceau, Ferri, Rusiñol y cuanto via­jero ilustre ha estado en ella, tributaron siempre elogios elocuentes a la segunda capital de ¡a República.
Sin embargo, más allá del comprensible entusiasmo de los ricos comerciantes y empresarios a quienes la crisis no golpeaba, había algu­nos indicadores que mostraban que en otros estratos de la población la situación era preocupante, cuando no desesperante. Monos y Monadas destaca, por ejemplo: Si fuésemos a compulsar el estado económico del pueblo por el movimiento del Banco Municipal, sección Préstamos, el resul­tado sería de un pesimismo abrumador y dá idea clara de los apuros que la miseria hace pasar a los pobres de nuestra ciudad.
Aquel año, los depósitos de los salones del banco donde se alma­cenaban los objetos de todo tipo empeñados por gente que no tenía otra posibilidad de obtener algún dinero, desbordaban de utensilios diversos, visión que, opinaba la revista, deja en el visitante dolorosa impresión porque lo obliga a conocer interioridades que nunca se hubiera soñado. Un inventario ligero señala como empeñadas 600 máquinas de coser de todos los tamaños y sistemas, herramienta de trabajo esencial para muchas mujeres de condición humilde o de la clase media; 72 gra­mófonos; 1500 revólveres de diferentes clases y marcas; 250 mates antiguos de plata labrada; 200 máuser, remíngton, wínchester y cara­binas; ropa nueva y usada en grandes cantidades: un patético muestra­rio de las pobrezas rosarinas...
El Banco Municipal de Préstamos, remata la revista, cobra el dos y medio de interés mensual sobre los empeños, interés verdaderamente usurario que no condice con los fines á que ha sido creado: no es manera de ayudar al pobre esquilmándolo...
En mayo de 1912, un artículo aparecido en La Semana Universal, una revista porteña de las tantas que llegaban a Rosario, da cuenta de lo crítica que era la realidad cotidiana para los sectores de menores recursos en Buenos Aires, lo que valía asimismo para otras ciudades: En la metrópoli argentina no se conoce, felizmente, esa máxima calamidad que es el hambre. Sin embargo, el continuo encarecimiento de la vida, moti­vado en gran parte por la especulación, que enriquece a un número menor de personas y castiga despiadadamente a los humildes, que son mayoría, es una realidad. Mientras los artículos de primera necesidad aumentan de precio en ascensión incesante, los salarios no varían produciéndose el desequilibrio en los hogares humildes.
La publicación señala, sobre todo, la situación de los jornaleros y peones cuya incapacidad les obliga a vivir de su trabajo mecánico como un buey... Ganan 2 pesos diarios y estos son sus gastos: tranvía ida y vuelta 0.10; "cañonazo matutino" (vino, licor, grapa o ginebra) 0.10; toscanos 0.10; almuerzo al aire libre (medio kilo de uva 0.20; queso 0.20; nueces 0.15;pan 0.15 y "cañonazo vespertino" 0.10. Total 1 peso). Queda el otro peso para la familia: almuerzo, alquiler, ropa, etc. Solamente la pieza de alquiler vale 0.50 diarios...
Los rosarinos eran, por entonces, 224.292 hombres y mujeres diseminados en una ciudad que iba extendiéndose velozmente como una mancha, a medida que se iban consolidando nuevos barrios. Las exportaciones de granos a través de la Aduana local, ese año, llegaron ' los casi 350 millones de kilos, con unos 51 millones de trigo, más de 248 de maíz y 39 de lino.
 Mayo de 1913 iba a ser un mes de graves enfrentamientos del i vados de las protestas obreras, en un año en que se sucedería n tres intendentes: Infante, Paganini y Meyer. Las reivindicaciones exigidas esta vez por los tranviarios encontrarían pronta adhesión en otros gremios y la situación derivaría en once días de incertidumbre ciuda­dana, con escasez de carne y pan en una ciudad donde la falta de barrido y limpieza provocaba acumulación de basura en las esquinas céntricas tanto como en los barrios.
El 9 de mayo puede conocerse una opinión periodística que intenta bucear las razones de semejante movimiento. Fray Mocho sin­tetiza: Una huelga como las de antes. Por un lado, paro general, adheridos la mayor parte de los gremios por mero acto de solidaridad; por el otro lado, tre­nes corriendo cargados de tropas y los vehículos que circulaban por las calles, con un máuser a cada lado del conductor. Y por fin, los conscriptos cumpliendo sin asco la consigna, bajando a balazos a dos o tres y dejando seco a uno de ellos para siempre. Este es el aspecto crudo bajo el cual hemos visto la huelga que acaba de concluir en Rosario.
El mismo día de la nota llegan a la ciudad Juan B.Justo y Mario Bravo, portando y exhibiendo sus medallas de diputados nacionales para evitar un machetazo o el calabozo. Los dirigentes socialistas se alo­jan en el "Hotel Italia", hacen pública su adhesión a la huelga y con­curren al masivo mitin obrero en la Plaza Santa Rosa. En la esquina de Rioja y Corrientes, en esos días, los huelguistas se enfrentan a los "cosacos" de la policía montada mientras es incendiado un tranvía en Avda. Castellanos (hoy Alberdi) frente a los talleres del Central Argentino, y otro en Pueyrredón y Salta. Un modesto trabajador, Felipe Alejandro Raimondi, cae bajo las balas policiales.
El movimiento terminaría de la misma manera incierta en que comenzara. Algunos, como los periodistas de Fray Mocho, creyeron ver alguna intervención del Dr. Infante en la génesis del conflicto, teniendo en cuenta que sus nunca desmentidas ideas socialistas lo hacían pasible de semejante desconfianza. Quizá de todo el radicalismo para poner piedras en el camino de los liguistas, adueñados del Concejo Deliberante, se escribiría. Pero entre tanto, y de todas maneras, decía la revista, resalta por encima de todas las cosas el aspecto formidable de la huelga como levantamiento de los trabajadores y la revelación de la fuerza de la Federación Obrera Argentina.
Justo y Bravo asumen la representación de los tranviarios para gestionar un arreglo ante las empresas, mientras la Federación delibera. Sin embargo, dice la revista, la huelga concluye milagrosamente, como por mágico conjuro, y los tranviarios con sus reivindicaciones y los conscriptos con sus máusers, se quedan un poco estupefactos: ¿qué ha pasado aquí? Lo cierto es que la huelga llegó a su fin de esa manera abrupta y la ciudad reco­bró en pocos días la normalidad. La figura de Infante, sin embargo, había vuelto a ser noticia una vez más.
Ya sobre el inicio del año, a fines de enero, Fray Mocho, que había encontrado en Rosario abundante material para sus secciones dedi­cadas al interior del país, publicaba una larga nota sobre el todavía intendente, bajo el título de "Un hombre original", que reitera la visión irónica conque se analizaba la personalidad y los actos de aquel abo­gado español tan dinámico como emprendedor: Llega usted al Rosario. Baja en la estación. Si le ven a usted bata de repórter, dos o tres personas lo toman del guardapolvo. Usted cree que lo van a robar, pero no. "¿Trae usted alguna misión periodística?", le dicen. "Sí, señores." "Pues bien: debe ir inme­diatamente a la Intendencia Municipal. Pregunte usted por el intendente. Es el loco Infante. Se ha fundado un diario, "La Nota", para fustigarlo. Vale la pena que hable con él. Puede usted hacerle un estudio psiquiátrico. Es curiosísimo: dice y hace disparates. Tal vez lo eche de su oficina; quizás lo abrace, es el comienzo del reportaje.
El periodista porteño lo entrevista, en efecto, y lo interroga sobre su famosa propuesta de la Avenida Central, un proyecto que no por impracticable entonces dejaba de ser visionario acerca del posterior crecimiento de una ciudad que hoy demanda avenidas como aquéllas, imposibles de construir ahora. Infante le regala pla­nos, libros, mapas, datos, etc. El testimonio del cronista no deja de ser interesante: El Dr. Infante, que apellidan loco los rosarinos, no tiene gestos de tal. Deben estar equivocados. Hace las mismas locuras de Sarmiento pero no se llama Sarmiento. La historia del ramo de flores que lodos los días remata en la Intendencia a beneficio de los pobres, es uno de sus rasgos simpáticos...
Ahora, ha ideado algo maravilloso. Como posee poco personal para la limpieza de la ciudad, ha dividido el municipio en veinte partes, numeran dolos. Luego, en un globo de cristal, ha puesto otras tantas bolillas también numeradas. Todas las semanas sortea cuál ha de ser la zona de la ciudad que tenga la suerte de ser barrida, etc. Si en dos semanas la suerte favorece </ la misma sección, los vecinos están de parabienes; los demás sufren ataques di-locura, sigue la nota.
Por esos mismos días, Infante pide la renuncia del director de la Asistencia Pública, el prestigioso Dr. Abalos, ex propietario del "Sanatorio Palace" en el Bvard. Oroño, por presuntas omisiones admi­nistrativas de éste, relacionadas con un empleado de esa dependencia. El Dr. Infante no es de los que permiten echar raíces en los cargos. La renun­cia de Abalos fue aceptada sobre todo en vista de los términos en que estaba concebida. Lo que demuestra que con el Dr. Infante hay que andar muy dere­cho, o todavía le va a romper un hueso a alguno, dice Fray Mocho:
En medio de esos comentarios y ataques, el intendente tuvo tiempo para recibir a una delegación que despertaría la curiosidad casi antropológica de los rosarinos: una orquesta de indios tobas traídos desde el Chaco por un sacerdote, el padre Iturralde, para actuar en los actos del centenario del combate de San Lorenzo. La banda estaba cons­tituida por indios de las misiones franciscanas, que habían sido instrui­dos en el arte musical por los mismos padres y el profesor José Debona.
El 29 de enero al comentarse el acto aludido, La Capital consigna: los indios que la componen están uniformados y tocan admirablemente. Los aborígenes fueron alojados, en un gesto consciente o inconsciente­mente racista, en las instalaciones del Jardín Zoológico y tocaron en el Parque Independencia. El secretario de la Jefatura Política, el sensi­ble Jorge Raúl Rodríguez, fue mucho menos discriminatorio: agasajó con un almuerzo a la banda y a sus acompañantes, los franciscanos fray Benvenuto Giuliani, Bernardino Marconetto y Julio Pujol, quienes luego —como diría inefablemente Monos y Monadas— regresaron a su tropical país de la selva...
Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “decada infame”  Tomo II Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones.

martes, 7 de mayo de 2013

EL UMBRAL DE LOS “AÑOS LOCOS


Por. Rafael Ielpi
Tantas novedades del progreso como las que había asimilado la ciudad en la primera década y media del siglo XX produjeron sensibles cam­bios en el paisaje urbano, que se reflejarían, por ejemplo, en la licita­ción de las obras de pavimentación de la ciudad, en marzo de 1919 y el comienzo en junio de dichos trabajos en calles céntricas como Maipú, San Luis y Sarmiento.
Sin embargo, pese a semejantes primicias de cambio, no serían pocos los que se alborotarían en los primeros meses del año ante hechos como los estragos que provoca el tifus en Rosario y todas las ciuda­des importantes, exigiendo procedimientos preventivos contra la enfer­medad, mientras en junio la prensa comenta la alarma vecinal por el aumento de otro mal en aumento: la tuberculosis. El tema de la salud infantil, por su parte, comienza a ser tenido en cuenta seriamente si nos atenemos a noticias como la publicada en La Capital en agosto del mismo año, en la que bajo el título de "¡Madres, cuidad a vuestros hijos!" se informa que los fallecimientos de menores de un año en el Rosario superan las estadísticas de la mortalidad infantil en todas las ciudades civili­zadas. Mientras Nueva Zelanda, la más favorecida, acusa 51 fallecimientos por 1000 nacidos, Rosario denuncia 295.
También estrechamente vinculado al tema de la salud de la pobla­ción estaría por entonces el proyecto (de antigua data si se piensa que se originó con los fervores del Centenario de Mayo) de construcción del Hospital Nacional del Centenario, una de las obras magnas del esfuerzo rosarino, entre cuyos autores se encuentran los señores Ciro Echesortu, Ovidio Rodríguez, Cornelio Casablanca y otros, según consigna el mismo diario. A mediados de 1919 se inauguraría el edificio destinado a la Escuela de Medicina y el pabellón de cirugía, con asistencia del gobernador Lehmann, el acto protocolar de rigor y el discurso de Echesortu, que presidía por entonces la comisión directiva del hospital.
Entre tanto, otros sucesos permitían que los rosarinos se intere­saran por un progreso no menos visible: el de la actividad comercial. A comienzos de diciembre del año mencionado, la noticia de mayor relevancia es el remate de la céntrica esquina de Córdoba y Sarmiento, un terreno adquirido en 600 mil pesos moneda nacional por Hugo Barbarich, en representación de Roque Cassini, quien construirá allí el segundo emplazamiento de "Casa Cassini", una de las grandes tien­das rosarinas de los primeros años del siglo XX.
Cassini, sin embargo, no dejaba de ser cada tanto noticia perio­dística. La Capital había informado poco antes: El señor Roque Cassini, propietario de la conocida casa que lleva su nombre, nos dice en una atenta comunicación: "Tengo el gusto de informarle que ya se puede pasar en carruaje por la calle Rioja frente a Cassini pues esa casa está haciendo arreglar el ado­quinado, en estado deplorable, por su cuenta..."
Si de estados deplorables se hablaba, pocos superarían al de los jubi­lados de la provincia de Santa Fe, que en ese año 1919 llevaban ya trece meses sin cobrar sus haberes y sin perspectiva de recibir un centavo dados los resultados adversos de las gestiones gubernativas para conseguir dinero, apun­taba el diario. Sin embargo, las mayores zozobras en la ciudad ocurri­rían apenas comenzado el verano, en el mes de enero, con la reiteración del descontento obrero en distintos gremios, algunos de ellos habitua­dos, como el ferroviario, a exteriorizar de ese modo su búsqueda de rei­vindicaciones salariales o la demanda de mejores condiciones de trabajo.
Rosario había alcanzado a comienzos de 1919 una población de 243.709 habitantes cuando se inician las huelgas de los marítimos y ferroviarios, que abarcarían todo el país y que tendrían como hecho generador y relevante a las jornadas que, iniciadas sobre fines del año anterior, culminarían en una semana de triste pero necesaria recorda­ción: la "Semana Trágica", aunque los conflictos obreros se habían patentizado en realidad en una sucesión creciente de huelgas: 80 en 1916,138 en 1917,367 en 1919 y 206 en 1920.

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “decada infame”  Tomo II Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones

viernes, 3 de mayo de 2013

DE NUEVO LA MAFIA



Por Rafael Ielpi
Dos años antes, a mediados de abril de 1914, el secuestro de Antonio Bevacqua, un menor de 8 años, hijo de un carbonero, había indicado la persistencia de la estrategia de extorsión inaugurada por la "Mano negra" en los primeros años del siglo XX. Uno de los implicados en el hecho, como cabecilla de un grupo, sería Nicolás Ballestreri, alias "Bianco", un siciliano que hasta ese año contaba ya con un frondoso prontuario en el que constaban acusaciones por lesiones, violación de domicilio, secuestro, robo, etc., que nunca habían podido comprobarse como para condenarlo. El fue quien se llevó al niño con la excusa de un paseo en bicicleta y lo hizo trasladar por su hermano Antonio a las afueras de Rosario, mientras se pedía un rescate de 4000 pesos.
El reconocimiento de Antonio Ballestreri por parte de unos veci­nos y cierta chapucería de los secuestradores ayudó a la policía a desovillar la trama del secuestro (por el que no se llegó a pagar rescate alguno) y a la detención, un mes después, de los implicados en mayor o menor medida: Nicolás, Antonio y José Ballestreri y otros tres "paesanos":Vicente Mazzioro, Pedro Braccio y Vicente Spina. El procedimiento sirvió para tranquilizar a una opinión publica y a una prensa cada vez más preocupadas por la ineficiencia policial respecto a esa sucesión de hechos que nunca encontraban solución ni culpables ciertos. "Bianco", que consiguió fugarse a los pocos días de su deten­ción, iba a aparecer una década después implicado en otro de los muchos episodios protagonizados por la mafia en la ciudad.
Pero 1916 iba a resultar clave para esta temática vinculada estre­chamente a la ciudad, aunque no sea grata a muchos rosarinos. Es jus­tamente ese año cuando algunos hechos sacan a la luz el nombre de José Cuffaro, a quien se vincula con un hecho de singular resonancia entonces: el asalto, por una banda mañosa que lo contaba como jefe, a un tren de pasajeros del Central Argentino.
Un año antes, el 27 de octubre de 1915, Cuffaro había sido dete­nido por la policía junto a un grupo de sicilianos como él, en un sótano del Teatro Colón, del que era conserje, en una reunión mañosa en la que sin duda se tramaba si no un asalto otra acción que les generara réditos económicos. Entre la decena de asistentes, algunos apellidos como Curaba o Vinti, volverían a figurar en las primeras planas de los diarios quince años después; en esa ocasión, en cambio, nada se opuso a que siguieran todos libres, más allá de la constatación de la existen­cia de armas y de una especie de cueva que tenía toda la apariencia de los cubículos utilizados para mantener oculto a un secuestrado.
El 24 de mayo de 1916, el convoy N° 20, en viaje de Rosario a Retiro (portador de los fondos para el pago a los ferroviarios de dicha línea), fue detenido por los mafiosos a la altura de la localidad de Coronel Aguirre; luego de dominar al maquinista y al pasaleña, forzaron el vagón postal del tren apoderándose de los sacos de dinero y de las joyas y metálico del sorprendido pasaje. Una huida desordenada, que les pro­vocó la pérdida de parte de las sacas y redujo el considerable botín ini­cial a uno mucho más modesto (del cual Cuffaro se llevaría la parte del león), fue la culminación casi "chambona" de una operación estudiada largamente por la banda, en la que se había incluido a un conocedor como Pedro Alessi, que se había desempeñado como guarda del Central Argentino, y completaban Antonio Sciabica, (José Ansaldi, Esteban Curaba y Salvador Casalicchio.

 
No vinimos a Rosario para instalarnos en una casa sino en un con­ventillo enorme, donde había cerca de cien familias, una por habitación, un sitio infame en el barrio Refinería. Ahí vivía un italiano al que todos conocíamos sin conocer. Quiero decir que era un vendedor de lupini y de ricotta. El caso es que el siciliano iba con su canasto por la calle, anun­ciando a los gritos los lupini y la ricotta y diciendo cosas que nadie enten­día, versos populares sicilianos, y cantando canciones en dialecto, con un vozarrón fortísimo que se oía a un par de cuadras. Recoma varios barrios, cada día por las mismas calles: hacía un verdadero esfuerzo para ganarse la vida con sus ventas minúsculas. Todo el mundo lo conocía, pero nadie lo conocía, porque nadie sabía que su verdadero trabajo no era ése, tan sacrificado y de tan poco rendimiento, sino otro, más delicado y comple­tamente invisible: era el heraldo de la mafia. Cada día, en su invariable caminata, llegaba hasta la cárcel. Y pasaba por la acera de enfrente can­tando. Cantando lo que hubiese necesidad de cantar, en siciliano, para que lo oyeran los paisanos presos. Mensajes que le hacía llegar cualquier señor de apariencia normal que lo paraba para comprarle unos lupini y cambiaba con él dos o tres frases.
(Vázquez-Rial: Op. cit.)
Aquella acción fulminante y casi cinematográfica, que tuvo amplia repercusión en la prensa por el carácter pionero de este tipo de robos en la Argentina, marcó el ingreso de Cuffaro, a quien se conocía por su apodo de Peppo Budello, a la notoriedad periodística y sería suce­dida en los años posteriores por una serie de secuestros y asesinatos, mientras buena parte de la clase alta rosarina se debatía ante el temor de un posible secuestro o de una extorsión y no pocos sicilianos que habían conseguido hacer alguna fortuna sufrían ese tipo de delitos sin poder denunciarlos a la policía, un riesgo que ninguno quería asumir por las sanguinarias represalias posteriores.
Contemporáneo al asalto al tren pagador sería otro hecho, el secuestro el 15 de julio de 1916, de José Zapater, un muchacho de 21 años, hijo del cochero Miguel Zapater, auriga de uno de los cientos de coches de plaza que poblaban las calles de la ciudad, que daría un toque de real atención acerca del poder de la hasta entonces misteriosa organización. El cochero, propietario de otros tres vehículos del mismo tipo, recibió un pedido de rescate de 40.000 pesos que inician.1 uní larga y sangrienta odisea de 52 días, culminada con la liberación de su hijo. Antes de esa instancia, el 6 de septiembre, Zapater intentaría un inútil y suicida encuentro con los secuestradores, que para entonces habían tenido un contacto con la familia y habían reducido a 10.000 pesos el rescate.
La cita, acordada en la zona del actual Barrio Belgrano, sería modi ficada sobre la marcha por los mañosos, que exigieron al cochero el pago inmediato. Este les entregó 400 pesos, afirmando que era todo lo que había reunido y se enzarzó en una áspera discusión dirimida por último a tiros. ya que Zapater había decidido ir armado al encuentro, acompañado por su hijo Joaquín, menor de edad. Baleado en uní pierna, lo que pareció en principio una herida menor lo llevaría a la muerte pocos días después, adicionando al secuestro una nota sangrienta
Sucesivos procedimientos y el reconocimiento del coche di caballos en que se movilizaron los secuestradores hacia la cita, condujeron a la policía a la resolución del caso, luego de la liberación, sano y salvo, de José Zapater el 10 de septiembre. Es allí donde reaparece José Cuffaro, sindicado como el instigador y planificador del secuestro, y un grupo de mañosos (en el que se contaban partícipe. directos y cómplices en distinto grado) que incluía a intervinientes en el asalto al tren como Salvador Casaliccio, Antonio Sciabica, Juan Curaba y Luis Ansaldi junto a Antonio y Vicente Amato, Francisco Ulisano, Angel Terrazzino, José yVicente Nocera, Luis Curaba y Pedro Alessi. También fue arrestado Vicente Cuffaro, quien moriría en la < ál cel, por maltrato policial según algunos y por un ataque cardíaco según los forenses. La primera hipótesis no era casual si se tiene en cuenta los métodos utilizados para la obtención de confesiones o testimonios incriminatorios con los presos, de una perversidad a veces refinada \ otras de una brutalidad enfermiza.
Los dos hechos (el asalto al tren y el secuestro de Zapater) habían desatado una hasta entonces inusitada actividad policial, ordenada por el Jefe de Policía Néstor Noriega y comandada por los Jefes de Investigaciones José María Brignardello y Manuel Ludueña, el comísario Miguel Pinazojosé María Fernández, Néstor Cepeda, Serafín Camb íasso, Luis M. Cestola y Agustín Camelmo, este último asesinado tiempo después como consecuencia, se dice, de estos hechos. Las batidas dieron frutos rápidamente. El 16 de septiembre, un despreve­nido cónclave mafioso es sorprendido por un operativo en una casa de 9 de Julio al 2400; la reunión congregaba a peces grandes y chicos, como los nombrados, a los que se agregaron Esteban Curaba, Antonio Schianza, Antonio Schiaviglia y José Farruggia. A esa larga lista de detenidos no pudo sumarse a Cuffaro y Esteban Curaba, quie­nes alcanzaron a huir.
Aquel golpe de suerte permitiría la condena de algunos de los implicados en ambos episodios. Unos, al ser reconocidos por el maqui­nista y el pasaleña del tren asaltado y otros, por algunas infidencias relacionadas con el asesinato del cochero Zapater, especialmente las de Casalicchio y Sciabica, que dejando de lado el código de silencio y lealtad, no vacilaron en sindicar a Cuffaro como el jefe y a denunciar a otros implicados. La euforia policial, al creer desbaratada total­mente la mafia, parecía justificada, aunque los hechos ulteriores se encargaron de desmentir impiadosamente aquel infundado optimismo.
El fallo judicial llegaría recién en junio de 1922 condenando, de iodos los presuntamente implicados, a Casalicchio y Sciabica a cadena perpetua, a Luis Ansaldi a diez años de reclusión, a Juan Curaba y Pedro Alessi a ocho años y a seis a Angel Terrazzino y a Francisco Ulisano. A los hermanos Antonio y Vicente Amato se los absolvió.Tres meses antes, el 7 de marzo, caerían finalmente en manos de la policía, cerca de Rosario, Esteban Curaba y Cuffaro, aunque éste (una vez más) se abrió ( imino a la libertad fugándose al día siguiente.
Reaparecería en octubre de 1923 al presentarse ante un juez para responder por el asalto al tren, al que la justicia sumó el caso Zapater. Una vez más, las contradicciones intencionadas, el silencio, la recurrencia a la pérdida de la memoria sobre el pasado y el miedo a la "vendetta", terminaron por librar a Cuffaro de una larga reclusión, pero eliminando de allí en más su nombre de los sucesivos hechos protagonizados por la mafia. También reiteradas serían, entre 1916 y los primeros años de la década del 30, las noticias sobre otro mafioso Juan Avena, que ingresaría a la cronología del delito con su orgulloso alias de "Senza Pavura" y cuyo prontuario ostentaría en 1926 entradas por lesiones, hurto, extorsión y homicidio; esta última lo llevaría a la cárcel entre 1921 y 1924. Su nombre y sus acciones delictivas iban a tener actualidad hasta ya superada la década del 30, como se verá.
Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “decada infame”  Tomo II Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones

jueves, 2 de mayo de 2013

ENTRE YRIGOYEN Y LOLA MORA


Por Rafael Ielpi
Tanta sangre y extorsión no empañarían, sin embargo, un año después de los fastos del Centenario, un acontecimiento que tuvo el don de movilizar a una notable cantidad de rosarinos ganados por el carisma de uno de los grandes líderes políticos de la Argentina, que llegaba a la ciudad, como referente máximo de su partido, para conmemorar las revoluciones que la Unión Cívica Radical alentara (y protagonizara) en 1890,1893 y 1905.
Hipólito Yrigoyen arribó en agosto de 1911, a bordo del vapor "Londres", encabezando una nutrida delegación partidaria y su venida coincidió con un fuerte temporal de viento y lluvia que se prolongaría varios días. Monos y Monadas, que otorgó a la visita del "Peludo" una amplia cobertura periodística, haría una evaluación tan positiva como vivida de aquel día: A pesar del tiempo, del cambio brusco de la temperatura, la manifestación se celebró, y sin ánimo de alabanza, puede decirse que resultó imponente. Pocas, muy pocas manifestaciones se han realizado en estos últimos tiempos con éxito semejante. Casi aseguraríamos que ninguna, por las condiciones especialísimas en que se llevó a cabo. Después de veinte años de abstención, de vida reconcentrada, iba el radicalismo a probar sus músculos en una ciudad de tradiciones gloriosas para su historia.
En realidad, los actos habían promovido gran interés no sólo en Rosario sino en el resto del interior, sobre todo entre los correligionarios del caudillo de Balvanera, sobrino de Leandro Alem. Por eso, no extrañó la llegada a la ciudad de delegaciones provenientes de provincias cercanas como Entre Ríos y Buenos Aires, y de otras más alejadas como Corrientes, Mendoza y La Rioja. El 6 de agosto, los simpatizantes más jóvenes del partido habían realizado en el Cementerio San Salvador un homenaje a los caídos en las tres revoluciones, mientras que después del mediodía, siempre con mal tiempo, los dirigentes santafesinos se reunían en el puerto aguardando la llegada del "Londres" y su pasajero más ilustre.
Una multitud para esos tiempos se había congregado desde temprano en la Avenida Pellegrini y comenzó a movilizarse después de las 4 de la tarde, hora de llegada de Yrigoyen, para concentrarse en la Plaza 25 de Mayo, donde el líder radical se pondría al frente de la marcha que, por calle Córdoba, se encaminaría hacia la Plaza San Martín. Su nombre fue coreado con frenético entusiasmo; desde los balcones arrojábanle flores. Otra de las notas simpáticas —se lee en Monos y Monadas—, la constituyó la adhesión entusiasta de la mujer rosarina: aplaudió el paso de los manifestantes, cubriéndolos de flores. Sin embargo, la visita del luego presidente de la Nación, sería breve: a las 9 de la noche, el vapor zarpaba de regreso a Buenos Aires, con él a bordo.
El mes anterior, mientras tanto, la Municipalidad rosarina recibía, a través de su representante Camilo Aldao, 30 mil pesos que la Nación aportaba para la realización de una réplica de la estatua del
Libertador San Martín emplazada en Boulogne Sur-Mer, Francia, que estaría a cargo del francés Henri Emile Allourd. La misma, sería ubicada en la Plaza San Martín y se inauguraría el 21 de mayo de 1913. Dos años antes, en diciembre de 1911, otra estatua iba a despertar el interés y la adhesión de los rosarinos: el monumento a Sarmiento, descubierto el día 21 de ese mes, en la Plaza Santa Rosa.
El feriado provincial y municipal dispuesto por las autoridades posibilitó que el acto oficial tuviera una concurrencia nutrida que había dejado en el olvido la negativa sarmientina a que Rosario fuese capital de la República Argentina, en aras de recordar solamente su aporte a la educación pública. La llegada de Augusto Belín Sarmiento —nieto del autor de Facundo— y su familia, dio mayor trascenden­cia a la jornada, que incluiría los sones del Himno Nacional, el Himno a Sarmiento, la Marcha de San Lorenzo de rigor, y una caminata hasta el Palacio Municipal luego de la finalización de un acto poblado de escolares, señoras con sombreros de plumas y un palco decorado como correspondía a semejante monumento, realizado por el italiano Víctor del Pol.
Mucho más mundano pero no por ello menos atractivo para la gente sería otro hecho de los finales del año: la inauguración, el 30 de noviembre de 1911, de "Casa Cassini", a la que una profusa publicidad calificaba como una de las más grandes tiendas de la ciudad. El periodismo, por su parte, se ocupaba, entre acto y acto, de pedir que se morigeraran por la vía del dictado de algunas normas, ciertas costumbres que iban imponiéndose en las calles rosarinas. La Capital, por ejemplo, indicaba ese año refiriéndose al fútbol que entusiastas muchachos practica­ban en ellas: Se impone su absoluta prohibición. El diario pedía la erradicación de las calles de este deporte inglés de tanta difusión, por lo menos dentro de Avda. Pellegrini y Bvard. Oroño, y solicitaba de paso a la Intendencia y a la Jefatura Política, la aplicación de penas pecuniarias o arrestos.
Por los mismos días de la inauguración de la tienda de Cassini, en noviembre, Monos y Monadas publica la que, tal vez, sería la primera imagen fotográfica de un avión sobrevolando el Rosario. La foto muestra al frágil aeroplano pasando sobre la Catedral y la Plaza 25 de Mayo, ante una serie de personas absortas por el inesperado suceso. Fue una grata sorpresa para nosotros, decía la revista; sabedores de que un aeroplano iba a pasar por encima de la Iglesia Matriz, sobre las 8 a.m. del lunes anterior acudimos a la Plaza 25 de mayo y desde ella nuestro fotógrafo Richard Gaspary sorprendió el majestuoso cuelo del aparato, cuyo dueño dicen que es un caballero alemán que hace importantes trabajos de aeroestación en una estancia de nuestra provincia.
Sea como sea, aquella pequeña máquina voladora iba a quedar inmortalizada por la cámara de Gaspary, uno de los fotógrafos de los primeros años del siglo, que tendría a su cargo, como los hermanos Santiago y Vicente Pusso, como Carlos Boschetti, como José Riera, reflejar en perdurables imágenes el devenir de aquella ciudad poblada de inmigrantes como ellos, recostada sobre el río, cuyos paisajes ciudadanos quedaron de ese modo fijados para siempre en el papel.
Pero 1911 había comenzado, en realidad, con una noticia que interesó a todos los rosarinos: el comienzo formal de la relación entre la Municipalidad y la escultora Lola Mora, en aras de un proyecto que nunca tendría concreción integral pero que había comenzado un 27 de mayo de 1909 cuando la llamada Comisión Nacional del Centenario firma un contrato con la artista. El 27 de enero de 1911, Monos y Monadas da cuenta de una alentadora novedad: Se informa que la comisión municipal organizada para recaudar fondos para financiar el Monumento a la Bandera, ha comenzado su tarea con halagüeño éxito. La escultora Lola Mora de Hernández fue contratada para el modelado' de los bocetos y la presentación del anteproyecto de la obra. La artista lo hizo y fue contratada luego de algunas indicaciones que se le hicieron sobre el proyecto presentado.
Héctor A. Sebastianelli resumió certeramente los avatares de la frustrada empresa: La escultora finalizó su labor después de trabajar por quince años en Italia, enviando al país las principales piezas esculpidas en mármoles de Cañara. Paradojalmente, las esculturas estuvieron depositadas por años en la Aduana de Rosario, hasta que la Comisión Municipal constituida en junio de 1915 consiguió que el gobierno nacional las cediese a Rosario. Sin embargo, no prosiguieron los trabajos y recién en 1919 se formó un organismo que, a su vez, tampoco logró superar las dificultades que impedían la concreción del Monumento. En setiembre de 1923, una nueva comisión tomó posesión de las esculturas y un año más tarde dictaminó que "carecían de valor"...
El presidente Marcelo T. de Alvear, a pedido de dicha comisión, rescindió el contrato con Lola Mora el 20 de septiembre de 1925, atento al lapidario dictamen rubricado por el ingeniero Ramón Araya, quien afirmó que las obras de la escultora eran nada más que un puñado de piedras inconclusas, opinión con la que no discreparon los otros tres integrantes de la Comisión Pro Monumento a la Bandera, Alejandro M. Cañasco, Juan Álvarez y el ingeniero Luis Laporte, ninguno de los cuales (más allá de sus honrosos pergaminos) era artista plástico ni crítico de arte, por lo demás.
La escultora (a la que debe considerarse justicieramente como salteña ya que a esa provincia correspondía entonces el paraje de su nacimiento, la estancia "El Dátil", anteriormente conocida como "Las Moras", de propiedad de su padre Romualdo Mora, a dos kilómetros y medio de El Tala, departamento La Candelaria, hoy provincia de Tucumán, donde vería la luz el 17 de noviembre de 1866) fue ahijada, se afirma, del que luego sería presidente de la República, el tucu-mano Nicolás Avellaneda, formando parte ese dato de los muchos avatares y leyendas de una vida atravesada por episodios casi insólitos para su tiempo.
Sus comienzos artísticos en San Miguel de Tucumán en 1887, con un maestro italiano que se había radicado allí, Santiago Falcucci, denotan ya el talento de la joven artista, que con los 5 mil pesos abonados por el gobierno provincial por una colección de retratos de los mandatarios tucumanos, instala su primer atelier. Allí, señala Román Letjman, Lola comete la primera transgresión a una sociedad algo acarto­nada: esquiva el tejido de encaje y decide vivir gracias a las artes plásticas.
Su traslado a Buenos Aires, donde vive entre 1895 y 1897, le permite continuar su perfeccionamiento y ser incluida, a instancias de Bartolomé Mitre, en una delegación de becarios a Italia. Allí estudia y trabaja con un pintor conocido, Francesco Michetti, que valora su talento, y tiene luego una tempestuosa relación amorosa con Giulio Monteverde, que se convierte además en su maestro en el modelado y la escultura en mármol, yeso y bronce.
La suspensión de su beca la obliga a quedarse en Italia y a trabajar arduamente, vendiendo sus trabajos a veces a precio vil, hasta que la asunción de su antiguo amante, el general Julio A. Roca, otro tucumano, como presidente, le permite retomarla incluso en mejores condiciones. Alquila un "palazzo" en la Vía 20 de Settembre y luego otro en la Vía Dogall 3, y se convierte en una figura notoria de la vida cultural y social de la capital itálica, codeándose con la realeza tinto como con la bohemia artística.

Tres premios obtenidos en concursos internacionales, entre 1899 y 1900, la afirmarán en el brillante pero difícil camino que se había impuesto. En 1899, con el dibujo "Autorretrato",gana Medalla de Oro en París, que recibe en solemne acto a orillas del río Sena. En 1900, desde Tucumán, le encargan los bajorrelieves para la Casa de la Independencia y el Monumento a Alberdi. Sus trabajos cobran notoriedad en el Viejo Continente. Europa le abre sus puertas y la crítica le brinda cálidos elogios convirtiéndola en artista favorita de la Casa de Saboya, bajo la protección de la Reina Margarita de Italia. Artistas como el poeta Gabriel D'Annunzio, a quien enseñó a bailar tango, o el escultor Augusto Rodin, que alababa la belleza de sus ojos, visita­ban su taller, instalado en un palazzino de la Vía 20 de Setiembre, cerca de la fuente de Trevi.
(David Antonio Sorich: "Alguien para recordar", en revista Miradas, octubre-noviembre 1996, Salta)

Es en esa residencia romana de Vía Dogal, parte de la cual Lola transforma en su taller, donde bocetaría su legendaria Fuente de las Nereidas, su obra más famosa y la que le traería las mayores amarguras por las críticas de una sociedad porteña pacata e hipócrita, y por las polémicas que generara el emplazamiento del grupo escultórico, que no sería ubicado en la Plaza de Mayo, como se proyectara originalmente, ni en el Paseo de Julio sino en la Costanera Sur, ante el escándalo y las críticas de muchos, que alcanzarían tanto a Lola Mora como al intendente porteño Bullrich, que avaló su trabajo, inaugurado en mayo de 1902.

El 21 de mayo de 1902, a pocos metros de la Casa Rosada, se corrió el velo que cubría la Fuente de las Nereidas. Los tritones, exacta copia de los cuerpos desnudos del esgrimista Greco, el marqués de Sangiovanni y el hijo del embajador uruguayo en Italia (todos amigos conocidos por Lola cuando trabajaba en el palacio de la Vía Dogal 3), miraban con desparpajo a las enjutas mujeres y a los almidonados hombres que habían concurrido con polainas y galeras a la inauguración. La fuente era considerada una curiosidad por parte de los porteños y los domingos soleados los caminantes pasaban sus horas observando las elocuentes formas de la diosa Venus. Pero con el correr del tiempo, las Nereidas comenzaron a sufrir los desmanes. El calvario de la fuente había empezado. No sólo se la pintarrajeaba en las frías noches sino que un extraño murmullo —después fue un alarido— originado en las casas de la alta sociedad, predicaba que la controvertida obra no pertenecía a Lola Mora. La artista callaba y seguía trabajando...
(Román Letjman: "Lola Mora: la pasión que atravesó el mármol", en revista First, N° 16, enero de 1988)

Entre 1905 y 1915, algunos triunfos internacionales en importantes concursos llevan su prestigio a extremos poco menos que inimaginables para una artista en esa época. Lola esculpe, a instancias de Roca, varias obras para el nuevo edificio del Congreso Nacional (dos leones y una imagen de la Libertad, entre otras) y gana los certámenes para realizar los monumentos a la Bandera en Rosario y a Nicolás Avellaneda. Mientras tanto, en junio de 1909, su azarosa vida sentimental se remansa en el matrimonio con Luis Hernández, un funcionario del Congreso, que a su condición de hijo de un ex gobernador entrerriano, el doctor Saba Hernández, sumaba nada menos que otro parentesco envidiable: el de sobrino nieto del autor del Martín Fierro.

Fueron los mejores diez años de su existencia, donde el amor y el trabajo completaban sus horas. En 1915 el horizonte empieza a nublarse cuando un puñado de legisladores radicales, socialistas y conservadores califican a sus obras emplazadas en el Congreso de verdaderos adefesios. Detrás de la crítica se esconde la maniobra política. Es que el general Roca ya había muerto —y con él una forma de entender el conservadurismo— y los enemigos de siempre comenzaron a cazar a sus deudos. Todo el mundillo político conocía los lazos sentimentales que unieron a Lola con Roca y por ello se convirtió en un blanco perfecto. Las obras del Parlamento fueron sepultadas en un galpón municipal; la fuente fue trasladada a la inhóspita Costanera Sur y el Monumento a la Bandera —ya esculpido— es desmembrado y desperdigado por todo  Rosario. En 1917 se separa de su marido, en 1918 Las Nereidas comienzan a sufrir la acción disolvente del río y en 1921 los presidentes de la Cámara Baja y del Senado deciden exonerar a las estatuas y a los leones remitiéndolos al interior del país.
Letjman: Op. cit.)
Ya en la década del 20, sus sinsabores con el arte y la incomprensión vengativa del medio la llevan a aventuras diversas en procura de algún rédito económico: una propuesta de proyección diurna de cine al aire libre; una experiencia de explotación y comercialización de petróleo y metales nobles en la provincia de Salta. Ricardo Alonso señala la existencia de los socavones de exploración y los rudimenta­rios hornos fabricados por Lola Mora en las quebradas Cueva del Ne- gro y las Bateas, en su búsqueda del "oro negro".

También encaró la minería, buscando minas de oro en la Quebrada del Toro y en la Puna. La férrea dama, convencida de los recursos del sub­suelo salteño, exploró metales preciosos aguas arribas de la Quebrada del Toro, donde llegó con sus herramientas, su perro Bimbo, ovejero de raza" y tres peones de Rosario de Lerma: Nicanor, Julián y Miguel. Más tarde se internó en la desértica Puna, donde pidió cáteos en la localidad de Cores. Allí, ella sospechaba que podía encontrarse algo importante, ya que esas minas habían sido explotadas por los indígenas y luego por los conquis­tadores. El tiempo le dio la razón, puesto que hace un par de años, las per­foraciones de Fabricaciones Militares alumbraron un importante depósito metálico, cuyas reservas se estiman en varios millones de toneladas y su precio en varios millones de dólares.
(Ricardo N. Alonso: "El espíritu geológico de Lola Mora", en El Tribuno, Salta, 25 de enero de 1993)

Los años posteriores a 1927, cuando ya se encuentra al borde de la desnutrición, fueron de penurias e indiferencia de la sociedad hacia la artista. Sin recursos, con afecciones de salud, vuelve a radicarse en Buenos Aires y vive en casas de hermanas y sobrinos, en medio de la escasez. En 1933, se realiza una suscripción pública para ayudarla y en 1936, el Estado le otorga una pensión más simbólica que efectiva. Ese último año vuelve a convivir con Luis Hernández, tras diecinueve años de separación, pero pocos días más tarde, pobre y amargada muere la artista cuyas estatuas para el frustrado monumento rosarino encontra­ron por fin emplazamiento definitivo.

¡Ahí va la loca!, le gritan cuando Lola atraviesa los pastizales de la Costanera Sur para observar y tratar de cuidar su fuente. En el colmo de la desesperación, muerta de hambre, detiene a los transeúntes y les pide su paraguas: "Es para tapar a la fuente", dice en un lamento. Pocos sabían que la humedad del río y las filtraciones del agua habían empezado a destruir a los tritones y manchaban para siempre a la Diosa del Amor. Nadie le hace caso, todos los porteños esquivan su perdida mirada. El 30 de mayo de 1936 se reconcilia con su marido y una semana después, el 1 de junio, muere por inanición...
(Letjman: Op. cit.).

Fuente: Extraído de Libro Rosario del 900 a la “decada infame”  Tomo II Editado 2005 por la Editorial Homo Sapiens Ediciones