Escudo de la ciudad

Escudo de la ciudad
El escudo de Rosario fue diseñado por Eudosro Carrasco, autor junto a su hijo Gabriel, de los Anales" de la ciudad. La ordenanza municipal lleva fecha de 4 de mayo de 1862

MONUMENTO A BELGRANO

MONUMENTO A BELGRANO
Inagurado el 27 de Febrero de 2020 - en la Zona del Monumento

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viernes, 6 de agosto de 2021

Historia de las Facultades de la Universidad

 

EL            HOSPITAL NACIONAL DEL CENTENARIO, TRIBUTO DE LOS ROSARINOS

AL                              PRIMER SIGLO DE PATRIA SOBERANA

La Universidad Nacional del Litoral aún no había sido creada cuando el 15 de junio de 1919 se inauguraron públicamente las instalaciones de la Escuela de Medicina y el pabellón de Cirugía del Hospital del Centenario. Se trataba del ala construida sobre calle Santa Fe, frente a la avenida Francia.

su término Echesortu destacó que "el pueblo de Rosario", entendiendo al "patriotismo como verdadera virtud moral reguló el sentimiento de la patria por el de humanidad", y por eso había elegido festejar el primer centenario de la Revolución de Mayo con la construcción de un Hospital y una Escuela de Medicina.

La Universidad del Litoral crea en 1920 la Facultad de Ingeniería, Ciencias Matemáticas, Físico Químicas y Naturales aplicadas a la Industria. El 5 de septiembre de 1922, la Asamblea de Profesores propuso la creación de la Carrera de Arquitecto promoviendo el proyecto ideado por los arquitectos Angel Guido y Juan B. Durán, e impulsado por un grupo de alumnos de la Escuela Industrial que deseaban permanecer estudiando en la ciudad.

El 13 de junio de 1923, cuando el Consejo Directivo sancionó la Ordenanza de creación de la carrera, ésta se puso inmediatamente en funcionamiento con 43 inscriptos.

El Plan de Estudios aprobado resultó de carácter muy restringido por circunstancias presupuestarias y se planificó para cuatro años; incluso en la mayoría de las materias, los docentes se compartieron con los estudiantes de Ingeniería Civil.

En 1935, un nuevo Plan de Estudios extiende la duración de la carrera a 5 años; fijando criterios de enseñanza que perdurarían durante casi dos décadas.

Durante los primeros 30 años, la Escuela de Arquitectura se hizo merecedora de considerable prestigio y varios de sus alumnos obtuvieron el codiciado Premio Mitre. En 1949, la institución festejó sus 25 años entusiasmada por las gestiones que se encontraba realizando el Rector Angel Guido para convertirla en Facultad.

El quiebre institucional de 1955 estableció la oportunidad de modificar completamente la estructura vigente, tanto en lo institucional como en lo académico. Desde el Centro de Estudiantes y la Sociedad de Arquitectos de Rosario se realizaron gestiones diversas para la reorganización de la carrera.

El 20 de febrero de 1956, la Universidad designó como Delegado Organizador de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo al arquitecto Jorge Ferrari Hardoy; encargado de planificarla para un futuro independiente de la Facultad de Ciencias Matemáticas, Físico Químicas y Naturales Aplicadas a la Industria.

El 3 de abril de 1957 la Universidad aprobó el Plan de Estudios y Reglamento Orgánico de la ahora llamada Escuela de Arquitectura y Planeamiento, en donde se estableció su dependencia administrativa provisional de la Facultad y su relación directa con el Honorable Consejo de la Universidad, en el orden técnico docente; esto significó la autonomía académica.

La Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas tiene sus orígenes en la Escuela Provincial de Farmacia de la Universidad Provincial de Santa Fe, creada en 1911. 

La Universidad del Litoral crea en 1920 la Facultad de Ingeniería, Ciencias Matemáticas, Físico Químicas y Naturales aplicadas a la Industria. El 5 de septiembre de 1922, la Asamblea de Profesores propuso la creación de la Carrera de Arquitecto promoviendo el proyecto ideado por los arquitectos Angel Guido y Juan B. Durán, e impulsado por un grupo de alumnos de la Escuela Industrial que deseaban permanecer estudiando en la ciudad.

El 13 de junio de 1923, cuando el Consejo Directivo sancionó la Ordenanza de creación de la carrera, ésta se puso inmediatamente en funcionamiento con 43 inscriptos.

 El Plan de Estudios aprobado resultó de carácter muy restringido por circunstancias presupuestarias y se planificó para cuatro años; incluso en la mayoría de las materias, los docentes se compartieron con los estudiantes de Ingeniería Civil.

Durante los primeros 30 años, la Escuela de Arquitectura se hizo merecedora de considerable prestigio y varios de sus alumnos obtuvieron el codiciado Premio Mitre. En 1949, la institución festejó sus 25 años entusiasmada por las gestiones que se encontraba realizando el Rector Angel Guido para convertirla en Facultad.

El quiebre institucional de 1955 estableció la oportunidad de modificar completamente la estructura vigente, tanto en lo institucional como en lo académico. Desde el Centro de Estudiantes y la Sociedad de Arquitectos de Rosario se realizaron gestiones diversas para la reorganización de la carrera.

El 3 de abril de 1957 la Universidad aprobó el Plan de Estudios y Reglamento Orgánico de la ahora llamada Escuela de Arquitectura y Planeamiento, en donde se estableció su dependencia administrativa provisional de la Facultad y su relación directa con el Honorable Consejo de la Universidad, en el orden técnico docente; esto significó la autonomía académica. 

El 20 de febrero de 1956, la Universidad designó como Delegado Organizador de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo al arquitecto Jorge Ferrari Hardoy; encargado de planificarla para un futuro independiente de la Facultad de Ciencias Matemáticas, Físico Químicas y Naturales Aplicadas a la Industria.

  1. - Ciencias Jurídicas y Sociales – (Santa Fe)

  2. - Ciencias Médicas – (Rosario)

  3. - Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas – (Rosario)

  4. - Ciencias Matemáticas, Físicas y Naturales – (Rosario)

  5. - Agricultura, Ganadería e Industrias Afines – (Casilda)

La Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas se instalaría en la Escuela Superior de Comercio de Rosario sita en calle Bv. Oroño entre Mendoza y 3 de Febrero, cuyo terreno, edificio, instalaciones, gabinetes, muebles, biblioteca, etc. formarían parte del patrimonio de la Universidad Nacional de Santa Fe.

Las discusiones continuaron durante casi 2 meses, hasta que el 14 de agosto de 1919 el mismo Diputado Rodríguez junto al Dr. Luis Agote, presentan un proyecto que es aprobado en general por la Cámara, propiciando la creación de la Universidad Nacional de Santa Fe con las siguientes facultades:

 

  1. 􀂾Ciencias Jurídicas y Sociales (Santa Fe), sobre la base de la existente Facultad Provincial de Derecho, de Santa Fe;

  2. 􀂾Química Industrial y Agrícola (Santa Fe), sobre la base de la Escuela Industrial de la Nación, de Santa Fe;

  3. En 1935, un nuevo Plan de Estudios extiende la duración de la carrera a 5 años; fijando criterios de enseñanza que perdurarían durante casi dos décadas.

  4. 􀂾Ciencias Matemáticas, Físicas y Naturales (Rosario), sobre la base de la Escuela Industrial de la Nación de Rosario;

  5. 􀂾Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas (Rosario), sobre la base de la Escuela Superior de Comercio de Rosario;

  6. 􀂾Ciencias Económicas y Educacionales (Paraná), sobre la base de las Escuelas de la Nación;

  7. 􀂾Facultad de Agricultura, Ganadería e Industrias afines, con asiento en la ciudad de Corrientes.

El tema fue tratado en reuniones posteriores y, luego de algunas impugnaciones, el proyecto fue aprobado definitivamente el 27 de agosto con ligeras variantes entre la que se destaca el cambio de nombre de Universidad Nacional de Santa Fe por el de Universidad Nacional del Litoral. La ley nacional 10861, promulgada el 17 de octubre de 1919, es la que hace realidad el proyecto tan ansiado.

La Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas de Rosario comenzó a funcionar con una orientación técnica y humanista a la vez y con una estrecha relación con el contexto, a través de la implementación de actividades de extensión y de investigación y una postura definida de apertura hacia el medio.

Los planes y programas de estudio se adecuaron a las necesidades económicas y sociales del momento y fueron buenos para su época, adecuados a la realidad de ese momento presente y del futuro inmediato.

El primer plan de estudios, se puso en vigencia en 1920, expidiéndose los siguientes títulos:

  1. 􀂾Doctor en Ciencias económicas (5 años, 30 materias, 2 seminarios, 2 idiomas, tesis).

  2. 􀂾Licenciado para el Servicio diplomático (3 años, 15 materias, 1 seminario, 2 idiomas).

  3. 􀂾Licenciado para el Servicio consular (3 años, 13 materias, 1 idioma). Salvo la materia “Práctica notarial”, las doce restantes son comunes con las de la carrera de “Licenciado para el Servicio diplomático”.

  4. 􀂾Actuario (3 años, 11 materias, 1 seminario, 1 idioma).

  5. 􀂾Contador Público (3 años, 14 materias, 1 seminario o un proyecto de contabilidad privada o pública, 1 idioma)

  6. 􀂾Calígrafo público (2 años. 6 materias, 1 cuadro caligráfico, 1 informe pericial).

Luego se aprobaron nuevos planes, que fueron creando nuevas carreras y modificando otras, en los años 1927, 1929, 1953, 1957, 1963 y 1966. Se crea en 1920 como Facultad de Ciencias Matemáticas, Físico-Químicas y Naturales Aplicadas a la Industria siendo una de las tres facultades con sede en Rosario integrantes de la Universidad Nacional del Litoral. Esta Facultad se creó sobre la base de la Escuela Industrial de la Nación (1906), actualmente Instituto Politécnico Superior Libertador General San Martín (UNR). Tenía a su cargo la enseñanza técnica teórica y práctica, desde obrero hasta las distintas aplicaciones de entonces de la Ingeniería Civil (Mecánica, Hidráulica, Industrial, Electricista). La enseñanza completa comprendía cinco ciclos; correspondiendo los tres últimos al nivel de Enseñanza Superior. Por ese entonces se otorgaban los títulos de grado de Ingeniero Civil y de Agrimensor. A partir de 1923 comienza a dictarse la carrera de Arquitectura.

La Facultad comenzó a funcionar en el edificio sito en calle Córdoba 625 (actual Liceo Avellaneda). En noviembre de 1929 se inaugura el actual edificio histórico de la Sede Central de la Facultad, en Avda. Pellegrini 250. Su construcción comenzó en 1924, hacia 1934 se concluyó la sección talleres y sobre el final de la década del 30 se realizaron las últimas ampliaciones. En el año 1952 se dicta la Ordenanza municipal que fija el emplazamiento del futuro Centro Universitario (CUR), en terrenos pertenecientes a los ferrocarriles del estado. A partir de entonces y paulatinamente algunas escuelas, laboratorios e institutos de la facultad se fueron instalando en el CUR.

En 1934 se elabora un nuevo plan de estudios que estuvo vigente durante 20 años, dictándose las carreras de grado de Agrimensura, Arquitectura e Ingeniería Civil.

Las actividades de investigación desarrolladas desde un comienzo confluyen alrededor de 1939 en la creación del Instituto de Fisiografía y Geología y el Instituto de Matemática. Este último se inicia con objetivos como abrir la posibilidad a jóvenes estudiosos de familiarizarse con los resultados teóricos y aplicados de la matemática y participar en el desarrollo de los mismos. A partir de 1940 y durante casi 30 años fue su director el insigne matemático italiano Beppo Levi, quien contó como subdirector con el joven y brillante matemático español Luis Santaló. La acción de ambos dejó una impronta que se proyecta hasta nuestros días en la calidad y tradición académicas de nuestra casa.

En 1953 el Consejo Nacional Universitario definió cuatro grupos de terminalidades de Ingeniería: Civil, Mecánico Electricista (Electromecánica), Química y Geodésica. La Ingeniería Mecánica se agrupaba junto a la Ingeniería Electricista y la Ingeniería en Telecomunicaciones en la denominación general de Ingeniería Mecánico Electricista. En ese año se creó en esta Facultad la especialidad de Ingeniería Electromecánica, definiendo orientaciones en el sexto año de estudios. Éstas eran, las correspondientes al ingeniero electricista, ingeniero mecánico e ingeniero en telecomunicaciones.

Producto de un proceso previo de renovación académica, en 1960 se produce un radical cambio de plan de estudios: el renombrado plan 60, que continuará en vigencia hasta 1975 con algunas modificaciones en 1967. De cursado semestral con créditos y materias optativas, introduce las especialidades dentro de las carreras de ingeniería. Se crean las carreras de Ingeniería Mecánica e Ingeniería Electricista. Se cursan las carreras de grado de: Arquitectura, Ingeniero Geógrafo, Ingeniería Mecánica orientaciones Mecánica o Metalúrgica, Ingeniería Electricista orientaciones Electrotecnia o Electrónica e Ingeniería Civil orientaciones Construcciones, Vías de Comunicación e Hidráulica. Es una etapa de crecimiento de la Facultad en muchos aspectos que entre otros desembocará en 1967 en la creación de las Licenciaturas en Física y en Matemáticas. Se promueve la formación de posgrado en el exterior (Francia, Italia, Bélgica, USA, etc.) mediante un programa de becas para docentes..

Durante la década de 1960, hubo un notable crecimiento de las actividades de Investigación y Extensión al medio. Se crean laboratorios específicos y algunos de ellos comienzan directamente su actividad radicándose en los terrenos y dependencias del Centro Universitario Rosario (CUR). En 1959 se instalan allí el recién creado Laboratorio de Hidráulica y los Laboratorios de Electrónica. En ese año también se crea el Laboratorio de Suelos, que conjuntamente con otros Laboratorios relacionados con actividades de la Ingeniería Civil, se nuclearán en el Instituto de Mecánica Aplicada y Estructuras (IMAE) creado en 1962El IMAE se radicó definitivamente en el CUR en 1969 en un edificio propio. Respecto a su infraestructura, resulta de gran significación el patio de cargas, único en su tipo en la región, de 750 m2 de superficie. También se crearon por esos años, el Instituto de Diseño Industrial y el Laboratorio de Metrología Mecánica y Legal, este último de relevancia nacional.

En 1965 se crean la Escuela de Ingeniería Civil, la Escuela de Ingeniería Mecánica, la Escuela de Ingeniería Eléctrica y la Escuela de Agrimensura.

En 1967 se crean las carreras de Licenciatura en Física y Licenciatura en Matemática que además de la formación de grado promueven un paulatino aumento de la investigación científica en los aspectos teóricos y experimentales.

La carrera de Ciencia Política y Relaciones Internacionales (antes Diplomacia) tiene su origen en la Universidad Nacional del Litoral y fue creada mediante la sanción de la ley nacional Nº 10.861, promulgada el 17 de octubre de 1919.

Como carrera dependiente de la Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas, se cursaron las carreras de Doctor en Ciencias Económicas, Licenciado para el Servicio Consular, Licenciado para el Servicio Diplomático y Actuario.

El creador, líder intelectual y propulsor de la carrera durante su etapa inicial fue el Dr. Rafael Bielsa quién se desempeñó como Decano a partir del 19 de abril de 1927.

Ese mismo año fueron modificados los planes de estudio y se creó el Doctorado en Ciencias Políticas y el Doctorado en Diplomacia, también se dictó la licenciatura para el Servicio Consular.

La Facultad de Derecho registra su origen a mediados de los años 50. Más precisamente, en 1956 se dieron los primeros avances consistentes tendientes a la creación de un centro universitario para el estudio de las Ciencias Jurídicas en Rosario. Desde una perspectiva histórica, la creación de la Escuela de Derecho representa un acontecimiento de relevancia única en la memoria universitaria de Rosario. En la práctica, supuso la concreción real de una idea ampliamente respaldada por la Ciudad, cuyos antecedentes remiten, entre otros, al proyecto de Estanislao Zeballos, presentado en el Congreso a principios del Siglo XX y luego frustrado, proponiendo la creación en Rosario de una Facultad de Derecho y Ciencias Sociales dedicada especialmente al estudio de la legislación comparada y las cuestiones económicas y del trabajo. Esta iniciativa era parte de un proyecto mayor de creación de una Universidad Nacional del Rosario. Al respecto, cabe destacar que la argumentación sostenida por Zeballos refiere al crecimiento demográfico de la ciudad y a las reconocidas aptitudes rosarinas para el comercio, el progreso y la civilización. Estas consideraciones se traducían en efecto en el perfil de aquel proyecto, marcadamente enfocado hacia las necesidades de la vida argentina y el desarrollo de la civilización. Por sus fundamentos explicitados, queda claro que aquella iniciativa reflejaba fielmente el carácter de Rosario y sus ciudadanos. Además de otros proyectos de similares propósitos, la ciudad había ensayado anteriormente el dictado de estudios jurídicos en 1874, luego clausurados por decreto.

Volviendo al origen preciso del proceso de creación de la Facultad, cabe señalar que las primeras acciones iniciadas en 1956 estuvieron fuertemente vinculadas a la renovación de planes y métodos experimentada en la educación superior luego de 1955. Marcadamente críticas del sistema de cursado vigente en el período anterior, caracterizado por la debilidad de los vínculos efectivos entre los estudiantes y la institución, las nuevas posiciones ponían el énfasis en una mayor integración de los alumnos a los procesos académicos. En la práctica, esto se traducía en la necesidad de intensificar el cursado, avanzando hacia una mayor presencia de los estudiantes en la Facultad.

Considerando aquel contexto, cabe señalar que una importante proporción de los estudiantes de la UNL provenían de Rosario y el sur provincial. Esta realidad contribuyó a delinear las posiciones estudiantiles reformistas acerca de la problemática, orientando la acción en dirección a resolver los problemas de radicación en Santa Fe derivados de las nuevas concepciones sobre el cursado de las Carreras universitarias. Posiciones que fueron activamente sostenidas por los centros de estudiantes a través de asambleas, huelgas, campañas y otros medios. Estas acciones estaban claramente dirigidas a resolver el conflicto frente a las autoridades de la UNL.

Los propósitos centrales de la movilización estudiantil fueron ampliamente compartidos por fuerzas representativas de diversos sectores de la Ciudad de Rosario, las que aportaron apoyos importantes concretados en la formación de una comisión Pro-Escuela de Derecho, fuertemente apoyada además desde la prensa. El creciente consenso local alcanzado permitió avanzar firmemente hacia el objetivo trazado. En esta dirección, una importante medida tomada en aquel momento concretó la implementación local de “Cursos libres de Derecho” bajo el patrocinio e iniciativa del Colegio de Escribanos. Estos cursos estaban a cargo de profesores de reconocido prestigio en el campo de las Ciencias Jurídicas. Ante estos progresos, las negativas de las autoridades santafesinas fueron cediendo, lográndose la aceptación formal para la organización de cursos dictados en Rosario sobre varias materias, válidos para los respectivos exámenes. No obstante, estas actividades fueron luego suspendidas, poniendo en evidencia la naturaleza y la persistencia del conflicto existente.

Finalmente, la intensa actividad fundacional desplegada desde Rosario alcanzó su objetivo en Junio de 1959, logrando que la Asamblea Universitaria de la UNL aprobara la creación de una Escuela de Derecho, dependiente de la Facultad de Ciencias Económicas radicada en Rosario. De este proceso político, es interesante rescatar la naturaleza de los debates que enfrentaron a las posiciones encontradas. En este sentido, la discusión no eludió abordar cuestiones tales como la valoración social del abogado en el contexto de la época. De parte de los defensores de la creación de la Escuela, se rechazaban los cuestionamientos economicistas, insistiendo en el compromiso de valiosos profesores a título honorario (realidad que de alguna forma se proyecta hasta la Facultad de hoy, en las modalidades propias de la actualidad), manifestando además que la distancia provocaba una negativa distorsión en la relación entre profesores y alumnos. Tampoco estas posiciones dejaban de lado las limitaciones que la distancia imponía a las posibilidades de estudio de los alumnos de escasos recursos.

La nueva Escuela de Derecho inició entonces sus actividades en 1960, habilitando los dos primeros años para las asignaturas del plan de estudios. En dos etapas siguientes se avanzó en la puesta en marcha de los años intermedios, hasta completar totalmente la estructura del plan de estudios. Unos años después, en 1967, por Resolución de la Secretaría de Estado de Cultura y Educación, la Escuela se transforma en Facultad de Derecho.

En lo referido a su emplazamiento, en 1964 la Provincia de Santa Fe cedió a la Escuela el uso del edificio del antiguo Palacio de Justicia, obra reconocida en la Ciudad por su valor arquitectónico. Esta sede, construida originariamente por iniciativa del catalán Juan Canals, fue ocupada por el Poder Judicial aún antes de finalizadas las obras, en 1892. Deteriorado por el paso del tiempo y las consecuencias de intervenciones irracionales, desde mediados de los años 80´ se promueven acciones de revalorización patrimonial impulsadas desde la Facultad y la Universidad, interactuando con las administraciones provincial y municipal. Cabe señalar que luego de la cesión por parte de la Provincia, la Escuela de Derecho compartió en aquella época el uso del edificio con otras instituciones.

El 9 de agosto de 1947, en el Salón de Actos de la Facultad de Ciencias Exactas se inauguró la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional del Litoral. La facultad comenzó a funcionar a partir del 5 de junio de 1948, en el recinto del Colegio Nacional Nº1.

El 29 de diciembre de 1951, el Consejo Superior decide la compra del actual edificio, en el que funcionaba el Colegio de la Santa Unión de los Sagrados Corazones.

Cambió de nombre varias veces: Facultad de Filosofía y Letras, Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias del Hombre, Facultad de Filosofía y desde el 15 de junio de 1979 Facultad de Humanidades y Artes.

La carrera de formación de Psicólogos fue creada el 6 de abril de 1955 por el Consejo Superior de la Universidad Nacional del Litoral de la que formaba parte como Facultad de Filosofía y Letras y Ciencias de la Educación. En 1953, en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, se organizó la Carrera Menor de Auxiliares de Psicotecnia. Era una carrera de corta duración, abarcaba tres años, y estaba dirigida a los egresados de las escuelas normales; el objetivo más importante fue el de brindar a los docentes una especialización en las aplicaciones de la Psicología para conocer científicamente al alumno y mejorar la eficacia del acto educativo.

A tono con el prestigio que la Psicología renovaba en casi todos los países de América y por la funcionalidad de sus aplicaciones con los intereses del “Estado de Bienestar”; el primer peronismo alentó oficialmente la difusión de la disciplina como así también su organización académica al más alto nivel. En este contexto, el Ministerio de Educación conjuntamente con la Universidad Nacional de Tucumán organizaron, en el mes de marzo de 1954, el Primer Congreso Argentino de Psicología. La trascendencia de este evento, además de constituir un cuadro de situación del estado de la Psicología Argentina, radica en que recomendaba especialmente la organización, en las distintas Universidades Nacionales, de carreras superiores de Psicología.

Tan solo dos meses después del Primer Congreso, en mayo de 1954, se creó el Instituto de Psicología de cuyas funciones académicas y objetivos nos interesa subrayar el que propiciaba la creación de la carrera de Psicólogo con sus diversas especializaciones. Sobre la base del éxito de matrícula de la “Carrera Menor de Psicotecnia” y el aval del Primer Congreso; el Instituto de Psicología gestionó ante la Universidad Nacional del Litoral la organización de la carrera, lo que se consiguió en abril de 1955. La currícula contemplaba un cursado en cuatro años para acceder al título de “Psicólogo” y un postítulo de “Doctor” con la aprobación de la tesis. Esta primera carrera argentina de Psicólogo apuntaba a la formación de un egresado que ejerciera su saber en todas las áreas de aplicación de la Psicología; vale decir que la impronta profesional dada al título habilitaba a un nuevo agente con incumbencias para el tratamiento del conflicto y la promoción del bienestar en todos los niveles de la vida en sociedad: la Educación; la Salud; el Trabajo; la Justicia; etc. Si se compara con lo que la Comunidad Europea ha impuesto recientemente en materia de carreras universitarias se puede decir, sin falsa modestia, que aquel Plan del ´55 fue verdaderamente de avanzada. Basta con leerlo detenidamente. Las carreras de grado son ahora, en el ámbito europeo, de cuatro años, con planes muy flexibles y fuertes postgrados.

Como consecuencia de los cambios políticos producidos en septiembre de 1955; entre ellos, la intervención a las Universidades Nacionales y el recambio de la mayor parte de los docentes, la carrera de Psicólogo fue refundada en enero de 1956; siempre en el ámbito de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación. Nuevos docentes imprimieron una nueva orientación académica que se refleja en la estructura y contenido del plan de estudios queahora estipulaba un cursado de cinco años y preveía tres niveles de título: “Auxiliar de Psicología” al aprobar el tercer año; “Psicólogo” al aprobar el cuarto y “Doctor en Psicología” al aprobar el quinto año más la tesis. No obstante las grandes diferencias, ideológicas y académicas, con el modelo de carrera de 1955, se mantuvo algo esencial: la habilitación profesional del título del grado.

La carrera de Psicólogo tal como se la organizó en 1956, con alguna modificación en 1958/9, se mantuvo en pleno funcionamiento hasta el golpe militar de 1966. La dictadura intervino las Universidades; provocó la renuncia de numerosos docentes e instaló una concepción autoritaria y dogmática que en lo ateniente a nuestra carrera se materializó con la represión de la libre expresión de las ideas; la restricción del ingreso y la expresa prohibición -en 1968- a los Psicólogos del ejercicio de la Psicoterapia, con lo cual se limitó la incumbencia profesional del título. También fue suprimida la posibilidad del doctorado específico en Psicología tal como venía dándose en los primeros planes; reemplazándoselo por un curso de postitulación común a toda la Universidad. Durante la administración de los funcionarios de la intervención militar pocos fueron los cambios favorables para las carreras de Psicología del país; en el caso de la carrera de Rosario, el único a consignar, que en verdad no modificó las restricciones que afectaban tanto a la carrera como a la profesión, fue la disposición, en 1971, de que la carrera de Psicología se cursara en la Escuela Superior de Psicología y Ciencias de la Educación, nueva instancia académica independiente de la Facultad de Filosofía y Letras. En el período 1973/76, durante el tiempo que duró la democracia, se impulsaron grandes reformas sobre todo en el contenido de las materias y en la composición del cuadro docente; pero la inestabilidad política de esos años, que se expresaba con toda su fuerza en la vida universitaria, determinó que no se pudieran consolidar en cambios efectivos en la estructura de la carrera. El nuevo golpe militar de 1976, justificado en la nefasta doctrina de la seguridad nacional, llevó a extremos inimaginables la maquinaria represiva del Estado; entre sus atropellos menores debemos notar la suspensión del ingreso a la carrera; la anulación del estatuto de “Escuela Superior”; la expulsión de la mayoría de los docentes; la prohibición de autores clásicos de la Psicología, por ejemplo S. Freud y J. Piaget, porque propiciaban un pensamiento dialéctico y por lo tanto subversivo.La cursada completa, con los exámenes de las respectivas asignaturas finales, se completó en el turno de diciembre de 1959. No obstante, los títulos se expidieron entre 1960 y 1961 a causa de que los profesores responsables de los Internados (Pediátrico, Psiquiátrico y otros) demoraron mucho tiempo en comunicar la aprobación de los mismos. Aprobación que, por lo demás, se obtenía sin examen final. Los internados eran equivalentes, poco más o menos, a la actual Residencia Clínica. Como es comprensible, no hubo Internado Educacional. Cerrando esta página testimonial se plantean dos cosas más. La primera, que Diomira Carrara y Ovide Menin son los últimos supérstites académicamente activos en la Universidad. De los restantes, cinco nos han dejado definitivamente. Otros, increíblemente, siguen ejerciendo la profesión de manera liberal. Fuente: Anónima

jueves, 5 de agosto de 2021

Delegación local de la Cruz Roja

 


De 1893: Nació la delegación local de la Cruz Roja
Bajo una lluvia de balas tuvo su bautismo de fuego la Cruz Roja de Rosario, cuando sus voluntarios acudieron al auxilio de los heridos durante los combates que enfrentaron por las armas a radicales y gubernistas en la revolución que dejó como saldo más de un centenar de muertos y 250 heridos. La idea de crear el comité surgió entre los señores Zenón Pereyra y Guillermo Van Oppen, comentando los trágicos sucesos revolucionarios del 90. La reunión constitutiva tuvo lugar el 1º de agosto de 1893 en la Logia Unión, de la Masonería y uno de los primeros actos fue organizar una colecta de fondos para socorrer a las víctimas de los enfrentamientos. La Cruz Roja había sido concebida por el ginebrino Henri Dunant al ver los heridos de la batalla de Solferino, Italia del Norte, el 24 de junio de 1859.

Fuente Anónima


miércoles, 4 de agosto de 2021

La ciudad y su pastor - Cañada de Gomez: ¿ Otra vez la Iglesia lejos ?



Por Osvaldo Agüirre

Ni siquiera los historiadores de la todavía tambaleante Confederación Argentina —acostumbrados al recuerdo del gobierno rosista y un poco más atrás, a las batallas individuales del caudillaje provinciano— pensaron nunca que un precio de sangre sin precedentes iba a ser exigido a los hijos de la patria. No lo pensaba tampoco Benjamín Virasoro, jefe de las deshilachadas huestes de la Confederación que huían después de la derrota de Pavón, ni ninguno de sus desesperanzados soldados, hechos a la vigilia, la violencia y el sacrificio. Pero lo cierto es que la noche del 21 de noviembre de 1861, las tropas nacionales acamparon, rendidas, en las praderas de la Cañada de Gómez, dispuestas a esperar el amanecer y el nuevo rumbo hacia la metrópoli porteña. La madrugada les trajo, en cambio, una de las comunes por desgracia en nuestras guerras —decía en carta el gobernador de Buenos Aires, Manuel Ocampo—, que después de conocer los resultados aterroriza al vencedor, cuando éste no es de la escuela del terrorismo. Esto es lo que le pasa al general Flores y es por ello que no quiere decir detalladamente lo que ha pasado. Hay más de 300 muertos y como 150 prisioneros, mientras que por nuestra parte, sólo hemos tenido dos muertos y cinco heridos...'

No menos interés en olvidar esa página negra pusieron el general traductor e historiador Bartolomé Mitre, vencedor de Urquiza en Pavón, y el propio gobernador Ocampo. En el caso de Mitre, el afán de sepultar el infausto suceso fue efectivamente posible: ni siquiera llegó a ingresar en los polvorientos y olvidados documentos del "Archivo del general Bartolomé Mitre".

Recién en 1922, Cañada de Gómez volvió a ocupar la atención y el interés de los argentinos, cuando el gobernador de Santa Fe rubrica el decreto que la convierte en ciudad, e instala en la intendencia municipal al doctor Ricardo Andino. Cuarenta y siete años fueron necesarios después para que la ciudad regresara a la primera plana de las publicaciones y la curiosidad del país y, en muchos casos, de toda América. No fue, empero, por un potencial económico e industrial que la convirtió después de Rosario, en uno de los centros urbanos más progresistas del sur santafecinos, ni por la habitual tradición de trabajo y dedicación que caracterizó siempre a los hombres de la pampa gringa. La conmoción tenía, esta vez, bases diferentes y difíciles, pero no estuvo exenta —como parece ser la costumbre— de violencias y represiones. Aunque contó, en una proporción impensada para los promotores del conflicto, con un fervor popular que excedía los limites de lo previsto y hace reflexionar seriamente acerca de las causas, desarrollo y perspectivas del "caso Cañada de Gómez".

La historia para ser contada Seguramente cuando el padre Armando Amirati llegó a ocupar su nueva parroquia, hace casi siete años, encontró la misma ciudad que enfrenta el turista ciudadano: tal vez menos antenas de televisión que las que pueblan ahora el cielo cañadense, acaso unos pocos edificios que entonces no abandonaba el mero estado de proyectos. Las muchachas y muchachos recorriendo en bicicletas casi toda la ciudad —la ausencia de ómnibus explica perfectamente el espectáculo—; las casas de ladrillos vistos y envejecidos por el tiempo, uniformizando muchas de las cuadras, los ruidosos altoparlantes viajeros, montados en automóviles que recorren incansablemente el centro y los barrios, ofreciendo una publicidad pueblerina y ensordecedora: la gente caminando por Lavalle, San Martín, Ocampo: todo eso era igual entonces. Como eran iguales el movimiento industrial, la urgencia del comercio, la permanente corriente agropecuaria. Pero el cambio más notable, después de esos siete años, estaba en los propios cañadenses.

Y no era fruto de la casualidad: durante los años de su ministerio en la ciudad, el padre Amirati —un afable conversador, con cabellos blancos pugnando victoriosos en su cabeza, de gestos moderados y sencillos— empezó a desvirtuar la imagen tradicional que los cañadenses se habían hecho del pastor de sus almas: desaparecieron las barreras invisibles entre la Iglesia y sus fieles, se estableció un puente de comunicación que iba a acrecentarse con el tiempo, logrando que toda una comunidad tomara en cuenta la importancia de una iglesia que les pertenecía y a la que ellos no eran de ningún modo ajenos. La laboriosa gestión del párroco se vio frustrada, al parecer irremediablemente, en marzo de 1969: los sucesos que culminaron con la renuncia masiva de 27 sacerdotes, entre los que se contaba el padre Amirati, desencadenaron el conflicto más grave soportado por la Iglesia argentina en los últimos años y produjeron la separación del párroco de su comunidad. Los sucesivos intentos del obispo rosarino, monseñor Bolatti, por suplantar al padre Amirati con ministros adictos a su conducción pastoral, tuvieron distintos resultados: ninguno de ellos fue, sin embargo, victorioso para la jerarquía superior.

Ni el padre capuchino Román de Montevideo, ni monseñor Benito Rodríguez, actual párroco, lograron otra cosa que la indiferencia y la respuesta negativa de toda Cañada de Gómez. La respuesta de la jerarquía rosarina —confiada a las manos expertas de la policía de Rosario— fue tan contundente como inesperada. De nuevo la ciudad pasaba a ser una ciudad castigada por la vigilancia, de nuevo la violencia venía desde fuera de ella y otra vez la sangre de los cañadenses corrió por las calles, abonando la defensa de una causa que sigue creyendo justa.

Los Últimos hechos relacionados con la crisis de Cañada de Gómez estuvieron también en boca de todo el país: el 4 de agosto, al iniciarse las reuniones del Episcopado Argentino presididas por el cardenal Caggiano, se advirtió claramente que se intensificaban las consultas para buscar solución al problema planteado al obispo rosarino. Los propios cañadenses decidieron, sin embargo, romper el fuego en la misma reunión: una comisión de laicos de la ciudad se presentó espontáneamente ante el cardenal Caggiano, entregándole un memorial condenatorio: "Coacciona a la feligresía —uno y por el movimiento laico de Cañada de Gómez el otro, mostraban poco después la indignación causada por las declaraciones infundadas contra los disidentes, que no sólo tenían el carácter de claras ofensas sino que tendían a confundir a la opinión publica. "Todos los medios son utilizados —decía uno de los comunicados— por parte de los grupos que apoyan al obispo para efectivizar la persecución, interviene la SIDE, se organiza el seguimiento de personas, se intervienen algunos teléfonos, se distribuyen a los diarios noticias falsas, se consienten publicaciones gravemente injuriosas como las de Macabeos Siglo XXy el Movimiento Nacional de Juventudes Anticomunistas, Todos los sacerdotes renunciantes son fieles a la Iglesia y no se han separado en ningún momento de ella".

El padre Amirati, entre tanto, continuaba recibiendo en la ciudad que había contribuido a unificar las muestras de una adhesión masiva sin precedentes. Desde el cuarto de la clínica donde se encontraba convaleciendo primero, y viviendo después, su ministerio era ejercido sin pausas, ante la incesante llegada de mujeres, hombres y jóvenes deseosos de testimoniarle un afecto y un respeto que no habían podido quebrantar ni los gases de la policía rosarina ni las amenazas de los acólitos del obispo Bolatti.

Su conductor, el increíble Dragani, quienes con estandartes rojos en ristre, vocearon en la calle Córdoba publicaciones destinadas a esclarecer la opinión ante la infiltración roja en las seculares filas de la Iglesia. Dos comunicados, aparecidos en La Capital del 14 de agosto, firmados por un grupo de sacerdotes renunciantes La campaña de descrédito y confusionismo, alentada por la jerarquía superior, tuvo su grado más alto con la presencia en Rosario de las huestes de la triste FAEDA y
Las voces de sus hijos BOOM recorrió intensamente la ciudad convulsionada para requerir la opinión de los cañadenses sobre el problema de su párroco. Sin distinción de niveles, ideologías y capacidades, todos coincidieron en otorgar a la situación el carácter de una verdadera conmoción comunitaria, capaz de remover la tradicional apatía de la ciudad sureña. 'El problema no es nuevo, —expresó Goritzia Picciniril, regenta de la Escuela Normal— ya que se venía gestando a raíz del Congreso de Medellín, por intermedio de aquellos sacerdotes que solicitaban una reforma de las estructuras anacrónicas de la Iglesia". Sus opiniones están avaladas por un profundo conocimiento de la peculiar situación atravesada por el clero americano: "La doctrina debe estar respaldada por la acción de los sacerdotes —proclamó— y responder a las exigencias de una sociedad acosada por una serie de problemas socioeconómicos". Cuando se le requiere su visión del párroco renunciante, es terminante y precisa: 'El padre Amirati siempre tuvo una conducta humilde, silenciosa, sin aparatosidad. Pero lo importante es que cambió la imagen tradicional del sacerdote: llevó mucha gente a la iglesia, gente que había dejado de hacerlo hacía tiempo y se sentía identificada con él. Yo misma - confesó a BOOM— no soy una católica militante, aunque mi madre lo es, y he descubierto de nuevo muchas cosas en la fe, gracias a mi labor pastoral". Su crítica a la estrategia de la jerarquía superior, parece resumir, además, el pensamiento de toda la ciudad: "Las jerarquías del clero deben rever la medida, ya que es toda una población la que ha encarado el problema. Nunca —aseguró— Cañada de Gómez había encontrado un punto de coincidencia como éste".

Los disturbios producidos por la represión policial y la repulsa popular, tanto al padre Román de Montevideo como a monseñor Benito Rodríguez, son explicados sinceramente: "La ciudad estaba muy motivada: no tenía nada contra los dos sacerdotes, pero encontraron de pronto que jugaban factores emocionales difíciles de controlar. Lo esencial —reclamó— es dejar en claro que Cañada de Gómez fienel una posición sincera para quien demostró una gran sensibilidad. Dicen —apuntó— que no controla el tipo de ayuda, que da siempre a todo el mundo. Creo sin embargo que eso es ser verdaderamente un pastor de almas, aunque aquí defendemos una línea pastoral dentro de la iglesia, que creemos la auténticamente válida y no la de un hombre en particular". Las apasionadas palabras de la regenta del Colegio Normal no son, sin embargo, exageradas: todos los cañadenses reconocen con unanimidad los méritos de la obra pastoral del padre Amirati. La fundación de un ateneo, dependiente de la parroquia, eliminó prácticamente las patotas de muchachones que convulsionaban el centro de la ciudad. Los jóvenes se empezaron a reunir poco a poco en la iglesia y entraron a formar parte activa de la comunidad, ayudando al párroco en su tarea, que incluyó hasta la construcción de dos casas, en el llamado barrio Juan XXIII, primera etapa de un interrumpido proyecto de levantamiento de 20 viviendas para los más necesitados.

"El hecho de que la gente haya asumido su derecho a hacerse oír, a alzar la voz por lo que consideraba justo, es en sí un hecho muy importante, aunque esto termine aquí", fue el resumen de Elda Raquel Martínez (directora de curso y profesora en la Escuela Normal). Para ella, tampoco son desconocidos los aspectos caritativos de la labor pastoral del párroco ausente: "Desde el barrio Sur, donde vivo —contó a BOOM— se puede comprobar la ayuda del padre Amirati a la gente. Aunque ésta es humilde y no entienda otros aspectos del devenir actual, ya sean ideológicos, económicos o políticos, ve lo concreto de la obra. El padre Amirati, como persona, ha conseguido conquistarlos. Por eso lo respeto —adelantó seriamente—, como valor humano. Además —reconoce—, Cañada de Gómez sabe ahora de los problemas de la Iglesia argentina gracias al padre Amirati". Elda insiste, asimismo, en la coincidencia total alrededor del pastor renunciante: “ El apoyo es masivo: están a su lado gentes de todas las edades : obreros, comerciantes, profesionales'.

La vivencia real del apoyo proclamado, la tuvo la ciudad cuando sus fuerzas vivas decidieron un paro general de actividades en solidaridad con Amirati: Ese día me la pasé a galletitas y Coca-Cola —contó un viajante que recorre habitualmente la zona—: fo había un solo comercio abierto en toda Cañada de Gómez". Ernesto Mazolo, propietario del restaurante El bigote, en calle Lavalle al 1200, resume así la opinión de su sector: "Yo conozco la obra del padre, desde que llegó a la ciudad. Ha hecho mucho por Cañada y creo que el 99 por ciento de la población desea que permanezca entre nosotros, como antes. Lo peor que se pudo haber hecho —denunció enérgicamente— fue la represión policial: yo no recuerdo, desde que tengo uso de razón, algo semejante, un atentado tan alevoso contra el pueblo". La opinión de la ciudad sobre el flamante reemplazante del padre Amirati, es contundente: "A monseñor Benito Rodríguez, —confesó Mazolo— el pueblo lo ignora olímpicamente".

La compulsa popular continúa: todos quieren manifestar su pensamiento sobre el conflicto, Víctor Zacheto (40, cómerciante, casado) es lacónicamente preciso: "Creo que el padre está bien inspirado yque sigile una línea popular que debe ser la línea de la verdadera Iglesia". Para Juan José Lorandi (30, diariero en la escuela de Lavalle y San Martín), en cambio, los hechos concretos pesan mucho en el problema del padre .Amirati: "Supo congeniar con el pueblo, sobre todo con las clases más necesitadas —manifestó—: ¿Qué le puedo decir? Que si tiene que quedarse sin frazada él y morir de frío para brindársela a un pobre, se la da sin pensarlo dos veces. Por eso estoy abiertamente con él".

Otras voces, otros ámbitos Mucho menos fácil resultó, en cambio, la comunicación con el actual párroco cañadense, monseñor Benito Rodríguez. "Yo no recibo a periodistas: solamente atendí hace un tiempo a los del diario local", afirmó monseñor Rodríguez a BOOM, cuando se intentó el diálogo con él. Sin otra explicación, la casa parroquial se cerró a la charla y todos los intentos posteriores sufrieron la misma suerte del primero: igual respuesta negativa e imposibilidad de conversar sobre ningún tema.

La afirmación del párroco repudiado era exacta: Estrella de la mañana, el diario de Cañada de Gómez, había logrado el reportaje con varios días de anticipación, reproduciéndolo en tres ediciones. En el mismo, el nuevo párroco dio estas opiniones peculiarísimas, sobre su antecesor: "Mire: yo no le voy a dar ningún concepto en este momento; no se lo puedo dar. Tendría que decirle que está fuera del lugar. Eso es todo lo que puedo decirle. No le voy a decir más nada, todo lo demás me lo reservo. Usted pide el juicio de una persona, que no debo hacer. Es muy dificil hacer esas cosas". Sin embargo, más adelante, destilaba hábilmente opiniones bastante claras sobre el conflicto y sus protagonistas: "Ami no me interesa —prosiguió tajantemente— si tienen resentimiento o no tienen: yo miro en otra forma a la gente. No me interesa si ha habido esto o lo otro. Lo que me interesa es el alma. Es la salvación de las almas y no las historias públicas que se llevan a publicidad (sic) y que están desmembrando, desterrando a la Iglesia: en el fondo es eso. En el fondo, el mismo pueblo cristiano se destruye a sí mismo porque destruye su propia fe y su propia religión. Esta es la desgracia. Y lo demás son todas cuestiones personales: todas de una persona (sic). O sea que el sacerdote debe presentar a Cristo y no a sí mismo.Y cuando el pueblo mira a la persona humana y se entretiene en ella, se ciega, pierde la visión de Cristo. Esta es la verdad. Este el error sacerdotal. No es otro: es esto. Se llega a pagar a sí mismo de tal manera, a pesar de la aparente humildad, que se paga de sí mismo y se olvida que él no es nada, sino que representa a Cristo.Y entonces, todas las glorias y los tributos y las discusiones y las peleas que vienen, son por esto".

El repudio monseñor Rodríguez apelaba en la casi hilarante declaración a los más recónditos artificios para negarse a emitir opiniones, terminando, empero, con una andanada que parecía muy torpe si no estuviera aligerada por los toques de humorismo que su estilo entrecortado y vacilante le otorga gratuitamente. El nuevo párroco desmintió, según las informaciones recogidas en la ciudad, haber formulado tales declaraciones. Una cinta grabada, celosamente custodiada por su propietario, es el más elocuente testimonio de que no sólo fue real la entrevista sino que costó al anfibológico monseñor un dolor de cabeza por la poca previsión de sus juicios.

Mientras tanto, en una de las habitaciones de la Clínica San Roque, el padre Armando Amirati medita, trabaja, lee, descansa de todas las jornadas vividas. Cuando visita diariamente el Hospital San José, donde desarrollara gran parte de su labor pastoral y de caridad, todo el recorrido está interrumpido por los saludos, las consultas, los apretones de mano: desde el "Chau, padre" estentóreo y espontáneo de un chiquilín en bicicleta hasta el saludo circunspecto y respetuoso de los señores maduros que descansaban, ese martes 26 de agosto, en los bancos de la plaza. "La referencia a este mundo —recordó a BOOM el padre Amirati— es inherente a la esencia misma de la Iglesia, porque si la Iglesia no es de este mundo, tampoco es su negación. Distinción no importa separación. Es también, y principalmente, para el mundo. Por eso —continuó— debe rechazarse una Iglesia que se atrinchera en una posición ahistórica, y se ha de abrazar una Iglesia para el mundo. Debe rechazarse un cristianismo vivido exclusivamente como un intimo comercio entre el alma y Dios, y se ha de aceptar una Iglesia que carga sobre sí las exigencias nuevas de la caridad, que se presenta hoy en una dimensión política y liberadora. Creo que esto es un cristianismo explícito —afirmó— y el cristiano que lo vive, más que un progresista, es un cristiano en actitud de vigilia y compromiso".

Más voces para defender lo que se quiere "Siempre decían que éramos un pueblo frío —recuerda Marta Silvia Mercado (soltera, estudiante universitaria)— pero ahora demostramos lo contrario. Me acuerdo que los artis,tas se iban decepcionados de Cañada: nadie coreaba una canción, el publico siempre estaba apático. Después del padre Amirati —reconoció— todos éramos más abiertos a la comunidad". Marta conoce íntimamente la labor pastoral del párroco: como maestra catequista, hasta la renuncia masiva de todas las jóvenes que enseñaban en la parroquia y como colaboradora, sus experiencias son reales: "El padre había instaurando un plan de trabajo para todos: espectáculos recreativos por un lado, pero también construcción de viviendas, trabajo en el Hospital de Caridad San José. El padre coordinaba todo y todo nacía en la parroquia: pero —establece— siempre hacia los sectores más necesitados, no sólo económica sino espiritualmente". La deserción de las maestras de catecismo es sólo una muestra de la actitud colectiva: también los alumnos dejaron de asistir a las clases, produciéndose el• vacío en la antes concurrida Iglesia parroquial. La imagen actual es desoladora: donde antes se organizaban campamentos y excursiones para los chiquilines de los barrios más pobres; donde se jugaba y leía, en una biblioteca bastante nutrida, engrosada por el aporte de toda la ciudad, hay ahora silencio y custodia policial.

Pero hay otros aspectos de la personalidad del padre Amirati que son muy tenidos en cuenta por sus fieles: "Es todo un filósofo: cuando se leen sus poemas, o sus trabajos teológicos se advierte en él a un visionario —precisó Marta Mercado—. Sobre todo enfatizó siempre la comunicación con la comunidad, al contrario de los párrocos anteriores, eminentemente refractarios y cerrados a todo tipo de diálogo". Las diferencias entre el clero que rigió hasta hace siete años la ciudad y la gestión del padre Amirati, son señaladas constantemente por los cañadenses como un ejemplo muy aleccionador:

Con el párroco anterior, había un grupo cerrado: los que encendían las velas, rezaban y organizaban los cantos, traían las flores al templo —recordó nuevamente Marta—. El padre Amirati vio que esos eran los que menos necesitaban de él. Por eso, los que tenían el liderasgo se sienten ahora desplazados. Si ahora tenés ganas de poner flores —fue su comentario juvenil y espontáneo o de encender las velas, lo hacés vos, como cualquiera".

La labor de esclarecimiento del párroco relevado, sobre todo con los jóvenes, tampoco es olvidada por éstos: 'Nos hizo ver muchas cosas —reconoce la estudiante Mercado— y fue positivo, porque vivíamos otra estructura religiosa. No convivíamos con las nuevas tendencias conciliares que estaban en vigencia en América y Europa. El adre nos leía Y comentaba todo esto. Por eso —define con seguridad—, entiendo que gallada ha tomado el carácter de ciudad piloto en Latinoamérica, porque son las bases que tomaron conciencia de su papel". También son paralelas las opiniones de los cañadenses en un punto neurálgico: desde el comienzo de su ministerio pastoral, Arnirati se encargó de aclarar debidamente que se trataba de una renovación que estaba más allá de los hombres "El no incita a nadie —afirmó Goritzia Piccinini—: sigue defendiendo su línea pastoral y llama siempre a la cordura. Lo que pasa es que las voces de adhesión a su persona y su obra y de repudio al obispo, surgen espontáneamente entre nosotros". Marta Mercado pone el dedo en la llaga ante la insinuación de presuntas infiltraciones en el movimiento laico de Cañada de Gómez: "Me causa gracia lo de izquierdismo - reconoció sonriendo y coincidiendo con la opinión de la mayoría—, porque aquí nos conocemos bien todos. El comunismo sacaría 10 votos en las elecciones. No hay lugar para infiltraciones de tipo político", fue su terminante corolario.

Para Dante Roviaro (soltero, profesor en un instituto privado y religioso, el "José Razetto"), los acontecimientos de represión que sucedieron en el mes de junio, merecen pocos calificativos. "Nunca ocurrió represión policial como ésa —comenzó diciendo—. Para mí, el sistema de represión es un error de conducción táctica de la jerarquía superior. En una reunión con el párroco de Armstrong —admitió—, éste tuvo que reconocer que monseñor Bolatti adolece de errores de conducción". También Roviaro —un ex seminarista que recuerda con acerada crítica los plantones por volver la cabeza en la fila o las arrodilladas por levantar el pupitre— centra el problema en la diferencia apreciable entre la misión pastoral del padre Arnirati y la de sus antecesores: "No había una común unión o comunión de fieles con su pastor. No tengo por qué participar, se pensaba. Hacerlo sin esa comunión hubiera sido no ser sincero con uno mismo. Pero nuestro asombro mayor fue otro —reconoció Roviaro—: si bien la Iglesia es una entidad religiosa jerárquica, ¿de qué vale esa jerarquía si es insensible? Nos impactó la insensibilidad para con el pueblo de Cañada de Gómez y la oposición del alto clero a una línea que nosotros creíamos era la de ellos, por ser la de la verdadera Iglesia".



La imagen actual es desoladora: donde antes se organizaban campamentos y excursiones para los chiquilines de los barrios más pobres; donde se jugaba y leía, en una biblioteca bastante nutrida, engrosada por el aporte de toda la ciudad, hay ahora silencio y custodia policial.



Similares experiencias conmovieron a Crosina Avalis (docente también en Cañada de Gómez), con la llegada del padre Amirati: 'Con él se dio un enroque distinto a la religión. Yo —confiesa humildemente— fui siempre a misa, pero recién desde hace seis años soy lo que soy. El padre Amirati sembró en nosotros sin que nos diéramos cuenta de lo que hacía" .Y agrega Roviaro: 'Me felicito de que haya sido así, porque nos dimos cuenta de que se ha despertado y —señala con justeza—, la religión es un despertar”.

Cuarto poder y el capital Detectar la realidad del apoyo masivo de la ciudad, en todos sus sectores económicos y sociales, fue una dura tarea. Sin embargo, los mismos cañadenses se encargaron de ir clarificando poco a poco los alcances últimos del apoyo total a su párroco. "La gente media lo ha apoyado siempre incondicionalmente y ahora mucho más, aunque —cuenta Roviaro— a los grandes industriales no les interesa mucho el problema. Se consideran —medita— por encima de todo eso; para ellos nunca existió un problema de fe o religión. Simplemente no les interesa. De los profesionales para abajo, en cambio, el apoyo fue total —puntualizó—, aunque los sectores de gran poder económico mostraron más bien cierta indiferencia".

El vehemente Roviaro encuentra asimismo motivos de crítica en las comentadas impugnaciones a la infiltración marxista en las filas de los sacerdotes renovadores: "Se acusa al padre Amirati de reunirse con comunistas y socialistas —comentó despaciosamente—, pero él sigue las normas del Evangelio. Cuando Cristo se reunía con publicanos, prostitutas y fariseos, también se le impugnaba y él les decía: «Vine a curar enfermos y no sanos». Sin embargo —enfatiza con vehemencia—, nadie pudo eurostrarle derivaciones doctrinarias al padre Amirati. Lo que ocurre es que saben que están incurriendo en un error falaz, pero lo hacen hasta que puedan y quién sabe cuánto durará esto. No quieren perder sus privilegios —remarcó— y para acusar acuden al impacto más fácil: comunistas". Pero su andanada tiene también otras miras, aquellas que hacen a la verdadera labor de la Iglesia: "No queremos alguien que se dedique a los ritos únicamente —explicitó— sino que haya poder de comunicación. A mí —dijo con seriedad—, ya no me convencen más con eso de que hay que sufrir en este mundo, que luego seremos recompensados en la vida eterna. Porque, en ese caso, que el obispo deje sus campos, sus autos, y sufra como yo. Lo que pasa es que de los seminarios —insiste— debería salir gente capacitada para entenderse con sus fieles al nivel de las cosas que ocurren actualmente en el mundo".

Donde los cañadenses alcanzan sus críticas mayores es, asimismo, en la valorización de la falta de diálogo por parte del obispo Bolatti: señalan que todas las intentonas por conversar con el arzobispo rosarino finalizaron en entrevistas menores con sus intermediarios, entre los que se menciona al padre García Caifarena: "Al padre Amirati lo despertaban a las 3 o 4 de la mañana —comparó el cáustico Roviaro— y él iba y venía, atendiendo a sus fieles necesitados. El padre García Caifarena en cambio, vive en su cómodo departamento en calle San Lorenzo. Claro —ironizó—, es un intelectual, pero fuera de la comunidad". Otras voces de la ciudad se empeñaron en señalar las diferencias visibles entre la nueva iglesia estructurada por Amirati y los anteriores modos religiosos: "Cuando estaba el padre Martín como párroco —deja caer Roviaro—, la parroquia se interesaba sólo por lo económico: por eso hay gente que añora sus reclinatorios de terciopelo ylos sermones desde el púlpito". El padre Amirati fue, en cambio, el primero en descender del tradicional ámbito para conversar con sus fieles: "Terminó con los sermones de alabanza al grupo económico de turno", fue la lapidaria conclusión de Roviaro.

José Antonio Ramacciotti (33, casado, 3 hijos), director propietario del diario local Estrella de la mañana, aporta los datos precisos de todo buen periodista para tipificar los contenidos y resonancias del problema cañadense. Si la analizamos socialmente —meditó en el trajinado local donde se gesta el periódico— la crisis de Cañada de Gómez fue muy positiva porque llegó a unir, en forma inusual, a todos los ciudadanos. Sólo tres o cuatro familias sigilen respetando la vía jerárquica: no porque estén contra el padre Amirati sino por el reverencial temor al obispo que se les inculcó desde siempre". Pero ese afán de desentrañar los aspectos positivos de estos últimos siete años cañadenses lleva a Ramacciotti a descubrir otros factores no menos importantes: 'Hoy somos todos una sola familia.. —murmuró encendiendo un cigarrillo— vamos a misa, en la capilla de Barrio Soto, y nos sentimos hermanos. Creo que ahora soy más devoto —se sinceró—, pero todos hemos ganado en esta crisis; nos hemos puesto codo a codo rio tocar ia bocina
en una reacción desesperada. Ustedes —señaló a BOOM— pueden verlo en la Iglesia: la gente canta y reza con un entusiasmo nuevo. Defendemos a un ser querido, casi un padre".

El director del diario de Cañada de Gómez se apasiona cuando entra en el análisis de las denuncias efectuadas contra el movimiento sacerdotal renovador y las presuntas implicancias ideológicas del mismo: "La crisis cañadense puede ser negativa, desde otro punto de vista —manifestó—. Mucha gente que no conoce el origen del conflicto puede llegar a pensar que Cañada de Gómez y desorden son sinónimos. Casi nos ven como a Córdoba, en los sucesos de mayo". Ramacciotti asume personalmente la defensa del movimiento laico: "Les puedo asegurar, firmar y sellar —fueron sus convincentes expresiones— que no hay en la primera fila de este movimiento, un solo comunista ni extremista. La conducción la lleva un movimiento laico, que es precisamente el que pide cordura y evita desórdenes". Los "desórdenes" de los cañadenses consistieron, simplemente, en la inocente protesta de tocar las bocinas de los automóviles cada vez que pasan frente a la iglesia parroquial. Esto sólo ya provoca las iras policiales: "Si un domingo se reúnen cinco coches, ya llegan los comandos radioeléctricos, con policías y ametralladoras, como si se tratara de reducir a una turba salvaje", fue el comentario del periodista local.

La actitud general de la ciudad tiene, para este vehemente cañadense, explicaciones sencillas: "Monseñor Rodríguez —dijo—, piensa que el pueblo está amenazado y por eso no concurre a la iglesia parroquial, y no es así. Todo es aquí espontáneo". Cuando se inquiere sobre las presuntas reacciones de Cañada en caso de producirse la llegada de un nuevo reemplazante del padre Amirati, ya que la presencia de Benito Rodríguez no parece ser la solución ideal, sus respuestas tampoco son esquivas: "Es un poco dificil explicar qué haría entonces la gente —musitó Ramacciotti—, porque todo está aún en carne viva. Pero Cañada es un pueblo grande, o una ciudad chica, llena de gente buena, fácil de convencer con hechos concretos. Si viene un sacerdote de la línea del padre Amirati —adelantó— lo apoyaría sin reparos. Muchas veces —recordó sonriendo— el diario que dirijo acusó a esta ciudad de apoyar muy tibiamente las buenas intenciones. Con el padre Amirati sucedió exactamente al revés.Y eso nos reconforta a todos".

El apoyo de los sectores empresariales más fuertes es otro de los temas que más preocupa a los observadores foráneos. Ya desde el comienzo de cualquier conversación sobre el tema, los cañadenses dejan entrever sus inquietudes sobre el punto, notándose un subterráneo espíritu de crítica hacia aquellos que no han compartido la sensibilidad comunitaria con el padre Amirati. Uno de los más fuertes empresarios de Cañada de Gómez se excusó de opinar sobre el problema: Entiendo que ese es un problema que compete exclusivamente a la Iglesia —fue su terminante respuesta a BOOM— y nuestra empresa no ha tenido ninguna intervención en todo el movimiento surgido en la ciudad". La prevención hecha por Ramacciotti (La gente que lo critica lo único que puede decir es que es demasiado bueno", fue el comentario) se cumplió exactamente con el fuerte industrial reporteado: Yo pienso que el padre Amirati es una excelente persona —dijo a BOOM—, pero demasiado bondadoso, se han aprovechado de él".

Muy distinto es el concepto que sustentan, empecinadamente, los otros sectores de la ciudad: "La gente que estaba a mitad de camino en su retorno a la Iglesia, gracias al padre Amirati, y que había sido traída a pasito de hormiga, no avanzará más después de esto —decretó Ramacciotti—: a la Iglesia parroquial, con monseñor Rodríguez al frente, van sólo 19 o 20 personas los domingos. En barrio Soto, donde ofician sacerdotes renunciantes y en ocasiones el mismo padre .Amirati, superan las mil almas. El alejamiento ha sido masivo: una verdadera estampida", proclamó. Las tajantes opiniones del director de la Estrella le trajeron sin embargo algunos dolores de cabeza. Oficiosos informantes detallaron a BOOM los pormenores de una amenaza económica recibida por el diario, por parte de un profesional rosarino, para que abandonara su campaña en favor del párroco renunciante. La firme actitud de Ramacciotti y el apoyo de la propia comunidad cañadense hicieron abortar, al parecer, la torpe maniobra. El director del diario no quiso, empero, entrar en detalles del hecho: 'Si ustedes lo han averiguado por otras personas, quiere decir que no son inventos. No lo puedo negar: algo de eso hubo", confirmó seriamente.

Memorias y balances Las últimas horas de la tarde de un soleado día de agosto devolvían a Cañada de Gómez un poco del encanto que el atardecer confiere siempre a las ciudades pequeñas. Ya las primeras luces comenzaban a encenderse, tímidamente al principio y en forma paulatina después, y los cañadenses retornaban lentamente a sus hogares tras la jornada dé trabajo. En la clínica San Roque, el desfile incesante no cejaba: todos tenían algo que decirle al padre Armando Amirati, todos querían testimoniar de algún modo su adhesión y su cariño. Mientras tanto, la absoluta cuota de mutismo de la jerarquía superior sobre el problema, contribuía a que el estado de cosas se mantuviera en un nivel de expectación y disgusto evidente.

Lo cierto, lo palpable, era un sentimiento: el de una comunidad convencida de la legitimidad de su reclamo, el de una ciudad dispuesta a defender su derecho a contar con un verdadero pastor de almas. Las palabras del arquitecto Drab, uno de los más fervientes integrantes del Movimiento Laico, resumen claramente el estado de ánimo colectivo: 'Esencialmente, la identificación del pueblo de Cañada de Gómez con el padre Amirati —expresó a BOOM— es nada más que la identificación de los hijos con el padre. Aquí se conocieron muchos sacerdotes —recordó— pero el caso Amirati es distinto: se conoció no sólo un cura párroco, realizador de oficios religiosos, sino un hermano más. Y la feligresía tuvo un pastor con quien conversar sin barreras. El padre es de Cañada de Gómez porque sus obras están en Cañada de Gómez.Y de eso —concluyó— nadie tiene ninguna duda".

La única duda, entretanto, parece persistir en el ánimo de quienes presiden la iglesia rosarina. La denunciada insensibilidad no es otra cosa que estrechez de criterios ante la nueva tónica que comienza a aflorar en todos los campos de la iglesia americana. Comprender que la Iglesia tiene en sus manos, tal vez como nunca, la posibilidad de acercarse al pueblo, comprendiendo y siendo parte de los problemas y los dramas del mismo, es casi una obligación. No es de extrañar, entonces, que el padre Armando Amirati, uno de los tantos que comprendió esa necesidad, tenga el reconocimiento masivo de sus hijos en la fe. Aunque sus palabras tengan una meridiana claridad para fijar las bases del conflicto y a la vez desterrar, por la fuerza de la razón, las tendenciosas críticas de los sectores tradicionales: No creo que corresponda hablar de Cañada de Gómez como una ciudad piloto en Latinoamérica —dijo a BOOM—; hablar de operaciones piloto implica siempre la idea de algo que se premedita, algo que se realiza experimentalmente, planificadamente.Y en Cañada de Gómez todo lo que ha ocurrido hasta el momento fue fruto de una actitud espontánea del pueblo. Ellos saben muy bien además —precisé— que todo este problema es un problema de línea pastoral y no de hombres.Y es la primera la que defienden con tanto ahínco".

La humildad del sacerdote es, quizás, la que lo lleva a ignorar que las dos cosas se han mezclado íntimamente en todo el proceso: de lo que no cabe duda es que el proceso recién está en su primera etapa.Y que es un proceso más de los muchos que sufrirá la Iglesia tradicional si no asimila sus estructuras a la acuciante necesidad de la historia.

La única duda, entretanto, parece persistir en el ánimo de quienes presiden la iglesia rosarina. La denunciada insensibilidad no es otra cosa que estrechez de criterios ante la nueva tónica que comienza a aflorar en todos los campos de la iglesia americana. Comprender que, la Iglesia tiene en sus manos, tal vez como nunca, la posibilidad de acercarse al pueblo, comprendiendo y siendo parte de los problemas y los dramas del mismo, es casi una obligación.



Fuente: Extraído del Libro “ BOON la revista de Rosario” - Antología . La Chicago Editora. 2013.


martes, 3 de agosto de 2021

CANCILLER NOVELLO – AMISTADES PELIGROSAS

 



Por Osvaldo Agüirre




No fue esa la única apelación del obispo rosarino a las llamadas fuerzas del orden'. Pocos días después, el domingo 2 de febrero, el nuevo sustituto parroquial, padre Parenti y Ferrari, integrantes del grupo renunciante, impidieron la acción policial contra la feligresía: lo que no pudieron evita± fue ser introducidos, ellos mismos, en los vehículos del Comando Radioeléctrico. Los habitantes del barrio, no obstante, no pretendían extraordinarias conquistas: "Fueron a impedir que el padre Novelo celebrara misa —explicó a BOOM uno de los sacerdotes renunciantes— porque no tiene sentido una misa separada de la misa del barrio, como no tiene sentido un sacerdote que celebre la misa y no se integre a la comunidad". La atinada intervención de los padres Ferrari y Parenti tuvo, en cambio, un previsible premio por parte del obispo: al día siguiente, mediante una carta llevada personalmente por tres empleados del Obispado, recibieron la gravísima pena de suspensión total del ministerio sacerdotal. La medida, que contradice el código del derecho canónico y el necesario amor cristiano, olvidó que no existía delito grave ni previa amonestación ,de acuerdo al mismo derecho.

Esos hechos constituyeron, por otro lado, los desencadenantes de la crisis.

El mismo documento de renuncia colectiva alude directamente a los hechos protagonizados por los sacerdotes en barrio Godoy: “Mientras usted dice «querer entrar en un contacto a nivel más personal» con sus queridos sacerdotes, auscultar sus necesidades espirituales, sus inquietudes pastorales... acontece que, sin previa amonestación, sin concretar la figura jurídica del delito, habiendo tomado estado público antes de notificarse al interesado y deteriorándose la fama del mismo por comunicación desde la Curia a diversas instituciones, sin otorgar el derecho a la legítima defensa, negándose e escuchar sus motivos, usted censura con gravísima suspensión total a dos sacerdotes, interpretando como grave delito lo que, en reflexión común, los sacerdotes habíamos considerado exigencia pastoral que obligaba en conciencia y de la que —por tanto—somos todos solidariamente responsables". Esa misma exigencia pastoral, asumida por los sacerdotes rosarinos, es la que los lleva a alcanzar las más claras instancias del documento: "Porque de inmediatos y necesarios colaboradores nos vemos instrumentados en cómplices de una situación de injusticia y pecado que constituye un triste y escanda-[oso testimonio para la comunidad de la Iglesia y de los hombres.. ',que acercan al texto e los similares de muchos de sus compañeros renovadores del continente.

La respuesta del arzobispo no se demoró esta vez. El día 18 de marzo, las publicaciones de Rosario se hacían eco de la exhortación dada a conocer por monseñor Bolatti, constando a los renunciantes 'a reflexionar serenamente sobre esta decisión", reiterando su deseo, no justificado en los hechos, como se ha visto, de dialogar con sus sacerdotes, aunque dejando claro que siempre qué el mismo "se realice dentro del marco de n auténtico diálogo en la verdad y en la caridad". No es explicable, de todos modos, .a última acepción de "auténtico diálogo" para el obispo, si se tienen en cuenta que las presentaciones personales o escritas de sus sacerdotes trataban sin excepción de problemas íntimamente relacionados con la marcha de sus ministerios, desnaturalizados en su función pastoral por la rígida estructura de una Iglesia alejada de sus destinatarios naturales. Paradójicamente, ese mismo día, el ex obispo de Rosario y ahora primado de .a Argentina, Antonio Caggiano, recibía en Buenos Aires las salutaciones de rigor por los 34 años de su consagración episcopal. Monseñor Bolatti, mientras tanto, viajaba al día siguiente de su exhortación al diálogo a la ciudad de Rafaela: allí, seria un espectador nás entre otros de la jerarquía eclesiástica y del gobierno provincial a la consagración e1 nuevo obispo de la diócesis de Rafaela, monseñor Antonio Brasca.

Los habitantes del barrio, no obstante, io pretendían extraordinarias conquistas: 'Fueron a impedir que el padre Novello celebra-'a misa —explicó a BOOM uno de los sacerdotes renunciantes— porque no tiene sentido una misa separada de la misa del barrio, como no ¡ene sentido un sacerdote que celebre la misa y no se integre a la comunidad".

La contestación de los ya treinta renunciantes al llamado pacífico y conciliador del obispo fue inmediata. El 20 de marzo un nuevo documento, con apelaciones claras a los postulados de la Última Conferencia Episcopal de Medellín, ratificaba la actitud asumida por el clero renovador. Los articulados del documento dejaban claros los alcances de la renuncia masiva (No es un enfrentamiento personal entre el obispo y un grupo de Sacerdotes... No tiene por finalidad mejorar nuestra situación económica y pretender cargos más importantes... No tiene nada que ver con el problema del celibato sacerdotal: un don de Dios... No renunciamos al sacerdocio sino a los cargos ministeriales dentro de esta diócesis, mientras dure esta situación", manifestaban) y las medidas propugnadas por el grupo para encauzar a la iglesia rosarina ("Queremos que el obispo no resuelva sólo los problemas de la diócesis... Queremos obedecer pero no podemos obedecer a una autoridad cuando ha dejado de ser «el principio y fundamento visible de unidad en su propia Iglesia» (23-1)... Queremos ver a la Iglesia como <da humilde servidora de todos los hombres», queremos verla libre de ataduras temporales, de convivencias indebidas y de prestigio ambiguo"). La firmeza de la actitud rebelde no dejaba de lado, empero, la posibilidad de parlamentar: "Seguimos creyendo en el diálógo —afirmaba el segundo documento—. La amistad es el clima del diálogo, nos dice Paulo VI. Estamos dispuestos a realizar un serio esfuerzo por restablecer esa fraternidad sacramental de que nos habla el Concilio".

La actitud posterior del obispo rosarino parecía indicar su impermeabilidad constante a todo tipo de entendimiento: por medio de cartas individuales a cada uno de los renunciantes, solicitó la ratificación o rectificación de las mismas, procedimiento adecuado para aceptar o rechazar aquellas que más conviniesen a la presunta tranquilidad de su diócesis, a la vez que preguntaba a sus sacerdotes si aceptarían cargos fuera de su jurisdicción obispal. La contestación a las cartas del obispo Bolatti, fechadas el 18 de marzo, concitó el 21 del mismo mes un sentimiento general por la convicción en quienes respondían tan concretamente: los treinta sacerdotes ratificaron colectivamente su decisión de no ejercer cargos en la diócesis rosarina y de dialogar "en la verdad y en la caridad". El mismo día, el padre Francisco Parenti era relevado de la presidencia de su mesa de exámenes de Teología 1, en la Facultad Católica de Derecho por indicación del arzobispo. Esa insólita derivación hizo estallar nuevas adhesiones: el Movimiento Social de Inspiración Cristiana de la misma facultad manifestó mediante un comunicado su adhesión al movimiento renovador de la Iglesia rosarina, condenando la incapacidad de dialogo del obispo y repudiando la medida contra el padre Parenti. Declaraban una sola inquietud, similar a la que anima a todo el movimiento antitradicional americano: "Construir una Iglesia renovadora, Iglesia de los pobres, evitando que se consolide como un cuerpo anémico y envejecido".

Con mucha más mesura pero no menos intencionalidad, la Asociación de los jóvenes de la Acción Católica de la Catedral dirigió el 22 de marzo una nota al obispo, deplorando la situación planteada, adhiriendo 'a los objetivos pastorales expuestos por sacerdotes renunciantes" y exhortando (esta vez la feligresía al arzobispo) a la reflexión y reanudación del diálogo con los miembros eclesiásticos de su diócesis.

La división comenzó, sin embargo, a ganar otros sectores: el Centro de Estudiantes de Derecho de la Universidad Católica Argentina desmintió, un día después, a sus compañeros del Movimiento Social, al negarles representatividad y alegando que no se había negado al padre Parenti la presidencia del examen de Teología 1: admitían, no obstante, que el examen "sufrió una leve suspensión", que seria cancelada en pocos días; del mismo modo, diversas entidades e instituciones de filiación católica militante o movimientos laicos se sumaron a la compulsiva racha epistolar, pero las adhesiones a la actitud sacerdotal fueron siempre superiores a los tibios mensajes de apoyo a monseñor Bolatti. Curiosa coincidencia: por los mismos dis, los diarios otorgaron un pequeño espacio a la noticia de la publicación en otro volumen de documentos sobre Pío XII, 'sobre sus gestiones de paz".



La declaración de uno de los sacerdotes renunciantes parece clarificar del todo la actitud futura: "Puede adelantarse que los valores evangélicos serán defendidos —puntualizó a BOOM— a costa de cualquier riesgo. Esta renuncia no implica la deserción del sacerdocio sino la deserción de cualquier cargo en la arquidiócesis de Rosario. No se trata tampoco de un problema de celibato sacerdotal —aclaró-- sino que se trata, lisa y llanamente, de denunciar una situación de injusticia y de jugarse entero por una Iglesia encarnada en el mundo, una Iglesia que despierte en los hombres y en los pueblos una viva conciencia de justicia, infundiéndoles un sentimiento dinámico, de responsabilidad. Una Iglesia que defienda, según el mandato evangélico, a los pobres y oprimidos, una Iglesia que denuncie enérgicamente los abusos y las injusticias, consecuencia de las desigualdades entre ricos y pobres, entre poderosos y débiles".

Parecidos alcances asume el problema para otro de los sacerdotes, el padre Juan Larrambere, quien cifra la inicial causa del conflicto en una cuestión de estructuras dentro de la iglesia rosarina: "Así como el Papa renovó la Curia romana, la Curia de Rosario debería ser renovada: dejar de ser una oficina administrativa, donde los srdotes concurren solamente a realizar trámites burocráticos para convertirse en un centro pastoral —expresó a BOOM— en todo el sentido de las palabras". El vicario cooperador Larrarnbere puntualiza asimismo las condiciones esenciales de cualquier intento de entendimiento entre las partes: regreso de los sacerdotes españoles, desarrollo de una semana de jornadas pastorales, reiteradamente solicitada al obispo y levantamiento de las suspensiones a los padres Parenti y Ferrari.

Pero no sólo losproblemas de cambio en la estructura administrativa inquietan a los sacerdotes renovadores. La integración plena del pastor con su comunidad, preconizada por el clero americano, es otro de los puntos que deben definirse antes del arreglo conciliatorio: "La integración del sacerdote en la comunidad no atenta de ninguna manera contra la tarea evangélica —declaró a BOOM otro de los sacerdotes renunciantes, el padre Natalio Torres¡, vicario cooperador de la Iglesia Catedral—. Hay comunidades en las que el sacerdote, para dar testimonio de Cristo, debe trabajar con sus manos: es un testimonio de acercamiento al pobre, alobrero. Por lo tanto, el sacerdote debe estar al nivel del ambiente en el cual se encuentra realizando su labor pastoral. No puede predicar lo que no hace. El obispo de Rosario cree que en esta ciudad ello no es necesario —preció— por no estar dadas las condiciones socioeconómicas. El sacerdote, según éste, debe dedicarse fundamentalmente a la tarea evangélica".


Acaso el mejor planteamiento de las causas y postulados del movimiento lo otorgue, sin embargo, el documento mimeografiado entregado a BOOM por otro de los sacerdotes renunciantes. Bajo el subtítulo "Qué posturas surgieron?" se detallan las diversas actitudes de la opinión pública y de los sectores interesados: "Unos atacaron agresivamente", 'Otros se escandalizaron", "Otros se adhirieron de corazón" pero "lo cierto es que toda la República se interesó". Los alcances del conflicto también se limitan en el mismo documento: "Pensamos que no es un problema simplemente rosarino. Toda Latinoamérica vive este problema. Seguimos con una Iglesia imperial, clasista, desentendida del mundo o comenzamos con una Iglesia distinta: servidora de los hombres, llena de sencillez, de amor, toda volcada sobre las esperanzas y angustias de los hombres".

El final del documento acaso ilustre la empecinada voluntad de renovación total que inspira a los sacerdotes rosarinos: "Quizás nos sea muy fácil encontrar aparentes justificaciones ideológicas o de orden práctico, para tranquilizar nuestra conciencia y evitar el compromiso, pero recordemos lo que dijera un ilustre arzobispo: «Los pastores que callan sólo son dignos de pueblos esclavos»".

Octavo Mandamiento: no mentir Las reuniones y conciliábulos de los renunciantes estuvieron, en su totalidad, negados al periodismo, invocando atendibles razones de publicidad desmedida a un problema que querían centrar como "únicamente eclesiástico en sí". No obstante, escudándose en el anonimato, opiniones y fundamentos fueron conocidos, poco a poco, por toda la opinión pública, desde el comienzo del conflicto. También en este punto difieren las dos jerarquías de la iglesia rosarina: el 11 de marzo de 1968, los padres Amiratti, Arroyo, Lupori, Presello y Tettamanzzi se hicieron presentes en el Obispado, en horas de la tarde, a fin de concretar la audiencia solicitada previamente al obispo. No la lograron, a pesar de que por un intermediario (el padre Héctor García, que vive en la Curia) hicieron saber al obispo que se trataba de "un gravisirno caso de conciencia y de extrema urgencia". No fueron atendidos.

El sábado 15 por la tarde, los padres Amiratti y Parolo, delegados por el grupo, hicieron acto de presencia nuevamente en la Curia, llevando la renuncia de los sacerdotes integrantes del movimiento renovador. Se les dijo que el obispo "no podrá atenderlos por hallarse fuera de la ciudad", aunque no pudieron lograr que se les concretase el lugar elegido por monseñor Bolatti para su sorpresivo viaje.

La misma falta de diálogo se produjo, siempre, entre la jerarquía superior y el periodismo: tanto el arzobispo Bolatti como el canciller de la Curia Lester Novelo, uno de los protagonistas del incidente de barrio Godoy, se niegan a recibir a la prensa. "El arzobispo y las demás autoridades se van a comunicar con los distintos medios de difusión por comunicados", es la respuesta habitual y mecánica del secretario privado del obispo, hermano Ricardo Yaquinto. Sin embargo, también en este plano la Iglesia rosarina tiene privilegiados: el ingeniero Daumas, miembro del directorio de Canal 3 de Rosario, junto con el asesor Eduardo Gurovici (que también es periodista) fueron atendidos por monseñor Bolatti a puertas cerradas, aunque no tan inexpugnables como para permitir que se ignorara esa inexplicable diferencia.

También el fiscal del Arzobispado, el padre García Caffarena (un empecinado poeta de suplementos dominicales), conocido como la verdadera eminencia gris de la política eclesiástica de la diócesis, utiliza métodos parecidos: al solicitar un redactor de BOOM una entrevista, para conocer sus impresiones sobre el conflicto, después de otra llamada anterior, la respuesta telefónica pareció provenir de un disco conocido y vapuleado: "El padre García Caffarena no se encuentra en Rosario". El mismo redactor, invocando a una persona de la amistad del sacerdote, obtuvo no sólo la confirmación de una mentira sino la propia voz del desconcertado fiscal de la Curia rosarina. Tampoco así fue posible información alguna de su parte.

La cautelosa desconfianza del padre García Caffarena en dilucidar la posición de la alta jerarquía (de la que él es uno de sus voceros conspicuos) no responde sin embargo a un capricho: el 24 de marzo, el arzobispo de Lima, cardenal Landázuri, continuaba en silencio sobre la crisis sacerdotal del Perú y desmentía una vez más, por medio de sus representantes menores, que la desaparición del obispo auxiliar Radavero se debía a una crisis ajena a la "crisis de fe" que le asignaba a su ex coadjutor, radicado ahora en Buenos Aires. La desmentida noticia del arribo de un enviado de PauloVI a Rosario (debe recordarse que los sacerdotes renunciantes hicieron llegar sus inquietudes al Vaticano) puso de manifiesto asimismo que tampoco en la rama mayor de la Iglesia se desea abrir juicio sobre el conflicto, aunque las versiones más veraces parecen ser las que indican un hecho revelador: la acumulación, en manos del Santo Padre, de una serie de antecedenteá sobre la marcha del ministerio de monseñor Bolatti, inoperante y reacio a nuevas formas, informaciones que comenzaron con la llegada a Roma de monseñor Benito Rodríguez, ex obispo auxiliar de la diócesis de Rosario y renunciante a raíz de serias divergencias con el arzobispo Bolatti.

Los buscadores de la paz Las gestiones conciliatorias, inevitables en conflictos como el suscitado en Rosario, estuvieron exclusivamente al comienzo en manos del párroco de la Iglesia del Perpetuo Socorro, Silvio Domingo Bis¡, quien inició conversaciones con los dos sectores para logar la pacificación interna: su actitud es, sin embargo, ambigua. Próximo, en convicciones, a los sacerdotes renunciantes y asistente a sus reuniones primeras, otorgó a los mismos su autorización para celebrar en su parroquia una misa por los padres Parenti y Ferrari, suspendidos por monseñor Bolatti. La posterior e inmediata orden del obispo le hizo desistir de su gesto amistoso.

Las conjeturas parecen encaminarse ahora en una dirección determinada: la imposibilidad del diálogo mientras no se respeten las condiciones planteadas por los renunciantes. La posibilidad de renuncia del jefe de la diócesis sería, al parecer, la solución más atinada. El traslado de los dimitentes a diócesis alejadas (pero paradójicamente mucho más progresistas, en el plano eclesiástico, que la rosarina) se resiente ante el número abultado de los rebeldes. Las adhesiones a los mismos, a la vez, reflejan que la opinión de los católicos militantes de la ciudad no vería con agrado la pérdida de tantos excelentes ministros.

"Pensamos que no es un problema simplemente rosarino. Toda Latinoamérica vive este problema. Seguimos con una Iglesia imperial, clasista, desentendida del mundo o comenzamos con una Iglesia distinta: servidora de los hombres, llena de sencillez, de amor, toda volcada sobre las esperanzas y angustias de los hombres".

Las gestiones conciliatorias, empero, estaban en los últimos días de marzo a la orden del día: el Consejo Arquidiocesano de Hombres de la Acción Católica remitía una nota al obispo Bolatti, ofreciendo la mediación de la entidad ante los sacerdotes renunciantes. La propuesta incluía un diálogo conjunto entre el jefe de la iglesia local y sus impugnadores, con asistencia de laicos y religiosos elegidos por el obispo: a pesar de contar con la anuencia de los renovadores" para esa gestión no parecían demasiado próximas las fases finales del proceso. El mismo día, 26 de marzo, los diarios argentinos confirmaban otra noticia: seminaristas peruanos, en adhesión total al movimiento de sacerdotes de Trujillo, tomaban como rehenes a los disidentes, a fin de impedir la expulsión de los mismos de la ciudad, Igual medida adoptaron los presos de la Cárcel Central de Trujillo con su capellán, el padre Bartolomé Bernaza, al enterarse que abándonaría su cargo por orden del arzobispo Jurgens.

En Rosario, mientras tanto, cables provenientes de Córdoba sembraban un verdadero aire de temor en la tradicional clase superior de la jerarquía eclesiástica: veinte sacerdotes de la diócesis cordobesa anunciaban su solidaridad con sus hermanos rosarinos, a quienes instaban a perseverar y mantenerse, en su posición. Ello indicaba, además, que el fuego había comenzado' a extenderse.

La repetición, casi mecánica, de conflictos similares, no solo en esta parte del mundo sino en todo lugar donde la Iglesia instala sus dominios (hay que recordar especialmente las tremendas conmociones producidas, en el plano teológico, por el nuevo catecismo holandés) prefiguran para el pueblo de Dios una sola alternativa: o la continuidad en una estructura envejecida, complicada con los instrumentos menos recomendables del poder político, jerarquizadora de privilegios, o la conformación de una Iglesia militante, arraigada en los pueblos, convencida de la necesidad de remover y transformar, por los medios que sean, los soportes que humillan y sumen a las naciones de América latina en la miseria, el hambre y el subdesarrollo.

La segunda alternativa es, indudablemente, la más difícil de soportar para las altas jerarquías tradicionales: la única, sin embargo, capaz de devolver a la Iglesia a su misión primera y única. Los llamados, ambiguamente, "rebeldes" en el seno de la Iglesia lo saben.Y saben también que la definición es inminente y necesaria, desde las palabras de San Juan, Apocalipsis, capítulo 3,16: "Mas porque eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca".

Fuente: Extraído del Libro “ BOON la revista de Rosario” - Antología . La Chicago Editora. 2013.

lunes, 2 de agosto de 2021

TORMENTA EN LA CATEDRAL

 


Por Osvaldo Agüirre



Hace aproximadamente siete meses, un grupo de sacerdotes de la tradicionalmente tranquila diócesis de Rosario tomó de pronto conciencia de que en la misma había algo muy importante que hacer: impedir, por los medios que fueran necesarios, que continuase trabada la renovación de la iglesia local. La situación no fue analizada someramente: a la luz del Evangelio y los documentos conciliares, los sacerdotes estudiaron y reflexionaron el arduo problema. El fruto de todo eso sobrepasó las meras declaraciones: se redactó el documento que, como sentido de colaboración", fue elevado al arzobispo de Rosario, monseñor doctor Guillermo Bolatti, en forma rigurosamente secreta.

Fuentes bien informadas aportaron después un dato singularmente preciso: monseñor Bolatti, sin embargo, habría violado el secreto pronunciando, durante una reunión mantenida con otros sacerdotes, el nombre de uno de los firmantes del documento, al que tomó como manifestación de enfrentamiento sin comprender el carácter de cooperación con su tarea, con que le fue presentado. A ello se sumó otro detalle importante: en la misma reunión se acusó de sembrador de odios" a un sacerdote excelente (el padre Néstor García Gómez, de barrio Godoy), profundamente encarnado en su comunidad, quien, junto con los laicos del lugar, había logrado constituir una auténtica comunidad cristiana, "una comunidad de amor", declaró a BOOM uno de los sacerdotes firmantes del primer documento.

El problema adquiría, entonces, una dimensión superior a los simples linearnientos pastorales, para convertirse también en un problema de justicia", según la opinión de sectores próximos a los sacerdotes rebeldes. Una reunión posterior, a la que asistieron muchos de los después renunciantes, trajo una novedad: estos últimos solicitaron a monseñor Bolatti la calificación de los juicios emitidos, sobre todo los dedicados al párroco García Gómez. El silencio del obispo de Rosario fue, no obstante, inapelable.

De allí en adelante, el conflicto se agudizó: los cinco sacerdotes españoles que se encontraban cumpliendo su misión evangélica en la diócesis de Rosario deberían regresar a España aunque el obispo, por convención con los sacerdotes cuestionantes, permitiera luego, teóricamente, el regreso de cuatro de ellos sin condiciones y el del padre García con algunas condiciones difíciles de cumplir: abandono de su trabajo como obrero manual, en el seno de la comunidad, y respuesta escrita a dos demandas claves: cual era el concepto del sacerdote español sobre la obediencia y cuál su definición y alcance de la participación pastoral, dos de los elementos actualizados por la tarea sacerdotal de los padres viajeros.

Tampoco la Ocsha (Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana) supuso nunca los conflictos y complicaciones que sus casi siempre jóvenes enviados traerían a las apacibles diócesis americanas: los conflictos más agudizados de los últimos meses (Perú, Argentina) tienen como actores, principales o no, a sacerdotes venidos de la Madre Patria, quienes parecen ser los que han encarnado mejor en la tarea misionera los postulados de la nueva Iglesia, con una integración absoluta y sin privilegios en sus comunidades, con una visión realista y politizada de los problemas sociales y económicos de América latina, y con la suficiente temeridad para convertirse, muchas veces, en abanderados reales de las justas demandas de sus pueblos.Y a la misma Ocsha, vencido el contrato de cinco años que esa organización extiende a sus sacerdotes para desempeñarse en América, se dirigió el obispo de Rosario a fin de plantear la necesidad del destierro de su diócesis del "rebelde" García Gómez. Por cartas remitidas por los padres españoles, se conoció la maniobra: a espaldas de ellos mismos y de lo convenido, monseñor Bolatti les prohibía el regreso a Rosario.


En el principio fue América Las maniobras llevadas a cabo por e. largo e inflexible silencio mantenido desde su asunción del cargo n las reiteradas negativas a otorgar facilidad a gestiones que aliviarar jerarquías mayor y menor (el arzobispo hizo oídos sordos al petitorio disidentes para realizar una semana de reflexión pastoral, similar a las en todo el mundo y en muchas diócesis argentinas después de febrero de 1968 y negó terminantemente, asimismo, a comentar los alcances de la encíclica Populorum Progressio, lo que le había sido solicitado por la CGT rosarina) y la diálogo alguno entre las partes, decidieron a los rebeldes a intentar renuncia a sus cargos.

La sorpresiva ebullición del conflicto no tiene, sin embargo. razones secretas. Timidamente al comienzo y en forma pública después, el clero de toda América ha ido gestando y haciendo conocer, desde hace unos años, los esquemas de una verdadera revolución, que amenaza no sólo las antiguas estructuras de la tradicional conservadora del continente sino la tranquilidad misma de las estructura de sistema político, social y económico que la sustenta. Los fines no son, sin duda ajenos postulados primeros del cristianismo retornar al pueblo de Dios a la senda- dad y la pobreza de sus Padres, hacerlo renunciar a todo privilegio Desmentir la seguridad de que se busca una Iglesia de los pobres a quienes ella acoja piadosamente sino una Iglesia pobre ella misma, esperanzada no en el mundo y en sus riquezas, en su prestigio o en sus obras, sino sólo en Cristo", como postulaba en la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín el arzobispo, Juan Landázuri Ricketts, paradójicamente el más cuestionado de este momento por sus sacerdotes.

Lejos estaba Pío XII en septiembre de 1955, en días coincidentes con la caída del régimen peronista en la Argentina, de suponer los alcances y trascendencia que tendría para su Iglesia la aprobación que otorgaba a la Conferencia Episcopal Latiameicana. Tampoco Paulo VI al recomendarle diez años después que "no es suficiente tener en cuenta la doctrina social de la Iglesia y enseñarla en abstracto" ya que “ es necesario fomentar la aplicación en las situaciones reales" imaginó que las conclusiones de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (Celam) de 1968 superarían sus propios deseos, identificándose vivamente con la realidad subdesarrollada y paupérrima de los pueblos americanos, todavía en gran parte ilusionados y engañados por el fetichismo, la superstición, la política al uso y el boato, este último para nada ajeno a la escenografía de la iglesia tradicional.

Pero los mismos basamentos económicos y políticos permitieron también, además de la solidificación de la clase eclesiástica tradicional, el paralelo entendimiento entre ambas categorías: la política y la eclesiástica. Muchas veces, no sólo en los últimos cinco años, sino desde hace décadas en esta parte del mundo, la Iglesia estuvo siempre en apoyo de los gobiernos, ya fuesen civiles o nacidos de asonadas más o menos sangrientas. Por eso, los últimos llamamientos del clero renovador parecen minar también ese entendimiento placentero y bucólico (aunque obviamente interesado): casi terroristas suenan, entonces, las palabras contenidas en el petitorio que veintiún sacerdotes dirigen al presidente Ongania el viernes 20 de diciembre de 1968, en el cual, al solicitarle al gobierno que detenga los proyectos de erradicación de las "villas de emergencia", confirman: "No dejamos de reconocer que su libertad de acción está claramente delimitada por fuerza poderosas que, desde el extranjero, dirigen nuestra política económica".

De ese enunciado obvio, a la rotunda afirmación del obispo dominicano de Santiago de Caballeros ("El hambre es en nuestros territorios el pan de cada día") hay apenas un paso. Y a partir de las dos premisas se desenvuelve la acción militante de la nueva generación religiosa y realista, empecinada en extremar hasta sus últimas consecuencias las exhortaciones papales y conciliares, que reclaman, sin medir las consecuencias ulteriores del reclamo, una Iglesia entroncada en la realidad del mundo donde se desenvuelve.

La praxis antes que la teoría Parte del clero argentino menos esclerosado, los obispos Podestá, Devoto y Quarracino, habían planteado sin ambages su negativa a aceptar las claras relaciones Iglesia-Estado en la Argentina, vínculo indefendible por la jerarquía eclesiástica, si se atiende a la caótica realidad social del país en los últimos años. Ya los obispos brasileños, en cierta medida líderes del movimiento americano (Dom Helder Cámara, de Recife; Dom José Tavora, de Aracajú y Vicente Scherer, de Porto Alegre), asumían plenamente en la práctica los teóricos preceptos de la renovación, por medio de una activa y material integración en la comunidad y sus problemas. "La praxis antes que la teoría", mandato del primado de Chile, Raúl Silva Heriríquez, era tomado al pie de la letra por la nueva corriente.

La venida de Paulo VI a América, para asistir a las ceremonias orquestadas para el Congreso Eucarístico de 1968 en Bogotá no hizo sino agudizar las contradicciones y resquebrajar la todavía indecisa ligadura de muchos de los sacerdotes jóvenes con la Iglesia americana. La repetición, mínimamente amenguada por esas olas de protesta sorda y por las discusiones en el seno de la familia eclesiástica, del boato de una liturgia adornada con los más variados matices de la espectacularidad, justamente en uno de los países donde el subdesarrollo alcanza niveles deprimentes, no hizo más que reflejar con nitidez, a posterior, las hondas grietas soportadas por la hasta entonces indivisible estructura secular. Dato ejemplificador: la Celam, reunida en Medellín en septiembre de 1968 contrastaba, pese a la mayoría renovadora instalada en su seno, con un congreso paralelo y tanto más realista que la Conferencia: el Congreso de la No Violencia, al que asistieron laicos y sacerdotes, estructurado no para "la simple enunciación de principios" sino para que los pastores convivieran con la pobreza y ella les imprimiera también su sello ignominioso.

También en Medellín y en el mismo congreso, el padre Gabriel Díaz Duque enumeraba a un semanario argentino una realidad tan alarmante como peligrosa para el poder tradicionalmente pacífico de la Iglesia americana: 'Ha terminado el diálogo con los poderes constituidos —sentenció el sacerdote con claridad— y este es el momento de pasar a la acción no violenta. Cuando también se agote este camino, tendremos que lanzarnos a la guerrilla. Pero es temprano todavía y quizá la Iglesia impida la hecatombe". No tan violentos pero no menos significativos medios utiliza, en cambio, desde hace unos años, la categoría sacerdotal argentina para mostrar las señales de la misma división, al parecer irreparable. La aparición de curas obreros (el padre español García Gómez en Rosario es un ejemplo) y de misioneros rurales comienza a enturbiar la calma de la Iglesia argentina. Los sucesos de los últimos días de 1968 confirman el difícil panorama: después de casi medio siglo sin que se produzca una alteración semejante, los sacerdotes de Goya, a instancias de su obispo, Alberto Devoto, suspendieron la celebración y oficio de la tradicional misa del gallo, reemplazándola por la lectura de un manifiesto elaborado por los sacerdotes de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen en Wilde, provincia de Buenos Aires, condenando el silencio "como una traición a la dignidad del hombre".


Paralelamente, ayuno y penitencia congregaban en diversas capillas e iglesias bonaerenses a la joven guardia eclesiástica, respondiendo a los postulados serenos Pero no menos oIjetivos de la Conferencia Episcopal de Medellín, aunque con caracteres más dramáticos, ya que denuncia el "imperialismo internacional, las miseral1es condiciones de hambre y precariedad en que viven los pueblos americanos y las represiones policiales e intervenciones del gobierno en los sindicatos".

Esa verdadera agitación de conciencias católicas había comenzado, sin muchos meses antes: en marzo de 1968, el obispo de San Isidro, en Buenos Aires, monseñor Aguirre (un ambiguo posconciliar), decide que cesen en su ministerio lados españoles de su diócesis. El adjetivo endilgado a los mismos es revelador: "agitadores". Simultáneamente y sin una aparente conexión de causas, estallan divergencias entre el clero y los poderes públicos en San Luis, Tucumán y Corrientes y se renuevan, en los días previos a Nochebuena y Navidad, las expresiones de protesta pasiva aunque con una concurrencia inusual: 3 mil fieles de Reconquista, comandados por el cura de su Catedral, el padre italiano Antonio Pierini, realizan una huelga de hambre como protesta por las pésimas condiciones socioeconómicas en que se desenvuelve la vida comunitaria en la zona, ante la cesación de las fuentes de trabajo tradicionales.

La adquisición de estado público de esos enfrentamientos internos explica los esfuerzos de la jerarquía superior por restar impulso e impedir la propagación del movimiento renovador: incluso el primado de la Argentina, cardenal Caggiano, se ocupa del problema de los curas obreros, en declaraciones en diarios porteños, eludiendo hábilmente todo ataque directo pero dejando sentado el peligro que para el mantenimiento del orden eclesiástico podían llegar a tener experiencias semejantes.

La contrafigura en América frente a esta manifestación de los sectores tradicionales, siguen siendo las explosivas declaraciones del arzobispo de Recife, Dom Helder Cámara: No puedo aceptar la violencia de los privilegiados y de los opresores que ya está instalada en América latina y que es la causa de casi todas las revueltas armadas. Es la violencia de una minoría que siembra la esclavitud y la ignorancia, que empobrece sin misericordia a las mayorías". Esos mismos argumentos fueron también los que impulsaron al párroco de Villa Quinteros, en Tucumán, el padre Fernando Fernández Ruiz, en la segunda quincena de marzo de este año, a constituirse en cabeza de un movimiento popular que exigía irrisorias conquistas: apenas, la instalación de nuevas fuentes de trabajo en la villa, reemplazando al antiguo ingenio San Ramón, definitivamente desmontado hace dos años. El párroco Fernández no estaba solo: el 21 de marzo, el obispo de Concepción, monseñor Juan Carlos Ferro, terciaba en el problema al sentir la necesidad 'como pastor de Dios, de tomar la palabra y hacerse eco de los pueblos que hoy sufren, ante las autoridades civiles,a fin de que se dé una pronta solución a los agudos problemas que los aquejan": las dos figuras de la Iglesia no tuvieron aparente éxito, dado el silencio posterior de las autoridades tucumanas, presididas por el cursillista Roberto Avellaneda. Mejor resultado, en cambio, obtuvieron los habitantes de los pueblos del norte santafesino, en los alrededores de La Gallareta, ex feudo de la tristemente famosa La Forestal, al amenazar al gobierno 'provincial con una marcha de hambre y protesta hasta la Casa de Gobierno en Santa Fe, marcha en la que intervendrían también los sacerdotes del lugar: el presidente Onganía delegó el problema en atareados asesores que ya se encuentran en la zona, estudiando los problemas de esas comunidades.

Lo que el diluvio no perdona Pero la ola de conmoción intestina de la Iglesia americana continúa. El 22 de marzo, diez sacerdotes peruanos, entre los que se contaban también párrocos españoles de la diócesis de Trujillo, elevaron sus renuncias al arzobispo Carlos María Jurgens, en solidaridad con sus compañeros los sacerdotes Marino Cortés, Gonzalo Martín y Carmelo Boni: estos tres, integrantes de la fracción renovadora del clero peruano, fueron sancionados con la separación de sus cargos por el arzobispo, al haber concurrido a reuniones de una institución religiosa que defendió y apoyó una huelga obrera, culminada con la ocupación de la catedral de Trujillo. Mientras tanto, el arzobispo Jurgens —siguiendo una costumbre que se mantiene unánime en los altos cargos de la iglesia americana— contestó con el más absoluto mutismo.

El mismo mutismo presidió el caso del obispo coadjutor, monseñor Mario Renato Cornejo Radavero, renunciante a su cargo según la Santa Sede y presuntamente instalado en Buenos Aires. La sorpresiva declaración de Ramón Fernández Trevifio, hecha en su domicilio de Córdoba 652 de la Capital Federal puso, un día después (23 de marzo), las cosas en su punto verdadero: "Puedo decirles que es verdad —manifestó a la prensa—que mi hija Marta se ha casado". La noticia del casamiento de una hija no tendría ninguna trascendencia si el desposante no hubiera sido, como en el caso Treviíío, monseñor Ravadero. Los sucesos continuaron a ritmo acelerado: otros diez sacerdotes peruanos, a cuya cabeza se halla el sacerdote español Cortés, se sumaron a la primera decena renunciante, al suspender el arzobispo Jurgens a siete de los integrantes del llamado movimiento de intervención social. Los fundamentos de las nuevas renuncias apuntan a críticas más personalizadas: impugnaoión de la política socioeconómica de la elevada jerarquía peruana, comandada por el cardenal Juan Landázuri Ricketts.

El padre Cortés apresuró, sin embargo, la definición de los alcances del movimiento renovador, desechando la denominación de "liberales", dictaminada por las autoridades superiores. La marcha en protesta por la construcción del lujosísimo Country Club de Trujillo, verdadera bofetada en una zona tradicionalmente sumida en el olvido y la miseria, y la participación activa en las huelgas promovidas por lbs trabajadores, prueban que los sacerdotes (once de los cuales son también españoles) aún cuando se nieguen a reconocerse como movimiento organizado, están dispuestos a seguir con esa conducta, en el convencimiento "de que estamos en el buen camino", de acuerdo a las declaraciones del padre Cortés.

La aparición, en varios de los momentos del conflicto y en declaraciones de los sacerdotes, del nombre del padre Camilo Torres, tiene significados más alarmantes aún para la Iglesia tradicional, a la que no tranquilizó del todo la afirmación del padre Cortés de que no consideran necesariamente obligatorio convertirse en guerrilleros para lograr sus objetivos. Más lejos de la realidad y del compromiso (no participó en el movimiento pese a ser párroco de la Iglesia de San Martín de Porres en Trujifio) parecen estar las declaraciones del titular del templo del "santo de las escobas" cuando definitivamente condenó al movimiento peruano a ser 'un diluvio en un vaso de agua”.

Rosario, la heredera Las extensas noticias publicadas por los diarios del país el domingo 16 de marzo último dieron la pauta de que el conflicto entraba, finalmente, en sus momentos más críticos: es que ese día, veintisiete sacerdotes (los padres Amiraffi, Arroyo, Canavera, Clavijo, Giarnello, Ferián, Ferrari, Larrambere, Lupori, Mallarría, Maurizi, Medina, Muré, Parolo, Luis y Francisco Parenti, Pecci, Praolini, Presello, Rolandi, Sinoba, Sonnet, Tettamanzzi, Toledano, Torres¡ y Varea) elevaban a monseñor Bolatti las renuncias colectivas a los cargos que desempeñaban en la diócesis de Rosario, cargos que iban desde las parroquias a las vicarías, capellanías y cátedras en seminarios y universidades católicas.

Los términos del documento de renuncia no hacen sino repetir los cargos de inoperancia e intolerancia apuntados anteriormente: "Mientras usted promete «visitar las parroquias» con el objeto de tomar contacto más estrecho... con los fieles de instituciones, usted se niega a recibir instituciones y comunidades que sufren gravísimos problemas, y hasta pretende acallarlas —en reiteradas ocasiones—, con la fuerza policial". Esta última, y grave, aseveración no era, por los hechos, nada gratuita: después de la partida del párroco de barrio Godoy, el sacerdote español García Gómez, monseñor Bolatti delegó en un adicto, el padre Juan Casey, la difícil tarea de reemplazar al ausente. La tendencia notoriamente conservadora del nuevo pastor no dejó de cristalizar en seguida, en desfavor de la empobrecida comunidad del barrio. El padre Casey decidió retirar de circulación las renovadoras formas del ministerio de su predecesor reimplantando nuevamente los derechos arancelarios para algunos servicios religiosos (casamientos, funerales), que habían sido saludablemente desterrados por el padre García.

Tales medidas, por cierto, no hicieron sino encauzar más aún las firmes convicciones de la barriada con respecto a la inflexibilidad de la jerarquía superior. Ya al producirse el .alejamiento de su pastor, los representantes de la grey de barrio Godoy intentaron infructuosamente que el obispo modificara su actitud de relevar al padre García: no sólo no fueron recibidos por Bolatti sino que (el 26 de enero último) tuvieron que enfrentarse con la extemporánea presencia policial, que los desalojó sin miramientos de los alrededores de la Curia.




Fuente: Extraído del Libro “ BOON la revista de Rosario” - Antología . La Chicago Editora. 2013.





PENAS, JUVENTUD Y REBELION

 



-” En sus inicios (…) los muchachos de la Franja Morada se reunían en mi boliche.

Era la dictadura de Onganía, época de represión e ilegalidad del movimiento estudiantil.

También se reunían en las peñas los muchachos de izquierda. Algunos estudiantes dormían en la peña por temor a los allanamientos policiales, les dejábamos las llaves pero guardábamos las botellas para no se la tomaran”

Raúl Mendoza, dueño de Mi Rincón, citado por Luis Cingolani en Vasco Mundo, Rosario. 1996







Fuente: Extraído del Libro Historia de Rosario de Juan Alvarez.