viernes, 31 de julio de 2015

ACTIVIDAD PORTUARIA



Por Miguel Angel De Marco

Se ha dicho que el puerto seguía ocupando un importante papel, pese a que las instalaciones resultaban reducidas para el intenso movimiento que en él se registraba. Pues, al decir de la Bolsa de Comercio en un documento elaborado en 1929, había sido previsto para una capacidad inicial de 1.310.000 toneladas, que en aumento progresivo debía llegar a las 2.500.000 en 1930 —según mencionamos en el capítulo anterior—, pero en 1927 había alcan­zado las 6.837.657 toneladas.
Una dificultad para que los buques de gran calado accedieran libremente al puerto de Rosario la constituía el largo trecho que debían cubrir para entrar en el Paraná, pues tenían que retroceder hasta el canal de acceso al puerto de Buenos Aires, tomar el de Martín García y luego el Paraná Guazú
En 1893, el ingeniero Emilio Mitre había proyectado abrir una vía por tierra firme, a lo largo de la provincia de Buenos Aires, entre Puerto Nuevo y Lujan.
Recién en 1910 el Congreso sancionó una ley al respecto. Pasaron los años hasta que en 1923 comenzaron los trabajos, que fueron proyectados en cuatro ci.ipas: la primera concluyó en 1930, año en que quedaron suspendidos los trabajos. Transcurrieron varias décadas hasta que en 1976 se inauguraron las obras de dragado, muros de encauzamiento, iluminación y canal de 30 pies de calado, lo que provocó un acortamiento de la distancia y un abarata­miento de los fletes. r
Pero, no obstante lo dicho, en 1921 se alcanzó uno de los mayores promedios del país en exportación de lino, con un 47,73 por ciento del total nacional.
El comercio y la industria registraron un notable incremento. El censo correspondiente a dichas actividades de los años 1828-1829 consignó que en el departamento Rosario se concentraba el 43 por ciento de los capitales existentes en la provincia de Santa Fe.
Fuente: Extraído de Libro “ Rosario desde sus orígenes hasta nuestros días” Síntesis Histórica. Editorial Librería API  2º Edición. Rosario 1984.

DESARROLLO ECONÓMICO




Por Miguel Angel De Marco



La Primera Guerra Mundial, que hizo que no pocos extranjeros o sus hijos cruzaran el Océano para servir como voluntarios en las fuerzas armadas de sus respectivos países, produjo una reactivación notable de la agricultura en toda la provincia de Santa Fe y originó un cada día más activo movimiento portuario. Durante la gran conflagración los precios de los cereales argentinos aumentaron en forma sostenida. Y concluida la lucha, al desaparecer Rusia como principal vendedor de granos, la Argentina se transformó en el primer país exportador del mundo en ese rubro. En consecuencia, la provincia de Santa Fe incrementó la colonización de los campos del norte, la subdivisión de los grandes establecimientos y la instalación de estancias en los bordes cercanos a las vías del ferrocarril. Toda esa producción se canalizó fundamen­talmente por Rosario, a través de buques de diferentes banderas. También creció proporcionalmente la ganadería, que en 1924 recibió un importante impulso. Rosario tuvo entonces un papel preponderante al instalarse en sus cercanías el frigorífico Swift, de capitales norteamericanos, que procuró des­plazar del mercado a los ingleses.


Fuente: Extraído de Libro “ Rosario desde sus orígenes hasta nuestros días” Síntesis Histórica. Editorial Librería API  2º Edición. Rosario 1984

jueves, 30 de julio de 2015

LA "CONSTITUCIÓN DEL '21"



Por Miguel Angel De Marco

En lo político-institucional, gravitaron en el período que venimos rese­ñando las discusiones derivadas de la sanción de la Constitución Provincial de 1921, que introdujo profundas reformas al derecho público santafesino. Hubo enérgicas        discusiones en la Legislatura, a través de la prensa y en los ámbitos gubernativos, donde prevaleció la tesis de vetarla.
Entre los puntos rispidos de la denominada Constitución del 21, se hallaban la eliminación del preámbulo, de la religión Católica como credo del Estado y, en otro orden, de las loterías y juegos de azar. La Carta disponía también la inmovilidad de los empleados públicos y regulaba los actos de las intervenciones, fijaba las "bases del régimen económico y del trabajo" y del sistema electoral; suprimía el requisito de pertenecer a la religión católica para ser elegido gobernador y vicegobernador, como también el juramento para la asunción de los cargos públicos, reemplazado por una simple promesa de cumplir con la Constitución y las leyes. Dividía a las municipalidades en tres categorías: las que pertenecían a la primera, como Rosario, debían darse sus propias Cartas; creaba la Corte Suprema de Justicia y el Jury de enjuicia­miento para magistrados, y establecía la enseñanza gratuita, integral y laica.
Meses después del movimiento militar del 6 de septiembre de 1930, cuyo jefe y seguidores se hallaban fuertemente impregnados de las ideas corporativistas entonces en boga, hubo elecciones generales, pero como el radicalismo resultó triunfante en la provincia de Buenos Aires, fueron suspen­didos los comicios en Santa Fe, Corrientes y Córdoba. Previa exclusión de las candidaturas de personas que hubieran pertenecido a aquel partido, vol­vióse a llamar a la ciudadanía a las urnas, y en Santa Fe triunfó el Partido Demócrata Progresista. Ello determinó la declaración de la vigencia de la Constitución del '21, que rigió hasta la intervención federal a la provincia, en octubre de 1935.
En cumplimiento de lo mandado por la constitución, se realizó en Rosa­rio, en 1933, una Convención Municipal que dictó una Carta para la ciudad, la cual rigió hasta la intervención citada.
En el orden nacional, las elecciones, condicionadas por la proscripción del radicalismo, dieron la presidencia al general Agustín P. Justo (1932-1938). Lo sucedió en el mando el doctor Roberto M. Ortiz, quien, enfermo, no pudo concluir su mandato, cediéndolo al vicepresidente, doctor Ramón S. Castillo, que a su vez no logró finalizarlo pues lo derrocó el movimiento militar del 4 de junio de 1943.
El drama de la Segunda Guerra Mundial, como antes la Guerra Civil Española, compartió, junto con los grandes hechos nacionales acaecidos en esta etapa, un lugar en la mente y en el corazón de los rosarinos.
A lo largo del período que venimos reseñando, Rosario soportó resignada constantes cambios de conducción municipal, pues, salvo el período de vigencia de la Constitución del '21, en que los intendentes eran elegidos por votación popular, el gobernador de la provincia designaba directamente al lord mayor, mientras el vecindario solo sufragaba para la integración del Concejo Deliberante.
Entre otros intendentes, merecen una mención especial los doctores J. Daniel Infante (1912-1913) y Miguel Culaciatti (1935-1938), por el impulso que dieron a distintas obras de mejoramiento urbano.
No faltaron durante esos años los enfrentamientos entre radicales perso­nalistas —que respondían a la enigmática figura del dos veces presidente Hipólito Yrigoyen (1916-1922; 1928-1930)y antipersonalistas—seguidores de Marcelo T. de Alvear, primer mandatario entre 1922 y 1928, y de éstos con los demócrata-progresistas, socialistas y comunistas. Como las costumbres cívicas distaban aún de haber alcanzado la madurez, abundaron las denuncias de fraude en los comicios.
Fuente: Extraído de Libro “ Rosario desde sus orígenes hasta nuestros días” Síntesis Histórica. Editorial Librería API  2º Edición. Rosario 1984.

miércoles, 29 de julio de 2015

LA FÁBRICA.



Postales proletarias del progreso
 Por Agustina Prieto

Contando con capital nacional, exención impositiva de la provincia, maquinaria
europea y técnicos alemanes seleccionados personalmente por Ernesto Tornquist,
titular de la empresa, la Refinería Argentina de Azúcar fue inaugurada en 1889 en
las barrancas del río Paraná, al norte de un sector dominado longitudinalmente por vías, talleres, playas de maniobras, depósitos, muelles y estaciones de ferrocarril. El establecimiento operaba con personal fijo y temporario; este último era contratado cuando llegaba el azúcar desde Tucumán por un ramal ferroviario que terminada adentro mismo de la fábrica. En 1914 la cifra total de empleados ascendió a 1.525, siendo los permanentes solo un tercio, de los cuales 114 eran argentinos y 354 extranjeros. La temporada alta de la producción duraba cuatro o cinco meses; durante la temporada baja, el personal permanente elaboraba productos con los desechos de caña, como alcohol. Desde el principio, la empresa de Tornquist enfrentó situaciones de crisis vinculadas a la provisión de insumos o a las fluctuaciones del mercado internacional, que durante los años de la Primera Guerra impulsaron al gerente alemán Máximo Hagemann a disponer cierres
transitorios de varios meses cada uno. En 1930 los obreros realizaron la última hornada de azúcar.
En su mejor momento, hacia fines y principios del siglo XX, la Refinería
Argentina de Azúcar estuvo a la vanguardia de la industria nacional. Entendidos
y profanos se admiraban de las proporciones arquitectónicas,  de la maquinaria y de la logística del establecimiento, que contaba con numerosos galpones y talleres. De noche, en temporada alta de producción,  las chimeneas humeando y las tiras de ventanas iluminadas en todos los pisos traían a los cronistas anónimos “reminiscencias de las grandes fábricas de las ciudades europeas”. En este sentido, la Refinería y los demás establecimientos del enclave, incluyendo a los talleres ferroviarios,  parecían colmar las expectativas de los que vislumbraban una ciudad industrial a imagen de Manchester o de Chicago. Si bien el gran despegue industrial de Rosario sobrevino recién en los años 40 del siglo XX, esta concentración de fábricas de grandes dimensiones que daban ocupación a miles de trabajadores argentinos y extranjeros y la moderna tecnología empleada en algunas de ellas hizo pensar, ya fines del XIX,  que en los suburbios del norte el sueño se había realizado.

Fuente: Fuente: Ciudad de Rosario
Museo de la Ciudad
Editorial Municipal de Rosario
Ciudad de Rosario / Agustina Prieto ... [et.al.]. - 1a ed. - Rosario : Municipal de Rosario, 2010.
228 p. ; 23x18 cm.

Municipalidad de Rosario
Secretaría de Cultura y Educación
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martes, 28 de julio de 2015

LAS PESTES



Postales proletarias del progreso
 Por Agustina Prieto

La abrupta expansión urbana y demográfica, que se había iniciado a mediados
del siglo XIX, elevó los índices de morbilidad y mortalidad generales de la población a niveles que situaron a Rosario entre las ciudades más “antihigiénicas” del planeta. Los decesos provocados anualmente por enfermedades infectocontagiosas fueron atribuidos al hacinamiento en habitaciones malsanas, a la falta de una red proveedora de agua corriente y de un sistema eficaz de eliminación de aguas servidas. La cuestión sanitaria preocupó siempre a las autoridades y a la población, pero las epidemias de cólera que asolaron Rosario en los veranos de 1867-68, 1886-87 y 1894-95 y la de peste bubónica de enero de 1900, llevaron la preocupación al paroxismo: se extendió el miedo al contagio y a la muerte, agravado por la angustia que provocaba la paralización del movimiento
portuario dispuesta por las autoridades sanitarias de la Nación.
Las víctimas fatales de la primera epidemia de cólera fueron estimadas en 420; las de la segunda en 1.156 y las de la última del siglo en 452. La de 1867-68 fue transportada por uno de los barcos que participaba de la guerra que Argentina, Brasil y Uruguay mantenían contra Paraguay. Las otras dos llegaron igualmente por barco y se propagaron en las sobrepobladas habitaciones sin cloacas ni agua corriente de los barrios obreros.
Los cordones sanitarios y el temor a que el puerto perdiera atractivo por el amenazante estado sanitario de la ciudad, impulsaron la puesta en marcha de las obras que dotaron al casco urbano de cloacas y agua corriente y la creación de instituciones como la Oficina de Higiene (1887), que luego se transformó en la Asistencia Pública Municipal (1890).
La epidemia de peste bubónica de 1900 también tuvo su foco en el puerto, pero esta vez el elemento transmisor no fue el agua sino las bolsas de cereal que se acumulaban en las barracas cercanas al río,  atrayendo a las ratas portadoras de la pulga que transmite la bacteria de la peste negra. Los muertos no alcanzaron el medio centenar, pero el impacto social fue mayor que el causado por las epidemias de cólera.
Para no aventar la alarma, a semanas de haberse presentado en el Parlamento de la Nación el proyecto para la construcción del Puerto Moderno,  las municipales y los sectores vinculados al comercio y a la exportación iniciaron una drástica campaña de higienización antes incluso de declararse oficialmente la existencia de una epidemia. La denuncia de un diario de Buenos Aires provocó que las autoridades nacionales establecieran un cordón sanitario y profundizaran la campaña de higienización.
Las medidas apuntaron principalmente a los barrios obreros, cuyos habitantes fueron sometidos a desalojos y baños compulsivos, teniendo que contemplar la destrucción de un millar de ranchos y casillas.
Particulares e instituciones corporativas que se expresaron a través de la prensa pusieron en duda la existencia de la peste, interpretando la medida como un ataque al puerto rosarino perpetrado por los defensores del puerto de Buenos Aires y atacando frontalmente a las autoridades sanitarias,  los funcionarios públicos y los médicos que decretaron la epidemia.
  
Fuente: Ciudad de Rosario
Museo de la Ciudad
Editorial Municipal de Rosario
Ciudad de Rosario / Agustina Prieto ... [et.al.]. - 1a ed. - Rosario : Municipal de Rosario, 2010.
228 p. ; 23x18 cm.

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lunes, 27 de julio de 2015

LOS BARRIOS



Postales proletarias del progreso

Por Agustina Prieto

No solo el caserío que rodeaba la Refinería Argentina de Azúcar, sino por extensión una zona considerablemente más amplia ocupada por otros caseríos igualmente proletarios, recibió el nombre de Refinería.
Una postal de principios del siglo XX reproduce la fotografía de una esquina con almacén, carros y vías del tranvía, además de algunos hombres y un buen número de chicos; podría haber sido tomada en cualquiera de las calles que rodeaban el centro de Rosario, pero la inscripción
bilingüe la sitúa claramente y le confiere un sentido particular: el barrio tenía “entrada” porque para ingresar había que sortear primero el ancho cordón de vías férreas que lo aislaban del casco urbano más antiguo.
El contraste fue la nota distintiva de Refinería. Faltaban los matices que diluyeran, como en la parte más antigua de la ciudad, la cuestión sin resolver de los “efectos no deseados” del progreso. Fuera del radio de acción de las obras de infraestructura sanitaria que a fines del siglo XIX contribuyeron a reducir los altísimos índices de morbilidad y mortalidad generales de la población de Rosario, los barrios proletarios siguieron teniendo
malas condiciones higiénicas: a nadie podía sorprenderle que fueran el blanco principal de las epidemias de cólera y peste bubónica. Para los entusiastas del nuevo orden capitalista, estos problemas eran inseparables del mismo progreso que, en su impulso, terminaría por solucionarlos.
Para los detractores de ese orden, por el contrario, eran manifestaciones de las iniquidades sociales que generaba. Los primeros buscaron actuar sobre los efectos; los segundos, sobre las causas. Refinería quedó así en la mira de revolucionarios, redentores y reformadores sociales, políticos y funcionarios, médicos, abogados y educadores comprometidos en la tarea de atacar las causas de la explotación o revertir sus consecuencias.
También suscitó la atención de escritores, periodistas, artistas plásticos y fotógrafos interesados en los grandes temas sociales o en búsqueda deuna nota de color.

Fuente: Ciudad de Rosario
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Ciudad de Rosario / Agustina Prieto ... [et.al.]. - 1a ed. - Rosario : Municipal de Rosario, 2010.
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jueves, 23 de julio de 2015

CRONICA UN DIA EN REFINERIA

Postales proletarias del progreso
Agustina Prieto



“Perezosamente se estira la mañana en el barrio. Cimbronazo fuerte el despertar. Somnolienta actividad tempranera precedió a la

calma de las calles y a la crepitación de los engranajes de las fábricas.

Hora en que únicamente las mujeres se hallan en las casas y los desocupados en las esquinas la elegida por nosotros para visitar

el populoso barrio obrero.

Refinería suena como a pueblo distante. Cuando la época de las grandes huelgas tuvo celebridad, y cuando el malevaje hacía

estragos en los suburbios no se borró de la crónica de policía.

Fuerte del moreirismo madrugador, su conventillo El Atrevido, tan grande como mugriento, fue lugar de duelos trágicos. En sus

inmediaciones el alma diabólica del gaucho ciudadanizado, guió más de un brazo diestro en las parábolas de muerte trazadas por el

puñal, a la luz de la luna o al reflejo fosforescente del alcohol.

Mentada pero no descripta, la vida pintoresca de Refinería llegó a todos los oídos. Y casi como leyenda se conserva. Sábese que hay un barrio que trabaja, se divierte y, cuando está borracho pelea, y, cuando está en reclamaciones hace sentir sus fuerzas. (…)

No turban la quietud habitual más que las pitadas de las fábricas y las procesiones de obreros a la salida y entrada de los talleres.

El movimiento que se podría llamar central o urgente aminora a mediodía, cuando los ranchitos y los conventillos se animan con la

presencia del obrero, y los muchachos se recogen alrededor del almuerzo.

Con las horas cambia el aspecto del lugar.

Si la mañana es silenciosa no lo es la tarde, que empieza con nervioso carreteo, se paraliza durante breves momentos de siesta

y se agita alegremente a la oración, cuando por las calles pasean su gracia las más coquetas obreritas y los galanes piropean con

despreocupado orgullo, y las madres esperan a los suyos para la cena y en las casas se preparan el naipe para la tertulia nocturna, y

los despachos de bebidas hacen su negocio con el aperitivo.

No hablamos de la noche, que con la mañana y la tarde, tiene su especial y única entonación.

Quisimos dejar al barrio en la tonalidad uniforme y modorra reconfortante del mediodía.”

Monos y monadas, Rosario, n° 52, 11 de junio de 1911.



Fuente: Extraído Ciudad de Rosario  Museo de la Ciudad

Editorial Municipal de Rosario

Ciudad de Rosario / Agustina Prieto ... [et.al.]. - 1a ed. - Rosario : Municipal de Rosario, 2010.

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martes, 21 de julio de 2015

DE REFINERÍA AL SWIFT.



Postales proletarias del progreso
Agustina Prieto

 Desde mediados del XIX, las zonas aledañas a las desembocaduras de los arroyos Ludueña y Saladillo, que durante mucho tiempo fijaron los confines norte y sur de Rosario, fueron destinadas al desarrollo de actividades productivas. Justo José de Urquiza, que instaló en 1859 un saladero donde ahora está la planta potabilizadora de Obras Sanitarias, fue uno de los primeros en advertir que las inmediaciones

del arroyo Ludueña eran adecuadas para transformar materias primas en productos con salida directa a los mares del mundo.

A lo largo de la década de 1880, fábricas, talleres y barracas fueron ocupando la zona del “arroyito”, por entonces muy alejada del casco urbano,  que de esta forma se mantenía a salvo de los efectos insalubres de la actividad fabril. En los años veinte del siglo siguiente, el Frigorífico Swift, levantado en la intersección del Paraná y el arroyo Saladillo, cambió drásticamente el perfil ambiental, social y productivo de una zona reservada hasta entonces al ocio estival. Una línea prácticamente interrumpida de establecimientos industriales, depósitos, vías férreas e instalaciones portuarias que se extendía desde la refinería de azúcar al norte hasta el frigorífico al sur obstaculizó y, en buena medida, impidió el acceso de la población a la ribera del río.

La zona comprendida entre el “arroyito” y las vías del Ferrocarril Central Argentino fue ocupada por modernos y voluminosos establecimientos que transformaban materia prima, como la Refinería Argentina del Azúcar y la Destilería de Wildemburg, o que la mantenían en depósitos, como la barraca de Arijón o los Graneros adyacentes a la estación Sunchales  (Rosario Norte). Los grandes Talleres del Ferrocarril Central Argentino imponían su propio sesgo a un importante sector de los llamados “barrios industriales”, donde también se asentaban las empresas proveedoras de agua y energía eléctrica.

Fuente: Extraído: del libro
Ciudad de Rosario

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lunes, 20 de julio de 2015

Canti criollos



Postales proletarias del progreso
Agustina Prieto

El canto que penetró con melancolía el alma del italiano Franco Ciarlantini en la extraña fonda del puerto caló por igual el alma de los criollos desplazados por los inmigrantes y de los inmigrantes mismos, deseosos de asimilarse al país del que ya no pensaban irse. La escuela pública y la cultura de sesgo criollista popularizada por la música,  el teatro y los folletines gauchescos fueron herramientas fundamentales en la nacionalización de la sociedad cosmopolita prohijada por el puerto. “Siempre recordaré mi primera visita a Rosario de Santa Fe, no solamente por la exquisita, señorial cortesía del conde Ottavio Gloria, nuestro Cónsul en la ciudad, no solamente por la cordialidad de muchos de los

nuestros connacionales (…) sino también por las horas nocturnas pasadas en una extraña fonda cercana al Puerto, donde los sabios indican que una persona de bien no debería aventurarse sin conocer el lugar. He aquí la fonda: una informe barraca de madera, ladrillo y chapa ondulada. Suturas realizadas con grandes hojas de papel, más que todo avisos publicitarios que mezclan lo útil con lo placentero creando un efecto decorativo sobre las paredes de la barraca, un juego de colores de efecto más bien futurista. La única habitación tiene distintos niveles, como un extraño teatro retorcido por inexplicables movimientos telúricos. Luces de todo tipo, desde lamparillas eléctricas, a velas, a faroles de petróleo. El hedor de todas las tabernas de la tierra, una especie de sinfonía de olores heterogéneos que forman un ambiente pasible de toda repugnancia olfativa. Variedad de tipos: europeos de paso, europeos americanizados,

gente del lugar que mantiene las características de los indios; parejas de amantes, deracinés que esperan su destino con filosófica confianza;estibadores del puerto, adivinadoras y magos, vendedores al menudeo de objetos varios y golosinas, devoradores de grandes cantidades de pasta y flemáticos bebedores de cerveza,  gente ruidosa y violenta y figuras de inmutabilidad asiática, vendedores de diarios,  lustrabotas, contadores de historias; una farragosa exhibición de tipos de toda especie.

Tengo en la memoria sobre todo a los contadores de historias. Habían dado las tres

después de la medianoche y aparecieron en la puerta, como máscaras de un carnaval retrasado, guitarristas y cantantes de ropas vivaces con remiendos variopintos. Siento todavía los cantos de aquella noche. Cantos criollos, voces desagradables al principio,  chillonas y molestas como cuervos o más bien como el graznido de los gansos de nuestros pantanos; voces que terminan por interesar por la insistencia de ciertos ritmos, por el acoso insistente de ciertas monodias. Al principio lo asalta a uno el loco deseo de arrojar violentamente a los vagabundos por la puerta para librarse de un fastidio intolerable, después viene la curiosidad y, finalmente, el interés. Tristeza de los cantos; tristeza infinita y a la vez incomprendida: nostalgia misteriosa del que no sabe qué añora, del que sufre por incapacidad de entender la propia nostalgia.

Finaliza el canto y el pensamiento fluctúa por la Pampa interminable, sin un grupo

de árboles, sin un sonido, sin el centellar del agua, sin un trino de pájaros. Ese canto melancólico penetra, entonces, en nuestra alma y nos hace compañía y da el color y el sabor del paisaje. Se siente que eso nace del desierto y está hecho de todos los desalientos, de todas las penas, de todas las esperanzas frustradas, de todos los sueños inalcanzables. Después los cantores recomienzan: el mismo tono desesperado ycasi repugnante, pero poco a poco la misma sugestión emana de ese canto, el mismotormento, el mismo interés.”

Franco Ciarlantini: Viaggio in Argentina, Milano, Ed. Alpes, 1928.
Extraído de libro:
Ciudad de Rosario



Museo de la Ciudad



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domingo, 19 de julio de 2015

Los grandes festejos de Rosario



En octubre de 1925 Rosario celebró su "segundo centenario", convencida de la autenticidad del relato de Pedro Tuella sobre los orígenes de la ciudad. Los actos contaron con la presencia del presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear, y arribaron al puerto las naves de guerra Almirante Brown, Jujuy, Paraná y La Plata.
Los imponentes festejos que se extendieron por todos los barrios, y la colocación de una docena de piedras fundamentales promesa de futuros emprendimientos, reflejaban el orgullo de una ciudad progresista que ya contaba con 400.000 habitantes. Entre 1914 y 1926, apenas 12 años, "había duplicado su población".
Por entonces los habitantes comen­zaron a establecer lazos a través de las primeras broadcasting. En marzo de 1924 inició su transmisión la primera radio del interior del país, LT3; en 1927, la radio Colón, hoy LT8; y en 1932 Radio del Litoral, hoy Radio Nacional. El movimiento artístico que vivieron sus principales salas teatrales la "   convirtieron en el primer centro &   cultural del interior, con espectácu­los de calidad. José Gómez, Camila .2   Quiroga, Blanca Podestá, Lola Jh   Membrives, Beniamino Gigli, Ana 5j   Pavlowa, fueron sólo algunas de las O   estrellas que pasaron por los escenarios de Rosario en la tres primeras décadas de este siglo. En 1925 Ernesto de Larrechea creó el Teatro Infantil Municipal después Escuela Municipal de Arte Escénico Infantil, con una fecunda trayectoria como  cantera  de vocaciones artísticas.
Para 1912 existían quince salas cinematógrafas, con servicio de bar, y en las década del 10 y el 20 se habilitaron salas construidas especialmente para la exhibición de películas: Palace Theatre, El Pampero, Smart, Astral, Casino, Edén Park, Moderno, Sol de Mayo, Alvear, Mundial, Marconi, Nacio­nal, Gran Rex, Astor, Real, Rivadavia, Urquiza, Empire, entre otros. El puerto de Rosario continuaba batiendo récord de exportación, y a partir de 1 a década del 20 y hasta la del 40 salió por el la mitad de la producción nacional de lino. Sin embargo la ciudad no fue inmune a la depresión económica internacio­nal de 1929. El país estaba vinculado directamente al mercado mundial como uno de los principales proveedores de cereal, y sujeto a las variables del mismo. La depresión influyó en la caída de la cotización de los cereales, y en la restricción del crédito agropecuario. Un censo relevado en esos meses destacó que en Rosario existían más de 14.000 desocupados, un 7% de la población, cifra considerada una afrenta para el sueño argentino. La depresión económica mundial también ejerció su efecto sobre una ciudad que aún seguía sin resolver el problema habitacional de miles de habitantes hacinados en conventillos y en casas de inquilinato, tendencia que comenzó a revertirse a comien­zos de la década del 40. El mundo marginal cobró dimensio­nes nunca vistas. Prostitución, rufianismo, y grupos mañosos tuvieron a maltraer a la policía. Unido el malestar económico con el político aceleraron en 1930 el derrocamiento del presidente de la Nación, don Hipólito Yrigoyen. Por primera vez desde la sanción de la Constitución de 1853 se produjo la ruptura del orden constitucional a través de un golpe de Estado, sentando un nefasto precedente. Rosario se mantuvo ajena al movimiento, y según Juan Alvarez, testigo de los hechos, recibió la noticia sin agitarse, admitiendo en seguida y con sensación de alivio al nuevo orden de cosas, que también implicaba la caída del gobierno local. El presidente de facto, José F. Uriburu para congraciarse con la ciudad designó dos personas de reconocida honestidad en la intendencia, Fermín Lejarza y Alejandro Carrasco.

Fuente: Extraído de la Revista “Rosario y su Historia”. Fascículo Nº 57 de Octubre de 2007

jueves, 16 de julio de 2015

LA FIESTA GRANDE: EL CARNAVAL



Por Rafael Ielpi

    Pero la fiesta del pueblo (aunque de ella participara también el resto del espectro social) era sin duda la de los días del Carnaval, cuya celebración ruidosa, agresiva, pintoresca y colorinche iba a mantenerse durante décadas para ir perdiendo paulatinamente aquel carácter par­ticipado y alegre hasta convertirse en otra cosa
  Las carnestolendas, con sus corsos de carruajes, sus serpentinas, papeles picados y juegos de agua, ya eran patrimonio de la ciudad hacia finales del siglo XIX y primeros años del XX. En enero de 1870, La Juventud comentaba las impresiones que generaba la fiesta, por lo menos entre la "gente de buen tono": La semana ha sido espléndida. Ha habido para todas las edades y para todas las concesiones. Sin hablar de los bailes que han estado magníficos, la plaza ha sido también durante las tres noches el teatro de alegres escenas ocasionadas por las comparsas de damas distinguidas que iban a intrigar a sus amigos. Los pomitos de agua han tomado también gran parte de las alegrías de la plaza. Todo el mundo jugaba: niños, señoras, jóvenes y viejos.
La costumbre de festejar el Carnaval, feriado obligatorio me­diante, se había iniciado —como tantas otras modas impuestas desde allí— en la Capital Federal, con las mismas características de alegría, jolgorio y diversión que adquiriría en Rosario, donde se reiteraron, desde la década del 70 del siglo XIX hasta la del 50 del siguiente, los corsos, desfiles y concursos de mascaritas, murgas y comparsas.

Tiempo atrás, febrero era sinónimo de carnavales. Y los carnavales supo­nían disfraces, fantasías y calles llenas de serpentinas y alguna que otra bombita de agua. Llegaba la época de Carnaval, los tres últimos días de festividades, para hablar con exactitud y de repente sucedía: oficinas publi­cas, bancos, escuelas, todo eso cerraba sus puertas para dedicarse pura y exclusivamente al jolgorio de las mascaritas. La tradición, recuerda el arqui­tecto José María Peña, había comenzado en 1869, cuando "Los habi­tantes de la luna", "Los tenorios" y "Salamanca" recorrieron el empe­drado de la calle Victoria (HipólitoYrigoyen ahora) entre Buen Orden y Lorea (Bernardo de Irigoyen y Luis Sáenz Peña). Curiosamente, o no, a la vuelta de la Calle del Pecado, una de las primeras "zonas rojas" de la ciudad, fue donde se oficializó esa costumbre que, por algunos días, hacía como que borraba diferencias sociales y barreras económicas.
(Soledad Vallejos: "Jolgorios", en diario Clarín, 12 de febrero de 2003)

   En enero de 1900, por ejemplo, La Capital adelanta la moda de los carnavales cercanos, con la descripción de atuendos que hubiera valido la pena poder contemplar: Este Carnaval también se verán bonitos y caprichosos disfraces cuyo adorno se reconcentra todo en la cabeza. Y pasa a describirlos: el denominado "Alegoría de la Flora", consistente en un peinado de rodete, adornado a los lados con grandes girasoles, de los que parten otras tantas ramas de helécho que coronan la frente; la "Alegoría de la fauna", peinado muy alto, muy ahuecado, con rodete en espiral a cuyo alrededor se arrollan dos serpientes de oro y pedre­rías, mientras el cuello debe adornarse con un collar en el que figure una serpiente de gran tamaño, cuya cabeza caiga sobre el pecho. Y final­mente, "La Mineralogía", un peinado griego adornado con diademas metálicas, de las que parten dos grandes arcadas de oro cincelado, sos­tenidas por rosetones de plata.
Mientras se invita a las señoras a intentar semejantes peinados, el mismo diario anoticia que la "Sociedad de Negros Africanos" está empeñada en ensayar noche a noche las piezas de música y canto con las que se presentará en el próximo torneo carnavalesco. El 13 de febrero otra sociedad similar, llamada "Pobres negros africanos" apa­rece en el mismo diario con una noticia de ribetes insólitos: En la puerta del diario ejecutó una Marcha de los Boers. Por el entusiasmo que se advierte en ellos, quizás obtengan el primer premio en el próximo Carnaval, dice La Capital. Que los "pobres negros africanos" tocaran una marcha de los boers, sonaba entonces, tanto como hoy, como una tremebunda humorada...
Ese entusiasmo contagioso por la fiesta del Carnaval difería notoriamente de lo que ocurría en Buenos Aires en los mismos años. Andrés Carretero señala: En 1902, y según Roberto J. Payró, el carnaval había caído en la monotonía. Ya no se podía ver ni aplaudir en el corso a las comparsas como "Los habitantes de la Luna", "Los de Carapachay" o "Los locos alegres". Los disfraces y los disfrazados habían perdido el espíritu de la diversión y la alegría para convertirse en máscaras sin contenido ni signifi­cado carnavalesco. La risa se había reemplazado por el gesto grotesco. Pero en estas críticas, posiblemente acertadas, no se tenía en cuenta que era una forma de refugiarse y evadirse de la pobreza y la miseria aplicando la imaginación creadora a los escasos recursos...
Hacia el centenario de 1810, los "corsos" iban a ser una de las atracciones del Carnaval rosarino, por la posibilidad de diversión módica que ofrecía aquel desfile de carrozas, máscaras y mascaritas que transi­taba sin descanso por la calle, arrojándose serpentinas, agua florida, papel picado, rivalizando en la originalidad de los atuendos tanto como en la música y los cánticos de las comparsas, antecedentes menos rui­dosos que las murgas que vendrían después. Entre 1910 y 1916, uno de esos corsos concurridos ocupaba el sector norte del Bulevar Oroño, con un recorrido que iba de Salta a Brown, de ésta hasta Alvear y por ésta hasta Salta y Rivadavia, con las aceras y jardines situados en el medio del boulevard completamente ocupados por el público, mientras los carrua­jes transitaban por las calzadas y desfilaban algunas comparsas.
Igualmente concurrido era el corso de Alberdi, que en 1911 motivara una nota muy descriptiva de Monos y Monadas, que refleja el clima y escenografía de aquella lejana celebración popular de raíz pagana: Los palcos, que eran muchos, estaban atestados del mundo de los dos sexos. Las serpentinas, las flores y los confites enviaban saludos de un coche a otro coche. Familias de nuestra sociedad más distinguida se dieron cita allí en las tardes del domingo y martes. Se notaron algunos hermosos carros hábil­mente adornados. Faltó el carruaje alegórico, la máscara espiritual y otras cosas que no es de buen gusto mencionarlas pero por lo menos —lo que no es poco— reinó cierta relativa cultura y el entusiasmo no decayó un instante, sintiendo todo el mundo, de veras, el estampido de la bomba que anunciaba la termina­ción del corso por estar ya encima la noche...
No sería tan elogiosa en cambio, la crónica del baile de Carnaval, que tuvo sus bemoles: Hubo falta de entusiasmo; las damas y señoritas se mostraron muy hiératicas, muy sacerdotales; los caballeros, muy apegados a las mesas del refectorio. El calor era sofocante y natural­mente, lo mejor era hacer lo posible para tomar el fresco y quitarse la sed. Hubo algunas doncellas curiosas apostadas en las ventanas, que no quisie­ron llegarse a los salones... La poca animación la pondrían algunos hombres más que notorios del Rosario: Alfredo J. Rouillón, José A. Maini y Guillermo Sugasti, a quienes la revista llama generosa­mente los héroes de este hermoso triunfo. El desfile de las carrozas, en ese corso, se realizaba sobre el Bulevar San Martín, por el que se pavo­neaban asimismo las familias de ese aristocrático pueblo vecino, como se definía a Alberdi.
   En 1912, el corso de Alberdi volvía por sus fueros, para La Capital, que detallaba: El corso realizado anoche en el barrio se singularizó por la cultura, familiaridad e inmejorable ambiente social. No ha podido ser más brillante el éxito que alcanzó el corso del boulevard Rondeau en las noches del sábado y domingo últimos. Una enorme concurrencia de automóviles y coches, carros adornados y otros vehículos ocupó la calzada habilitada por el desfile y sobre las aceras se situó un gentío enorme que presenció y participó de la fiesta, indudablemente, la comisión que organizó ese corso vio satisfe­chos ampliamente los deseos y propósitos que la indujeron a propiciarlo.
Saladillo, pese a lo alejado del centro rosarino, no se privaba de organizar también su corso de Carnaval, junto al baile de disfraz y fan­tasía de rigor que, en 1915, era organizado con éxito lisonjero por el Saladillo Club. El desfile de carrozas y carros alegóricos y comparsas se hacía teniendo como escenario a la actual Avenida Lucero. Caras y Caretas, en 1915, contabiliza una carroza donde viajan Pepita y Teresa Isern y Juanita y Josefina Mangiante; coches de la época de Luis VXIII con las señoritas Oller y Zerré, y disfrazadas de mucamas de Luis XV a Albina y Esther Gaspary Trinidad y Pepita Garralda. El trayecto mos­traba calles adornadas a todo lujo por la empresa Tortella y Llusá, la que tam­bién se encargaba de la construcción de los casi cincuenta palcos que flanqueaban el paseo, instalados sobre las Avenidas Arijón, Schiflher y del Rosario, los que se ponían a la venta con anticipación y en gene­ral eran adquiridos por las familias conocidas del barrio.
El de la Avenida Pellegrini era el más concurrido de todos y se extendía desde 25 de Diciembre hasta España, y duraba hasta las 12 de la noche, cuando dos bombas de estruendo, una en cada extremo del recorrido, anunciaban el final de la jornada.


Desaforadas multitudes entregadas a la alegría y el buen humor se con-centraban desde 19Í5 y hasta muchos años después durante las carnes-pendas, a todo lo largo de la Avenida Pellegrini, desde la calle 25 de diciembre a la de España. Por el aglomeramiento de vehículos y peatones registrado en San Martín y la misma avenida, esta esquina era pre­ferida por los avispados espectadores para gozar con la delirante celebración que se extendía a lo largo de veintidós cuadras, entre ida y vuelta, aritos, chillidos desapacibles, ruidos de matracas ensordecedores, toques ^ cometas, cornetillas, pitos, silbatos y rítmicos golpes de bombos y también, briosos sones musicales, derroche en el aire de multicolores serpentinas y papel picado, nubes rociadas con chorritos de agua perfumando, exprimiendo los pomos de plomo que la contenía, y la mar de risas y carcajadas, envolvían en esas noches la locura colectiva a todo el ámbito.
(Mikielievich: Op. cíí.)
   También en 1915,1a presencia de señoritas de la "haute" (Petit, Schmidt, Cánovga, Borzone, Botta), con sus trajes de rosas y moscardones era destacada por la prensa social de la época. Hacia ese año, la concurrencia alcanzaría a las 20 mil personas en el corso de Avenida Pellegrini, con un desfile que contaba con cuatro hileras compactas de carros adornados, coches de plaza y autos.

Me acuerdo del corso del bulevar Oroño y otros años lo hacían en la avenida Pellegrini. ¡Había de carrozas! Una más linda que la otra y venía un aluvión de gente. Todos se disfrazaban y había unos pomos que no me acuerdo cómo se llamaban, que eran plateados. En los bailes bailaba enre­dada en las serpentinas. Me acuerdo del último baile del cine Real, que es tan grande. Ahí fue el último que se hizo y me acuerdo que tenía la ropa llena de papel picado. ¡Cómo se divertían con las serpentinas que tiraban de los palcos! Se envolvían cabeza con cabeza...
(Marsegaglia: Testimonio citado)


La avenida, originalmente denominada Bulevar Argentino, tenía sin embargo sus atractivos más allá de los que generaba el Carnaval: Le daban carácter la gran plantación de pinos que a lo largo de su recorrido la bordeaba en ambas aceras y que, no sabemos por qué motivo fortuito, un buen día la Municipalidad mandó arrancar, recuerda P. Berdou en Motivos de mi ciudad.
El Rosario de principios de siglo, en realidad, hacía un culto del verde. Juan Álvarez enumera algunas variantes: La estrechez de las ace­ras admitía pocos árboles, pero el inconveniente se obviaba con la flora de los fondos donde sobraba sitio para las higueras, naranjos, Jacarandas, amén del habitual tendedero de ropa y la cría de gallinas. Jardines interiores, así hubiera que formárselos con tinas, macetas o tiestos, produjeron diamelas y heliotropos que, con su perfume, contribuían a disipar los olores a establo de la calzada, siempre sucia por el trajín de los caballos o por las vacas conducidas de puerta en puerta. La costumbre o por qué no el interés por plantas y flores en las viviendas familiares era por entonces generalizada en todas o casi todas ellas, sin distinciones sociales.

La Navidad traía pinceladas de color: fósforos de Bengala, violetas, verdes, púrpuras; figuritas de pesebre de yeso pintado. Pero más color ponía el Carnaval. No faltaba en cada media cuadra, media docena de chicos para vestirlos de pirata o pelotari, media docena de nenas para volverlas, por unas horas, damas antiguas, gitanas o bailarinas de polle-rita de tarlatán. Las veredas brillaban de papel picado; y cuando la bomba de las 12 terminaba el corso, en las paradas de los tranvías se juntaban los montones de grandes, transpirados, y de chicos que se caían de sueño. Un viento, que sólo soplaba las noches de Carnaval, después del corso, arremolinaba papeles en la calle e impregnaba las cosas de nostalgia, una nostalgia contagiosa, como la tristeza de las caras enharinadas de ios Pierrot, cuando se deshacía la comparsa. Pero en las fiestas de Carnaval 110 cabía la nostalgia. Eran siestas de febrero, doradas, con el ruido de los baldazos de agua, el choque de los baldes, siempre de zinc, las corridas y los gritos...
(Foresto de Segovia: Testimonio citado)

En Arroyito, mientras tanto, los corsos se desarrollaban sobre la Avenida Alberdi, desde las llamadas Tres Vías hasta la Avenida Central, actual calle Salta. La animación principal del Carnaval, más allá de los bailes, estaba dada, en el centro como en los barrios más suburbanos, por las "comparsas", grupos musicales llenos de humor, que a través de la parodia, los disfraces, pero sobre todo las letras de sus particula­res canciones, se ocupaban de criticar y de burlarse prácticamente de todo lo que ocurría en la ciudad, incluyendo las autoridades o los gran­des apellidos.
Algunas de ellas tenían nombres realmente insólitos, entre 1900 y 1915, en los que se mezclaban el humor, el lunfardo y el gauchismo: "Los rantifusos decentes","La flor campera","Apretame, te doy cinco", "¿Qué haces, desgracia sin suerte?","Batifondo, batuque y compañía", "Somos los que vamos","Nunca seremos otra cosa","Los mosquete­ros". Por lo general se constituían en distintos barrios de la ciudad, en alguno de sus modestos o notorios clubes, según el caso, pero también las había conformadas por jóvenes de ambos sexos de la sociedad rosarina, como "No me gusta tanto" o "Gripi, grupo, grapa y Cía.", que entre 1916 y 1918 nucleaban. a ese tipo de integrantes.
Otras de estas "troupes" carnavalescas, entre las que estaban las infaltables comparsas de negros africanos, pintados por supuesto, buscaban denominaciones variadas como "Elegancia, fantasía y originalidad","Los tarugos eléctricos","Kerosén con soda","Los bus­cadores de perlas", "Los clasificadores de chicas", "Los hijos de los caraduras","Las mimosas rosarinas","El cicutal de la pampa" y otras de parecido tenor.
Entre 1920 y 1930, algunas comenzaron a ensayar y/o a actuar en locales propios, como "Los alegres pierrots", con sede en Pasco y Mitre o "Los yerbateros unidos", con casa propia en Cochabamba 306. La comparsa "Ahora o nunca" anunciaba desde el Salón Garibaldi concursos de murgas, máscaras y estampas gauchescas, que no lancen frases obscenas... Otras, como "Entre pétalos y flores", "Los Unidos" o "Estrella de Oriente", solían tener al Centro Progresista de San Juan al 3600 como lugar de ensayo y reunión. En la Sociedad "Humberto Primo" se llevaban a cabo los encuentros de "Orden y Progreso", "Delicias Rosarinas" y "Derecho al Triunfo", mientras que en el "Salón La Argentina", en Io de Mayo 1159,1o hacían "Éxito Argentino" y "Orden y Alegría". La "Sociedad Amistad" utilizaba habitualmente los salones de la Sociedad Andaluza, de Entre Ríos 771, mientras que el Centro Aragonés realizaba los bailes en sus lujosos salones de Laprida entre San Juan y Mendoza.

Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones