martes, 30 de septiembre de 2014

JOSE DE NITO



Por Daniel Cozzi


José De Nito nació en la ciudad de Rosario el 12 de noviembre 
de 1887 y falleció en esta misma ciudad el 26 de agosto de 1945.
Hijo de inmigrantes italianos amantes de la música, aún niño inició sus estu­dios musicales en nuestra ciudad, con el maestro José Caiano. Sus padres, concientes de que la ma­yor aspiración que tenían los músicos argentinos de la época era completar sus estudios musicales en Europa, ya sea en algún Conservatorio destacado o directamente como discípulo de un maestro internacionalmente recono­cido, no dudaron en hacer el esfuerzo necesario para que José y su hermano Humberto pudieran concretar ese an­helo.
Así, en 1901, con sólo 14 años de edad, se trasladó a Italia donde ingresó en el Conservatorio de Música de San Pietro a Maiella de Ñapóles donde estudió piano, composición e instrumentación con Giuseppe Martucci, Pablo Serrao, Camilo de Nardis y Alejandro Longo. En 1902 ganó el Concurso Real, beca de estudio que debió rechazar, ya que para acceder a ella, las disposiciones reglamentarias de la institución le exi­gían obtener la ciudadanía italiana y abandonar la argentina, optando por mantener su ciudadanía de origen. En 1904 ganó el puesto de Maestrito aiutante de teoría y solfeo del profesor César Bernardo Bellini, y en 1905 fue Maestrino della classe di pianoforte del profesor Alejandro Longo. En 1907, la Unión Artística Napolita­na le nombró presidente de la sección lírico dramática y en 1908 obtuvo el puesto de Maestrin de Composición y Director de Orquesta en las clases de los profesores Camilo de Nardis y José Martucci.
Un año más tarde obtuvo por concurso la presidencia y la dirección técnica de la institución artístico-musical "Chorus", cargo que detentó hasta su regre­so a la Argentina.
En 1909, ya diplomado volvió a Rosa­rio. Inicialmente se desempeñó como profesor de piano y composición en el Conservatorio Romano, y a partir de 1912 como profesor de composición en el Conservatorio Martinoli. En 1914 fundó el Conservatorio de Música "Beethoven", cuya dirección ejerció en forma alternada con su hermano Humberto.
Actuó numerosas veces con notable éxito en los dos teatros más importan­tes del Rosario de entonces: "El Colón" y "La ópera".
En 1920 la Asociación "El Círculo" le otorgó una medalla de oro por su asi­dua y desinteresada colaboración con la institución, distinción que le es comu­nicada mediante una nota firmada por el presidente de la referida institución, Dr. Rubén Vila Ortiz: "Me es grato co­municarle que la C.D de "El Círculo" en su sesión del 10 del corriente, resol­vió hacer llegar a Ud. por mi interme­dio los sentimientos de su gratitud por los desinteresados y amables servicios que en diversas ocasiones ha prestado Ud. a nuestra institución. Autorizada también esta presidencia para demos­trarle estos sentimientos en la manera más apropiada, me permito adjuntarle la presente medalla de oro. que consti­tuirá para Ud. un recuerdo perenne de la manera como aprecia ~E1 Círculo" su generosa actitud"*.
En 1921 regresa a Italia con la inten­ción de tomarse un descanso de seis meses, que se convirtió en una estadía de siete años. En la tierra de sus ances­tros se dedicó a la dirección orquestal, actuando en distintos teatros de Italia entre los cuales cabe destacar el Costanzi de Roma (hoy Teatro Real de la Ópera) del cual fue director. Poco tiem­po después se radicó en Alemania con el objeto de perfeccionar sus estudios pianísticos, realizando en el año 1923 una gira de conciertos por las principa­les ciudades de Alemania e Italia a raíz de la cual mereció elogios de la crítica y del público de ambos países
En 1924, el cónsul argentino en Mu­nich envió al Ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, Dr. Angel Gallardo, la siguiente nota referida a un concierto ofrecido por el maestro De Nito: "Señor Ministro. Tengo el honor de dirigirme a V. E, para comu­nicarle que el compositor argentino José De Nito, del Rosario de Santa Fe y director del Conservatorio "Bee­thoven", ha dado ante una sala llena un concierto de piano auspiciado por esta oficina consular. El interesante programa estaba compuesto por: Pre­ludio y Fuga y una Sonata de Longo; Una Sonata del concertista mismo y el Carnaval de Schumann. Asistieron al concierto entre otros como represen­tantes del Gobierno Bávaro, el señor Ministro de Instrucción Pública, Dr. Matt, algunos de los representantes del servicio consular extranjero y los argentinos residentes en ésta. Gustó mucho al público por su originalidad y excelente ejecución la sonata del pro­fesor De Nito, quien fue intensamente aplaudido. También gustó la técnica de ejecución del Carnaval de Schumann" [...] Firma J.J.Laub.
En vísperas de la realización de una gira por los Estados Unidos de Nortea­mérica, se vio obligado por razones de salud a abandonar su carrera de con­certista, regresando a Rosario en 1928 para retomar su actividad docente. Si bien se decía que era soltero, un amigo muy cercano al maestro, que fue profesor de su conservatorio, y lo acompañó en los últimos minutos de su vida, me hizo saber que José De Nito le refirió que se había casado en Italia y tenía una hija natural de ese matrimo­nio, situación esta que mantuvo oculta durante toda su vida, salvo para un cír­culo muy íntimo de amistades. En dos ocasiones -1935 y 1937- se pre­sentó a concurso para ingresar como catedrático de piano en el "Conser­vatorio Nacional de Música y Decla­mación" de Buenos Aires. En ambas oportunidades el fallo del jurado le fue adverso. Los concursos, seriamente sospechados de parcialidad llevaron al maestro Víctor de Rubertis a asumir la defensa pública de De Nito en su revis­ta "La sirulante musicale" (La torpe­dera musical).
El maestro De Nito por su parte envió dos notas de reclamo dirigidas el Di­rector General de Bellas Artes y otra al Ministro de Justicia e Instrucción Pú­blica, pero a pesar de la contundencia de sus argumentos la situación no sólo no fue revertida sino que el ubicado tercero en el fallo del Jurado -De Nito estaba en el segundo lugar- consiguió ingresar a una cátedra.
En el N° 17 de "Gente de Prensa" se publicó una nota señalando la arbitra­riedad, cuyo texto transcribo a conti­nuación: "La Dirección del Conserva­torio de música y declamación le birló una cátedra al maestro José De Nito. De nada le valió al hombre presentar los más altos diplomas en la materia, ni haber dirigido temporadas en el Cos-tanzi de Roma, grandes conciertos en Munich y ejercido el profesorado en su provincia natal, Santa Fe, durante mu­chos años. Todo esto le valió figurar en el segundo término de una terna. Pri­mero estuvo la señora extranjera Ame­lia Cock de Weingand. Por influencia de compatriotas el señor Spivack -ter­cero en esa terna- obtuvo una cátedra en dicho instituto. Y el maestro De Nito, que fue distanciado al segundo puesto, quedó en la palmera y sin labu-ro. Curiosa carrera esa donde pagaron sport el primero y el tercero, mientras el más indicado por sus méritos, fue al bombo escandalosamente."
El maestro italiano Víctor de Ruber­tis, que también había estudiado en el Conservatorio de Música de San Pietro a Maiella de Ñapóles, sentía un gran aprecio por José De Nito, a quien ade­más lo unía una gran amistad que ha­bía nacido en los años de estudiante en el Conservatorio.
Polemista mordaz, incisivo y no pocas veces ofensivo, con la mayoría de los compositores argentinos, De Rubertis jamás ahorró palabras de elogio hacia su amigo rosarino.
Como pequeña prueba de esa amis­tad, además de los párrafos trascriptos aparecidos en "La sirulante musicale", presento una copia de la dedicación manuscrita y autografiada de De Ru­bertis que se encuentra en el Libro "Domenico Zipoli" de Lauro Ayestarán, que le regalara al maestro De Nito en el año 1942.
En 1941, José y Humberto De Nito rea­lizaron un trabajo de revisión técnica de los ejercicios del libro 48 ejercicios de técnica simétrica e invertida de Juan Pichna, reescribiéndolos con sustan­ciales modificaciones, con el objeto de equipar la digitación de ambas manos al abordar el estudio de las mismas dificultades técnicas. El trabajo de los hermanos De Nito fue publicado por la Editorial Ricordi y mereció el elo­gio de pianistas relevantes como Arthur Rubinstein, Wilhelm Backhaus, Eduardo Risler y Alejandro Longo.
Transcribo a continuación el prefacio a la referida edición: [...]"Teniendo cono­cimiento de que los maestros rosarinos José y Humberto De Nito han realizado un importante y original trabajo sobre los Ejercicios del célebre pianista bo­hemio Juan Pischna (1826-1896), y que dicho trabajo ha merecido los elogios de auténticas autoridades en el mundo pianístico como Guillermo Backhaus, Alejandro Longo, Eduardo Risler y Arturo Rubinstein, cuyos juicios, se­guidos por su respectiva traducción al español, reproducimos en facsímil en las páginas sucesivas, hemos invitado a los distinguidos didactas a publicarlo en bien de la juventud estudiosa. Nos asiste el pleno convencimiento de que el presente trabajo contribuirá a re­volucionar la técnica del piano; pues como se verá más adelante, abre un campo de extraordinaria amplitud a las posibilidades y resultados prácticos del estudio" [...]
De la misma edición presento la car­ta autógrafa de Arturo Rubinstein con el juicio crítico sobre el trabajo de los hermanos De Nito.
Entre sus obras cabe mencionar una Opera inédita en un acto con argumen­to patriótico sobre la cual no hemos podido recabar mayor información; un Poema sinfónico sobre melodías po­pulares argentinas; Preludio sinfónico para orquesta que fuera estrenado por Fritz Busch; un Ave María para canto y orquesta dedicado a Monseñor An­tonio Caggiano, obispo de Rosario en sus Bodas de Plata sacerdotales y es­trenada en el Teatro Colón de Rosario el 16 de diciembre de 1937 por la Or­questa de la Sociedad Filarmónica bajo la dirección del autor y con la soprano Hilda Weihmüller como solista; un Cuarteto de cuerdas; Bocetos líricos, Tema con variaciones sobre una melo­día popular, Coral (obra de carácter di­dáctico publicada por Casa Romano de Rosario), Sonata todas para piano; Tres piezas para violín y piano (Elegía, Ro­manza y Scherzo dedicadas a Vicente Scaramuzza, Aldo Tonini y Juan José Castro respectivamente) publicada por Ricordi Americana de Buenos Aires, y varias obras para canto y piano entre las que cabe señalar, Tesoro, te adoro y Oh! Criolla morochita, esta última publicada en 1943 por la Comisión Na­cional de Cultura en el Fascículo V de la "Antología de Compositores Argen­tinos".
Acerca de las Tres piezas para violín y piano Víctor de Rubertis hizo el si­guiente comentario crítico: "El egre­gio maestro rosarino José De Nito - del cual varias veces nos hemos ocupado en esta revista, poniendo de relieve su sólida cultura musical - acaba de pu­blicar tres piezas para violín y piano: Elegía, Romanza y Scherzo. En cada trozo los hermosos elementos melódi­cos, rítmicos y armónicos se fusionan siempre con equilibrio, claridad y es­pontaneidad, formando un conjunto interesante y agradable. Los dos ins­trumentos se enlazan en una conver­sión lógica y persuasiva, y el autor los trata con la mano segura y experta del músico culto y consumado. Estamos seguros de que estas bellas páginas del maestro rosarino - dignas de figurar en el programa de los grandes violinistas - encontrarán la más amplia difusión" La Sirulante Musicale Año XI N° 42 (Agosto de 1943) página 16.
José De Nito tenía fama de ser muy enamoradizo y se le conocieron varios romances, el último de ellos fue la rela­ción que mantuvo durante largos años con la soprano Hilda Weihmüller - que luego se casaría con el foniatra Julio Somaschini -, quien al abandonarlo le provocó un fuerte shock emocional, seguido de un infarto que lo condujo en pocas horas a la muerte.
Fuente¨: Extráido de la Revista “Rosario su Historia y Región. Fascículo  Nº 77 Agosto 2009

lunes, 29 de septiembre de 2014

EL MARISCAL Y EL MAGNATE



“Por allí pasó, en fugaz y poco apreciable estada, Josip Broz, quien aftas mas tarde adquiriría notable repercu­sión internacional bajo el nombre de Mariscal Tito, indis-cutido y legendario premier yugoslavo. Del mismo modo solía verse por la zona al — luego— archimillonario mag­nate greco-argentino Aristóte­les Onossis, quien luego emi­graría a Buenos Aires en bus­ca de mejores horizontes eco­nómicos.
"Tito se fue de Rosario por varias razones, una de ellas por la tenaz persecución poli­cial, pues estaba sindicado co­mo un peligroso anarquista, cuyas ideas revolucionarias no tuvieron eco en la ciudad y pesaban sobre él varias ame­nazas de muerte. La noche an­terior a su partida fue balea­da la habitación donde vivía, en Rodríguez y Santa Fe. Onassis, en cambio, lo hizo por elementales razones pecu­niarias. Saladillo se convirtió entonces en un barrio bravo y de mujeres guapas y taitas. De pendencieros, matones y laburantes. Allí alojados por el le­jano sur rosarino, vieron cómo crecía la ciudad, con sus fron­dosas arboledas y mezquinos empedrados''.
 (José Raúl García, Saladillo, el sur de la bohemia, en Rosario, 27 de mayo de 1984).

Fuente: extraído de la revista “Rosario, Historia de aquí a la vuelta  Fascículo Nº 15 .  De Julio 1991. Autores: Sandra A: Bembo – Nelly I. Sander de Foster – Marisa Rocha

viernes, 26 de septiembre de 2014

PICHINCHA



Tal vez hubiera sido un barrio como tan­tos, con vecinas barriendo la vereda y mu­chachos pateando una pelota; pero no, el des­tino le había reservado un papel tenebroso, que duraría desde el fin del siglo XIX hasta mediados de los años 30 del siglo XX.
Tenía que ser cárcel y paraíso. Tenía que aprisionar un ejército de mujeres reclutadas para trabajar en sus burdeles y destellar de noche bajo una palabra extraña como Zwi Migdal y en lugares con nombres llamativos como: El Gato Negro, Moulin Rouge, Petit Tríanon, Chantecler y el lujoso MadameSafo, que trascendió los circuitos internacionales del mundo prostibulario.
Una franja negra en su historia, que Rosa­rio no se merecía.


Palabra tintineante e imantada.
Sonaba a cascabel y a fantasía,
y era sólo una red, una inasible red
que atrapaba los cuerpos
y gastaba la piel, hasta apresar el alma,
que aherrojada en la prisión de seda y de cristal,
se desangraba.

De día Pichincha era la quieta calle de la sombra, pero de noche,
cuando el placer y el ocio decretaban la fiesta, se calzaba la máscara destellante del amor mercenario
y armaba un laberinto de luces y de abrazos.

A esa hora Pichincha, barrio prostibulario, simulaba palacios
para reyes de trapo y princesas cautivas.

Fuente: Extraído el poema del Libro “Rosario Intimo de la Autora María Esther Mirad Editorial Gótica de noviembre 2007.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

EL DOCTOR ENRIQUE J. CORBELLINI (1872-1920) MÉDICOS ROSARINOS



UN PASAJE DE NUESTRA CIUDAD LLEVA SU NOMBRE

Por  Sebastián Alonso
A pesar de haber vivido sólo cin­co años en nuestra ciudad, el doctor Enrique J. Corbellini es recordado en Rosario por su intensa ac­tividad como médico. Nació en Buenos Aires el 9 de abril de 1872, era hijo de José Corbellini y Teresa Maraña. Fueron sus hermanos: Carlos, Luisa, Mercedes y Teresa Cor­beilini.
Después de cursar sus estudios en el Colegio Nacional, ingresó en 1891 a la Facultad de Medicina de la Universi­dad de Buenos Aires. Entre los años 1894 y 1896 fue ayudan­te director de la cátedra de Anatomía y practicante interno en el Hospital de Clínicas "Gral. José de San Martín". Ese último año, siendo aún estudiante, publicó en los Anales del Círculo Mé­dico, un trabajo titulado "Algunas con­sideraciones acerca del cloroformo". En 1897 se graduó con medalla de oro al mejor alumno del país, doctorándo­se con la tesis: "La tiroidectomía en el bocio exoftálmico, algunas considera­ciones sobre la fisiología de la glándu­la tiroides y la etiología, naturaleza y patogenia de la enfermedad de Basedow ", donde expuso las observaciones recogidas en las tres operaciones de bo­cio con hipertiroidismo realizadas has­ta entonces en el país, la tercera de las cuales había sido efectuada por el mis­mo Corbeilini, mereciendo los elogios de los destacados cirujanos Enrique y Ricardo Finochietto. En 1898 fue médico agregado en el Hospital de Clínicas y jefe de clínica al año siguiente hasta 1905. En 1899, se sumó al cuerpo de disecto­res del Instituto de Anatomía Normal, tarea que continuó hasta 1901. En 1900 ingresó al servicio de Cirugía de Niños del Hospital San Roque y fue primer director de la Facultad. En 1901, fue nombrado profesor suplente de Clínica Quirúrgica en la Facultad de Medicina. En el laboratorio de Christofredo Jakob, en el Hospicio de las Mercedes, investigó acerca de tumores cerebelo-sos y luego escribió "Contribución al estudio de la sintomatología y diag­nóstico de los tumores del cerebelo", publicado en la Revista de la Sociedad Médica en 1901, convirtiéndose así en uno de los precursores de la neurocirugía argentina.
Fue autor de un ensayo presentado ante la Sociedad Médica Argentina en el que sostenía que la influenza era una causa común de apendicitis y fue el primero en el país en aislar en un pre­parado el bacilo de Pfeiffer. En 1903 se incorporó como cirujano al Hospital Militar Central y fue designa­do profesor de Medicina Operatoria en la Escuela de Sanidad del Ejército.
En 1905 viajó a París donde asistió a prestigiosas clínicas y hospitales. Es­cribió en 1907, para la Revue de Chirurgie, el artículo "Laguérison radicó­le des hernies inguinales ". En 1906, Corbellini se radicó en nues­tra ciudad. Se hizo cargo, hasta 1911, de los servicios de Cirugía para Hom­bres, Cirugía General de Mujeres y Gi­necología en el Hospital Rosario (hoy "Dr. Clemente Álvarez). Desde 1909 hasta 1911 prestó servicios también en el Hospital de Caridad. Con motivo de celebrarse el Centena­rio de la Independencia argentina, Cor­bellini fue uno de los impulsores de la creación del Hospital Provincial del Centenario, y de una escuela de Me­dicina. En 1911 regresó a la ciudad de Buenos Aires donde, al año siguiente, fue designado profesor de Clínica Qui­rúrgica del Centro de Estudiantes de Medicina y Círculo Médico Argentino "en agradecimiento de los servicios prestados inteligentemente en favor de la docencia libre".
En Buenos Aires estableció una clíni­ca en el antiguo sanatorio de Nicolás Repetto, la "Clínica Corbellini", en Corrientes 1943, "sanatorio de cirugía y enfermedades abdominales". En 1918 publicó "Concepto de las her­nias inguinales " y fue nombrado Con­sejero en la Facultad de Medicina. En 1919 integró la Comisión de Enseñan­za y presentó un proyecto de reestruc­turación del profesorado de Medicina, impulsando la incorporación al plan de estudios de nociones de Etica, Filoso­fía, Praxis y Cultura General. Se casó con Emma González y fue padre de Enrique y Susana. Falleció en su ciu­dad natal el 19 de enero de 1920 y fue en­terrado en el Cementerio de la Recoleta. En 1948 se dio, como homenaje, su nombre a un pasaje de nuestra ciudad, que corre de este a oeste desde Entre Ríos y Mitre al 2900 y desemboca en el Hospital Español, en calle Sarmiento.

Fuente: Extraído de la revista “Rosario y su Región “ Fascículo Nº 131 de Julio/2014
 

lunes, 22 de septiembre de 2014

ADOLFO CELLI



Con acento alemán

Adolfo Celli es un emblema en la historia rojinegra. Llegó a Newell's procedente de Gimna­sia y Esgrima de Santa Fe en 1917 y a partir de allí estuvo ligado toda su vida al club. Fue jugador, director técnico y dirigente.

"El alemán" tal como lo apodaban, es una gloria muy destacada del club, lugo ocho años en Newell's en la era amateur. Su temple, su voz de mando y personalidad para liderar la defen­sa hicieron que su paso por la insti­tución no fuese uno más entre tantos. El viejo back derecho tenía una tarea titánica: dominar toda el área. Debía ser tiempista, veloz, corajudo y de marca firme. Se le exigía cubrir los espacios que dejaba por derecha el half
v por izquierda el otro back. Debía ser el patrón del área. Adolfo era un juga­dor que cumplía con esos requisitos a la perfección.

Celli era un ganador por naturaleza. A tal punto que al año siguiente de haber recalado en Newell's se procla­mó campeón de la Copa Vila, torneo que la lepra estuvo cinco años sin po­der lograrlo, debido al recambio de jugadores que sufrió por entonces. Llegó al equipo acompañado de su hermano Ernesto que desempeñaba como delantero.

El alemán Celli llegó a los 20 años a Newell's. Tenía un físico privilegia­do. Humilde y con estirpe trabaja­dora. Defendía con orgullo y mucho amor la camiseta que llevaba puesta. Todo eso, más el legado de "triunfar sólo triunfar" lo llevaron a conseguir todo lo que se propuso a nivel depor­tivo. Tenía el sentido de pertenencia marcado a fuego. El único tanto que le marcó al rival de toda la vida fue de visitante y en el último minuto de juego para darle el empate sobre la hora. Algo que representa el ciento por ciento a su persona, jamás se dio por vencido en ninguna ocasión.

Defendió 123 veces la camiseta roji­negra, convirtió 8 goles y conquistó 4 títulos con estos colores. Además de la Copa Vila en 1918, también la obtuvo en 1921 y 1922, ésta última de mane­ra invicta por tercera vez en la histo­ria del club. Sumado a estos trofeos, el alemán también se dio el lujo de alzar la Copa Ibarguren.

Hasta que en 1924 jugando para la Se­lección Argentina la Copa América en Uruguay, un jugador local le quebró la tibia y peroné. Fue aquel 2 de noviem­bre que decidió terminar su carrera como futbolista debido a la lesión su­frida.

Sin embargo, lo más trascendental que pudo lograr dentro del club fue su vocación de maestro en la formación de juveniles. Comenzó un modelo de captación y formación en el que varios años después se apoyó Jorge Griffa para idealizar el suyo y materializarlo a través de títulos. Pero el mentor de todo fue el alemán Celli. Él fue quien creó este modelo por primera vez en el club para que posteriormente lo tomaran otros maestros. Además fue quien trajo a Griffa al club en un viaje de captación de nuevos valores para las divisiones inferiores en la ciudad de Casilda. Sin dejar de mencionar que el alemán fue quien lo promovió a Primera a Griffa a los 19 años. Adolfo Celli fue un cazador de talentos nato. Descubrió   grandísimos jugadores que luego triunfaron en la Primera de Newell's tales como Eduardo Gómez, Juan Carlos Sobrero, Rene Pontoni, Julio Musimessi, Juan Carlos Colman, Francisco Lombardo, Juan Benavidez, Raúl Contini entre otros.

Luego le tocó ser entrenador del pri­mer equipo de Newell's. En su primer ciclo dirigió cuatro temporadas, a partir del segundo año que la lepra in­gresó a los campeonatos organizados por la AFA. En el segundo torneo que estuvo al frente del equipo Newell's finalizó tercero, siendo la gran reve­lación del certamen. Tuvo la dicha de poder ser entrenador de la delantera que muchos piensan, fue la mejor de la historia de Newell's. Se dio el gusto a falta de tres fechas de condenar al eterno rival a jugar en Primera B tras golearlo por 5 a 0 y ostentar el récord de la mayor goleada en la historia de los derbis rosarinos.

Al año siguiente, en 1942 el equipo siguió de la misma manera. Humilla­ba a cualquier rival que venía a jugar a Rosario, a tal punto que ese equipo de Don Celli tiene el récord de más victorias seguidas de local hasta el día de hoy, fueron 12 entre el final del 41 y el comienzo del 42, muy difícil de superar. El cuarto puesto manifestaba a las claras el poderío de Newell's en sus primeros años del profesionalis­mo a nivel nacional, sobre todo por la calidad de sus delanteros. Su última temporada en su primer paso como Director Técnico leproso no fue bue­na. De local no perdió contra ningu­no de los 5 grandes pero el problema fue saliendo de casa, donde no obtuvo triunfos y eso le impidió siquiera lle­gar a mitad de tabla.

En el último año en el que estuvo al frente del equipo, obtuvo el único tí­tulo internacional que hasta entonces tiene Newell's Oíd Boys. La Copa de Oro de 1943, o como popularmente se lo llamó "El Torneo de los Grandes" fue el primer torneo internacional lo­grado por un equipo rosarino. Al no existir todavía la actual Copa Liber­tadores, dicho torneo pasaba a ser el más importante a nivel sudamericano. Los demás equipos participantes eran Boca, San Lorenzo, Independiente, Racing, Peñarol y Nacional, éstos úl­timos dos de Uruguay.

Si bien ese fue su proceso más largo como Director Técnico de Newell's, luego estuvo al frente en 5 períodos más. Después de conseguir su pri­mer logro internacional, la institución tuvo que soportar un lustro sin volver a estar en los puestos de vanguardia, sufriendo una gran transición desde lo futbolístico. En 1946 el alemán vol­vió a hacerse cargo del equipo pero no realizó una buena campaña en Prime­ra División. Fuera de Rosario los re­sultados no fueron buenos, a tal punto que sólo ganó un partido y el equipo no tuvo la regularidad necesaria para ser protagonista. Y luego de perder por goleada con Estudiantes en La Plata por la tercera fecha del torneo de 1947 dio un paso al costado a la direc­ción técnica.

En 1953 Adolfo Celli regresa en un momento crítico a nivel deportivo. Cinco derrotas consecutivas al co­mienzo del torneo decretan la salida de Ezequiel Tarrío como entrenador del club. El alemán consigue levantar el equipo con resultados positivos y por diferencia de gol con Estudiantes termina salvándose del descenso. La salvación fue con el último suspiro, el alemán cumplió con el objetivo de mantener la categoría y sus ganas de ayudar al club fueron muy valoradas por los hinchas.
Luego de 5 años volvió a tratar de lle­var al club a los primeros planos del país como cuando asumió por prime­ra vez a la conducción de su querido Neweffs. La década del 50 fue deci­didamente mala para la institución desde lo futbolístico. La campaña de 1958 con Celli como entrenador no iba a ser la excepción y fue muy mala ya que finalizó penúltimo, gracias a la pésima campaña de Tigre. Sólo 4 partidos pudo ganar en el torneo. Fal­tando 3 fechas para el final el Adolfo renunció.

Luego de que se decretara el único descenso de la historia, Celli volvería una vez más en la hora más delicada del club en el plano futbolístico. Se hizo cargo del equipo las últimas tres fechas de ese torneo sólo para cumplir con el calendario. En el torneo de la Primera B asumió a la dirección téc­nica cuando faltaban 9 encuentros, en los cuales ganó 8 y perdió 1 y se aseguró el primer puesto. Continuó al mando del equipo en 1962, pero en la fecha 12 luego de caer 2 a 0 con Cen­tral Córdoba se aleja de la conducción del primer equipo.
Su ultimo paso como Director Técni­co de Newell's fue en una dupla jun­to a Ángel Tulio Zof en 1965, donde ambos dirigieron la mayor parte del torneo desde la fecha 11 hasta la 30 finalizando en mitad de tabla.

El alemán Celli pasó toda una vida en el club. Recorrió muchos momentos dentro de la institución, de los bue­nos y los malos, tanto como jugador como entrenador. Estuvo siempre tra­bajando en Newell's dando una mano en todo momento que se lo necesita­ra. Realizaba todo tipo de informes y recabo de información. Hasta se des­empeñó como cobrador de cuotas. Siempre listo para cuando su querido Newell's lo necesitara. Una persona que le dio todo a la lepra, jamás se guardó nada.
La importancia de Celli en la insti­tución excede cualquier resultado deportivo. El alemán comenzó una formación educativa y deportiva que luego continuó Griffa, dejando a Mar­celo Bielsa como máximo discípulo y exponente. Por eso es importante mantener esta línea y seguir por este camino, instaurando cada vez más el sentido de pertenencia en los más jóvenes a través de un maestro. Cla­ro que no es una tarea fácil y sencilla, para eso se debe contar con la persona indicada y sobre todo que sienta los colores como lo hacía el querido ale­mán.
Hoy en día se desarrollan diversas actividades culturales en la sede del club del Parque Independencia en lo que se denomina "Salón Adolfo Celli", en honor al alemán. El lugar que le asignaron condice con su vocación de maestro, ya que con sus conocimien­tos futbolísticos y educativos, culturizó a Newell's para siempre. Adolfo es un parte importante e indiscutida de la historia rojinegra que nadie puede soslayar ni desconocer. Hizo mucho por esta camiseta y es un gran res­ponsable de que los valores que Isaac enseñaba día a día hoy sigan vigentes dentro del club.

Fuente: Extraído de la revista Leprosa Fascículo Nº 7 de agosto de 2014

viernes, 19 de septiembre de 2014

GABINO SOSA



   Con ese nombre de paya­dor y su criollazo apellido, re­sultaría imposible asignarle otro destino que el que tuvo. Seguro que su llegada a este mundo -un 4 de octubre de 1899- no conmo­vió al Rosario de entonces, sino a la humilde familia que vivía en una modesta casita del barrio de la sexta, en calle Alem. Nadie podría imaginar que Gabino, nombre de payador, era el "ade­lantado" que la Providencia en­viaba al corazón de la 'Repúbli­ca de la Sexta" en la que unos años después, se instalaría pa­ra siempre Central Córdoba, due­ño de la pasión por el fútbol en ese sector de la ciudad.
Cuando las clases acomoda­das festejaban con gran pompa y exagerada inmoderación el año del Centenario -1910, un siglo después de mayo-, este criollo de piel morena, vivísimos ojos ne­gros y extrema delgadez, apare­ció en la quinta división "cha­rrúa". Tenía entonces once años, y a los dieciséis ya debutaba en primera. Se quedó para siem­pre, cambiando el color de la ca­miseta que usó toda su vida, só­lo en dos reiteradas situaciones: cuando defendía los colores de la selección rosarina y cuando lo convocaban para integrar el combinado nacional.
Los viejos espectadores que se deleitaron con su juego no en­contraron en generaciones suce­sivas de talentosos futbolistas un parámetro con el que pudie­ran compararlo. Dicen que Ga­bino Sosa no era un deportista; parecía más bien un artista, un creador. Un inventor de arabes­cos y sutilezas que embellecían cada una de sus maniobras, qui­zás por esa concepción que tenía del fútbol y el auge que por en­tonces alcanzaba el arte de los herederos del viejo juglar espa­ñol, alguien dio la clave de su idiosincrasia futbolística al de­nominarlo "el payador de la re­donda". Afirmaban que Gabino era eso: un verdadero payador; cada partido era un desafío a su interminable muestrario de co­sas nuevas, y cada rival dispues­to a pararlo -aun de cualquier manera- era una invitación al desahogo de su talento. Genero­so hasta el hartazgo, se divertía con todo tipo de malabarismo personal aunque prefería que la explosión del gol la desataran sus compañeros de equipo, sobre los que siempre ejerció un nota­ble predicamento. Sinhablaruna palabra, Gabino era en la can­cha y en el vestuario el dueño del equipo, el capitán respetado y el compañero querido.
   Gabino Sosa no sólo era un gran jugador. Fue un gran hombre. Ni siquiera los excesos del alcohol que muchos le achacaban, le hacían perder su línea de conducta; dentro o fuera de la cancha. Jamás se comportó de otra manera que lo que realmente era: un hombre bueno, pacífico, retraído, como si fuera ajeno a la enorme admiración y cariño que su solo nombre despertaba. Contaba un viejo dirigente charrúa que a comienzos de la década del 30, fue Central Córdoba a jugar un encuentro amistoso en Buenos Aires. La idea era "mostrar" a algunos jugadores del equipo a ver si despertaban el interés de los clubes porteños. Era el co­mienzo del profesionalismo y to­dos estaban a la caza de los cracks. Gabino -ya en los últimos años de su carrera- hacía mara­villas con la pelota, pero ningu­no de sus compañeros acertaba siquiera una, en el entretiempo -ya perdían por goleada- el direc­tivo reconvino seriamente a los futbolistas, explicándoles que así ninguno sería contratado para jugar en la capital. Gabino rom­pió su mutismo habitual y res­pondió más o menos esto: 'No les hable de plata. Hábleles de fút­bol. Esto es un juego, no un nego­cio. Y nosotros sólo venimos a ju­gar, no a negociar".
Ese mismo Gabino Sosa mira­ba con asombro cómo "la plata" enloquecía a muchos de los juga­dores de su tiempo. Y en 1931, al implantarse el profesionalismo, fue llamado a firmar su primer contrato profesional. No quiso hablar de dinero, estampó su fir­ma en el contrato-tipo, dejando en blanco el casillero a llenar con la cifra. El estupor de los di­rigentes alcanzó su punto máxi­mo cuando el "payador de la re­donda" se levantó para irse y venciendo su timidez ancestral y con ojos suplicantes, les pidió un par de muñecas para sus hi­jas. Muchos años después una de ellas recordaría a este cronis­ta, que aquél fue uno de los días más felices en el hogar de los So­sa. Naturalmente, aquellas dos muñecas fueron las primeras que entraron a la casa. La tremenda alegría del Negro fue incompa­rable, única, mucho mayor que la que le provocó días después la entrega de un cheque con una ci­fra inusual: trescientos pesos. Era la suma que el club le asignó como sueldo.
  Gabino abandonó la actividad deportiva en 1938, cuando para muchos testigos de la época te­nía cuerda para rato. Se fue con la grandeza de los grandes ído­los para seguir viviendo en la digna pobreza que nunca le ha­bía abandonado. Una víspera de Reyes, en 1971, una cruel dolen­cia atacó su organismo. La sala Uno del Hospital Ferroviario -donde quedó internado- fue a partir de ese día un desfile ince­sante de figuras de primer nivel en el deporte local. Se le suma­ron funcionarios, dirigentes, ar­tistas y la masa anónima, todos haciendo fuerza para que el Ne­gro se curara. Hubo partidos y combates de box a beneficio; hu­bo una cuenta habilitada para ayudar al Payador a rematar con felicidad la copla final de su tenida con la vida. Gabino luchó hasta donde pudo, hasta el 4 de marzo de 1971. El brillo de sus negros ojos se apagó a las nueve de una mañana lluviosa. Un po­eta hubiera asegurado que la ciudad, enmarcada por un cielo gris, lloraba ese día por Gabino Sosa.


Fuente Extraído de la Revista Historia de aquí a la vuelta. Fascículo Nº 2 Autor Andrés Bossio  de Abril 1991.

jueves, 18 de septiembre de 2014

GABINO SOSA ( 1906-1971)CORAZON CHARRUA



Por. Rafael Ielpi

Ya leyenda, se llevó futbolística emparentada con la bohemia  pero también con bondos valores éticos. Los que lo vieron j milagro dominguero. Y tenían razón.



Si algo era capaz de exhibir Gabino Sosa como un orgullo desprovisto de toda soberbia, fue su amor por ese club del sur rosarino, nacido el 6 de septiembre de 1906 al amparo -como muchos otros- del fe­rrocarril y de aquel deporte traído al país por los ingleses: el "The Córdoba and Rosario Railway Athletic Club", nombre con el que se lo conoció hasta 1914, cuando tomó para siempre el de Central Córdoba.

Buena parte de su vida -casi un cuarto de siglo— estuvo ligada a los colores "cha­rrúas" en las décadas del 20 y el 30 del siglo pasado, cuando su notable habilidad, su innata inteligencia para "ver" el juego y su carencia de egoísmo lo convirtieron muy pronto en un ídolo, muchas veces im­previsible pero siempre sostenido por una modestia hoy impensable en un deporte ganado por un profesionalismo deformado y voraz, por la violencia absurda y los ne­gocios turbios.
Su trajinar cansino y su gambeta ines­perada eran vistos por la gente desde los tablones de manera de las tribunas de en­tonces como una especie de poesía agres­te que alegraba sus domingos. Por eso y porque captaban el repentismo con que Gabino hilvanaba cada pase, cada jugada, los hinchas lo definieron, con maravillosa certeza, como "El Payador de la Redonda".

Era un tiempo, hoy difícil de recuperar, de amor a la camiseta: por eso vistió la "cha­rrúa" durante 24 años, reemplazándola sólo las catorce veces que vistió otra que le era también entrañable: la celeste y blanca de la selección nacional. Con ella sobre el pecho Gabino marcó seis goles, cuatro de ellos en un solo partido, en la Copa América de 1926 en Santiago de Chile. Fue cuatro veces campeón con Central Córdoba en los campeonatos de la Asociación Rosarina de Fútbol e integró el combinado que ganó la legendaria Copa Beccar Várela en el año 1934.
Andrés Bossio afirmó que ese estilo de­purado y sutil inconfundible del fútbol rosarino tiene mucho que ver con la fineza de Gabino Sosa en el trato de la pelota, lo que lo haría también un pionero de lo que mu­chos periodistas deportivos de hoy califican como un "centrodelantero retrasado".
Cuando llegó el profesionalismo, hacía 15 años que su talento se desparramaba sobre el césped de las canchas de Rosario, Buenos Aires, Córdoba, Montevideo y San­tiago de Chile. Le habían llegado ofertas que pocos habrían desoído: la de Boca y la del uruguayo Nacional, dos grandes. A él, en realidad, lo que le importaba era estar en su lugar, en su barrio de Tablada, divir­tiéndose con la pelota, tomándose su vino tinto antes de algún partido sin que nadie se lo reprochara demasiado, sobre todo por­que -dicen los que lo vieron- hasta jugaba mejor entonces...
Por eso, cuando llegó el momento de for­malizar contractualmente aquel vínculo de siempre con su club, casi con vergüenza por tener que cobrar por hacer lo que lo divertía, pidió 400 pesos y algo más que terminó de asombrar a los dirigentes una muñeca para su hija Laruncha. Todo eso pudorosa, humildemente, con la cabeza gacha, como suele vérselo en la mayoría de las fotografía que perpetúan su paso por las canchas.
Por eso cuando el 7 de noviembre de 1969 el club de su vida decidió bautizar al viejo estadio de la Tablada con su nombre, a él seguramente le habrá parecido demasiado. Con esa humildad, Gabino se fue de la vida el 3 de marzo de 1971

Fuente: Extráido de la Revista del diario “La Capital del los 140 años de 1992