jueves, 19 de marzo de 2015

EL CORO DE PAJAROS



Leticia Cossettini, cautivante narradora e inigualable en la elección de términos, contó al­guna vez con sus palabras cómo y por qué surgió el coro: "El coro de pájaros nació como pequeña célula en 1936. Yo tenía enton­ces un grupo de chicos inquie­tos, nerviosos, inestables. Por ello, con frecuencia, los sacaba al patio, bajo los árboles, y los distraía de alguna manera: con­versando de las flores, de las hojas, del río. Un día me piden un cuento. Acepté. Como eran chicos a los que nadie les conta­ba cuentos en su casa, todos se agruparon lo más cerquita posi­ble, porque uno cree que acor­tando las distancias se ve y se escucha mejor. Se me ocurrió un viejo cuento tradicional donde la protagonista era una niña cautiva en una torre y que debía hilar una cantidad inmensa de cáñamo porque si no caería so­bre ella un maleficio. La niña llora desconsolada y comien­zan a aparecer pájaros por las ventanas de la torrecilla. Los pájaros hablaban, como en los buenos tiempos de las fábulas: ¿Por qué lloras? La niña les expli­ca y ellos responden: No, no, no llores. Te vamos a ayudar.
"Empezaron a trabajar, entre aleteos, bisbiseas y trinos hila­ron todo el cáñamo; todo estuvo listo y la niña se libró del ma­leficio, gracias al encanto de los pájaros. Los chicos se quedaron callados. Y en ese momento... Hay momentos, pocos en la vida, en que uno dice justo lo que hay que decir. No ocurre siempre, por lo menos en mi experiencia personal. Yo les pregunté: ¿Us­tedes saben imitar el canto de algún pájaro?. "Yo si sé" -dijo alguien-: sé hacer la paloma". Claro, pensé, era la que oía con más frecuencia. ¿Y cómo hace esa paloma? El imitaba la palo­ma y yo lo observaba. Escuché y sugerí la paloma puede cantar distinto cuando sale el sol, al atardecer, si está triste, si lla­ma a sus pichones. El sonido cambia de intensidad si está le­jos o cerca. Propuse dirigirlos sin palabras, con mis manos. Yo indicaba quién tenia que hacer el canto, más alto, más bajo, juntos, en silencio. Surgieron otros cantos, el gorrión, la pirin­cho se fueron incorporando. Pe­ro el proceso era siempre el mis­mo: afinación y armonización. Lo interesante fue que esas cria­turas, ese grupo de chicos, un poco considerados con cierto alejamiento, porque eran menos inteligentes, porque eran menos brillantes, porque eran más ru­dos, se sintieron personajes. En años sucesivos se fueron abrien­do nuevos registros. Yo  entreví que ésto podía alcanzar a ser una cosa más vasta, más sensi­ble, y abrí la invitación a todos los niños de la escuela. Se ano­taban por año sesenta o setenta chicos y había que elegirlos; en­tonces el jurado se hacia con los mejores imitadores de pájaros. Y un día se citaba: "Mañana, a las nueve de la mañana, en el salón de música se va a hacer el concurso". Era conmovedor. Porque estaban como los ejecu­tantes de las orquestas, afinan­do el pico cada uno. Algunos estaban tan emocionados que al principio el canto no les salía... Pero de acuerdo al clima de la escuela, que era paciente, afec­tuoso, se les decía: "Bueno, es­pera un ratito: ya te va a sa­lir..." Llegó a integrarse ese co­ro con más de sesenta chicos. Yo he visto mucha gente emociona­da hasta las lágrimas escu­chando este coro. Lástima que no se grabara ninguna actua­ción: la escuela no tenía recur­sos para ello. Las fotografías que yo tengo, estupendas, son por la generosidad de Hilarión Hernández Larguia. El las hizo tomar...''
Las palabras de Leticia narran­do su experiencia lejana, aclaran los conceptos: un maestro abierto, sin preconceptos, deján­dose crecer cada año con su grupo y tratando de encontrar justo lo que hay que decir, en­cuentra tantas posibilidades como niños tiene a su cargo.
Fuente: Extraído de la Revista “ Rosario Historias de aquí a la vuelta. Fascículo Nº 19. Autora. Amanda Paccotti de marzo 1992