jueves, 5 de marzo de 2015

LETICIA COSSETTINI TENGO LA SENSACIÓN DE QUE NACÍ DESPUÉS"






Por Pedro Aquillaci
Tiene tan sólo 94 años. Una mirada profunda sale de sus ojos azules y chiquitos. Su pórtelo envidiarían muchas adolescentes.
Transmite sabiduría, calidez y capacidad de asombro. Cuando se levantó de la cama el día de su cumpleaños dijo: "A mí me ocurre algo maravilloso, la cabeza no me pesa, el cuerpo tampoco, para mí que lo me cuando me anotaron se equivocaron, yo nací después". Y festeja su humorada. Junto con su hermana Olga Cossettini y su sobrina Leyla protagonizó  entre 1935 y 1950 un emprendimiento educativo experimental escuela Dr. Gabriel Carrasco, de barrio Alberdi, que "trataba de unir la cabeza y los sentimientos de los alumnos". Dice que siempre tuvo "tendencia a la belleza" y una de las cosas más trascendentes de  su vida “fue descubrir la belleza escondida que había en cada uno de chicos".
Desde pequeña, cuando aún no sabía leer, ya sentía amor por los libros. Quizás fue porque se manejaba libremente con ellos y jamás nadie le dijo "ése no se toca". "No entendía con mi cerebro, entendía con mi corazón", dice al recordar sus años en San Jorge, la ciudad donde nació, y en Rafaela, donde se crió.
Leticia tiene necesidad de contar de dónde vino para que puedan entenderse con mejor claridad su trayectoria y su presente. Por eso a su padre, un maestro italiano de Véneto que llegó con la misión ­de colaborar "con esa gente modesta que quería que sus hijos se ilustren, y que fueran mejor que ellos".
"Ese hombre me enseñó sin enseñarme, porque alguien dijo sabiamente  que el aprender es válido cuando uno se olvida el aprendi­zaje y queda la esencia, el núcleo sensible", dice con palabras elegidas que suelen ser ayudadas con tenues movimientos de sus manos
Y ese hombre, del cual ni desliza su nombre, lo siente como una marca luminosa, como el ejemplo de vida que ella llevó -junto con su hermana Olga- a lo largo de su excluyente carrera docente.
Cuando recuerda los tiempos en que su padre fue director del Centro Filodramático de Rafaela, cita momentos que tienen que ver con esa magia de "enseñar sin enseñar", aplicable a cualquier disciplina de vida.
"El provocaba en mí situaciones que me incitaba a moverme -dice entusiasmada-, nunca me dijo 'tienes que hacerlo así'. Y cuando en mis primeros pasos me expresé de alguna manera, ¿sabe lo que me hizo?: tomó mi frente, me dio un beso y me dijo 'repítelo'. El que repite así, ya saca algo de sí mismo, no tiene miedo ni inhibición. Hay una puerta prodigiosa que es la de la independencia, de la libre manera de decidir, que hace que uno en ese momento sea otra persona".
Esta formación le dio a Leticia Cossettini un talento pedagógi­co, que ella aplicó después en sus alumnos de turno mañana y los de teatro de la escuela Carrasco, y que la llevaron inevitablemente a una "tendencia a la belleza".
"Yo no sabia qué era la belleza -admite. La belleza se descubre por caminos diferentes. Y cuando fui maestra, además de esa tarea pre­ciosa de ayudar al despertar de un niño, yo tenía el pensamiento de descubrir esa belleza escondida que cada uno tenía con un mensaje diferente. Creo que, en mi vida modesta, fue una de las cosas más tras­cendentes que enriquecieron mi existencia y mi trabajo".


La grandeza de lo simple
La mirada intelectual, poética y hasta filosófica de Leticia Cossettini no quiere decir que les sean ajenas otras cosas de la vida, que la ha­cen igualmente feliz. Una buena comida, su jardín y el diálogo con vecinos, o personas apenas conocidas, le producen un placer inocultable.
"Yo amo el jardín", afirma. "Me crea una zona de serenidad, de equilibrio, y me pone en contacto con la tierra, los perfumes y los colores. Aquí todas las ventanas miran al jardín, desde donde se ven el cielo, la Vía Láctea y se escucha de vez en cuando la sirena de algún barco que pasa. Todos esos elementos se dan en mi jardín, que no es espectacular, porque yo creo que el encanto no es espectacular, sino secreto", detalla.
Su nombre en italiano, Letizia, significa alegría, que, según sus palabras, "es aquella alegría del goce íntimo, delicado, no ruidoso". Es misma sensación que transmite a la gente con la cual dialoga en la diariamente. "La gente sencilla, la que no sale de las academias, veces tiene reflexiones que son notables", asegura, para agregar que : encuentros más valiosos son aquellos en los que en algún momento se dice algo inteligente, que están tocando una necesidad de claridad nuestro espíritu".
Con tanta sabiduría a flor de piel, al cronista se le ocurre hacer una pregunta que tendrá una respuesta marca Cossettini.
"-Usted repite la palabra inteligencia ¿En qué ayuda la inteligencia para
Sobrellevar  distintas situaciones de la vida?         
*¿Usted quiere un consejo? (risas). No, yo le expongo mis circunstancias, no puedo ponerme a predicar.


Una escuela sin filas ni timbres

"Los quince años que duró el ensayo que Olga dirigió en la escuela Carrasco fueron de una enorme vitalidad, de una gran belleza espiritual, de una exigencia de la inteligencia y de la solidaridad, que es la única que puede lograr la plenitud de una Obra. Hoy pareciera que se han olvidado de la solidaridad y la ética, y nada puede emprenderse de una manera fecunda si no resta la ética" sostiene de manera crítica Leticia Cossettini.
Esto confirma un principio que, junto con su hermana, llevaron adelante sobre la base de las palabras del pensador Mon­taigne: "El que se educa es un hombre. Es preciso no hacer de él  dos”. Esto es, no separar razón de corazón
Esa filosofía defendieron desde 1935 hasta 1950 en una escuela considerada una de las pioneras de la corriente pedagó­gica en la Argentina. La Carrasco, La Serena o La Escuela Nue­va fue ese lugar donde los chicos podían debatir ideas, siempre desde el programa oficial, pero con una mirada más amplia y creativa sobre las cosas simples de la vida.
"Observábamos la naturaleza, escuchábamos el canto de los pájaros. Era una escuela sin timbres ni campanas. Nosotros sabíamos que la música marcaba la hora de entrar o salir" re­cordó Mariana, ama de casa, de 53 años, ex alumna de Leticia Cossettini, en testimonios recogidos para el filme de Mario Piazza "La escuela de la señorita Olga'.'
Después de que personalidades como Margarita Xirgu, Hi­larión Hernández Larguía, Romero Brest y Beppo Levi, entre otros, visitaron y elogiaron el proyecto, todo concluyó un 30 de agosto de 1950. Ese día, un decreto -con firma ¡legible— prohibió el ensayo educativo y destituyó a Olga, que se retiró del proyecto junto a su hermana. "Fue por motivos políticos. Pero pasa siempre así, cuando la escuela tiende a abrir los ojos, siempre hay alguien que se siente molesto y lo impide',' sostuvo Leticia. Y lo impidieron porque no todos entienden que "razón y corazón deben ir juntos" y que "la vida de un ser humano es una sucesión de germinaciones y el maestro sólo debe sugerir lo que considere para que aquello que está potencialmente es­condido en el niño se manifieste'.

Fuente: Del Libro Perfiles de Rosario. Fundación La Capital. Rosario 2008. 25 de mayo de 1988. Fotos de Enrique Rodríguez.