jueves, 30 de junio de 2016

Libertarios y rancheríos

Por Rafael Ielpi
Algunos de aquellos pic-nics que eran recreación habitual en la ciudad finisecular, llevaban en cambio objetivos que iban bastante más allá de un paseo al campo y de un momento de música y baile. Eran los organizados por muchas de las colectividades extranjeras, que los realizaban a veces con fines benéficos, para sostener las actividades de cada entidad o en conmemoración de fechas caras a la historia de sus países lejanos; o estaban marcados con la inconfundible impronta libertaria, bastante extendida en Rosario tanto como en Buenos Aires hasta el inicio de la "década infame". Aquellos pic-nics despertaban, pese a lo bucólico del paisaje, las naturales prevenciones que el anarquismo guardaba hacia el sistema. Claro que la reuniones, por razones obvias, no tenían como escenario lujosas quintas sino un espacio abierto que garantizara alguna mínima posibilidad de desbande en caso necesario...
Libertad Lamarque recordó en sus memorias aquellas lejanas reuniones campestres que siempre tenían la impronta solidaria c libertarios: En los pic-nics que papá y sus colaboradores organizaban t beneficio del Comité Pro Presos, mis padres se ocupaban de que todo esti
en orden, que no faltaran los refrescos, los sándwichs y los kioscos con sus atracciones: el tiro al blanco y sus premios, las marionetas, las golosinas y los chorizos calientes. Se comenzaba con la tarea de alquilar la arboleda más cercena la ciudad, la más frondosa y la más barata, además de los mejores medios transporte. Se debían comprometer con tiempo dos carros, con un caballo uno, para transportar desde el amanecer del día fijado casi todos los enseres seguido del segundo carro llevando el resto y a los organizadores. Más tarde gana al lugar un pequeño conjunto de instrumentos de viento, especializado en los pasodobles y para turnarse con ellos, un reducido conjunto típico: ban neón, guitarra,flauta y violín, para alegría de los bailarines.
De pronto, sonaba una campana y la gente comenzaba a concentrarse frente a un kiosco, ya adaptado con una pequeña mesa, una ji de agua tapada con una servilleta, y un vaso. Por otro lado, yo me refrescaba la cara y trataba de alisar mi pelo, tieso de tierra. Nuevamente sonaba la campana y me dirigía al lugar indicado; esperaba allí en silencio cío un minuto, para que acudiera más gente y comenzaba mi actuación anunciando El batallón infantil de Ghiraldo: "Han pasado ante puerta al compás de sus tambores, / cuyas tristes notas dicen la canción de los dolores;/ avanzaban los pequeños en compacta formación,/ y en sus frentes enfermizas, donde la anemia se advierte, / se diría que la idea de la guerra y de la muerte / va invadiendo sus cerebros, anulando la razón". Al terminar los aplausos se hacía presente el orador de ese día, casi siempre proveniente de Buenos Aires, por intermedio del periódico "”La Protesta". Anderson Pacheco, que era muy admi- rado por su palabra vibrante y de barricada, que estremecía a su auditorio o Rodolfo González Pacheco, igualmente aplaudido por su palabra fácil, convincente. . . y prudente. Siempre la policía se hacía presente en esas reuniones.
(Libertad Lamarque: Autobiografía
Editorial Sudamericana, 1986)
Los pic-nics seguirían teniendo vigencia y escenarios diversos esos primeros treinta años de la centuria. En enero de 1925, La Capital anuncia una reunión de esas características, bajo el auspicio del Centro Gallego en la que denomina como Quinta Ranchos de Vélez, situada en Alberdi, consignando como servicio al lector, que el tranvía N° 5, en su punto terminal, deja a cuatro cuadras de la quinta, que se halla en la orilla del río Paraná.
La "Ranchada de Vélez", como se la denominara y conociera popularmente hasta ya bastante entrada la década del 60, no era otra cosa que una sucesión de ranchos, construcciones de adobes emplazadas a unos metros una de otra, con sus paredes blanqueadas a la cal, con los clásicos techos de paja traída por lo general de las islas, a dos aguas y sostenidos por horcones de quebracho, con la presencia de un aljibe en el centro. Denominada originariamente "Villa Mangoré", pasó a ser conocida con el nombre definitivo al ser adquirido el conjunto de viviendas por Juan P. Vélez, un rosarino acomodado que la destinó a finca de descanso hasta que sus descalabros de fortuna lo obligaron a convertirla en su residencia habitual. El primitivo nombre respondía a la tradición que atribuyera la construcción de los ranchos a un indio que se decía descendiente del jefe indígena cuya pasión por Lucía Miranda ingresó a la historia tanto como a la literatura y decidió incluso, también de acuerdo a leyenda, la destrucción del fuerte de Sancti Spiritu erigido por Sebastián Gaboto.
En tanto duró la propiedad de Vélez, la ranchada fue escenario de continuas fiestas, sobre todo en el verano, al que concurrían muchas personalidades del comercio, el periodismo, las letras y la política, no sólo de Rosario sino de otras partes del país. En ellas se daban cuenta de pantagruélicos asados y de cantidades fabulosas de empanadas 'y se bebían buenos vinos. Se jugaba a la taba y al monte, y al son de vihuelas se bailaba el gato y el pericón y hábiles zapateadores se lucían en el malambo. Los payadores más famosos dirimían superioridades con agudeza retórica y rasguidos de guitarras. La tradición quiere que Gabino Ezeiza haya participado de estas justas y rendido a los asistentes el homenaje de sus improvisaciones...
(Weyland: Op. cit.)

Los antiguos ranchos, por su condición de aislamiento, sobre todo en los finales del siglo XIX y comienzos del XX, sirvieron asimismo para reuniones de carácter mucho menos inofensivo y social, como que allí se guardó el secreto de algunas de las conspiraciones revolucionarias que, afines del siglo anterior, alteraron dramáticamente el apacible y laborioso vivir santafesino, como asevera Weyland en su hermoso libro de recuerdos El chalet de las ranas.
Sin embargo, la ranchada tenía un atractivo adicional ( que el autor de este libro pudo constatar hacia 1960, cuando el cuidador y espontáneo cicerone del lugar era don José Ciro) que eran pinturas que cubrían prácticamente todas las paredes de las viviendas. Las mismas, que constituían un vasto y abigarrado muestrario temas histórico-gauchescos, habían sido realizadas por un espontáneo y bastante rústico, a mitad de camino entre el pintoresco y lo näif (padre de Esteban Peyrano, quien fuera un pioneros del cine en Rosario), lo que no quitaba sin embargo un interés curioso a ese insólito conjunto.
El interés turístico de este lugar residía en las pinturas que las paredes interiores de los ranchos, ejecutadas a principio del siglo, por un tal Serafín Peyrano, pintor con más buena voluntad que del propietario de la ranchada. Había escenas de combates sugeridos por la historia patria que abarcaban todo un muro y retratos de la independencia, civiles y militares, de presidentes y de poetas: Echeverría, Hernández, Ascasubi, Gutiérrez, Guido Spano y otros, rodeados de laureles y frases alusivas. No faltaban los motivos populares y gauchesc:os domas, duelos a facón, tabeadas, riñas de gallo y borracheras en la pulpería, a menudo realizado con propósito grotesco o humorística. Además, rebuscadas composiciones alegóricas tenían por tema tanto la la justicia como el mate y el asado, y apelaban de manera inverosímil a la fauna y la flora: jaguares, monos, yacarés, cóndores, serpientes, papagayos, ombúes, palmeras, ceibos, camalotes e irupés. A nosotros tales colorinches nos parecían obras magistrales...
(Weylan: Op. cit)

Las pinturas de los ranchos de Vélez seguían siendo, superada ya la mitad del siglo XX y un poco antes de su demolición, dignas fotografiadas como una nota pintoresca, y de seguro irrepetible, del Rosario de los primeros años de la centuria, que fueron los de su esplendor como sede de encuentros gastronómico-sociales que incluían la presencia de rosarinos notorios, ya lo fueran en el ámbito de la política lugareña o de la cultura.
En plena década del 20, como se consignara, aquella ranchada que erguía su fisonomía campera sobre las barrancas del Paraná, fue lugar reiteradamente elegido para la concreción de muchos de los pic-nics y reuniones que eran parte de las obligadas recreaciones de los rosa- nos de entonces.
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones

miércoles, 29 de junio de 2016

Libreros beneméritos

Laudelino Ruiz, español, llegó a Rosario en 1909, cuando tenía cinco años. Siempre fue librero. Primero en Buenos Aires y luego en nuestra ciudad como propietario de la "Libreria y Editorial Ruiz", que tanto gravitó en la difusión de los libros de autores rosarinos a los que siempre apoyó y alentó. Un ser excepcional y generoso. Fue directivo durante muchos años del Centro Español de Unión Republicana. Murió el 19 de octubre de 1972.
Alfonso Longo, italiano, llegó a la ciudad en 1896, siendo un niño. Su primer oficio fue el de "canillita". En los primeros meses de 1902, con sólo 13 años, se dedicó a vender libros por la campaña. Por 1907 habilitó un negocio de librería en Sarmiento 1176.
Desde 1907 hasta 1922-fue editor de un periódico combativo que dirigían Marcos Lenzoni y Antonio Robertaccio. Además una revista italiana católica y un boletín de larga vida aparecido en la primera guerra mundial bajo la dirección de Luis Bocaleone inspirado por la colectividad itálica. Pero el suceso editorial fueron libros como Juan Moreira, Santos Vega y Martin Fierro, que alcanzaron tiradas extraordinarias. Don Alfonso Longo fue ejemplo de acendrada vocación por el libro. Siempre fue el "decano" de los libreros. Sus hijos continuaron su maravillosa obra de soñador. Hoy, a pesar de todo y la dura crisis del libro, la librería sigue en el mismo lugar con 85 años a cuestas.
Fuente: Extraído de la Revista “ Rosario Historia de aquí a la vuelta” . Autor Héctor Sabastianelli .Fascículo N.º 21 Junio 1992

martes, 28 de junio de 2016

Libreros y librerías

Por Rafael Ielpi


Las librerías eran, en consecuencia, comercios concurridos por diversa clase de gente, atenta a intereses y expectativas diferentes, desde a cadena de episodios siempre terminados en el momento culmiante, para asegurarse la atención del lector en la siguiente entrega, iue proponían los folletines, a los amantes de la poesía y las novelas europeas.

O aquellos otros que seguían fieles, quizás por la resonancia de casi contemporaneidad que seguía emanando de las páginas del Martín Fierro, al prototipo gauchesco. Sería uno de esos libreros rosarinos el encargado de editar muchos de los títulos destinados a ese mercado: Alfonso Longo, un siciliano nacido en 1887 en la pequeña localidad de Alessandria della Rocca. Longo, instalado en sociedad con Vidal Argento en la Librería Americana de Sarmiento 1176 primero y luego trasladada al 1173 de la misma calle (local que hoy subsiste aún con sus pisos de pinotea, sus altas paredes y sus viejos libros, como un testimonio al parecer eterno de la pasión de aquel librero ejemplar), editó entre 1918 y 1930 una serie de pequeños libritos de bolsillo, de modesta impresión, dedicados a versificar las istorias y aventuras de toda una serie de personajes gratos todavía n esos años a muchos lectores, sobre todo de las zonas rurales ale-lañas y a gentes provenientes del interior que trabajaban en el Mercado, la estiba portuaria, carreros, cocheros, etcétera, que eran us consumidores principales.

En la contratapa de aquellos libritos editados regularmente por Longo, podía leerse esta encendida defensa del personaje prototípico de las pampas, bajo el título de "El gaucho siempre triunfa": El sobrevivirá a las maledicencias y mañana, cuando con un juicio más sereno y libre de las cosas rojas y sombrías que han pretendido eclipsarlo, su figura arrogante e imponente, su vida inquieta y sus muertes heroicamente bellas, defendidas con el corazón, servirán como punto de referencia a los que quieran señalar los grandes sacrificios que hicieron en beneficio de nuestra propia libertad.
 

La larga lista de títulos, que rondaba el medio centenar, estaba integrada entre otros por los clásicos previsibles como Juan Moreira, Juan Cuello, Hormiga Negra, El hijo de Martín Fierro, Pastor Luna, La venganza del Mataco, El Chacho, Facundo Quiroga, Juan Soldao, Los hermanos Barrientos, Santos Vega ,Juan Manuel de Rosas, etcétera. En la mayor parte de ellos, sin embargo, como los de Silverio Manco o Hilarión Abaca, era visible un enconado antirrosismo, del mismo modo que se calificaba duramente a Quiroga, de quien se afirmaba, por ejemplo: de La Rioja tan amada/fue moderno Torquemada/ sin alma ni corazón.

Tampoco don Juan Manuel de Rosas salía indemne de aquellos poemas muchas veces trabajosos, de aparición mensual, en algunos de los cuales podían leerse estrofas de este calibre: Rosas, nombrado gobierno/ se convirtió en dictador;/ manda más que emperador/ y de todo se hace dueño/ y azota al pueblo porteño/ con la fusta y arriador. / Hace violar domicilios, /familias hace azotar / porque no quieren llevar/ prendida en la cabellera/ insignias de una bandera/ a su gusto y paladar, y otras igualmente enconadas.

En realidad, aquellos modestos y tal vez olvidables folletines en verso editados por el generoso don Alfonso Longo, no eran otra cosa que una emulación descuidada y a veces desechable de los escritos en el siglo XIX por Eduardo Gutiérrez, el verdadero fundador de esta variante del género en el país, que popularizaría a través de sus obras a personajes como los citados Cuello, Moreira y Hormiga Negra, del mismo modo que denigraría a Rosas convirtiéndolo en paradigma de la maldad y el tenor. Lugones lo definiría en la década del 20: En medio de todo, el único novelista nato que haya producido el país, si bien malgastado por nuestra eterna dilapidación de talento.

Jorge Luis Borges, en un prólogo al Hormiga Negra de Gutiérrez, acierta con su proverbial lucidez crítica en las razones de la popularidad y acaso la perennidad de la obra de aquél: Eduardo Gutiérrez, autor de folletines lacrimosos y ensangrentados, dedicó buena parte de sus años a novelar el gaucho según las exigencias románticas de los compadritos porteños.

Un día,fatigado de esas ficciones, compuso un libro real, el "Hormiga Negra". s desde luego, una obra ingrata. Su prosa es de una incomparable trivialiad. La salva un solo hecho, un hecho que la inmortalidad suele preferir: se parece a la vida...

Aquellos "novelones" de Gutiérrez, llenos de violencia, crimenes atroces, heroísmo y pasiones encendidas, estaban dirigidos al mismo público de los poemas gauchescos editados por Longo: una masa de anónimos lectores de las clases populares que de esa manera ingresan, sin saberlo acaso, a una forma de cultura.
Se produce la paradoja de que el albacea literario de la alfabetización sarmientina no sea un típico hombre del 90 sino este folletinista subestimado por su descuido estilístico, descuido que en realidad es un punto más de coincidencia con sus lectores, en la medida en que la forma elegida es el resultado de una adaptación de ciertos modelos literarios a las exigencias de un grupo social que todavía no constituye, como tal, una comunidad de cultura.
(Jorge B. Rivera: "Eduardo Gutiérrez" en Capítulo, Centro Editor de América Latina, 1970)

En una carta fechada el 16 de junio de 1919, Abaca, el autor de aquella versión rimada de Hormiga Negra editada por Longo, daba fe a u editor de la fuente fidedigna de sus historias: Harto conocido Hormiga en San Nicolás, era justo entonces que conociera algunos aspectos de su vida; allí actualmente es innumerable el número de personas que lo han visto en su juventud cometer actos de valor y arrojo que han llegado al colmo de la audacia. Basado en eso, creo que nadie osaría decir que he falseado la verdad de los hechos; he formado mi humilde novela, la que me honro pasar a usted para que e sirva editarla en la forma que a decir verdad más convenga. Para fe y constancia de que la historia es obra mía,firmo en Rosario, en el día de la fecha que arriba ya se expresa. De Ud. como siempre S.S.S.


El poema, que en realidad era una novela en verso, comenzaba: VI¡ personaje es nacido/ allá por San Nicolás;/ desde pequeño fue audaz/ y de mala inclinación1 y creo que hasta esta ocasión/ como él no hubo otro jamás. De ese estilo modesto y casi payadoril era toda esa literatura de bandidos y bandoleros, cuyas desventuras y enfrentamientos con una autoridad casi siempre injusta y perversa encontraban un eco de simpatía inmediato en sus lectores.


Longo, con todo, era uno de los tantos libreros de la ciudad entre 1900 y 1930, y en todo caso, sucesor de muchos que abrieron sus negocios entre 1870 y 1890 y que seguían "vendiendo cultura" en los primeros años del siglo ulterior. En las dos décadas finales del siglo XIX, consigna Mikielievich en sus Memorias de Rosario, coincidían en la zona céntrica de Rosario las librerías (en muchos casos con anexo importante de papelería) de Eudoro Carrasco, frente a la Plaza 25 de Mayo, inaugurada en 1853; "El Baratillo del Libro", de Gervasio del Mármol, en Maipú y Santa Fe; la "Librería Enciclopédica", de Antonio Fayo, en Córdoba entre Laprida y Buenos Aires; la "Librería Alemana", de Luis Kammerath, en Santa Fe entre Maipú y San Martín; la "Librería Francesa", de A. Charbonel, en San Martín entre San Lorenzo y Santa Fe, y la "Librería Inglesa", de los Mackern, que se inició en San Martín entre Córdoba y Rioja, aunque conoció traslados ulteriores.


También del siglo XIX eran libreros como Pujadas y Curuchet, dueños de "El Siglo Ilustrado", en Córdoba entre San Martín y Sarmiento (por entonces Puerto y Libertad), que funcionaría hasta el inicio del siglo XX y cuyo nombre heredaría Serapio Vidaurreta, en Córdoba 1288, quien la atendía junto a su hermano y en la que en 1905 se podían conseguir publicaciones españolas y europeas además de las hermosas tarjetas postales coloreadas de comienzos de siglo, entre ellas las que reflejaban imágenes del Rosario que hoy tienen el irrecuperable encanto de lo que fue y no vimos.


Librerías rosarinas entre 1880 y 1920 eran las de Federico Boldt, en Córdoba 1823; Fortunato Filippini, en Santa Fe 1122; Luis Fossati, en la esquina de San Juan y San Martín;J. I. Ulton, en Córdoba 1083, y Georgino Linares, en Córdoba 1141, quien uniría a su condición de librero, hacia 1910, la de concejal de la ciudad; establecido en 1885, su actividad inicial había sido la venta de diarios, periódicos y revistas, la que obtuvo impulso importante al obtener la autorización del Ferrocarril Central Argentino para vender dichas publicaciones en las estaciones de Rosario, Córdoba y Pergamino de dicha línea. En el Centenario sus ventas ascendían a 7 mil diarios por día y 14 mil revistas por semana.


En esa nómina de libreros y librerías debe computarse asimismo a Jacobo Peuser, San Martín 820; E. Rischeport, en Santa Fe 1140 "frente al Correo" o "en face de la Poste", según el aviso; la de Danuy Alvarez en Libertad 952, fundada en 1902 que sería librería Álvarez, al pasar a propiedad de Manuel Álvarez, primeroen Libertad 748 y en 1925 ya su ubicación de Sarmiento 755, N. Simian, en Córdoba 884, con su "Librería Franco Argentina"; Antonio Tacconi, en San Martín 947; Rafael Uría, en Córdoba 895; los hermanos McLean, con su librería homónima- en Córdoba 192, de la numeración antigua, y M. H. Pomponio, con su "Librería Española, Francesa e Italiana", en Santa Fe 1116.


Librero recordable fue asimismo E. Vigil Mendoza, en Córdoba 771, quien un día de los últimos años del siglo XIX vio entrar a su local a un Sarmiento anciano, de paso hacia el Paraguay, que le dejó en consignación unos ejemplares de sus libros.., para poder contar con unos pesos para el viaje. También merecen ser citadas librerías como "El Progreso", de Francisco Belluccia, en Córdoba 1184, que por muchos años mantendría vinculado su apellido al rubro, a través de su hijo José. La librería ocupó distintos locales en la zona céntrica desde su inicio en 1900, en San Juan 1180, hasta cerrar definitivamente sus puertas en 1987 tras casi nueve décadas de actividad.
 

De las dos primeras décadas del siglo pasado eran también la "Librería Ameghino", fundada por Miguel Caggiano en 1917, a quien sucedería luego su hija Beatriz Caggiano y posteriormente César Gasparinetti, instalada inicialmente en Sarmiento 1157 y posteriormente en San Luis al 1200, para seguir vigente en el siglo XXI en Corrientes al 800, a través de los herederos de este último, siendo con la librería de Longo las únicas dos subsistentes de ese período; y la de Isaac Roseli, que por los mismos años, en Santa Fe 1584, ofrecía al interés femenino revistas extranjeras como Paris elegant, Tout le mode y La petit echo de la mode.
 

Se puede sumar, por el Centenario, a José Caro, que con negocio en Santa Fe esquina Entre Ríos, tentaba en 1913 a lectores diversos con dos ofertas exclusivas: las Obras completas de Julio Verne, en 14 volúmenes y la Historia Argentina, de Vicente Fidel López, en 10 tomos, ambas colecciones a $ 10 al contado y 10 cuotas de $ 13.50, y a la "Agencia Linares", de San Martín 935, conocida popularmente como "La literaria", donde además de revistas de modas, se ofertaban en 1910, los "best sellers" del momento: Tierra de matreros, de Fray Mocho; Flor de durazno, de Hugo Wast, y Los emigrantes de Eduardo Zamacois, novelista absolutamente olvidado hoy pero leído más que con entusiasmo a comienzos de siglo.


Algo debía pesar asimismo la colonia portuguesa de Rosario (muchos de cuyos miembros se dedicaron casi siempre y como una tradición a las mudanzas y transporte de muebles) ya que se publicitaba al mismo tiempo la recepción de las obras del celebérrimo poeta lusitano Abilio Guerra Junqueiro: La vejez del Padre Eterno, Muerte de Donjuan o La Patria. Ese mismo año, la librería mencionada hacía publicidad también de los últimos libros recibidos de Francia, que contaban con sus lectores en una colectividad gala que conservaba el uso de su lengua y la lectura de sus autores: Cha ntecler, de Edmond Rostand, La Lune, de Camille Flammarion y La Psychologie politique et la defensa sociele, de Gustavo Le Bon.


Un lugar especial merecen la "Librería Sopena", sucursal de la prestigiosa editorial, cuyo gerente sería el español Laudelino Ruiz en 1924, quien por muchos años estaría luego al frente de su propio comercio, que editaría libros y cumpliría una extensa tarea en pro de la difusión de la cultura en la ciudad a partir de 1930, cuando abre su "Librería y Editorial Ruiz", en la que, como recordaría Raúl Gardelli, el entonces más que leído y hoy olvidado Stefan Zweig firmaría ejemplares de sus libros, junto a su traductor Alfredo Cahn; y la librería "La Ibérica", que se instalara inicialmente en 1911 en San Martín entre Cochabamba y Pellegrini, luego en 1919 en San Martín 1232, para establecerse después, hasta su cierre definitivo en 1966, en calle Mitre 826.


Aquel gran recinto colmado totalmente de volúmenes alineados en estanterías que llegaban hasta el techo conteniendo en especial literatura española y los clásicos, y sus propietarios, el hispanísimo y culto don Agustín Benítez de Castro y su esposa María Dolores Zubelzú, a quien se conocía familiarmente como Doña Lola, fueron una atracción permanente para varias generaciones de estudiantes, estudiosos, simples lectores o buscadores de hallazgos bibliográficos. Raúl Gardelli los evocaría con entrañable reconocimiento: Magn'flco matrimonio de libreros, cuya librería era una suerte de peña, donde se hablaba de libros y no sólo de éstos. Increíble: él, andaluz; ella, vasca. Entre las estanterías atestadas (había libros detrás de los libros) se hablaba de la República Española destruida en una guerra que apasionó a los rosarinos como si fuese ¡Vaya si los apasionó! De aquí partieron voluntarios para sumarse a la republicana…


Gardelli rescata otra anécdota de aquel librero irrepetible: En el penumbroso salón de La Ibérica, muchedumbre de libros colmaba,fatigánlas resignadas estanterías. Libros detrás de los libros. No faltó quien contase, como en secreto, un episodio risueño. El tradicional librero, parsimonioso era en el hablar, al tiempo que miraba sus desbordados estantes, había dicho encopetada dienta que presumía de intelectual: "Pues ¿sabe usted?, tengo plúteos llenos". Ella, muy formal pese a su asumido aire de mujer de avanzada,entendió lo que entendió, entre sorprendida y agraviada: "Los plúteos! io puede ser que un hombre tan atento se haya atrevido a decirme que los llenos!"


El amplio recinto, la atmósfera casi recoleta del mismo, las vastas estanterías con sus estantes (o plúteos) cargados, las mesas pobladas volúmenes y la propia figura de aquel librero impar (un andaluz nacido en Las Cabras de San Juan, un pueblo cercano a Sevilla le tuviera lugar el legendario levantamiento de Riego), hicieron de “La Ibérica" un sitio inolvidable en la memoria de la ciudad.
Yo también conocería a don Benítez de Castro, pero ya con su negocio en calle Mitre 826 al lado del Banco de Boston. "Yo no sé cómo papá podía ser librero", me contaba una de sus hijas, y agregaba: "Era seco de carácter y jamás se reía". Y era cierto. Don Agustín, tocado con una boina en invierno, calvo, de tez blanquísima, de andar pausado, sentía a su modo y sabía expresarse con justeza. "Cuando no le gustaba algo, para despedirse de un cliente se ponía en actitud de esfinge, miraba para arriba y no daba más artículo. Podía quedarse largo rato así, acodado en el mostrador, hasta que el otro se iba", coincidimos en señalar con otro librero, ya fallecido también, quien fuera uno de los dueños de la "Librería Metropol", Danilo Bañuis.
(Héctor Nicolás Zinni: "50 años. 1938-1988", Cámara de Librerías y Anexos de Rosario, 1988)


En otra zona de la ciudad, también entre los años de los dos Centenarios, abriría sus puertas por largos años otra librería de entra-recuerdo para muchos rosarinos, sobre todo los vecinos de la de Salta y Avenida Francia, en el barrio de Pichincha: "La Alpina", de Pedro Enrione, que como muchas de las anteriores sumaban a la venta de libros la de artículos escolares y de papelería.
 
Por ahora, está en la vereda de los impares, al lado de la Zapatería La Obrera. Con el tiempo se mudará a la esquina noroeste de Salta y Avenida Francia, ocupando toda laf ranja de la ochava y sus linderos por ambas calles. Con su enorme cartel pintado al óleo ofreciendo a la vista de los transeúntes montañas nevadas y animales de los Alpes,justo sobre las puertas de la ochava. Con un don Pedro Enrione cuya figura nos recordaba vagamente a la de Gepetto y cuya personalidad lo había llevado a ser el primer presidente de la Cámara de Librerías y Anexos. Vieja librería de mi infancia donde compré mi primer libro de cuentos a 10 centavos…
(Zinni: Op. cit.)


Anterior a todas éstas era otra casa dedicada también a importar publicaciones inglesas al Rosario, "The English Book Stores", ubicada en San Martín 625, que en 1910 anunciaba ejemplares de People, Lloyds Weekly, Pearsons y A nswears, así como los principales diarios, magazines y novelas en inglés, todas con precio marcado. Pionera en traer a la ciudad periódicos y libros europeos sería "El Crédito Literario", de Francisco Antúnez, agente de la librería porteña de Juan Blassi; en 1900, desde su local de Córdoba 1621, informaba que contaba con un gran reparto de obras cient [ficas, literarias, artísticas e ilustradas. Estricta contemporánea de la anterior era asimismo la librería "El Progreso Literario", de Marcelino Bordoy, en Paraguay 1021, calificado como primer centro de publicaciones de la República Argentina.


Cerca del inicio de la segunda década del siglo (1919), la "Editorial Tor" funcionaba con un local de librería en Presidente Roca al 1200, donde se vendían los célebres títulos de aquella legendaria editorial argentina, fundada dos años antes por el mallorquín Juan Torrondeil, quien había arribado a Buenos Aires en 1912 y era redactor de El Diario Español. La editorial llevaría a cabo una formidable tarea de difusión del libro a través de ediciones de muy bajo costo que hicieron posible el acceso de los sectores de menores recursos a buena parte de la literatura universal, si bien muchas de las obras publicados por Tor sufrían los "tijeretazos" del editor, qúe buscaba de ese modo reducir páginas y abaratar los costos de impresión.


En junio de aquel año 1918, sus ofertas en Rosario tendían a difundir las obras del teatro nacional lanzadas por ella al mercado: Canillita, de Florencio Sánchez; Mamá Culepina, de Enrique García Velloso, y El viaje de don Eulalio, de Vicente Martínez Cuitiño.


Una posibilidad siempre vigente, para aquellos a quienes el placer o el interés de la lectura no podía ser satisfecho por resultarles difícil la compra de libros, era la de las bibliotecas populares, muchas de ellas surgidas del impulso de tozudos anarquistas y lejanos socialistas. Entre el 900 y el inicio de la "década infame" comenzaron a aparecer bibliotecas populares, muchas de ellas barriales, que posibilitaron el acceso a la lectura a obreros, empleados, estudiantes, ávidos de conocimiento.


Ejemplo de ello serían, entre muchas otras, algunas como "Estímulo al estudio" (1911),"Almafuerte" (1918), "Amor al estudio", de Barrio Industrial (1922), "Libertad" (1922),"Arnor a la verdad" (1926), "Proa" (1927), "Rafael Calzada" (1930) y muchas más, que se sumaban a las bibliotecas oficiales o de instituciones de la ciudad: la "Estanislao Zeballos" y la del Jockey Club, de 1905; "Agustín Alvarez", de 1907; del Círculo Médico (1910); del Colegio de Escribanos (1911); de la Alianza Francesa (1912) y las prestigiosas y concurridas Biblioteca Argentina, una de las obras motorizadas, como se dijo, por la fiebre hacedora del Centenario de 1810, y la Biblioteca del Consejo de Mujeres, inaugurada en 1872 con apenas doscientos volúmenes como Biblioteca Mariano Moreno.


A todas ellas deben agregarse las innúmeras bibliotecas fundadas por los libertarios que hacían de la habilitación de esos locales de cultura una imposición de su credo inclaudicable, y cuyos nombres aludían, indefectiblemente, a los valores más entrañables a aquellos que, más allá de una indudable dosis de romanticismo, llevaban asimismo consigo la firmeza ideológica de quienes, como Bakunin, habían apostado a la dignificación del hombre y, en especial, de los obreros y marginados del sistema.
Fuente: extraído de libro rosario del 900 a la “década infame”  tomo III  editado 2005 por la Editorial homo Sapiens Ediciones

viernes, 24 de junio de 2016

La Historia de NOB en el Parque Independencia

por Leopoldo Volpe; Cristian Volpe; Socorro Volpe





Sus reductos antes del parque

Antes de instalarse en el Parque de la Independencia, Newell's situó su cam­po de deportes en otros lugares de la ciudad. Tras elaborarse el acta funda­cional de la institución, en la primera asamblea de la comisión directiva en 1905 se presentaron dos proposiciones para la ubicación de la cancha. La pri­mera fue realizada por el doctor Clau­dio Newell, que propuso un terreno en inmediaciones del entonces barrio de los Talleres, en tanto Armando Ginoc­chio sugirió un predio ubicado en cer­canías de la penitenciaria y el Parque de la Independencia. En este último contaría con una concesión gratuita por dos años, otorgada por su dueño, un tal Moroni. Ginocchio expuso que el estado del terreno era óptimo, pero que el tranvía pasaba a cuatro cuadras del lugar y añadió que el sitio carecía de agua corriente, por lo que sería un gasto para el club la instalación del suministro del vital servicio. Al ter­minar el cónclave se decidió posponer la elección hasta la próxima reunión. Posteriormente le ofrecieron un am­plio terreno situado en proximidades del hipódromo de Sorrento, pero las autoridades no lo aceptaron. En defi­nitiva se optó por la propuesta presen­tada por Newell y la entidad rojinegra ubicó su campo de deportes en la in­tersección del bulevar Avellaneda y la calle Humberto Primo, en inmediacio­nes del stand del Tiro Federal y al lado de la cancha del club homónimo. El alquiler fue por dos años, a un valor de treinta pesos mensuales. El club cons­truyó una humilde casilla de madera, que ofició de vestuario para los juga­dores y colocó un alambrado perime-tral bordeando el campo de juego. Allí permaneció por poco tiempo, luego en 1908 se mudó al barrio Vila (hoy ba­rrio Belgrano). El por entonces inten­dente municipal, Nicasio Vila donó un predio ubicado en Provincias Unidas, entre San Luis y Rioja. Por tal motivo Newell's instaló su nueva cancha en ese lugar. Antes de asentarse fueron necesarios trabajos de nivelación del terreno, que llevaron a cabo empleados de la Municipalidad. Finalmente el 9 de febrero se efectuó la fiesta de inau­guración. Uno de los problemas que se les suscitó a los directivos rojinegros fue que el campo de juego estaba bas­tante alejado del centro de la ciudad y eran pocos los trasportes que hasta ahí llegaban.

Ñuls llega al parque



Corrían los primeros meses del año 1911 cuando los dirigentes del club ro­jinegro, gracias a las gestiones del doc­tor Claudio Newell y de su presidente por ese entonces, el señor Humberto Semino, consiguieron una concesión otorgada por la Municipalidad de Rosario en unos terrenos ubicados en el Parque de la Independencia, donde previamente se había situado la quin­ta Tiscornia. En ese lugar, cercano al hipódromo y al laguito, asentarían su nueva cancha. En el mencionado sitio comenzaron con la construcción de una tribuna de madera techada que se ubicaría a espaldas de la avenida Ovi­dio Lagos. La obra, que estuvo a car­go de la empresa John Wright y Cía, tardó algunos meses en concertarse. Poco antes de terminarse de construir los transeúntes que pasaban por el lu­gar miraban con admiración y satis­facción desde lo alto de la montañita cómo se erigía la nueva tribuna, que se inauguraría algunos días después. Se fijó como fecha de inauguración el 23 de julio, pero ese día Ñuls debía medirse ante Provincial, por la Copa Vila. Alejandro Berruti, presidente de la Liga Rosarina de Football propuso la suspensión de dicho encuentro para que Newell's pudiera tener su fiesta de apertura del nuevo estadio. Pese a la oposición tenaz de los directivos del club rojo, luego de varias deliberacio­nes se decidió posponer el cotejo entre Newell's y Provincial. Confirmada la fecha en que se llevaría a cabo el es­treno del nuevo field, se organizó una gran fiesta para celebrarlo. El sábado 22 arribó a nuestra ciudad la delega­ción del club Porteño, que sería el rival de turno del cuadro leproso. Los juga­dores visitantes fueron agasajados con una comida, además el domingo por la mañana se los llevó de paseo por la ciudad en el tranvía Blanco de la em­presa de trasportes, reservado para las ocasiones especiales. Finalmente el domingo 23 de julio se desarrolló la ceremonia de inaugu­ración, que contó con la presencia de numeroso público que asistió al acon­tecimiento. Los espectadores ingresa­ron al estadio por la puerta que estaba situada en la esquina de Pueyrredón y Cochabamba.

Para la ocasión se efectuó un partido amistoso que comenzó a las 14.50 ho­ras y fue arbitrado por Alberto Olavarría Le Bas. El encuentro se hizo ne­tamente favorable al elenco visitante, que tenía el viento a favor. A los 25' Marqués abrió el marcador, luego de un tiro de esquina. A los 36' el mismo jugador anotó el segundo tanto para su equipo. Cuatro minutos después lo­graría una nueva conquista, que nació de un error de Torelli, que dio un mal pase atrás, provocando la salida del guardameta leproso Dellacasa, que al chocar con Hamblin, dejó el arco des­guarnecido, la acción la completó el delantero porteño Poulsen que con un suave disparo mandó el balón al fon­do de la red. Con ese gol concluyó el primer período. En el complemento fue Newell's quien tuvo el viento a su favor, sin embargo el trámite del cotejo le siguió siendo desfavorable. A los 10' y 30' respectivamente Marqués señaló dos tantos más para completar la go­leada con que finalizó el encuentro, en el cual Porteño logró imponerse por 5 a 0. El anfitrión salió al campo de jue­go con: Juan Dellacasa; Tomás Ham­blin y Rafael Bordabehere; Martín Redin, Caraciolo González y Antonio Torelli; C. Hollamby, Manuel Paulino González, Faustino González, Cayeta­no Blotta y Hugo Mallet. Una ausencia importante que tuvo Newell's esa tarde fue la de José Pinoto Viale, figura del equipo por ese entonces, que no pudo jugar, por tal razón lo reemplazó un joven futbolista de la cuarta división, llamado Cayetano Blotta (1). Mientras que la alineación visitante se compuso con: J. J. Rithner; P. Rithner y C. Galup Lanús; A. Galup Lanús, D. Bacigalup-pi y B. Berizzo; E. Galup Lanús, M, Genoud, A. Marqués, V. Poulsen y A. Cordero. A pesar de la derrota la fiesta no se empañó y fue todo un éxito en concurrencia. Muchas familias asistie­ron al histórico evento. A partir de ese día Newell's pasó a for­mar parte de la fisonomía del parque, ya que se asentó allí para quedarse, para tomarlo como propio. En ese escenario escribió páginas doradas a los largo del tiempo y forjó a grandes jugadores. Con el correr de los años se fueron amplian­do las instalaciones hasta llegar a tener el aspecto que hoy posee.

Inauguración de las populares



El domingo 26 de abril de 1925 el Club Atlético Newell's Oíd Boys inauguró unas tribunas populares de tablones con armazón de hierro, que daban a es­paldas al palomar y contaban con alre­dedor de quince escalones. Asimismo ese día se organizó un encuentro amis­toso ante Colón de Santa Fe, en el cual se impuso el elenco rosarino por 3 a 1.

Inauguración de la tribuna de la visera


En 1929 se desmanteló la antigua es­tructura de madera, que ofició hasta ese año como tribuna oficial. Luego de ser desarmada fue vendida al Club Atlé tico Provincial, que la instaló en su campo de juego. En su lugar se cons­truyó la tribuna de la visera, que fue la primera de cemento que tuvo el club. Fue proyectada y edificada por la pres­tigiosa firma rosarina Ferrarese Hnos. y Cia (2).

El primer partido que se disputó con la nueva tribuna techada fue el que llevaron a cabo los seleccionados de Rosario y Buenos Aires el jueves 9 de mayo. Dicho cotejo se organizó con motivo de recaudar fondos para la construcción de un local propio para la Liga Rosarina de Football. Cabe re­marcar que el combinado rosarino se impuso por 2 a 0, con goles de Scaroni y Barreiro. Posteriormente el domingo 12 de mayo, Newell's Oíd Boys jugó en su estadio ante Sparta, a quien venció por 3 a 1, con tantos de Azurmendi (2) y Murúa, mientras que Borio anotó para el elenco derrotado. De todas formas la inauguración ofi­cial se efectuó el 26 de mayo de 1929, con motivo de la celebración se prepa­ró ese día una gran fiesta, donde hubo un desfile, encabezado por la banda musical del cuerpo de bomberos. Ade­más estuvieron presentes representan­tes de los distintos clubes que partici­paban en la Liga Rosarina. Luego se preparó un encuentro de fútbol entre el anfitrión y Boca Juniors, invitado para el evento especial. Bajo el arbitraje de Juan Rota, los elencos formaron de la siguiente manera. El cuadro rojinegro lo hizo con: José Serena; Fermín Le-cea y Natalio Molinari; Alfredo Cha-brolín, Cataldo Spitale y Julián Sosa; Rogelio Paz Murúa, Valentín Ercole, Walter Haumuller, Manuel Azur­mendi y Agustín Peruch. Mientras que los xeneises alistaron a: Merello; Mut-tis y Estrada; Médice, Fleitas Solich y Moreiras; Penella, Kuko, Tarascone, Cherro y J. Evaristo. El puntapié ini­cial estuvo a cargo de la señorita Mar­garita Semino.

Rápidamente el trámite del encuentro se tornó netamente favorable al con­junto boquense, que abrió el marcador mediante un cabezazo de Kuko, algu­nos minutos después Penella amplió la ventaja. En la segunda parte Tarascone con un soberbio remate estableció el 3 a 0 final. A pesar de la dura derrota del local, no se vio opacada la celebración de la inauguración de la nueva tribu­na, que aún en nuestros días se puede contemplar, ya que mantiene la facha­da original. Es la platea oficial, que fue testigo de innumerables jornadas fut­bolísticas rojinegras, que vio a gran­des jugadores comenzar su carrera, también presenció alegrías y tristezas, y que el 22 de diciembre de 2009 (80 años y casi 7 meses después) se la bautizó con el nombre de Gerardo Martino, jugador con más presencias con la camiseta de Nuls en torneos de A.F.A.

Torres de iluminación

El 16 de diciembre de 1933, Newell's inauguró la iluminación de su cancha con seis torres y sesenta y dos reflectores. Ese día derrotó en un cotejo amistoso a Beigrano de Córdoba por 3 a 2.


Personalidades que visitaron la casa de Newell's en el parque


El estadio de Newell's Oid Boys en el Parque Independencia recibió la visita de distintas personalidades destacadas, entres las más recordadas se encuentran las que realizaron Carlos Gardel en 1934, Lisandro de la Torre en varias ocasiones, Juan Domingo Perón en 1944, con motivo de la inauguración del Hospital Ferroviario y Diego Armando Maradona en 2004 (recordemos que además jugó en Newell's cinco partidos oficiales y dos amistosos entre 1993 y 1994).

Fuente: Extraídio de la Revista “Rosario, Su Historia y Región “ . Fascículo N.º 96 de Mayo de 2011.- Fascículo N.º 151 de Mayo 2016


jueves, 23 de junio de 2016

EL CIERRE PROSTIBULARIO

por. Héctor N. Zinni

Algo más está sucediendo en 1933, es que, a partir del 1ro. de enero han cesado en sus actividades las casas de tolerancia ubicadas en el radio urbano rosarinos Mucho he escrito sobre el tema prostibulano en mis obras anteriores: Prostitución y Rufianismo, El Rosario de Satanás y la Mafia en la Argentina. Al comienzo de los años 30, en pleno auge del espectáculo en Rosario, recrudecen las discusiones entre abolicionistas y reglamentaristas de la prostitución, por ello:
El fracaso del Primer Año
Para mayor abundamiento de todas las " ventajas" del abolicionismo y de todas las "desventajas" del reglamentarismo, es de sumo interés leer el Diario de Sesiones del Concejo Deliberante de la Municipalidad de Rosario de fecha 29 de abril de 1932, donde intervinieron los concejales: Juan Carlos Alvarez, Atilio De Sanctis, Rodolfo Galaretto, Angel L. Fiasco, Francisco Bodetto y otros, sobre el dictamen de la Comisión de Higiene, referente a la ordenanza de los lenocinios. La erudición de unos y otros fue el exponente de dicho debate. La mayoría se inclinó por las tendencias abolicionistas del momento. Pero el concejal Atilio De Sanctis sostuvo brillantemente la verdadera posición científica, social y legal de la prostitución. Demostró que la prostitución es un "hecho social" inextirpable, de graves concecuencias para la salud pública, al dejarlo librado a las contingencias del clandestinismo.
El movimiento abolicionista de Rosario fue iniciado por la cátedra de Dérmato-sifilografia, cuyo profesor Enrique Fidanza, desarrollo una labor decidida y eficiente contra el régimen reglamentarisfa. Uno de los médicos adscriptos a su cátedra, José María Manuel Fernández dio una conferencia en el Círculo Médico local, en el mes de Junio de 1932, sobre El problema médico- social de la Prostitución, de carácter doctrinario, manifiestamente orientado hacia las tendencias abolicionistas de la cátedra a la que pertenece. Después de un año de haber sido puesta en vigencia la ordenanza municipal aboliendo la ordenanza de la prostitución, el citado médico volvió a ocuparse de esta cuestión, publicando a principios del año pasado una interesante comunicación sobre La experiencia abolicionista de Rosario. No pudo menos que reconocer el aumento de la morbilidad venérea con el cambio de régimen llevado a la práctica. El fracaso del primer año fue evidente. Esto mismo ocurrió en Bélgica, al punto que el estado decidió volver al restablecimiento de la reglamentación, aunque con menos rigidez y más en consonancia con las leyes proteccionistas. Para explicar los inconvenientes del primer ensayo abolicionista en Rosario se han buscado fallas: en la deficiente organización de la campaña antivenérea, en la intervención policial contraproducente y en la ausencia de un regimen uniforme en toda la provincia.

Censores de la conducta sexual
Ahora, la provincia de Santa Fe, por una reciente ley cuyos fundamentos prestigió el diputado Malamud, es abolicionista. Habrá que esperar los resultados para emitir opinión.
El error fundamental del abolicionismo consiste en atribuir a la reglamentación, por insuficientes métodos de control sanitario, las causas principales de la morbilidad venérea. Se basan en las curas estadísticas. Confundir a todas las personas enfermas de males venéreos en una cifra y adicionar ésta al montón de la prostitución, son dos operaciones aritméticas de la que ha de huir siempre la ciencia: la primera es una información incompleta por alimentarse en datos mal llevados; lo segundo, es un acoplamiento arbitrario ante la razón, porque no puede sumarse lo heterogéneo en la práctica.
Hay que convenir que la estadística de la morbilidad conduce a errores lamentables. Es muy usada, porque mediante ella puede demostrarse todo. Quetelet dio a la estadística una importancia extraordinaria. Llegó a llamarla Física Social. Pero otros menos avenidos a considerarla como elemento de valor la han denominado La gran mentirosa, por la dificultad que sus datos ofrecen, por la ambiguedad interpretativa de los hechos reunidos y por la incompleta ordenación de los elementos de la misma especie.
Basta leer el último trabajo de José María Manuel Fernandez (1) para comprobar la exactitud de lo dicho sobre la interpretación de las estadísticas. Al hablar del aumento de los enfermos de sífilis y blenorragia que arrojan las cifras del año 1933 -año del ensayo abolicionista- y al compararlas con las del año 1932 , escribe textualmente: "Quiere decir entonces que si bien hay un aumento en el número de enfermos también hay un aumento en el número de Servicios. Las estadísticas comparativas de los dos años no son pues correlativas y cabe preguntarse si la mayor facilidad para tratarse que implica la creación de nuevos Dispensarios no habrá atraído un número mayor de enfermos que en otra forma no hubieran consultado médico
Con este criterio se puede anticipar desde ya, que la morbilidad venérea de toda la provincia de Santa Fe en el corriente año, alcanzará cifras inprevistas, aterradoras...
Los sifilógrafos, venereologos y hasta los higienistas pretenden invadir con sus principios de profilaxis antivenérea, el campo de la sexología y de la sociología. Para ellos la prostitución se reduce a la sifilis y a la blenorragia. Asumen el rol de sensores de la conducta sexual humana. Hacen por su cuenta hipótesis gratuitas que le sugiere un elemento parcial de la realidad. Se pierden en apreciaciones unilaterales.
Destrucción de la organización prostibularia
Dígase que la prostitución es la ocasión, para el contagio venéreo, pero no que es el contagio único de la sífilis y de la blenorragia, y se estará más cerca de la verdad. De lo contrario podría argüirse, ajustándose a las medidas profilácticas que para evitar la transmisión de las enfermedades infectocontagiosas de la infancia, debería abolirse la enseñanza primaria y con ella las escuelas.
Se ha dicho muy elocuentemente: "la lucha sexual debe dirigirse contra la prostitución y no contra la prostituta ". Luchar contra ella no significa extirparla. Para lograrlo debe recurrirse a la reglamentación que es disciplina y no por la abolición de la disciplina. Los ingleses, por ejemplo, hacen gala de los éxitos del abolicionismo a base de disciplina viril en el hombre y de preceptiva moral en las mujeres.
Al decir reglamentación, equivale a reconocer la necesidad de imponer normas dentro de la convivencia por una educación sexual, amplia y racional. Que es lo que en resumidas cuentas realizan los abolicionistas, al proponer obligaciones y deberes en reemplazo de las medidas reglamentaristas. Cierran los prostíbulos; declaran libre la combaten el proxenetismo y en su lugar establecen: el tratamiento obligatorio, la denuncia obligatoria y el delito de contagio venéreo.
Emery, al analizar las causas del incremento de la morbilidad venérea a través de la prostitución, puso de relieve que la mujer prostituta representa la canalización de tráfico sexual tanto más peligrosa como menor es su grado de notoriedad pública.
No se debe desconocer la importancia de las campañas abolicionistas.
Gracias al impulso de sus teorías y doctrinas se ha podido destruir la organización prostibularia con todas sus ignominias. (2)
 


Esta última afirmación del doctor Raimundo Bosch, de cuyo extenso trabajo se publica aquí una parte, se ha constituido en el éxito más rotundo del cierre prostibulario, ya que han debido emigrar de la ciudad los representantes de la poderosa organización internacional de trata de blancas llamada Zwi Migdal -incluyendo los de la Varsovia así como toda una cáfila de personajes vinculados con la prostitución encabezada por macrós y gerentas de prostíbulos, habiendo dejado de percibir sus jugosos estipendios funcionarios venales de la justicia, la policía y la municipalidad (3)

Recién tres años después de haberse dispuesto la clausura de los lenocinios en Rosario, se hará lo propio en Buenos Aires, el 30 de diciembre de 1935 de la ley 12.331, ordenará abolir las casas de tolerancia en todo el país, aunque algunas provincias ignorarán la disposición. Vale la pena transmitir una carta que me fuera enviada por el doctor Cintra con referencia a la provincia de Corrientes y que dice así:
"Estimado señor Zinni:
"Queda el interrogante del porqué siguieron abiertos los prostíbulos en Corrientes, tanto en la ciudad capital como en otras localidades -Goya por ejemplo- a más de cuarenta años de la sanción de la Ley Nacional 12,331 denominada Ley de Profilaxis Antivenérea.
"También ocurrió lo mismo en la ciudad de Salta, capital de dicha Provincia, donde aún en 1975 partía de la plaza central en las horas del atardecer y hasta la madrugada una línea de colectivos urbana, que allegaba gente hacia el barrio de los Prostíbulos.
"Siendo la ley de carácter nacional. ¿porqué causas no se aplicó en dichas provincias argentinas como en las demás?. Hubo otra excepción Comodoro Rivadavia, creo, en la provincia de Chubut, pero según me informé se debió a que esta ciudad estaba bajo régimen de jurisdicción militar "…
Mi estadía permanente en la ciudad de Corrientes comenzó en 1966 prolongándose hasta fines del año 1978 y, con sorpresa, encontré allí no menos de cuatro prostíbulos habilitados oficialmente.
"Uno se denominaba Tiburón o El Yacaré y estaba en la calle Córdoba entre las de Lavalle y Gral. Paz y tenía más de veinte habitaciones ocupadas por las respectivas pupilas. Era un caserón muy antiguo edificado, tal vez, antes de fin de siglo. Cerró hacia 1977 y se convirtió en Pensión de Estudiantes, siéndolo aún al presente, posiblemente por su gran cercanía con la Facultad de Medicina, a dos cuadras de distancia. Según me enteré no fue cerrado como prostíbulo por disposición oficial, sino por fallecimiento de la propietaria, y los herederos, que no residían en Corrientes sino en la Pcia. de Buenos Aires, optaron por darle destino de pensión de estudiantes, pues no les interesaba explotar el inmueble con el rubro que tuvo anteriormente.
"Otro estaba mucho más céntrico, en la esquina del Mercado de Piso, o sea el Mercado de Abasto de la ciudad. Constaba de un gran patio, con 15 habitaciones, y se llamaba La Esterlina o La Libra Esterlina, cerró en 1974. Los otros dos estaban uno a la par del otro en la calle Lavalle, entre Avenida Alberdi y la continuación de la calle San Luis, denominada Guastavino en el plano oficial, pero que la población sigue llamando San Luis.
"Se denominaban La Paiva y La Blanca, y mantuvieron estos nombres hasta 1973, en que pasaron a llamarse, sencillamente Whiskería. También tenían 15 habitaciones alrededor de un gran patio. Estos dos fueron los últimos en cerrarse, hacia fines del año 1978, por disposición oficial emanada de la Intendencia. Pero esta disposición no se refería a Ley de Profilaxis alguna. El cierre se fue realizando en varias etapas, con leves intervalos de varios meses entre ellas en que volvían a abrir. La cuestión era porque los dueños no se ajustaban al Reglamento de Higiene y Bromatología Municipal. Se multaba al establecimiento por transgresión a tal o cual ordenanza municipal relacionada con los baños, o similar. Pagaban la multa, cumplían el período de clausura -15 días tal vez-, mejoraban los baños o lo que fuese y volvían a abrir. Esta situación duró hasta la fecha indicada, fin del año 1978, en que ya no volvieron a ser habilitados.
"La habilitación de un prostíbulo, siempre indicaba un permiso legal Municipal y Provincial completo, pues la Municipalidad hacia concurrir un médico semanalmente que revisaba el estado de salud de las pupilas, y por parte del gobierno Provincial se enviaba un policía que cuidaba el orden de cada uno de ellos. Con esto se aclara que funcionaron legalmente y que no eran clandestinos.
"Incluso puedo citar una anécdota curiosa de lo que presencié en La Paiva, pues vivía a tres cuadras de allí, sobre la Av. Alberdi:
"En la manzana donde estaba ubicada esta casa funcionaba un cine de barrio. La sala daba sobre Av. Tres de Abril, arteria muy importante en la ciudad de Corrientes pues es el acceso que une a esta con El Chaco cruzando el Paraná y que se habilitó en 1973.
"El asunto es que este cine -llamado San Martin, y que en 1977 se convirtió en una gran pizzería que desapareció al año-, tenía en cartelera ciertas películas calificadas como prohibidas para menores de 14 ó de 18 años. El boletero no dejaba entrar a los muchachos que tendrían unos 15 años, mas o menos, aduciendo que la Inspección Municipal podría presentarse y el dueño del cine quedaría en un aprieto.
"El caso es que yo estaba en la esquina y veía a los chicos tomar la Av. Alberdi, dar vueltas a la manzana, doblar por la calle Lavalle y penetrar sin ningún problema -vigilante policial por medio ubicado en la puerta del prostíbulo- en La Paiva... Comentando este asunto más tarde, se me dijo que enfrente del cinematógrafo vivía una familia relacionada con la Liga de Madres de Familia y que se supo observar al dueño del cine...
"Respecto al tema capital de este escrito, nunca pude sacar nada en limpio, al pedir a gente muy relacionada y culta de la ciudad de Corrientes una explicación posible al motivo por el cual la Provincia escapó al cumplimiento de esta Ley Nacional. Siempre me contestaron con respuestas evasiva o diciendo directamente que desconocían la causa.
"Rosario 24 de Abril de 1980.
Eugenio A. Cintra
Doctor en Ciencias Veterinarias
Maipú 2475. Rosario
Las anécdotas prostibularias llenarían gruesos volúmenes ya que muchos sucedidos entraron a formar parte de un común denominador. Hasta llegarán a producir letras tangueras como esta, cuyo autor me hizo llegar:
 
Salomón Salomón / Tango-balada
Entró a Pichincha,
que brillaba como el día,
con dos pesos en busca de alegría.
Tenía veintiún abriles,
un peso pa la cena, las copas y el Casino.
Y otro pa la mina.
Rió, se calentó y al fin
compró la lata de un peso
en el Armenonville.
Si usó o no la lata con Sabina,
la hermosa polaquita de la sapie,
ni importa m se sabe.
Carlitos desde la vitrola del patio
fue aflojando ante la historia de la mina.
Llevaba seis semanas de casada,
cinco que saliera de Cracovia,
y tres de esclavizada
casi aún vestida de novia.
Salomón, Salomón
escuchó sin haber ido para eso.
Maldijo entender el polaco
como si las lágrimas de Sabina
no hablaran todos los idiomas;
como si en tres semanas
no hubieran hablado también
a docenas de hombres
ciegos de pasión
y sordos de corazón.
Salomón Salomón
pensó en sí, en su propia vida.
Y él, que había entrado
con paso de muchachón
despreocupado,
salió con miedo de hombre
pa la comisaría.
Con temor al rufián y a la misma policía
pero decidido a torcer el destino de Sabina.
Y lo logró,
se jugó y la buscaron.
Logró que volviera a su nación;
que el Rosario turbulento de los veinte,
al lado de sus llagas
mostrara un corazón.
Tal vez en Cracovia
este flor de tipo
no tenga una canción.
Tal vez Sabina prefirió callar.
Y con razón.
Pero Rosario no olvida,
no puede, no debe olvidar
a Salomón Salomón.
(Estribillo)
Tenía veintiún abriles,
un peso pa la cena, las copas y el Casino.
Y otro pa la mina. (4)

El final de Pichincha y los manes del cementerio de Granadero Baigorria, documentados en dos obras anteriores, citadas al principio de este capítulo y a lo largo del libro, servirá para la evocación poética, no ya con la estampa in situ maravillosamente escrita por Luis Blasco El Tuerto Pichón, o aquellas décimas surgidas del estro payadoril de José Rico El Zurdo, sino con versos producidos por representantes de generaciones posteriores, como estos que transcribo y que me enviara, desde su Villa Ballester natal, el distinguido periodista, poeta amigo y escritor popular perteneciente a la Academia Nacional del Tango y a la Academia Porteña del Lunfrdo, Roberto Selles:
Pichincha
Me convocan los quecos de Rosario,
hoy que todo es orilla de la nada
y Pichincha es Richieri, en la cambiada
de un tiempo que jotraba de corsario.
Todo es un barrio gris, triste y otario,
ayá donde tayaba la pesada
de la cafiola brava y la encamada.
Todo es un mundo muerto y legendario.
Pichincha, es un demonio flolo y reo
quien te faja su réquiem en hebreo
y en lunfa con chamuyo oscuro y lerdo.
Y en la chinche fulera del olvido,
no recuperará lo ya perdido
ni el gris permanganato del recuerdo.

Cementerio de Granadero Baigorria
Una sombra de negro en la fiambrera.
Es el alma de alguna puta vieja,
Afrodita que fuera de pendeja
en el templo del vicio que antes era.
¿Fue linda, estuvo papa, fue diquera?...
Qué importa? Si la parca nada deja,
si es un lecho de muerte el que la aleja
de una vida vivida en la catrera.
Esa grelas de un tiempo son un mito
al que los moishes capos de la trata
desde sus tumbas tiran el carrito.
Granadero Baigorria, última suerte.
Catre y tumba es igual. Pide la lata
la madama huesuda de la Muerte.
Notas
1. José María Fernández: Distinguido leprólogo de Rosario con proyección internacional. En los años 20 advirtió la dimensión del problema de las enfermedades venéreas, constatando la enorme corrupción que el comercio prostibulario ejercía, tanto en el área sanitaria como en lo administrativo y policial. Las víctimas mujeres jóvenes provenientes de Italia, Francia, Polonia y otros paises, eran recibidas e internadas en Rosario en lo que se dió en llamar "privadas" o "casas privadas".
En Pueblo Esther existió un centro de internación llamado La mariposa, lugar donde actualmente funciona el Cotolengo Don Orione, que tenía celdas por ambos lados y puertas de hierro. Fernández apreció en toda su magnitud el gran problema sanitario y moral. Se adulteraban los resultados de los análisis de control hasta el punto que debía llevar consigo los tubos con sangre y los extendidos vaginales para efectuarlos en la sala 4 del Hospital Centenario. Así fue como emprendió una campaña para enadicar la prostitución oficializada en Rosario. Luchó contra grandes obstáculos y presiones tanto económicas como políticas a las que se agregaban las opiniones de profesionales que creían contraproducente la eliminación de los prostíbulos. Luego de una dura, larga y tenaz lucha, consiguió la ordenanza municipal que abolió los prostíbulos y la prostitución oficializada en toda la ciudad. Con el tiempo, disminuyeron las enfermedades venéreas, éxito sanitario que fue observado por las autoridades de la provincia de Santa Fe y del orden nacional, aboliéndose la prostitución en todo el territorio del país-
El gran logro del doctor Fernández contó con el apoyo de grandes profesionales médicos, entre ellos, los doctores Fidanza, Muniagurna, Invaldi y otros. Así fue como la Argentina erradicó la esclavitud más indignante que su sufrieron gran cantidad de mujeres, y pudo ostentar ante el mundo el mundo el logro de ser uno de los pocos paises sin esta lacra. Augusto B. Mercau: Homenaje a un maestro de la leprología argentina". La Capital. Rosario, 16-7-95.
Ver también El Rosario de Satanás. T. I. Pág. 230.
2. Raimundo Bosch, Profesor Titular de Medicina Legal en la Facultad de Medicina (Rosario). El Problema la Prostitución. Separata de la Revista de Medicina Legal y Jurisprudencia Médica. Nro. 2. Rosario , 1935.
3. V. Rafael Lelpi y Héctor N. Zinni. Prostitución y Rufianismo, 4ta, parte, capítulos 1 al 7y de Héctor N. Zinni, El Rosario de Satanás, 6ta. parte, cap. 1 y 2.
4. Héctor López. Salomón Salomón Tango- balada basado sobre un hecho real ocurrido en 1930 rescatado en el libro Prostitución y Rufianismo.
 
Fuente: Extraído del Libro “Rosario era un espectáculo”- vida teatral, cotidiana. Prostibularia y Radiofonica. Tomo I. Editorial Homo Sapiens. Año 1995.