miércoles, 28 de febrero de 2018

Los grandes de "la novela"

Por Rafael Ielpi

La condición de plaza importante que ostentaba Rosario en lo referente a- escenarios de todo tipo, entre ellos los auditorios radiales, que ya congregaban audiencias importantes, -como la de LT 1 con 400 butacas- hizo que en la década del 40 muchos artistas llegaran desde Buenos Aires para actuar en las emisoras locales o en los teatros. Una compañía radioteatral -"Metrópolis'- dirigida por Rodolfo Padilla, también libretista de ciclos en Buenos Aires, posibilitó el arribo de actores y actrices porteños, algunos de trayectoria posterior reconocida como Mercedes Carné, que se integrarían aun eventualmente al medio y a los elencos rosarinos. En esa cofradía ingresa un joven aspirante a actor y locutor que bajo el seudónimo de Tito Torres ocultaba entonces al que sería luego prestigioso nombre del radioteatro rosarino: Norberto Blesio.




La influencia de Radio Argentina o Radio del Pueblo -dedicadas especialmente al género- y la fuerte impronta que Yankelevich impondría a LT8, como lo haría con Radio Belgrano y luego en su paso pionero por la televisión argentina, hicieron que casi sin notarlo las radios de la ciudad se encontraran albergando radioteatros mucho más decantados, con mayor profesionalización en lo actoral, profusión de compañías que daban cabida a numerosos elencos y superación en lo técnico.




Blesio y Nancy Valdéz como su permanente compañera de rubro iban a ser sin duda hasta la desaparición del actor tal vez el binomio más popular del radio teatro rosarino, con el nivel también cada vez más calificado dentro de las peculiares características del género. Hombre de radio desde su juventud —locutor y ejecutivo de LT3 y dirigente gremial en 1945/46- iniciaría su larga trayectoria un poco antes, cuando en 1944, en esa radio, encabeza el elenco de La canción del pueblo aunque los años de gran popularidad llegarían a partir de 1947 con Su primera novia, Honraras a tu madre y El forastero que llegó una tarde, el clásico de Chiappe.

Las presentaciones en cines y teatros de Rosario y de los pueblos y localidades del interior de la provincia serían complementos imprescindibles para reforzar la popularidad de los elencos, y también en ese aspecto Blesio mostraría una profesionalidad precursora, aun en condiciones muchas veces precarias como las que se encontraban en algunos lugares en los que el entusiasmo del auditorio disimulaba cualquier carencia.




Nora Peña, superviviente del esplendor del radioteatro recuerda: Con "El forastero que llegó una tarde” donde yo hacía un papel característico, el de la madre, salíamos de gira por los pueblos. Esta obra se hizo por cinco meses, cuando normalmente un radio-teatro duraba un mes más o menos. Blesio dejó la obra porque se cansó. En todas las obras que hice siempre hacía las madres y yo preguntaba por qué tenía que hacer esos papeles. Pero era mi temperamento, muy sensible, que me hacía llorar mucho y hacía llorar a mis compañeros. No quería hacerlos porque era muy jovencita, pero me decían: "Es por radio "y claro, lo único que se escuchaba era la voz. Las obras eran melodramáticas: una madre sufriente con un hijo bueno y un hijo malo... Blesio tuvo siempre la delicadeza de tener muy buenos elencos, con buena gente».

Entre 1950 y 1960, en especial con obras de Roberto Valenti, uno de los autores más prolíficos y populares, la compañía Blesio Valdéz cautivaría literalmente a buena parte de los rosarinos con obras como Chaicolé, el indomable, Yo también soy todo un hombre, Sombras en el Riachuelo, El árabe -que se convertiría en otro clásico tan recordado como "El león de Francia"- y otras como El capitán Coraje, Furia, Luz del alma, La estrella se hizo pedazos o Ventarrón.

Contemporáneo y competidor cotidiano de Blesio sería Federico Fábregas, otro de los reales ídolos del radioteatro local que, al igual que el anterior, lograría incluso

una popularidad notable en la extensa región cercana a Ro-sano. La misma le permitiría, ya muy avanzada la década del 60 y también en los inicios de la siguiente, mantener e aún una cierta vigencia popular en algunas radios del interior, cuando la televisión había confinado al género a esos ámbitos hasta condenarlo al olvido reemplazándolo por una versión más sofisticada pero no demasiado diferente: el teleteatro. Fábregas había llegado desde Buenos Aires sobre los inicios de la década del 40, con una experiencia radial porteña en Radio Belgrano, y sería —pese a su poca estatura y cierta tendencia a engrosar el físico que más de una vez frustraron sobre el escenario la imagen que el público tenía de él- admirado y aplaudido por una legión de seguidores, a quienes su voz bastaba para hacerlos partícipes emocionados de las peripecias de la novela de turno.

Su época de esplendor, como la del género, se produciría entre 1950 y primeros años de la del 60 y algunas de las obras que su compañía afrontara en las radios rosannas, se convertirían en clásicos cuyos nombres siguen conservándose en el imaginario colectivo -como Genoveva de Brabante, de Héctor Bates-, que salían de la recurrida impronta campera para incursionar en temáticas distintas. Fábregas —que tenía además de una voz personal y de aptitud para lo dramático, una gran facilidad para encarar la necesaria dosis de comicidad que requerían algunas obras-contribuyó asimismo a difundir el género y sus autores con títulos como Ella era una santa, de Antonio Méndez; Luz para mis ojos o Mi madre es inocente y dos creaciones de Bates que son arquetípicas del género: La danza de la gitana y Fachenzo, el maldito.

Esta última, como ocurría con 'Honrarás a tu madre' y otras, incluía la presencia de un villano de tal perversión que los actores que encarnaban al personaje pasaban a ser odiados por la audiencia e incluso agredidos o insultados cuando las compañías llegaban de gira a los teatros y cines de pueblo. Deolindo Lamagna, Emilio Págero, José Caruso, Tito Spip, entre otros, pasarían algunos de esos malos momentos, que no hacían otra cosa que reiterar en todo caso el encono popular contra aquel traidor sargento Chirino que asesinaba por la espalda al gaucho Juan Moreira en otro género también hondamente popular: el primitivo teatro nacional en los picaderos del circo.

A aquella gesta esforzada de los radioteatros rosarinos debe agregarse otra magia, además de la ya implícita en las voces incorpóreas: la de los imprescindibles sonidos que iban ambientando la trama, reflejando el entorno, dando entidad al viento, a la lluvia, al lento o furioso galope de los caballos, al canto de los pájaros o al rechinar de una puerta. Aquellos sonidos -que con la evolución del género estarían a cargo exclusivo del sonidista o técnico de sonidos, personaje protagónico también y a cuya habilidad e inventiva se debía buena parte del encanto de aquellas historias- eran en los comienzos generados por los propios actores capaces de producir la ilusión de una granizada o de unos pasos subiendo una escalera mientras sus voces iban dando vida a la historia de turno.

Paleo testimonia, como contemporáneo y partícipe de la historia del radioteatro en la ciudad, parte de aquella etapa pionera: «Los efectos especiales? En realidad eran muy especiales porque todo estaba hecho con los elementos más precarios, con lo que se pudiera; entonces, un galope de caballo se hacía golpeando las palmas de la mano sobre las piernas, como si fuera un ritmo de malambo. Eso era parte de la cosa precaria de ese momento. Después empezaron a llegar de Estados Unidos —donde también se comenzaron a hacer radio teatros- las llamadas "grabaciones en surco". divididas en sectores: el galope de un caballo, un relincho, un tren, un auto, la frenada de uno de ellos, la lluvia, una tormenta con truenos. Eso era ya cerca de 1935 a 1940»..

En la misma escala estaría el relator, encargado de ir hilvanando las instancias de la trama y de resumir, al comienzo de cada episodio, lo ocurrido en el anterior. Sus voces eran también identificadas con la compañía y algunos lograrían incluso popularidad también como locutores en las radios rosarinas, como Roberto Peía, Osvaldo Raúl Maliandi y Osvaldo Copes, entre otros, los dos últimos también cabezas de elenco en el período.
Extraido de la Revista la Vida Cotidiana Rosario 1930-1960